Destello

Destello


Capítulo 20

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20 Auren

Rip y Hojat siguen ahí, inmóviles y observándome como un par de pasmarotes. Me siento como una cría pequeña a la que han pillado robando comida a escondidas.

Hojat parece nervioso y abochornado, aunque a juzgar por cómo entrecierra esa mirada pardusca intuyo que siente una enorme curiosidad por los lazos satinados que acaban de arrojarle a la otra punta de la tienda.

—Así que puedes moverlos —dice Rip, rompiendo así el incómodo silencio que se había instalado.

Su tono es pensativo, como si no estuviese hablando conmigo, tan solo pensando en voz alta. Se rasca la barbilla y repasa con la mirada mis veinticuatro cintas, que en estos momentos están extendidas sobre el suelo.

No sé qué decir. Estoy atrapada entre la verdad y la mentira, entre dos paredes que amenazan con aplastarme si no tomo una decisión lo más pronto posible. Sé que la elección correcta no existe, pues ninguna de las dos opciones me protegerá.

Por eso siempre que he podido he optado por el silencio, porque a veces el silencio es lo único que puede salvarte. Eso hacen los deificados, los devotos que habitan el Reflejo del Sáhara en el Segundo Reino. En cuanto cruzan el umbral de esas puertas y hacen voto de silencio, no hay vuelta atrás. Les cortan la lengua y nunca más tienen que volver a elegir entre revelar la verdad o contar una mentira.

A veces envidio a los beatos porque han aprendido a engañar a esas paredes demoledoras. Agacho la mirada y entierro las manos temblorosas entre las faldas del vestido, un vestido desteñido, arrugado, húmedo y repleto de manchas que prefiero ignorar. No parece el vestido dorado y deslumbrante que una vez fue. El peso de esa tela andrajosa me resulta tan molesto e irritante como la mirada de Rip.

—Sabía que te había visto usarlas cuando te caíste de la rampa del barco pirata de los Bandidos Rojos.

Me mantengo en silencio. No puedo negarlo, pero tampoco tengo que admitirlo.

—¿Por qué las escondes? —pregunta curioso. El comandante no menciona el hecho de que he estado a punto de matar al pobre Hojat, como si no me considerase una amenaza. Supongo que para alguien como Rip no lo soy.

Doy un capirotazo a las cintas para instarlas a que se deslicen sobre el camastro. Acatan la orden ipso facto; se arrastran por el colchón y se hacen un ovillo a mi espalda.

—¿Por qué crees que escondo mis cintas? —replico, y se me quiebra la voz. Cada palabra suena como una rama al partirse—. ¿Debería mostrarlas siempre, dejarlas al descubierto para que todo el mundo las viera, para fanfarronear de ellas, igual que haces tú con tus púas?

Se encoge de hombros en un gesto de arrogancia.

—Eso es justamente lo que deberías hacer.

Resoplo.

—Qué fácil es para ti decirlo, comandante. Infundes terror, y nadie se atrevería a tocarte. Pero ¿a mí? —respondo, y agarro un puñado de cintas y las sostengo entre mi puño sudoroso—. No necesito otro motivo para que la gente me mire embobada y trate de ponerme una mano encima. Lo único que puedo hacer es esconderlas.

—¿Por eso no te gusta que te toquen?

Siento que estoy empezando a palidecer.

—¿Porque la gente… te ponía la mano encima para tocarlas? —insiste Rip, y señala las cintas con la barbilla.

Inspiro hondo pero me salvo de darle una respuesta porque, de repente, un ataque de tos seca me desgarra la garganta y rompe las costuras de su pregunta.

Hojat, que continúa paralizado en el otro extremo de la tienda, despierta del estado de shock al oírme toser.

—Perdón, comandante —murmura, y viene corriendo hacia mí.

Se arrodilla frente al camastro, abre el maletín donde guarda todos sus ungüentos y tratamientos y hurga en su interior.

—Sé que tienes fiebre y un buen resfriado. ¿Alguna otra dolencia, milady? ¿Las costillas, quizá?

Despido un bufido y me masajeo las sienes con los pulgares. La cabeza me está a punto de estallar.

