Destello

Destello


Capítulo 24

Página 28 de 47

24 Auren

El comandante dibuja un círculo a mi alrededor, como un depredador rodea a su presa.

La púa que tiene entre las escápulas sobresale de tal manera que parece la aleta de un tiburón emergiendo entre las olas del océano.

Osrik, Judd y Lu se han puesto en guardia, dispuestos a enfrentarse en un combate a tres. Ahí no hay alianzas que valgan, cada uno lucha su guerra. A juzgar por las lindezas que vociferan, los insultos que se dedican y las provocaciones que se lanzan, esas batallas cuerpo a cuerpo parecen ser su pasatiempo favorito.

Sin embargo, no puedo prestarles toda la atención que me gustaría porque no me atrevo a despegar la mirada del tipo que me ha desafiado a un duelo y que, en este preciso instante, me está hostigando.

La hoguera está a mi izquierda; las llamas cubren el suelo nevado con un manto color azafrán e iluminan ese páramo glacial con un resplandor anaranjado, intenso y ardiente.

—Todavía pareces asustada —dice Rip, y se detiene justo delante de mí.

—Sería una estúpida si no lo estuviese.

Me da lo mismo que no degüelle a sus enemigos. Sigue siendo un asesino. Es capaz de aniquilar y masacrar a un ejército, de arrasar ciudades y de derrocar reinos. Su cuerpo es la viva imagen de la brutalidad, de la fuerza más inhumana. Casi puedo reconocer el vibrato de la violencia resonando en sus venas.

—Tienes razón —murmura, y se desabrocha el entallado abrigo de cuero y lo deja caer al suelo. Se me acelera el corazón.

Me repasa de arriba abajo con la mirada, seguramente para ponerme aún más nerviosa.

—¿No quieres quitarte todas esas plumas, Jilguero?

Me ajusto el abrigo que le robé al capitán pirata alrededor del cuerpo.

—No, gracias.

Retuerce los labios y, con una lentitud propia de un caracol, va desatándose las tiras de cuero negro que le sujetan el jubón. Las púas que le recubren los antebrazos y la espalda se retraen bajo su piel y un segundo después se desliza esa vestidura de cuero por encima de la cabeza y la arroja sobre el abrigo.

El comandante no me quita ojo de encima, tampoco cuando se deshace de la túnica de algodón negro. Ahí está, a apenas un metro de distancia, con el torso totalmente desnudo. Y entonces el tiempo se detiene, como si los granitos de tierra de un reloj de arena se hubiesen quedado suspendidos en el interior del cristal.

Al verle así, con el pecho al descubierto, me estremezco. Rip es un hombre que intimida, desde luego. Pero también es atractivo. Tiene una especie de magnetismo que te hipnotiza y una belleza mística que te cautiva.

De repente, comprendo a los insectos que revolotean alrededor de plantas carnívoras por voluntad propia. La atracción es tan fuerte y la fascinación tan inmensa que te olvidas del peligro que esconde hasta que ya estás atrapada y no tienes escapatoria.

¿Cómo puede ser que él sea quien esté medio desnudo y sin embargo sea yo la que se siente vulnerable?

¿El lado bueno? Al menos las vistas son estupendas.

Aunque trate de controlarme, se me van los ojos y no puedo evitar fijarme en cada centímetro de su torso. La fuerza de Rip es sobrenatural. Su cuerpo es como un buque de guerra, preparado para soportar cualquier ataque, para abatir a cualquier adversario. Cada uno de sus músculos roza la perfección y parece estar tallado en mármol blanco. Esa visión hace que se me reseque la boca.

Su piel, aunque pálida, no tiene un aspecto fantasmal y enfermizo, como la tez de la reina Malina. Parece suave como el terciopelo, como si alguien la hubiese cincelado y pulido, y advierto una ligera capa de vello sobre el pecho. Mis ojos se deslizan hacia la hilera de puntos negros que tiene en los antebrazos.

Deberían resultarme extravagantes, o aterradores, o monstruosos, pero la verdad es que no me parecen ninguna de esas cosas.

