Destello

Destello


Capítulo 12

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12 Auren

Tener que viajar en un carruaje durante todo el día puede convertirse en un castigo, en un suplicio. Y también en una forma de recordarme que allí no soy nadie, tan solo una forastera, una prisionera. Aunque supongo que la soledad también tiene sus ventajas.

La soledad te aporta una sensación de seguridad, pero en ocasiones también hace surgir ciertos peligros que hasta el momento habías ignorado. Me refiero a peligros que vienen de uno mismo.

El gran peligro para mí son los recuerdos, por supuesto.

Tantas horas de eterna travesía ofrecen mucho tiempo para pensar. Sin nadie con quien charlar, sin ninguna distracción, sin oír otras palabras más que las de mi vocecita interior, soy incapaz de ignorar esos recuerdos. Ahí enclaustrada me vuelvo vulnerable a mi memoria, y mi propia compañía me hostiga, me asfixia.

Y por eso mi mente divaga y desentierra vivencias pasadas y remembranzas que, en realidad, preferiría que siguieran sepultadas en lo más profundo de mi mente.

—¿Cuántas monedas, niña?

Acabo de cumplir seis años y tengo las manos sudorosas y escondidas tras la espalda y los puños bien cerrados.

El tipo me mira de refilón, impaciente, cansado y con una pipa colgando de la comisura de sus labios que suelta un humillo de color azul.

Chasquea los dedos. A Zakir no le gusta quedarse demasiado tiempo ahí conmigo, bajo la marquesina de rayas rojas de la plaza del mercado. Si le pillan tratando de engañar a críos huérfanos que mendigan por las calles, se metería en un gran problema.

La lluvia ha empapado la tela del toldo y el agua cae a chorros; unos chorros que me hacen pensar en las babas de los perros callejeros que corretean descontrolados por la ciudad. El tiempo no nos ha dado tregua y lleva lloviendo todo el santo día.

Tengo el cabello mojado, por lo que parece más oscuro de lo que realmente es y no puedo ocultar esa maraña de nudos apelmazados. Al menos la tela de arpillera de mi vestido me ayuda a escurrir parte del agua, aunque la verdad es que me sigo sintiendo como una rata de alcantarilla.

Cuando Zakir me lanza una mirada siniestra, enseguida saco la mano de mi espalda y, a regañadientes, abro el puño.

Echa un vistazo a la ofrenda que yace en la palma de mi mano y sujeta la pipa entre las muelas.

—¿Dos cobres? ¿Todo lo que has conseguido hoy son dos malditos cobres? —gruñe.

Me estremezco al oír ese tono. No me gusta que se enfade por mi culpa.

Me arrebata ese par de monedas y se las guarda en el bolsillo. Después se saca la pipa de la boca y me escupe a los pies, aunque estoy tan acostumbrada que ni me inmuto.

—Lo único que tienes que hacer es ponerte aquí —espeta, y sacude la cabeza mientras me mira con una mezcla de desprecio y decepción.

A pesar de que llevo varios meses con él, su acento me sigue pareciendo muy duro, muy extraño. Algunos niños le llaman Sapo a sus espaldas, porque, cuando se levanta por la mañana y se aclara la garganta, suelta un sonido que se parece al croar de una rana.

—Esa es tu tarea, venir a tu esquina y sonreír. Si lo hicieras, ¡esta panda de memos te regalaría todo su dinero! —dice, y escupe las palabras como si fuesen una acusación, como si no hiciese todo lo que me manda hacer.

Me muerdo el labio y, abochornada, bajo la mirada. Me pellizco el brazo para no echarme a llorar ahí mismo.

—Es-está lloviendo, sir Zakir. Y en días de lluvia apenas consigo unas monedas —explico con voz temblorosa.

—¡Anda ya, tonterías! —exclama él, y hace un gesto de desdén con la mano. Rebusca en el bolsillo delantero del chaleco de cuadros, saca una cajita de cerillas y se vuelve a encender la pipa que las gotas de lluvia habían empapado—. Vuelve ahí fuera.

Me tiembla la barbilla. Estoy famélica, muerta de frío y agotada. Inara no es de las que duerme como un tronco, sino todo lo contrario. Se ha pasado toda la noche dando vueltas en la cama, así que he tenido que acurrucarme entre sus piernas, que no dejaba de sacudir, y la esquina de la habitación. Por eso estoy más cansada de lo normal. Albergaba la esperanza de que Zakir no me condenara a pasarme todo el día bajo la lluvia, que me permitiera comer algo y descansar.

—Pero…

—¿Se te ha metido la lluvia en los oídos, niña? Nada de peros, no voy a discutir contigo —resuelve, y enciende la cerilla frotándola con el suelo. Después la arroja a un charco y la llama se extingue en un santiamén—. Seis monedas más, o esta noche te tocará dormir al raso.