—Me pica un poco la garganta y tengo jaqueca —admito—. Pero la lesión de las costillas está mucho mejor. Diría que ya me he recuperado.

El sanador me examina la cara.

—La mejilla y el labio tienen mejor aspecto.

Me acaricio el rostro.

—Sí, mucho mejor.

—De acuerdo, te voy a dar un remedio fabuloso. Te despertarás fresca como una rosa —dice, y saca tres viales y un paño en cuyo interior advierto varias hierbas medicinales. Hojat dispone todo sobre una manta de pieles, justo a mi lado, con sumo cuidado de no tocarme.

Echo un vistazo a esas minúsculas botellas de cristal.

—No tendrán intestinos hervidos dentro, ¿verdad?

Hojat niega con la cabeza y suaviza la expresión, que hasta el momento era de inquietud.

—Nada de intestinos esta vez, milady.

—Ese es el lado bueno —farfullo antes de ponerme a toser de nuevo.

Da un golpecito al vial que tengo más cerca. El líquido es aceitoso y de una tonalidad verdosa.

—Tómate la mitad ahora mismo, te aliviará la tos. No queremos que la infección llegue al pecho.

Como buena paciente, cojo el diminuto tubo de vidrio, retiro el tapón de corcho y vacío la mitad del vial. Pongo mala cara porque intuyo que el sabor va a ser muy desagradable, pero me llevo una grata sorpresa al notar un delicioso dulzor en el paladar.

—No está tan malo como creía —reconozco, y tapo el vial antes de entregárselo.

—He añadido unas gotitas de miel para disimular el sabor de los…

Alzo la mano enseguida.

—No me lo digas.

Sella los labios, aunque advierto un brillo de diversión en su mirada. Ya no me mira con recelo, ni tampoco con miedo, lo cual es un alivio.

—Si ves que la tos empeora, úntate una nuez de este ungüento en el pecho —indica, y señala la segunda botellita de cristal con el dedo—. Y por último, para calmar el dolor de cabeza, vierte el contenido del tercer vial en un paño, mézclalo con un poco de nieve y después coloca el paño sobre la frente. El frío de la nieve también te ayudará a bajar la fiebre.

Asiento y echo una ojeada a las hierbas secas que están envueltas en el paño.

—¿Y las hierbas?

—Colócalas bajo la almohada.

Arrugo la frente.

—¿Por qué?

Coge el retal de tela y lo desenvuelve. No son hierbas, como yo creía, sino flores secas.

—De donde vengo, colocar peonías debajo de la almohada trae buena suerte cuando estás enfermo, milady. Aunque me temo que tendrás que conformarte con dejarlas debajo de una de esas pieles —añade, y me guiña el ojo bueno.

—¿Me las regalas? —susurro, conmovida y sorprendida al mismo tiempo.

Veo que se le sonrojan las mejillas y, junto con esa repentina timidez, su acento se vuelve más marcado.

—Toma —dice, y me las ofrece.

Tres flores delicadas, unos tallos secos y varias hojas rotas y desmenuzadas. Las sostengo entre las manos con sumo cuidado y contemplo cada detalle. El rosa de los pétalos ha palidecido un poco y ahora es de un tono empolvado, aunque los bordes se han teñido de un tono marrón que me recuerda a la corteza del pan recién hecho.

—Gracias —murmuro, y los ojos se me llenan de lágrimas.

«Peonías para gozar de buena salud. Una rama de sauce para atraer a la buena suerte. Tallos de algodón para alcanzar la prosperidad. Una hoja carnosa de una planta de jade para vivir en armonía.»

Hojat titubea, tal vez porque se ha dado cuenta de que las peonías me han emocionado. Respiro hondo para serenarme, dejo las flores a un lado y me seco las lágrimas, que me estaban nublando un poco la visión.

—El frío en la frente te aliviará, pero si empiezas a encontrarte mal, no dudes en hacerme llamar, milady —dice.

