Destello

Destello


Capítulo 9

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9 Auren

Unos zarcillos suaves y sedosos me acarician la mejilla, que sigue hinchada, y me despierto.

Todavía un pelín somnolienta, despego los párpados y veo que mis cintas se están estirando, enroscando y deslizándose a mi alrededor, como si quisieran comprobar si ya se han recuperado del calvario de las últimas horas. No puedo evitar sonreír al darme cuenta de que han recobrado su habitual resplandor dorado. Salta a la vista que han mejorado muchísimo y, de hecho, puedo moverlas a mi antojo sin retorcerme de dolor.

Me incorporo en el camastro, pero no retiro las capas de mantas y pieles porque el frío que azota de madrugada, justo antes del alba, es gélido. Las brasas se han debido de apagar a altas horas de la noche y de ellas solo quedan las cenizas. El interior de la tienda está a oscuras, pero aun así logro distinguir la silueta del cuerpo del comandante, que sigue durmiendo como un lirón bajo todas esas pieles negras. Su respiración es regular y muy silenciosa.

No es de extrañar que continúe dormido porque el sol todavía no se ha asomado por el horizonte. Verlo así, adormecido e indefenso, sin esa aura intimidatoria que tanto me cohíbe y me perturba, sin el gesto torcido y el ceño fruncido…, hace que lo vea diferente. Menos amenazador, incluso.

Aprovecho esos momentos de calma y serenidad para observar al comandante, para estudiar cada centímetro de su rostro feérico. Siento curiosidad por saber qué tacto tienen esas bandas de escamas plateadas que le recubren los pómulos. Me pregunto si, cuando retrae las púas y las guarda bajo la piel, siente una punzada de dolor o si, por el contrario, no nota nada.

Sin embargo, hay un asunto que me interesa mucho más: qué clase de extraordinario poder fluye por sus venas. Me encantaría averiguar de lo que es capaz, aunque intuyo que se trata de algo inmenso, insólito y brutal. Es solo un presentimiento, pero la intuición no suele fallarme.

Su poder, sea el que sea, tiene que ser la razón por la que el rey Ravinger lo utilice como su horca particular. Pero ¿cómo encontró el rey al comandante? ¿Y cómo consigue ocultar la verdad a las masas?

¿Sus súbditos prefieren vivir en la ignorancia? ¿Acaso no tienen espíritu crítico? ¿Están dispuestos a creer cualquier patraña en lugar de cuestionarse lo que están viendo con sus propios ojos? Aunque, pensándolo bien, tal vez no sea ignorancia. Tal vez sea solo… miedo. Ni siquiera se atreven a considerar la alternativa porque, de hacerlo, se inquietarían y ya no podrían volver a conciliar el sueño por las noches.

Tal vez la ignorancia no sea un pecado, sino una elección. Si tengo que ser honesta, yo también he optado por la ignorancia en multitud de ocasiones.

De repente, el comandante Rip suelta un ronquido, un sonido grave y penetrante que me recuerda a un seísmo lejano, a un terremoto producido por el choque de placas tectónicas que hace vibrar el suelo. Juraría que incluso noto ese temblor bajo los pies.

Anoche no me tocó.

Pese a tenerme a pocos metros, exhausta y desvalida, no trató de aprovecharse de la situación. De hecho, no se ha movido de su camastro en toda la noche. Tampoco se ha tomado la molestia de encadenarme a un poste, o de asignarme un perro guardián. Ninguno de sus soldados ha intentado hacerme daño, o algo peor. Ni siquiera parecía preocupado porque yo pudiera elaborar algún maquiavélico plan para atacarle mientras dormía, o para intentar huir en mitad de la noche.

Ser su prisionera… no es lo que esperaba, desde luego. Es más bien un juego psicológico que un hostigamiento físico. Y las conversaciones consisten más bien en preguntas afiladas e hirientes que en amenazas difusas. No me fío ni un pelo.

Una de mis cintas se enrosca justo delante de mí. Es una orden clara: deja de remolonear y ponte en marcha. La aparto con ademán juguetón y, con el sigilo de un gato, retiro todas esas mantas de pieles negras y me levanto sin hacer ni un solo ruido.

