Destello
Capítulo 16
Página 20 de 47

16 Auren
No me quedo merodeando alrededor de la tienda durante mucho tiempo porque temo que, si lo hago, me invada el miedo y me eche atrás. Sé que, si me lo pienso mucho, terminaré dando media vuelta y pidiéndole a Lu que me deje jugar con ellos a los dados en lugar de enfrentarme a las monturas.
El problema es que no tengo ni la menor idea de qué voy a encontrarme y tengo un mal presentimiento. Algo me dice que me estoy jugando el pellejo para nada, porque las monturas no van a valorar el riesgo que estoy asumiendo por acercarme a verlas y, mucho menos, van a agradecérmelo.
Agarro una esquina de la portezuela de cuero, la levanto y entro en la tienda.
En cuanto la vista se ajusta a la penumbra que reina ahí dentro, hago un recuento mental. Confirmo que hay doce personas, el número de monturas que se embarcaron en esta travesía, y suspiro aliviada.
Aunque me quedo plantada en la entrada de la tienda y el frío se cuela por la portezuela, ninguna de las monturas se percata de mi presencia. Están enfrascadas en una tremenda discusión.
Hay montañas de pieles por todas partes, farolillos parpadeantes colgados en cada uno de los postes que sujetan la tela de la tienda y varias bandejas con raciones de comida tiradas en el suelo, olvidadas. El tamaño de la tienda es considerable pero una vez dentro parece diminuto con tanta gente ahí metida. Además, el ambiente es irrespirable porque no dejan de lanzarse reproches y de pelearse las unas con las otras.
Desvío la mirada hacia la montura que está desgañitándose, gritando como una histérica. Ahí está Mist, la montura de melena azabache, discutiendo con Gia, una montura joven y menudita con rasgos que me recuerdan a los de un duende. Están frente a frente, las dos de brazos cruzados, lanzándose miraditas cargadas de odio y desdén.
—¡Por el gran Divino, me has roto el maldito vestido! —gruñe Gia, que tiene la manga del corpiño hecha trizas.
Mist se encoge de hombros.
—Te advertí que no estiraras ese par de alambres que tienes como piernas en mi lado.
—Estiraré las piernas cuando y donde me venga en gana, Mist. Tú no estás al mando aquí y, por si no te has dado cuenta, estamos como sardinas en lata. Y tú tampoco ayudas mucho, ya que ocupas al menos el doble que yo.
Mist le enseña los dientes, como si fuese un lobo salvaje, como si estuviese a punto de abalanzarse sobre la garganta de la muchacha, pero entonces una montura pelirroja entra en escena.
—¿Cómo te atreves a quejarte, Gia? Isis apesta tanto que incluso las diosas que nos observan desde el cielo tienen que taparse la nariz para no vomitar.
Isis, la escultural montura que está en la otra punta de la tienda, se vuelve y fulmina a la pelirroja con la mirada.
—¿Disculpa? ¿Qué te crees, que tú hueles a rosas, zorra? —replica, y de repente se le ponen las mejillas coloradas—. Te aseas con harapos mojados en nieve fundida y cagas en un agujero, igual que el resto de nosotras, ¡así que no me vengas con sandeces! —exclama.
—Me da igual si apestáis o no —intercede Mist, que sigue mirando a Gia con los ojos entrecerrados—. Si vuelves a tocarme mientras estoy tratando de dormir, te juro que te arrancaré el pelo mechón a mechón.
Gia cierra los puños.
—¡Inténtalo, puta!
Varias monturas se unen a la riña para defender a una o a otra. Los insultos e improperios que se dedican son tan agresivos que por un momento temo que vayan a llegar a las manos.
Salta a la vista que a las monturas no les va muy bien que digamos. ¿El lado bueno? Las doce están vivitas y coleando. Me aclaro la garganta en un intento de hacerme oír entre los reproches e insultos que se están propinando.
—Ejem, ejem… Hola. —No es el mejor saludo, pero al menos consigo lo que pretendía, que dejen de discutir.
Al oír mi voz, dos rubias que hasta ahora estaban de espaldas se dan media vuelta de inmediato.
—¿Qué estás haciendo tú aquí? —pregunta Polly, mientras me escudriña de los pies a la cabeza. Aún conserva mi viejo abrigo de lana dorada y, a juzgar por cómo me mira, también conserva su desdén y desprecio hacia mí.
Mist dibuja un círculo a mi alrededor y todo el veneno que hasta entonces estaba escupiéndole a Gia cae directamente sobre mí.
