Destello
Capítulo 28
Página 32 de 47

28 Auren
La negrura es absoluta, casi opaca, pero el destello de esas pupilas y el movimiento de esas siluetas elegantes a la par que espeluznantes no dejan lugar a dudas: ahí dentro hay cuatro halcones.
Puedo dar fe de que las aves están domesticadas porque, al verme, no se asustan, ni tratan de atacarme, tan solo me miran con indiferencia.
A pesar de estar sumidos en esa penumbra, veo que son cuatro ejemplares magníficos, de un tamaño colosal. Las plumas, de una tonalidad leonada preciosa y muy brillantes, recubren todo su cuerpo, desde el pico hasta las garras.
Me fijo en todos los detalles de la jaula, en los posaderos construidos en las paredes, en los huesecillos de roedores muertos que alguien se ha encargado de barrer y amontonar en una esquina del suelo. En la parte superior hay otra trampilla de madera para que los halcones puedan entrar y salir, y por ese diminuto agujero se cuela un rayo de luz de luna.
Trago saliva y echo un vistazo a la superficie de madera que tengo justo enfrente, un tablón que sirve como escritorio, perfecto para escribir un mensaje. Aquí tengo todo lo que necesito, desde pedazos de pergaminos en blanco que guardan enrollados en minúsculos agujeros tallados en la pared, hasta plumas y tarros de tinta colocados en una serie de muescas hechas a medida.
Echo un segundo vistazo a mi alrededor. Silencio. No se oye ni una mosca.
No hay tiempo que perder. Cojo un rollo de pergamino y arranco un pedacito. Lo estiro bien, coloco un tarro en un extremo para evitar que se enrolle y después sumerjo la punta de la pluma en la tinta para que se empape bien.
Tengo los nervios a flor de piel. Me temblequea tanto la mano que por poco vuelco el tintero, pero por suerte consigo cogerlo antes de que se vuelque y derrame la tinta sobre el escritorio.
—Tranquilízate, Auren —murmuro.
Apoyo la plumilla metálica sobre el pergamino y escribo el mensaje tan rápido que más bien parecen garabatos de un iletrado, y no la caligrafía cursiva y embellecida que suelo utilizar en mis misivas. Pero no me queda otro remedio porque no puedo entretenerme. Además de tener prisa, estoy demasiado alterada, en parte por la adrenalina y en parte por el miedo. No me ando con rodeos y el mensaje acaba siendo bastante simplón, pero dadas las circunstancias es lo mejor que puedo hacer.
Los soldados del Cuarto Reino me han capturado, y a los demás también. Marchan hacia ti. Prepárate.
TU PRECIOSA
Dejo la pluma en el soporte correspondiente y encuentro una cajita de arena fina. Cojo un pellizco de arena y la esparzo sobre las palabras todavía húmedas para que la tinta se seque más rápido.
En cuanto se ha secado lo suficiente como para no escurrirse por el pergamino, empiezo a enrollar el papel, pero entonces oigo que se acercan unos soldados. Me quedo petrificada.
—¿Te queda tabaco? —pregunta una voz ronca.
—Joder, me queda un montón. Lo guardo en el maldito bolsillo. Pero no te voy a dar nada, caradura.
—Vete al carajo. Necesito un cigarrillo.
Un suspiro de exasperación. Dejan de caminar y, de repente, escucho el inconfundible sonido de una cerilla al prenderse. A juzgar por la conversación, solo son dos pero están a unos pocos metros de distancia y van a pasar por delante del carruaje de los halcones. Si se dirigen al establo, me van a pillar con las manos en la masa.
Me muerdo el labio y observo el pergamino que tengo en la mano. Podría escabullirme ahora mismo, guardar la carta a buen recaudo e intentar enviarla en otro momento.
Pero tal vez esta sea mi única oportunidad.
Con el corazón amartillándome el pecho y con varias gotas de sudor deslizándose por mi espalda, me inclino hacia delante y alargo el brazo para tratar de alcanzar uno de los posaderos que hay en el interior del carruaje.
