Destello

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Capítulo 26

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26 La reina Malina

—Maldita sea.

Al susurrar tal blasfemia, Jeo, el tipo atractivo que en este preciso instante está echado en el diván, levanta la cabeza de la almohada y me mira.

—¿Qué ocurre?

Aparto la vista de la carta manuscrita, suspiro y la tiro con desprecio sobre el escritorio.

—Franca Tullidge no puede acudir a la reunión porque no está en Alta Campana. Está de viaje y no volverá hasta dentro de seis meses —explico molesta y enfadada.

—¿Y eso es malo? —pregunta Jeo.

Me masajeo las sienes para tratar de despejar la mente y me recuesto en el sillón. Pongo toda mi atención en Jeo.

—Sí, es malo. La familia Tullidge cuenta con una guardia privada de setecientos hombres. Hombres que tal vez vaya a necesitar, así que es de suma importancia que sellemos un acuerdo y me jure lealtad absoluta.

Jeo se pone de pie de un brinco y, sin querer, me distraigo. Se ha quitado la camisa nada más llegar y se pasea por el salón con el torso al descubierto. Los lunares de su piel son como motitas de canela espolvoreadas por todo su cuerpo, como si el Divino hubiese añadido un toque especiado al cuerpo musculoso y decadente de Jeo a modo de adorno, de mera decoración.

Coge el cántaro de cristal que hay sobre la mesa y llena dos copas. Es un vino endulzado con miel. Me tomo unos instantes para disfrutar de su físico. Él se acerca con las copas en la mano; sus andares me recuerdan a los de una pantera, elegantes a la par que desafiantes. Su melena pelirroja, por otro lado, me hace pensar en la sangre de un animal recién cazado.

Me ofrece una copa y después se apoya en el borde del escritorio. Me roza el muslo con la rodilla y, a pesar de las múltiples capas de mi falda y de la tela áspera y gruesa de su pantalón, siento el ardor que emana su cuerpo.

—Cuando llegue el momento, cuando necesites que las familias nobles del reino se pongan de tu lado y luchen en tu nombre, créeme que lo harán —afirma con un exceso de confianza; después se lleva la copa a los labios y se bebe de un solo trago la mitad del vino que se ha servido.

Tomo un sorbo de ese vino dulzón.

—¿Eso crees?

Él asiente.

—Eso creo, mi reina.

—Parece que estás muy seguro.

Jeo se termina hasta la última gota de vino.

—Y lo estoy —responde, y después se encoge de hombros y deja la copa sobre la mesa—. Eres una Colier. Tal vez el oro de Midas pueda deslumbrar, o incluso cegar, al resto de Orea, pero el Sexto Reino confía en tu linaje, en tu apellido. Si llamas a filas a tus súbditos, responderán.

Tamborileo los dedos contra el cristal.

—Eso ya lo veremos.

Espero no tener que llegar a recurrir a eso, la verdad. Mi intención es mover los hilos necesarios para obligar a Midas a abdicar y cederme el trono, pero no puedo dejar ningún detalle al azar. Debo contemplar cualquier imprevisto, cualquier fallo. Tyndall, aunque es un marido pésimo, ha demostrado ser un gobernante excelente. No solo porque le formaron para serlo, igual que a mí, sino porque, tal y como bien ha dicho Jeo, sabe deslumbrar a la gente.

Ese tipo sabe cómo impresionar, cómo hilar una historia para cautivar a sus oyentes, cómo ganarse la fascinación y admiración de sus súbditos. Ha llenado las arcas de muchos nobles de oro que, gracias a él, viven rodeados de lujos y comodidades. Sé que a esos nobles no podré convencerlos, pues no dispongo de tantas riquezas.

Sin embargo, también cuenta con una larga lista de enemigos. Mucha gente se queja de las condiciones míseras en las que vive. Cuando el rey Midas transformó el humilde castillo de Alta Campana en este mastodonte de oro macizo, cometió un terrible error: no tuvo en cuenta la clase de sombra que oscurecería esa hazaña.

Los plebeyos, los campesinos, los granjeros… No pensó en ellos, ni en sus necesidades, pues consideraba que estaban por debajo de él.

Cuando termine con la lista de aristócratas a los que creo que puedo persuadir, el siguiente paso será dedicarme en cuerpo y alma a convencer a esas masas olvidadas, a todos esos súbditos que viven casi en la inmundicia y que envidian las inmensurables riquezas de la aristocracia que los gobierna.

