Destello

Destello


Capítulo 13

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13 Auren

Osrik me acompaña hasta una tienda bastante grande y distinta de las otras. A juzgar por su tamaño y forma, más redondeada que el resto y parecida a las tiendas que se utilizan en los torneos reales, intuyo que es un lugar de reunión.

Entro detrás de él y escudriño el espacio. Hay varias alfombras de piel extendidas en el suelo y una mesa circular que ocupa el centro del espacio. Me fijo en los tres soldados que están sentados en unos taburetes. Están hablando con el comandante, que está sentado justo enfrente del umbral. Al vernos entrar, los cuatro se giran y todos los ojos se posan en mí.

Rip se dirige a sus hombres.

—Retomaremos la reunión más tarde.

Los soldados asienten, se levantan y, al pasar por mi lado, me disparan una mirada asesina. Nos quedamos los tres a solas y empiezo a inquietarme, pero permanezco impertérrita cerca de la entrada. El comandante Rip me estudia de esa forma tan perturbadora. Está igual que esta mañana, solo que las púas que le recubren los brazos parecen más cortas de lo habitual, como si las hubiera replegado pero solo un poquito.

—Siéntate —dice al fin.

Bordeo la mesa y me dirijo hacia la esquina más alejada de él. Al ver que arrastro el taburete para sentarme, dibuja una sonrisa de suficiencia, como si supiese que iba a sentarme justo ahí. Le miro con los ojos inyectados en sangre. Y él responde sonriendo todavía más.

Osrik recoge los papeles que hay sobre la mesa y, en silencio, me reprendo por haber desaprovechado la ocasión de intentar echar un vistazo por si averiguaba algo importante. Me parece ver un mapa y algunas misivas manuscritas antes de que Osrik los aparte, los enrolle y los deje apoyados sobre una de las paredes de la tienda.

Ahora que la superficie de la mesa está despejada, salvo por un par de farolillos, miro a mi alrededor, nerviosa y angustiada. Por alguna razón que desconozco, ese espacio tan vacío hace que la atención del comandante me resulte más abrumadora.

En aquella tienda no hay nada que me ayude a distraerme. Quizá el capitán lo haya planeado así.

Osrik se acomoda en la banqueta que hay justo al lado del comandante, aunque me temo que es demasiado pequeña para él. Apuesto a que solo puede apoyar la mitad del trasero. Los miro a los ojos y, aunque no dejo de estrujarme las manos sobre el regazo, me aseguro de ocultarlas bien entre las faldas para que no se percaten de que estoy hecha un manojo de nervios.

Por separado son dos hombres que intimidan y su mera presencia asustaría hasta al guerrero más intrépido, pero ¿juntos? Es como estar rodeada por una manada de lobos salvajes y famélicos.

Rip es la viva imagen de la tranquilidad. Está sentado en su banqueta con la espalda bien recta y los brazos apoyados sobre la mesa. Las púas reflejan la luz de los farolillos. Me escudriña con la mirada y se me pone la piel de gallina.

Tengo que hacer un esfuerzo casi hercúleo para mantener la expresión impasible, para permanecer inmóvil en mi asiento y aparentar calma y serenidad. Aunque, entre los pliegues del vestido, sigo retorciéndome los dedos.

—Bien, has sido la preferida del rey Midas durante los últimos diez años —dice Rip.

Primero miro al comandante y después a Osrik.

—Sí… —respondo, aunque mi voz suena un pelín dubitativa.

—¿Y te gusta?

Pestañeo al oír la pregunta.

—¿Que si me gusta? —repito, y frunzo el ceño en clara señal de confusión. ¿Qué clase de pregunta es esa?

Rip asiente una vez con la cabeza y, de repente, tengo la impresión de que una coraza defensiva se forma a mi alrededor, como si alguien estuviera colocando un ladrillo sobre otro para construir un muro infranqueable.

—Por si todavía no estás al tanto, no pienso traicionar a Midas, así que no trates de sonsacarme información sobre él.

—Osrik ya me ha puesto al día de vuestra conversación —responde Rip, y percibo una pizca de alegría en su expresión—. Pero ahora no estamos hablando de Midas, sino de ti.

Enrosco los dedos entre sí y clavo las uñas en el forro de los guantes.

—¿Por qué?

El comandante ladea la cabeza.

—¿Es que nunca has tenido una charla distendida con alguien, Auren?

Suelto un resoplido cargado de amargura sin darme cuenta.

—No.

Osrik mira a Rip con el rabillo del ojo y, de inmediato, me ruborizo. Tendría que haber medido mis palabras.

—¿Ni siquiera con Midas? —pregunta el comandante.

—Pensaba que no estábamos hablando de Midas —puntualizo con cierto retintín.

Rip baja la cabeza.

