Destello

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Capítulo 23

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23 Auren

El soldado de cabello mostaza da un respingo y se detiene justo a tiempo. Un segundo más tarde y me habría atizado un buen bofetón, o algo peor. Abre los ojos como platos mientras baja los puños y mira a su alrededor, como si buscase una razón lógica que explicase mi repentina aparición en el círculo de lucha.

La multitud empieza abuchearme. Los soldados, un tanto confundidos y claramente molestos por la interrupción, no tardan en expresar su malestar y empiezan a quejarse. Sus palabras, burdas y vulgares, son dardos envenenados que se me clavan en la espalda.

Ahora que estoy más cerca, me doy cuenta de que Mostaza es mayor de lo que creía; llevar la barba afeitada le otorga un aire más juvenil, pero su mirada es la de un guerrero que ha sobrevivido a incontables batallas.

—Deja al chico en paz —le exijo. Me sorprende que haya sido capaz de controlar la voz, de que no se me haya quebrado bajo la presión.

—Ejem… ¿Qué? —responde Mostaza, que me mira con la boca tan abierta que por un momento creo que se le va a desencajar la mandíbula.

En ese preciso instante se oye un silbido nítido y agudo, y es entonces cuando Osrik entra en escena. Es un maldito armario empotrado y, con cada paso que da, juraría que el suelo vibra. O quizá me esté equivocando y sea yo, porque me tiemblan hasta las pestañas.

—¿Qué coño crees que estás haciendo? —espeta, y se detiene justo delante de mí.

Levanto la barbilla. No pienso acobardarme ahora.

—Detener esto. No voy a permitir que se apalee a este pobre muchacho para entretener a tus soldados y que pasen un buen rato a costa de su sufrimiento y humillación.

Osrik abre la boca, dispuesto a replicarme, y no puedo evitar fijarme en el pendiente de madera que lleva en el labio inferior y en la sien, que está palpitando de ira y rabia.

—¿Disculpa? Pero ¿quién coño te crees que eres?

Palillo, que sigue detrás de mí, interviene con su vocecita infantil.

—Señorita, no deberías haber entrado en el círculo.

Le miro por encima del hombro.

—No te preocupes, Palillo. Puedo resolver esto solita.

Osrik escupe una carcajada cruel.

—No, en realidad no puedes. Y el chaval tiene razón. No deberías haber cruzado la línea del círculo de lucha.

—No —añade Mostaza mientras se balancea sobre sus talones y cruza los brazos sobre ese pecho desnudo, fuerte y bronceado—. Explícale las normas, Os.

Osrik me mira con severidad.

—Si alguien tiene la valentía, u osadía, de entrar en el círculo de lucha, tiene que luchar.

—Y quitarse la camisa. No te olvides de ese importante detalle —recalca Mostaza con una sonrisa maliciosa—. No querrás que se te manche la ropa de sangre —añade, y me guiña un ojo.

Se me revuelven las tripas.

—Cierra esa bocaza, Judd —ordena Osrik.

—Señorita, no pasa nada, en serio —insiste Palillo.

Que precisamente él, un crío indefenso, sea quien intente protegerme a mí me parte el corazón. Pero me mantengo en mis trece y no bajo del burro, ni siquiera cuando la multitud ahí congregada empieza a perder los nervios, a gritar más fuerte. Aunque ninguno de los soldados allí reunidos se atreve a poner un pie dentro del círculo, me da la impresión de que están apretujándose a mi alrededor, como si quisieran presionarme, asfixiarme. La tensión se palpa en el ambiente y el aire, antes fresco y vigorizante, se ha enturbiado con tanta grosería y suciedad y se ha vuelto casi irrespirable. Y siento toda esa mugre pegada en la piel.

Osrik fulmina al muchacho con la mirada.

—Vuelve a ponerte en formación, muchacho.

Palillo acata la orden y se revuelve a mis espaldas, pero yo me muevo con él y sacudo la cabeza.

—No.

Me da igual lo corpulento, fortachón, sádico o vengativo que sea Osrik. Hay cosas que te dan el coraje necesario para enfrentarte a un gigante, y la injusticia es una de ellas.

Osrik echa la cabeza hacia atrás y suelta un suspiro larguísimo, como si estuviera tratando de encontrar algo de paciencia en ese ambiente denso y enturbiado. Al ver que su táctica no ha parecido funcionar, da un paso hacia delante, acercándose así un poquito más a mí. Si lo ha hecho a propósito para intimidarme, debo admitir que ha funcionado. Podría aplastarnos a Palillo y a mí en un abrir y cerrar de ojos, y sin siquiera despeinarse.