—Eres un sanador muy bien preparado, un profesional de los pies a la cabeza —digo, y esbozo una sonrisa. Prefiero ignorar la presencia de Rip, y lo hago de una forma demasiado evidente y descarada. Ojalá se hubiera marchado, ojalá no hubiera presenciado esa escenita lacrimógena. Es cuestión de tiempo que me someta a un tercer grado y empiece a exigirme respuestas creíbles.

—No me queda más alternativa que serlo —responde Hojat, y se encoge de hombros. Un segundo después, comienza a recoger todos sus remedios y a guardarlos en su maletín—. Oh, también quería darte las gracias, milady.

—¿Por qué?

—Por hablar con las monturas. Gracias a ti, algunas de ellas han accedido a que las examine y les recete un tratamiento adecuado —contesta. Ha recuperado su alegría habitual y ya no queda ni rastro de ese ambiente enrarecido que se había instalado entre nosotros.

—¿En serio? —pregunto claramente asombrada. No esperaba que las chicas me escucharan, y mucho menos que me hicieran caso en cuanto a Hojat, pero me tranquiliza saber que por fin se hayan bajado del burro y hayan pedido ayuda al sanador. ¿Quién sabe qué clase de heridas sufrieron cuando nos capturaron los Bandidos Rojos?

—Sí. Ha sido una buena noticia, sobre todo teniendo en cuenta el estado de una de ellas —continúa mientras dispone los tres viales que me ha aconsejado en el suelo, junto al camastro—. Debe cuidarse mucho y velar por su salud. Estas tierras frías y húmedas no le hacen ningún bien, la verdad, y, para colmo, las raciones de comida no son muy abundantes que digamos.

Se dirige hacia la portezuela de la tienda, recoge un puñado de nieve y la guarda en el paño. Después añade unas gotitas del líquido del tercer vial y hace un nudo con los extremos del paño para sujetarlo todo bien.

—¿Se va a recuperar?

—Sí —responde el sanador, y me entrega el paño—. Evoluciona bien y, de momento, no hay señales de peligro de aborto.

Se me para el corazón.

—Espera. ¿Qué?

Hojat se da media vuelta y algo debe de vislumbrar en mi rostro porque su expresión cambia de inmediato. Mira a Rip, que sigue inmóvil en la otra punta de la tienda; no ha musitado una sola palabra en todo este tiempo, como si se hubiese transformado en una gárgola de piedra. Está de brazos cruzados y no consigo distinguir ninguna de las púas de los antebrazos.

—Mil disculpas —farfulla Hojat—. He dado por sentado que lo sabrías. En fin, pensaba que al visitarlas cada noche… Fallo mío, no importa.

—¿Quién? —pregunto con un hilo de voz. No consigo apartar la mirada de esas horribles cicatrices que le deforman parte del rostro, que ahora parecen retorcerse por culpa del remordimiento.

Hojat mira de nuevo a Rip, como si le estuviera pidiendo permiso. El comandante asiente, pero continúa con la mirada clavada en mí.

El sanador se revuelve, incómodo. Vacila durante unos instantes.

—Melena negra y lisa, un pelín arisca. Creo que su nombre empezaba por M…

Siento que algo se rompe en mi corazón, como una aguja de pino congelada que alguien aplasta con la suela robusta de una bota.

—Mist.

Él dice que sí con la cabeza.

—Eso es.

Exhalo la bocanada de aire que estaba conteniendo en el pecho, y en mi mente empiezan a revolverse toda clase de pensamientos. Me invade una vorágine de ideas que va dando vueltas hasta formar un remolino y, de repente, comienzo a marearme, a sentirme indispuesta.

—Embarazada —bisbiseo y, aunque sé que tengo los ojos abiertos, no veo nada—. Mist está embarazada —repito en un susurro ronco, áspero.

En sus entrañas está creciendo un bebé de Midas. No puede ser de otro.

Un repentino crujido me saca de ese estado de ensoñación y mi mirada se posa en los tallos de las peonías. Al cerrar el puño, los he apretado y, bajo la presión, se han pulverizado. Ni siquiera me había percatado de que había cogido el ramillete de flores.

Suelto los tallos de inmediato, pero varios trocitos verdes se han quedado pegados a mi guante.

