Destello
Capítulo 18
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18 La reina Malina
El claustro es la estancia que más detesto de todo el castillo.
Antes me encantaba. Cuando estaba lleno de plantas que mi madre cuidaba con cariño y esmero, cuando el aire que se respiraba aquí olía a tierra húmeda y a flores y a vida.
Ahora no es más que una tumba gigante.
Centenares de plantas, todas muertas y todas atrapadas dentro de su féretro dorado. El techo abovedado del claustro es de cristal, y el resplandor grisáceo y siniestro que ilumina la estancia hace que sea imposible escapar de ese brillo dorado tan vulgar y ordinario.
Cada una de esas plantas me trae un recuerdo.
Los dedos de mi madre manchados de tierra, su sonrisa cuando dejaba las tijeras de podar en mis manos. El tarareo de su voz mientras serpenteaba entre la infinidad de pasillos y regaba cada rosal de pitiminí, cada nuevo brote.
Entonces me fascinaba. Ahora me pone la piel de gallina.
Por supuesto, como reina regente, me veo obligada a venir aquí más a menudo de lo que me gustaría. Por caprichos del destino, es el salón que todos los nobles que vienen de visita a palacio insisten en ver con sus propios ojos. Lady Helayna se detiene y los pliegues del vestido acarician unos tulipanes perfectamente dispuestos, algunos un pelín inclinados por el peso de los pétalos.
Los ojos le hacen chiribitas. Tiene una melena negra que brilla tanto que podrías reflejarte en ella. Hoy se la ha recogido en un moño alto y desenfadado. Esta condesa, además de ser la viva imagen de la finura y la elegancia, pertenece a una de las familias más pudientes del Sexto Reino y ahora es su máxima representante. Una posición de poder muy poco frecuente para una mujer de familia influyente.
—Esto es extraordinario —dice. Se queda maravillada al ver la fuente de oro macizo.
Trato de admirar el claustro desde su perspectiva. La condesa roza las diminutas ondas del agua estancada con las yemas de los dedos mientras observa los chorros, que parecen haberse quedado congelados en el tiempo y ahora se asemejan más a cortinas doradas. En el fondo de aquel pozo antaño convertido en una preciosa fuente se advierte una salpicadura de agua que jamás volverá a su cauce, que jamás volverá a ser fresca y transparente. Un agua que no recuperará su pureza y que nadie podrá volver a beber para aliviar la sed. El agua que antes salía disparada de la parte superior ha quedado suspendida en un arco casi perfecto, un arco de oro sólido del mismo grosor que mi brazo.
—Roza la perfección, reina Malina. Es un espacio arrebatador.
—Me alegro de que os guste, lady Helayna. Debería haberos invitado a Alta Campana hace años.
—Sí, debo admitir que me siento afortunada por disponer de algo de tiempo libre para disfrutar de estos pequeños placeres —dice, y se atusa la parte delantera de la falda.
—¿Cómo os va? —pregunto, y empiezo a encaminarme hacia la salida a propósito. El viento sopla con fuerza y la nieve golpea los ventanales de cristal como si fuera un ejército de fantasmas furiosos. Una señal más de que esta estancia me persigue, me acecha. Lady Helayna intenta aflojarse la gasa transparente que recubre el cuello del vestido. Hace más de un mes que esconde el rostro tras un velo negro, pues sigue de luto. Tan solo se lo quita en los confines de su hogar o en presencia de la realeza.
—Oh, me las apaño bastante bien, su majestad.
El sonido de nuestros zapatos de tacón retumba en ese inmenso espacio y, aunque lo que más me apetece en este momento es huir de aquí a toda prisa, consigo mantener un paso lento y calmado. De repente, la condesa se para frente a las ramas de vid que se arrastran por la pared y no puedo evitar rechinar los dientes.
—Imagino que desde que falleció vuestro esposo las cosas no han debido de ser nada fáciles para vos —digo con voz amable y compasiva, y le sostengo las manos entre las mías en un gesto de consuelo cuando, en realidad, lo hago para distraerla de esa pared chabacana y guiarla hacia la salida.