Tengo todo el cuerpo dolorido y, en cuanto me pongo en pie, siento una fuerte punzada en las costillas. Al menos la herida del hombro ya no me escuece tanto. Supongo que el ungüento que utilizó Hojat anoche ha tenido algo que ver. Y el mejunje nauseabundo que me obligó a tomar también ha surtido efecto porque, aunque todavía no estoy como una rosa, la mejoría es más que evidente.

Se me pone la piel de gallina por el frío que se ha instalado en el interior de la tienda. Ojalá pudiese acurrucarme de nuevo entre las cálidas pieles del camastro, pero no pienso caer en la tentación. Descuelgo el vestido de lana y deslizo los brazos dentro de las mangas.

Con la inestimable ayuda de mis cintas, me visto en un periquete y en completo silencio. Me invade una sensación de alivio al darme cuenta de que, después de una noche tranquila y sin sobresaltos, están mucho mejor. Incluso me atrevería a decir que ya se han recuperado. Con un ojo puesto en el comandante, me enfundo los leotardos, me calzo las botas, me subo los guantes casi hasta el codo y, por último, me cubro con el abrigo del capitán.

Me recojo el cabello en una trenza sencilla y austera y me tapo la cabeza con la capucha del abrigo. Ahora que han terminado el trabajo, las veinticuatro cintas se arrastran por debajo del abrigo y me envuelven el torso de manera que quedan un pelín flojas, pero seguras. En vista del frío que hace, agradezco esa capa extra de aislamiento térmico.

De puntillas y con sumo cuidado, atravieso la tienda hasta llegar a la portezuela. Me agacho, dispuesta a escabullirme de la tienda, no sin antes echar un último vistazo al comandante. Intuyo que tiene un sueño ligero y que hasta el zumbido de una mosca le despertaría. No quiero que me descubra escapándome de la tienda antes del amanecer.

En cuanto pongo un pie fuera, se me corta la respiración. El paisaje me da una bienvenida glacial y solitaria, una sensación que me recuerda al vacío que deja un amante ausente.

La nieve es tan compacta que cruje bajo mis botas. Me dirijo hacia la letrina para asearme lo antes posible. A lo lejos distingo la palidez grisácea que precede al alba.

Parece que las temperaturas han bajado en picado y juraría que hace más frío que anoche. Soy incapaz de controlar el castañeteo de mis dientes y, justo cuando termino de usar la letrina, empieza a nevar. Regreso al campamento a toda prisa, en parte para desentumecer los músculos, en parte para no morir congelada, y me reciben los inconfundibles sonidos de un ejército al despertarse.

Distingo el olor a comida flotando en el aire y, sin pensármelo dos veces, me doy la vuelta y dejo que mi olfato me guíe. Paso junto a las tiendas donde se alojan los soldados. Hay quien gruñe y refunfuña, quien bosteza para desperezarse y quien hace gárgaras para deshacerse de mucosidades. Varios soldados se han puesto manos a la obra y han empezado a desmantelar las tiendas, preparándose así para otra larga jornada de viaje.

Por fin llego a una pequeña hoguera custodiada por un hombre. Frente a él advierto un trípode hecho con palos y una cazuela de hierro forjado enorme colocada sobre las llamas. Tiene la tez negra como el tizón y unos tirabuzones diminutos y larguísimos que ha decorado con trocitos de madera, un tributo al sigilo de su reino.

Detrás de la cazuela se ha formado una fila de soldados ya ataviados con el uniforme que sujetan un cuenco de hierro. Uno a uno, el hombre va sirviendo una cucharada del potaje que ha cocinado a los soldados. A medida que voy acercándome, le oigo parlotear y sermonear a los hombres que esperan su turno para el desayuno.

—Métete esa miradita por donde te quepa si no quieres que te patee el culo. Esta es la ración que te toca, y punto.

Plof.

—¡Siguiente! Anda, una tortuga coja. ¿Por qué no caminas más lento?

Plof.

—¿Estás cansado de desayunar gachas de avena? Todos estamos hartos de estas gachas, patizambo —dice, y el soldado se marcha cabreado.

El siguiente en la fila se acerca, echa un vistazo a esa bazofia y arruga el ceño.

—¿No podrías echarle algunas especias o algo, Keg?