Los soldados están charlando y, de vez en cuando, tosen al tragarse el humo del tabaco. «Que no cunda el pánico, Auren», me digo para mis adentros. Abro la mano y muestro el pergamino a los halcones con la esperanza de que estén tan bien entrenados como parece.
El halcón más grande hace el amago de morder a los otros tres, como quien reivindica que el trabajo es suyo, desciende desde su percha y aterriza sobre el posadero que tengo junto a mi mano. No es la primera vez que le encargan enviar un mensaje, desde luego. El halcón se gira para que pueda llegar a sus patas.
«Gracias al Divino.»
Sujeto el tubito metálico que tiene atado a la pata izquierda y abro el tapón.
Si no me falla la memoria, la izquierda indica el norte y la derecha, el sur.
Los soldados reanudan la ronda nocturna y se me encienden todas las alarmas. Estoy tan nerviosa que por poco se me cae la dichosa carta de las manos. Me las ingenio para meterla en el vial de metal y me apresuro en volver a cerrar bien el tapón con la yema de los dedos.
El halcón estira la pata, imagino que para asegurarse de en qué dirección debe ir, y un instante más tarde, en un movimiento diestro y experto, alza el vuelo y desaparece por la trampilla que hay en el techo del carruaje.
Oigo una retahíla de palabras malsonantes y unos pasos esquivos sobre la nieve.
—¿Qué demonios ha sido eso? —gruñe uno de los soldados.
El otro se ríe por lo bajo.
—¿En serio te has cagado en los pantalones? Pero si solo es un halcón.
Con sumo cuidado, cierro la diminuta puerta de la carreta, pero estoy tan nerviosa que prefiero no echar el pestillo, por si acaso hago algún ruido y levanto las sospechas de los soldados.
—¿Y por qué coño ha salido ese pajarraco a estas horas? No hay ni un maldito mensaje.
Estoy paralizada y con los ojos como platos. El corazón me late tan fuerte que creo que se me va a salir por la boca.
—Ese pajarraco caza por la noche, imbécil.
—Ah.
Suelto el aire que estaba conteniendo en un suspiro de alivio. Retiro la mano del picaporte y, con el sigilo de un felino, rodeo el carruaje y consigo esquivarlos. La nieve cruje bajo mis pies, pero, por suerte, los caballos están justo detrás de mí, por lo que el ruido no llama la atención de los soldados. Poco a poco, voy alejándome de ahí.
—Maldita sea, esos caballos apestan.
—Joder, te quejas más que un crío. ¿Por qué siempre me ponen a patrullar contigo?
—Porque te doy tabaco —responde el soldado.
—Ah. Claro, claro —contesta el otro entre risas.
Me agacho para poder echar un vistazo por debajo del carruaje; enseguida distingo dos pares de botas negras al otro lado. En silencio, me arrastro como un cangrejo, hacia atrás. Aunque me he arremangado el vestido hasta las rodillas, tengo los bajos de la falda empapados por la nieve. Me deslizo hacia la parte delantera del carruaje sin apartar la mirada de esas botas, que caminan hacia el lado contrario, justo donde está la trampilla. De repente, se detienen en seco.
—Anda, qué raro. El pestillo no está echado.
Empiezo a sudar frío. Empalidezco. «Mierda.»
Presa del pánico, busco a mi alrededor algún lugar donde poder esconderme, pero lo único que veo es una tienda que está a unos quince metros y, para colmo, tendría que pasar por delante de sus narices para llegar a ella. Aunque es un plan arriesgado, solo tengo una opción, recular y volver atrás, hacia los caballos. Pero ¿y si se asustan y empiezan a rechinar?
—¿Piensas quedarte toda la noche mirando el jodido pestillo? Cierra esa maldita puerta de una vez y volvamos a la hoguera. Aquí hace un frío que pela, se me ha congelado hasta la polla.
Un bufido.
