Destello
Capítulo 10
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10 Auren
Casi se me sale el corazón por la boca. Los soldados enmudecen ipso facto y, en un solo segundo, ese ambiente distendido y de burla se enturbia y se vuelve incómodo.
Busco el origen de ese vozarrón y mi mirada se detiene en la silueta que se cierne al otro lado de la hoguera. No podía ser otro que el comandante Rip. Vislumbro las púas metálicas que sobresalen de sus antebrazos; me recuerdan a los colmillos curvados de un lobo.
Aunque adopta una postura relajada y tranquila, la verdad es que emana peligro por cada poro de su piel. Es su naturaleza, y no puede hacer nada para evitarlo.
No parece el mismo hombre que he dejado durmiendo en la tienda esta mañana. Cualquier rastro de esa expresión despreocupada y apacible ha desaparecido de un plumazo. En estos momentos, el recuerdo me parece tan lejano, tan incoherente, tan disparatado que empiezo a dudar de que me lo haya imaginado. ¿Cómo se me ha ocurrido pensar que esa bestia pudiese ser bondadosa y vulnerable?
Bajo el resplandor grisáceo y moteado de los primeros rayos del amanecer, Rip parece un ser formidable, casi fantástico. Los últimos vestigios de la noche se han quedado aferrados a su cabellera azabache y a esos ojos tan oscuros que se confunden con dos grutas infinitas. Las sombras de sus antepasados místicos y etéreos se intuyen en sus mejillas.
Cualquiera diría que es una criatura que ha nacido para estremecer y asustar a los mortales; estoy segura de que, si alguien se cruza con él por casualidad, daría media vuelta y echaría a correr. No debo de ser la única que lo piensa porque, de golpe y porrazo, todos los soldados se ponen tensos, como si quisieran huir de ahí lo más rápido posible.
Lleva el mismo atuendo de cuero negro que ayer, la misma espada con un tronco retorcido como empuñadura colgada del cinturón. Es el uniforme de un soldado, austero y sin florituras, pero no consigue esconder la amenaza que hay debajo. Se hace un silencio sepulcral… Incluso Keg ha enmudecido.
Estoy tan absorta examinando a Rip que ni siquiera he reparado en que ha venido acompañado de un soldado hasta que los dos empiezan a caminar. Es un armario con patas. Pecho abultado y musculoso, mirada perversa, labio partido, cabellera larga y castaña.
«Es el soldado que me pilló con las manos en la masa mientras husmeaba en las carretas.»
Genial.
Ahora entiendo por qué ese cabrón es tan observador. Todo apunta a que es la mano derecha de Rip.
Los dos se detienen frente a la fila de soldados, pero se dirigen a un par en concreto.
—Osrik —llama el comandante con tono seco—. Creo que estos hombres estaban comentando algo sobre aprender lecciones.
—Me ha parecido oír lo mismo, comandante —responde Osrik, y vislumbro una sonrisita pícara.
Los dos soldados empiezan a alterarse, a ponerse nerviosos. Uno incluso ha palidecido un poco. El comandante Rip los observa con esa expresión impávida e indescifrable. Su mirada es tan afilada que incluso cortaría un cristal.
—Por favor, capitán Osrik, ya que tienen tantas ganas, dales una lección.
La sonrisa de Osrik es aterradora.
—Con mucho gusto.
La tensión se palpa en el ambiente. Los dos se han quedado blancos e incluso desde donde estoy, a varios metros de distancia, oigo que uno traga saliva.
—Vamos —ordena Osrik. Se da la vuelta y los soldados lo siguen sin rechistar. Todos los demás contemplan la escena en silencio, incluida yo.
«Bueno, todos los demás excepto…»
—Ven, Auren.
Doy un respingo. En un abrir y cerrar de ojos, el comandante se ha plantado justo a mi lado.
—¿Adónde? —pregunto, cautelosa.
—Al carruaje —responde él. No sé qué me sorprende más, si el destino o el mero hecho de que se haya dignado a responder a la pregunta.
—Ey, comandante, ¿quieres un tazón? —ofrece Keg, rompiendo así el incómodo silencio que se había creado entre Rip y yo.
El comandante niega con la cabeza.
—Ahora no —dice, y otra mirada negra se posa en mí.
Un segundo después, levanta la mano, indicándome así que le acompañe.
Respiro hondo y empiezo a andar. Rip me sigue, pero no acelera el paso. Tampoco toma la delantera, sino que camina a mi izquierda, al mismo ritmo que yo. De hecho, nuestros andares parecen haberse sincronizado. No puedo dejar de pensar en las púas retorcidas que recubren sus brazos. No quiero que me rocen, así que trato de mantener una distancia más que prudente. Cada vez que él balancea el brazo, yo pego el mío al cuerpo para evitar que me toque.
