Destello

Destello


Capítulo 15

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15 Auren

La soldado se mueve como un pajarillo.

Sus pasos son ligeros, ágiles, sigilosos. En ningún momento da un pisotón sobre la nieve o arrastra los pies por el cansancio. No camina como el resto de los soldados. Ella parece levitar sobre el suelo y se desliza sobre ese manto de nieve con una elegancia y sutileza que me parecen increíbles. Yo, por mi parte, lo único que puedo hacer es intentar no resbalarme y caerme de bruces.

Me lleva en dirección contraria a la que creía que estaría mi tienda. Nos alejamos de la hoguera que hay en el centro de la cueva y que en estos momentos está abarrotada de soldados. Aunque no consigo pillarla mirándome, sé que lo hace, porque noto un hormigueo en el cuello, justo en la parte izquierda. Estoy convencida de que, en silencio, está tratando de tomarme la medida.

Esa observación tan escrupulosa y silenciosa me perturba, me inquieta. Aprieto los labios para no hablar. Espera a que nadie pueda oírnos para, al fin, dirigirme la palabra.

—Así que tú eres la famosa mujer de oro de la que todo el mundo habla.

—A menos que tengáis a otra escondida en vuestro alijo, sí.

La soldado resopla, aunque no sé si porque mi respuesta le ha irritado o, por el contrario, le ha divertido. Ojalá sea la segunda opción.

Nos acercamos a una hoguera bastante pequeña. Allí se ha reunido un grupo de unos treinta soldados más o menos y, de golpe y porrazo, gira hacia la izquierda y se esconde detrás de un montón de leña. Ese repentino cambio de rumbo hace que me tropiece, pero logro mantener el equilibrio.

Nos adentramos por un pasillo y, a lo lejos, distingo la silueta de varios soldados. Una vez más, dobla una esquina sin previo aviso y nos escurrimos entre unas tiendas atestadas de soldados.

Nos escabullimos por un sendero más apartado, más solitario. Tengo un mal presentimiento y, de inmediato, se me pone la piel de gallina.

—Me estás llevando a ver a las monturas… ¿Verdad?

—Eso he dicho, ¿no?

En fin, no es la respuesta que esperaba oír.

Cada vez que nos cruzamos con otro soldado, ella cambia de dirección. Después de dar tantos tumbos, estoy totalmente desorientada. Me preocupa que se esfuerce tanto por pasar desapercibida, por mantenernos en la más absoluta clandestinidad. Empiezo a marearme, a sentir náuseas. O la soldado sabía que el comandante jamás me habría permitido ver a las monturas y se está saltando las normas y, por lo tanto, se está jugando el pellejo por hacerme el favor, o…

«Oh, por el gran Divino. Va a asesinarme.»

Cada cambio brusco de dirección, cada giro inesperado que damos para esquivar a los soldados que merodean por ahí, me lleva a pensar que es la segunda opción.

«Gracias, Hojat.» Una lástima porque el sanador del ejército que no le hace ascos a los intestinos hervidos había empezado a caerme bastante bien.

Mis cintas tiritan de nervios bajo el abrigo, y justo cuando estoy a punto de darme media vuelta y echar a correr, la soldado da una palmada.

—¡Sí!

Freno en seco y veo que ella sale disparada hacia una de las tiendas. Después se agacha y se esconde junto a un barril de madera que hay justo delante de la tienda.

Al percatarse de que me he quedado petrificada a varios metros de distancia, me mira con cierta impaciencia.

—¿Qué estás haciendo ahí? Date prisa y ven a ayudarme con esto.

Aunque estoy desconcertada, pestañeo varias veces y obedezco sin rechistar. Su mirada es tan intimidatoria que no me atrevería a llevarle la contraria. Me detengo frente al barril.

—¿Qué quieres que haga?

Ella pone los ojos en blanco.

—¿Tú qué crees? Agarra esto, anda —dice, y, sin darme más indicaciones, empuja el barril, que cae en mis manos una milésima de segundo después.

