Destello
Capítulo 27
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27 Auren
No pego ojo en toda la noche. Incapaz de conciliar el sueño, doy vueltas en el camastro.
El resplandor anaranjado de las brasas se ha ido debilitando con el paso de las horas; cuando entré en la tienda, esos pedruscos de carbón eran de un rojo incandescente, un rojo vívido e intenso. Ahora, en cambio, no son más que un montón de cenizas humeantes y el gélido aire nocturno parece haberse tragado toda su calidez.
Y en mitad de esa fría oscuridad, mis pensamientos no dejan de hostigarme.
Desde el día en que el comandante Rip me tomó como prisionera, en el barco pirata de esos miserables Bandidos Rojos, he estado esperando que hiciese algo horrible, que sus soldados me martirizaran o torturaran hasta la muerte.
Pero, hasta el día de hoy, no ha ocurrido ninguna de las dos cosas.
De hecho, para ser justa, debo admitir que me han tratado con dignidad y respeto. Incluso me atrevería a decir que se han mostrado amables conmigo. Se me han concedido derechos y libertades que Midas jamás habría aceptado.
Lo que está en riesgo es mi lealtad, una palabra como cualquier otra, un valor moral, una convicción a la que me estoy aferrando como a un clavo ardiente. Me aterroriza pensar en lo que puede ocurrir si empiezo a titubear, si empiezo a desconfiar de mi rey.
Sé que no puedo fiarme de Rip. Lo sé, pero…
Pero.
Tal vez tampoco pueda fiarme de Midas.
Y justo cuando estoy cavilando esa idea traicionera, caigo en la cuenta de que la he articulado en voz alta. Es una confesión entre susurros, una revelación triste y atormentada que tan solo las ascuas ya frías pueden oír.
Me incorporo en el camastro y me pongo el vestido; ya no se ajusta a mi figura porque, de tanto llevarlo, la tela ha cedido y ha perdido toda la forma. Lo he lavado a mano varias veces, he frotado las manchas a conciencia, pero da lo mismo. Aunque esté limpio, siempre se ve sucio. Me arropo con ese abrigo hecho jirones y me calzo las botas; ya que no puedo dormir, al menos voy a aprovechar el tiempo y a dar una vuelta por el campamento.
No he vuelto a ver a Rip desde la acalorada discusión que tuvimos anoche.
No tendría que importarme tanto. De hecho, debería darme lo mismo. Pero sospecho que me está evitando, que me está castigando. Y esa indiferencia me está matando por dentro.
Me agacho para salir de la tienda y, al poner un pie en el suelo, se oye el crujir de la nieve fresca bajo la suela de mis botas. Esta noche hemos acampado junto a un pequeño lago helado que brilla bajo la luz de una luna que está en cuarto creciente.
Aunque camino sin rumbo fijo, no tardo en darme cuenta de que estoy dirigiéndome hacia el este del campamento, donde están alojadas las monturas.
Me detengo frente a su tienda y enseguida reconozco a los dos guardias que custodian la portezuela. Son los mismos que me permitieron entrar cuando vine con Lu. Están jugando a las cartas y, al oírme llegar, levantan la mirada de la mesa.
El que está más cerca, un soldado de melena castaña, arquea las cejas sorprendido.
—Mi señora —me saluda—. Hacía días que no te veíamos por aquí.
—Lo sé —farfullo, pero prefiero no darles explicaciones—. ¿Os importa que les haga una visita?
—Es muy tarde —responde el otro guardia—. Pero puedes quedarte unos minutos. He oído murmullos ahí dentro, así que deben de estar despiertas.
Asiento con la cabeza y me acerco a las solapas de lona de la entrada, pero antes de que pueda levantarlas, alguien se me adelanta desde el otro lado y me bloquea el paso.
Doy un respingo. No esperaba esa repentina aparición.
—Polly.
Lleva su melena rubia y tupida recogida en dos trenzas gruesas, pero salta a la vista que tiene el pelo enredado y grasiento. Y ha perdido peso. Está mucho más delgada de lo habitual. Sin una pizca de maquillaje dorado en el rostro, sin una túnica elegante, sin una sonrisa coqueta. Parece agotada, aunque en su mirada advierto dureza, severidad.
—Hola —responde con evidente frialdad, y se cruza de brazos—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Al oír ese tono de desprecio, empiezo a ponerme nerviosa.
—Esto… Solo vengo de visita. Quería saber qué tal estabais.
—Estamos bien —espeta.
Alargo el cuello en un intento de echar un vistazo al interior de la tienda, pero ella se mueve para impedírmelo.
—¿Ocurre algo?
Polly niega con la cabeza.
—Cuando te han oído charlar con los guardias, me han enviado a mí para decirte cuatro cosas. No puedes entrar.
Arrugo la frente, perpleja y desconcertada.
—¿Por qué no?
Ella me desafía con la mirada, con esa mirada azul tan intensa, tan glacial.
—Nadie quiere verte.
Se me ponen los pelos de punta al oír a Polly hablarme con tanto resentimiento.
Los soldados, que están a mi derecha, se revuelven en los taburetes, como si esa escenita de humillación y deshonra pública los incomodara. Estoy avergonzada, y aunque trate de disimularlo sé que el rubor de mis mejillas me delata.
—Tienes que dejar de venir a nuestra tienda —prosigue Polly con altanería y soberbia—. No eres de las nuestras y no queremos que sigas metiendo las narices en nuestros asuntos para después irles con el chisme a tus nuevos amiguitos del Cuarto Reino.