Ese entramado de vides doradas puede resultar tentador a la vista, pero a lo largo de los años he descubierto que todo lo que contiene este castillo es insidioso, pérfido. Cada tallo, cada hoja y cada flor no son más que la carnaza de una trampa.
Lady Helayna hurga en su bolsillo y saca un pañuelo para secarse las lágrimas. Poco a poco, nos vamos acercando a la puerta.
—Sí, añoro a mi Ike. Era un hombre de buen corazón.
Era un infiel, como todos los demás, pero prefiero guardármelo para mí.
Agacho la cabeza.
—Lamento mucho no poder haber asistido a su funeral.
—Oh, ya asumí que tendríais quehaceres más importantes, su majestad. Supongo que estáis muy ocupada dirigiendo el reino —asegura, y se guarda el pañuelo.
Y justo cuando creía que había logrado salirme con la mía, la condesa repara en la jaula que ocupa el otro extremo de la sala y se detiene en seco. Los barrotes de oro, además de rodear esa pajarera horrenda, se extienden hacia un pasadizo abovedado que conduce a otra estancia.
—Qué extraño —murmura, y se fija en el montón de almohadas y cojines de seda que todavía están repartidos por el suelo, como si la mascota de Tyndall siguiese holgazaneando por aquí día y noche.
Cuando mi marido me informó de que iba a ampliar las jaulas de Auren para que pudiese acceder al claustro, monté en cólera. Esta estancia, a pesar de que ahora la aborrezca, sigue siendo mía.
Mi madre atendía este precioso jardín, antaño a rebosar de plantas verdes y frondosas y ahora convertido en un cementerio repleto de tumbas metálicas. Aquí fue donde ella decidió pasar sus últimos días de vida; hizo traer el que sería su lecho de muerte hasta aquí arriba para morir rodeada de naturaleza y de verdor, para poder disfrutar del perfume de las flores hasta su último aliento.
Tyndall se cubrió de gloria el día que trajo a su preferida aquí. Jamás le perdonaré que permitiese que Auren campara a sus anchas por el claustro, pues fue allí donde mi madre fue más feliz y también donde falleció.
Quizá fue entonces cuando empecé a odiarle de verdad.
—¿Su majestad?
Miro a lady Helayna algo aturdida y pestañeo varias veces para volver a la realidad. Estaba tan absorta en mis pensamientos que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba inmóvil y con la mirada clavada en la jaula.
Sacudo la cabeza y le dedico esa sonrisa fingida que llevo tantos años practicando.
—Os ruego que me perdonéis. Me temo que se avecina una buena tormenta —miento, y señalo los enormes ventanales, que están justo detrás de la jaula, con la barbilla.
Ella asiente y desvía la mirada hacia la bóveda de cristal, donde ya ha empezado a cuajar la nieve. El cielo se ha transformado en un lienzo pintado de gris, un lienzo lúgubre y agorero.
—Debería marcharme antes de que empeore.
—Permitidme que os acompañe a la salida.
Pasamos junto a cuatro de mis guardias personales que están custodiando la puerta del claustro. Oigo sus pasos firmes y seguros tras los nuestros en cuanto empezamos el eterno descenso por las escaleras.
—Gracias por haberme invitado a tomar el té y por este agradable paseo por vuestro claustro, su majestad.
—No hay de qué. Espero que volváis algún día —contesto.
Espero y confío en que la condesa se arme de valor y saque el tema que las dos llevamos eludiendo toda la tarde, pero no dice ni mu. Aprieto la mandíbula de nuevo.
Cuando llegamos a la primera planta, las doncellas de lady Helayna ya están ahí, con su abrigo y sombrero en mano. Lo primero que hace tras ajustarse el sombrero es deslizar el velo por encima, ocultando así su rostro tras esa tela de gasa negra que simboliza el duelo.
