Destello
Capítulo 21
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21 Auren
Contemplo anonadada cada rincón del elegante salón. Me fijo en los descomunales tapices que cuelgan del techo y rozan las baldosas doradas, las deslumbrantes paredes adornadas con embellecedores ornamentales. Una lámpara de araña ilumina la estancia, y los diminutos cristales, que más bien parecen carámbanos de hielo, emiten unos destellos que me hacen pensar en el brillo que suele tener la mirada de una persona enamorada.
Hace varios meses que me instalé aquí, pero todavía no me he acostumbrado a toda esta opulencia, al inmenso tamaño de este palacio. Todo es tan monumental, tan majestuoso y tan reluciente que, a pesar de ser mi hogar, me siento pequeñita y fuera de lugar.
La riqueza colma cada rincón del castillo de Alta Campana y es tal la abundancia y la exuberancia que a veces incluso me abruman. Por aquel entonces, Midas todavía no había decidido convertir todo lo que había en ese palacio en oro.
—¿Estás bien, preciosa?
Al oír la voz de Midas, se me escapa una sonrisa.
—Sí —respondo—. A mí me gusta tal y como está, ¿y a ti?
Estamos solos en el salón. Todavía me resulta extraño pensar que aquí es donde vivimos ahora. A veces me pellizco para comprobar que no estoy soñando. Me cuesta creer que este sea mi hogar y aún no me he familiarizado con la mayoría de las costumbres. Y del mismo modo que me está costando adaptarme a todo esto, también me está costando adaptarme a nosotros. Midas solía llevar pantalones andrajosos y botas llenas de barro y rasguños. Ahora, se viste con túnicas de seda y pantalones hechos a medida. Y, lo más extraño de todo, desde que nos instalamos aquí no se ha quitado la corona, que luce con orgullo sobre su melena rubia.
Se mueve como pez en el agua. Es como si hubiera nacido para esto. No parece sentirse incómodo con todos esos ropajes lujosos y elegantes, sino más bien todo lo contrario. Mudarse a Alta Campana le ha sentado de maravilla, a pesar de que ha tenido que asumir el papel de rey, con las responsabilidades que eso conlleva, demasiado pronto.
Estoy orgullosa de él. Orgullosa porque en ningún momento ha titubeado, porque no ha dado su brazo a torcer y porque ha respetado sus convicciones. Para ser un hombre que se crio en una granja y que se quedó huérfano mucho antes de lo que merecía, está haciendo una labor encomiable. Si no lo conociera, pensaría que lo educaron para ser rey.
Sus ojos, de un color pardusco que me recuerda a la vaina de un algarrobo, repasan cada centímetro del salón con meticulosidad.
Hoy nos hemos pasado el día recorriendo el castillo de punta a punta, transformando algún que otro objeto en oro macizo. Un alféizar por aquí, una alfombra por allá, tazas de té y cojines, candeleros de pared y pomos de puertas.
Ha anochecido hace unos minutos y el crepúsculo nos ha arrebatado los últimos rayos del día. Los criados ya han encendido la chimenea, que en este momento arde con rabia. El fuego es como una bestia nocturna que gruñe y crepita con fuerza pero, al mismo tiempo, emite un cálido resplandor color azafrán que ilumina toda la estancia.
Docenas de candelabros adornan la mesa del comedor, que espera pacientemente a que nos sentemos para disfrutar de una deliciosa cena. Han dispuesto la vajilla y la cubertería sobre el tablón de madera que Midas se ha empeñado en convertir en oro. Aún se aprecian los nudos y la rugosidad de la madera, solo que ahora es de oro, igual que la alfombra, las cortinas y los platos.
—No está mal —murmura Midas, y echa un vistazo a cada esquina y objeto decorativo que todavía no ha transformado, como los suelos de mármol blanco, las paredes con paneles de madera, el techo y los respaldos de los sillones—. Pero me gustará todavía más cuando todo sea de oro —añade, y me dedica una sonrisa—. Debes de estar hambrienta. Cenemos.