—Tienes razón. Nos estamos yendo por las ramas —reconoce, y se acaricia esa barba andrajosa y azabache que le cubre la mandíbula—. ¿La jaula de oro es solo un rumor? ¿O es cierto que vivías encerrada en ella en Alta Campana?

Mis ojos dorados emiten un brillo cegador, un brillo que no tiene nada que ver con el reflejo de la luz del farolillo.

—Sé lo que estás haciendo.

Estira la comisura de los labios en un intento de sonrisa taimada.

—Oh, permíteme que lo dude.

Al oír ese tono de condescendencia, dos de mis cintas se desenrollan de mi cintura, se deslizan con sigilo hasta mi regazo y después se escurren entre mis manos, como si quisieran contenerme y evitar que meta la pata o cometa una estupidez, como abalanzarme sobre la mesa y arrojarle el farolillo a la cara para borrarle esa expresión engreída.

—Qué suspicaz —dice, y chasquea la lengua—. Tan solo estoy tratando de entablar una conversación —añade. La mentira se arrastra por el suelo y se detiene frente a mis pies—. Después de todo, tengo a la famosa preferida del rey Midas aquí, haciéndome compañía. Y siento muchísima curiosidad por saber cosas de ti.

Casi pongo los ojos en blanco. «Ya, claro.»

Con el rabillo del ojo percibo un ligero movimiento; tengo el presentimiento de que van a atacarme por la espalda, pero cuando me doy la vuelta solo veo a un joven que se asoma por la portezuela de la tienda. Va vestido con el mismo uniforme de cuero que el resto de los soldados, salvo que en lugar de ser negro, es de color marrón oscuro.

Entra a toda prisa con una bandeja en la mano. Tiene varios copos de nieve enredados entre su melena castaña.

—Comandante —dice, y agacha la cabeza en señal de respeto.

—Gracias, Palillo. Puedes dejarlo ahí.

—Sí, señor —responde el muchacho, que se apresura en dejar la bandeja sobre el escritorio antes de salir escopeteado de la tienda.

Miro a Rip y después a Osrik.

—¿Vuestro rey obliga a niños a servir en su ejército? —pregunto sin rodeos. Palillo debe de rondar los diez años, y eso si llega.

El comandante, a quien mi tono acusador no parece haberle molestado en lo más mínimo, destapa la bandeja.

—Está agradecido por servir al Cuarto Reino.

—No es más que un crío —repongo.

—Vigila ese tono, mascota —gruñe Osrik, pero el comandante sacude la cabeza.

—No te sulfures, Os. Lo más seguro es que tenga hambre, nada más.

Esa clase de comentarios me saca de quicio. Lo último que me llevé a la boca fue un tazón de gachas de avena. Y eso fue a primera hora de la mañana, así que por supuesto que tengo hambre. Pero me niego a reconocerlo en voz alta y, por descontado, ese no es el motivo por el que estoy enfadada. Odio que la gente se aproveche de la inocencia y buena voluntad de los niños.

—No tengo hambre —miento.

—¿No? —pregunta Rip con tonito burlón—. Qué lástima.

Coge la bandeja y empieza a distribuir la cena en tres raciones distintas. Enseguida me embriaga el delicioso aroma de una sopa bien calentita y sustanciosa, y veo los zarcillos de vapor emergiendo de cada uno de los cuencos. A un lado advierto una barra de pan enorme y tres copas de hierro fundido que espero que estén llenas de vino.

Oh, una copa de vino me vendría de maravilla ahora mismo.

Osrik y el comandante empiezan a cenar. Las cucharas de hojalata rechinan al tocar el cuenco, lo que me pone aún más nerviosa. Observo la escena en silencio, un silencio agonizante. Trato de distraerme, de mirar hacia otro lado, pero no puedo evitarlo. Se me van los ojos. Se me van los ojos cada vez que remueven la sopa, cada vez que se llevan una cucharada de ese manjar a la boca.

Estúpida. ¿Por qué he tenido que abrir la bocaza? Tendría que abrirla solo para comer, no para soltar disparates de los que luego pueda arrepentirme.

—Entonces los rumores son ciertos. La jaula existe.

Desvío la mirada hacia su boca, hacia esos labios carnosos que ahora mismo están brillantes y húmedos por el caldo.

—Me pregunto qué tiene de especial para que te guste tanto —continúa Rip, como si quisiera retomar una conversación banal, aunque sé que bajo ese ademán relajado y desenfadado se esconde una curiosidad sin límites.

El hambre empieza a mezclarse con mis nervios, a enredarse con mi rabia. Las cintas se deslizan entre mis dedos y me aprietan con fuerza para asegurarse de que no entre en cólera y monte una escena bochornosa.

—No hace falta que te preguntes nada sobre mí —replico, claramente molesta.

—Ah, lo lamento pero no estoy de acuerdo.

