Destello

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Capítulo 22

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22 Auren

—Eh, chica dorada, ¿eres tú?

Me pongo tensa al oír el vozarrón de Keg y me detengo de inmediato. Todos los soldados que hacen fila para conseguir su ración de comida se vuelven y me miran.

Me asombra que Keg me haya reconocido en mitad de la multitud. Pensaba que lograría pasar desapercibida, pero es evidente que me he equivocado. Aunque es de noche, supongo que soy como un faro en mitad del océano, un resplandor dorado que se escurre entre siluetas oscuras y siniestras.

—Sé que puedes oírme, ¡así que arrastra ese culo hasta aquí ahora mismo!

Suspiro y, casi a regañadientes, me doy la vuelta y me encamino un tanto alicaída hacia la hoguera. Me da la impresión de que los soldados prefieren esquivarme, ya que, al verme, enseguida se apartan de mi camino. Tal vez la charlita de Osrik a ese par de soldados ha corrido como la pólvora por el campamento.

Keg echa una cucharada de comida al primer soldado que está esperando en la fila. Me detengo justo enfrente de él. Igual que en el desayuno, está removiendo ese gigantesco puchero, solo que, en lugar de gachas de avena, ahora contiene lo que a simple vista parece sopa.

—¿Dónde te habías metido? Esta mañana no te he visto merodeando por aquí, y ayer tampoco —dice con el ceño fruncido.

—He estado un poco indispuesta, la verdad.

A pesar de que empujé a Hojat y lo arrojé a la otra punta de la tienda como si fuese una bola de papel, el sanador se ha dedicado en cuerpo y alma a mi cuidado. No solo se ha preocupado de prepararme remedios medicinales para aliviar mis dolencias, sino que también me ha traído comida y varias mantas de pieles más, por si acaso.

Keg, cuya principal virtud no es la paciencia precisamente, chasquea los dedos para que se acerque otro soldado y pueda seguir sirviendo raciones.

—Oh, lo lamento —murmura—. ¿Sabes qué cura todos los males?

—¿Qué?

Me lanza una mirada cómplice y dice:

—Un buen cucharón de mi receta de sopa que sirvo en mi hoguera.

Se me escapa un resoplido.

—Lo siento. Intentaré recordarlo la próxima vez.

—Más te vale —dice, y me guiña un ojo—. ¿Ya estás mejor?

—Mucho mejor —le aseguro, y es cierto. La jaqueca ha desaparecido y ya no me duele la garganta. De hecho, no recuerdo la última vez que tosí. Ni siquiera noto las lesiones de las costillas, el hombro y la mejilla. Podría decirse que Hojat me ha dejado como nueva.

—Me alegro. Entonces no hay motivo por el que no puedas comer ahora —dice, y levanta una mano, indicando así a los soldados que están en la fila que no avancen, que se queden donde están. Después coge un cuenco de hierro forjado de la pila y me lo entrega—. Como te has perdido mi delicioso desayuno esta mañana, te toca una porción extra.

—Oye, tu desayuno me ha dado cagalera esta mañana. ¿Me darás una porción extra a mí también? —pregunta uno de los soldados mientras se ríe a carcajadas.

—No —contesta Keg—. Y has tenido cagalera porque el uniforme te aprieta ese barrigón desde primera hora de la mañana. —Algunos de los otros soldados se desternillan de la risa—. Toma —añade, y llena el cuenco hasta el borde—. Te vas a poner las botas.

—Gracias, Keg.

Me llevo el cuenco a los labios y tomo un sorbo de esa bazofia que más bien parece un intento fallido de sopa de pescado. Keg tiene razón, la cena que ha preparado esta noche es contundente, pero no en el buen sentido.

Aun así, no dejo ni una gota de sopa en el cuenco porque, a pesar de haber vivido y cenado en un palacio durante los últimos diez años, no soy en absoluto tiquismiquis con la comida. No le hago ascos a nada porque antes de eso pasé mucha hambre y no tenía ni un triste mendrugo de pan que llevarme a la boca.

