Destello
Capítulo 19
Página 23 de 47

19 Auren
He caído enferma.
Quizá esa horda de soldados me ha contagiado algo, o puede que sea por el estrés, o tal vez mi cuerpo ya no soporta ese frío glacial y eterno ni un segundo más.
Sea lo que sea, me da la sensación de que el cerebro me va a estallar dentro del cráneo. Hacía años que no me sentía tan débil, tan enferma. Este insufrible malestar me trae malos recuerdos de Zakir. Por aquel entonces estaba enferma día sí, día también. Igual que el resto de los niños.
Su negocio, que básicamente consistía en sobornar a críos con la promesa de una vida digna para después obligarnos a mendigar por las calles, iba sobre ruedas. Pero nunca tenía dinero para llevarnos a un médico, ni tiempo para cuidar de nosotros. No teníamos más remedio que soportar el dolor porque el muy canalla no estaba dispuesto a darnos ni un solo día de descanso. Decía que la gente se compadecía más por los niños enfermos, así que le iba de perlas.
Éramos muchos niños, por lo que teníamos que dormir muy apretados en camastros fríos, a veces incluso húmedos. La comida siempre era escasa y la higiene brillaba por su ausencia.
No me gusta recordar aquella etapa de mi vida. Tenía que hurgar en la basura en busca de sobras de comida. Desperdicios. Hubo días en que me alimenté a base de lo que otras familias tiraban. Aunque fuese un mendrugo de pan seco, tenías que llevártelo a la boca de inmediato porque si te descuidabas algún otro niño te lo había robado. Que cayéramos enfermos era lo mínimo que podía pasar.
Aun así, odio sentirme más débil de lo que ya estoy. Lo único que puedo hacer es intentar dormir y descansar y rezar porque nadie se percate de que soy más vulnerable que antes.
Casi suelto un bufido. El comandante sabe muy bien cuáles son mis talones de Aquiles. Y las monturas también, dicho sea de paso.
Han pasado tres días desde que Rissa puso precio a su silencio. Pero en estos tres días no he visto al comandante Rip ni una sola vez. Cada mañana, antes de que amanezca, me escabullo a hurtadillas de la tienda y echo un vistazo a su camastro. Y allí está cada madrugada, durmiendo como un lirón.
Cada noche, mientras los soldados están atareados montando el campamento, pruebo de escaparme para ir a ver a las monturas. Las dos primeras noches no lo conseguí. Unos soldados me mandaron de vuelta a la tienda, pero como soy más terca que una mula anoche volví a intentarlo. Los soldados que me habían visto con Lu estaban de guardia, así que me permitieron hacerles una visita. Aunque no salió como esperaba.
Las chicas no se dignaron ni a mirarme, salvo para escupirme sus frustraciones y quejas porque, según ellas, a mí me permiten campar a mis anchas por el campamento cuando a ellas no les dejan salir de esa tienda minúscula en la que viven hacinadas.
Al menos he podido confirmar que ningún soldado ha tratado de aprovecharse de ellas, al menos todavía. No voy a cesar en mi empeño, voy a seguir intentando abrir una brecha en esa coraza impenetrable para que se den cuenta de una vez por todas de que no soy su enemiga. Pero debo admitir que es descorazonador porque, hasta el momento, no ha servido de nada.
Solo para que me odien aún más.
Sin embargo, las monturas no son el único motivo por el que atravieso el campamento cada noche. Es la excusa perfecta para buscar a los halcones mensajeros.
Cada día voy por un camino distinto para poder trazar un mapa del campamento. La distribución es casi la misma cada noche. Sería pan comido si no fuese un ejército tan numeroso.
Ahora mismo me da muchísima pereza tener que andar por la nieve y lidiar con doce monturas furiosas que me echan la culpa de todos sus males. Estoy demasiado cansada.
Al final decido tomarme la noche libre y dejarlo para mañana, cuando esta tremenda jaqueca haya mitigado un poco. Es como si las púas del comandante me estuvieran atravesando la cabeza.