Ese dichoso barril pesa un quintal y, cuando lo agarro, dejo escapar un grito de sorpresa. Por poco se me cae al suelo, suerte que entonces ella lo coge por la parte de abajo y lo levanta, equilibrando así el peso.

Nos ponemos de pie, barril en mano, y el líquido que contiene en su interior se balancea por el movimiento.

—Venga, Ricitos Dorados. Vamos a mover un poco las piernas —dice, y un instante más tarde volvemos a escurrirnos por ese angosto sendero, solo que esta vez con un barril a cuestas.

—¿Qué hay dentro de este maldito barril? —pregunto apretando los dientes y haciendo malabarismos para no caerme.

—Es mío —responde ella con altanería.

—De acuerdo… ¿Y se puede saber por qué estamos cargando con él?

—Porque esos cabrones del flanco izquierdo lo robaron del flanco derecho. Lo único que he hecho es recuperarlo.

El líquido se bambolea de un lado para otro, al ritmo de nuestros pasos. Pese a llevar guantes, noto la aspereza y rugosidad de la madera en los dedos.

—¿Y tú perteneces al flanco derecho? —pregunto, aunque imagino la respuesta.

—Sí. A ver, levanta un poco más tu lado. No me obligues a hacer todo el trabajo a mí sola.

Quiero arrojarle una miradita asesina por encima del barril pero, cuando me pongo de puntillas para hacerlo, patino y por poco me voy al suelo. Mi escolta me está obligando a robar, a cometer un delito. Algo que, por cierto, no es lo más sensato teniendo en cuenta que aquí ya soy una prisionera.

¿El lado bueno? Al menos no parece que vaya a matarme. Tan solo soy la cómplice de un crimen.

La soldado sujeta con fuerza el barril y sigue andando con paso firme.

—Y dime, ¿te dolió?

Frunzo el ceño, confundida, y respiro hondo para tratar de disimular que estoy jadeando.

—¿El qué?

De pronto, gira hacia la derecha y me hace pasar entre dos tiendas que están tan juntas que casi se tocan.

—Todos los habitantes de Orea han oído hablar de ti. No sabía si eran sandeces, rumores que se inventa la gente para entretenerse, o si eras una mujer como cualquier otra que se dedicaba a pintarse la piel de dorado cada mañana. Pero ahora que te tengo delante me doy cuenta de que eres real. Y me gustaría saber si cuando el rey Midas te tocó y te convirtió en… esto te dolió —dice, y me mira de arriba abajo con una mirada inquisitiva.

La pregunta me deja bastante desconcertada. Estoy tan sorprendida que por un segundo me olvido de que estoy sujetando un barril de unos cincuenta quilos por lo menos. Si no he entendido mal, quiere saber si el proceso de convertirme en oro me dolió.

Es la primera vez que alguien me plantea esa pregunta.

Me han hecho toda clase de preguntas, por supuesto. Preguntas descaradas. Preguntas que jamás osarían hacerme si me consideraran una mujer que merece un mínimo de respeto y trato decente.

Puesto que Midas me ha convertido en su símbolo, todos se creen con derecho a preguntarme cualquier cosa para saciar su curiosidad. Los rumores y chismorreos han borrado todo rastro de humanidad en mi persona, y puesto que me ven como un personaje de fábula ni siquiera se abochornan cuando me hacen preguntas ofensivas y totalmente fuera de lugar.

Pero este caso es diferente. Es evidente que mi cuerpo de oro suscita toda clase de dudas, y esta soldado quiere saber qué significó para mí.

En ese instante me percato de que está esperando una respuesta, de que el silencio que se ha instalado entre nosotras se ha ido extendiendo como una sombra.

Me aclaro la garganta.

—No. No me dolió.

Ella se queda pensativa. La empuñadura de su espada golpea la madera del barril cada vez que da un paso.

—¿Te saca de quicio que allá donde vayas todo el mundo te mire, te observe?

