Destello
Capítulo 7
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7 Auren
Todo mi cuerpo se tensa. ¿Cómo he podido ser tan ingenua y creer que por fin iban a dejarme en paz, que podría descansar unas horas? Mi mente empieza a rumiar. Quizá haya enviado al sanador para asegurarse de que recuperaba un poco las fuerzas y así poder pasar la noche conmigo.
La bilis trepa hasta mi garganta y me quema la boca. No puedo mover ni un músculo.
—¿Qué vas a hacer? —pregunto, y ni me molesto en disimular el terror en mi voz.
Sin embargo, el comandante no responde. Se dirige hacia la otra punta de la tienda, donde hay otra pila de mantas y pieles.
Contengo la respiración y me aferro a las mantas como si mi vida dependiera de ellas. Él se inclina y empieza a desatarse los cordones de las botas. Observo todos sus movimientos sin tan siquiera pestañear. Primero se quita una y después, la otra. Al caer sobre el suelo, se oye un ruido sordo que confundo con el latido de mi corazón.
Solo puedo pensar en ese fatídico momento en que irrumpió en mi tienda y me vio totalmente desnuda.
Siguiente paso, su armadura. Empieza por la placa del pecho. Con tan solo un par de tirones a los broches que hay en ambos lados, se quita esa lámina de metal negro y la deja a un lado. Después afloja las tiras de cuero marrón que se entrecruzan sobre su pecho para poder retirarse el jubón de cuero negro.
Y entonces me asalta una duda. ¿Cómo va a quitárselo con todas esas púas atravesando la tela? El misterio se resuelve delante de mis narices. Las púas que le recubren la espalda y los antebrazos se retraen. Casi a cámara lenta, se van hundiendo bajo la piel y, una a una, van desapareciendo. Y en cuanto todas se repliegan, se quita el jubón y lo cuelga en uno de los postes.
Tal vez uno podría pensar que, ataviado con una sencilla túnica de manga larga y unos pantalones finos, el comandante resultaría menos amedrentador, menos intimidatorio, pero la realidad es que no. Los agujeros circulares que atisbo en las mangas y espalda me recuerdan lo que esconden debajo.
De repente, se arremanga un poco la túnica y se arranca los pantalones. Y es entonces cuando empiezo a temblar de verdad.
Me muerdo el labio inferior y aprieto tan fuerte los dientes que me temo que he reabierto la herida.
«No. Esto no puede estar pasando. No, no, no.»
He sido una estúpida. ¿Cómo he podido bajar la guardia? ¿En qué momento he creído que esto no pasaría?
Quizá la tintura que me ha dado Hojat estaba sazonada con alguna sustancia que me ha dejado fuera de combate. Quizá ni siquiera me ha dado Ruxraíz. ¿Por qué al sanador del ejército del Cuarto Reino le iba a importar que estuviese retorciéndome de dolor? Me mantienen con vida por un único motivo, porque para ellos soy un escarnio, un chantaje y una amenaza que pueden utilizar contra Midas.
Estoy en las últimas y ya no me quedan fuerzas ni para gritar. La noche anterior fue una auténtica tortura y no he pegado ojo en todo el día. Estoy exhausta, drogada y a merced del comandante más temido de la faz de Orea.
Siento un doloroso retortijón en el estómago. Es fruto de la cólera, de la exasperación.
Estoy furiosa con el comandante por ser un hombre vil y miserable. Estoy furiosa con Hojat por haberme engañado, por haberme hecho creer que estaba a salvo. Y también estoy furiosa con los Bandidos Rojos por habernos atacado y secuestrado.
Pero sobre todo estoy furiosa conmigo misma. No sé cómo me las ingenio para terminar en situaciones tan deplorables como esta.
Cuando el comandante Rip empieza a acercarse a mí, me incorporo de un brinco y me arrastro por el camastro hasta tocar la pared de lona de la tienda. Si tuviera un cuchillo a mano, rasgaría la tela y saldría corriendo.