Una de las doncellas la ayuda a ponerse el abrigo y es entonces cuando llega el momento de la despedida. Mantengo esa sonrisa afectuosa pero la realidad es muy distinta: estoy que echo humo por las orejas. Repaso la charla que hemos tenido y me reprendo por no haber dado con una táctica mejor, una táctica que hubiese funcionado. Es evidente que la estrategia que he elegido ha sido un fiasco. Y, al mismo tiempo, empiezo a cavilar a qué nobles podría persuadir sin la ayuda de la condesa.
Lady Helayna hace una pomposa reverencia y las faldas del vestido besan las baldosas de oro.
—Mi reina.
Le ofrezco la mano con una sonrisita más forzada e hipócrita de lo normal. Un día entero. Le he dedicado un día entero para nada, y encima…
Ella acepta mi mano y la estrecha con fuerza antes de inclinarse en una reverencia. Y es entonces cuando su expresión afable se torna más oscura y en su mirada advierto la sombra de la conspiración.
—Podéis contar con mi apoyo incondicional para gobernar el Sexto Reino y ocupar el lugar de vuestro marido.
Me quedo petrificada. La sensación fresca y revitalizante de la victoria se extiende por todo mi cuerpo, como si me estuviese sumergiendo en una bañera repleta de cubitos de hielo. El frío actúa como un bálsamo en mi espíritu y ese triunfo, aunque pequeño, me acerca un poquito más a recuperar el control absoluto de mi reino.
No tuve la suerte de nacer con un talento mágico, pero pienso demostrarle a Tyndall, a la corte, a todo mi reino, que yo también albergo un poder excepcional. Y gracias a él, el Sexto Reino prosperará y alcanzará la grandeza que se merece. Se convertirá en un reino fuerte e indestructible. Yo me convertiré en una reina fuerte e indestructible.
—Sin embargo, no estoy en disposición de hablar en nombre de las otras familias de la nobleza. Como entenderéis, las dudas o reservas que puedan tener otros aristócratas escapan de mi control —dice, y me entran ganas de poner los ojos en blanco—. Los Colier han dirigido el Sexto Reino durante generaciones, y así debe seguir siendo. Vos podéis gobernar Alta Campana, y el rey puede continuar ofreciendo su ayuda y asesoramiento al Quinto Reino y asegurar nuestras fronteras.
Esta vez, la sonrisa que dibujan mis labios es genuina. Que una mujer herede el papel de cabeza de familia no es algo habitual en la sociedad en la que vivimos, y sabía que era la oportunidad perfecta para ganarme un apoyo fundamental dentro del círculo de la nobleza. Una tarde en el claustro ha bastado para metérmela en el bolsillo.
Tener a la condesa de mi lado me servirá para ganarme la confianza de otros aristócratas. Sé de buena tinta que conversan entre ellos y según me han informado admiran y respetan a lady Helayna, por lo que intuyo que pueden dejarse influir por sus opiniones y decisiones. Si consigo que todas las mujeres respalden mi propuesta, la victoria será aplastante.
No todas las mujeres ostentan la misma posición que lady Helayna y, por supuesto, muy pocas son cabezas de familia, pero sé con certeza que todas, sin excepción, tienen su propio parecer en temas tan espinosos y peliagudos como la política, temas que debaten con sus maridos, que sí tienen voz y voto. Si se hace con astucia, y con disimulo, las opiniones de una esposa pueden transformarse en las ideas que hombres ignorantes defienden a capa y espada. Una mujer inteligente sabe manipular el inconsciente de un hombre.
—Os lo agradezco, lady Helayna. La corona os estará eternamente agradecida por vuestro apoyo.
—Las mujeres debemos ayudarnos porque la unión hace la fuerza —dice, y me parece advertir una sonrisa remilgada detrás del velo—. Que disfrutéis de lo que queda de día, su majestad.
—Y vos también —contesto, y agacho la cabeza con gesto cómplice.
En cuanto lady Helayna se da media vuelta y se marcha, todos mis asesores aparecen de repente, como aves de rapiña que descienden en picado para agarrar a su presa.
—Su majestad.