El aludido —Keg— inclina la cabeza hacia atrás y suelta una ruidosa carcajada. Ese ligero movimiento hace que los abalorios de madera que tiene en el pelo tintineen.

—¿Especias? Mira a tu alrededor —contesta, y señala ese páramo helado con el cucharón—. ¿Te parece que en este lugar abandonado de la mano del Divino se puede encontrar alguna especia?

El soldado resopla y se marcha alicaído. Cuando le llega el turno al siguiente soldado, Keg sacude la cabeza y da un golpe a la inmensa cazuela con el cucharón.

—Largo de aquí. Tú ya te has zampado tu ración. Sal ahora mismo de la fila si no quieres que te patee el culo.

Por lo visto, a Keg le gusta esa amenaza.

Me rugen las tripas, así que decido colocarme en la fila. Tengo a unos cincuenta soldados por delante de mí. Observo la línea del horizonte, que cada vez está más clara, más luminosa. Quizá debería comprobar si puedo conseguir algo de comida en otro sitio. Si me doy prisa, tal vez logre llegar a aquellas carretas y…

—¡Eh, tú!

Giro la cabeza y me doy cuenta de que Keg tiene la mirada clavada en mí, pero aun así echo una ojeada a mi alrededor para cerciorarme. Los demás soldados se vuelven todos a la vez. Todos, sin excepción, me observan con una mezcla de curiosidad y sorpresa.

Me ajusto la capucha del abrigo y después me señalo el pecho con un dedo.

—¿Yo?

Keg pone los ojos en blanco.

—Sí, tú. Ven aquí.

Los soldados empiezan a murmurar y a cuchichear entre ellos porque, hasta ese momento, no se habían percatado de mi presencia.

—Sí, es ella.

—¿Es la mujer dorada de Midas?

—Pues no es gran cosa.

—Tengo un par de monedas de oro que brillan más que ella.

Hundo la barbilla hasta que me roza el pecho. Nunca me ha gustado ser el centro de atención y ahora mismo lo único que quiero es desaparecer de ahí. Keg parece leerme los pensamientos porque, de repente, golpea el cucharón contra el puchero, como quien hace sonar un gong. El estruendo es tan fuerte que varios soldados se tapan los oídos con las manos.

—Vamos, jovencita. Acércate —insiste Keg.

No puedo quedarme ahí como un pasmarote, así que me armo de valor y camino hacia delante. Trato de ignorar todas las miradas y bisbiseos de los soldados. Me detengo frente a él y siento que me repasa con esos ojos amarronados.

—¿Es cierto? ¿Eres la montura dorada del Sexto Reino?

Mis cintas se estrechan alrededor de mi busto antes de que pueda responder.

—Sí.

Él asiente con la cabeza y varios tirabuzones rebeldes del flequillo se deslizan por delante de sus ojos.

—Pensaba que brillarías más. Y que tu cuerpo sería más rígido, más sólido. En otras palabras, te imaginaba más bien como una estatua de oro macizo.

Pestañeo.

—¿Qué?

Keg me señala con el cucharón.

—Creía que serías más… metálica. Más reluciente. Más fría. Pero eres de carne y hueso, ¿verdad? O sea, eres una mujer de curvas sinuosas y piel suave, solo que… —inclina un poquito la cabeza, como si estuviese buscando la palabra adecuada— dorada.

Bajo la sombra de la capucha, siento que se me sonrojan las mejillas. Empiezo a ponerme nerviosa porque no sé qué hacer, si dar media vuelta y salir disparada de allí o si jugármela y quedarme ahí plantada a ver si puedo llevarme un bocado a la boca. En las palabras de Keg no he percibido ni una pizca de crueldad ni de lascivia, tan solo asombro y curiosidad.

—Por eso la llaman la mascota dorada, imbécil —dice uno de los soldados que está en la fila. Me pongo tensa—. Eres como una cotorra, solo parloteas y parloteas. ¿Podrías callarte de una vez y servirnos? Tenemos hambre, y esa bazofia que has preparado es aún más asquerosa si está fría.

Keg desvía su atención hacia el soldado y, una vez más, utiliza el cucharón sucio para señalarlo. Al hacerlo, derrama un buen chorretón grumoso que acaba en el suelo, a un milímetro del bajo de mi falda.

