Destello
Capítulo 14
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14 Auren
Con la capucha puesta y las manos en los bolsillos, observo a los soldados escondida en un agujero que he encontrado en esa cueva de hielo azulado. No es muy profundo, pero es lo bastante grande para que pueda sentarme dentro y pasar desapercibida.
Es la guarida perfecta porque, además de mantenerme un pelín apartada del resto, me permite ver todo lo que ocurre alrededor de la inmensa hoguera que han encendido en el centro de esta colina hueca.
Los carámbanos que cuelgan del techo no son inmunes al calor de las llamas y ya han empezado a gotear. Sobre el suelo advierto varios charcos, pero a nadie parece importarle. Todos se alegran de pasar la noche lejos de la nieve.
El delicioso aroma que proviene del asador, que lleva un buen rato dando vueltas sobre el fuego, me lleva a pensar que los cazadores han logrado encontrar carne fresca en este páramo helado. Se me hace la boca agua, pero no voy a caer en la tentación, no voy a acercarme. Tendré que conformarme con el cuenco de sopa y el trozo de pan que he cenado.
¿El lado bueno? Al menos he podido llevarme algo a la boca antes de salir de la tienda hecha un basilisco.
La próxima vez seré más paciente y me quedaré ahí dentro hasta que me sirvan una buena copa de vino.
Me acurruco entre esas paredes de hielo resbaladizo y contemplo con atención a todo el mundo. Debo admitir que siento curiosidad por esos soldados, así que me fijo en todo lo que hacen para comprobar si cometen algún fallo y examino sus interacciones. Después de oír a Rip jactarse de la lealtad de sus tropas, necesito comprobarlo con mis propios ojos. Eso sí, prefiero hacerlo desde lejos.
Supongo que no es de extrañar después de haberme pasado los diez últimos años de mi vida encerrada y aislada del mundo entero. Aunque mi pasado fue desafortunado, incluso tortuoso en varios momentos, anhelo poder tener una charla distendida y compartir anécdotas con otra gente además de Midas. Aun así, reconozco que cuando estoy rodeada de muchas personas sin la protección que me brindaba mi jaula dorada, me pongo un pelín nerviosa. Uno no puede fiarse de nadie.
Y menos de los soldados del Cuarto Reino. Según tengo entendido, son los más vengativos, más malvados y más letales de toda Orea.
Llevo un buen rato estudiándolos y, si debo ser sincera, no encajan en absoluto con esa descripción. Los rumores aseguran que son bárbaros sanguinarios, que tienen un corazón podrido y un alma depravada, pero a mí no me lo parece. Son hombres de carne y hueso, nada más. Sí, forman parte de un ejército enemigo, pero no son monstruos. O al menos yo no he visto ninguno de momento.
Y Rip…
Cierro los ojos y me abrazo las rodillas contra el pecho. Ojalá pudiera decir que me acurruco en esa pequeña grieta para entrar en calor, pero el verdadero motivo es otro. Me hago un ovillo para tratar de no derrumbarme y de mantener la entereza.
En el momento en que el comandante Rip puso un pie en el barco pirata y apareció en mi vida, el eje que sostenía mi mundo se torció. Cada vez que me cruzo con él, ese eje se dobla un poquito más.
Rip es astuto. Sé que cada vez que entabla una conversación conmigo intenta desestabilizarme, confundirme. Quiere manipularme para que me vuelva en contra de Midas.
Soy consciente de sus maquiavélicas estratagemas pero, aun así, ha logrado sembrar la duda de la sospecha. Es como una sombra en el suelo que, a medida que se va poniendo el sol, se va haciendo más y más grande.
Ahora mismo estoy aturdida, desconcertada, abrumada. Y, sobre todo, agotada. Demasiadas emociones, demasiados pensamientos, demasiadas dudas y demasiadas complicaciones. Lo más seguro es que esto sea exactamente lo que pretende Rip. Me fastidia pensar que le estoy siguiendo el juego, que he mordido ese anzuelo envenenado y por eso mi mente no deja de dar vueltas en una espiral agonizante y sin fin.
Me quedo ahí sentada unos minutos más, hasta que por fin logro serenarme y respirar con normalidad. En silencio, me doy un discursito motivador para recordarme que no puedo bajar la guardia, que no puedo dejar que mi coraza se desmorone.