Le devuelvo el cuenco en cuanto me termino la sopa.

—Gracias. Estaba… rica.

Más o menos. Digamos que se dejaba comer, pero en ningún caso repetiría.

A Keg se le hincha el pecho de orgullo. Por alguna razón que desconozco, al cocinero del ejército le encanta darme de comer.

—Sigues siendo la comensal más rápida que jamás he conocido, Ricitos Dorados.

Me quedo inmóvil y entorno la mirada.

—Has hablado con Lu, ¿verdad que sí?

Keg no es capaz de contener la sonrisa.

—Me parece que el apodo con el que te ha bautizado te va como anillo al dedo.

—Genial —murmuro con cierto desinterés y apatía, aunque la sonrisita que se me escapa me delata; reconozco que Lu ha dado en el clavo con el apodo, y que es bastante gracioso.

Esta especie de… de camaradería que tengo con él me resulta extraña a la par que curiosa. Keg nunca me ha tratado como a una enemiga, sino más bien todo lo contrario, como a una compatriota, una compañera. Tal vez ese sea uno de los motivos por los que he preferido evitarle durante este par de días. Siempre que hablo con Lu, o con Keg, o con Hojat, siento que estoy comportándome como una traidora.

—Eh, mamarracho, ¿cuánto tiempo voy a tener que esperar para la cena? —vocea uno de los soldados.

Keg pone los ojos en blanco.

—Este ejército está lleno de lloricas que se quejan de vicio.

Sonrío.

—Hasta pronto, Keg.

—Hasta mañana —recalca él—. Nos vemos en el desayuno.

—Hasta mañana, entonces —le prometo antes de alejarme de su hoguera.

Aprovecho para estirar las piernas y dar una vuelta por el campamento. Los soldados se apiñan alrededor de las hogueras y el constante murmullo de sus voces me recuerda al sonido del mar. Esta noche no nieva y el aire es fresco, limpio y vigorizante, esa clase de aire que solo se respira cuando la temperatura es invernal. Ahora que ya me he recuperado, debería aprovechar este momento para hacer una visita a las monturas, pero…

La idea de enfrentarme a Mist me provoca náuseas.

Además, ahora Rissa me mira con esa expresión sedienta e impaciente, como si yo fuese la respuesta a todas sus plegarias, la solución a todos sus quebraderos de cabeza. Aunque supongo que es mejor que las miraditas de odio y asco que me lanzan el resto de las monturas cada vez que me ven aparecer por su tienda.

No. Esta noche no me apetece ir a verlas.

Así que, en lugar de dirigirme hacia la tienda donde se alojan las monturas, deambulo por el campamento sin rumbo fijo. Me voy fijando en los carruajes en busca de alguna pista que pueda indicarme dónde guarda el comandante a los halcones mensajeros, aunque tampoco le pongo mucho empeño, la verdad. Una parte de mí se siente un poco culpable.

A pesar de mis reservas y prejuicios, Keg, Lu y Hojat me caen bien. Y eso… eso complica un poco las cosas; estoy empezando a darme cuenta de que no todo es blanco o negro, de que existe toda una escala de grises que nunca me había planteado. Hasta ahora.

Tendría la conciencia mucho más tranquila si fuesen crueles conmigo. Sí, todo sería mucho más fácil si este condenado ejército me estuviese tratando de una forma reprochable, malvada, horrible. De hecho, eso era lo que esperaba. Esperaba que me machacaran, que me humillaran, que me sometieran a una maldad que auguraba ser salvaje y sádica, que me hostigaran y me castigaran hasta destrozarme.

Pero no ha ocurrido nada de eso. El ejército del Cuarto Reino ha dejado de ser ese enemigo sin rostro que, según se rumorea, uno debe temer y odiar a partes iguales.

¿Dónde debo posicionarme? Hasta ahora estaba convencida de que el bando contrario, el bando de Midas, era el correcto, pero ahora empiezo a cuestionármelo.