Apoya una mano en mi espalda y me acompaña hasta la mesa en un gesto de galantería que me sorprende y agrada por partes iguales. Dos de los criados han retirado dos sillas y están esperando a que nos sentemos. Todavía no me he acomodado en la silla cuando, de repente, alguien entra en el salón. Siento un escalofrío en la nuca al oír el sonido de unos tacones acercándose.
Me quedo inmóvil, incapaz de ayudar al criado a empujar la silla. Miro a Midas con los ojos como platos, pero él tiene la mirada clavada en la persona que acaba de entrar por esa puerta.
Es ella, su esposa, su reina.
Reconozco el frufrú de las faldas acariciando el suelo. Rodea la mesa y se sienta al lado de Midas, justo enfrente de mí.
La tensión que se respira en el ambiente se puede cortar con un cuchillo, y la reina Malina lo sabe. Noto un suave empujoncito a mis espaldas, murmuro un tembloroso «gracias» al criado y me acomodo en el asiento.
—Esposa, no esperaba que me acompañaras para cenar —dice Midas con un tono algo distante e indiferente para ocultar cualquier emoción.
La reina nunca cena con él, a menos que tengan invitados. Tan solo comparten el desayuno y, a veces, el té de la tarde, pero nunca la cena.
Se supone que la cena es mía.
Los criados nos sirven un cuenco a cada uno y nos llenan la copa de vino. Quizá se hayan dado cuenta de que el ambiente se ha enrarecido, pero en lugar de mostrarse incómodos, actúan con total profesionalidad.
—Acabo de llegar a palacio. He estado toda la tarde en la ciudad, y he pensado que podríamos disfrutar de una cena juntos —dice Malina con una tranquilidad inquietante.
Esta noche luce un peinado distinto. Se ha hecho la raya al lado, se ha recogido su hermosa cabellera blanca en un moño bajo, a la altura de la nuca, y se ha dejado algunos mechones sueltos para darle un toque más desenfadado. Lleva un vestido dorado, igual que yo, pero el suyo es mucho más elaborado, la falda es más abullonada y el corpiño está engalanado con encajes y volantes y lazos de seda.
A su lado, me da la impresión de que mi vestido de satén dorado es más bien un camisón, o, peor aún, un salto de cama. Los únicos adornos son las anillas dorados de los hombros que, en pocas palabras, sujetan ese trocito de tela.
—Me alegro de que me acompañes —responde Midas.
Bajo la cabeza y fijo la mirada en el cuenco de sopa que tengo delante. Desearía estar en cualquier parte menos aquí. Me está arrebatando el único momento que tengo a solas con él, y eso me enfurece. Midas y yo hemos dejado de ser inseparables y solo puedo compartir con él la cena, y a veces ni siquiera eso.
Sé que la reina me está escudriñando con la mirada porque noto un hormigueo frío en la cabeza, como si esos ojos azules y glaciales llevaran consigo el mismísimo invierno.
Oigo que Midas empieza a comer y me obligo a hacer lo mismo. No me atrevo a mirarle porque sé que ofendería a la reina y montaría en cólera. No quiero hacer nada que pueda llamar su atención. Solo quiero pasar desapercibida, así que no sorbo la sopa, ni dejo la cuchara en el cuenco. Intento no hacer ningún ruido.
Los tres cenamos en ese silencio tan incómodo que se alarga varios minutos. Tomamos el caldo de la sopa sin musitar palabra. Estoy segura de que la sopa es exquisita —todo lo que preparan las cocineras de palacio es una verdadera delicia— pero estoy tan nerviosa que ni siquiera detecto el sabor.
Malina está sentada con la espalda bien erguida y los hombros bien cuadrados, una postura aprendida que desprende rectitud y distinción. Encarna la absoluta perfección y su presencia es majestuosa a la par que un tanto abrumadora. Un fugaz vistazo basta para saber que pertenece a la realeza.
—Hmm —murmura mientras remueve la sopa con la cuchara, y después levanta la mirada y la posa en mí—. Parece que tu huérfana dorada ha aprendido a comportarse como es debido en la mesa. Ha mejorado sus modales desde la última vez y ya parece una señorita.