—¿Qué?
Polly pone los ojos en blanco.
—Oh, por favor. Como si no lo supiéramos. ¿Crees que somos tontas? No hay guardia que te custodie y campas a tus anchas a cualquier hora del día. Sabemos que te has convertido en la putita del comandante.
Me quedo con la boca abierta, en estado de shock, y, durante un breve periodo de tiempo, se me para el cerebro y soy incapaz de procesar y asimilar lo que acabo de oír.
—No… No soy su putita.
Ella pone cara de aburrimiento, como si no se creyese ni una sola de mis palabras.
—Por si no lo sabías, ese par de soldados que hacen guardia frente a nuestra tienda hablan, cuchichean. Duermes en la tienda del comandante cada noche. No somos tan mentecatas, y no vamos a permitir que nos utilices para apuñalar a nuestro rey por la espalda. No vuelvas a venir por aquí, traidora.
Y entonces apoya las manos sobre mi pecho y me empuja.
No me da un empujón muy fuerte, pero me pilla tan desprevenida que pierdo el equilibrio y me tropiezo. Polly jamás me habría puesto una mano encima, y mucho menos para agredirme. No se habría atrevido.
Los guardias se ponen en pie de inmediato y dan un paso al frente para intervenir.
—Basta de cháchara —le ladra uno de ellos a Polly—. Regresa a la tienda.
A Polly se le ilumina la mirada, como si la reacción de los soldados acabara de confirmar sus sospechas, de afianzar sus terribles acusaciones y ratificar mi traición a Midas. Con una sonrisa de profundo aborrecimiento, se da la vuelta y desaparece tras las puertas de lona. Me quedo ahí plantada como un pasmarote.
Ni siquiera puedo mirar a los guardias a los ojos. Estoy abochornada, muerta de vergüenza. Agacho la cabeza y encojo los hombros, como una flor cuando se marchita.
—No te preocupes por ellas, milady —dice uno.
Asiento con la cabeza y me marcho de allí antes de cometer una estupidez, como ponerme a llorar como una magdalena delante de ellos.
Mortificada y ultrajada, camino por la nieve como alma en pena.
Me arrastro por las sombras del campamento, un campamento ahora sumido en el más absoluto silencio porque los soldados, los mismos que por lo visto creen que soy la puta de Rip, están durmiendo a pierna suelta.
«No vuelvas a venir por aquí, traidora.»
Las lágrimas amenazan con empezar a brotar, pero no quiero echarme a lloriquear. Polly no se merece que derrame ni una sola lágrima por ella, así que respiro hondo y me contengo. La vergüenza da paso a la rabia, a la ira. Las palabras envenenadas que me ha dedicado Polly reflejan mis miedos. Mi miedo a fallar a mi palabra, a dudar de mi lealtad, a dejar que alguien me manipule y corrompa mis principios morales.
No soy una traidora.
No lo soy.
Ese convencimiento, esa certeza de que no soy una desertora que se arrima al sol que más calienta, me anima y me llena de energía. Siento que, de repente, alguien ha avivado unas brasas que se habían apagado.
La luna empieza a esconderse tras las nubes, pero distingo dos estrellas que revolotean a su alrededor, como dos luciérnagas.
Emite un resplandor plateado muy suave y tenue que no consigue iluminar las sombras, pero es suficiente para orientarme. Es perfecto para adentrarme en el campamento y pasar desapercibida. Con paso decidido y mirada salvaje, y con la acusación de Polly quemándome los oídos, sigo mis instintos, como si supiera dónde debo ir. O quizá sean las diosas, ese par de luciérnagas, quienes estén guiando mi camino.
Y justo cuando estoy pasando junto a un establo improvisado atestado de caballos, todos con la cabeza gacha y la mirada adormilada, lo oigo.
Un suave gañido.
Freno en seco, ladeo la cabeza y afino el oído. Vuelvo a oír el sonido, esta vez un poco más débil, pero lo suficientemente claro para adivinar de dónde proviene.
Doy media vuelta y acelero el paso. El corazón me late tan rápido que temo que vaya a explotar. A estas horas de la noche hace un frío insoportable, pero esa repentina descarga de adrenalina hace que me olvide por completo de él.
Ahí está, un poco más allá de ese establo, escondido detrás de una carreta cargada con decenas de balas de heno.
Ese es el carruaje que andaba buscando, recubierto de tablones de madera negra y brillante, sin ninguna clase de adorno. En su interior oigo el inconfundible aleteo de unas alas, el susurro de las plumas al rozarse. Estoy a punto de salir disparada hacia él, pero trato de controlar ese impulso y me obligo a acercarme con sigilo para no llamar la atención.
Cuando llego al carruaje, descubro que no tiene puertas a los lados, sino una pequeña trampilla en la parte trasera. Miro a mi alrededor, para asegurarme de que nadie me ha seguido hasta ahí, de que los caballos son mi única compañía. Algunos se mueven, otros resoplan, pero la mayoría duerme plácidamente y, con cada exhalación, expulsan unas nubecitas de vaho.
Apoyo una mano temblorosa sobre el picaporte y la diminuta puerta de la trampilla cede de inmediato. Tan solo se oye un leve chirrido. Mis ojos tardan unos instantes en ajustarse a la oscuridad que impera ahí dentro pero, en cuanto lo hacen, me invade una sensación triunfante. Por fin he ganado una batalla.
Ahí están los halcones mensajeros del ejército.