—¡Quédate donde estás! No te acerques.
Rip acata la orden de inmediato y se detiene. Las escamas iridiscentes que recubren sus pómulos relucen bajo la suave luz que desprenden las brasas. Por fin se digna a mirarme. Al verme así, encogida en un rincón del camastro, apabullada y con expresión de pánico, arruga la frente.
Noto el picor de un grito en la garganta, un grito que está a punto de salir por mi boca y, aunque dudo que el chillido de una montura pueda amilanarle, no pienso quedarme callada.
El comandante se mueve y el alarido amenaza con romper ese silencio sepulcral…, pero entonces veo que no viene hacia mí.
Recoge una tapa metálica que parece haber aparecido ahí como por arte de magia y la coloca sobre las brasas.
Observo la escena con una mezcla de curiosidad y terror. Ni siquiera me atrevo a respirar. Después dispone las botas y la armadura junto a las brasas, y lo hace con sumo cuidado, como si fuesen de cristal. Veo que se dirige hacia el farolillo para reducir la llama hasta extinguirla por completo. La tienda queda sumida en una oscuridad titilante. De entre las costuras del conducto de ventilación que hay cosido en la lona se cuelan varios rayos de luz minúsculos y, por suerte, las brasas todavía desprenden ese calor agradable y un resplandor rojizo.
Mi cuerpo, que sigue en tensión, está preparado para abalanzarse sobre Rip. Lucharé hasta el final. Aprieto tanto los dientes que me duele la mandíbula. Sin embargo, el comandante no se encamina hacia mi lecho, o eso parece.
Entorno los ojos en esa negrura casi absoluta; no quiero volver a cometer el mismo error y pecar de ingenua. Me tiemblan hasta las pestañas. En ese momento se da la vuelta y se encamina hacia la montaña de mantas que hay en la otra punta de la tienda.
Aparta todo ese montón de pieles negras y se escurre debajo, como si estuviera tumbándose. Y es entonces cuando me percato de que no son mantas, sino otro camastro.
Algo no cuadra.
¿Qué? ¿Qué?
El corazón sigue amartillándome el pecho, pero, de repente, toda esa tensión empieza a relajarse, como si fuese un pececillo al que acaban de devolver al mar. Sin el anzuelo atravesándome las aletas, por fin puedo volver a nadar en plena libertad.
Estoy perpleja, y confundida. Parpadeo varias veces, pero sigo con los ojos puestos en esa silueta oscura. No piensa mancillarme, ni forzarme a hacer nada que no quiera. De hecho, no piensa acercarse a mí.
El comandante está… recostándose en el segundo camastro. Un camastro, por cierto, mucho más largo para poder acomodar ese cuerpo gigantesco.
—¿Es una trampa? —pregunto sin pensar. Mi voz suena quebradiza, jadeante. No me había dado cuenta, pero sigo sujetando la bolsita de nieve en la mano. La estoy apretando con tanta fuerza que incluso he rasgado la tela con las uñas. La suelto de inmediato y la dejo caer al suelo.
No dice nada, simplemente se revuelve entre las mantas para encontrar una postura cómoda. Y entonces descubro algo en lo que debería haberme fijado desde el principio.
¿Por qué esta tienda dispone de tantas comodidades? ¿Por qué está tan alejada del resto? ¿Por qué hay tantas mantas y alfombras extendidas por el suelo? Nadie en su sano juicio se tomaría tantas molestias por una maldita prisionera. A menos que la prisionera tuviera que compartir espacio con el comandante.
Se me entrecorta la respiración.
—Estamos en tu tienda.
Está tumbado boca arriba, por lo que intuyo que las púas siguen escondidas bajo su piel.
—Por supuesto que es mi tienda —responde él.
—¿Por qué? ¿Por qué tengo que dormir en tu tienda? —exijo saber. Continúo sentada sobre la cama, con las rodillas dobladas delante de mí y acurrucada bajo el peso de varias mantas de piel.
