Destello
Capítulo 11
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11 La reina Malina
Mis doncellas están inquietas.
No paran de mirarse de reojo, de lanzarse miraditas de preocupación, pero yo hago como que no las veo, como que no me importa.
Una de ellas está tan nerviosa que parece que vaya a desmayarse en cualquier momento. Con los años he aprendido a mantener la expresión impertérrita e imperturbable, a no mostrar ninguna clase de emoción. Pero ahora mismo me muero de ganas por dibujar una sonrisa ladina y maliciosa.
La modista que he contratado es la más famosa de la ciudad. Está arrodillada y, en estos momentos, examina el dobladillo del vestido con el ceño fruncido y unos ojos envejecidos pero diestros y expertos. El alfiletero que lleva cosido al cinturón está repleto de agujas finas y afiladas. A primera vista parece un cactus metálico que sobresale de su estómago.
—Terminado, su majestad.
—Bien.
Me bajo de ese pequeño pedestal de madera que ha traído y me acerco al espejo de cuerpo entero que tengo apoyado en la pared del vestidor. Cuando veo mi reflejo, me invade una sensación de victoria, de triunfo, de orgullo.
Tuerzo un pelín la cintura para poder contemplar la espalda del vestido nuevo. Examino cada costura, cada remate y cada puntada con ojo crítico, pero ese atuendo no puede merecer menos que mi visto bueno. Me coloco de nuevo de frente y paso las manos por las faldas, a pesar de que están perfectamente planchadas.
—Me gusta —digo, y veo que las doncellas comparten una mirada cómplice—. Puedes retirarte —añado, dirigiéndome a la modista.
Ella se muerde el labio y, al ponerse de pie, las articulaciones de las rodillas crujen. Es la modista más anciana de Alta Campana, pero su avanzada edad juega a su favor, y no en su contra. Trabajó para mi madre cuando yo no era más que una cría. Es la única sastre que sigue viva y que recuerda la ropa que solían llevar las mujeres de la antigua corte real.
—Su majestad, si me permitís el atrevimiento… El rey decretó que todos los ropajes de la corte real deben ser dorados —murmura esa vieja bruja, como si se me hubiera olvidado esa maldita norma. Pero cómo voy a olvidarla si todo en este palacio es de ese dichoso color que, a mi parecer, es burdo y chabacano.
—Soy muy consciente de todo lo que el rey ha decretado —respondo, pero me mantengo impasible.
Acaricio los botones de terciopelo del pecho. El vestido es perfecto, no puedo quejarme. Si cierro los ojos y hurgo entre los recuerdos que aún conservo de mi madre, la veo luciendo un traje muy parecido a este. Para tan importante ocasión he elegido un vestido blanco con un ribete de pelo albino en las mangas y en el escote y con rosetones bordados de color azul cielo, a juego con mis ojos.
Me favorece muchísimo más que cualquiera de los vestidos dorados que he llevado a lo largo de la última década.
—¿Podrás terminar el resto de los vestidos y abrigos en quince días? —pregunto, solo para confirmar.
—Sí, su majestad —responde la modista.
—Bien. Puedes marcharte.
La anciana se apresura en recoger todas sus cosas. Con unas manos que la artritis ya ha empezado a deformar, le da la vuelta al pedestal de madera y lo utiliza como cubo de almacenaje. Ahí guarda la cinta métrica, un puñado de alfileres sueltos, varios retales y las tijeras. Después hace una pequeña reverencia a modo de despedida y se escabulle por la puerta sin hacer el menor ruido.
—Mi reina, ¿queréis que os arregle el pelo?
Miro a mi criada por encima del hombro. Esta mañana se ha pasado un pelín con el rubor dorado. Es la tendencia que impera entre las mujeres —y algunos hombres— que residen en el palacio de Alta Campana. Sin embargo, en la tez de esa doncella, el polvillo amarillento y metalizado le otorga un aspecto enfermizo. Otra cosa que debe cambiar.