Sí, muchísimas personas odian al rey. Y, de hecho, su esposa es una de ellas.

Me relamo los labios, que aún conservan el sabor de ese vino dulce, y dibujo una sonrisa de satisfacción. Voy a echar por tierra toda esa palabrería barata y voy a destinar cada minuto de mi tiempo a destruir su imagen pública, a despedazar esa fachada de oro reluciente.

Le arruinaré la vida. Y cuando ya no goce del prestigio y la autoridad de los que ahora se vanagloria, me encargaré personalmente de que toda Orea desprecie al Rey Dorado. Y yo seré coronada como reina de Alta Campana, una reina amada y respetada por sus súbditos.

Jeo me contempla con esa expresión cómplice y astuta.

—Conozco muy bien esa mirada —murmura, y me señala con el dedo—. Estás tramando algo.

Se me escapa una risita.

—Por supuesto.

Soy una experta en conspiraciones. No es por alardear, pero se me dan de maravilla, lo cual es una suerte si tenemos en cuenta que me faltan dos cualidades fundamentales para ganarme el respeto de todo el mundo: un poder mágico y una verga.

Es una lástima que carezca de lo primero, pero ¿lo segundo? He descubierto que la mayoría de los mortales con verga son, en pocas palabras, una auténtica decepción.

Desvío la mirada hacia la entrepierna de Jeo. En fin, excepto aquellos que puedes comprar.

Alguien llama a la puerta, y suelto un pequeño bufido. La interrupción no debería pillarme desprevenida porque no me dejan en paz. Siempre hay alguien que necesita algo. Aunque puede resultar agotador, me gusta estar disponible porque al fin acuden a mí para resolver sus problemas. Ahora son mis órdenes las que esperan recibir. Como debe ser.

—Adelante.

Mi asesor, Wilcox, entra en el salón y enseguida repasa a Jeo con esa mirada añil. Aprieta esas dos líneas que tiene como labios, el único gesto de desagrado que se atreve a mostrar delante de mí. Aunque presiento que, por dentro, está echando sapos y culebras, igual que hizo la primera vez que me presenté a cenar con Jeo del brazo.

Wilcox considera repugnante y de muy mal gusto que me acompañe una montura masculina en actos públicos, una opinión que me hizo saber mientras disfrutaba de una agradable cena.

Ese repentino ataque de dignidad me pareció, cuando menos, curioso. Dudo que alguna vez le haya hecho un comentario parecido a mi marido, que iba a todas partes con su harén de monturas. Por no mencionar a esa zorra dorada.

Jeo se levanta de mi escritorio y se da media vuelta con una sonrisa de oreja a oreja. Le encanta provocar a Wilcox, y más ahora que sabe que ese vejestorio desaprueba nuestra relación.

El asesor se acerca a mi escritorio y se inclina en una pomposa reverencia.

—Su majestad, espero no interrumpir.

—Todavía no —responde Jeo, y le guiña un ojo con lascivia.

Wilcox aprieta con fuerza la mandíbula, molesto y ofendido. Él cree que esa perilla desaliñada y canosa le ayuda a disimular esa clase de gestos, pero se equivoca.

Cuando Jeo rodea mi sillón para colocarse detrás de mí, él lo ignora por completo. La montura posa esas manos enormes y fuertes sobre mis hombros y empieza a masajearlos sensualmente. Tocar a la reina con tal naturalidad no solo es un alarde de poder, sino también una declaración de intenciones en toda regla, y yo se lo permito.

—Hmm, estás muy tensa, mi reina —arrulla Jeo.

Mi asesor se pone colorado y tengo que hacer un esfuerzo tremebundo por no sonreír. Todavía no he conseguido averiguar si detesta nuestras exhibiciones de intimidad porque son una muestra descarada e insolente de mi deslealtad hacia Tyndall o, simplemente, porque soy una mujer que contrata monturas para satisfacer sus necesidades carnales.

O quizá sea un poco por ambas cosas.

—¿Necesitas algo, Wilcox? —pregunto como si nada. Mientras, los dedos diestros de Jeo continúan masajeándome la espalda con movimientos firmes a la par que deliciosos.

Wilcox aparta los ojos de las manos de Jeo y me mira.

—Perdón. Ha llegado esta carta para ti —me informa, y da un paso al frente.