En ese instante reparo en que ha empezado a nevar con fuerza y que los copos de nieve que caen de ese cielo sin estrellas son del tamaño de una avellana.
Echo un último vistazo a los soldados que están apiñados alrededor de la hoguera antes de escabullirme de mi escondite. Me ajusto el abrigo a mi alrededor y entierro las manos debajo de los brazos para evitar que se me congelen. Todavía me duele un poco el costado y mi mejilla sigue un pelín hinchada. Sé que el frío es un buen remedio para aliviar el dolor, así que doy las gracias por ello, a pesar de que tengo el resto del cuerpo entumecido, como adormecido.
Aunque, pensándolo mejor, quizá no tenga nada que ver con el frío.
No me quedo merodeando alrededor de la hoguera, sino que me dirijo hacia el carruaje porque intuyo que mi tienda no andará muy lejos. Lo único que me apetece es recostarme en el camastro, cerrar los ojos y dormir, pero no puedo. Todavía no.
No debo olvidar con quién estoy. No puedo despistarme ni un solo segundo porque, si lo hago, Rip aprovechará la ocasión para humillarme, para mortificarme.
Avanzo con paso firme y decidido hacia el campamento.
Las tiendas por las que paso parecen retales de cuero cosidos sobre la nieve y cada pisada se confunde con una puntada. Han reunido a los caballos en un establo improvisado y, aunque tienen el hocico metido en balas de heno, advierto las nubecillas de vaho que salen despedidas de su nariz. Han levantado una tienda que más bien parece una lavandería, pues los soldados que se encuentran ahí están frotando uniformes manchados de barro y untando betún negro sobre una colección de botas llenas de arañazos.
Aparte de un par de miradas de refilón, nadie parece prestarme la más mínima atención. Sigo avanzando por el campamento con la mirada clavada al frente. A pesar de llevar la capucha puesta, tengo la cara congelada. La nieve ya ha empezado a cuajar sobre la punta de las tiendas, empapando así la tela y cubriendo el aire con el inconfundible olor a cuero húmedo.
He descubierto que la mente humana tiende a hilar ciertos olores con ciertos recuerdos, de forma que, cuando percibes una esencia en concreto, los hilos se tensan y desentierran un recuerdo. Son como barcos que los marineros arrastran hasta el muelle, obligados a balancearse sobre un mar de sentimientos. Por desgracia para mí, el aroma a cuero húmedo no está amarrado a un bonito recuerdo.
Cuero húmedo. Ese cuero no estaba empapado por la nieve, sino por la saliva de mi boca y había absorbido mi voz, mi aliento. Eran tiras de piel que solo el Divino sabía de dónde habían salido. Estaba demasiado asustada como para escupirlas.
¿Ese recuerdo va a hilvanarse con la imagen que estoy viendo ahora mismo? ¿El olor a cuero húmedo ya no me recordará a esa asquerosa mordaza, sino a las tiendas del ejército del Cuarto Reino cubiertas de nieve?
Las ideas se arremolinan en mi mente y, en un abrir y cerrar de ojos, se desvanecen.
«El rey Midas me ama.»
«Oh, ya lo veo. Te quiere tanto que te tiene encerrada en una jaula.»
Frunzo el ceño, pero enseguida destierro las palabras de Rip de mi cabeza.
Pretende sembrar la discordia, abrir una brecha en mi relación con Midas. En ningún momento quiere charlar conmigo, mantener una conversación amigable o anodina. Es un estratega. Un estratega enemigo que trata de engañarme para conseguir que cambie de bando, para conseguir sonsacarme información sobre mi rey.
Y por ese motivo necesito encontrar un halcón mensajero lo antes posible. Solo así podré enviar un mensaje a Midas y alertarle del peligro que se avecina. Y entonces Rip se dará cuenta de una vez por todas de que mi lealtad hacia Midas es más sólida e inquebrantable que los muros de un castillo. Da lo mismo lo respetuoso y atento que finja ser conmigo, tengo que recordar la verdad.
—Es un cabrón arrogante y retorcido —murmuro entre dientes.
—Espero que no estés hablando de mí, milady.
Casi me da un infarto. Me vuelvo hacia la izquierda y veo que es Hojat. Está de perfil, removiendo una cazuela que ha colocado sobre una pequeña hoguera. Esta noche, la mitad de la cara que tiene marcada con esa enorme cicatriz parece de un rosa más intenso, como si el frío le irritara la piel de esa zona.