—Y tú podrías cerrar esa bocaza y esperar tu turno, o tiraré toda esta «bazofia» al suelo y después te plantaré una patada en el culo. ¿Qué te parece eso, soldado?

No puedo contener la sonrisa.

Keg se da cuenta de que estoy sonriendo; un segundo después, posa su mirada engreída hacia mí, y hace lo mismo con el dichoso cucharón.

—¿Ves? La chica de oro lo ha pillado. Y por eso se ha ganado que le sirva antes que a todos vosotros, pandilla de ingratos.

Los hombres de la fila refunfuñan y mi sonrisa se desvanece de inmediato. Digo que no con la cabeza.

—Oh, no. No pasa nada, no hace falta. Esperaré mi turno —insisto. Lo último que necesito es que los soldados se ofendan y me hagan pagar por haber pasado por delante de ellos.

—Pero ¿qué coño te pasa, Keg? ¡Es una maldita prisionera! —gruñe el que está justo detrás de mí, lo que demuestra que tengo razón, que no es buena idea.

Keg ni siquiera se inmuta por el comentario.

—Ya, ya, ya. Mira tú por dónde que la acabo de conocer y ya me cae mucho mejor que tú, que eres más pesado que una vaca en brazos. Y puesto que yo soy el cocinero aquí, yo decido quién va primero. Es lo que hay, soldado. Y si no te gusta, ya puedes arrastrar tu culo peludo hasta los fogones de otros cocineros.

Keg se da la vuelta y coge una taza de latón de una pila que hay en el suelo. Sumerge el cucharón en la cazuela, me sirve una buena ración de gachas de avena y me entrega la taza.

—Aquí tienes, chica dorada.

Miro con el rabillo del ojo la fila de hombres que tengo detrás, esperando oír más quejas y objeciones, pero Keg insiste. Casi me tira ese mejunje espeso a la cara.

—Cógelo, mujer.

Después de soltar un suspiro y con la esperanza de no arrepentirme, acepto el tazón.

—Gracias —susurro.

A pesar de llevar los guantes puestos, enseguida noto el calorcito de las gachas en las manos.

—Entonces… te llamas Keg.

El cocinero del ejército me dedica una sonrisa de oreja a oreja.

—Mi familia regenta una cervecería en el Cuarto Reino, pero pude librarme de servir cerveza a una panda de borrachos. A mi hermano mayor le bautizaron como Distill —explica, y esa mirada marrón se ilumina de alegría. Entonces sacude la cabeza y prosigue—: Sí, tuvo peor suerte que yo. Ahora que nadie nos escucha, reconozco que los dos estamos un poco celosos de mi hermana, Barley. Se quedó con el mejor nombre de los tres.*

Se me escapa una risa que enseguida me apresuro en disimular. A pesar de mis dudas y reservas, Keg parece un buen tipo.

Me llevo el tazón a la boca y enseguida noto el rasguño áspero del metal en los labios. Me trago esas gachas de avena sin tan siquiera molestarme en saborearlas, lo cual me parece lo más sensato y prudente teniendo en cuenta las quejas de los soldados.

La receta tiene la consistencia de unas gachas un pelín aguadas con algún que otro tropezón, pero está caliente y es comestible, así que no puedo estar más agradecida. Dejo el tazón limpio como una patena y después lo coloco en el suelo, junto a una montaña de platos sucios.

Keg golpea el cucharón contra el puchero, dibuja una sonrisa y me mira.

—¡Ajá! ¿Habéis visto qué rápido se lo ha comido? Estoy seguro de que repetiría. Si fueseis un poco listos, aprenderíais de ella. Os acaba de dar una lección de buenos modales.

—Lo único que esa montura podría enseñarnos es a abrirnos de piernas.

Mis hombros se tensan de inmediato. Keg había conseguido que me relajara un poco, pero cuando los soldados empiezan a ladrar sonoras carcajadas empiezo a inquietarme de nuevo.

—¡Buena idea! ¡Me apunto a esa clase! —grita otro.

Más risas.

—¡Sí, y yo! ¡Quiero ver cómo lo hace!

Me quedo petrificada. Keg frunce el ceño.

Y entonces una voz de ultratumba, una voz grave y siniestra, resuena desde el otro lado de la hoguera.

—¿Quieres ver cómo hace el qué, exactamente?

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