—Oh, mirad, pero si es la preferida —comenta casi con asco.
Opto por ignorarla.
—Solo he venido para asegurarme de que estabais todas bien —me explico, mirando a mi alrededor.
Mist suelta una carcajada cargada de aversión y se deja caer sobre uno de los montones de pieles.
—¿Habéis oído eso? La preferida se ha dignado a bajar de su pedestal para comprobar que nosotras, unas humildes y desvalidas monturas, estamos bien. Qué considerada.
Mis cintas se retuercen en mi espalda, como si estuvieran ansiosas por desenroscarse y asestarle un empujón, tal y como ocurrió en el barco pirata.
A palabras necias, oídos sordos. Respiro hondo y hago caso al dicho.
—¿Todos estáis bien? —pregunto, y busco a Rissa entre la multitud.
No ha musitado una sola palabra desde que he entrado y ella es la montura que más nerviosa me pone. Necesitaba ver con mis propios ojos que las monturas estaban bien, pero estaría mintiendo si asegurase que ese es el verdadero motivo que me ha traído aquí. Ella es la razón principal por la que me he empeñado en visitar a las monturas.
Mi vida depende de ella.
Rissa se encoge de hombros y empieza a trenzarse varios mechones de pelo con aire distraído mientras me escudriña con esos ojos tan azules y tan astutos.
—Todo lo bien que podemos estar dadas las circunstancias.
Digo que sí con la cabeza.
—He visto al sanador del ejército y me ha comentado que algunas os habéis negado a que os examine. ¿Seguro que no necesitáis su ayuda?
Otra chica, Noel, pone los ojos en blanco.
—¿Confiar en uno de ellos? ¿En serio nos crees tan necias?
—No os hará daño.
Varias monturas se echan a reír mientras niegan con la cabeza.
—Supongo que ella sí es tan necia —murmura Noel.
—Tampoco debería sorprendernos tanto. Todas sabemos que el rey Midas no se acostaba con ella por su increíble intelecto, sino porque tiene el coño de oro —farfulla otra montura en voz baja, aunque todos oímos el comentario.
Me siento humillada. Me están sometiendo a un escarnio público. Noto el ardor de la vergüenza en las mejillas y sé que debo de tener la cara como un tomate. Estoy abochornada. Una vez más, me han puesto en mi lugar. Nunca me verán como una igual, sino como una forastera. Aunque estuviesen tirándose los trastos a la cabeza cuando he entrado en la tienda, parece ser que al menos son capaces de ponerse de acuerdo en una cosa.
Me odian.
Inspiro hondo para intentar mantener la calma, para que sus palabras envenenadas no me atraviesen el corazón, sino que resbalen por mi piel como si estuviese untada de aceite.
—Si alguna de vosotras está herida o se encuentra mal, debería pedir ayuda al sanador. A mí no me ha hecho daño y os puedo asegurar que sus intenciones son buenas, no tiene mala voluntad.
—¿Y por qué iba a molestarse en hacerlo? —pregunta Mist.
—¿A qué te refieres?
Detrás de esa expresión de rencor y rabia, advierto cansancio, preocupación. Hace días que no se desenreda el pelo y luce unas ojeras tan oscuras que parecen más bien moradas.
—Es cuestión de tiempo que los soldados empiecen a aburrirse y quieran divertirse a nuestra costa. Aunque ese sanador sea de fiar y cumpla con su labor, no nos engañemos, acabaremos peor de lo que estamos.
Se me encienden todas las alarmas.
—¿Has oído a los soldados decir eso?
—No hace falta oírles —comenta Polly, que tiene la cabeza apoyada en el hombro de Rosh, la única montura masculina—. Mira a tu alrededor, Auren. Somos las prisioneras de un ejército de soldados que llevan demasiado tiempo durmiendo solos. Tarde o temprano van a empezar a propasarse, a abusar de nosotras. Todos los hombres son iguales —sentencia, y después levanta la mirada y le pellizca la mejilla a Rosh—. Menos tú, Roshy.
Él resopla y niega con la cabeza, pero sospecho que las palabras de su amiga le han ofendido. Echo un vistazo al resto de las monturas, y en todos sus rostros reconozco la misma expresión: impotencia, inquietud y resignación.
Todas y cada una de las monturas están convencidas de que, un día u otro, este cautiverio se convertirá en una cárcel de torturas, de violaciones, de sufrimiento. ¿Por qué no iban a creerlo? Pecarían de ingenuas si pensaran lo contrario.