Pero, aun así, no doy mi brazo a torcer y me mantengo firme. Porque hubo un tiempo en el que yo sufrí la misma suerte que Palillo, y no tenía más remedio que luchar con uñas y dientes por las calles. Los críos que mendigábamos en mercados y plazas nos peleábamos por conseguir una triste limosna mientras Zakir se dedicaba a apostar las cuatro monedas que lográbamos reunir. Nunca hubo nadie que sacara la cara por mí y me defendiera ante tal abuso, a pesar de que lo deseara con todas mis fuerzas.

Y ahora pienso hacer por Palillo lo que nadie hizo por mí.

—Hazme lo que quieras, pero no pienso mirar hacia otro lado y dejar que le deis una paliza a Palillo.

Judd, que está a mi lado, deja escapar un silbido por lo bajo.

Osrik pone los ojos en blanco y, de repente, su barba parece más salvaje y desaliñada de lo habitual.

—Quizá esto te sorprenda un poco, ya que estás acostumbrada a vivir entre algodones en tu castillo de oro —empieza—, pero adivina el qué. En el mundo real no existe esa vida cómoda y despreocupada, y mucho menos en el ejército del Cuarto Reino. Aquí todo el mundo tiene que ganarse su sitio. Incluido Palillo.

Cierro los puños.

—Es un crío.

—Sí, y va a tener que aprender a defenderse. Así se asegurará de que un día, tarde o temprano, será un buen soldado y podrá tener un futuro, un sueldo digno y una reputación intachable. Él eligió estar aquí —explica Osrik, y señala el círculo con la mano—. Esto no es un espectáculo de entretenimiento barato, y no voy a dejar que le den una paliza. Esto es un entrenamiento, joder.

Esa revelación me deja boquiabierta y toda mi rabia e indignación empiezan a desinflarse. Me vuelvo hacia Palillo, que me mira avergonzado.

—Tú… ¿Tú quieres pasar por esto?

Él asiente lentamente, como si temiera que la respuesta fuese a herir mis sentimientos.

—Sí, señorita. Sir Os y sir Judd siempre me dejan entrenar un poco durante los círculos de lucha.

Por el gran Divino, ¿dónde hay un agujero en el suelo cuando más lo necesitas?

—Ah. De acuerdo… —farfullo, y me aclaro la garganta mientras trato de reunir algo de dignidad—. Os dejo que continuéis, entonces. Yo… tengo que marcharme.

Osrik se mueve hacia un lado, pero no para dejarme pasar, sino todo lo contrario, para bloquearme el paso. Levanto la mirada, furiosa, y veo que está sonriendo como un memo engreído.

—No tan rápido. Ya has oído la norma. Si entras en el círculo de lucha, tienes que luchar.

Le lanzo una mirada asesina.

—Si no te apartas, ya puedes despedirte de tus pelotas porque pienso reventártelas de un rodillazo.

Judd suelta una carcajada.

—Eso sí sería un buen espectáculo de entretenimiento.

Osrik sigue con esa sonrisa de superioridad pegada en la cara.

—Venga, va. Me encantaría ver cómo lo intentas.

Los soldados parecen volverse locos porque, al oír la provocación de ese fanfarrón, estallan en gritos y aullidos frenéticos, un rugido que más bien parece salido del hocico ensangrentado de una bestia salvaje. Osrik me está acorralando delante de todo el mundo, me está retando a un duelo y, para colmo, está disfrutando de lo lindo.

—Por si no te habías dado cuenta, ya no estás en el Sexto Reino, mascotita. Si quieres soltar acusaciones y dar órdenes a diestro y siniestro, te aconsejo que te lo pienses dos veces. Y las normas son las normas. Has entrado en el círculo, y ahora debes atenerte a las consecuencias. Punto.

Niego con la cabeza, y lo hago con tal ímpetu que varios mechones de pelo se sueltan de la trenza. El sudor empieza a empaparme la nuca, la frente.

El gigante de Osrik se inclina hacia delante y se queda a escasos centímetros de mi rostro. Me estremezco y echo la cabeza un pelín atrás.

—Ohh, venga, enséñame esas zarpas de oro, mascota. Veamos cómo sales de esta.