«Y hablando del rey de Roma…»
La puerta del carruaje se abre. El resplandor grisáceo del atardecer ilumina la silueta de Rip. Le miro con los ojos entrecerrados.
Hoy no se ha puesto la armadura y no puedo evitar fijarme en que las costuras del abrigo de cuero están recubiertas de escarcha, como si se hubiesen congelado. Tiene el pelo un poco alborotado por el viento y no veo sus características púas por ningún lado.
—¿Te duele cuando las guardas? —pregunto, casi sin pensar.
Rip echa un vistazo a su antebrazo, como si le sorprendiera que sus púas no estuviesen al descubierto. Pensándolo bien, quizá mi pregunta le haya sorprendido.
—No.
—Hmm —murmuro, y me lamo los labios. Los tengo resecos y, al tragar, noto un ardor en la garganta horrible. Pero entonces me acuerdo de lo que quería hablar con él. Levanto la cabeza y cuadro un poco los hombros—. Quiero saber dónde están los guardias de Midas.
—¿Ah, sí? —pregunta él con voz grave, y apoya el hombro sobre el marco de la puerta del carruaje—. Bien, a mí me gustaría saber quién formaba parte de tu círculo más íntimo en el Sexto Reino.
Entorno los ojos y le lanzo una mirada afilada y punzante. Esta maldita migraña no me deja pensar rápido y tardo unos segundos en procesar sus palabras. Pero incluso cuando asimilo lo que acaba de decir, sigo un pelín confundida.
—¿Por qué siempre me haces preguntas tan extrañas? ¿Por qué quieres saber eso? —replico, a la defensiva y perpleja al mismo tiempo.
—¿Las monturas que visitas a diario son amigas tuyas?
Así que se ha enterado de que voy a verlas cada noche. Supongo que no debería sorprenderme. Aunque sí me asombra que no haya intentado impedírmelo.
Se me escapa una exhalación irónica mientras sacudo la cabeza y después me froto los ojos.
—Oh, sí. Me adoran. Nos trenzamos el pelo y nos contamos historietas sobre Midas tumbadas en la cama.
«Por el gran Divino, ¿en serio acabo de decir eso?» Creo que estoy más enferma de lo que pensaba.
Oigo una risita entre dientes.
—Interesante.
Me masajeo las sienes para tratar de mitigar ese dolor de cabeza, pero no sirve de nada. Siento que las garras de un águila me están rasgando el cerebro y, aunque la luz es tenue, me arden los ojos.
—¿Qué te parece tan interesante si puede saberse?
—Me parece interesante que no las consideres tus amigas y, sin embargo, te empeñes en ir a visitarlas cada noche. Me pregunto por qué lo haces entonces.
En boca cerrada no entran moscas. Me reprendo por haber sido tan metomentodo y haber iniciado una conversación cuando podría haber mantenido el pico cerrado y no interactuar con él. Pero soy demasiado curiosa, supongo.
—¿Piensas pasarte toda la noche plantado en la puerta de mi carruaje o me vas a dejar salir? Estoy agotada.
Rip inclina la cabeza hacia un lado y, de repente, las minúsculas púas que bordean la parte superior de sus cejas se vuelven más pronunciadas.
—¿Agotada? Qué raro, normalmente te zampas la cena de un solo bocado y sales escopeteada a ver a las monturas.
—Sí, pero como bien has dicho antes, no son mis amigas. Así que esta noche me ahorraré la excursión —espeto.
La charla con este hombre está empeorando el dolor de cabeza. Sé que me está analizando con esa mirada negra y siniestra, tratando de averiguar qué me ocurre.
—¿Estás enferma?
—Estoy bien. Y ahora, si no te importa… —digo, y señalo la portezuela del carruaje que él mismo está bloqueando.
Reconozco que no esperaba que se hiciese a un lado y me dejase salir tan fácilmente. Todavía no es noche cerrada pero los últimos rayos grisáceos del atardecer ya empiezan a desvanecerse. Inspiro hondo y esa bocanada de aire fresco es como un bálsamo instantáneo. Era justo lo que necesitaba después de pasarme todo el santo día encerrada en ese maldito carruaje.