Después de todo, las apariencias importan, pues son fundamentales para causar una buena impresión.
—Sí —respondo, y después me acerco al tocador y me acomodo en la banqueta.
Cuando me doy cuenta de que la muchacha se dispone a coger la cajita de purpurina dorada para empolvarme la melena blanca, sacudo la cabeza.
—No. No quiero nada dorado. Eso se ha terminado.
Ella se queda de piedra aunque presiento que, después de tanta insistencia, mi propósito ha quedado bien claro. Una vez que se recupera del susto, agarra el cepillo y me desenreda esos enormes bucles blancos con mucho cuidado para evitar cualquier tirón.
No dejo ningún detalle en sus manos, sino que dirijo todos y cada uno de sus movimientos. Ella obedece sin rechistar. Le pido que me haga una sola trenza, empezando por la sien derecha y del mismo grosor que mi dedo índice, que la enrosque alrededor de la cabeza y que esconda la punta detrás de la oreja izquierda. Ese peinado crea un efecto cascada en mi melena nívea, como si los rápidos de un río se hubieran quedado congelados antes de caer en picado.
No quiero que me adorne la trenza con horquillas o lazos dorados, así que me adelanto.
—Solo la corona.
Asiente, se da la vuelta y se marcha en busca del joyero donde guardo todas las alhajas reales, tiaras y coronas de oro. Está en la otra punta de la habitación, pero hoy no me apetece llevar esa corona.
—No quiero nada de ahí. Me pondré esta corona.
La doncella vacila, nerviosa. A juzgar por cómo arruga el ceño, es evidente que está confundida.
—¿Su majestad?
Alcanzo la cajita de plata que he dejado sobre el tocador hace un buen rato. Pesa un quintal y, con el paso de los años, el metal ha perdido todo su brillo. Aun así, acaricio las filigranas que decoran la cajita con la yema de los dedos.
—Esta corona pertenecía a mi madre —susurro mientras repaso el perfil de la campana, con ese carámbano colgado del centro. Creo que, si cerrase los ojos, podría oír el redoble de esa campana, un sonido frío e inconfundible que resonaría en cada rincón de las montañas heladas.
Mi doncella se acerca y abro la caja, revelando así la corona que esconde en su interior. Está hecha de ópalo blanco y fue esculpida de una única piedra preciosa que imagino que debía de ser de un tamaño extraordinario. Me atrevería a decir que debía de medir cinco palmos como mínimo. Supongo que hallaron esa piedra reluciente en lo más profundo de una mina.
La luz grisácea y apagada que se cuela por la ventana no es suficiente para revelar el delicado prisma de colores que contiene cada recoveco de la corona. Es una pieza robusta, pero no pesa, ni de lejos, tanto como la corona de oro que Tyndall me obliga a llevar cada día. Ya no soporto más el peso de esa dichosa corona.
El diseño en sí es sencillo. Las puntas de la corona se tallaron de manera que imitaran la forma de carámbanos de hielo y, por ese motivo, son delicadas y muy muy afiladas. La coloco sobre mi cabeza, la centro bien y, por primera vez en muchos años, siento que vuelvo a ser yo.
«Soy la reina Malina Colier Midas y nací para gobernar.»
Vestido blanco, cabellera blanca, corona blanca. Ni una pincelada dorada por ningún lado.
Así es como siempre debería haber sido. Así es como será a partir de ahora.
Me levanto de la banqueta y mi doncella se apresura en calzarme. Echo un último vistazo a mi reflejo antes de salir de la habitación, aunque con cada paso que doy me siento un poquito más segura.
Los guardias revolotean a mi alrededor como moscas. No me dejan ni a sol ni a sombra. Bajo la escalinata de palacio con varios de ellos pisándome los talones. Entro al salón del trono por la puerta de atrás. El ambiente parece distendido y relajado, pues enseguida reconozco el murmullo de la gente charlando.