Mist está embarazada de un bebé de Midas.

Mist, la montura que ha sido más honesta y vehemente conmigo, la que ha demostrado sin ninguna clase de remilgos que me odia, que me desprecia.

En su vientre tiene la semilla de un heredero ilegítimo de Midas.

Las lágrimas se deslizan por mis mejillas, pero tengo tanta fiebre que ni siquiera las noto arrastrándose por mi piel.

Un bebé. «Un bebé de Midas.»

Algo que él me advirtió en infinidad de ocasiones que jamás podría tener. No podía permitirse el lujo de concebir un bastardo conmigo. La razón principal era que la reina Malina no había podido quedarse embarazada. Soy su montura más valiosa, su preferida, no una paridera. Según sus propias palabras, no habría sido justo para su esposa.

Se me escapa un sollozo. Me da la sensación de que me acaban de arrancar el corazón de cuajo, de que estoy desangrándome sobre el camastro. Quiero acurrucarme bajo esa montaña de pieles, enterrarme en la más absoluta oscuridad y protegerme de ese frío glacial. Albergo la esperanza de que Hojat retire lo que acaba de decir, de que admita que se lo ha inventado todo.

Pero en el fondo sé que no va a pasar. En el rostro deformado del sanador solo advierto sinceridad.

Cuando disfrutábamos de esos momentos tan íntimos en mi lecho, Midas nunca alcanzó el clímax en mi interior. No quería correr ningún riesgo. Con las otras monturas, en cambio, se mostraba menos precavido, menos cauteloso. No me afectaba demasiado porque sabía que todas tomaban algún remedio para evitar el embarazo. Midas se negaba en rotundo a administrarme esa hierba medicinal porque, según él, era peligrosa. Una vez, una de las monturas cayó enferma y falleció por culpa de ese remedio.

Con el rabillo del ojo, veo que Hojat intercambia una mirada cómplice con el comandante y le murmura algo en voz baja, pero estoy tan triste y destrozada que ni me molesto en tratar de entender lo que dice.

Se cuelga la correa de su maletín sobre el hombro y sale de la tienda. En cuanto desliza la portezuela de cuero, me cubro la cara con las manos y rompo a llorar. Soy incapaz de controlar el llanto.

Grietas. El cristal está repleto de grietas.

¿Cómo ha ocurrido? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Pensé que nunca tendría que volver a ver esa telaraña en el cristal, que jamás contemplaría el mundo a través de añicos rotos, que mientras mi reflejo estuviera junto con el de Midas todo iría bien.

Y, sin embargo, esas grietas siguen apareciendo, siguen extendiéndose como una plaga. Sé que Midas retoza con todas sus monturas.

Diablos, pero si hasta presume de ello. Le gusta que sea testigo de sus orgías, que observe en silencio cómo hace realidad sus fantasías sexuales desde mi jaula de oro. Aunque suene un poco retorcido, tal vez creía que así me sentía incluida en la escena.

Con el paso de los años he aprendido a controlar los celos, a reprimir el dolor que me causaba verle fornicar con otras mujeres, pero esto… El vientre de Mist no tardará en empezar a crecer y, con él, el niño que ha engendrado con el hombre al que amo. ¿Cómo voy a apaciguar ese dolor?

Aunque al principio la noticia me ha caído como un jarro de agua fría, ahora es más bien como el sedimento que se asienta en el fondo de un riachuelo, esos guijarros que te arañan la planta de los pies y enturbian hasta las aguas más cristalinas.

Hasta ahora, siempre he optado por ignorar esa clase de noticias, por tratar de ver el lado bueno de las cosas. Pero que Mist esté embarazada cambia mucho las cosas. Esas aventuras lujuriosas y juegos sexuales puramente carnales se han convertido en algo mucho más importante.

Ahora comprendo por qué Mist me odia tanto.

Desde su punto de vista, yo soy la mujer que Midas admira, que tiene en un pedestal. No es solo la reina quien le preocupa, sino también yo. Y todo porque lleva al hijo del rey en sus entrañas.

«Por el gran Divino, qué desastre.»

