Destello

Destello


Capítulo 17

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17 Auren

Rissa me observa con esos ojos de color zafiro, pero la expresión de su hermoso rostro es indescifrable. No me sorprende. Rissa es hermética y sabe muy bien cómo interpretar su papel. No es una mujer impulsiva que, en un arrebato de pasión, sea capaz de revelar un secreto o delatar a una compañera.

Tampoco puedo juzgar a las otras monturas. Son expertas en fingir y unas maestras en el arte de elaborar acertijos y jugar con el doble sentido de las palabras.

—¿Puedo hablar contigo, por favor? —insisto. Ya no soporto más este silencio inquisidor.

Rissa me está mortificando públicamente y cada segundo es peor que el anterior.

De repente, pestañea y desvía la mirada hacia mi labio inferior, que en ese preciso instante me estoy mordisqueando porque estoy hecha un manojo de nervios. Conoce mi secreto más importante, mi secreto mejor guardado, y no sé si se lo ha contado a alguien. No tengo ni idea de lo que está pensando, y eso me inquieta.

Al fin, se levanta.

—Claro, hablemos.

Se me escapa un bufido de alivio que todo el mundo oye, pero me da lo mismo. Con el corazón amartillándome el pecho, miro a mi alrededor en busca de un rincón un poco apartado para poder charlar con Rissa en privado. Imposible, el espacio es demasiado pequeño y todos oirían la conversación.

Rissa da un paso al frente.

—Ven. Los guardias nos dejan salir varias veces al día para estirar las piernas —dice, y eso hacemos.

Pero en cuanto ponemos un pie fuera, Lu se vuelve y me fulmina con la mirada. Rissa se dirige a los guardias.

—Voy a estirar un poco las piernas, muchachos —dice con esa sonrisa coqueta y amable que ha perfeccionado con el paso de los años mientras acaba de trenzarse un mechón de pelo con aire presumido e inocente. Hace días que lleva el mismo vestido, que no se pasa un cepillo por el pelo, pero aun así se las ingenia para seguir luciendo hermosa.

Uno de los guardias nos mira con los ojos entrecerrados, como si no acabara de fiarse de nosotras.

—Ya conoces las normas. De una en una.

—Podemos hacer una excepción —interviene Lu, que sigue mirándome fijamente—. Aquí nuestra Ricitos Dorados no se alejará demasiado, ¿verdad?

—No, no —respondo de inmediato.

El soldado tuerce el gesto, claramente molesto, pero no le queda más remedio que dar su brazo a torcer.

—Una vuelta a la tienda, nada más.

—Por supuesto —ronronea Rissa, y después se da media vuelta.

Empezamos a trazar un círculo alrededor de la tienda de las monturas y, bajo la oscuridad que nos brinda la noche, tengo la impresión de que gozamos de total privacidad.

No voy a negar que estoy como un flan; diría que incluso me tiembla todo el cuerpo mientras caminamos en silencio. Con el rabillo del ojo veo que Rissa roza la tela de la tienda con un dedo. Se oyen las voces amortiguadas de las monturas, que, por lo visto, son incapaces de mantener la paz durante más de cinco minutos seguidos.

—Ya sabes lo que voy a preguntarte —digo al fin, rompiendo así el silencio.

—¿Ah, sí? —responde Rissa con falsa modestia.

Qué desesperación. Estoy a punto de perder la paciencia y, para colmo, Rissa no piensa ponérmelo fácil. Lo sabía, sabía que me tendría con el alma en vilo durante unos minutos más.

Vivimos un episodio traumático con el capitán Fane, pero eso no significa que se haya convertido en mi aliada.

Andamos con paso de caracol para alargar ese momento pero sé que el tiempo apremia, así que decido insistir.

—¿Se lo has contado a alguien? —pregunto con un hilo de voz.

La única luz proviene de una luna eclipsada por nubarrones color ceniza.

—¿Contarle a alguien el qué? —responde ella como si tal cosa.

Aprieto la mandíbula, exasperada.

—¿Le has contado a alguien lo que le hice al capitán de los piratas?

La pregunta queda suspendida en el aire, como los copos de nieve que revolotean a nuestro alrededor. Pero una vez más, no contesta. Su silencio me resulta agónico. Al pasar junto a un farolillo que cuelga de la tienda vecina, su melena rubia se vuelve pelirroja.

