Destello
Capítulo 6
Página 10 de 47

6 Auren
La inesperada visita del comandante no debería sorprenderme tanto, pero el miedo me paraliza. El aire se queda atrapado en mis pulmones, todos los músculos de mi cuerpo se agarrotan y, durante un segundo, no puedo moverme.
El comandante se queda petrificado en la entrada y abre esos ojos negros y profundos al darse cuenta de que estoy desnuda.
La parálisis momentánea que he sufrido al verle entrar desaparece y, al fin, mi cuerpo empieza a obedecer las órdenes que le envía el cerebro. Recojo la camisola del suelo e intento cubrirme las intimidades con ella.
—¿Qué quieres? —pregunto, aunque el tono agudo y estridente que sale de mi boca suena más bien a exigencia. La pregunta es bastante absurda, ya que sé la respuesta. Por supuesto que la sé, porque eso es lo que desean y anhelan todos los hombres. ¿Por qué iba a ser él distinto al resto? ¿Porque es un ser feérico?
El comandante me fulmina con la mirada. El tic de la mandíbula, un gesto involuntario que hace que el músculo se le contraiga, le delata. Está molesto, enfadado. Sin musitar una sola palabra, se da media vuelta y desaparece tras la portezuela de cuero. La púa curvada que tiene entre las escápulas casi desgarra la tela.
Me quedo inmóvil, perpleja y sin poder apartar la mirada de la portezuela. Las emociones se van sucediendo una tras otra, como las esencias de un jardín. Siento bochorno, desconcierto, enfado y vulnerabilidad. Sobre todo, vulnerabilidad.
¿Por qué diablos se ha marchado y me ha dejado con la palabra en la boca?
Con las manos aún temblorosas, me recupero del aturdimiento y empiezo a espabilarme. Me pongo la camisola porque, aunque se haya ido, podría volver en cualquier momento.
Oigo unos pasos que se acercan y suelto una retahíla de irreverencias por lo bajo al mismo tiempo que recojo una de las mantas de piel del suelo y me cubro el pecho con ella. Incluso con la camisola, me siento desnuda. Estoy aterrorizada y, presa de la desesperación, miro a mi alrededor en busca de un arma.
—Voy a entrar.
Arrugo la frente al oír esa voz porque pondría la mano en el fuego de que no es la voz del comandante. Es demasiado aguda, demasiado… afable.
Un tipo que no reconozco se asoma por debajo de esa portezuela y, en cuanto pone un pie dentro, se endereza y yergue la espalda. Lo primero en lo que me fijo es en su extrema delgadez.
El segundo detalle que me llama la atención es que la mitad izquierda de su rostro está desfigurada, como si hubiese sufrido una tremenda quemadura hace años y no hubiera cicatrizado bien. La piel de esa zona está rugosa, llena de surcos y arrugas, pero eso no es todo. En esa mitad de la cara, la ceja ha desaparecido por completo, tiene el párpado caído y la comisura de los labios un pelín torcida.
Calculo que debe de rondar los cuarenta años. Tiene el pelo castaño y fino y la tez de color oliva. En lugar de los ropajes de cuero que llevan todos los soldados de ese ejército, ese hombre tan menudo luce un abrigo grueso y negro que le cubre hasta las rodillas y que se ajusta a la cintura con un cinturón.
—Soy Hojat —dice, y enseguida distingo ese acento sureño que hacía años que no oía—. He venido a verte.
Estoy tan furiosa que echo humo por las orejas. Esto es el colmo. ¿El comandante me ve desnuda y tiene la desfachatez de enviar a sus hombres para que también me echen un vistazo?
Endurezco los rasgos, clavo las uñas en ese retal de pelo negro y suelto un gruñido de rabia, de impotencia.
—Lárgate de aquí.
Hojat parpadea y, un tanto asustado, da un paso atrás. Ni siquiera yo esperaba que pudiese escupir ese veneno por la boca.
—¿Disculpa? El comandante me ha dado permiso para que te vea.
Todo mi cuerpo se pone rígido por culpa de esa ira, de todo ese terror.