Levanto la cabeza, aún con los ojos llenos de lágrimas. Rip se ha sentado sobre su camastro y el resplandor anaranjado de las brasas y del farolillo dibuja un juego de luces y sombras sobre su rostro. Es la viva imagen de un villano que observa satisfecho cómo su enemigo se desmorona.

No sé qué contenía ese vial, pero el efecto ha sido inmediato. A pesar de que ya no me pica la garganta, la opresión del pecho, la sensación de que la tienda va a engullirme en cualquier momento, todavía no ha desaparecido. Y no lo hará, pues no tiene nada que ver con que esté enferma.

—Adelante —digo con la voz anestesiada y la mirada vacía—. No te cortes y regodéate en mi miseria. Siembra la discordia entre Midas y yo. Aprovecha este momento de fragilidad para obligarme a cuestionarme lo que tenemos, lo que sentimos el uno por el otro. Haz que dude y que monte en cólera y que me revuelva en mi desgracia.

Quiero abofetearle. Quiero dar rienda suelta a mis cintas y que descarguen toda mi ira sobre él, que lo empujen y lo arrojen contra los postes de la tienda. Quiero enfrentarme a él y atacarle con todas mis fuerzas. Quiero dejar de sentir este inmenso vacío en el pecho, este dolor tan demoledor.

Los pómulos de Rip parecen haberse afilado un poco más y esas orejas puntiagudas me recuerdan lo que es. Mi oponente. Mi enemigo. Un ser feérico famoso por su crueldad. Y, ahora mismo, eso es justo lo que quiero.

—Hazlo —siseo desafiante.

Noto un destello en su mirada, pero no consigo adivinar de qué se trata.

—Creo que no es momento para todo eso, Jilguero —responde él en voz baja.

La ira y la indignación se desatan en mi interior y me transforman en Leviatán.

—Que te jodan —espeto, y de mi lengua sale disparada una bala de ácido tan caliente que incluso consigue derretir el hielo que recubría mi alma—. Tenías todo esto planeado, ¿verdad? Me estás manipulando, ¡estás consiguiendo que me lo cuestione absolutamente todo!

Esa retahíla de palabras cargadas de rabia termina en una tos seca, pero ni siquiera la tos puede aplacar mi furia.

Rip, en cambio, permanece impasible. No muestra ni una pizca de remordimiento y su mirada sigue igual de oscura, vacía e inescrutable.

—Me resulta bastante curioso que me acuses de manipularte tan a la ligera teniendo en cuenta que tu querido rey lleva haciéndolo durante años y tú has preferido mirar hacia otro lado y hacerte la tonta.

En un impulso irracional, cojo el vial que tengo a los pies y se lo lanzo con rabia. Él levanta la mano y atrapa el frasquito de cristal al vuelo.

—¡Eso no es verdad! —chillo, y empiezo a peinarme el pelo con los dedos, a frotarme el cuero cabelludo, como si así pudiera arrancarme esas palabras despiadadas de la cabeza.

—Deja de mentirte a ti misma —comenta él con esa tranquilidad que me saca de mis casillas.

Creo que jamás he odiado tanto a alguien como a Rip en este momento.

—Apuesto a que ni siquiera es cierto —ladro—. Seguro que has persuadido a Hojat para que me cuente esa patraña, ¿me equivoco?

—Por muy poderoso e influyente que pueda parecerte, no hay soborno en el mundo que pueda ofrecerle a Hojat para conseguir que mienta. Mi sanador es una persona íntegra y honesta, lo cual puede resultar desesperante a veces, no te voy a engañar.

Me hierve la sangre.

—Te odio.

El comandante ladea la cabeza.

—Estás descargando todo tu rencor en la persona equivocada, pero me gusta —dice, y dibuja una sonrisa salvaje. La punta de esos colmillos afilados reluce bajo la luz de las llamas—. Cada vez que te desahogas y desatas parte de la ira y el rencor que llevas años acumulando, te conozco un poco mejor, Jilguero.

Aprieto la mandíbula, exasperada.

—Tú no sabes nada de mí, no me conoces.

