Destello
Capítulo 8
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8 Auren
—Vamos, Auren.
Miro a Midas, que en ese momento me está ofreciendo la mano. Un gesto sencillo e insignificante para la mayoría de los mortales, pero para mí son palabras mayores.
La primera vez tardé una eternidad en posar la palma de mi mano sobre la suya, en acariciar su piel. Hasta entonces, cada vez que extendía la mano y me la ofrecía, me estremecía y rechazaba su ayuda.
Debo reconocer que ha tenido una paciencia infinita conmigo, y siempre se ha mostrado atento y respetuoso. Hacía años que nadie me trataba con tanta delicadeza y amabilidad; quizá la última vez fue cuando era una niña, cuando todavía vivía ajena a los peligros de este mundo y compartía hogar con mis padres.
Deslizo mi mano sobre la suya y, antes de levantarme, echo un último vistazo a la hoguera que sigue crepitando a varios metros de distancia, al grupo de nómadas que están reunidos a su alrededor, sobre la hierba, al estanque de aguas relucientes que hay detrás de ellos. Siento una punzada de nostalgia.
Midas y yo solemos viajar solos por ese entramado de carreteras y senderos, pero estamos a punto de atravesar el Segundo Reino, y cerca de las fronteras siempre hay más trotamundos, más caminantes. Esos nómadas nos han estado acompañando varios días y lo cierto es que siento una pizca de curiosidad.
—¿No podemos compartir el fuego? —le pregunto a Midas, que ya ha empezado a tirar de mí.
Hace una noche agradable y sopla una brisa suave y templada. Y aunque el cielo está un pelín encapotado, se aprecia el fulgor de las estrellas.
—No, preciosa.
Cada vez que me llama así, siento el revoloteo de decenas de mariposas en el estómago. El hecho de que alguien pueda considerarme preciosa, y más alguien tan apuesto y atractivo como él, me colma de felicidad, una felicidad que hacía muchísimo tiempo que no sentía.
No dejo de pensar que esa felicidad va a ser efímera y pasajera. Tengo el presentimiento de que Midas me va a abandonar, pero él insiste en que jamás haría algo así, en que no debo preocuparme por esas bobadas.
Me arrastra hasta nuestra modesta y pequeña fogata, y me acomodo a su lado, bien cerquita. Me revuelvo de tal forma que mi pierna queda pegada a la suya. Admito que anhelo el contacto físico. Ahora que por fin he conocido a alguien que me toca sin intención de hacerme daño, solo busco caricias, mimos, abrazos.
—¿Por qué no? —pregunto.
Midas es un joven afable, cordial y carismático. Me sorprende que no le apetezca disfrutar de la compañía de otras personas.
Me suelta de la mano y coge la carne que lleva un buen rato asándose. La parte por la mitad y, como siempre, me entrega el trozo más grande. Dibujo una sonrisa y le doy un buen mordisco. El bocado, además de tierno, no puede estar más sabroso.
—Porque es mejor no confraternizar con desconocidos —explica Midas mientras pega un bocado a su parte del muslo y arranca la carne del hueso—. No puedes confiar en nadie, Auren.
Le observo en silencio durante unos segundos y me asalta la duda de si él también ha tenido que aprender lecciones de vida a base de golpes, igual que yo. A ninguno nos gusta hablar de nuestro pasado y, si debo ser sincera, agradezco que no me someta a molestos interrogatorios para escarbar en mi vida anterior. Los dos estamos más felices viviendo en el aquí y el ahora.
—Pensaba que quizá nos vendría bien charlar con otras personas —admito en voz baja, y me relamo los dedos antes de terminar mi porción de carne—. Si los cálculos no me fallan, llevamos viajando solos un par de meses. Creía que a estas alturas ya te habrías aburrido de mí —bromeo, aunque en realidad el comentario esconde una pregunta tácita, pues una parte de mí continúa dudando de su lealtad, de su apoyo incondicional.
Me cuesta entender que a alguien como él le guste estar con alguien como yo.
Midas se da la vuelta para mirarme a la cara. El resplandor anaranjado de las llamas se refleja en sus ojos, que parecen crepitar de calor, de ardor. Alarga una mano y me acaricia la mejilla con el pulgar.
—Nunca me aburriré de ti, Auren. Eres perfecta.
Se me corta la respiración.
—¿De veras crees que soy perfecta?