—Anda, no exageres. Y no pongas como excusa el frío; todos sabemos que la tienes pequeña.
—Vete a la mierda.
El soldado obedece porque un segundo después se oye un chasquido metálico y los halcones responden con un gañido, aunque no sé si de agradecimiento o de protesta. Sigo agazapada entre las sombras para no perder de vista a ese par de guardias, que en ese preciso instante se dan media vuelta y se marchan en dirección al calor de una de las hogueras que aún permanece encendida.
Me invade tal sensación de alivio que me dejo caer sobre la nieve. Me da lo mismo que la nieve me moje el vestido. Por qué poco. Me quedo ahí sentada unos segundos, con una mano sobre el pecho, tratando de calmarme y recuperar el aliento.
Pasados unos dos minutos más o menos, me levanto del suelo y empiezo a caminar, esta vez con paso rápido y ligero. La adrenalina todavía corre por mis venas. Cuando por fin diviso mi tienda, vacía y totalmente a oscuras, empiezo a asimilar lo que acaba de suceder.
«Lo he conseguido.»
¡Sí, lo he conseguido! He podido enviarle un mensaje a Midas. Al menos ahora estará prevenido y podrá prepararse para lo que se le viene encima. La ventaja con la que contaba el Cuarto Reino, que era el factor sorpresa, se ha evaporado de la noche a la mañana.
Tengo los músculos de la cara entumecidos por el frío, los labios teñidos de una tonalidad azulona y no puedo controlar el castañeteo de los dientes, pero aun así esbozo una sonrisa victoriosa. Y a pesar de tener el vestido empapado y estar al borde de sufrir una hipotermia, me siento dichosa, eufórica, orgullosa de mi gesta. Ha sido un milagro, pero lo he conseguido.
No soy una traidora. Soy leal a Midas, y acabo de demostrarlo.
Sin embargo, esa sonrisa triunfante se va desdibujando poco a poco. Ni siquiera he podido saborear las mieles de la victoria, ni regocijarme en esa sensación de satisfacción y regocijo por haber logrado tal hazaña, porque, de golpe y porrazo, esa alegría me sabe agria, amarga.
En mis entrañas se instala una sensación horrible, como si ese impulso de demostrarle a Polly y al resto de las monturas que estaban equivocadas hubiese sido un tremendo error.
Arrepentimiento. Sí, eso es. Lo que parece estar pudriéndose en mi estómago es remordimiento.
Mi respiración se ha vuelto agitada, nerviosa. Clavo la mirada en la falda del vestido, que está completamente calada. Debería sentirme orgullosa por haberme mantenido firme en mis convicciones, por no haber fallado a mi palabra, por no haber permitido que Rip me engañase y me hiciese creer que era mi amigo. Debería estar regodeándome porque el ejército más sanguinario de Orea me ha subestimado, porque sus técnicas de manipulación, toda esa falsa camaradería, no les ha funcionado conmigo. Debería estar feliz porque he ayudado a mi rey en un asunto de vida o muerte, porque he demostrado con hechos, y no solo con palabras, de qué bando estoy y porque eso —ser leal y fiel— es lo correcto.
Porque… es lo correcto, ¿verdad?
En un abrir y cerrar de ojos, los cimientos sobre los que había construido todos mis principios y valores éticos empiezan a desmoronarse y en mi interior empieza a librarse una batalla encarnizada. Siempre he sabido de qué bando estaba, del bando de Midas.
Entonces, ¿por qué diablos me siento así?
Sacudo la cabeza. Tengo que dejar de darle tantas vueltas. Lo hecho hecho está. Por mucho que me arrepienta, ya no hay vuelta atrás.
Con tan solo pensar eso, ya me siento culpable.
Me da la sensación de que en mi mente se han arremolinado nubes de tormenta, unas nubes turbias y agitadas y oscuras. Entro en la tienda y empiezo a desvestirme como un autómata, sin pensar.