Zakir se abrocha todos los botones del abrigo, hasta el cuello, se pone el sombrero y se marcha sin decir nada más. Lo más seguro es que vaya a echar un vistazo a los demás niños. Me escabullo hasta la esquina que tengo asignada en la plaza del mercado a sabiendas que es imposible que me gane seis monedas más.

A base de práctica he aprendido a captar el interés de los transeúntes y sé qué debo hacer para no pasar desapercibida a ojos de los desconocidos, pero bajo la sombra de esos nubarrones no soy más que una niña que mendiga.

Aun así, me planto en mi esquina cubierta de barro y mugre, situada entre un sombrerero y un puestecillo que vende huevos, y sonrío. Saludo a todo aquel que pasa por mi lado. No clavo la mirada en el suelo, sino que los miro a los ojos para llamar su atención. Me siento atrapada en el corazón de una ciudad extraña, una ciudad que huele a pescado y a hierro.

Los clientes no se fijan en mí, los mercaderes me ignoran.

Nadie lograría distinguir las gotas de lluvia de las lágrimas que se deslizan por mis mejillas. Nadie repara en una sonrisa triste y empapada cuando el cielo está encapotado y no deja de llover a cántaros. Y aunque alguien se diera cuenta de alguno de esos detalles, tampoco haría nada.

Así que me paso el día mendigando, hasta bien entrada la noche, con las manitas mojadas extendidas y ahuecadas a modo de súplica, de ruego. Si alguien se percatara de que estoy ahí, enseguida se daría cuenta de que no estoy pidiendo dinero, sino otra cosa.

Pero nadie me mira y, como era de esperar, no consigo ganarme esas seis monedas.

Horas más tarde, me arrastro como alma en pena hasta la casa de Zakir y me hago un ovillo sobre un charco que se ha formado frente al umbral de la puerta de entrada. Allí me encuentro con otro pobre crío que no ha alcanzado la cuota mínima exigida. Aunque podríamos acurrucarnos juntos para sentirnos un pelín más acompañados y consolarnos el uno al otro en esta noche fría y oscura, el muchacho rehúye de mí y trepa por la pared hasta llegar al alerón para dormir en el techo. No tengo muchos amigos por aquí. Hay algo en mí que les hace desconfiar.

Esa noche, prometo a las diosas que jamás me volveré a quejar del mal dormir que padece Inara. Prefiero que me pateen toda la noche que dormir fuera y sola.

El recuerdo se desvanece y siento una terrible opresión en el pecho. Inspiro hondo, como si intentara deshacerme del aroma húmedo de esa aldea lluviosa, del hedor del pescado fresco y del humo que desprendía la pipa de Zakir. Estuve con él muchísimo tiempo. Demasiado. Pasé demasiadas noches al raso, con la oscuridad como único manto para abrigarme.

Desde los cinco hasta los quince años, no recuerdo una sola noche en que pudiera dormir del tirón, o en que pudiese disfrutar de un sueño apacible y reparador. Hasta que Midas me rescató.

«Ahora estás a salvo. Deja que te ayude.»

Ahora me parece algo increíble y, siempre que lo pienso, me da la sensación de que ocurrió en otra vida. Pasé de ser una niña que mendigaba en una esquina mugrienta y embarrada a ser una mujer que adornaba un castillo dorado. La vida te lleva por caminos inescrutables, caminos que no aparecen en ningún mapa.

Echo un vistazo al paisaje que se extiende detrás de la ventanilla del carruaje. Los copos de nieve revolotean en el aire y la niebla ha empezado a empañar el cristal. Lo que daría porque Midas llegase ahora mismo montado en su caballo blanco, con una antorcha en una mano y una espada en la otra, para salvarme de esta tortura.

Pero Midas no sabe dónde estoy. Quizá ni siquiera sepa en qué lío ando metida. Y por eso es de vital importancia que me las ingenie para conseguir enviarle un mensaje. No solo por mí, sino porque lo último que quiero es que este ejército letal y sanguinario ataque el Quinto Reino y masacre a toda su población.

Si no hago todo lo que está en mi mano para alertar a Midas del peligro que le acecha, entonces el destino que sufra el Quinto Reino caerá sobre mi conciencia. Será culpa mía, y de nadie más.

No puedo fallar.

Un aviso. Es todo lo que puedo ofrecerle. No es mucho, pero tengo la esperanza de que sea suficiente para que Midas pueda organizarse y prepararse para la amenaza a la que, tarde o temprano, se va a tener que enfrentar.

En cuanto se entere de que me han secuestrado, estoy segura de que hará todo lo posible por recuperarme. Todo.

Cuando el sol empieza su descenso, bañando todo el paisaje con un resplandor grisáceo y plomizo, el carruaje frena en seco y me parece oír que el conductor incluso da un brinco sobre el asiento. Paso la manga del abrigo por el cristal para desempañarlo y poder asomarme.