Midas se inclina y me regala un beso. Me da igual que tengamos los labios grasientos y con sabor a carne asada, o que el humo que desprende la fogata se me quede pegado en el pelo. Cree que soy perfecta. Midas me salvó, me promete que jamás se aburrirá de mí y cree que soy una mujer perfecta, una mujer que merece sus besos.
Ni en mis mejores sueños habría imaginado que la felicidad fuera así.
Se aparta y separa sus labios de los míos. Su mirada llameante me acaricia el rostro y en él advierto una expresión de adoración, de amor infinito.
—No quiero que vuelvas a pensar que algún día me aburriré de ti, ni que has dejado de importarme. Eres mi preciosa, la chica que toqué y convertí en oro, ¿recuerdas?
Asiento con timidez y me paso la punta de la lengua por los labios para saborear una vez más el dulzor de su boca. Todo esto es totalmente nuevo para mí. Y me asusta que pueda ser frágil y quebradizo, que pueda romperse. Por primera vez en muchos años siento que mi corazón está tan lleno de sentimientos que parece que vaya a explotar. Y, a decir verdad, me asusta que un día u otro lo haga.
—¿Por qué a mí, Midas? —susurro, y la pregunta que escapa de mis labios queda flotando en el aire.
Es una duda que lleva rondándome por la cabeza días, semanas, meses. Para ser más concreta, desde que me sacó de aquel cuchitril mugriento y solitario. Vivía en la más absoluta miseria y dormía en un callejón oscuro. No tenía adonde ir, ni nadie a quien recurrir.
Por fin me he armado de valor. Por fin he pronunciado la pregunta que lleva tanto tiempo atormentándome. Me ha demostrado que puedo confiar en él, que va a estar a mi lado pase lo que pase, y quizá por eso me haya atrevido a hacérsela. O quizá sea porque es de noche y, en esa oscuridad casi opaca, siento que me transformo en una chica más osada, más valiente.
Hay preguntas que no soportan la luz del sol. Las palabras vacilantes e indecisas y las preguntas temidas rehúyen de la luz y se sienten más cómodas rodeadas de oscuridad. Al menos entonces podemos esconderlas entre las sombras y, si es necesario, escondernos nosotros también.
Espero impaciente su respuesta. Acaricio la hierba y empiezo a arrancar varias briznas, solo para entretenerme, para tener las manos ocupadas con algo.
Midas me agarra de la barbilla para que le mire a los ojos.
—¿A qué te refieres?
Me encojo de hombros, cohibida.
—Después de salvarnos de esa banda de bandidos y saqueadores, podrías haber elegido a cualquier otra persona de la aldea. Había muchísima gente asustada, llorando —digo, y deslizo la mirada hacia el cuello de su túnica dorada. Se ha desatado los nudos, dejando así al descubierto esa tez tersa y bronceada—. ¿Por qué me elegiste a mí? ¿Por qué te adentraste en ese callejón sin salida y decidiste llevarme contigo?
Midas extiende los brazos, me agarra por la cintura y me sienta sobre su regazo. Ese contacto físico tan estrecho y tan íntimo hace que el corazón me dé un brinco. Es un reflejo casi automático; llevo años viviendo con miedo, con terror a que un hombre me toque, aunque cada vez que Midas lo hace, siento que subo al séptimo cielo, lo cual es toda una sorpresa.
—Te elegiría a ti una y mil veces —responde él en voz baja—. Caí rendido a tus pies en cuanto te vi, Auren —continúa, y entonces me coge la mano y la posa sobre su pecho. Siento el pálpito de su corazón vibrando bajo mis dedos, como si estuviera entonando una melodía solo para mí—. ¿Oyes eso? Mi corazón es tuyo, preciosa. Para siempre.
No puedo ocultar la sonrisa. Entierro la cara en su cuello y me acurruco allí mientras escucho el staccato de su latido. Me siento tan liviana y tan afortunada que incluso me sorprende que no esté levitando, que no haya subido flotando hasta el mismísimo cielo para titilar con el resto de las estrellas.
Midas me da un beso en el pelo.
—Hora de irse a dormir —murmura, y luego me da un suave golpecito en la nariz con el dedo—. Mañana tendremos que madrugar, nada de quedarnos remoloneando en la tienda.