—Cuento con el favor de lady Helayna —comento con aire engreído, y los miro a los tres. Barthal, Wilcox y Uwen. Mi marido les ordenó que se quedaran en palacio para tratar asuntos de gobierno. Ahora deben responder ante mí.
—¿En serio? —pregunta Wilcox, con evidente expresión de incredulidad en su anciano rostro.
Asiento.
—Tal y como os he dicho en varias ocasiones, caballeros, no hay nada de malo en que gobierne durante la ausencia de mi marido.
—Por supuesto, mi reina —concede Uwen, y se ajusta un poco el cinturón para que ese enorme tripón no caiga por encima—. Lo que nos preocupaba era que el rey Midas nos dio instrucciones muy claras antes de partir de viaje. Nos ordenó que continuásemos con los negocios como hasta ahora y que enviáramos un halcón si surgía alguna duda, pero también para mantenerlo informado de todo lo que acontecía en el reino. Él es quien toma las decisiones, y…
—Yo seré quien tome las decisiones.
Llevo semanas trabajando día y noche para ganarme el respeto de mis súbditos, para demostrarles que soy más que una mujer florero y que puedo dirigir un reino igual, o incluso mejor, que Tyndall, y esos tres mequetrefes son mis mayores detractores. Ni siquiera se molestan en esconder su escepticismo. Y por eso me he dedicado en cuerpo y alma a ponerles en su lugar y a hacerles ver que se equivocan.
—Aunque creo que os lo he comentado antes, no me importa repetirlo. No hace falta enviar ningún halcón mensajero. Todas vuestras dudas y preocupaciones las compartiréis conmigo —sentencio.
Me vuelvo y empiezo a subir la escalinata. Aunque me avergüence reconocerlo, debo decir que me produce un inmenso placer que me sigan a todas partes, como perritos falderos que no son capaces de separarse de su amo.
—Pero los nobles… —empieza Barthal.
—Los nobles, como habéis podido ver a lo largo de esta semana, son leales a la familia Colier —respondo con total seguridad. No se oyen mis pasos porque esa alfombra dorada amortigua el sonido.
—Te has reunido con muchos nobles esta semana, eso es cierto —admite Barthal.
—Sí, y ninguno de ellos duda de que el Sexto Reino esté en buenas manos —puntualizo.
—Sin embargo, me temo que este cambio de poder que estás promulgando en el reino puede inquietar a algunas de las familias más respetadas e influyentes, y no podemos permitirnos ninguna discrepancia —añade Uwen.
Me detengo de forma abrupta y me doy la vuelta. Mis guardias están un paso por detrás de mí y el trío de asesores en el descansillo de la segunda planta.
—Mirad a vuestro alrededor. Alta Campana puede permitirse cualquier cosa —digo con tono severo y mirada glacial—. Si surgen discrepancias en un futuro, me encargaré de ellas, pero, por ahora, quiero que continuéis convocando a la nobleza. Quiero reunirme con un miembro de todas las familias aristócratas de Alta Campana. Sin excepciones.
Se miran entre ellos. Están intranquilos, ansiosos incluso. Quieren hacerme una pregunta, una que les atormenta, lo sé, pero no tienen agallas. Ninguno se atreve a preguntarme qué pretendo con ganarme el favor personal de la nobleza, qué intenciones escondo detrás de todas esas reuniones.
En el fondo, lo saben. O, como mínimo, sospechan que mi voluntad es que esos cambios sean permanentes, que el pueblo se arrodille ante mí, y no ante él.
Mi marido tiene poderes mágicos, una verborrea asombrosa y una capacidad de persuasión envidiable, pero yo tengo la sangre y la historia. Mis antepasados eran quienes gobernaban este reino, no los suyos. Su pasado es todo un misterio.
Como miembro de la estirpe Colier, conozco este reino como la palma de mi mano y, desde bien pequeña, me he codeado con la nobleza de Alta Campana, y sé muy bien cómo manipular su lealtad.
—Sí, su majestad —responde Uwen, y se inclina en una reverencia.