—¿Ah, sí? Pues bien, yo no te doy permiso para que me veas y me importa bien poco lo que el comandante diga. Así que ya puedes marcharte por donde has venido. Ahora.
Hojat pestañea de nuevo, como si no diera crédito a lo que acaba de oír.
—Pero… no, no. Creo que ha habido un malentendido. Milady, soy un sanador.
Ahora soy yo la que está confundida, desconcertada. Le miro de arriba abajo otra vez y en esta ocasión vislumbro algo que antes había pasado por alto. Lleva un maletín y tiene unas bandas rojas bordadas en las mangas, justo a la altura de los bíceps. Es el emblema que suelen llevar los médicos de los ejércitos de Orea.
—Oh —exclamo, y toda esa rabia se esfuma en un solo instante—. Lo siento. Pensaba… Da lo mismo. ¿Y por qué te ha enviado el comandante?
Clava la mirada en el corte que tengo en el labio y en mi mejilla, que supongo que debe de estar hinchada y amoratada.
—A mi parecer, el porqué está muy claro, milady.
Me sorprende la formalidad con la que me trata. Esperaba que el curandero de un ejército fuese alguien más hosco, más arisco y más huraño que Hojat, sobre todo teniendo en cuenta la clase de ejército al que sirve.
—Estoy bien. No es grave.
Pero ni siquiera el tonito de desprecio que utilizo parece amilanar al sanador.
—De todos modos, tengo que examinarte y comprobar que estás bien.
Aprieto los labios.
—Ah, déjame adivinar. Porque el comandante así te lo ha ordenado.
Una punta de sus labios se estira y dibuja una sonrisa, pero la punta izquierda permanece inmóvil.
—No se te escapa una, milady.
—Solo tengo alguna molestia y varios moretones. Ah, y puedes llamarme Auren.
Él asiente con la cabeza y deja la cartera en el suelo.
—Vamos a echar un vistazo a esos golpes, milady Auren.
Suelto un bufido, en parte porque me parece gracioso que insista en utilizar ese anticuado título para dirigirse a mí, y en parte porque me exaspera tener que pasar por una ridícula revisión médica.
—Entre tú y yo, he sufrido heridas peores que estas.
—Una información que ningún sanador se alegraría de saber, milady Auren —murmura Hojat, y después se acerca a mí mientras me escudriña de pies a cabeza. Por suerte, su mirada es clínica. No aprecio ningún atisbo de lascivia, ni de intimidación—. ¿Cómo te has hecho esto? —pregunta, y me señala la mejilla.
Miro hacia otro lado.
—Un bofetón.
—Hmm. ¿Te duele al hablar o al masticar?
—No.
—Bien —susurra, y desliza la mirada hacia el labio hinchado, aunque presiento que el corte ya ha cicatrizado—. ¿Y este corte de aquí? ¿Te duele? ¿Sientes que te baila algún diente?
—Por suerte, no.
—Bien, bien, bien —dice—. ¿Alguna otra lesión?
Me revuelvo, incómoda.
—Me resbalé y me caí encima de una roca. Creo que tengo un rasguño en el hombro, pero no alcanzo a verlo, así que no puedo asegurártelo.
Él se aclara la garganta y se coloca a mi lado. Titubeo.
—Ejem, puedes echar una ojeada, pero no me toques.
Hojat se detiene, pero enseguida asiente y se queda donde está. Sin quitarle el ojo de encima, me bajo el cuello de la camisola para mostrarle la parte trasera del hombro. Él se inclina hacia delante y, tal y como le he pedido —o más bien ordenado—, no me toca.
—Sí, tienes una pequeña herida. Creo que tengo el ungüento perfecto, déjame que lo busque.
Se dirige hacia el maletín y rebusca en su interior hasta encontrar una especie de tintura. Observo con atención todos y cada uno de sus movimientos. Echa unas gotitas de ese vial sobre la punta de un trapito, coge otro vial, se levanta y vuelve hacia mí.
Hojat hace el ademán de pasarme ese paño húmedo sobre la piel y, de forma instintiva, me aparto. Él se queda perplejo y con los ojos como platos.
—Lo lamento, milady. Se me había olvidado.
Me aclaro la garganta.