Otra pregunta que jamás me habían hecho. Aunque esta vez no me quedo callada, sino que respondo de inmediato.

—Sí.

La palabra sale de mi boca como una estampida, involuntaria, inmediata, impredecible.

Siempre que Midas me mostraba en público para presumir de mí, ya fuese en el salón del trono a rebosar de juerguistas o en un desayuno íntimo preparado para impresionar a sus invitados, siempre ocurría lo mismo. La gente me miraba con los ojos como platos, sin pestañear. Después cuchicheaba y empezaba a esparcir rumores. Y, por último, me juzgaba.

Por eso conocer a Sail fue como inspirar una bocanada de aire fresco. Nunca me hizo preguntas comprometidas sobre mi piel, o mi pelo, o mis uñas. Tampoco me miraba boquiabierto o me trataba como un adorno dorado sin sentimientos. Él… me veía como una persona y siempre me trató como a una amiga. Sé que es algo muy simple y banal, pero, para mí, significó muchísimo.

Sail falleció y yo… Yo estoy aquí. Con una mujer que no conozco de nada. Lo único que sé de ella es que a Hojat le asusta un poco y que en su tiempo libre le gusta robar barriles.

A juzgar por los músculos que asoman por debajo de ese uniforme de cuero negro y la confianza con que agarra la empuñadura de la espada, parece una guerrera.

La estudio durante unos segundos, pero estoy agotada. Me queman los brazos y me flaquean las fuerzas.

—No aguantaré mucho más. Pesa demasiado —aviso.

Chasquea la lengua.

—Tienes que empezar a ejercitar esos brazos, tesoro —dice, y después señala un círculo de tiendas con la barbilla—. Es justo ahí.

Me conduce hasta una de ellas y, con sumo cuidado, dejamos el dichoso barril en el suelo. Cuando por fin soltamos el barril de las narices, ella dibuja una sonrisa de satisfacción de oreja a oreja. Yo, en cambio, hago una mueca de dolor y sacudo los brazos y las manos para intentar recuperar la sensibilidad.

Se cuela en la tienda y unos segundos después sale con un montón de pieles que arroja sobre el barril de cualquier manera.

—Ya está.

Echo un vistazo al barril y arqueo una ceja. «Menuda chapuza», pienso para mis adentros.

—No lo has escondido muy bien que digamos.

La soldado se encoge de hombros.

—Ah, ya servirá. Anda, ven —dice. Entonces se mete en la tienda y sale con una copa de hierro forjado. Se arrodilla sobre la nieve, desliza la mano bajo la montaña de pieles y veo que palpa la parte inferior del barril hasta encontrar una especie de llave que gira. Oigo el inconfundible sonido de algo líquido.

Después se levanta, toma un buen sorbo antes de ofrecerme lo que queda en la copa.

Contemplo ese líquido granate y abro tanto los ojos que parece que vayan a salírseme de las cuencas.

—¿Es…?

—Vino. Los viñedos del Cuarto Reino son únicos.

Le arrebato la copa de las manos antes de que haya terminado la explicación y la vacío en un par de sorbos ávidos, ansiosos. Es un vino dulce, con notas picantes, con cuerpo, e intenso pero a la vez refrescante. Quizá hablo en nombre de mi síndrome de abstinencia, pero creo que es el mejor vino que jamás he probado.

Suelto un gruñido de satisfacción y me seco los labios con la manga del abrigo.

—Por el gran Divino, es un vino exquisito.

La soldado no se molesta en disimular una sonrisita de suficiencia.

—Lo siento.

Cuando me quita la copa y la arroja al interior de su tienda, tengo que hacer un esfuerzo tremendo para no hacer pucheros y suplicarle de rodillas que me sirva otra copa. Echaba tanto de menos una copa de un buen vino…

—Está bien, ahora te llevaré a ver a tus monturas. Pero ¿este asuntillo del barril? No has visto nada —me dice con tono serio y severo, y me señala con un dedo acusador—. No estoy de broma.

