Destello
Capítulo 25
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25 Auren
De la hoguera que iluminaba el círculo de lucha solo quedan las ascuas.
Me resulta cuando menos curioso que el fuego se haya extinguido justo cuando las llamas de mi ira desatada han empezado a sofocarse, justo cuando mi exhibición de fuerza sobrenatural ha empezado a apagarse.
Me siento como uno de esos leños carbonizados, recubiertos de quemaduras y todavía humeantes por la intensidad del calor abrasador.
Contemplo esos zarcillos grises danzando en el aire y, de repente, distingo una estrella en mitad del cielo, un punto de luz rutilante que parece asomarse de entre las nubes, como si estuviese vigilándome, como si el Divino hubiese abierto un ojo.
Clavo la mirada en el suelo.
—¿Por qué lo has hecho?
Rip no ha musitado una sola palabra en los últimos minutos, quizá porque se ha percatado de que necesitaba algo de tiempo para pensar, para recapacitar. O tal vez se esté regodeando en silencio porque por fin ha conseguido lo que quería.
Seguimos dentro del círculo de lucha, pero Osrik, Judd y Lu han desaparecido. No tengo ni idea de en qué momento se han marchado. Ni siquiera sé si nos han visto, si nos han oído.
Siento un suave cosquilleo en las cintas y, si cierro los ojos, todavía puedo notar el tacto áspero de la palma de su mano en cada una de ellas. El comandante recoge el abrigo de plumas del suelo y me lo ofrece. Está hecho trizas, pero agradezco el detalle. Es como si él hubiese intuido que necesitaba algo a lo que aferrarme, aunque fuese ese horrendo abrigo, porque salta a la vista que estoy a punto de desmoronarme, de venirme abajo. Se lo quito prácticamente de las manos y lo doblo entre mis brazos.
—Te refieres a por qué te he presionado —adivina él.
—Sí —contesto con la mirada fija en las plumas del abrigo que le robé al capitán y con mis veinticuatro cintas envueltas a mi alrededor para ayudarme a mantenerme entera, a no romperme en mil pedazos ahí mismo.
—Porque necesitabas que lo hiciese.
No soporto esa soberbia. Es un gañán que cree conocerme, pero no sabe nada de mí.
—No tienes ni idea de lo que necesito —respondo sin alterar la voz, y entonces le miro a los ojos y añado—: Estás haciendo todo esto por ti. Lo que no logro comprender es por qué.
—Debo admitir que lo estoy disfrutando —reconoce sin ninguna clase de remordimiento.
—¿Es por Midas? —pregunto, porque necesito entender lo que está pasando, encajar las piezas, averiguar qué le pasa a ese hombre por la cabeza y, sobre todo, conocer sus verdaderas intenciones.
El comandante pone los ojos en blanco.
—¿En serio tenemos que hablar de él?
—¿Por qué le odias tanto?
Su mirada se vuelve glacial.
—La pregunta que deberías hacerte es: ¿por qué tú no le odias?
No voy a caer en la trampa. Esta vez no.
—¿Es solo porque tu rey es su enemigo o es algo más personal?
—El rey Ravinger tiene todo el derecho de declararle la guerra a Midas. Y para mí será todo un honor liderarla, créeme —dice, y después recoge la túnica y se la pone por la cabeza.
—Pero ¿por qué? ¿Qué te ha hecho Midas, si puede saberse? —insisto—. Es un buen rey.
Rip suelta una risa burlona mientras se coloca el jubón negro y se abrocha las tiras de cuero a ambos lados del pecho.
—Oh, sí. El rey Midas, famoso por convertir en oro todo lo que toca, aclamado y amado por sus súbditos —murmura con evidente ironía, y después me mira de reojo—. Qué raro que en Alta Campana abunde la pobreza y la gente viva en la más absoluta miseria, cuando él, con solo tocar una piedra, podría salvar a su propio pueblo del frío y la hambruna. Sí, desde luego es un gran rey.
Se me revuelve el estómago y noto un sabor amargo en la lengua. Abro la boca para salir en defensa de Midas, para rebatir esa sarta de acusaciones infundadas, pero no me salen las palabras.
Porque… Rip tiene razón.
Lo vi con mis propios ojos cuando atravesamos la ciudad de Alta Campana.
Chabolas desvencijadas, casi en ruinas, a punto de desmoronarse a la sombra de un castillo dorado. Hombres y mujeres escuálidos, algunos incluso cadavéricos, vestidos con harapos.
El comandante debe de suponer que no tengo argumentos para contradecirle pero no se pavonea, ni tampoco se burla, lo cual debo confesar que me sorprende.
—Ahora entiendes por qué me encantaría bajarle un poco los humos. Aunque sospecho que mi rey tiene otros planes reservados para él.
Se me encienden todas las alarmas.