Me quedo petrificada y con la cuchara a escasos centímetros de la boca.
Midas suspira.
—Malina, no empieces.
La reina encoge los hombros con esa elegancia e indiferencia que la caracterizan, aunque su mirada se vuelve más gélida, más letal si cabe.
—Lo decía como un cumplido, Tyndall. La última vez que la vi comer, pensé que tendríamos que ponerle un babero para que no se mojara el regazo de estofado.
Bajo la cuchara y, al fin, despego la vista del cuenco. Nuestras miradas se chocan, azul y dorado, hielo y metal. En sus ojos veo la sombra de los celos, de la ira.
Y sé que ella debe de estar viendo lo mismo en los míos.
Midas me acaricia la pierna con el pie por debajo de la mesa. Es un pequeño gesto cómplice que me consuela y, al fin, siento que puedo respirar. Pero también me recuerda que Malina puede provocarme todo lo que quiera, porque su estatus se lo permite. Para ella, soy la montura preferida que tolera. Soy la otra, y como tal debo mostrar respeto absoluto por la esposa del rey.
De una forma sutil, Midas me ha puesto en mi lugar y ese fuego que ardía en mi interior se extingue de un plumazo, como quien sopla para apagar una vela. Agacho la mirada.
—¿Qué te parece el salón? —le pregunta Midas a Malina para captar su atención y, de paso, cambiar de tema. Le agradezco que intente desviar la conversación de las críticas verbales de su mujer, pero, por una vez, me habría gustado que rompiera una lanza a mi favor y me defendiese.
Sé que es imposible. Es ella quien lleva una alianza de boda. Es ella quien se sienta a su lado en el trono, quien lo acompaña a todas sus visitas a la ciudad, a todos los actos oficiales. Todo eso está fuera de mi alcance.
Midas es ahora un rey, pero yo no soy una reina.
Malina mira a su alrededor y observa en silencio los cambios que ha sufrido el salón. Se fija en todos los detalles, pero, sobre todo, en todo lo que su marido ha convertido en oro. Me pregunto qué opina de todas esas pinceladas doradas que Midas va dejando a su paso.
Desde que el padre de Malina falleció, el pueblo ha apodado a Midas como el Rey Dorado. Se está ganando el título a pulso, desde luego. Está transformando el castillo, habitación por habitación. Cada día que pasa hay más superficies de oro.
A veces se empeña en que las cosas sean de oro macizo, como las plantas del claustro. En ese hermoso y exuberante jardín ya no volverá a brotar un nuevo retoño, ni tampoco volverá a llenarse de flores. Una declaración de intenciones, y de riqueza infinita, que no necesita palabras.
Pero no puede aplicar el mismo criterio para todo. Sería imposible conciliar el sueño en una cama de oro macizo, por ejemplo. Así que, por mucho que le pese, la mayoría de las veces solo puede transmutar el material. Tiñe las copas de cristal, altera los hilos y fibras de todos los tapices y alfombras para que se vuelvan dorados y colorea los marcos de madera. Y todo con tan solo tocarlos.
—No está mal —responde al fin Malina con frialdad e indiferencia.
—¿No está mal? —repite Midas, y arruga la frente en un gesto de extrañeza. Jamás me cansaré de contemplar ese rostro bronceado tan masculino, tan atractivo—. Alta Campana nunca ha lucido tan espléndida. Cuando termine de darle mi toque personal, será tan impresionante que nadie recordará cómo era antes.
De no ser porque la estaba observando, no me habría percatado de ese pequeño estremecimiento de dolor que le cambia la expresión. Es un gesto breve y efímero que tan solo dura un instante, pero lo he visto.
Me sorprende porque la reina de hielo nunca muestra otra emoción que altanería y desdén.
Malina traga saliva y, con la delicadeza digna de una reina, deja la cuchara sobre la servilleta.
—La sopa no es de mi agrado y me temo que no me está sentando bien al estómago —dice—. Creo que me retiraré a mis aposentos.
No puedo reprimir un suspiro de alivio, y de inmediato el peso de su presencia se desvanece. Por dentro estoy dando saltos de alegría.