Es la viva imagen de un ser feérico.

El comandante no se mueve ni un ápice. No se esconde, sino más bien todo lo contrario. Me permite que le mire, que contemple cada centímetro de su cuerpo. Esa actitud deja entrever que se siente orgulloso de ser quien es. De ser lo que es.

Algo en mi interior se revuelve. No consigo apartar la mirada de esa sofisticación salvaje, de esa elegancia depredadora. Siento el latido del corazón retumbando en mis oídos, y mi respiración se ha vuelto entrecortada, casi jadeante.

Sin darme cuenta, me he ido acercando poco a poco a él. De hecho, estamos tan cerca que las faldas de mi vestido rozan sus pantalones. Rip sigue inmóvil. Creo que ni siquiera está respirando. Observo esos cuatro puntos negros, situados entre la muñeca y el codo, donde yacen sus púas cuando se repliegan. Me fijo en esas minúsculas hendiduras que tiene en la piel y distingo la punta brillante de los garfios plateados que esconden debajo. Es curioso porque, ahora que están ocultos, no aprecio bultos extraños, ni ninguna protuberancia bajo la piel. Es como si estuvieran soldados a los huesos.

—Increíble… —susurro anonadada.

Me dejo llevar y acaricio esas diminutas hendiduras negras que tiene en esa piel color ceniza con la yema de los dedos. Se me escapa un grito ahogado al notar que la tela del guante se me ha quedado trabada en la punta de la púa. Es como la zarpa afilada de una garra, siempre al acecho, siempre preparada para clavarse en una presa.

Rip se aclara la garganta, y el ruido me despierta de mi ensoñación.

Me siento avergonzada por haber tenido el descaro de tocarle sin su previo consentimiento, y aparto la mano enseguida.

—Lo siento —balbuceo—. No sé qué me ha pasado.

Los ojos del comandante, tan oscuros que es imposible distinguir el iris de la pupila, parecen más grandes, como si el negro de la córnea se estuviese extendiendo y ganando terreno al blanco.

—A ti no te gusta que te toquen. A mí, en cambio, no me importa, ya lo ves.

Me ruborizo. Percibo algo en su voz que me embauca, una caricia que suaviza esos rasgos tan afilados y tan masculinos, una delicada caricia que se desliza por mi piel. Aunque reconozco que me encandila, también me da miedo.

A estas alturas debo de estar roja como un tomate, pero no aparto la mirada, ni doy un paso atrás. Me he convertido en ese insecto que la planta ha conseguido seducir y ahora estoy atrapada en sus garras carnívoras, a punto de morir devorado.

Durante todo este tiempo nunca he dado un paso en falso con él. Siempre me he andado con pies de plomo y he tratado de ser cautelosa y prudente por su reputación de bárbaro desalmado. En parte porque puede poner en riesgo mis secretos más íntimos, pero también porque supone una amenaza para Midas.

Pero ahora mismo acabo de descubrir que hay otro motivo por el que debo mantener esa cautela cuando estoy cerca de él. Y está relacionado con el ardor que en estos instantes siento en el pecho, con los escalofríos que me produce el delicioso ronroneo de su voz.

En mi mente empiezan a sonar todas las alarmas, pero qué sonido tan melódico, tan pegadizo, tan bonito.

El comandante baja la barbilla.

—¿Sabías que el color de tus mejillas se oscurece cuando te sonrojas? Adopta un tono parecido al ocre oscuro —murmura Rip, y pronuncia cada palabra con ese tono grave y profundo, un tono que penetra mi piel y logra meterse en lo más profundo de mi ser.

Me estremezco, como si la mano de un fantasma me estuviese acariciando la espalda. El mundo desaparece a mi alrededor. Ni siquiera oigo a esos tres matándose a palos. Estamos solos, él y yo, yo y él.

—Dime la verdad, ¿por qué te llaman Rip? —pregunto, aunque no reconozco el susurro que escapa de mis labios.

Él sacude la cabeza.

—Ya conoces las normas, Auren. Una mentira a cambio de una mentira, o una verdad a cambio de una verdad. Esas son las normas del juego.