Me sorprende que ningún otro soldado se haya sentado alrededor del fuego para entrar en calor, pero, en cuanto me llega el tufillo de lo que sea que está cocinando en esa cazuela, entiendo por qué.
Me tapo la nariz y la boca con una mano para no vomitar.
—Por el amor del Divino, ¿qué es eso?
Hojat no levanta la vista del apestoso mejunje.
—Ajenjo, arañuela, cartílago de ganado y alguna que otra cosa más.
Arrugo la nariz.
—Huele… —Enmudezco cuando me doy cuenta de que me mira de reojo—. Ejem… Huele a picante, a acre —digo al fin, evitando así decir en voz alta lo que realmente pienso. «Horroroso. Asqueroso. Rancio. Podrido.»
No me explico cómo es capaz de aguantar tanto rato ahí, con ese hedor pestilente tan cerca de la cara.
—¿En serio? Quizá sea el trocito de intestino hervido que he añadido. El olor suele ser muy fuerte.
Esta vez no puedo controlar las náuseas y siento una arcada en la parte posterior de la lengua que parece quedarse atascada en mi garganta. Trago saliva e intento apartar los ojos de la cazuela.
—Por cierto, ¿por qué estás haciendo eso?
—Estoy probando un nuevo preparado para tratar dolores y achaques —explica, y, de repente, se pone derecho y por fin nos miramos cara a cara. Advierto un brillo especial en el ojo caído y deforme—. ¿Te gustaría ser la primera paciente en probarlo?
Abro la boca, incrédula.
—¿Pretendes que alguien se beba eso? —pregunto horrorizada.
—Por supuesto que no, milady. Voy a hervirlo hasta conseguir una textura de pomada. Será un ungüento tópico.
Ni siquiera puedo pestañear; estoy demasiado ocupada imaginándome al sanador toqueteando cartílagos hervidos e intestinos. Si mi piel no fuese de oro, estoy segura de que se habría teñido de verde.
Hojat continúa mirándome con ojos expectantes y es entonces cuando caigo en la cuenta de que está esperando a que le dé una respuesta.
—Oh, ejem, ¿quizá la próxima vez?
Su expresión se vuelve de profunda decepción, pero asiente con la cabeza.
—Por supuesto, milady. Veo que tu labio ha mejorado mucho.
Acaricio el corte con la yema de los dedos. No recuerdo la última vez que me miré en un espejo y, a decir verdad, prefiero que siga siendo así.
—Una lástima que no pueda decir lo mismo de tu mejilla —comenta con tono de broma, marcando aún más su acento sureño—. No aplicaste frío, tal y como te aconsejé, ¿verdad?
—Sí… —digo, tratando de no sonar muy culpable—. Durante un par de minutos.
El sanador resopla, sacude la cabeza y tuerce la comisura de los labios, fingiendo enojo y disgusto.
—Siempre me ignoran cuando les sugiero que apliquen frío sobre una lesión o picadura —farfulla en voz baja.
—Esta noche lo haré, te lo prometo —me apresuro a decir.
—Sí, claro —murmura, y pone los ojos en blanco, como si no se creyera ni una sola palabra de lo que acabo de decir—. Si quieres, puedo prepararte otro tónico para aliviar el dolor. Solo tendrías que dejarme echar un vistazo a las costillas…
Me pongo tensa de inmediato.
—No, gracias.
Hojat suspira.
—¿Qué os pasa a los vecinos de Alta Campana? ¿Por qué sois tan desconfiados?
«Los vecinos de Alta Campana. Ha visto a los demás.»
Tengo que hacer un tremendo esfuerzo para no ponerme a dar saltos de alegría.
—¿Cómo puedes reprochárnoslo? Somos prisioneros del ejército del Cuarto Reino.
—Todos somos prisioneros de algo, incluso de cosas que nos negamos a admitir.
Arrugo la frente al oír esa respuesta, pero ahora no tengo tiempo de analizar el significado.
—De hecho, ahora me disponía a hacerles una visita. Podría echarte una mano y tratar de convencerles de que acepten los remedios y tratamientos que les aconsejas. ¿Me acompañas? —propongo.
Es una mentira pésima. Lo sé y, a juzgar por cómo me mira, él también.
—¿Te permiten verlos? —pregunta un tanto dubitativo.
—Sí, sí —respondo enseguida.