Sin embargo, debería haber sido más precavida y haberme mantenido impertérrita porque la reina se ha percatado de mi reacción. Ahora me observa con los ojos entornados y sé que, si pudiera, me transformaría en una estatuilla de hielo ahí mismo.
Me pongo seria enseguida y recupero mi habitual ademán cordial y sumiso, pero ya es demasiado tarde.
El daño ya está hecho.
Un criado sale disparado de una de las esquinas del salón para apartar la silla antes de que Malina se ponga en pie. Se queda ahí inmóvil unos instantes y, de repente, apoya una mano pálida y fantasmal sobre el hombro de su esposo. Su piel parece de porcelana y es tan blanca que incluso se le transparentan las venas. Entrelaza los dedos con algunos mechones rubios del rey y juguetea con ellos.
—¿Vendrás esta noche? —le pregunta en voz baja.
Midas separa su pierna de la mía y asiente con la cabeza.
—Sí, por supuesto.
Malina sonríe de oreja a oreja, pero sé que tiene toda su atención puesta en mí. Siento que me ha robado ese alivio, esa tranquilidad de saber que íbamos a pasar la noche juntos. Se me revuelven las tripas.
—Maravilloso —ronronea Malina, que se inclina para darle un beso en la mejilla—. Disfruta de la cena con tu mascota, Midas. Te veré en mi lecho enseguida.
La reina intenta atravesar mi corazón con su mirada de hielo.
No sé qué percibe en mi expresión, pero es evidente que la hace sentir victoriosa. Satisfecha, Malina se pone derecha, se da media vuelta y se marcha del salón. Con el clic, clic de sus tacones como música de fondo, me quedo ahí, sentada, abatida y con un ataque de celos que debo reprimir.
No llores. No te atrevas a ponerte a llorar.
En cuanto la puerta del comedor se cierra, Midas alarga el brazo y me acaricia la barbilla con el pulgar.
—Auren.
Le miro. Reconozco esa expresión de inmediato. Lamenta lo que acaba de ocurrir, pero tiene las manos atadas.
—No puedes reaccionar a todo lo que dice.
Se me humedecen los ojos y no sé si voy a ser capaz de contener las lágrimas un minuto más.
—Lo sé.
—Oh, preciosa —murmura, y me acaricia con esos ojos parduscos—. Mi corazón es tuyo, ya lo sabes. Pero necesito un heredero, eso es todo.
Quizá no sea una reina, quizá no sea su esposa, pero tengo su corazón.
Es más que suficiente. Tiene que serlo. Aun así, no puedo remediarlo. Saber que yace con la reina me destroza por dentro.
Al principio Malina me ignoraba y, dicho sea de paso, lo prefería así. Supongo que creía que Midas se hartaría de mí y puede que a estas alturas ya se haya dado cuenta de que eso jamás ocurrirá.
Una lágrima se desliza por mi mejilla, pero Midas enseguida la seca con el pulgar. Ladeo la cabeza para sentirle más cerca.
—Ven aquí —susurra él. No hace falta que me lo diga dos veces. Me deslizo hasta su regazo y él me arrulla entre sus brazos. Los criados se escabullen del salón sin decir nada—. Te estás adaptando, date tiempo —dice, y me retira las trenzas del hombro.
—Supongo.
—El tiempo lo cura todo —asegura.
Me sorbo la nariz e intento recobrar la compostura.
—Sí.
Apoya la barbilla sobre mi cabeza y me abraza fuerte.
—Los dos sabíamos lo que iba a pasar cuando decidimos venir a Alta Campana.
—Sí, es solo… No imaginaba que iba a ser tan difícil —reconozco con un hilo de voz.
No imaginaba que iba a ser tan doloroso.
Me acaricia la espalda para tranquilizarme, para consolarme.
—Tenía que desposarme con Malina. Y no solo porque así asegurábamos el futuro del Sexto Reino, sino porque casarme con ella era la única forma de asegurar un futuro para ti —explica, y su voz retumba en mis oídos porque tengo la cabeza recostada sobre su pecho.
Tiene razón, por supuesto.