Advierto un curioso montículo en el suelo, una pequeña colina que, de lejos, se podría confundir con una duna de nieve. El centro de la colina es hueco y de color azul, un detalle que me sorprende. Es de un azul tan brillante que incluso reluce en la oscuridad. Parece de otro planeta. Desde la banqueta del carruaje, la colina se asemeja a la silueta de un gigante que se ha quedado dormido en el suelo, resguardado bajo una sábana de nieve que le cubre todo el cuerpo, salvo por ese iris de color azul eléctrico tan asombroso.

Los soldados empiezan a montar el campamento principal en el mismísimo corazón de esa extraordinaria cueva. A pesar de que no es muy alta, es amplísima. En un abrir y cerrar de ojos encienden una hoguera enorme justo en el centro. Lo sé porque, incluso de lejos, distingo el inconfundible parpadeo de las llamas iluminando la zona más profunda de la caverna.

Oigo un chasquido metálico; proviene de la cerradura del carruaje. Un segundo más tarde, la puerta se abre y, tras ella, aparece Osrik. Bajo los peldaños de la escalera y, al apoyar un pie en el suelo, caigo en la cuenta de que resbala. Todo el mundo se ha puesto manos a la obra: unos se encargan de montar las tiendas, otros de reunir a los caballos, otros de encender fogatas y un par de cavar una letrina.

—El comandante quiere verte.

Le miro.

—¿Por qué?

Veo que mueve con la lengua el pendiente de madera que tiene en el labio inferior, un gesto distraído que repite cada dos por tres.

—Me han mandado venir a buscarte, no a responder preguntas estúpidas.

Resoplo.

—Genial. Ya que no me dejas alternativa, vamos.

Osrik se encarga de marcar el camino y yo, de seguirlo. Esquivo un sinfín de soldados y rodeo varias estacas clavadas en el suelo para no tropezarme. Y todo mientras sudo la gota gorda tratando de avanzar por esa nieve virgen que todavía nadie ha pisoteado.

Por poco no me doy de bruces con una pila de troncos de madera que alguien ha dejado ahí tirada para encender una hoguera. Maldigo entre dientes y, aunque logro eludir los leños, termino perdiendo el equilibrio y cayéndome de morros sobre la nieve. Osrik se gira y sonríe con suficiencia.

Me hierve la sangre.

—Me estás llevando por el peor camino que has encontrado, ¿verdad que sí? Seguro que lo has hecho a propósito.

—Has tardado más de lo que esperaba, pero me alegra saber que te has dado cuenta —contesta, el muy cabrón.

Paso por encima de algunos de los troncos para alcanzarle.

—Te caigo fatal, ¿a que sí?

Él gruñe, como si esa pregunta tan directa le hubiera pillado por sorpresa.

—Midas no me gusta un pelo, y tú eres su símbolo.

Titubeo y, durante un breve instante, dejo de arrastrar los pies entre la nieve, pero enseguida retomo el paso para no quedarme atrás.

—¿A qué te refieres con que soy su símbolo? —pregunto, pues nunca había oído a nadie referirse a mí en esos términos.

Osrik me obliga a pasar junto a los caballos, que en ese momento están apiñados alrededor de balas de heno, por lo que tengo que andarme con mucho ojo de no pisar las boñigas que hay repartidas por el suelo.

—Tú eres su trofeo, eso lo sabe toda Orea, pero también eres su espejo —me explica Osrik—. Cuando la gente te mira, a quien ve es a él, no a ti. Solo piensan en su poder mágico de convertir en oro todo lo que toca y se imaginan cómo serían sus vidas si tuvieran ese don extraordinario, si gozaran de riquezas infinitas. Tú representas su reinado. Eres la personificación de su poder, pero también de su codicia, y no solo a ojos de sus súbditos, sino de toda Orea. Y lo peor de todo es que el muy cretino disfruta con ello.

Esas palabras me dejan aturdida, perpleja. No se me ocurre qué decir.

—Eres su pequeña mascota de oro que utiliza para alardear de su poder. Así que sí, cada vez que te miro, me llevan los demonios.

—Pues entonces no me mires —espeto con voz impertinente.

Osrik suelta un bufido.

—Eso intento.

No sé por qué, pero en ese momento me siento avergonzada y las mejillas se me ponen coloradas.

—Que sepas que a mí también me llevan los demonios cada vez que te miro —respondo.

Al soldado se le escapa una carcajada tan ruidosa y tan repentina que incluso doy un respingo.

—Supongo que lo mejor sería que no nos miráramos, y punto.

Le lanzo una mirada asesina.

—Supones bien.

Recorremos el resto del camino en absoluto silencio, pero hay un detalle que no me pasa desapercibido. Esta vez, Osrik elige un camino más fácil.

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