Y, por fin, alabado sea el gran Divino, decide contestar.

—No se lo he contado a nadie.

Me llevo una mano al pecho y suelto un suspiro de tranquilidad.

—Gracias al Divino —murmuro, y de mis labios sale una nubecilla de vaho.

De repente, Rissa frena en seco y se vuelve para mirarme.

—Todavía —puntualiza.

Tendría que habérmelo imaginado. Demasiado bonito para ser cierto. Esa sensación de alivio y serenidad ha sido tan efímera que ni siquiera me ha dado tiempo de disfrutarla.

Observo su mirada. Ese azul tan puro y tan brillante no es más que un espejismo de bondad e inocencia, pues esconde una oscuridad siniestra.

—Me prometiste que no dirías nada —le recuerdo.

—Tengo que hacer muchas promesas, pero eso no significa que las cumpla todas —dice con un tono mordaz. Es una advertencia—. Por cierto, ¿cómo funciona?

Frunzo el ceño, sorprendida. No me lo puedo creer.

—Acabas de admitir que quizá no cumplas con tu promesa. ¿En serio crees que voy a contarte algo más?

Ella se encoge de hombros y se sacude unos copos de nieve del pelo.

—Quiero saber cómo funciona.

—¿Cómo funciona qué?

Rissa sonríe. Le acabo de pagar con su misma moneda y, al parecer, eso le divierte.

—Olvídalo. Supongo que cuando el rey Midas te tocó y te convirtió en oro, también te traspasó parte de su poder mágico. Y no quiere que nadie se entere de ese secreto —explica en voz baja.

Creo que el corazón me ha dejado de latir.

Rissa estudia mi expresión durante unos segundos y, aunque no sé qué diablos ha podido intuir, esboza una sonrisa victoriosa.

—Por eso se niega a convertir en oro a nadie más. No porque tú seas su única e inigualable preferida, sino porque no quiere volver a cometer el mismo error de compartir su magia con alguien que no la merece.

No está hablando conmigo, sino pensando en voz alta, tratando de plasmar en palabras lo que ha vislumbrado en mi mirada, en mi expresión.

Echo un vistazo a nuestro alrededor para cerciorarme de que seguimos a solas. Aunque ambas estamos murmurando, me aterroriza que alguien pueda estar escuchándonos a hurtadillas. Se me ha hecho un nudo en la garganta, como si tuviese un guijarro ahí atascado.

«Si algún día Midas llegara a enterarse de que hemos tenido esta conversación…»

—¿Siempre puedes usar su poder? ¿O solo en determinados momentos? —pregunta pensativa.

—Tienes que dejar de hacerme esa clase de preguntas, Rissa. No puedes contarle a nadie lo que ocurrió con el capitán Fane. Es un secreto que no se puede revelar, nunca —susurro mirando de un lado a otro. Mi voz temblorosa delata mi desespero, mi desasosiego.

Ella ladea la cabeza y sé que todos los engranajes de su cerebro están en pleno funcionamiento.

—¿Quieres mi silencio?

—Sí —respondo, haciendo especial hincapié en la palabra.

Advierto un destello en sus ojos, como el brillo que un pececillo advierte justo antes de morder un anzuelo.

—Está bien. Pero a cambio quiero oro.

Se me cae el alma a los pies. Aunque presentía que esto iba a ocurrir, albergaba la esperanza de que no pasara.

—Rissa…

Ella me mira sin remordimientos.

—En el mundo real, Auren, los secretos tienen un precio. Un precio que todos, incluso la chica dorada, tenemos que pagar.

Me entran ganas de echarme a reír, no porque esté equivocada, sino porque ha dado justo en el clavo.

Lo he perdido todo por culpa de los secretos. Dinero. Tiempo. Alegría. Momentos felices. He tenido que sacrificar mi infancia, mi libertad, mi propia felicidad.

La vida me ha enseñado que los secretos salen muy muy caros.

—Tengo que sobrevivir, igual que tú —añade Rissa con voz firme y decidida—. ¿Necesitas mi silencio? Bien, yo necesito oro. Ese es mi precio.

De repente, el tiempo parece ralentizarse y los segundos empiezan a alargarse. Ella mantiene la barbilla alta y la espalda bien recta, aunque presiento que está haciendo un esfuerzo por no retorcerse de dolor. Estoy segura de que aún no se ha recuperado del latigazo que el capitán Fane le asestó con su cinturón en la espalda, igual que yo tampoco me he recuperado de la patada que me dio en las costillas.