Asiento, pero, en lugar de dejarme de nuevo en el suelo, Midas me estrecha entre sus brazos y me lleva en volandas hasta la tienda. Se agacha para colarse por la diminuta portezuela y me deja sobre el saco de dormir con suma ternura. Y así, hecha un ovillo entre sus brazos, cierro los ojos y me quedo dormida.
No sé muy bien qué me despierta. Quizá haya sido un sonido. O quizá mi intuición, ese sexto sentido que he ido perfeccionando a lo largo de los años. De repente, en mitad de la noche, me incorporo y echo un vistazo a mi alrededor. Estamos sumidos en una negrura absoluta, lo que significa que la fogata se ha extinguido, seguramente hace ya varias horas.
Midas está a mi lado, durmiendo como un tronco. Unos suaves ronquidos escapan de su boca entreabierta. Sonrío. Por alguna razón, ese constante ronroneo me resulta adorable. Es como un secreto que tan solo yo conozco de él, una vulnerabilidad inocente.
Ladeo la cabeza y afino el oído. No se oye ni una mosca. Me pregunto qué ha podido arrancarme de ese sueño tan profundo.
El silencio es sepulcral. Intuyo que está a punto de despuntar el día, así que me escabullo de la tienda de puntillas para asearme un poco antes de ponernos en marcha y reemprender la travesía. Una vez fuera, paso junto a las cenizas y restos carbonizados de la fogata de anoche, estiro los brazos y me desperezo. Miro a mi alrededor. La luz de la luna todavía baña el paisaje, un paisaje en el que reina la calma, la serenidad. No distingo nada sospechoso, nada fuera de lugar. Reconozco el inconfundible cricrí de los grillos alrededor del estanque.
Me dirijo hacia la orilla para aprovechar ese momento de soledad mientras dure. Mis pies descalzos se hunden al pisar las briznas de hierba y, poco a poco, me voy acercando al agua. En esa inmensa llanura apenas hay arboledas, tan solo algún que otro arbusto. A lo lejos se divisan las sombras de las tiendas de los nómadas. No se oye ni un solo ruido, por lo que supongo que todos están durmiendo a pierna suelta.
Cuando llego al estanque, empiezo a desnudarme. Meto la punta del pie en el agua para comprobar la temperatura. Está fría, pero creo que podré soportarlo. Me sumergiré un solo instante, lo suficiente para mojarme todo el cuerpo antes de que amanezca.
Me estoy aflojando los lazos dorados del cuello de la túnica cuando, de repente, una mano me tapa la boca.
Perpleja y asustada, suelto un aullido que se queda atrapado entre la palma de ese desconocido y mi boca. Mi asaltante, no satisfecho con amordazarme, me rodea el cuello con el brazo y amenaza con asfixiarme.
—Cogedle la ropa —ladra una voz masculina.
Abro los ojos como platos cuando noto que alguien tira de mi túnica, como si quisiera arrancármela de cuajo. La tela es áspera y rugosa, y con cada tirón siento que me pellizcan la piel.
Me invade el pánico, aunque trato de mantener la cordura y analizar la situación. Por el momento, sé que son tres, dos mujeres y el hombre que me está sujetando por detrás.
Y entonces caigo en la cuenta de que no son dos mujeres. Una de ellas no es más que una cría y debe de rondar mi edad. La reconozco de inmediato. Pertenece a una de las familias del grupo de nómadas.
Forcejeo, suelto patadas a diestro y siniestro, me revuelvo. Pero el tipo me tiene bien agarrada y cada vez me cuesta más respirar.
—Si no quieres sufrir, te aconsejo que te estés quietecita —me susurra al oído.
Hago caso omiso de sus consejos y continúo resistiéndome, tratando de apartar ese brazo que me sujeta el cuello. Inspiro hondo y emito un alarido propio de una bestia atemorizada. Intento morderle para que aparte esa mano mugrienta de mis labios y el grito retumbe en esa meseta infinita, pero el tipo no desaprovecha la ocasión; me mete los dedos en la boca y me inmoviliza la lengua. Me atraganto y, un segundo después, siento arcadas.
En ese preciso instante distingo un sonido agudo y afilado. No me da tiempo a adivinar de qué se trata porque entonces me rasgan el vientre. A pesar de que el corte no es muy profundo, aúllo de dolor. Primero me cortan la camisa, seguida de la falda y los leotardos.
—¡Rápido! ¡Dame ese cuchillo! —sisea el hombre.