—Oh, claro que sí —replica él con voz grave y áspera, como cuando frotas dos piedras para intentar que salte una chispa y encender una hoguera—. Y estoy impaciente por saber más de ti. El día que por fin lo sueltes todo y te vacíes, tu ira iluminará el espíritu que te empeñas en mantener en las sombras —añade. El comandante adopta la postura de un ganador que presume de su superioridad—. Espero que ese fuego que habita en tu interior se avive y las llamas consigan abrasar a tu Rey Dorado hasta convertirlo en una montaña de cenizas.

Y esa es la gota que colma el vaso.

—Lárgate de aquí.

Sonríe con petulancia, el muy cabrón.

Con suma lentitud, y sin dejar de mirarme, se pone en pie y extrae las púas de la espalda y los brazos. La imagen me hace pensar en un dragón desplegando las alas.

Nuestras miradas se cruzan y, aunque pretendo lanzarle una mirada arrogante y altiva, las lágrimas parecen extinguir el fuego de la aversión que ahora mismo siento hacia él.

Durante un breve instante, suaviza la expresión y esos ojos inhumanos que no albergan ni una pizca de compasión reflejan algo que no es soberbia.

—¿Quieres saber lo que pienso? —pregunta sin alterar el tono de voz.

—No.

—Bueno, te lo diré de todas formas.

Le lanzo una mirada de absoluto asco.

—Qué bien, hurra.

Me parece distinguir una sonrisita, como si el comentario le hubiese divertido.

—Aunque ya no vives rodeada de barrotes, sigues encerrada en esa jaula. Y creo que una parte de ti prefiere quedarse ahí por miedo.

Trago saliva y todas mis cintas se tensan.

—Pero… —continúa, y da un paso al frente. Siento que está invadiendo mi espacio vital, que su aura invisible está lamiéndome la piel para comprobar qué sabor tiene antes de darme un mordisco—. Creo que otra parte de ti, esa parte que contienes y reprimes, está preparada para la libertad.

Las venas me palpitan al vertiginoso ritmo del latido de mi corazón. Cada pulsación es como un trueno y cada pestañeo, un rayo.

—Te gustaría, ¿verdad? Te encantaría verme hundida y abatida.

—Hundida y abatida, no. Olvidas que sé muy bien qué eres. Y, desde luego, eres mucho más de lo que te permites ser.

Me esfuerzo por no mostrar ninguna clase de reacción. Sus palabras son como dardos envenenados, golpes que no soy capaz de esquivar. No soy un autómata sin sentimientos, pero no quiero darle el gusto de saber que su opinión me está afectando.

—No pienso cambiar de bando. Si tengo que elegir, Midas siempre será la única opción.

Rip chasquea la lengua y simula tristeza, decepción.

—Oh, Jilguero. Por tu propio bien, espero que eso no sea verdad.

Y sin articular más palabra, se marcha de la tienda. En cuanto desaparece tras la portezuela, toda esa adrenalina y fortaleza se desvanecen y, de repente, me siento cansada y débil.

Me quedo en estado catatónico unos instantes.

Recojo el paño frío del suelo y me quito el vestido, los calcetines y los guantes. Deslizo el ramillete de peonías rotas debajo de las pieles que voy a utilizar como almohada y, al fin, me tumbo sobre el camastro.

Las crueles palabras de Rip no dejan de repetirse en mi cabeza mientras imagino el vientre de Mist creciendo mes a mes. Cada vez que pienso en Midas, veo su reflejo en el cristal, ese cristal repleto de grietas y fisuras que puede hacerse añicos en cualquier momento. Tampoco puedo dejar de pensar en el pobre Hojat, a quien he estado a punto de romperle el cráneo sin querer.

Sujeto ese paño helado sobre la frente y trato de convencerme de que las gotas que se escurren por mis mejillas son de la nieve que se está fundiendo, y no de las lágrimas que no puedo contener, y de que la jaqueca es mucho más dolorosa e insoportable que el vacío que siento en el corazón.

Supongo que el comandante tiene razón. Debería aprender a mentir, porque ni yo misma me creo mis palabras.

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