Sin embargo, las heridas que no dejan marca son las que más me inquietan.

Estoy a punto de desmoronarme y se me escapa un bufido alicaído.

—Siento que el capitán Fane se sobrepasara contigo —musito—. Siento haber dejado que llegara tan lejos.

Ella resopla.

—No estoy haciendo esto porque ese corsario se sobrepasara conmigo, y no quiero tu compasión. ¿Crees que es el primero que abusa de mí? Por favor, ese ha sido mi pan de cada día durante años. Además, en eso consiste mi trabajo como montura.

Sacudo la cabeza.

—Para, por favor. No banalices algo tan terrible y tan grave como es el abuso de una mujer. No finjas que no es nada. Al menos, no conmigo —digo—. Eres una montura real y, como tal, solo debes compartir lecho con el rey. Pero, más allá de eso, eres una mujer que merece ser tratada con amor y con respeto.

Esta vez estalla en una ruidosa carcajada; echa la cabeza hacia atrás y clava la mirada en ese cielo color plomizo del que siguen cayendo copos de nieve. Deja que esas motas gélidas aterricen sobre su rostro, se inmiscuyan por sus labios y le empapen su hermosa cabellera rubia.

Me cruzo de brazos en un claro gesto de enojo e irritación. Enrosco los dedos porque creo que así podré contener ese torrente de emociones.

—¿Se puede saber qué te parece tan divertido?

Rissa niega con la cabeza y reanuda el paseo que estamos dando alrededor de la tienda. Me apresuro en alcanzarla.

—Después de todo este tiempo, ¿sigues pensando que todo eso es verdad? —pregunta.

En ese preciso instante pasamos por delante de los guardias y Lu, lo cual no puede ser más oportuno; aprovecho esos instantes de silencio para reflexionar antes de hablar.

¿Tiene razón? ¿Sigo pensando que todo eso es real?

Si Rissa me hubiese planteado esa misma pregunta hace un par de meses, habría contestado ipso facto que Midas me quiere. Siempre me ha querido, desde el día en que me rescató.

Y sin embargo…

«El rey Midas me ama.»

«Oh, ya lo veo. Te quiere tanto que te tiene encerrada en una jaula.»

Ahí está de nuevo, esa grieta en el cristal, la misma que se formó cuando pensé que Midas me iba a entregar al rey Fulke.

Esa diminuta fisura se va extendiendo, como una telaraña cuyos hilos de seda se van entretejiendo para ir agrandándose y esa pequeña imperfección va deslustrando el amor y la devoción que siempre he sentido por él. Cada día que pasa me cuesta más ver a través del cristal. Pero ¿es culpa mía? ¿El comandante Rip está consiguiendo que los pilares que sostenían mi vida empiecen a tambalearse?

—El amor y el respeto existen —replico en voz baja cuando rodeamos la tienda y perdemos de vista a los soldados.

Quizá ahora mismo esté un poco confundida y me cueste definir qué siento por Midas, pero mis padres se amaban. Los recuerdos se han ido difuminando con los años, pero sé que se profesaban un amor incondicional, un amor verdadero.

—Tal vez tengas razón —acepta ella con un tono de voz más suave, más triste—. Pero, para mujeres como nosotras, el amor y el respeto son una quimera, una utopía.

Me hace esa confesión con la mirada puesta en el horizonte, para que las nubes absorban esas palabras y las desaten en forma de gotas de lluvia.

—Somos mujeres hermosas, de una belleza incomparable. Nuestra misión consiste en alimentar la lujuria de los hombres, en interpretar el papel de seductoras. Pero el amor verdadero es algo inalcanzable para nosotras, Auren. Las únicas mujeres de Orea que son tratadas con respeto y veneración son las que ostentan un trono. Incluso en esos casos, siempre estarán en segundo plano, siempre serán «las esposas de». A estas alturas, creo que ya deberías haberte dado cuenta.

—El rey Midas…

Rissa no me deja terminar.

—El rey Midas es justamente eso, un rey. Y todos los reyes, sin excepción, ambicionan una cosa sobre todas las demás. Poder.

El pesimismo que rezuma su lengua es un veneno que no parece tener antídoto.

—Oro, Auren —repite en voz baja—. Si quieres que te guarde el secreto, quiero oro.