Rip se percata de ese exceso de cautela y arquea una ceja.
—¿Nerviosa?
—Una mujer precavida vale por dos —corrijo, y mantengo la mirada clavada al frente.
Ahora el campamento está en plena ebullición; ya han desmontado casi todas las tiendas, alimentado a los caballos, recogido todos los trastos. El ejército se está preparando para otro largo día de travesía.
Todos los soldados, independientemente de la edad, rango o corpulencia, se dispersan y se apartan de nuestro camino al ver que se acerca Rip. Todos y cada uno de ellos agachan la cabeza como muestra de respeto y admiración.
Le miro con el rabillo del ojo.
—¿Qué les hará Osrik?
—¿A quién?
—A ese par de soldados.
Se encoge de hombros.
—No te preocupes por ellos.
Rechino los dientes.
—Sus comentarios iban dirigidos a mí y sí, estoy preocupada. Además, tú mismo dijiste que confiabas en tus soldados, que pondrías la mano en el fuego por ellos.
—Y así es.
Sacudo la cabeza y suelto un suspiro de impotencia, de exasperación.
—No puedes asegurar que confías en tus soldados y después castigarlos o matarlos por unos comentarios bastante desafortunados, por cierto, a una prisionera.
De repente, el comandante deja de caminar, obligándome así a parar en seco. Nos volvemos al mismo tiempo y nos quedamos el uno frente al otro en mitad de ese campamento en plena actividad. La nieve, que minutos antes crujía bajo mis botas, se ha convertido en un fangal. Han extinguido las fogatas con cubos de agua, por lo que cuesta un poco respirar y el frío se ha vuelto húmedo.
El comandante me estudia con una expresión que soy incapaz de identificar.
—¿Les estás defendiendo?
Ese tonito me saca de quicio. Me fastidia que lo vea como un disparate y que me considere una persona mezquina y cruel.
—No te confundas. No estoy defendiendo las lindezas que me han dedicado. Pero tú eres quien ha declarado ser un monstruo, no yo. No quiero que su castigo caiga sobre mi conciencia —digo, porque ya tengo las manos manchadas de sangre y no quiero que me salpique ni una sola gota más—. Si necesitas hacer gala de tu autoridad para demostrarme que tus soldados se han ganado tu «confianza» a pulso, prefiero que me mantengas al margen. No sé ni cómo te atreves a echarles la bronca por decir sandeces sobre mí o por calumniarme. Soy el enemigo. Soy tu prisionera —le recuerdo.
Pero ¿qué mosca me ha picado? No entiendo por qué diablos le estoy recordando que soy su prisionera. Creo que no se me habría podido ocurrir peor idea. Sin embargo, debo reconocer que hay algo en el comandante que aviva mi ira y azuza mi rabia.
Llevo muchísimo tiempo mordiéndome la lengua. He ahogado todas las emociones y he intentado capear el temporal con la esperanza de no hundirme, de no ahogarme y acabar sumergida en el fondo del mar. Así que estas reacciones, estas réplicas impulsivas, este descaro a la hora de contestar me sorprenden incluso a mí. No sé de dónde salen, pero me dejan aturdida y con los nervios a flor de piel.
—Permíteme que te aclare algunas cosas —dice Rip, devolviéndome así a la realidad—. No pienso castigar a esos soldados, y mucho menos voy a matarlos. Osrik hará lo que se le ha ordenado, nada más. Les dará una lección, punto.
—¿Y qué incluye esa lección si puede saberse?
—Limpieza de letrinas. Hasta que recuerden cómo deben comportarse los soldados reales que sirven al ejército del rey Ravinger.
Pestañeo.
—Oh. —No era la respuesta que esperaba, desde luego.
Nuestra pequeña charla no pasa desapercibida, aunque nadie se atreve a interrumpirnos. Los soldados que merodean por aquí nos evitan y prefieren dar un buen rodeo antes que pasar por nuestro lado. Aun así, siento que nos miran de refilón. Es como si a nuestro alrededor se hubiese formado un círculo intocable, como uno de esos antiguos anillos mágicos creados por hadas y que se podían encontrar en cualquier reino de Orea.
—Una cosa más —añade Rip, y se acerca un poco más a mí. Ya me he dado cuenta de que es una táctica que utiliza a menudo. Lo hace para ponerme nerviosa, para intimidarme. Quiero dar un paso atrás, pero no voy a darle esa satisfacción, así que, en lugar de retroceder, planto bien los pies y levanto la barbilla—. Que esos hombres hayan sido vulgares contigo y se hayan pasado de la raya no significa que no confíe en ellos. Cada palabra que te he dicho es verdad. No te tocarían ni un pelo, a menos que yo se lo ordenara. Puedes dormir tranquila porque, mientras estés aquí, estás a salvo. Ningún soldado te pondrá una mano encima —dice, y luego hace una pausa para asegurarse de que he entendido todo lo que acaba de decir—. Por desgracia, no todos mis hombres pueden presumir de buenos modales y afortunadamente tenemos a Osrik, un experto en meter en el redil a las ovejas descarriadas.