Trago saliva, aunque noto la boca pastosa.

—Entonces prefiero no saber la respuesta.

—Un día, tarde o temprano, querrás saberla —replica él, y su expresión se vuelve un pelín menos severa y adusta, quizá por esa sonrisa perezosa que ha dibujado. Retrocede un paso y deja caer los brazos a los lados—. Y ahora, luchemos.

La burbuja que nos envolvía estalla de sopetón. Ocurre de un momento a otro, como quien apaga la llama de una vela de un solo soplido. Parpadeo y agito la cabeza, como si acabara de despertar de un sueño.

—Si quieres ver a tus guardias, vas a tener que pasar por el aro —me recuerda.

Ese torbellino de sentimientos confusos e ilógicos desaparece en cuanto vislumbro de nuevo esa máscara de arrogancia e insolencia. Para él no soy más que un títere, una marioneta que puede manejar a su antojo y a la que puede obligar a hacer toda clase de piruetas. Tengo que acabar con esto, y cuanto antes.

—Está bien —digo—. ¿Qué quieres que haga?

—Para empezar, mejorar tu postura. No es la apropiada.

Echo un vistazo a mi cuerpo.

—¿Qué le ocurre, si puede saberse?

—Estás demasiado tensa. Si te atacase ahora mismo, estás tan agarrotada que no podrías reaccionar con soltura, con fluidez —explica, y una vez más traza un círculo a mi alrededor—. Debes estar preparada para moverte en cualquier momento y, para ello, no puedes tener todos los músculos contraídos.

Me obligo a respirar hondo y a expulsar el aire poco a poco. Solo así consigo que mi cuerpo se relaje, al menos un poquito.

—Mejor —apunta él.

Y entonces me ataca.

Sin previo aviso, sin alterar la expresión. Nada. Se abalanza sobre mí a la velocidad de un rayo. Pestañeo y, cuando vuelvo a abrir los ojos, una milésima de segundo después, estoy tumbada boca arriba, aturdida y noqueada. Me quedo sin aire en los pulmones y expulso una nube de vaho que se cierne sobre mis labios.

Rip está ahí de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y con esa actitud vanidosa y engreída que tanto me saca de quicio.

Consigo levantarme del suelo y, después de un breve ataque de tos, me sacudo la nieve del culo.

—¡Eres un imbécil integral!

Sonríe de oreja a oreja. Sí, el muy cretino sonríe. Me olvido de esa belleza mística, de ese momento mágico que hemos vivido. Ahora mismo, lo único que quiero es abofetearle.

—¿A qué demonios ha venido eso?

Mis palabras echan chispas y sé que, en cualquier momento, una de ellas va a provocar un fuego voraz.

—Estamos luchando —me recuerda el muy canalla, que parece estar pasándoselo en grande.

—¡No estaba lista!

—Tu oponente nunca va a esperar a que lo estés para atacarte, Auren. En un combate, las cuentas atrás no existen —me explica, como si yo fuese idiota.

—No puedo enfrentarme a ti —espeto. El comandante es un guerrero encarnizado, un luchador nato, un oponente imposible de batir. Y no quiero volver a convertirme en esa pobre niña que tenía que guerrear por las calles para conseguir una triste moneda y a la que sometían a toda clase de humillaciones. Me niego a pasar por eso otra vez.

—¿No? Vaya, pues lo siento mucho por ti —contesta Rip.

Se da la vuelta —sigo sin entender cómo es capaz de moverse con tal rapidez— y, de pronto, aparece detrás de mí. En un abrir y cerrar de ojos, me agarra los dos brazos y los sujeta contra mi espalda, impidiéndome así que pueda moverlos. Suelto un gruñido de dolor, pero el comandante ni se inmuta. Apoya la otra mano entre mis omóplatos y empuja con fuerza, lo cual me obliga a inclinarme hacia delante. Estoy totalmente a su merced y, para colmo, noto que le estoy rozando los muslos con las nalgas.