Me empiezan a castañetear los dientes y me abrazo el cuerpo como si quisiese formar un escudo a mi alrededor. Trato de contener el tembleque creando esa especie de armadura que, además, puede servir para protegerme del comandante. Es un tipo hábil y sagaz, desde luego. Sabe cómo desnudarme, cómo encontrar esa minúscula brecha en mi corazón y descubrir lo que pretendo ocultarle. Y ahora mismo no tengo fuerzas para enfrentarme a él y eludir esas tácticas que, sin lugar a dudas, ha aprendido en el campo de batalla.
Por suerte, la tienda ya está instalada. Los soldados la han montado justo al lado del carruaje. Ahora mismo, lo único que me apetece es desplomarme sobre el camastro, hacerme un ovillo bajo un montón de pieles y no salir de ahí hasta que esa jaqueca cese y deje de amartillarme el cráneo.
Doy un paso y, de repente, empiezo a ver borroso y noto una punzada de dolor en la frente. Cierro los ojos en una mueca de dolor y siento que me fallan las piernas, como si ya no fuesen de carne y hueso, sino de gelatina. Creo que estoy a punto de desmayarme.
Rip es muy rápido de reflejos y, en un santiamén, siento sus dedos agarrándome del brazo para evitar que me caiga de bruces. Recupero el equilibrio gracias a él, y esa súbita sensación de mareo y desorientación desaparece de un plumazo, como si su brazo fuese la cadena de un ancla que creía haberse partido. Me balanceo, como una barca en el agua, y sigo bamboleándome mientras esa ancla me sostiene y me mantiene a flote.
Un segundo después, caigo en la cuenta de mi error…, no quiero depender de él. Abro los ojos de inmediato, me doy la vuelta y tiro del brazo para soltarme.
—¡No me toques! —grito, y miro a mi alrededor como un animal acobardado. El corazón me palpita tan rápido que por un momento creo que se me va a salir del pecho.
Vuelvo a sentir un ligero vahído, pero esta vez me adelanto y levanto las manos para advertirle que no se acerque ni un milímetro más a mí.
Rip endurece la mirada y, de repente, las púas empiezan a asomarse por las mangas y la espalda de su uniforme. Da la impresión de que han salido a la superficie para coger aire, como si pudiesen respirar. Cada uno de esos afilados aguijones se expande, como las costillas que conforman la caja torácica.
Su expresión es ahora severa, adusta.
—Apenas puedes mantenerte en pie. Estás enferma.
—Te he dicho que estoy bien.
Se acerca un poco más a mí, invadiendo así mi espacio vital, obligándome a echar la cabeza hacia atrás.
—Y yo te dije que no mintieras hasta que aprendieras a hacerlo mejor —murmura él; su voz se confunde con un gruñido grave, un sonido que me recuerda al de una sierra deslizándose por la madera—. Entra en la tienda. Enviaré al sanador.
Su orden me irrita sobremanera, porque eso era lo que pretendía hacer desde el principio. Pero me duele tantísimo la cabeza que no puedo pensar en una respuesta ingeniosa a la par que insolente. De hecho, con el comandante tan cerca ni siquiera puedo respirar.
Le maldigo en voz baja, me doy media vuelta con la mayor dignidad posible y me dirijo hacia la tienda. Centro toda mi atención en mis pies para no trastabillarme otra vez y noto su mirada clavada en la nuca hasta que entro en la tienda.
El interior de la tienda se siente aún un poquito fresco porque todavía no ha dado tiempo a que las brasas caldeen el ambiente, pero aun así me descalzo las botas repletas de nieve y me desabrocho el abrigo antes de dejarme caer sobre el camastro, que está justo a mano derecha, y de enterrarme bajo varias decenas de capas de pieles de animales.
Y justo cuando cierro los párpados para por fin echarme a dormir, alguien apoya la mano sobre mi frente. La cabeza me da vueltas y, por un instante, creo que es la mano de mi madre, que ha venido a desearme buenas noches.