En cuanto me ven entrar en el salón, todos los miembros de la nobleza y de la corte allí reunidos se inclinan en una pomposa reverencia, un gesto de respeto a su reina, algo a lo que están más que acostumbrados.
Pero no es hasta que se incorporan y despegan la vista de las baldosas doradas del suelo que siento una oleada de asombro e incredulidad entre esos aristócratas. Todos, sin excepción, están vestidos de dorado de pies a cabeza.
Sin apartar los ojos de la tarima, con los hombros bien cuadrados y la espalda bien erguida, doy un paso al frente sin mostrar un ápice de inquietud. El silencio que ahora reina entre la multitud es incómodo, casi asfixiante, y una semilla de nerviosismo amenaza con plantarse en mi estómago para echar raíces fuertes y profundas, pero la arranco como si fuese una mala hierba.
«Soy la reina Malina Colier Midas y nací para gobernar.»
Me detengo frente a los dos tronos que hay sobre la tarima. Los dos chapados en oro, uno más grande que el otro. El trono de Tyndall tiene un respaldo altísimo, con unos chapiteles cincelados en cada extremo y con seis diamantes muy brillantes encastados en la parte trasera que simbolizan el Sexto Reino.
En comparación, el trono de la reina es mucho más austero, más pequeño y mucho menos ostentoso e impresionante. Un complemento bonito, nada más. El verdadero poder reside en el trono del rey, y todos los aquí presentes lo saben.
Incluyéndome a mí.
Y por eso paso de largo de ese trono sobrio, sencillo e insignificante y me acomodo en el trono destinado al verdadero y legítimo gobernante de Alta Campana.
Unos ahogan un grito, otros contienen la respiración.
Deslizo las manos por los reposabrazos del trono hasta apoyar los dedos en unas muescas que palpo sobre esa superficie de oro. Sobre esas muescas Tyndall solía tamborilear los dedos, preso del aburrimiento y del hastío.
Nunca le gustó asistir a esta clase de foros. A pesar de que solo se convocan una vez al mes, Tyndall se ponía hecho un basilisco y se pasaba días refunfuñando. Detestaba sentarse aquí y escuchar a los súbditos de su reino expresar y compartir sus preocupaciones y suplicar su perdón.
En cambio, se le daba de maravilla organizar bailes, codearse con otros miembros de la realeza y encandilar a sus invitados con fastuosos banquetes y fiestas interminables. Cabe reconocer que Tyndall se mueve como pez en el agua cuando es el centro de atención, el foco de todas las miradas. Otro de sus grandes talentos es tergiversar la realidad y, a puerta cerrada, manipular a la gente en su propio beneficio.
Pero cuando se trata de algo como esto, de tener las agallas para lidiar con las piedras que impiden que el reino vaya sobre ruedas…, se aburre como una ostra.
Sin embargo, es precisamente en este salón, en este foro mensual, donde uno puede ganarse el poder de un reino. Si eres capaz de tomar las riendas de estas reuniones y complacer a los nobles y cortesanos que se reúnen aquí, puedes manejar un reino.
Observo a todos los presentes con expresión imperturbable y les otorgo unos segundos para que me miren, para que chismorreen. Se fijan en todos y cada uno de los detalles que, con meticulosidad y pericia, he planeado de antemano, como la ausencia total del color dorado y la aplastante presencia de los antiguos colores reales de Alta Campana.
Les concedo unos segundos más para que asimilen y digieran esa declaración de intenciones tácita. Quiero que se tomen su tiempo para adivinar lo que voy a decir incluso antes de que abra la boca. Aprovecho esos instantes para saborear la escena, para mantener la cabeza bien alta y convertirme en la persona que siempre debí haber sido.
Dejo escapar un suspiro largo y tranquilo y barro el salón con la mirada mientras la gente espera con el alma en vilo a oír lo que tengo que decir. Yo. No Tyndall.