—Intenta soltarte —sugiere con esa voz calmada, como si no me tuviera sometida a su voluntad, bufando como un gato enfurecido.

Pruebo a librarme de él y empiezo a forcejear y a revolverme, pero enseguida me doy cuenta de que no puedo ponerme derecha porque él es demasiado fuerte, y no va a ponérmelo fácil, obviamente. Tampoco puedo inclinarme más porque, de hacerlo, me caería de morros al suelo. Por mucho que retuerza las muñecas y tire con todas mis fuerzas, no consigo que Rip me suelte los brazos. Mis cintas se tensan y empiezan a agitarse como serpientes alborotadas que quieren embestir y morder a quien las amenaza. Aprieto los dientes y trato de contenerlas, de mantenerlas enrolladas a mi cintura.

—No puedo.

Rip chasquea la lengua. Supongo que es porque no he estado a la altura de sus expectativas.

Un segundo después, me suelta. Doy un traspié porque ni siquiera soy capaz de ponerme derecha sin perder el equilibrio. Cuando levanto la vista del suelo, él ya está delante de mí, listo para un segundo asalto y con esa actitud petulante que tanto me exaspera. Le lanzo una mirada cargada de odio y me aparto los mechones de la cara mientras él me observa con aire pensativo y arrogante. Los extremos de mis cintas vibran de rabia e impotencia.

—Intenta golpearme —dice.

No hace falta que me lo repita dos veces. Es lo que más me apetece ahora mismo. Arremeto contra él con los puños cerrados. No tengo ni la menor idea de dónde debería golpearle, pero supongo que quitarle esa cara de soberbio y engreído de un puñetazo puede ser un buen comienzo.

Pero incluso antes de que pueda levantar la mano, el comandante me coge de la cintura, me da media vuelta, arrastra un pie por la nieve para despegarme las piernas del suelo y, cuando me quiero dar cuenta, tengo la mejilla sobre la nieve. Y todo en un tris.

—Sabes de sobra que así no podrás golpearme —dice, y percibo cierto regodeo en su voz.

Hecha una furia, trato de darme la vuelta en la nieve, pero él adivina mis intenciones y me clava la rodilla en la espalda para inmovilizarme. Me invade una ira furibunda, una rabia incontrolable porque además de humillarme me está haciendo daño, maldita sea.

—¡Apártate, joder!

—Oblígame a apartarme —contesta él.

¿Cómo he podido pensar que era un tipo apuesto y atractivo? Si lo he dicho, lo retiro. Es un cabrón horroroso.

Empiezo a soltar patadas, a dar corcovos con las caderas, pero no sirve de nada. Tras cada intento fallido de zafarme del comandante, él responde hundiendo un poco más la rodilla sobre mi espalda. A medida que van pasando los segundos, me voy indignando un poco más, enfadando un poco más. Aunque mi cuerpo se niega a dejar de menearse y se resiste a rendirse, sé que no voy a lograrlo. No tengo fuerzas ni para aguantar un solo asalto. Soy demasiado débil.

—Defiéndete y deja de contenerte —me ordena Rip con severidad, algo que me sorprende—. Ya sabes lo que tienes que hacer. Si quieres salir del círculo, antes tienes que luchar, pero luchar de verdad.

El frío de la nieve hace que me arda la mejilla que todavía sigue pegada al suelo, pero mi ira arde con más ímpetu si cabe.

—¡Lo estoy intentando!

—No, no te estás esforzando en lo más mínimo —gruñe el comandante—. Presta atención a tus instintos y deja de contenerte.

De repente, al caer en la cuenta de lo que pretende, dejo de forcejear y me quedo quieta.

—No puedo usar mis cintas.

—¿Por qué no?

¿Por qué? Porque Midas no querría que lo hiciese. Porque no debo exhibirlas a ojos de extraños. Porque debo mantenerlas en secreto. Porque debo mantener todo en secreto.

Rip deja escapar un bufido de impotencia, de descontento, como si me hubiera leído los pensamientos. Y entonces me suelta y, al fin, levanta esa descomunal rótula de mi espalda. Con la ayuda de las manos y las rodillas, consigo ponerme en pie. Tengo copos de nieve en el pelo y en la cara, el vestido empapado y un humor de perros.