—No puedo convertirte en oro —le explico, y me froto los ojos mientras los bajos de nuestras faldas siguen barriendo la nieve.

Rissa es una mujer lista y no va a rendirse tan fácilmente.

—¿Puedes utilizar su poder pero solo de vez en cuando? Tiene sentido. Recuerdo que aquella noche terminaste agotada, al borde de la extenuación. Llegué a pensar que te ibas a desmayar después de transformar al capitán en una escultura de oro macizo y con los pantalones bajados hasta los tobillos.

—Sí, estuve a punto de perder el conocimiento.

El miedo y la adrenalina me ayudaron a seguir adelante. Rissa se queda callada y pensativa durante unos instantes. Damos una vuelta más a la tienda y volvemos a pasar por delante de Lu y los guardias. Mi escolta me dedica una mirada mordaz para advertirme de que se me está acabando el tiempo.

—¿El rey Midas puede saber cuándo has utilizado su poder? —pregunta Rissa.

—¡Chist! —le ruego al oír la pregunta, y echo un vistazo atrás para asegurarme de que no nos han oído. No nos están prestando la más mínima atención. Lu está jactándose de que ha ganado la ronda y los dos soldados no dejan de refunfuñar de que es la suerte del principiante.

Me tranquilizo un poco al doblar la esquina, aunque la indiscreción de Rissa me saca de mis casillas.

—Si querías hacerte con un buen alijo de oro, deberías haberte llevado un buen pedazo del castillo de Alta Campana —murmuro.

—¿En serio crees que los guardias no nos vigilaban? Se pasan las veinticuatro horas del día inspeccionando cada centímetro del palacio —rebate Rissa, y me mira como si fuese idiota—. No soy tan estúpida. Puedo contar con los dedos de una mano las monturas que se atrevieron a robar un minúsculo pedacito de oro. A todas las pillaron. A todas, sin excepción. Ninguna se fue de rositas y, créeme, su destino no les mereció la pena.

Trago saliva y, sin querer, mi mente empieza a elucubrar toda clase de castigos. Jamás me había imaginado que Midas fuera tan quisquilloso con el oro y no tenía ni la más remota idea de que se llevaban a cabo minuciosas inspecciones para asegurarse de que nadie robaba nada del castillo, ni siquiera un trocito de la propia estructura.

—El oro que me consigas debe ser nuevo, no puede provenir de nada que el rey posea o haya tocado. Convierte las malditas cucharas de hojalata en oro si quieres, me da lo mismo. Pero necesito una cantidad considerable, tenlo en cuenta.

La idea de pasarle oro de contrabando empieza a atormentarme.

—¿Una cantidad considerable para qué? ¿Qué piensas hacer con el oro?

—Comprar mi contrato.

La respuesta es rápida y sucinta, por lo que intuyo que lleva tiempo planeándolo.

—Pero… el contrato de una montura real tiene un precio prohibitivo, casi inalcanzable. Necesitarías…

—Una cantidad ingente de oro —termina ella, y asiente con la cabeza—. Lo sé. Ahí es donde entras tú.

Sacudo la cabeza con vehemencia.

—Es imposible acumular todo ese oro sin levantar sospechas. El rey se enteraría.

—Jamás dejaré que eso ocurra. No pretendo que me pillen con las manos en la masa. Mi vida no puede acabar con mi cabeza clavada en una pica de oro.

—Esto es ridículo, Rissa.

—Cuando el jinete se queda satisfecho con el trabajo de la montura, suele darle una moneda extra. No es algo tan insólito —explica—. A lo largo de los años, muchos han sido los clientes que me han dado una propina.

—Pero…

Rissa hace un gesto con la mano para hacerme callar.

—Es muy sencillo, Auren. Intercambiaré todos los trocitos de oro que me des por monedas. Y cuando haya atesorado una buena cantidad, compraré mi contrato. Si el rey me pregunta de dónde he sacado esa fortuna, le diré que he ahorrado cada moneda extra que me he ganado durante los últimos siete años. Incluso comentaré que el capitán Fane disfrutó tanto de mi compañía que me regaló una suma muy generosa —dice, y sonríe con satisfacción—. El rey me creerá. Soy su mejor montura.

No puedo rebatir ese exceso de confianza porque en el fondo sé que es cierto. Lleva muchísimos años al lado de Midas y es la montura más seductora y profesional que jamás he visto.