De repente, ese huracán de sentimientos encontrados se desvanece en cuanto oigo unos gritos a lo lejos. Frunzo el ceño, cambio de dirección y me encamino hacia el ruido a toda prisa. En cuanto llego a los pies de un montículo de nieve bastante alto, lo que parece ser una multitud estalla en un «hurra» colectivo. Sin pensármelo dos veces, empiezo a escalar por la pendiente y a abrirme paso entre ese cúmulo de nieve virgen. Me resbalo varias veces pero al final consigo llegar a la cima del terraplén.

Al otro lado deben de haberse congregado unos doscientos soldados, iluminados por una tremenda hoguera que han encendido sobre el terreno. Han dibujado un círculo enorme sobre la nieve y dentro de él hay un grupo de hombres luchando entre sí, cuatro contra cuatro, para ser más exactos.

Los soldados, con el pecho al descubierto, se están peleando con tal brutalidad que incluso contengo el aliento. Algunos tienen el cuerpo acribillado de moretones y cardenales, y advierto varios regueros de sangre a sus pies, sobre la nieve. Se desafían como bestias salvajes, se atacan utilizando movimientos ágiles y expertos y asestan un golpe a su adversario siempre que se les presenta la ocasión.

Algunos luchan con espadas, otros con los puños, pero después de cada embestida, después de cada golpe, ya sea certero o fallido, los espectadores reaccionan con vítores de celebración o con los insultos más groseros y ofensivos que uno puede imaginar. Todos presencian ese brutal y sanguinario espectáculo con gran entusiasmo y fervor. Cada vez que un soldado golpea a otro, dan un tremendo pisotón sobre la nieve, un estruendo violento, casi inhumano, que retumba en ese páramo helado y hace vibrar el suelo. Siento un escalofrío por la espalda.

De pronto, uno de los luchadores desenfunda un puñal, se agacha y en un abrir y cerrar de ojos consigue hacerle un corte en la tripa a uno de sus rivales. Al ver que el chorro de sangre le salpica el rostro y mancha la nieve, se me pone la piel de gallina.

Un segundo después, alguien sale volando por los aires y, al aterrizar sobre la nieve, levanta una polvareda blanca a su alrededor. Su oponente no está dispuesto a darle tregua porque de inmediato se sienta a horcajadas encima de él y empieza a aporrearle la cara con los puños, sin parar. Incluso desde ahí arriba puedo oír cómo le rompe los huesos. Y juro que no exagero. Enseguida reconozco el inconfundible olor metálico de la sangre, que no deja de brotar del pómulo del soldado que sigue tendido en el suelo.

Hasta ahora, los soldados se habían comportado de una forma dócil, obediente, disciplinada. Marchan durante el día en perfecta formación y por la noche trabajan codo con codo para montar e instalar el campamento en un santiamén.

Me da la sensación de que he retirado el telón, de que estoy presenciando lo que realmente se esconde detrás de bambalinas, detrás de esa apariencia sumisa y civilizada, y que podría describir con una sola palabra: crueldad. Estos hombres son guerreros profesionales y la emoción y exaltación que muestran los espectadores es la prueba irrefutable de que son hombres sanguinarios que han hecho de la violencia su profesión, o puede que incluso su pasión.

Un silbido ensordecedor detiene la refriega ipso facto. Escudriño a todos los presentes en busca del origen de ese agudo pitido y encuentro a Osrik.

Se ha colocado delante de la multitud, fuera del círculo donde se estaba celebrando ese combate de lucha libre. Con las piernas separadas y esos brazos fornidos cruzados sobre el pecho, observa a los asistentes con una expresión imperturbable y autoritaria. Es en ese instante cuando caigo en la cuenta de que Osrik es quien está al mando de tal exhibición de violencia.