—Con el vino no se bromea —contesto.

—Bien. Vamos.

Tal vez sea porque tengo el paladar empapado de alcohol, pero lo cierto es que estoy mucho más tranquila y sosegada.

—Así que… eres soldado.

—Qué perspicaz. ¿Cómo te has dado cuenta? —responde con indiferencia.

—¿El rey Ravinger siempre ha permitido que las mujeres se alisten a su ejército?

Ella se vuelve y me lanza una mirada asesina. A pesar de la oscuridad nocturna, su mirada reluce en la negrura.

—¿Permitido? ¿Como si nos estuviera haciendo un favor a las mujeres?

—No, es solo que…

—Tiene suerte de poder contar con mujeres entre sus filas —espeta, sin tan siquiera darme la oportunidad de explicarme—. Todos los reinos de Orea deberían valorar a las mujeres, pero no lo hacen. Y por eso el Cuarto Reino siempre estará por encima de los demás.

Por la apasionada vehemencia de su voz intuyo que no es la primera vez que mantiene esta conversación con alguien.

—Lo siento —murmuro, con la esperanza de que la disculpa sirva para que se calme un poco—. Me ha sorprendido, eso es todo. Nunca había oído que los ejércitos de otros reinos aceptaran a mujeres como soldados.

Ella asiente con la cabeza mientras bordeamos una hilera de cubos que hay en el suelo.

—Ya te lo he dicho, el ejército del Cuarto Reino está por encima de los demás.

Deslizo las manos en los bolsillos del abrigo.

—¿Y los hombres…? ¿Abusan de las mujeres que sirven en el ejército?

—Supongo que lo que realmente quieres saber es si follan con nosotras.

—Sí.

Se encoge de hombros.

—A ver, siempre conoces al típico capullo machista que se cree mejor que cualquier mujer —empieza—, pero no es lo que imaginas. Ningún soldado de este ejército se atrevería a violar a una de las mujeres.

—¿En serio? —pregunto algo dubitativa.

—Por supuesto —responde ella con tal seguridad que despeja todas mis dudas—. El comandante le arrancaría la cabeza a cualquiera que hiciera algo tan deshonroso y depravado. Pero, además, este ejército es un clan. Es cierto que pasamos calamidades durante la formación y adiestramiento militar, pero todo el mundo aquí se ha ganado su puesto, ya tenga verga o vagina. Servir al ejército del Cuarto Reino y seguir las órdenes del comandante es un gran honor para nosotros, y nadie se lo tomaría en broma.

Habla de Rip como si fuese un héroe y acaba de asegurar que servir en su ejército es un inmenso honor. Es evidente que le respeta, le venera y le admira. De hecho, suena casi como una fanática.

Nunca habría imaginado a Rip o al rey Ravinger defendiendo la igualdad de género, luchando por la inclusión de las mujeres en todos los sectores profesionales. Midas jamás aceptaría que una mujer se alistara en su ejército.

En ese preciso instante me lanza una mirada cómplice, como si me hubiese leído la mente, y se pasa una mano por la cabeza para quitarse los copos de nieve que se han quedado entre su pelo rapado.

—La verdad es que no me extraña que la idea te haya parecido tan descabellada. Tu Rey Dorado quiere que las mujeres sean monturas, no que se sienten en una y luchen en el campo de batalla.

Prefiero no responder porque, para qué engañarnos, no puedo defenderle. Tiene razón.

—¿Cómo te llamas? —pregunto. Ahora que hemos robado un barril juntas, creo que es lo mínimo que debería saber.

—Lu —responde ella.

—¿Lu a secas?

—Talula Gallerin, pero si me llamas Talula, te juro que te patearé ese culo de oro, Ricitos Dorados.

Retuerzo los labios.

—Gracias por la advertencia. Oh, yo me llamo Auren.

—¿Auren a secas? —replica ella con tono irónico—. ¿No tienes apellido?

Me encojo de hombros.

—No tengo familia.