Con un finísimo rayo de luz de luna como única iluminación, me desabrocho el abrigo, me descalzo y me quito el vestido y los leotardos de lana. Todo está empapado, así que lo cuelgo con la esperanza de que se seque para mañana. Trato de avivar las brasas, pero hace horas que se han apagado y están totalmente frías. Por mucho que remueva los pedazos de carbón, no voy a conseguir que se enciendan y llenen la tienda de ese calor tan familiar y ese resplandor anaranjado tan agradable.
Y por ese motivo, y porque la llama del farolillo también se ha extinguido, no caigo en la cuenta de que no estoy sola en la tienda. Al oír una voz grave y penetrante, me sobresalto.
—¿Te ha sentado bien el paseo, Auren?
Se me escapa un grito ahogado y me doy la vuelta de inmediato. Me llevo una mano al pecho; casi me da un infarto. Con los ojos como platos, me invade el pánico, hasta que distingo esa línea de púas afiladas en la espalda de la silueta que merodea entre las sombras.
Es curioso que la silueta de un monstruo pueda tranquilizarme.
—Me has asustado —murmuro con voz temblorosa, y dejo caer la mano.
—¿En serio?
Se sienta en el borde del camastro y se queda inmóvil. Percibo algo extraño en su voz. No está utilizando ese tono autoritario, distante y un pelín arrogante tan propio de él.
Empiezo a inquietarme.
El rayo de luz plateada que se cuela en la tienda dibuja una línea en el suelo, una línea que nos separa, que define con perfecta claridad qué espacio ocupa cada uno.
Él se queda ahí sentado, en la penumbra. No musita palabra, no mueve ni un solo músculo. El resplandor blanquecino se refleja en las escamas que recubren sus pómulos y sé que tiene los ojos abiertos porque advierto un brillo iridiscente que los delata. Es como un gato salvaje que, agazapado entre las sombras, espera el momento perfecto para abalanzarse sobre un ratoncillo indefenso.
—¿Rip? —llamo. Mi voz suena frágil y temerosa, lo cual me exaspera.
No obtengo respuesta. Además de nerviosa, estoy bastante asustada. Aterrada, me atrevería a decir. Hace unos instantes, al descubrir que era él y no otra persona la que estaba en la tienda, he sentido alivio y ahora, en cambio, siento pavor. Últimamente todo son contradicciones.
Vestida únicamente con mis enaguas, siento que las rodillas empiezan a temblarme, pero no sé si estoy tiritando de frío o de miedo.
Doy un paso atrás y, en ese preciso instante, él se pone de pie con un movimiento elegante y sensual, un movimiento que jamás esperaría de un hombre como él. Me estremezco, como un conejo que ha caído en una trampa, pero no me atrevo a retroceder más porque temo que el cordel que noto alrededor del cuello vaya a ahogarme.
Me siento amenazada y, de forma instintiva, mis cintas empiezan a desenrollarse, como si presintieran que el ataque es inminente.
Tres zancadas más y se coloca delante de mí. Está tan cerca que tengo que echar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos. No me había percatado, pero se me ha resecado la boca y me da la sensación de que no puedo despegar la lengua del paladar.
Apenas nos separan una decena de centímetros; su piel desprende un ardor que me atemoriza, como si la sangre feérica que corre por sus venas estuviera hirviendo. Es un calor abrasador, un calor sofocante que parece engullirse el frío que hasta ese momento reinaba en la tienda.
Quizá este sea el final. Quizá por fin haya llegado el momento en el que voy a ser testigo de la mezquindad con la que, según cuentan mitos y leyendas, el comandante trata a sus víctimas. Y lo voy a vivir en mis propias carnes.
Tengo el presentimiento de que este amable interludio está a punto de llegar a su fin, de que voy a conocer al verdadero Rip, un ser despreciable y desalmado. Ahora ya podré odiarle con toda mi alma, y todos mis quebraderos de cabeza, dudas y temores se esfumarán.