Alargo el brazo y tomo el pergamino enrollado.

—Gracias.

Cuando veo el sello de lacre carmesí, el corazón me da un brinco, aunque mantengo la expresión impertérrita para no delatar mi sorpresa.

—Puedes retirarte, Wilcox.

Mi asesor se da media vuelta y se marcha sin decir ni mu, algo extraño en él porque le gusta tener la última palabra en todo; por lo visto, estaba ansioso por largarse del salón y alejarse de la presencia de mi montura.

En cuanto cierra la puerta, suelto un larguísimo suspiro.

—¿Qué ocurre? Cualquiera diría que has visto un fantasma. Estás pálida como la nieve, aunque eso es lo normal en ti —bromea Jeo.

Sé que, por pura cortesía, debería reírle la gracia, pero no puedo. Estoy absorta observando el sello en blanco que decora el lacre agrietado. No contiene ningún emblema, ningún escudo, ningún sigilo, pero no hace falta porque solo una persona podría remitir una carta sin sello.

—Los Bandidos Rojos.

Las manos de Jeo se quedan inmóviles sobre mi cuello.

—¿Los piratas han contestado?

Respondo con un simple balbuceo. Después deslizo el dedo bajo la solapa de la carta y rompo el lacre rojo. Despliego el pergamino y leo la carta a toda prisa. No puedo evitar fijarme en los manchurrones de tinta, en esa caligrafía chapucera que parece más propia de un analfabeto. Aunque debería alegrarme de que en esa panda de corsarios haya alguien que al menos sepa escribir.

Leo el mensaje una segunda vez. El corazón me aporrea el pecho.

—Por el gran Divino…

—¿Qué pasa? —pregunta Jeo, que rodea el escritorio para sentarse frente a mí. Su rostro, varonil y atractivo, es la viva estampa de la preocupación.

Parpadeo varias veces para tratar de ordenar la mente, en estos momentos hostigada por una avalancha de interrogantes.

—No la tienen.

Abre esos ojos azules como platos.

—¿A la puta dorada? Joder, ¿por qué no? —pregunta, furioso—. Les avisaste con muchísima antelación para que arrastraran sus panderos sebosos hasta las Tierras Áridas a tiempo.

Sacudo la cabeza, dejo caer la carta y me levanto del sillón.

—Malina…

Me doy la vuelta, loca de contento. Jeo, al verme tan pletórica y con una genuina sonrisa de felicidad, parpadea, claramente desconcertado.

—El ejército del Cuarto Reino asaltó el barco pirata —susurro, aún maravillada ante tal giro de los acontecimientos—. Se llevaron a las monturas, a los guardias, a todo el mundo. Y ahora son sus prisioneros.

Arquea esas cejas pelirrojas.

—¿Y la perra de oro?

Sonrío tanto que incluso me duelen las mejillas.

—A ella también la han capturado.

Jeo esboza una sonrisa de oreja a oreja, una sonrisa idéntica a la mía. Sabe que la noticia supone un triunfo para mí. Creí que las mazmorras de los Bandidos Rojos serían el lugar perfecto para esa zorra. Pero ¿esto? Esto es, sin lugar a dudas, mucho mejor.

—¡Joder, qué bien! —exclama Jeo—. Esto se merece un brindis.

Y mientras llena otra copa de vino hasta el borde, me entra un ataque de risa, una risa histérica y ronca. No recuerdo la última vez que me reí. Juraría que hacía años que no soltaba una carcajada.

Ha desaparecido de mi vida. Por fin.

No volveré a verla nunca más. No volveré a ver la cara de bobalicón que se le pone a Tyndall cada vez que la ve entrar en el salón del trono. Parecía que fuese a comérsela con los ojos, y lo peor de todo es que no hacía ni el esfuerzo de disimular.

Su preciada favorita ahora está en manos de su peor enemigo, y no hay nada que él pueda hacer para evitarle el sufrimiento y el calvario que le espera en esa celda.

La victoria tiene un sabor dulce.

Sacudo la cabeza. Todavía no me creo el golpe de suerte que he tenido. Diría que todo ha salido a pedir de boca, pero me quedaría corta, ha salido aún mejor.

—Van a despellejarla viva —digo, incapaz de ocultar la emoción.

—Esos soldados son peores que los piratas de nieve —comenta Jeo, que se bebe la mitad del vino que se ha servido de un solo trago y después me ofrece la copa.