Lu enmudece al oír esa respuesta. La familia que me vio nacer hace tiempo que se desvaneció de la faz de Orea. Ojalá hubiese sabido que, después de esa fatídica noche, jamás volvería a verlos. Habría abrazado a mi padre un poquito más fuerte. Habría enterrado la nariz en la cabellera de mi madre mientras ella me acunaba entre sus brazos, y habría tratado de grabar su perfume a fuego en mi memoria.

Es curioso que haya olvidado su aroma y, sin embargo, recuerde a la perfección el sabor del caramelo de miel que me regaló esa noche. Sabía que eran mis favoritos, y fue una estrategia magistral para convencerme de que no era momento de acobardarse, sino de ser valiente.

Recuerdo palparlo en el bolsillo de mi camisón y de cómo se fue ablandando entre mis dedos, sudorosos y temblorosos. Si cierro los ojos, puedo rememorar su sabor, una explosión de intensidad chiclosa que se fundía en mi lengua y se entremezclaba con la sal de mis lágrimas.

Un caramelo pequeño y dulce para sobrevivir a una noche oscura y siniestra.

Destierro ese recuerdo de mi mente. Lo arrugo como aquella noche arrugué el envoltorio de papel del caramelo y lo guardé en lo más profundo de mi bolsillo.

Lu me lleva hasta una tienda bastante grande y nos detenemos justo enfrente. Fuera de la tienda nos encontramos con dos soldados; están sentados en una banqueta, junto a una pequeña hoguera. Las llamas les iluminan el rostro con un resplandor anaranjado. Están entretenidos con una especie de juego, pues veo que tiran dados de madera después de agitarlos en el puño.

Al oírnos llegar, se vuelven. Me miran con los ojos como platos.

—¿Qué…?

Pero la pregunta queda suspendida en el aire cuando caen en la cuenta de que vengo con Lu.

El otro soldado suelta una sarta de improperios entre dientes y, de inmediato, se ponen de pie de un brinco y se cuadran.

—Capitán —dice el de la izquierda, y asiente con la cabeza. Su compañero escupe el cigarrillo que tenía en la boca, que al aterrizar sobre la nieve sisea como una serpiente enfadada.

—Buenas noches, caballeros —saluda ella con tono alegre—. Aquí a Ricitos Dorados le gustaría ver a las monturas.

Los soldados intercambian una mirada de incredulidad.

—Ejem…

Igual que ha hecho antes con Hojat, Lu esboza una enorme sonrisa y les da una palmadita en la espalda, atajando así cualquier clase de protesta.

—Solo serán cinco minutos.

Ni corta ni perezosa, Lu se acomoda en una de las banquetas y recoge el cigarrillo del suelo. Todavía humea un poco, pero igualmente lo acerca a la hoguera para volverlo a encender.

Lo coloca entre los labios, le da una calada y después mira a los soldados con una ceja arqueada.

—¿Y bien? A ver, ¿pensáis quedaros ahí quietos como dos pasmarotes? Os estoy esperando para echar una partida a los dados.

Los soldados se quedan perplejos, sin saber muy bien qué hacer, pero cuando Lu chasquea los dedos, salen disparados hacia la otra banqueta.

Primero Hojat se muestra un pelín incómodo e inquieto ante la presencia de Lu, y ahora estos soldados se dirigen a ella como capitán. Es evidente que no es una soldado raso, sino que tiene cierto estatus. Interesante.

Lu sonríe, satisfecha, y después me guiña el ojo en un gesto conspiratorio.

—Cinco minutos, tesoro. Ah, y ni se te ocurra intentar hacer ninguna estupidez. Porque no serías la única que se metería en un buen lío, nos entendemos, ¿verdad?

Asiento lentamente con la cabeza.

—Nos entendemos.

—Bien. Porque, si haces algo que desautorice su captura, no te irás de rositas. Habrá consecuencias, y tendrás que asumirlas —me advierte.

No me cabe la menor duda. Estoy segura de que aquí los errores se pagan, y con creces.

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