Cada vez que uno de ellos se lleva la cuchara a la boca y saborea esa sopa, me exaspero un poquito más. Sé que se me está agotando la paciencia, pero, cuando Osrik se lleva el cuenco a la boca para engullir los restos de caldo que ya no alcanza a coger con la cuchara, es la gota que colma el vaso.

—Me mantenía a salvo. Eso es lo que tiene de especial.

Rip ladea la cabeza.

—¿A salvo de quién?

—De todo el mundo.

El silencio se estrella contra el muro que nos separa y empieza a filtrarse por cada grieta y recoveco. No sé qué pretende con este absurdo jueguecito y no sé qué repercusión pueden tener mis palabras.

Rip empieza a empujar el tercer cuenco hacia mí, y el rasguño del hierro forjado sobre la madera retumba en esa tienda sumida en un silencio absoluto. La boca se me hace agua.

Lo deja justo delante de mí, y no se me ocurre otra cosa que fulminarle con la mirada.

—Come, Auren.

Estrecho los ojos.

—¿Es una orden, comandante?

Creía que el comandante caería de bruces en mi provocación, pero no podía andar más errada. En lugar de perder los nervios, sacude la cabeza y se lleva la sopa a los labios mientras me observa por encima del borde del cuenco.

—Creo que ya te han dado suficientes órdenes, Jilguero —murmura con un tono tan suave y sedoso que me revuelvo en mi asiento.

La respuesta ha sido como un dardo que se ha clavado en el centro de la diana y, sin darme cuenta, empiezo a agachar la mirada. No entiendo por qué su respuesta me fastidia y me duele tantísimo. ¿Cómo se las ingenia ese hombre para desnudarme de esa manera, para llegar a lo más profundo de mi corazón, para romper mi coraza y derrumbar ese muro de protección que tanto esfuerzo me ha costado construir a mi alrededor?

No me olvido de a quién tengo delante, a quién me estoy enfrentando. Es, sin lugar a dudas, el estratega más astuto del mundo, y precisamente por eso siempre me siento tan confundida y desorientada cuando lo tengo cerca. Es un hombre impredecible y jamás se comporta como uno esperaría.

Aunque me jugaría el pescuezo a que eso también lo tiene calculado.

Para distraerme, cojo el cuenco y me lo acerco a los labios. Tomo un buen sorbo de sopa, dejando la cuchara, y mis buenos modales, a un lado. El exquisito sabor del caldo colma todas mis papilas gustativas. Esa cena calentita y reparadora es como un bálsamo que calma mis nervios y apacigua mi malestar.

—¿Solías cenar con Midas?

Dejo el cuenco sobre la mesa para poderle mirar directamente a los ojos.

Otra pregunta. A simple vista, inocente. Y, aunque va dirigida a mí, mi sexto sentido me dice que la intención es otra muy distinta. Quiere sonsacarme información sobre mi rey.

Al ver que no respondo, el comandante Rip coloca la barra de pan delante de él y coge el cuchillo de la bandeja. Con una precisión casi meticulosa, corta tres porciones idénticas y, al clavar el filo dentado en la corteza, enseguida distingo el aroma del romero en el aire.

Alarga el brazo y me ofrece una de las tres porciones. Me entran ganas de rechazar ese trozo de pan porque creo que así voy a mantener mi dignidad intacta, pero tengo demasiada hambre, así que me trago todo ese resentimiento y se lo arranco de los dedos.

El comandante se fija en mis manos.

—¿No preferirías quitarte los guantes para comer?

Me pongo rígida.

—No. Tengo frío.

Rip me observa, los dos me observan, y, aunque estoy hambrienta, siento un retortijón en el estómago. Son los nervios.

Él se lleva su trozo de pan a la boca, y yo imito el movimiento, de manera que los dos le damos un mordisco al mismo tiempo. Osrik, en cambio, se zampa su porción de un solo bocado. Mastica el pan con la boca abierta y haciendo un ruido bastante desagradable. Las migas acaban aterrizando sobre su jubón y él las aparta con aire distraído.

—¿Piensas ignorar y evadir todas mis preguntas? —suelta Rip después de tragarse el bocado de pan.

Mojo el pan en la última cucharada que me queda de sopa e intento que se empape bien de caldo para aprovechar hasta la última gota.

—¿Por qué quieres saber si cenaba en compañía de Midas?

Él apoya un brazo sobre la mesa. Soy incapaz de descifrar esa mirada.

—Tengo mis razones.

Termino lo que me queda de mi porción de pan, aunque estoy tan nerviosa que soy incapaz de saborearlo como me gustaría.