Los gritos de la multitud son ensordecedores. Me instan a luchar, a batirme en ese duelo absurdo. Esos bramidos emiten una especie de energía que me golpea la piel, apalea esa aparente firmeza y resolución y me empuja y vapulea desde todas las direcciones. Con cada alarido, con cada palabra de desprecio y provocación, el aire se va llenando de violencia y crispación y siento que voy a explotar en cualquier momento.

El estrépito y la presión me asedian, me hostigan y lo único que quiero es que se callen.

—Callaos —digo, pero las manos ya me han empezado a temblar y se me ha secado la boca, y todo por culpa de los berridos de esos espectadores sedientos de sangre.

—Tú has sido la que has entrado en el círculo por tu propio pie. ¿Qué creías que iba a pasar? —pregunta.

—No me lo había planteado, la verdad —murmuro, y esa es la verdad. Al oír lo que supongo que él considera una excusa pésima, Judd echa la cabeza hacia atrás y ladra una risotada que retumba en el aire.

A Osrik le encantaría que mordiera el anzuelo e intentara atacarle porque los dos sabemos que no sobreviviría ni al primer asalto. No soy tan ingenua. Soy consciente de que, si le ataco, le estaré dando vía libre para que él se defienda y, peor todavía, para que me ataque a mí. Gracias, pero no.

—Vamos, mascota de Midas. ¿Dónde están tus agallas? —insiste Osrik con tono burlón.

Todo mi cuerpo se pone tenso y el estruendo es tan atronador que ni siquiera soy capaz de distinguir el latido de mi corazón de los pisotones que esos bárbaros están dando al suelo.

Doy un paso atrás. Y después otro, y otro.

Osrik recorta la distancia de una sola zancada.

—¿Qué ocurre? No me digas que tienes miedo. Oh, ¿estás asustada?

Estoy muerta de miedo. Pero no es solo él quien me aterroriza. Estoy aquí, en este páramo helado, pero mi mente me traslada a otro lugar, a otra época; estoy arrinconada contra una pared de ladrillos ásperos y rugosos que me arañan la piel de la espalda. Varios hombres me toquetean, me manosean las cintas, me tiran del cabello, jalan de las faldas de mi vestido.

La turba de hombres de aquel entonces, aunque no era ni de lejos tan multitudinaria como esta, pues no debían de ser más de seis, sonaba exactamente igual. Un clamor familiar que amenazaba con aplastarme.

En aquella ocasión me derrumbé, y no quiero que vuelva a pasar lo mismo.

—Basta, Os.

No me explico cómo la voz de un solo hombre es capaz de hacerse oír en mitad de ese griterío. De repente, todos los soldados enmudecen y la burbuja de presión se desvanece.

Me vuelvo y enseguida reconozco la silueta de Rip. Verle ahí plantado es como un jarro de agua fría.

El cabrón de Osrik tiene la osadía, y la cara dura, de echarse a reír.

—Qué lástima, justo ahora que la cosa empezaba a ponerse interesante. Me faltaba un tris para convencerla.

La expresión de Rip es indescifrable. Con esa mirada negra y siniestra, repasa a todos los soldados que siguen apiñados alrededor del círculo.

—Volved al campamento, todos.

Los soldados obedecen al instante y empiezan a dispersarse a toda velocidad, como quien escapa de una tormenta eléctrica inminente.

La rapidez con la que los reclutas acatan órdenes me sigue pareciendo impresionante. Ninguno rechista, ninguno gruñe en voz baja, ninguno osa sublevarse. En menos que canta un gallo, pasan de ser una horda de hombres enloquecidos a un regimiento de soldados disciplinados. Han jurado absoluta obediencia a su comandante, y todos cumplen con su promesa.

Osrik mira a Palillo.

—Vamos, muchacho. Dejaremos el entrenamiento para mañana.

Palillo asiente con la cabeza y se apresura en recoger la ropa del suelo. Se vuelve hacia mí, nervioso y algo dubitativo.

—Ejem, señorita…

—¿Sí?

—Gracias por haber intentado protegerme, pero la próxima vez… ¿te importaría no hacerlo? Van a pasarse semanas dándome el coñazo por esto.

—No volveré a hacerlo. Lo siento.

Osrik y Judd se ríen por lo bajo.

—Vigila esa lengua, Palillo.

El muchacho se vuelve hacia Rip, que no sé cómo se las ha ingeniado para llegar hasta nosotros sin hacer el más mínimo ruido. De hecho, ni me había dado cuenta de que estaba a mi lado.

—Perdón, señor —responde Palillo claramente arrepentido.

El comandante asiente.

—Puedes marcharte.