Él me observa con el ceño fruncido, como si estuviese airado y decepcionado. Esa mirada intensa y penetrante me hace sentir mucho más pequeña, más pusilánime y más insignificante si cabe. Su respiración sigue siendo lenta y regular, como si arrojarme al suelo le hubiese supuesto el mismo esfuerzo que chasquear los dedos.

—¿Por qué te empeñas en seguir ocultando lo que eres? —pregunta con cierta exigencia. La ira le oscurece los rasgos, e incluso esa pincelada de escamas grises que tiene en las mejillas parece adoptar un tono más siniestro.

—Ya sabes por qué —replico, y en mi voz se percibe rencor.

Él debería entenderme mejor que nadie. Quizá por eso me irrita y me saca de quicio cada dos por tres. Una parte de mí considera que debería ser un aliado, y no un enemigo.

—No, no lo sé —contesta—. Ilumíname, por favor.

Estoy que echo humo por las orejas, pero trato de mantener el control. Los dos nos miramos como si estuviésemos lanzándonos dagas voladoras invisibles. Mis cintas empiezan a pellizcarme la piel. Con esos pequeños repizcos me están diciendo que no entienden por qué sigo empecinada en ocultarlas cuando Rip me está provocando de una forma tan evidente y descarada.

—Son un secreto —respondo al fin—. Mi secreto.

Él sacude la cabeza, como si no estuviese de acuerdo.

—No las subestimes, tus cintas son mucho más que eso. Tu secreto ha salido a la luz: ya sé que tienes unas cintas en la espalda, y que puedes moverlas a tu voluntad. Pero las reprimes porque te avergüenzas de ellas.

Se me enciende la mirada y de inmediato tenso todos los músculos de la espalda. Acaba de meter el dedo en la llaga. Sí, el comandante ha descubierto mi talón de Aquiles y ha desenterrado una canción olvidada, una melodía triste y melancólica que retumba en el inmenso vacío que siento en el pecho.

—Cállate.

Pero él no va a callarse, y mucho menos va a disculparse. No va a parar porque es el comandante del ejército del Cuarto Reino y, por alguna maldita razón, su misión en estos momentos es desarmarme, lograr que me desmorone delante de sus narices.

Y ha empezado por mis cintas.

Rip da un paso hacia delante y acorta aún más la poca distancia que nos separa.

—Las ves como tu punto débil, cuando en realidad son tu punto fuerte, Auren. Utilízalas.

De repente, siento una punzada de miedo. Es como un muelle que se ha soltado y ahora no deja de botar en mi interior. Con el paso de los años, he aprendido a esconderlas, a llevarlas siempre atadas alrededor de mi cuerpo, a mantenerlas ocultas a ojos de los demás.

El comandante se cierne sobre mí y el resto del mundo desaparece. Hay algo en su porte, en su presencia, que es capaz de abrumarme, de absorberme por completo.

—No le des tantas vueltas —me gruñe a escasos centímetros de mi cara—. Deja de pensar en los demás. En él. En esconderlas.

Me doy la vuelta.

—Para ti es muy fácil de decir. No tienes ni idea de las cosas que he tenido que soportar, que tengo que soportar.

Advierto el brillo de una emoción en su rostro, una emoción oscura y tenebrosa, una emoción que me aterra. Tengo el presentimiento de que he ido demasiado lejos, de que he cruzado una línea roja.

—¿Eso crees? —contesta él—. ¿Que no tengo ni idea?

Noto un nudo en la garganta. Trago saliva para tratar de engullirlo, y con él, el temor que empieza a asediarme, pero no logro zafarme de él. Me da la impresión de que me ha llevado hasta el borde de un acantilado y de que puede empujarme hacia el abismo en cualquier momento.

—Qué eres, Auren.

No es una pregunta, sino una exigencia, una orden que pronuncia rechinando los dientes. Estoy segura de que no voy a superar esta prueba porque, para mí, la victoria es una utopía, algo que jamás conseguiré.