—¿A qué te refieres?
Él sacude la cabeza.
—A nada que debas saber.
Me siento impotente, frustrada. Le miro con los ojos entornados.
—¿Dónde ha quedado aquello de «una verdad a cambio de una verdad»?
—Acabo de contarte una ahora mismo. Las verdades del rey Ravinger no forman parte del juego.
—Lo cual te viene de maravilla —murmuro, y desvío la mirada hacia el humo que aún desprenden los troncos de la hoguera—. Osrik y los demás… ¿Me han visto? ¿Han oído todo lo que he dicho? —pregunto avergonzada. No me atrevo ni a mirarle a la cara.
—Sí.
Cierro los ojos y aprieto con fuerza los párpados. Mis veinticuatro cintas se ponen tensas, rígidas.
—Me estás destrozando —susurro, y un soplo de aire frío me acaricia la mejilla. Es como un beso triste, afligido.
No le oigo acercarse, pero no hace falta porque lo siento en la piel, en las entrañas, en todo mi ser. ¿Cómo no hacerlo? Hay algo en él que sigue presionándome, que sigue rogándole a mis instintos que se despierten de ese letargo invernal.
—A veces —murmura—, las cosas deben destrozarse para poder alzarse de nuevo, volver a construirse.
La estrella centellea, como si tuviese corazón propio.
Tardo un buen rato en abrir los ojos, en respirar hondo y recobrar la serenidad.
—Quiero ver a los guardias.
Tal y como imaginaba, está tan cerca que, si me inclinara unos milímetros, podría apoyar el oído sobre su pecho y escuchar el latido de su corazón.
Rip ladea la cabeza.
—Está bien, Jilguero. Te llevaré a ver a los guardias.
Salimos del círculo de lucha, pero él no se separa de mi lado. Con cada paso que damos, nuestras botas se hunden en la nieve, dejando un rastro de agujeros en el camino.
Me echo el abrigo por encima de los hombros. Por suerte, solo se ha desgarrado la espalda y aún puedo ponérmelo para arroparme y guarecerme de las bajas temperaturas. De repente, estoy temblando de frío. La rabia es una emoción tan intensa, tan ardiente, que es capaz de hacerte entrar en calor, pero en cuanto se desvanece, te invade un frío glacial, un frío propio de otro mundo.
Rip no deja que nos adentremos en el campamento, sino que prefiere que lo bordeemos. Pese a que pueda parecer contradictorio, en ese sendero oscuro marcado por diminutas antorchas que emanan una luz tenue y anaranjada, no me siento tan intimidada por él. Nuestras sombras bailan entre ellas, se entrelazan, se unen y se separan en danza magnética, como si pudiesen percibir algo familiar.
—¿Desde cuándo sirves al rey Ravinger? —pregunto con un hilo de voz, aunque sé que oye cada una de mis palabras, de mis respiraciones. Quizá incluso el staccato del latido de mi corazón.
—Me da la impresión que desde siempre.
Sé muy bien a qué se refiere. Conozco demasiado bien esa sensación.
—¿Y sabe que estoy aquí, contigo?
Rip asiente.
—Está al corriente.
El miedo que se balanceaba en mis tripas se transforma en un bloque de hielo. No sé muy bien por qué, puesto que hace varias semanas que soy una de las prisioneras del ejército del Cuarto Reino. Sin embargo, una cosa es que Rip sea mi captor y otra muy distinta es saber que voy a acabar en manos del Rey Podrido. Estoy segura de que, en cuanto se enteró de que su ejército me había capturado, su mente ya empezó a discurrir varias maneras para utilizarme a su favor.
La vida me ha enseñado que eso es lo que hacen los hombres. Utilizar a las mujeres en beneficio propio.
—Si te ordenase que me mataras, ¿lo harías? —pregunto sin pensar, y le miro con el rabillo del ojo.
Se detiene en seco, como si la pregunta le hubiera pillado desprevenido.
—Eso no va a ocurrir.
Arqueo las cejas, sorprendida por tal ingenuidad.
—No estés tan seguro. Soy la preferida de Midas, y todos sabemos que ellos dos son enemigos acérrimos —insisto, y bajo aún más la voz por miedo a que algún chismoso pueda estar escuchándonos—. Y por si eso no bastase para condenarme, acabo de confesar que soy un ser feérico de pura raza, los traidores más odiados y perseguidos de toda Orea. Tres de tus soldados me han oído gritarlo a los cuatro vientos, y podrían delatarme en cualquier momento. Tú y yo sabemos que es una información muy valiosa.
—Jamás le dirían una sola palabra de esto a nadie, a menos que yo se lo ordenase. Son mi Cólera.
Frunzo el ceño.
—¿Tu qué?
Rip me mira de reojo.