Los miro desde mi peldaño con desdén y frialdad.
—A menos que tengáis pensado seguirme hasta mis aposentos personales, creo que hemos acabado por hoy. Estoy cansada, y vosotros todavía tenéis trabajo por hacer. He redactado varias consultas y, de momento, sigo esperando qué habéis averiguado al respecto.
Wilcox se rasca la perilla.
—Sobre eso, su majestad. Las preguntas sobre nuestras fuerzas…
—Quiero que respondáis a todas mis preguntas, Wilcox.
—Lo sé, pero… —vacila, y entrecruza una mirada con sus compañeros, pero no encuentra su complicidad porque, de golpe y porrazo, Uwen parece fascinado con las baldosas del suelo y Barthal está ocupado arreglándose el broche de la solapa.
Wilcox resopla y me mira de nuevo.
—Perdóname si estoy hablando de más, pero esas consultas… Al leerlas, me ha dado la impresión de que te estás preparando para una guerra.
Le disparo una sonrisa benévola y, atravesándole con la mirada, bajo un peldaño. Y después otro, hasta llegar al descansillo. Me planto delante de Wilcox, que, pese a mantener la compostura, está como un flan. Abre esos ojos azules como platos mientras, en absoluto silencio, le atuso la insignia del Sexto Reino que lleva bordada en la túnica y le coloco bien el broche que adorna el cuello. Y entonces encierro el broche en el puño y tiro con fuerza. Ese gesto, un pelín agresivo, le pilla desprevenido y veo que se encoge de miedo.
Reprimo una sonrisa de regocijo y deslizo esa réplica de la famosa campana de oro para colocarla justo al nivel de la garganta.
—¿Recuerdas lo que el rey Colier, mi difunto padre, solía decir?
Wilcox traga saliva y dice que no con la cabeza. Está muy nervioso, porque la nuez se le mueve de arriba abajo.
—Te refrescaré la memoria. Dijo: «Ingenuo es el rey que no se prepara para un ataque. De los feudos que se extienden más allá de sus fronteras, pero también de quienes viven dentro de ellas» —cito. Suelto el broche y le miro a los ojos. Es entonces cuando caigo en la cuenta de que ha palidecido—. ¿No estás de acuerdo con tal afirmación, Wilcox?
Se le escapa un suspiro tembloroso por esos labios finos y ajados, y asiente con la cabeza.
—Sí, su majestad.
Con el rabillo del ojo, echo un vistazo a los otros dos asesores. Están estupefactos. A Uwen le sudan esas cejas espesas y pobladas y Barthal se ha quedado blanco como la cal.
Las palabras de mi padre me han ido como anillo al dedo para lanzarles una advertencia. Considero a mis aliados como una amenaza en potencia, y, si alguno de mis súbditos se atreve a entorpecer mis planes o a oponerse a mis decisiones, no me temblará el pulso. Lo desterraré.
—Espero que hagáis vuestras pesquisas y respondáis a todas mis consultas lo más pronto posible. Eso es todo, caballeros —digo, sin darles opción a réplica. Reconozco que disfruto viendo a esos asesores estirados tan agitados, tan nerviosos, tan sobrecogidos. Empiezo a subir de nuevo la escalinata, escoltada por mis guardias.
Al llegar al descansillo del segundo piso, apoyo la mano en la curvatura del pasamanos de oro y los miro desde ahí arriba.
—Oh, y hoy se ha suspendido el uso de todos los halcones mensajeros. Ningún mensaje podrá salir o entrar de palacio sin mi previa y expresa autorización.
Abren tanto la boca que por un momento creo que se les va a desencajar la mandíbula. Contengo la sonrisa y, un instante después, me doy la vuelta y me dirijo hacia mis aposentos a sabiendas de que cada día que pasa, cada reunión que mantengo, cada movimiento que hago, estoy un poco más cerca de sentarme en el trono de Alta Campana.
Cuando Tyndall quiera regresar al Sexto Reino, ya será demasiado tarde.