—No te preocupes. Yo me encargo.
Me entrega el paño sin rechistar. Con sumo cuidado, apoyo ese paño húmedo sobre la herida. El escozor es inmediato y, al oír mi gruñido, Hojat agacha la cabeza.
—Duele un poco, pero desinfectará la herida.
—Muchas gracias por avisarme —replico, con cierto retintín.
Después de varios toquecitos, Hojat asiente con la cabeza y le devuelvo el paño.
—Dejaremos que se seque un poco antes de cubrir la herida —explica.
—De acuerdo.
Hojat se da la vuelta para guardar el trapito y, sin querer, se tropieza con mis cintas. Ahogo un aullido de dolor cuando aplasta varias de mis cintas con la suela de la bota. Sé que ha sido un accidente fortuito, que no tenía mala intención.
Al ver mi mueca de dolor, enseguida da un paso atrás.
—Oh, mil disculpas, milady, yo… —tartamudea pero, en cuanto mira al suelo y se da cuenta de lo que ha pisado, enmudece—. ¿Qué…? ¿Qué es esto?
Recojo todas mis cintas de satén dorado y las empujo detrás de mí para esconderlas.
—Son los lazos de mi camisola, nada más.
A juzgar por su expresión, no ha colado. Tampoco me extraña; son demasiado anchas y largas como para ser los lazos de una camisola. Tan solo un mentecato se habría tragado esa mentira.
Veo que estira el cuello para mirarlas de nuevo y, de inmediato, me pongo rígida. Es evidente que las cintas asoman por debajo de mi camisola, y no por encima. Aunque sé que no va a servir de nada, recojo una de las mantas de pieles y me abrigo con ella para cubrirme la espalda. Pero es demasiado tarde.
—¿Ya has terminado? —pregunto, con la esperanza de que se marche y me deje a solas.
Hojat se aclara la garganta y, al fin, despega los ojos de mis cintas.
—Ah, no. El comandante mencionó que tenías un cardenal en las costillas.
Sacudo la cabeza.
—No es nada, no te…
—Lo siento, pero me temo que debo insistir, milady. Órdenes del comandante —explica, y aprieto la mandíbula.
—Lo siento, pero soy yo la que debo insistir. He dicho que no es nada, y punto. Además, es mi cuerpo.
Para que pueda examinarme las costillas, tendría que arremangarme la camisola más de lo que me gustaría. O peor todavía, tendría que quitármela, lo cual me dejaría más expuesta y vulnerable de lo que estoy ahora. Dejaría al descubierto todo mi cuerpo, incluidas mis cintas, y eso es algo que no estoy dispuesta a hacer ante nadie, ni siquiera ante un sanador.
El comandante ya me ha visto tal y como me trajeron al mundo, y es suficiente.
La expresión de Hojat se suaviza.
—No tienes nada que temer, milady. Desvístete y túmbate sobre el camastro. Te prometo que no tardaré nada.
Siento una opresión en el pecho que me impide respirar.
«Túmbate sobre el camastro, zorra. Será rápido.»
La voz que retumba en mi memoria es ronca, grave y punzante. La recuerdo con perfecta claridad, y solo con evocarla empiezo a sudar frío. Me da la impresión de que todavía puedo oler aquel campo de trigo húmedo que acababan de abonar con estiércol. Se me revuelven las tripas.
Hoy he dejado que mi mente viajara al pasado, que rememorara episodios terribles y, sin darme cuenta, he reabierto viejas heridas. He destapado el baúl donde guardo los recuerdos más dolorosos y ahora están apareciendo imágenes que había enterrado hace mucho tiempo.
Inspiro hondo y trato de borrar ese recuerdo de mi cabeza.
—Ahora me gustaría descansar, Hojat —digo.
El sanador abre la boca, como si quisiera convencerme de algo, pero, en lugar de discutir, niega con la cabeza y suelta un suspiro de resignación.
¿El comandante le castigará? ¿Me hará pagar mi insolencia?
—Muy bien —responde Hojat.
Al ver que se da media vuelta, relajo un poco los hombros. Rebusca en su maletín otra vez, se arrodilla frente a la portezuela, recoge un puñado de nieve del suelo, la deja sobre un pequeño retal de tela y anuda las esquinas para cerrarlo, creando así una bolsita.