—A Lu se le ocurrió el nombre hace ya varios años. En pocas palabras, son mis elegidos. Me brindan su ayuda, me asesoran en la toma de decisiones, lideran su propio regimiento en el ejército y, si se presenta una misión peliaguda o peligrosa de la que no puedo encargarme personalmente, es a ellos a quienes recurro.
Reconozco que la revelación me deja atónita. Lo que me asombra no es que tenga una pequeña tropa de soldados que le hayan jurado lealtad hasta la muerte, sino la convicción con la que habla de ellos. Confía plenamente en esos tres energúmenos, lo intuyo por el timbre de su voz.
Sin embargo, eso no significa que yo pueda fiarme de ellos.
—Han sido testigos de mi confesión. Me han oído reconocer que soy un ser feérico. ¿En serio crees que no se lo van a contar a nadie? ¿Que no han informado ya a tu rey?
—No lo creo. Lo sé.
Es evidente que está convencido, que pondría la mano en el fuego por todos y cada uno de ellos. Hay una duda que lleva días rondándome por la cabeza, y creo que ha llegado el momento de resolverla.
—Saben que tú eres un ser feérico, ¿verdad?
A pesar de la negrura que nos envuelve, veo que asiente con la cabeza.
—Lo saben.
Si no estuviésemos caminando, me habría sentado para procesar lo que acabo de oír. Sacudo la cabeza para tratar de ordenar todas las preguntas que quiero hacerle.
—Pero eso es… es… ¿Cómo?
—Ya te lo he dicho, son mi Cólera. Han estado a mi lado desde el principio, y nunca me han fallado, ni una sola vez. A veces confío más en ellos que en mí mismo. Jamás me traicionarían.
—Pero eres un ser feérico. Los ciudadanos de Orea nos odian. Aunque tu Cólera te guarde el secreto, ¿cómo es posible que nadie haya adivinado lo que eres? ¿Cómo es posible que la verdad no haya salido a la luz?
Sus ojos se iluminan como dos estrellas en mitad de la penumbra.
—Podría hacerte la misma pregunta.
—Me escondo y me esfuerzo por pasar desapercibida —respondo—. O eso hacía antes de abandonar Alta Campana. Tú, en cambio, no has ocultado tus rasgos feéricos desde que el rey te nombró su comandante. ¿Cómo es posible que nadie se haya dado cuenta?
El comandante encoge los hombros.
—Los mortales acostumbran a creerse todo lo que oyen, sobre todo si están predispuestos a ello. Creen que soy el monstruo que el Rey Podrido diseñó y creó a su antojo, y permito que lo crean porque me conviene.
—¿Y tu rey lo sabe?
Estira la comisura de los labios en una sonrisa maliciosa.
—Esa es otra pregunta sobre el rey y, como ya te he dicho antes, no forman parte del juego.
Mastico sus palabras como si fuesen un trozo de carne, tratando de triturarlas para poder digerirlas y evitar que se me atraganten.
—Espero que tengas razón sobre tu Cólera —murmuro. De lo contrario, estoy en un buen aprieto.
—La tengo. Pero ahora me debes una verdad.
Siento el aleteo de una bandada de pájaros en el estómago. Estoy hecha un manojo de nervios.
—¿Qué quieres saber?
—¿Quién es tu familia?
Los huesos que me protegen el pecho parecen fundirse y, por un segundo, dejo de respirar. Ni siquiera me molesto en disimular mi sorpresa. No esperaba que me preguntara eso, desde luego.
—Mi familia está muerta —farfullo.
Él hace una pausa en el camino.
—Un nombre, Jilguero.
La pregunta queda suspendida en el aire. No debería haber entrado en este estúpido jueguecito de verdades. Debería haberme imaginado que el precio que tendría que pagar iba a ser demasiado alto.
—No recuerdo el apellido de mi familia —confieso, y siento una punzada de dolor. La confesión me araña las entrañas y reabre una herida que creía cerrada.
Me concede unos instantes de silencio. Quizá sea otra de sus maquiavélicas estratagemas para hacerme creer que no va a insistir, que no va a seguir escarbando en mi pasado, pero sé que no se va a dar por vencido. A eso es precisamente a lo que se dedica, a desafiar a sus enemigos, a ponerles contra las cuerdas, a desenterrar recuerdos olvidados y a hurgar en las heridas de las personas. Tal vez por eso se ganase el apodo de Rip, porque descabeza las mentiras de sus adversarios y se las arranca de cuajo para así conocer sus verdades.
—¿De dónde eres?
—¿Por qué quieres saberlo? —pregunto—. ¿Cómo piensas utilizar esa información en contra de Midas?
Aunque en ese sendero la negrura es casi opaca, vislumbro que cierra el puño.
—Ya te lo he dicho antes, no estamos hablando de él.