Voy a morir. Ese descerebrado está a punto de rebanarme el cuello, y lo único en lo que puedo pensar es en que… Midas tenía razón.
No puedes confiar en nadie.
El tipo me agarra por el cabello y lo sujeta fuerte entre su puño. Doy las gracias a todas las diosas porque por fin me ha soltado del cuello y ha apartado su manaza de mi boca. Me ha estado ahogando tanto tiempo que solo puedo tratar de recuperar el aliento y, aunque lo intente, no puedo gritar. Tengo la garganta tan dolorida y reseca que dudo que, aunque consiga coger aire, sea capaz de chillar.
La mujer, que en ese momento está ocupada arrancándome la camisa, mira por encima del hombro.
—Pásame el cuchillo —le gruñe a la pequeña.
Al parecer, la niña es la centinela de la familia. Sale disparada hacia su madre y advierto el brillo metálico de un filo. Más que un cuchillo, es una navaja tan pequeña que cabría en cualquier bolsillo. Cuando se la entrega a su madre, miro a la pequeña con ojos suplicantes, pero ni siquiera se molesta en levantar la vista del suelo.
En un gesto violento y súbito, el hombre me tuerce el cuello y me tira del pelo con una fuerza sobrehumana. Veo todas las estrellas del firmamento, pero lo peor está por llegar; en ese momento comienzo a oír el horripilante sonido de una especie de serrucho. Me está cortando el pelo porque quiere llevarse hasta el último tirabuzón dorado.
Después me obliga a arrodillarme, desnuda, con el cuero cabelludo en carne viva y la garganta magullada.
Cuando me corta el último mechón de pelo, me desplomo sobre el suelo, como si fuese una montaña de ropa sucia. No consigo levantarme porque estoy en estado de shock. Mi cuerpo solo es capaz de respirar, de nada más.
Tal vez me dedican unas palabras de despedida, pero la verdad es que no oigo nada. Lo único que sé a ciencia cierta es que un instante después se marchan a toda prisa, llevándose consigo sus amenazadoras sombras. Me dejan sola, tirada como a un perro. Tengo un pie metido en el agua y el resto del cuerpo hundido en la hierba, aunque la verdad es que no siento nada.
No estoy segura de cuánto tiempo me paso allí tendida. Me da miedo moverme. Me da miedo levantarme y encontrarme con Midas. Me da miedo todo.
Sin embargo, es Midas quien me encuentra a mí. Igual que hace un par de meses, en aquel callejón, me encuentra malherida en el suelo y bajo la luz de una luna que acaba de atestiguar una barbarie.
Le oigo gritar mi nombre, le oigo maldecir. Y entonces me recoge como a un animal herido y me acuna entre sus brazos. Todas las lágrimas brotan en tropel de mis ojos cuando él me levanta del suelo.
Apoyo la cara sobre su túnica dorada y me echo a llorar. Las lágrimas empapan la tela que le cubre el pecho, ese pecho que sigue latiendo, que sigue cantando solo para mí.
Siento los arañazos de las puntas ásperas de mi cabello que ese bárbaro ha serrado sin ninguna clase de miramiento. Siento el corte en el vientre, una dolorosa incisión en la piel causada por una navaja desafilada. Pero, sobre todo, siento miedo.
Midas se dedica a atenderme, a mimarme, a cuidarme. Supongo que debo de tener un aspecto horrible ahora mismo y sé, sin ningún atisbo de duda, que está enfadado porque he salido de la tienda sin él, pero aun así no dice nada. Con un cariño infinito, me limpia todas las manchas de mi piel, desinfecta el corte de la tripa y me besa las mejillas, húmedas de tanto llorar.
Su afirmación previa se convierte en mi mantra. Esa frase lapidaria consigue que se me endurezca el corazón y el miedo se instale en mí para siempre. Quiero encontrar una guarida y esconderme del mundo para siempre.
No puedes confiar en nadie.
La única persona en la que puedo confiar es él.
Y entonces me hago una promesa a mí misma, aquí y ahora. A partir de hoy, eso es lo que haré. Nunca volveré a desconfiar de Midas. Sabe lo que nos conviene, lo que es mejor para los dos, y también para mí. Siempre tiene razón.
Estoy harta de este mundo sórdido y mezquino. Quiero que Midas me proteja de él.
Y me mantenga siempre a salvo.