Niego con la cabeza y cierro los ojos.

—Para.

Sin embargo, él no va a dejar que me escabulla tan fácilmente. Siento la presión de su aura, avasalladora e implacable, igual que él. Rip está tratando de arrancar la coraza bajo la que me he cobijado durante tantos años y me temo que las bisagras que la sujetan no van a aguantar mucho más.

—Dilo. Di lo que eres.

La cabeza me va a estallar. Mis cintas se retuercen. Abro los ojos y le miro con desprecio, con resentimiento.

—No.

El comandante es como una gota de tinta flotando en el agua. Como una nube de tormenta en un cielo despejado. Como una profunda sima por la que me arrojaría sin pensármelo dos veces. Y le odio por ello. No soporto que me haya puesto contra las cuerdas, que se crea con el derecho de hacerme toda clase de exigencias.

Jamás lo había visto tan furioso. Aprieta los dientes con fuerza y las palabras suenan como el gruñido de una bestia sin domesticar.

—Dilo, Auren.

Intento marcharme, huir de esa cruel emboscada, pero él me acecha y me sigue casi pisándome los talones. No me concede ni unos segundos para poder pensar con claridad.

Y entonces se cuadra delante de mí y me bloquea el paso. No tengo dónde ir, me tiene acorralada. La presión amenaza con abatirme, y siento que todo mi cuerpo tiembla de rabia y de pánico. El latido de mi corazón me aporrea el pecho, el cráneo y los tímpanos cuando veo que se cierne sobre mí como un nubarrón de tormenta a punto de descargar rayos y truenos.

—¡Dilo de una puta vez! —me ruge a la cara, y la coraza se cae por su propio peso.

Me quiebro.

—¡SOY UN SER FEÉRICO!

Y en ese preciso instante se desata una ira incontrolable en mi interior, una ira que me inunda y me desborda, una ira que fluye por todo mi cuerpo. Siento que las aguas bravas de esa furia desbocada inundan mis cintas, que se estremecen y empiezan a desenroscarse de mi torso.

Se desenrollan como los zarcillos dorados de un ciclón y los extremos se doblan, adoptando la forma de una mandíbula abierta, lista para atacar y morder. En un abrir y cerrar de ojos, mis veinticuatro cintas se han desplegado.

Salen disparadas de mi espalda, me arrancan el abrigo de plumas por el camino, y varias de ellas se enredan alrededor de las piernas del capitán, tiran con una fuerza titánica y después lo arrojan al otro extremo del círculo de lucha.

Rip levanta una nube de copos de nieve al aterrizar sobre el suelo. La caída es tan brutal que siento que me vibran hasta los dientes, pero me da lo mismo. Ha hecho pedazos algo que era fundamental para mí, para mi supervivencia en este mundo, y dudo mucho que pueda reparar el daño que me ha hecho.

No pienso tener un ápice de piedad, así que me dirijo a él con paso firme y decidido. Todo mi ser rezuma satisfacción, como si una bestia salvaje se hubiese apoderado de mí. Y esa bestia está tremendamente orgullosa y satisfecha de haberle lanzado al suelo y de verle a él, y no a mí, tirado sobre la nieve.

Levanto una cinta y esta, por voluntad propia, tensa el extremo y afila la punta. Sale disparada hacia el cuerpo del comandante, dispuesta a golpearle con toda su fuerza, a hacerle pagar por todo el sufrimiento que me ha causado.

Pero entonces, haciendo gala de la agilidad y destreza que le caracterizan —y que hoy todavía siguen impresionándome—, se pone de pie de un brinco y se planta delante de mí. Está preparado, como si llevara mucho tiempo esperando este momento.

Un instante más tarde, Rip levanta el brazo derecho y esquiva mi ataque; cinta y púa chocan en el aire, como los filos de dos espadas.

El estruendo metálico reverbera a lo largo de la cinta de seda dorada, desde la punta hasta la base que se funde con mi columna vertebral, y todos los huesos de mi cuerpo vibran.