Y, de repente, la calma silenciosa y pacífica que se había instalado entre nosotros se desvanece. No queda ni rastro de esa serenidad, de ese aparente entendimiento. Pero es mejor así, me digo para mis adentros. El comandante y yo somos enemigos y lo más lógico y coherente es que nos comportemos como tal.
—Osrik me lo dejó bien claro el día que llegué aquí. Esperabais que cantara como un pajarillo, que revelara los secretos mejor guardados de Midas —digo con cierto retintín—. Así que deja de negar que esta conversación es, en realidad, un interrogatorio para averiguar información sobre Midas. Me haces sentir como una estúpida. No vuelvas a intentar engañarme, es lo mínimo que espero del comandante de este ejército.
Él se ríe entre dientes, pero es una risa áspera y maliciosa.
—La única persona que te engaña es tu querido Rey Dorado. Dime, ¿en qué momento decidiste arruinarte la vida a cambio de que él viviera como un rey? —pregunta con crueldad.
Aprieto los labios, airada e indignada. Sin embargo, ese alarde de perversidad no solo me recuerda que es un cretino de tomo y lomo, sino también que es mi raptor y yo, su prisionera. Su repentino enfado me coloca de nuevo en un lugar más familiar. Lejos queda ese momento confuso que hemos vivido esta noche. No somos amigos. No somos aliados. Jugamos en bandos opuestos.
—Si tengo que elegir, siempre lo elegiré a él —sentencio en mitad de ese sendero lóbrego y oscuro.
—Sí, sí. Eso ya lo he oído antes —replica él con tono mordaz—. Pero, aun así, me asaltan varias dudas. ¿Qué pasaría si los papeles se intercambiasen? ¿Crees que Midas protegería a capa y espada tus verdades, tus secretos? ¿Qué ha sacrificado tu rey por ti?
—Ha hecho muchos sacrificios —respondo de inmediato.
Su expresión se torna apática, indiferente y tan glacial como el aire nocturno.
—Ya. Como aleccionarte para que te avergüences de ser quien eres.
Noto un estremecimiento en la espalda. Ha sido un golpe bajo, y me ha dolido. Siento el inconfundible cosquilleo húmedo de las lágrimas en los ojos y me apresuro en secarlas antes de que se deslicen por mis mejillas. Estoy furiosa, pero no con él, sino conmigo. ¿Por qué dejo que sus palabras me afecten tanto? Debería hacer oídos sordos a todo lo que dice. ¿Cómo es posible que siempre se salga con la suya y consiga atravesar mi coraza?
Rip se vuelve y señala algo con el dedo. A unos pocos metros de nosotros, diviso un carruaje bastante grande y con barrotes a los cuatro lados, la clase de carruaje que se usa para encerrar a prisioneros de guerra. Lo custodian varios soldados ataviados con el uniforme del ejército del Cuarto Reino. Al lado han encendido una pequeña hoguera para no morir congelados. Al vernos llegar, algunos se miran con cierto nerviosismo.
—Tus guardias están ahí. Estoy seguro de que te dejo en buenas manos. Ahora que estáis todos juntitos, podéis intercambiar historias sobre la grandeza y generosidad de Midas. Yo tengo cosas mejores que hacer.
Siento una tremenda opresión en el pecho al oír esa fría e irónica despedida. El comandante se da media vuelta y se marcha ofendido, no sin antes ladrar una orden a los soldados ahí reunidos. Aunque tengo su permiso para ver a los guardias, les advierte que me vigilen, que no me quiten el ojo de encima. Y entonces desaparece entre las tiendas del campamento sin volver la vista atrás, totalmente ajeno a la lágrima que se ha quedado congelada en mi mejilla.
El dolor del pecho no se desvanece, ni siquiera cuando al fin puedo ver a los guardias y asegurarme de que están todos bien. Me alegro de que estén sanos y salvos, de que no les hayan torturado o asesinado, pero aun así me quedo abatida, devastada.
Me quedo devastada porque la persona a quien estaba buscando, a quien realmente quería ver, no está ahí. La única persona que me transmite esa sensación de familiaridad y de hogar cuando estoy cerca de ella no está ahí.
El dolor de no encontrar a Digby entre los prisioneros es como el de un puñetazo en la boca del estómago. Duele. Toda esperanza está perdida, y eso duele.
Los guardias de Midas están bien, pero mis guardias no.
Sail navega a la deriva por algún remoto lugar y sus restos yacen en una tumba de nieve, y el cuerpo de Digby se ha esfumado de la faz de Orea. Y tengo que asumir esas dos pérdidas justamente ahora, mientras las palabras punzantes de Rip me rasgan el pecho.
Regreso a mi tienda con aire alicaído y compungido, y con borbotones de lágrimas deslizándose por mis mejillas. En el cielo, aquella estrella titilante se apaga y vuelve a esconderse entre las nubes.