—Ah, claro. Y supongo que esas razones se resumen en conocer su punto débil, ¿me equivoco? Déjame adivinar: estás intentando averiguar cuánto le importo porque quieres saber qué puedes conseguir cuando me entregues a él —digo, e intento lanzarle una mirada igual de misteriosa que la suya—. Estás de suerte, comandante Rip, porque pienso revelarte un secreto. El rey Midas me ama.

—Oh, ya lo veo. Te quiere tanto que te tiene encerrada en una jaula —replica él con tono de mofa.

Ese retintín me saca de quicio y doy un golpe con el cuenco sobre la mesa.

—¡Era yo quien quería estar ahí dentro! —mascullo.

Rip se inclina sobre la mesa, como si se sintiera atraído por mi ira, por mi rencor. Empiezo a plantearme que ese haya sido su objetivo desde el principio, sacarme de mis casillas y ver cómo me desmorono delante de él.

—¿Quieres saber lo que pienso?

—No.

Él ignora mi respuesta.

—Creo que estás mintiendo.

Estoy tan furiosa que no me sorprendería que me saliera humo de las orejas.

—¿Ah, sí? Qué curioso, viniendo de ti.

Y por fin, por fin, ese ademán impasible e imperturbable empieza a desvanecerse. Estrecha esa mirada negra y siniestra.

—Ya que parece que quieres hablar de mentiras, dime algo, comandante, ¿este tipo de aquí, tu mano derecha, sabe lo que eres? ¿Y tu rey, también lo sabe? —le desafío.

Tanto él como Osrik se quedan de piedra.

Miro fijamente a Rip y, para mis adentros, me alegro de haber sido capaz de cambiar el rumbo de la conversación y de haber desviado toda la atención hacia él.

Me da la impresión de que sus púas se doblan. No sé si ese gesto es un reflejo de la rabia y de impotencia que ahora mismo corroen al comandante o si, al hacerlo, pretende asustarme todavía más.

La voz de Rip es un mero susurro. Un susurro áspero. Un susurro ronco. Como las rocas afiladas de un acantilado.

—Si te apetece charlar sobre eso, por mí no hay problema. Por favor —dice, y levanta una mano—, tú primero, Jilguero.

«Mierda.»

Echo un fugaz vistazo a Osrik, pero el tipo sigue petrificado. Ese mastodonte no muestra ninguna clase de emoción, ni siquiera sorpresa.

Sobre mi regazo, las cintas no paran de moverse, de retorcerse. Es por la adrenalina. Sé que es imposible que pueda verlas, pero aun así Rip desliza la mirada hacia el borde de la mesa, tal vez porque sospecha algo, y después me mira de nuevo a los ojos.

Siento que la sopa se agria en mi estómago y noto esa acidez arrastrándose por la garganta.

—Puedes seguir mintiendo como una bellaca, o sincerarte y contarme la verdad. Dime, Auren, ¿qué piensas hacer? —propone con una voz tan melosa que incluso empalaga.

Se me corta la respiración. El aire se me ha quedado atrapado en el pecho, como si fuese una criatura frágil y desvalida que no supiese dónde ir.

La verdad… La verdad es algo muy complicado.

El problema con las verdades es que son como las especias. Si añades una pizca a una receta, puedes enriquecerla y dotarla de matices hasta entonces desconocidos. Pero, si no calculas bien y te pasas, se vuelve incomestible.

Y, por lo visto, mis verdades siempre terminan arruinando la comida.

Sin embargo, me atrevería a decir que casi quiero escupirlas. Soltar todo lo que no he dicho en todo este tiempo. Deshacerme del peso de todos mis secretos. Aunque solo sea para sorprenderle, para pillarle desprevenido y darle de su propia medicina.

Es una opción muy tentadora, igual de tentadora es la luz para las polillas. La promesa de ese rayo de luz me atrae, pero sé que si abro la boca, la verdad acabará quemándome, chamuscándome.

Y por eso cierro el pico.

Rip sonríe con suficiencia y estira la espalda con aire engreído. Sé que se siente victorioso porque ha ganado esta pequeña batalla. No lo soporto. Aunque debo reconocer que me odio un poquito más a mí misma por ser tan cobarde.

—Gracias por la cena —digo, y me pongo en pie. Mi voz no revela ni una sola pizca de emoción.

De repente me siento agotada, consumida. No puedo con mi alma.

Osrik, el observador silencioso, el testigo mudo de esa absurda conversación, hace el gesto de levantarse, y le dedico una mirada desdeñosa.

—No te preocupes, ya encontraré el camino a mi caseta. Eso es lo que hace una mascota obediente, ¿verdad?

Me doy media vuelta y me marcho sin esperar a que el comandante me lo ordene, o me conceda su permiso para retirarme. Por suerte, no intenta detenerme y Osrik se queda donde está.

Por ahora, mis verdades incomestibles siguen guardadas a buen recaudo debajo de mi lengua. Su eterno sabor agridulce permanecerá ahí un tiempo más.

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