Pienso en la expresión de malas pulgas de Osrik, en su tamaño descomunal.
—Seguro que lo es.
Rip me lanza una mirada de desconfianza.
—Ahora que ya hemos resuelto este asunto y sabes que tu conciencia está libre de toda culpa, ¿te importaría decirme por qué Osrik me ha informado esta mañana de que anoche tuviste un comportamiento un tanto sospechoso?
«Mierda.»
—No tuve ningún comportamiento sospechoso —replico—. Estaba dando una vuelta por el campamento, nada más. Algo, por cierto, que tú me permitiste hacer, porque no tengo perro guardián que me vigile ni grilletes que me impidan moverme. Estoy rodeada de soldados en los que confías plenamente en un páramo helado que, según tus propias palabras, tú mismo rastrearías si fuese tan estúpida como para intentar huir.
—Hmm —murmura, haciendo caso omiso del sarcasmo con que le he hablado. De repente, desvía la mirada hacia mi abrigo—. ¿Y tus costillas? El sanador me ha asegurado que no dejaste que te examinara.
—Estoy bien.
—Ya que insistes en mentir, al menos esfuérzate un poco y hazlo mejor —replica, pero esta vez se equivoca. Estoy bien y, además, mentir se me da de maravilla. Después de todo, llevo años engañándome a mí misma, inventándome patrañas preciosas para tapar verdades horribles.
—Mis costillas están bien, pero ¿a ti qué más te da? —espeto.
Quizá soy tan descarada e impertinente con el comandante porque así tengo la impresión de que todavía no me tiene dominada y sometida. Esa fachada fuerte y sólida como un muro de piedra solo esconde una pared frágil que está desmoronándose.
—Ya que no te gustan las mentiras, seamos sinceros y pongamos todas las cartas sobre la mesa, comandante Rip —le desafío—. Sé lo que eres. Y también sé que, para ti, no soy más que una simple moneda de cambio, una figurilla de oro por la que puedes pedir un buen rescate, una prisionera de la que puedes presumir delante del rey Midas.
—Es verdad —reconoce Rip con frialdad, y no puedo evitar morderme el interior de la mejilla—. Aun así, sería muy descortés por mi parte devolver la mascota de Midas en malas condiciones.
Noto un tic en la mandíbula.
Mascota. Montura. Zorra. Estoy hasta la coronilla de las etiquetas que me pone la gente.
—No soy su mascota. Soy su preferida.
El comandante Rip chasquea la lengua a modo de burla.
—Un eufemismo, una palabra distinta para un mismo concepto.
Abro la boca, dispuesta a replicarle, pero él se adelanta y levanta una mano para silenciarme.
—Esta charla sobre Midas empieza a aburrirme.
—Perfecto, porque no quiero seguir charlando contigo —contesto.
El comandante esboza una sonrisa sarcástica y mordaz. Seguro que lo ha hecho para mostrarme los colmillos.
—Tengo el presentimiento de que cambiarás de opinión muy muy pronto, Jilguero.
Siento un escalofrío en la espalda. Soy toda una experta en leer entre líneas y sé, sin ningún atisbo de duda, que esas palabras esconden una amenaza. Sin embargo, por muchas vueltas que le dé, no se me ocurre qué puede ser.
—Súbete al carruaje —dice con semblante serio y estricto, adoptando así su papel de comandante—. Saldremos dentro de diez minutos, y no pararemos hasta que anochezca. Te sugiero que hagas una visita a la letrina antes de partir, o auguro que será un día muy incómodo para ti.
—Quiero ver a las monturas y a los guardias —contesto, haciendo caso omiso de la orden.
Él apoya una mano sobre la empuñadura de madera de su espada y se inclina para mirarme a los ojos. Lo tengo muy cerca, demasiado cerca. Se me hace un nudo en la garganta y echo la cabeza hacia atrás. Me siento como un conejillo indefenso al que tienen agarrado por el pescuezo.
—Si quieres algo, vas a tener que ganártelo.
Esta vez no me da tiempo a protestar; Rip se da media vuelta y se marcha. Los soldados se van apartando de su camino en señal de respeto, o tal vez sea por miedo. Me quedo ahí pasmada, mirándole con detenimiento.
No sé a qué se refiere con eso de ganármelo, pero intuyo que no me va a gustar.