A mí me ven como una escultura de oro sobre un pedestal, una obra de arte que observar embobados. Y a ellas… las ven como monturas, en sentido literal, meras sillas de caballo sobre las que galopar.
Se me revuelven las tripas y una marejada de temor y preocupación amenaza con ahogarme, con dejarme sin aire en los pulmones.
¿Y si llevan razón? ¿Y si los soldados del Cuarto Reino empiezan a abusar de ellas, a usarlas a su antojo, a aprovecharse de su superioridad física?
No es ningún secreto que las monturas están aquí y quién sabe cuántas semanas, o puede que meses, llevan estos hombres viajando día y noche, lejos de sus hogares, de sus esposas, de sus amantes.
Rip pondría la mano en el fuego por su ejército, o eso asegura él, e incluso Lu parece convencida de que ninguno se atrevería a hacerle daño a una mujer soldado, pero ¿qué hay de las monturas? Después de todo, pertenecen al enemigo.
—Bienvenida al mundo real, Auren —dice Polly con altivez—. Nosotras no somos las preferidas de Midas. No nos hemos ganado ese título y, por lo tanto, no gozamos de la misma protección que tú. Por eso nosotras estamos aquí, apretadas y apelotonadas mientras tú puedes pasearte a tus anchas por el campamento.
Todas las monturas asienten con la cabeza. Sus miradas son como puñales afilados y sé que les corroe la envidia, el odio, el desprecio. No se molestan en disimular que me aborrecen y esa inquina tan manifiesta me incomoda demasiado.
Ojalá pudiera gritarles que están equivocadas, que nadie va a hacerles ningún daño. Pero la verdad es que no lo sé a ciencia cierta y no quiero hacerles falsas promesas, ni crear falsas esperanzas. No me lo perdonaría.
—¿Sabéis dónde tienen a nuestros guardias reales? —pregunto casi con un hilo de voz. La poca confianza que había logrado reunir antes de entrar en esta tienda se ha desvanecido.
—Ni idea —responde Gia, mientras se arrodilla, cruza las piernas y se sienta sobre ellas. Después tira del bajo de ese vestido sucio y andrajoso para cubrirse las rodillas—. Nos han separado, supongo que para que no tratemos de hacer algo peligroso, como escapar de este infierno.
Asiento de forma distraída y analizo esos rostros cansados y temerosos. No me extraña que estén tan irascibles, que se ataquen entre ellas y que estén a punto de tirarse al cuello de una de sus compañeras por una discusión absurda. Están viviendo un huracán de emociones, y no las culpo por ello.
Están asustadas, apiñadas en esa tienda como hormigas en un agujero, y es imposible tener un instante de soledad, de privacidad. Tienen los nervios a flor de piel y cualquier comentario, por bienintencionado que sea, puede provocar un seísmo. Son las prisioneras del ejército más temido y más cruel de Orea, y les aterra la posibilidad de que en cualquier momento los soldados entren en esa tienda para abusar de ellas, maltratarlas, violarlas. Quizá yo también me enfadaría si no tuviese espacio para estirar las piernas o si compartiera camastro con alguien cuyo olor corporal me resulta insoportable.
Mis ojos vuelven a posarse en Rissa. Noto el peso de las palabras que no me he atrevido a decir en la lengua y siento que me cuesta hablar.
—Rissa, ¿puedo hablar contigo un momento?
Ella me observa sin parpadear, pero distingo un brillo cómplice en el océano azul de su mirada. Me empiezan a sudar las manos dentro de los guantes y, de repente, una pregunta empieza a retumbar en mi cabeza como si fuese un tambor.
Perdimos nuestros equipajes en el ataque pirata, por lo que llevamos el mismo vestido que teníamos puesto la noche que el capitán nos encerró en su camarote. Me pregunto si a ella también se le pone la piel de gallina cada vez que rememora ese fatídico episodio, si aún distingue el nauseabundo hedor de ese bárbaro en los pliegues de su falda. Me pregunto si ella también lo lavó a conciencia, como hice yo, si ha logrado limpiar las manchas de sangre.
Nos miramos en silencio, como si se tratase de un duelo. El resto de las monturas nos observa con los ojos como platos. La tensión se podría cortar con un cuchillo. Retuerzo las manos y, aunque no puedo comprobarlo, siento que mis tripas también se retuercen.
La pregunta no deja de rondarme por la cabeza, es como un buitre que dibuja círculos en el aire mientras vigila a su presa.
¿Se lo habrá contado?