No he debido de sonar muy convincente porque Hojat empieza a negar con la cabeza.
—Si quieres ver a los demás, lo primero que debes hacer es pedir permiso al comandante.
Se me escapa un bufido cargado de impotencia que, al colarse entre mis dientes, suena como el siseo de una serpiente.
—Por favor —insisto, pero esta vez con tono suplicante—. No pretendo causar ningún problema, te lo prometo. Solo quiero asegurarme de que están todos bien. Como buen sanador que eres, estoy segura de que me entiendes, ¿verdad que sí?
Sé que es un golpe bajo para Hojat, que acabo de tocarle la fibra sensible, pero a veces los golpes bajos dan buenos resultados.
Hojat me mira con expresión vacilante y compasiva y, durante un instante, creo que he logrado persuadirle, que mi estrategia ha funcionado. Pero entonces sacude la cabeza de nuevo.
—No puedo hacerlo, milady. Lo siento mucho.
—Yo la llevaré.
Los dos damos un respingo. Una soldado ha aparecido como por arte de magia justo a nuestro lado, como si hubiera estado agazapada entre las sombras y hubiese emergido de repente.
Ver a una mujer soldado me deja tan anonadada y tan perpleja que me quedo mirándola boquiabierta y con los ojos como platos varios segundos. Va ataviada con el uniforme de cuero marrón y negro, lleva una espada colgada de la cadera y nos observa con una expresión arrogante y engreída.
Tiene una tez tersa y lisa, de un hermoso color ocre oscuro y las mejillas ligeramente sonrosadas. Aunque se ha rapado la melena, salta a la vista que tiene el pelo color ébano. No puedo evitar fijarme en los delicados diseños que adornan el cuero cabelludo y que, con toda seguridad, ha trazado con una hoja de afeitar. Al principio me parecen pétalos, pero después entrecierro los ojos y me doy cuenta de que en realidad son dibujos de afilados puñales que se ha afeitado alrededor de la cabeza como si fuese una corona, con las puntas hacia arriba.
—¿Quién eres? —pregunto, y desvío la mirada hacia el diminuto pendiente que tiene en el labio, una esquirla de madera que encaja a la perfección en el arco de cupido de la soldado. Distingo el brillo carmesí de una minúscula piedra preciosa en la punta.
La soldado hace oídos sordos a mi pregunta. Toda su atención está puesta en Hojat.
—Deberías ir a por tu ración de cena antes de que todos esos capullos se zampen hasta la última migaja de pan, sanador.
La parte izquierda de su boca se retuerce en un intento de sonrisa, aunque se asemeja más a una mueca de dolor.
—No tardaré en ir. Tengo que seguir removiendo la preparación unos cinco minutos antes de dejar que se enfríe por completo —explica, y nos mira a las dos con cierta inquietud—. ¿Seguro que puedes acompañar a milady?
Hojat se empeña en dirigirse a mí como milady, pero nunca lo hace con retintín. De hecho, en ningún momento me ha tratado como a una prisionera. Reconozco que es imposible odiar a Hojat, sobre todo en momentos como este.
La soldado esboza una sonrisa de superioridad.
—Quédate tranquilo, sanador, me las arreglaré. Creo que podré escoltar a nuestra prisionera dorada hasta sus compañeros.
Hojat vacila.
—El comandante…
—No te preocupes —le interrumpe ella, y luego le da una palmadita en la espalda—. Que tengas buena suerte con tu preparación, sanador.
Hojat me lanza una miradita indescifrable, pero enseguida se vuelve hacia su cazuela para seguir removiendo el mejunje que ha ideado. Los ojos le hacen chiribitas, como si fuese lo más interesante que jamás ha visto. Hay algo que me atormenta, que me desasosiega. Estoy intranquila, como cuando sabes que se te ha metido un bicho entre las sábanas pero no consigues encontrarlo.
La mujer me da un buen repaso de pies a cabeza.
—Veamos qué tal están tus monturas. ¿Lista?
Miro a Hojat con el rabillo del ojo, pero el sanador nos ignora por completo.
Me aclaro la garganta y digo:
—Lista.
La sigo sin pensármelo dos veces, aunque sé que debo ir con pies de plomo. Tal vez sea peligroso, pero necesito saber que todas están sanas y salvas. Además, si la soldado no fuese de fiar Hojat me lo habría advertido…
¿Verdad?