Pero entonces reparo en los callos de la palma y en esa piel rugosa que se desliza por mi frente como papel de lijar.
Es imposible que sea ella, pues las manos de mi madre eran suaves y delicadas. Cuando me acariciaba, lo hacía con mimo, con ternura. En cambio, quien sea que me está tocando la frente lo hace con indiferencia, con frialdad.
Doy un respingo y, todavía un poco soñolienta, pestañeo varias veces hasta ver la cara de Hojat delante de la mía con perfecta nitidez. Tardo unos segundos en comprender que es su mano la que está acariciándome la frente y, de repente, me invade el pánico.
Me despierto horrorizada, me incorporo en el camastro y, actuando por puro instinto, mis veinticuatro cintas se desenroscan y se extienden tras de mí. Pero ahí no termina la cosa: las cintas de satén se echan hacia atrás para coger impulso y golpean al pobre sanador en el pecho con fuerza, asestándole un fortísimo empujón.
Con los ojos como platos y una expresión de consternación, Hojat suelta un alarido y su cuerpo, menudo y escuálido, sale volando por los aires. Todo ocurre casi en cámara lenta y yo observo la escena con estupefacción.
Se me escapa un grito ahogado al ver que su cuerpo por poco aterriza sobre las brasas. Pero el cuerpecillo de Hojat continúa dibujando un arco en el aire, y, al darme cuenta de que está a punto de estamparse contra los postes de la tienda, inhalo hondo y contengo la respiración.
Un segundo antes de que Hojat se estrelle contra esos palos de madera maciza, Rip aparece y agarra al sanador en el aire, evitando así lo que prometía ser una terrible desgracia.
El comandante, que ha demostrado tener unos reflejos extraordinarios, deja a Hojat en el suelo y, sin apartar las manos de sus hombros, espera a que su sanador de confianza recupere el equilibrio. Si se hubiera golpeado contra los postes, la tienda se habría venido abajo y, para colmo, Hojat se habría abierto la cabeza, como mínimo. Suelto el aire que estaba conteniendo en los pulmones en un largo y sonoro suspiro de alivio.
Durante unos segundos, nadie se mueve, nadie dice nada. Con las cintas extendidas a mi espalda, el único ruido que se oye en esa tienda es mi respiración entrecortada.
Cuando por fin consigo serenarme y reponerme del susto, desvío la mirada hacia la portezuela de cuero de la tienda y me percato de que tras ella solo hay una oscuridad absoluta, por lo que supongo que la cabezadita que me he echado ha durado bastante tiempo.
Mi reacción ha sido desproporcionada, incluso exagerada y, presa del pánico, les he mostrado mis cartas o, para ser más precisa, mis cintas doradas.
Hojat da un paso atrás y se pone derecho. En un arrebato de amor propio, yergue la espalda y cuadra los hombros.
—Bien, es evidente que eres una mujer fuerte, milady —bromea, y se ríe con nerviosismo mientras se frota la mejilla izquierda con una mueca de dolor.
Avergonzada, repliego las cintas y me recuesto sobre el camastro. Bajo esa montaña de mantas, todavía me tiemblan las piernas.
—Lo siento. No pretendía… —empiezo, y me aparto unos mechones sudorosos de la cara—. Es que… No me gusta que me toquen. Nadie puede tocarme.
Él me mira con una mezcla de pena y compasión.
—No quería asustarte.
Me armo de valor y deslizo la mirada hacia Rip. No sé lo que está pensando. Su expresión es indescifrable y en la negrura de sus ojos no consigo reconocer ninguna emoción. El comandante me perturba y, de inmediato, se me acelera el corazón.
Tengo la frente y la espalda empapadas en sudor. Me arrepiento de haberme quedado dormida bajo todo ese montón de pieles porque ya no tengo frío. De hecho, estoy acalorada y al borde del sofoco. Y todo por culpa de Rip, que me está abrasando con su mirada.