Esta vez no me ando con remilgos y tomo un buen sorbo de ese vino dulzón. La montura desenrolla el pergamino y lee la carta por encima.

—Ajá, ¡esos saqueadores de tres al cuarto están que trinan, y no me extraña! El ejército del Cuarto Reino se llevó a las monturas y, para colmo, su capitán se escapó del barco con todo el oro que nos habían robado. Qué mala suerte.

—Le ordenaré a Uwen que les haga llegar un cofre con monedas de oro a modo de compensación —digo. Jeo se queda pasmado ante tal revelación. Encojo los hombros y añado—: Son mercenarios reconocidos. Una sustanciosa ofrenda de oro bastará para que pueda contar con ellos como aliados.

La montura se acerca a mí y me rodea la cintura con un brazo.

—Mi reina, eres una mujer brillante.

Sonrío antes de tomar otro sorbo de vino, y después apoyo el borde de la copa de cristal en los labios de Jeo, que me observa con una mirada lujuriosa y hambrienta. Inclino ligeramente la copa para que ese elixir dulzón se arrastre hasta su lengua húmeda. En cuanto la copa se vacía, la dejo sobre el escritorio y él desliza las manos hasta mis caderas.

Ladeo la cabeza y su expresión se torna libidinosa, casi obscena, lo cual me excita. Ese gesto, que a primera vista puede parecer involuntario, es una invitación tácita, un ruego silencioso que Jeo no tarda en satisfacer. Me acaricia el cuello con los labios y empieza a besarme y a mordisquearme esa zona tan sensible, tan erógena.

Cierro los ojos cuando noto que su lengua empieza a moverse hacia mi mandíbula y, cuando sus labios carnosos rozan los míos, suelto un gemido de placer. Siento unas llamas abrasadoras en el vientre. La idea de fornicar con Jeo a sabiendas de que le he arrebatado todos los jueguecitos a Tyndall aviva aún más ese fuego interior. Su harén de monturas jamás volverá a poner un pie en este palacio. Mi cortesano, en cambio, está estrujándome las nalgas y frotándose la verga en mis faldas en este preciso instante.

Mi lengua busca la de Jeo y, al encontrarla, noto el sabor de ese vino especiado, de mi ansiada victoria.

—Mmm, qué delicia —murmura sin separar sus labios de los míos.

—¿El vino? —pregunto con una sonrisa remilgada.

—Tú —contesta él—. Me encanta cuando te pones en plan reina retorcida y maquiavélica, pero, cuando todas esas confabulaciones salen tal y como habías planeado, te transformas en una mujer empoderada. Verte así me la pone dura como una piedra.

Y para demostrármelo, empuja las caderas hacia delante para que pueda palpar su impresionante miembro viril rígido y erecto bajo la tela de sus pantalones.

—Voy a hacerte mía ahora mismo, mi reina —dice, y siento sus dientes recorriendo el perfil de mi oreja—. Voy a follarte sobre el escritorio, con esa sonrisa malvada y perversa que tienes ahora mismo.

El estómago me arde por la pasión desenfrenada que siento ahora, por la adrenalina que generan las palabras obscenas e indecentes que me dedica Jeo, por una lujuria que jamás fue mía. Siempre me habían ignorado, siempre me habían dejado de lado.

Pero esa etapa de mi vida ya se acabó.

—Hazlo bien —le ordeno con un ronroneo imperioso antes de bajar la mano y acariciarle la entrepierna. Me gruñe al oído, un sonido que me estremece, que me hace sentir poderosa y femenina.

Jeo se agacha, me agarra con fuerza por la cintura, me levanta del suelo y me lleva en volandas hasta el escritorio, que está a tan solo dos pasos. Sus manos se pierden por debajo de mis faldas y, poco a poco, va empujando todas esas capas de gasa blanca hasta mi cintura.

Cuando sus dedos rozan los rizos húmedos que recubren el interior de mis muslos, sonríe y me da un suave mordisco en el labio inferior.

—Qué reina más traviesa.

—Deja de parlotear y fóllame.

Él suelta una carcajada mientras se desabrocha el botón de los pantalones y se los baja hasta los tobillos.

—A tu servicio, su majestad.

Jeo me penetra un segundo después, y lo hace con tanto ímpetu que mi cuerpo se resbala por la superficie de madera del escritorio. Pero la sensación es deliciosa. Es justo lo que quería, lo que le he pedido, y lo que me merezco.