No hace falta que se lo diga dos veces. Palillo se da media vuelta y sale disparado. Cualquiera que lo viese diría que le persigue una manada de lobos.

Como quien no quiere la cosa, hago lo mismo. Me vuelvo, dispuesta a marcharme de allí, pero tal y como imaginaba no consigo dar más de tres pasos.

—Tú no.

Con un suspiro, me detengo y me giro, aunque no pienso darle el gustazo de mirarle a la cara. En lugar de eso, observo la retirada de los soldados, que se dirigen en silencio al campamento.

En cuestión de segundos, las únicas personas que quedamos en el círculo de lucha somos Rip, Osrik, Judd y yo.

Me miran con tal intensidad, con tal escrutinio, que se me pone la piel de gallina. Sé que he hecho el ridículo más espantoso al meter las narices en asuntos que no me incumben y entrar en el círculo sin pensar en las consecuencias. Y también sé que he metido la pata hasta al fondo al sacar conclusiones precipitadas. Pero saber que Rip lo ha presenciado todo empeora aún más las cosas.

Me siento vulnerable. Apaleada. Como si fuese uno de los soldados que ha salido herido y maltrecho del círculo de lucha.

Desvío la mirada hacia el comandante. Todos los músculos de mi cuerpo están en tensión.

—Está bien, ya podéis empezar —digo.

Rip arquea una ceja negra y poblada, y las púas diminutas y afiladas que bordean la ceja acompañan el movimiento.

—¿Empezar a qué?

Hago un gesto de desdén con la mano.

—A burlaros de mí por haber entrado en vuestro dichoso círculo de lucha. A soltarme un sermón sobre sacar conclusiones precipitadas, y erróneas, sobre el ejército del Cuarto Reino. A tomarme el pelo con comentarios sarcásticos. Sea lo que sea que vayáis a hacer, hacedlo ya y acabemos con esto lo antes posible —digo. Al pronunciar la última frase, mi voz suena débil y temblorosa, lo cual me enfurece sobremanera.

—Quizá más tarde —responde el comandante, y me parece distinguir una nota de diversión en su voz—. Por el momento, vamos a resolver un asunto que tenemos pendiente.

Se me encienden todas las alarmas.

—¿Qué asunto, si puede saberse?

Aunque es imposible adivinar qué está maquinando, estoy convencida de que no puede tratarse de nada bueno.

—Ya has oído a Os. Has entrado en el círculo de lucha y, si quieres salir de él, vas a tener que luchar.

Me quedo boquiabierta.

—No puedes estar hablando en serio.

—El comandante siempre habla en serio, monada —añade Judd—. Es una de sus peores cualidades.

Rip deja escapar un suspiro exasperado y murmura:

—Os.

Acto seguido, Osrik le asesta una fuerte colleja a Mostaza, que, en lugar de acobardarse y pedir perdón, se echa a reír, como si nada.

Sacudo la cabeza, desconcertada. Y es entonces cuando empiezo a atar cabos.

Son… amigos.

Intuía que Osrik era la mano derecha de Rip, su segundo de a bordo, pero hasta ahora no había sido testigo de la camaradería que existe entre ellos, de la confianza que se profesan. El hecho de que el comandante, un infame asesino, mantenga una relación de amistad con ese par de bárbaros cambia mucho las cosas. La revelación me deja pasmada, pero también pensativa. Mi mente rememora cada interacción entre ellos y la analiza con minuciosidad en busca de indicios de esa inesperada fraternidad.

—¿No tienes nada que decir? —pregunta Rip, devolviéndome así a la realidad.

Digo que no con la cabeza.

—Sí, ¿puedo irme ya? Tengo frío.

—Oh, por supuesto que sí. En cuanto termine la pelea —responde él con una sonrisa socarrona, una contestación que parece hacer mucha gracia a sus dos aliados.

Estoy comenzando a hartarme de ese jueguecito.

—No sé luchar —admito apretando los dientes.

—No encontrarás lugar mejor para aprender —rebate Rip.

Los miro fijamente a los tres mientras espero en silencio a que alguno suelte una coletilla, algún comentario ingenioso que provoque las risas de los demás, pero nadie dice nada. Cuesta creerlo pero sí, está hablando en serio. Y no solo eso, me da la sensación de que la idea de verme luchar contra uno de sus vasallos le entusiasma. Ahora entiendo por qué sus soldados son tan pérfidos y crueles. Lo han heredado de él.

Me cruzo de brazos.

—No pienso luchar.