Siento curiosidad por saber qué está haciendo, pero entonces se acerca con ese diminuto fardo y otro vial y me los ofrece.
—Una compresa fría y unas gotitas de Ruxraíz. Te aliviará el dolor y te ayudará a dormir.
Asiento y acepto ambas cosas. Retiro el tapón de corcho del diminuto vial y vacío el contenido en la boca. En cuanto ese líquido roza mi boca, me echo a toser. El sabor es tan fuerte, tan amargo y tan nauseabundo que, además de atragantarme, casi echo la bilis ahí mismo. Se me llenan los ojos de lágrimas y tengo que hacer de tripas corazón para engullirlo.
—Por el gran Divino, ¿qué es esto? —pregunto asfixiada—. He tomado Ruxraíz muchísimas veces y jamás he notado este sabor.
Hojat me mira un tanto avergonzado mientras recupera el vial vacío.
—Lo siento, milady, se me ha olvidado avisarte. Mezclo todos mis remedios con hénade.
Abro tanto los ojos que casi se me salen de las órbitas. Ahora entiendo el ardor que me quema la boca y la garganta.
—¿Añades un chorro de la bebida alcohólica más fuerte de Orea a todas tus preparaciones medicinales? —pregunto incrédula.
Él sonríe y se encoge de hombros.
—¿Qué esperabas? Soy el sanador de un ejército. La mayoría de mis pacientes son soldados furiosos que han logrado sobrevivir a una guerra y que acaban de abandonar el campo de batalla. Créeme que en esos casos, cuanto más alcohol, mejor. Es un remedio infalible para mitigar el dolor incluso de las heridas más brutales, y para animarles un poco —dice, y me guiña el ojo.
Me seco la boca con la manta que tengo alrededor de los hombros.
—Puaj. Prefiero el vino, la verdad.
Hojat se ríe entre dientes y señala la bolsa de nieve que estoy sujetando con la otra mano.
—Coloca la bolsa sobre la mejilla y el labio esta noche. Te ayudará a bajar la hinchazón.
Asiento.
—Gracias.
—Que descanses, milady —dice, y luego recoge su maletín y sale de la tienda.
Mientras espero a que el ungüento del hombro se seque por completo, limpio la bandeja de la cena y me dedico a frotar cada centímetro del vestido para tratar de limpiar las manchas de sangre. Un buen rato después, lo cuelgo en uno de los postes que sujetan la tienda para que se seque.
Me bebo de un trago las últimas gotas de agua potable que me quedaban para tratar de deshacerme del asqueroso sabor de esa tintura, pero no sirve de mucho. Espero que el hénade fuese el único ingrediente extra que haya añadido al remedio curativo.
No debería haber confiado en Hojat tan rápido, pero la idea de que pudiera proporcionarme algo que aliviara el dolor era tan tentadora que ni siquiera me paré a pensarlo. El sanador no parece de la clase de hombres que me engañaría para envenenarme, pero debo andarme con más cuidado y ser más prudente. No debo fiarme de nadie que forme parte del ejército del Cuarto Reino.
Me siento tan agotada que creo que estoy a punto de desmayarme, así que extiendo algunas de las mantas de pelo sobre el camastro y me dejo caer sobre el colchón. Aparto un poquito las cintas para que no se enreden entre mis piernas mientras duermo.
Me arropo todo el cuerpo, desde los pies hasta las mejillas, con esas colchas gruesas de pelo y enrollo otra para colocármela bajo la cabeza en forma de almohada. Por último, cojo la bolsita fría y la sujeto sobre mi mejilla.
Bajo todas esas capas, no tardo en entrar en calor. Suspiro cuando empiezo a notar los efectos del Ruxraíz en todo mi cuerpo.
Me pesan los párpados y, en el preciso momento en que empiezo a cerrar los ojos, la portezuela de la tienda se abre y, por el agujero, se cuela una ráfaga de viento gélido. Enseguida reconozco la imponente silueta del comandante.
Y esta vez presiento que no va a marcharse.