Él se inclina sobre mí y me sujeta de las caderas para evitar que me escurra por la mesa, y todo mientras me embiste con una fogosidad visceral.

—¿Estás disfrutando, mi reina? —pregunta, y hunde su boca en mi cuello para chuparme y mordisquearme la piel. Siento un escalofrío de puro placer.

Estoy disfrutando, pero quiero más. Quiero todo lo que Midas jamás me dio.

Apoyo una mano sobre ese pecho fornido y empapado en sudor y le empujo.

—Al suelo.

Mi montura tuerce la sonrisa, pero acata la orden y se aparta de mí para tumbarse en el suelo. Le veo tendido a mis pies, a mi merced, y me estremezco. Por mis venas fluye excitación, poder, placer.

Me bajo del escritorio y me pongo de pie encima de él, separando bien las piernas. Le miro fijamente y él emite un gruñido profundo y salvaje cuando desvío la mirada hacia su verga, que sigue dura, dilatada, rígida.

—Por favor, mi reina. No seas tan cruel.

Me gusta que suplique.

Me arremango las faldas del vestido, doblo las rodillas y voy bajando poco a poco hasta sentir que su verga se hunde en mi interior, tal y como a mí me gusta. Una reina sentándose en su trono.

Las gotas de sudor se le han acumulado en la frente y cada vez me sujeta con más fuerza por la cintura, pero yo continúo balanceándome sin prisa, disfrutando de cada fricción de su miembro. Cabalgo como una amazona, con la cabeza echada hacia atrás, disfrutando de ese éxtasis carnal, de ese juego decadente a la par que excitante.

—Joder, su majestad —murmura apretando los dientes.

Todo mi cuerpo se contonea al ritmo de mis gemidos. Me dejo llevar, me desprendo de todos mis escrúpulos y tabúes y saboreo las mieles del placer, un placer que durante mucho tiempo me ha sido negado. No volverá a ocurrir. No volveré a quedarme de brazos cruzados mientras otros me arrebatan lo que es mío.

A partir de ahora, haré lo que quiera, cuando quiera.

—Oh, sí, claro que lo harás —susurra Jeo; supongo que, sin darme cuenta, he pensado en voz alta—. Haz lo que quieras pero, por favor, córrete en mi polla.

Suelto una carcajada gutural, pero enmudezco en cuanto él alza las caderas y me embiste en un movimiento profundo y violento para así alcanzar esa zona escondida que no sabía que existía hasta que le conocí a él.

Meneo las caderas por puro instinto para alimentar a esa bestia hambrienta que se ha despertado en mis entrañas, una bestia que solo puedo satisfacer con esa clase de placer, con esa clase de poder.

Jeo suelta un gruñido ronco y empieza a follarme con dureza desde el suelo mientras yo cabalgo sobre mi montura y empiezo el ascenso al séptimo cielo, una sensación tan placentera que no existen palabras para poder describirla.

Alcanzo el clímax y, poco a poco, el ardor de las llamas empieza a apagarse. Se me escapa un suspiro trémulo, como quien se siente liberado. Tres profundas acometidas más y Jeo blasfema entre jadeos mientras su semen impregna mi entrepierna con un calor húmedo y desconocido.

Recorro los músculos de su pecho con las uñas, clavándolas ligeramente, dejando un rastro de arañazos rojos sobre su tez moteada de lunares canela.

—¿Y? —pregunta con una sonrisa de satisfacción. Respira hondo y se coloca las manos debajo de la cabeza, como si estuviese tomando el sol—. ¿Lo he hecho bien, mi reina?

Me tomo unos instantes para recuperar el aliento y después me levanto. Al apartarme, él emite un quejido. Me gusta ese sonido.

—Lo has hecho bastante bien —respondo con aire despreocupado, y me dirijo hacia una puerta tras la que se hallan mi habitación y mi cuarto de baño—. Pero ahora necesito que me duches y que recojas este desastre.

Un segundo más tarde, oigo que se pone de pie y se acerca a mí de puntillas. Noto el calor de sus labios en el cuello mientras me abraza por detrás.

—Solo si puedo hacerlo con la lengua.

Se me escapa una sonrisita de suficiencia.

—Harás lo que tu reina te ordene.

Se ríe, y esa risa genuina es la recompensa que necesito.

—Sí, su majestad, lo haré.

Él y todos los demás.

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