—Tú misma, aunque presiento que no vas a descansar mucho esta noche, porque vas a tener que dormir aquí, en el círculo, a la intemperie —explica Rip con ese tono sereno y calmado.

Noto un ligero espasmo en la mandíbula. El tic. Es la señal inequívoca de mi desasosiego. No me cabe el menor atisbo de duda de que, si me niego a luchar, cumplirá con su palabra y me dejará ahí toda la noche. El comandante es de esa clase de canallas a los que parece faltarles un tornillo.

—Estoy seguro de que no aguantará mucho, comandante. Un par de horas y se le habrán gangrenado los dedos de los pies —dice Judd, una observación que no ayuda mucho, la verdad.

—Ya puedes despedirte del camastro y de las mantas de pieles —añade Osrik.

Aprieto fuerte los puños. Supongo que ese es el castigo por interrumpir su estúpido círculo de lucha, o tal vez por serle leal a Midas.

—Os odio —farfullo.

—El odio es una emoción que puede ser muy útil cuando te enfrentas cuerpo a cuerpo contra alguien. Aunque nunca debes dejar que te domine. Controla tus emociones, utilízalas con cabeza y verás los resultados —me alecciona Rip. Menudo cretino arrogante.

—Por el gran Divino, ¿es que no me habéis oído? ¡No voy a luchar! —grito, y esta vez ni me molesto en disimular mi enfado. Tengo frío y, para ser sincera, ese trío me intimida bastante.

El comandante me mira a los ojos, y en esa negrura inescrutable y misteriosa no veo un ápice de vacilación, de titubeo. No va a cambiar de opinión.

—No vas a poner un pie fuera de este círculo hasta que lo hagas.

Y en ese instante emito un gruñido de frustración e impotencia, un gruñido que más bien parece el de un animal salvaje.

—¿Por qué eres tan imbécil?

—¡Ajá! Llevo años haciéndole esa misma pregunta.

Reconozco la voz de inmediato. Lu. La soldado, que se acerca a nosotros con esos andares tan livianos, tan etéreos, que parece revolotear como una mariposa sobre la nieve; sus pisadas apenas dejan marcas perceptibles en el suelo. Tiene la mano apoyada sobre la empuñadura de su espada y en su mirada advierto el brillo de la emoción.

—¿Qué me he perdido? —pregunta, y se coloca entre Rip y Judd. Otra pieza del rompecabezas de ese insospechado pero evidente círculo de camaradas.

Judd, que sigue con el torso desnudo y al que por lo visto no le afectan las temperaturas bajo cero, le rodea los hombros con un brazo. Un gesto de familiaridad que no da lugar a dudas: son amigos.

—Aquí, nuestra amiga Ricitos Dorados creía que íbamos a someter a Palillo a un escarnio público, que íbamos a darle una paliza por puro entretenimiento, así que decidió intervenir.

Miro a Lu y se me escapa un resoplido.

—¿Hay alguien a quien no le hayas contado el maldito apodo que se te ha ocurrido?

Ella esboza una amplia sonrisa, y el pendiente que lleva en el arco de Cupido parece iluminarse de rojo.

—La verdad es que ha corrido como la pólvora —explica, satisfecha por haber dado con un mote tan ingenioso—. Pero no nos desviemos del tema. ¿Has entrado en el círculo de lucha?

«Como vuelvan a mencionar esa estúpida norma una vez más…»

—¿Y con quién se va a enfrentar? —pregunta Lu, que está tan contenta y exultante que prácticamente está dando saltitos de alegría.

—Con nadie —respondo.

—Conmigo —informa Rip al mismo tiempo.

Le atravieso con la mirada y, durante un segundo, se me para el corazón.

¿Enfrentarme a él? ¿Ha perdido el juicio? Osrik ya me parecía un contrincante invencible, pero si lucho contra el infame comandante del ejército más cruel y sanguinario de Orea no viviré para contarlo.

—No. Y es un no rotundo —digo, y doy un paso hacia atrás, como si distanciarme un poco de él mejorara las cosas.

Dibuja una sonrisita de suficiencia y advierto la sombra de un colmillo afilado.

—¿Te asusta? —me reta, y lo hace con ese tono meloso que me pone los pelos de punta.

—Por supuesto que me asusta. Eres el comandante del ejército del Cuarto Reino —replico—. Y tu maldito apodo es Rip porque degüellas a tus víctimas, ¡les cortas la cabeza!

Al oír esas palabras, los cuatro se quedan inmóviles, como si estuvieran asimilando lo que acabo de decir. Unos instantes después, parecen volverse locos y estallan en risotadas que ni siquiera intentan contener. Se están desternillando de la risa delante de mis narices, qué poca vergüenza.