Me da un toquecito en la barbilla, así que levanto la cabeza y le miro.
—Auren, aquí estás a salvo, estás protegida. Y eso es lo que más me importa. Lo sabes, ¿verdad? Jamás permitiría que el mundo volviera a hacerte daño.
Asiento y mi mirada repta hasta sus labios. Quiero darle un beso en la mejilla, sustituir el beso que le ha plantado su esposa antes de irse, pero sé que es un gesto infantil y, al final, no lo hago.
—Estoy a salvo gracias a ti —murmuro con una media sonrisa.
Él me devuelve la sonrisa, esa sonrisa que me encandila e hipnotiza, esa sonrisa que hace que se me encoja el corazón en el pecho.
—Y aquí, conmigo, siempre lo estarás —me promete—. ¿Todavía tienes hambre?
Sacudo la cabeza. Apenas he probado bocado, y lo poco que he comido me ha sentado fatal.
—De acuerdo, ¿qué te parece si te acompaño a tus aposentos y mando a un criado que te suba algo de comida un poco más tarde?
—Sí, por favor.
Me da un delicado beso en la frente y me ayuda a ponerme en pie. Me rodea la cintura con el brazo y, juntos, salimos del comedor.
Subimos la infinita escalinata del castillo en completo silencio. Mis piernas ya se han acostumbrado a ese terrible ascenso, a esa interminable columna de peldaños, y ya no sufro tantas agujetas por las mañanas. Aun así, mi espíritu parece estar arrastrando los pies.
Cuando por fin llegamos al ático, Midas hace una señal a los guardias que custodian el vestíbulo. Atravesamos el umbral cogidos de la mano y nos detenemos en el centro de la habitación. No es cualquier habitación, sino mis aposentos, que además del dormitorio incluyen un vestidor y un cuarto de baño.
—¿Preparada? —pregunta.
Digo que sí con la cabeza aunque no puedo evitar resoplar al ver esos barrotes de oro.
Midas no escatimó en recursos y contrató al mejor y más reputado herrero de Orea para construir esto para mí.
Tardó varias semanas en completar el trabajo, una preciosa y elegante jaula. Pero no es una pajarera cualquiera, pues tiene capacidad para una persona y para todas las comodidades que pueda necesitar.
Su estructura redondeada podría considerarse una auténtica obra de arte; los barrotes de metal no son burdos, ni toscos, sino que giran en espiral y forman una especie de caracolas en los extremos, y la banda dorada que bordea la parte superior de la jaula está grabada con un sinfín de vides.
Es un trabajo soberbio y detallado y robusto. Ningún mortal podría doblar esos barrotes, o escurrirse entre ellos. Cuando Midas me prometió que se encargaría de mantenerme a salvo, le pedí que me lo demostrara con hechos, no con palabras.
Y eso es lo que ha hecho.
Se acerca con paso firme hacia la jaula y empuja la puerta. Me sorprende que las bisagras no emitan ni un solo chirrido. Midas entra conmigo. Los dos pasamos de largo de la cama y del sillón y nos dirigimos hacia el inmenso ventanal. Los bordes de los paneles de cristal están cubiertos de nieve que, a primera vista, parece azúcar en polvo. Las vistas no son sensacionales, pero aun así me encanta poder contemplar el exterior del castillo.
Noto que empieza a juguetear con las cintas de mi espalda y que esta noche he atado formando delicados lazos. Sé que con ese gesto tierno y cómplice pretende tranquilizarme, consolarme. Él sabe que la confrontación con Malina me ha dejado mustia y compungida, pero no es solo por eso. La jaula me proporciona seguridad, es verdad, pero ahí dentro me siento sola. Me aburro como una ostra. A veces me despierto en mitad de la noche con la sensación de que estoy atrapada.
—Come algo más esta noche —me indica.
—Lo haré.
—Y toca el arpa. Se te da de maravilla.
Me río y aparto la mirada del ventanal para observar el arpa dorada que me regaló hace un par de meses.
—Lo dices por decir. Se me da de pena.
Él tuerce la sonrisa.