—Por fin seré mi propia jefa —murmura, y se detiene en la parte trasera de la tienda.

En su voz percibo una seguridad inquebrantable, un deseo con el que lleva soñando mucho tiempo. Rissa es obstinada, y luchará con uñas y dientes para conseguirlo. Sé que cualquier intento de disuadirla o hacerla cambiar de opinión será en vano. Está decidida.

De repente, a Rissa se le iluminan los ojos.

—Libertad, Auren. Por fin seré una mujer libre, y tú vas a ayudarme a conseguirlo —continúa. Toma una bocanada de aire, como si ya pudiese saborear las mieles de tan ansiada libertad—. Tú me ayudas a comprar mi contrato real y a proporcionarme todo el oro que pueda necesitar para empezar de cero en otro lugar y yo guardaré tu secreto. Para siempre.

—Es un precio muy alto.

—Es un precio justo —recalca Rissa.

—Algunos dirían que hay secretos que se guardan por lealtad.

—Solo soy leal a mí misma —responde ella, sin un ápice de culpabilidad ni de vergüenza.

No puedo culparla por ello. En este mundo, ser noble, fiel y fidedigno a otras personas puede ser muy muy peligroso.

—No pretendo ir pregonando tu secreto, Auren. Pero estoy dispuesta a hacer lo que sea para ganarme la libertad.

No me cabe la menor duda. Es evidente que ha tomado una decisión y no hay marcha atrás. Piensa conseguir la libertad cueste lo que cueste, lo cual me pone en una situación más que comprometida. Sin embargo, no estoy enfadada con ella. Quiero ayudarla.

Solo espero que las cosas no se vuelvan en mi contra y acabe pagando yo las consecuencias.

—De acuerdo —digo. No me ha quedado más remedio que ceder. Rissa deja escapar un largo suspiro, por lo que intuyo que estaba ansiosa por oír mi respuesta.

—Ni una palabra de todo esto a nadie y te prometo que tendrás tu oro. Un solo pago. Suficiente para comprar tu libertad y empezar una nueva vida en otra parte. Nada más.

—¿Cuándo? —me pregunta, y percibo el brillo de la impaciencia en su mirada.

Me estrujo el cerebro tratando de pensar qué puedo hacer y cómo puedo hacerlo. Nadie puede enterarse. Y, mucho menos, Midas.

—Ahora mismo no puedo transformar nada en oro. Lo haré cuando estemos de vuelta con el rey Midas.

—¿Por qué? ¿Necesitas tocar al rey para absorber su poder? —pregunta, y ladea la cabeza. Está ávida por recopilar más información.

Le lanzo una mirada letal.

—Cuando lleguemos al Quinto Reino, Rissa. Es todo lo que puedo ofrecerte. O lo tomas o lo dejas.

Silencio. Pero unos instantes después asiente.

—Trato hecho.

Regresamos a la parte delantera de la tienda en silencio y pasamos junto a los guardias una última vez.

—Se os ha acabado el tiempo —anuncia Lu.

—Ya habíamos terminado —le asegura Rissa con una sonrisa amable y bondadosa.

Pero esa sonrisa se desvanece cuando frena en seco frente a la portezuela de la tienda y casi choco con ella. Por suerte, logro esquivarla. Ese arrebato me ha pillado por sorpresa y, cuando la miro, parpadeo varias veces, mostrándole así mi confusión.

Ella me atraviesa con una mirada glacial y baja el tono de voz.

—En cuanto lleguemos al Quinto Reino.

Digo que sí con la cabeza.

Siento que está tratando de desnudarme con la mirada. Me escudriña de arriba abajo para tratar de descifrar mi expresión y lenguaje corporal, para asegurarse de que mi promesa es sincera y de que pretendo cumplirla. Está tan cerca que incluso noto su aliento en mi mejilla. Las llamas de la hoguera transforman su rostro angelical en una mueca demoníaca.

—No faltes a tu palabra, Auren —murmura, y en su voz advierto fuego, uno que yo misma he avivado—. Si no cumples tu promesa, te juro que encontraré a alguien dispuesto a ofrecerme un acuerdo igual de suculento.

Sin mediar más palabra, Rissa se da media vuelta, entra en la tienda y me deja ahí, con la palabra en la boca, con una tremenda amenaza suspendida en el aire y con una duda rondándome por la cabeza: ¿quién de las dos terminará quemándose?

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