Así que planto bien los pies en el suelo, cuadro los hombros, levanto la barbilla y me preparo para recibir el golpe con dignidad. Mi intuición me dice que el comandante va a ajustar el nudo de la horca, me va a empujar y, tras unos segundos de angustia, me va a dejar ahí, colgada de un poste de la tienda, con mi cuerpo inerte meciéndose en la soga.
Sin embargo, con Rip nunca acierto. Es un tipo imprevisible y, hasta el día de hoy, jamás se ha comportado como creía que iba a hacerlo.
De repente, me agarra por el cuello. Va a estrangularme con sus propias manos, aquí y ahora. Me encojo de miedo cuando noto sus dedos alrededor de la garganta, pero en lugar de ahogarme, me acaricia la nuca con la yema de los dedos, una caricia que me quema la piel, como si estuviera marcándome con un hierro candente.
—No tenía ni idea de que iba a encontrarte en ese barco pirata —murmura, y su voz suena como las olas del mar al bañar la orilla, como un arrullo suave capaz de amansar a una fiera.
Pestañeo en la oscuridad. Tengo que hacer de tripas corazón para sostenerle la mirada, para ignorar el calor que emana su piel.
Lo ha vuelto a hacer. Me ha confundido, una vez más. Y no sé qué decir, ni qué hacer. Por un momento temo que todo sea una estratagema para partirme el cuello. Tal vez debería apartarme de él, utilizar las cintas para empujarlo y arrojarlo a la otra punta de la habitación y así recordarle que no me gusta que me toquen… Pero no hago nada de eso, y no sé muy bien por qué.
—No tenías que llevarme contigo —respondo, con un tono un poco distante, como si estuviera a la defensiva. Al hablar, mis cuerdas vocales vibran bajo la palma de su mano.
Sin previo aviso, me acaricia la yugular con la yema de los dedos. El corazón me va a estallar.
—Oh, claro que sí, Jilguero.
Y entonces Rip se inclina hacia delante y me roza los labios con los suyos.
Se me escapa un grito ahogado, pero eso no impide que pueda saborear sus labios. Inspiro hondo y absorbo su respiración, su aliento.
El comandante no va más allá; no prueba a besarme de forma apasionada, como si no pudiera controlar sus instintos más primitivos. El beso se queda en esa caricia tierna e inocente, labio contra labio, y después se aleja.
No me percato de que había cerrado los ojos hasta que los abro de golpe, sobresaltada. Su mano, que sigue rodeándome el cuello, se desliza lentamente hasta mi mandíbula. Lo hace con tal delicadeza que me da la sensación de que me están acariciando las alas de una mariposa.
—Te gustará saber… —empieza, en voz baja, y sus ojos recorren cada centímetro de mi rostro.
Le observo en silencio, aturdida y un poco abrumada mientras trato de comprender lo que acaba de suceder. Todavía siento ese delicioso cosquilleo en los labios.
—¿Saber el qué? —pregunto, y mi voz parece resonar en la oscuridad.
Aparta la mano y mi cuerpo se balancea hacia el suyo, como si se negara a despegarse de él, como si anhelara el contacto con su piel.
—Que llegaremos al Quinto Reino muy pronto.
Sus palabras son como un jarro de agua fría. Han roto el hechizo mágico de ese momento tan íntimo, y tan confuso.
Algo en mi interior se desinfla.
—Oh.
Me retira un mechón de pelo del hombro y el mero roce de su piel es como otro beso de mariposa. Y entonces me lanza una mirada de soslayo, una mirada dura como el granito.
—Estoy seguro de que tienes muchas ganas de ver a tu rey —continúa, con una expresión indescifrable—. Sobre todo después de haberle enviado un mensaje.
Al oír esas palabras, doy un paso atrás, como si acabara de cruzarme la cara de un bofetón. El comandante se da media vuelta y se marcha de la tienda. Me quedo inmóvil, atónita y boquiabierta en esa estancia fría y oscura.
Lo sabe. Me ha besado. Lo sabe.
Me ha besado.
Sabe lo que he hecho y aun así… me ha besado.