Estoy confundida y algo aturdida porque ahora sí que no entiendo nada.

—¿Qué diablos os parece tan divertido?

A Osrik le ha dado un ataque de risa histérica y el pecho le vibra tanto que parece que vaya a explotar. Judd está doblado de la risa y se abraza la tripa, como si le doliera el estómago de tanto reírse. Lu también se está tronchando de risa y no deja de secarse las lágrimas.

—Eso, Rip —dice entre carcajadas—. Cuéntale a Ricitos Dorados qué nos parece tan divertido.

El comandante es el primero en recuperar la compostura, aunque no consigue recobrar su expresión impertérrita y autoritaria de siempre.

—¿Quién de vosotros se ha encargado de difundir ese rumor? —pregunta.

—¡Culpable! —reconoce Judd con orgullo, y se pasa una mano por esa tupida melena de color mostaza—. Me alegra saber que ha llegado a oídos de nuestros vecinos del Sexto Reino.

Arrugo la frente mientras trato de no perder el hilo de la conversación.

—Esperad… ¿Qué?

Esta vez es Osrik quien responde a mi pregunta.

—Ese apodo se nos ocurrió a nosotros —explica con una sonrisa torcida. Ver a Osrik sonriendo da un poquito de grima, la verdad—, pero no porque se dedique a ir cortando cabezas a diestro y siniestro. Una jugada maestra, Judd, enhorabuena.

Mostaza, claramente satisfecho de su hazaña, se hincha como un pavo real.

—Sabía que funcionaría.

Estoy hecha un lío.

—Entonces, el apodo del comandante… ¿No es porque decapite a sus víctimas? —repito con voz débil.

Lu dice que no con la cabeza.

—No, aunque es lo más desternillante que he oído en mucho tiempo. ¿En serio todos los vecinos del Sexto Reino piensan eso?

Me encojo de hombros.

—No lo sé. Lo escuché en algún lugar.

—Por el gran Divino, ahora entiendo por qué los guardias de Midas casi se mean encima cada vez que te ven —le comenta a Rip entre risas.

Todo mi cuerpo se pone rígido al oír ese comentario.

—¿Los guardias? ¿Mis guardias? —le pregunto al comandante.

Posa esa mirada negra e insondable en mí.

—Los guardias de Midas, sí.

Ignoro su malintencionada aclaración.

—Quiero verlos —digo, y doy un paso hacia delante. La revelación me ha dejado inquieta, preocupada, desesperada.

Él ni siquiera pestañea.

—No.

La rabia que siento hace que mis cintas se tensen.

—¿Por qué no? Nunca me has prohibido visitar a las monturas.

—Es distinto.

—¿En qué sentido, si puede saberse? —insisto.

—La única misión de esos soldados era protegerte, y es evidente que fracasaron —dice con tono serio, y ahora sí vuelve a mostrar ese ademán impasible y distante—. No se merecen que les hagas ninguna visita.

Frunzo el ceño, extrañada.

—No hables así de ellos. Se dejaron la piel, y muchos la vida, tratando de esquivar a los Bandidos Rojos. Créeme, hicieron todo lo que pudieron. Quiero verlos —repito, esta vez con un tono más exigente, y le disparo una mirada desafiante que se podría traducir como: «Y no pienso aceptar un no como respuesta».

Los otros tres observan ese duelo verbal en silencio. Casi puedo notar sus miradas clavadas en nosotros.

El comandante da un paso al frente, y una milésima de segundo después, doy un paso atrás. Trato de convencerme de que es una reacción corporal automática, un gesto involuntario provocado por todas esas púas brillantes y afiladas que sobresalen de varias partes de su cuerpo, pero, para qué engañarnos, el comandante intimida con o sin ellas.

—De acuerdo —dice. A decir verdad, no esperaba que accediera a la primera de cambio.

Aunque no debería haber cantado victoria tan pronto. A estas alturas ya debería haber aprendido que el comandante es un hombre retorcido y maquiavélico y, al ver asomar esa sonrisita engreída, debería haber presentido por dónde iban a ir los tiros.

Rip empieza a inclinarse hacia mí, y lo hace con tal lentitud que empiezo a asustarme.

—Si tienes tanta prisa por verlos, te aconsejo que empecemos lo antes posible —dice, y su mirada negra resplandece—, porque, tal y como te he advertido antes, no vas a salir del círculo hasta que luches.

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