Rip se mueve muy rápido. Antes de que pueda recoger la cinta, alarga el brazo, agarra la cinta y la enrolla entre esas púas afiladas. La sujeta con firmeza y empieza a tirar de ella con tanta fuerza que por un momento creo que va a arrancármela de cuajo. Poco a poco, va arrastrándome hacia él, como quien tira de la correa de un perro.

Con un chillido de impotencia y exasperación, arremeto contra él y cuatro cintas más salen desbocadas de mi espalda, pero el malnacido se las ingenia para atraparlas en el aire. Las sujeta en ese puño descomunal y siento que las aplasta con los dedos, como si fuesen pececitos atrapados en una red de pesca. Aprieta tanto el puño que, por mucho que tire y tire de ellas, sé que no voy a lograr que las suelte. Estoy vislumbrando una muestra de su fuerza feérica, pero estoy convencida de que no es más que la punta del iceberg.

El comandante no cesa en su ataque y tira de las cintas con tanto ímpetu que consigue darme la vuelta y por poco me vuelca al suelo. Planto los pies en la nieve para mantener el equilibrio y no caerme de bruces, pero entonces él empieza a deslizar ambas manos por las cintas a la vez que tira de ellas, remolcándome así hacia él. Trato de clavar los talones, de frenar esa embestida, pero mis pies se resbalan por la nieve hasta que mi espalda se topa con su pecho.

—Basta —dice.

Le asesto un codazo en la tripa. El muy cretino ni siquiera suelta un gruñido, lo cual me irrita y me cabrea todavía más. Con la mano que tiene libre, agarra el resto de las cintas y las sujeta con fuerza para inmovilizarlas, para que no pueda utilizarlas para defenderme, para golpearle.

Me roza el lóbulo de la oreja con la mandíbula. Me estremezco al notar esa tez rugosa y áspera acariciando la mía y, de repente, me doy cuenta de que nuestros cuerpos están pegados, de que puedo sentir el calor de su pecho en mi espalda.

—Basta, Auren.

Dicta la orden con esa voz grave, profunda, serena, una voz capaz de apaciguar a la bestia salvaje en la que, al parecer, me he convertido, una voz capaz de calmar la rabia que se había apoderado de mí.

Entre jadeos, parpadeo y ese huracán de ira y odio desaparece de un plumazo. Bajo la mirada y veo que me está rodeando la cintura con un brazo. No advierto ninguna púa afilada y noto su mano apoyada sobre mi cadera.

Sigue con mis veinticuatro cintas en el puño, pero ha dejado de apretar y no me hace daño. El corazón me palpita con tanta fuerza que más bien me parece estar oyendo el redoble de un tambor de guerra. Y ese latido acelerado y ensordecedor me aporrea las sienes y resuena por mis venas.

No sé cuánto tiempo permanecemos así, ni tampoco en qué momento exacto dejo de revolverme y forcejear, pero poco a poco, con la misma lentitud con la que una tortuga surca los mares, voy recuperando la calma y los músculos de mi cuerpo empiezan a relajarse.

Mis cintas, que siguen aprisionadas en su mano, se deshacen de esa rigidez y recobran su flexibilidad habitual. Y en cuanto lo hacen, el comandante las libera, retira el brazo de mi cintura y da un paso atrás. Esa pérdida de contacto físico hace que me estremezca.

De repente, me siento agotada.

Él se coloca delante de mí mientras mis cintas se enrollan alrededor de mi torso y envuelven mi cintura.

Saben que ha llegado el momento de la retirada. Levanto la mirada y respiro hondo.

Presiento que Rip no va a desaprovechar la oportunidad de regodearse. O de burlarse de mí.

Y por eso me quedo de piedra cuando, en lugar de eso, esboza una sonrisa genuina. No es una sonrisa arrogante, ni condescendiente, ni burlesca. Es una sonrisa amable. Es una sonrisa de orgullo.

—Ahí está, Jilguero —ronronea con esa voz melosa que me hipnotiza—. Por fin has encontrado tu espíritu de lucha.

Ir a la siguiente página

Report Page