—Ciudadanos de Alta Campana, ahora vuestra reina escuchará todas vuestras preocupaciones.
Durante un momento, todos se quedan callados, como si no supieran si tomarme en serio o no. Estoy convencida de que la mayoría creía que los consejeros de Midas aparecerían en el salón para escuchar y anotar todas sus quejas y problemas. Pero todas esas anotaciones tan solo servirían para acumular polvo en la sala de reuniones de Tyndall, y dudo mucho que, al llegar, se moleste en revisar esa interminable lista de demandas.
Al fin, un noble, sir Dorrie, da un paso al frente. Hace una reverencia en cuanto llega a los escalones de la tarima.
—Su majestad —empieza, y no puedo evitar fijarme en las manchas de nacimiento que tiene en las mejillas. Parece que alguien le haya lanzado un puñado de frambuesas a la cara—. Os ruego que me disculpéis, pero me veo en la obligación de destacar que os habéis sentado en el trono del rey.
Enrosco los dedos alrededor del reposabrazos. Por lo que veo, el mensaje no les ha quedado muy claro. Voy a tener que insistir.
—Todo lo contrario, sir Dorrie. Me he sentado en el trono del gobernante de Alta Campana, el lugar que me corresponde, ni más, ni menos.
Los murmullos sisean como serpientes agitadas que se escurren por el mármol dorado, pero yo le aguanto la mirada y no doy mi brazo a torcer.
—Mi reina… El rey Midas…
—No está aquí para gobernar —le interrumpo, sin ninguna clase de miramientos—. Yo, en cambio, sí. Así que expón tus inquietudes, o mis guardias te acompañarán a la salida para que alguien que sí merezca mi tiempo y atención exponga las suyas.
La advertencia retumba en el salón del trono. Es un mensaje alto y claro.
Espero con ademán tranquilo, con expresión impertérrita, con la indiferencia glacial de un monarca que sabe muy bien cómo poner a sus súbditos en su lugar.
O se tragan su orgullo y siguen mis normas, o tendrán que atenerse a las consecuencias.
Sir Dorrie vacila. Mira hacia atrás, pero ninguno de los aristócratas se atreve a abrir la boca. Ni uno solo de esos aduladores estirados le muestra su apoyo o defiende a Tyndall delante de tan descarado e insolente gesto de control por mi parte.
—Ah, os ruego me disculpéis, su majestad. Sería todo un honor que escucharais mis quebraderos de cabeza —dice al fin sir Dorrie.
Y así es como consigo hacerles entrar en vereda. Tamborileo los dedos sobre el reposabrazos, pero no es un gesto de aburrimiento, sino de victoria. Quien toma las decisiones aquí soy yo, y punto.
Los aristócratas no se atreven a protestar. Ni siquiera los guardias que están a mi espalda muestran un ápice de nerviosismo o desazón ante ese giro radical de los acontecimientos. Porque, cuando te han criado para ser miembro de la realeza, eso es lo que eres. No importa que por mis venas no fluya magia. Yo ostento otra clase de poder, un poder que se hereda de generación en generación.
Gobernar el Sexto Reino es algo que llevo en la sangre.
Después de hoy, la noticia correrá como la nieve por las llanuras blancas de este reino invernal hasta cubrir cada centímetro de nuestras tierras. Casi puedo oír los rumores, los murmullos, los cuchicheos inundando el reino como aguanieve.
Las leyendas contarán que mi corona de ópalo blanco fue como un faro de luz en mitad de ese salón dorado y chabacano, y la campana del castillo repicará para informar del inicio de una nueva era, de un nuevo monarca y la adoración y genuflexión por el Rey Dorado llegará a su fin.
Sí, pienso congelarlo, convertirlo en una estatua de hielo. Voy a hacer que Tyndall se arrepienta de haberse casado conmigo.
Mis labios pálidos esbozan una sonrisa. No recuerdo la última vez que sonreí.
«Soy la reina Malina Colier Midas y nací para gobernar.»