Su mirada azabache cruza el espacio y se clava en mí.
—¿Acaso preferirías dormir en la nieve?
—¿No debería estar con los demás prisioneros? ¿Con las otras monturas y guardias reales?
—Quiero vigilarte de cerca.
Me invade el recelo, la desconfianza.
—¿Por qué?
Al no obtener respuesta, entrecierro los ojos y lanzo una mirada fulminante a Rip, aunque, en realidad, solo vislumbro una silueta oscura.
—¿Me has encerrado aquí para que tus hombres no abusen de mí y me violen en mitad de la noche sin tu permiso?
Veo que se pone tenso. Lo veo, pero sobre todo lo noto. Su irritación se palpa en el ambiente, que de repente se vuelve irrespirable.
Poco a poco, se incorpora. Apoya todo su peso sobre un codo y me dedica una mirada cargada de odio, de desprecio, de soberbia.
—La confianza que tengo en mis soldados es ciega —responde—. Jamás te pondrían una mano encima. Es en ti en quien no confío. Y por eso duermes aquí, en mi tienda. La lealtad tan devota, y tan poco crítica, que profesas por el Rey Dorado dice mucho de ti. No pienso permitir que mis soldados paguen los platos rotos de tus conspiraciones.
Me quedo tan atónita que creo que abro la boca.
¿El comandante prefiere tenerme cerca para que yo no pueda hacerles nada a ellos? La idea es tan ridícula que me entran ganas de reír. Aun así, me sorprende la opinión tan degradante que tiene sobre mí… No debería importarme en lo más mínimo, pero la verdad es que me molesta, y vaya si me molesta. ¿Cómo se atreve ese hombre, un hombre que miente sobre quién es, un hombre que lidera un ejército famoso por ser violento y despiadado, a menospreciarme de esa manera tan descarada, a mí?
Por el amor del Divino, pero si a él le han apodado comandante Rip. Degüella a sus víctimas y deja que se desangren en el suelo mientras su rey se dedica a pudrir a los soldados caídos en combate y va dejando un rastro de cadáveres marchitos a su paso.
—No quiero estar aquí contigo —replico apretando los dientes.
Él se recuesta en el camastro, como si le importara bien poco lo que acabo de decir.
—Los presos no pueden escoger dónde dormir. Deberías darme las gracias por estar aquí, en lugar de reprochármelo.
Se me ponen los pelos de punta. Trato de leer entre líneas y descifrar el mensaje subliminal.
—¿Y qué se supone que significa eso? ¿Dónde están las otras monturas? ¿Y los guardias?
Un silencio como respuesta, otra vez. El muy cabrón se tapa los ojos con un brazo, dispuesto a echarse a dormir, pero no pienso darme por vencida tan fácilmente.
—Te he hecho una pregunta, comandante.
—Y yo he preferido no responder —contesta sin mover el brazo—. Ahora cállate y descansa. ¿Quieres que te amordace o crees que serás capaz de controlar esa lengua?
A regañadientes, opto por cerrar el pico. El comandante es un hueso duro de roer. Salta a la vista que es terco como una mula, además de orgulloso, y no está dispuesto a negociar. No quiero dormir con una mordaza en la boca, así que no me queda otro remedio que claudicar y tumbarme en el camastro.
Empiezo a notar los efectos de la tintura. Me coloco de lado, con la espalda pegada a la pared de la tienda, porque no me fío de ese hombre. Le observo durante más de una hora, por si acaso todo esto es un truco, una estrategia de manipulación. Quizá esté esperando a que me duerma para atacarme.
Intento mantener los ojos bien abiertos y no ceder a la tentación del sueño, pero me pesan demasiado los párpados. Cada vez que parpadeo, noto un terrible escozor en los ojos.
Sé que es una batalla perdida. Es imposible luchar contra el sueño, el alcohol y ese jarabe analgésico. Al final sucumbo al cansancio, cierro los ojos y me quedo dormida en la tienda del enemigo.