Dice algo a los combatientes y casi de inmediato los ocho soldados abandonan el círculo, algunos cojeando, otros sangrando. Sus torsos, todavía desnudos, están plagados de heridas y cardenales, y todos tienen las mejillas sonrosadas por el frío y los labios hinchados por los puñetazos recibidos. Pero aun así sonríen. Sí, sonríen, como si darse esas palizas fuese algo divertido.

Creo que este ejército necesita aprender a matar el tiempo con otra clase de aficiones.

Hojat también está ahí abajo, corriendo de un lado para otro con su inseparable maletín, echando un vistazo a las lesiones de los soldados. Empieza a aplicar ungüentos y a poner vendajes sobre las heridas mientras los combatientes se dan palmaditas en la espalda e intercambian toda clase de insultos e improperios y los espectadores dedican burlas y aplausos a los protagonistas.

Decido que no pinto nada allí, que no quiero atestiguar otro baño de sangre por puro entretenimiento y diversión. Sin embargo, en cuanto muevo un pie para marcharme, con el rabillo del ojo veo que Osrik señala con un dedo a la multitud y elige a otro grupo de luchadores.

Me quedo boquiabierta al darme cuenta de que ha seleccionado al jovencísimo asistente, Palillo. Con su melena castaña y desgreñada y ese uniforme de cuero marrón que no termina de ajustarse bien a su cuerpo, Palillo parece un muchacho flacucho y menudo, un hilo de alambre endeble y frágil en comparación con esos hombretones corpulentos y bruscos. Quizá por eso se haya ganado el apodo de Palillo.

Sin amedrentarse, Palillo entra en el círculo de lucha, se desprende del abrigo de cuero y de la camisa y los arroja al suelo. Ahora que muestra ese pecho lánguido y huesudo, todavía destaca más que antes. Cierro los puños cuando el público le jalea mientras el pobre muchacho trata de no perder los nervios sobre la nieve.

Osrik parece dudar durante unos instantes, pero al final elige a otro luchador. El tipo luce una melena rubia que me recuerda a la planta de la mostaza. Es de un amarillo muy intenso y, en ese ambiente tan macabro y oscuro, llama muchísimo la atención. Esa brillante pincelada de color no encaja con la barbarie que estoy presenciando.

No es un soldado robusto y fornido, sino más bien alto y delgado, pero aunque no tenga la complexión hercúlea de la mayoría de sus compañeros sigue siendo un hombre hecho y derecho, un hombre con músculos, con edad y con experiencia. No es quién para enfrentarse cuerpo a cuerpo con un crío.

Cuando quiero darme cuenta, las piernas me están arrastrando por la pendiente de ese montículo de nieve. Me deslizo entre la multitud que sigue apiñada alrededor del círculo, me abro paso a empujones y me escurro como una serpiente entre varias filas de cuerpos fortachones, robustos y sudorosos.

Consigo llegar a primera fila justo a tiempo para ver cómo el tipo de cabellera amarilla le asesta un codazo a Palillo, justo en el estómago. La fuerza del golpe lo deja sin aire en los pulmones y el pobre se doblega como…, en fin, como un palillo partido.

La ira empieza a nublarme la visión hasta sumergirme en un océano de aguas bravas.

Palillo levanta los brazos para protegerse la cabeza mientras trata de esquivar una sucesión de puñetazos continuos, propios de un boxeador profesional, rápidos y ágiles. El hombre dibuja una sonrisa, como si estuviera pasándoselo en grande mientras zurra a un niño indefenso. El aire está cargado de la emoción de los asistentes, que no dejan de gritar y vitorear a los luchadores, aunque no logro distinguir qué dicen.

Aúllan como animales salvajes para que el espectáculo se vuelva más cruento, más encarnizado.

No pienso permitir que Mostaza le aseste otro golpe a Palillo, así que sin pensármelo dos veces doy un paso al frente y entro en el círculo de lucha. Con ademán resuelto y decidido, me planto delante de Palillo y lanzo una mirada furiosa y desafiante al soldado de cabellera rubia.

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