—Con un poco de práctica, mejorarás.
—Tengo tiempo de sobra para eso —bromeo. Aunque prefiero mil veces estar aburrida de vez en cuando que volver a mendigar por las calles de la mano de un rufián como Zakir. Si lo único de lo que puedo quejarme es de aburrimiento, significa que llevo una vida digna y cómoda. Algo que no debo olvidar.
—Tengo una sorpresa para ti —anuncia de repente Midas.
Arqueo las cejas y me pongo a dar saltitos de alegría.
—¿De qué se trata?
Estoy que no quepo en mí de alegría. Qué emoción. No puedo evitarlo, me fascinan los regalos.
—Voy a mandar ampliar tu jaula. —Abro los ojos como platos.
—¿Qué…?
—Va a ser un pelín complicado y, por supuesto, no será de hoy para mañana —se apresura en explicar—. Los albañiles tendrán que derribar varias paredes para que los carpinteros puedan construir un pasadizo privado por el que puedas moverte con total libertad. Cuando esté terminado, podrás visitar la biblioteca y el claustro cuando quieras sin tener que salir de tus aposentos. Así, siempre te sentirás a salvo.
Me quedo boquiabierta sin saber qué hacer ni qué decir. Le observo con atención durante unos instantes para comprobar que realmente está hablando en serio.
—¿De verdad? —suspiro.
Su sonrisa me deslumbra, como siempre.
—De verdad.
Y antes de que pronuncie la última palabra, me lanzo a sus brazos y le lleno la cara de besos.
—¡Gracias, gracias, gracias!
Él se ríe a carcajadas, un sonido risueño y despreocupado que me alegra el alma y me serena el corazón.
—Sé lo mucho que te gusta leer y pasear por el claustro —dice, y se aparta un poco para poder mirarme a los ojos—. Y tú sabes lo mucho que me gusta hacerte feliz.
—Gracias —repito una vez más con una sonrisa de oreja a oreja. Si puedo ir al claustro siempre que se me antoje, ya no me sentiré encerrada en esta jaula. Podré disfrutar de las mejores vistas del castillo.
—¿Contenta? —pregunta.
Asiento.
—Muy contenta.
—Bien —murmura Midas, y me da un golpecito en la punta de la nariz.
La gigantesca campana de la torre del castillo empieza a repicar. Está marcando la hora de recogerse, de irse a dormir. Resuena de tal manera que puede oírse en toda la montaña, incluso en la ciudad de Alta Campana. La reverberación de esa campana parece formar ondas en el aire que se van propagando hasta los confines del reino.
Cuando el redoble de campanas deja de sonar, Midas me acaricia la mejilla con la mano.
—Te veré por la mañana. Intenta descansar esta noche. Mañana tenemos muchas cosas que hacer.
—Lo haré.
Le acompaño hasta la puerta de la jaula. Él sale, se da la vuelta y la cierra con llave. Desliza la llave en el bolsillo y le da unos golpecitos, recordándome así que nadie puede entrar ahí, que él y solo él puede acceder a mis aposentos, a mi pajarera.
—Buenas noches, Preciosa.
Enrosco los dedos alrededor de los barrotes.
—Buenas noches.
Midas cruza la habitación y desparece tras la puerta sin mirar una última vez hacia atrás. Mi sonrisa se desvanece en cuanto me quedo a solas. Intento no pensar en dónde va, en lo que va a hacer. Es su esposa, y yo la mascota dorada que ella tolera.
Me giro, apoyo la espalda sobre los barrotes y escudriño el interior de la jaula. Un sillón, una mesa, varios cojines y almohadas apilados sobre mi cama con dosel, una maraña de mantas y sábanas a los pies de la cama. Aquí dentro tengo todo lo que necesito, todas las comodidades que jamás pensé que tendría al alcance de la mano.
Midas nunca me ha decepcionado. Ya no estoy en peligro. Ya no vivo intranquila las veinticuatro horas del día. Ha cumplido con su promesa y no ha fallado a su palabra desde que me encontró.
Entonces, ¿por qué cada vez que la puerta de esa jaula se cierra me siento perdida?