Destello
Capítulo 29
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29 Auren
Una ventisca invernal aúlla fuera de ese enorme y oscuro ventanal. Las ráfagas de viento azotan las banderas del castillo, se inmiscuyen entre las grietas del cristal, produciendo así un sonido sibilante, parecido al de un lamento, y el granizo golpea con fuerza los muros de piedra.
Es paradójico estar viendo una tormenta de hielo tan brutal y salvaje en mitad de la noche desde mi cuarto de baño, donde me estoy dando un baño caliente y reparador. Los zarcillos de vapor han creado una especie de bruma en la habitación que impide ver con claridad. Las gotas de sudor parecen lágrimas de purpurina dorada sobre mi piel y, mientras me dedico a holgazanear en el agua, siento que cada músculo de mi cuerpo se relaja y languidece.
Un súbito grito me sobresalta y rompe ese momento de profundo y sosegado descanso.
Asomo la cabeza por el borde de la bañera, con el ceño fruncido. Intento mirar a través de esa nube de vapor, pero es más densa y espesa que antes, y el rugir de la tormenta cada vez es más ensordecedor.
Me parece oír algo, o a alguien, quizá una voz. Miro a mi alrededor y, en voz alta, llamo:
—¿Midas?
Pero no obtengo respuesta, y me resulta imposible ver más allá de la puerta. De repente, el calor que reina en el baño, y que antes me resultaba reparador, se me hace bochornoso, pegajoso, y me da la impresión de que el agua en la que sigo zambullida se está calentando cada vez más.
Bajo la mirada al notar algo viscoso en la yema de los dedos, algo parecido al jabón que he echado antes en la bañera para que se llenara de espuma. Saco la mano de la bañera y las gotas que se escurren de mis dedos y se deslizan por el brazo aterrizan en la bañera formando pequeñas ondas.
Me acerco la mano a los ojos para poder examinarla mejor, con más nitidez, y descubro que no es jabón.
Tengo las cuatro puntas de los dedos recubiertas de oro líquido.
—No…
Enseguida saco la otra mano del agua y agarro los cuatro dedos que parecen estar fundiéndose. Aprieto con fuerza, como si así pudiera detener ese desangramiento dorado.
Pero mi mano izquierda también está goteando oro.
De pronto, un destello de luz ilumina el cuarto de baño. Es un destello brillante, cegador. Me doy la vuelta hacia el ventanal y me doy cuenta de que ha amanecido, pero ha sido de sopetón, como si la fuerza de la tormenta hubiera engullido la noche.
Siento pánico y se me acelera el pulso.
Sacudo las manos, presa del histerismo, pero lo único que consigo es salpicar el cuarto de baño con gotarrones dorados. Algunos incluso terminan rociándome el rostro. A simple vista, cualquiera diría que me he manchado con pintura dorada.
—Mierda.
El oro empieza a resbalarse por las muñecas, por los codos, por los hombros, por los senos. Me pongo de pie de un brinco y por poco me resbalo en la bañera. El corazón me aporrea el pecho con fuerza, como si estuviese tratando de escapar de ahí.
—¡No! —grito, pero el oro no me obedece. Ahora esas lágrimas doradas también serpentean por mi tripa, por mis piernas, por los pliegues de mi piel.
—Auren.
Levanto la cabeza y veo a Midas, pero parece molesto. Enfadado. Furibundo. En su mirada avellana no advierto una pizca de consuelo, ni de empatía, ni de lástima. Y sé que es culpa mía.
—Ayúdame —le ruego entre sollozos.
Midas no se mueve, tan solo observa cómo esa capa de oro líquido se va extendiendo por todo mi cuerpo hasta recubrirlo por completo. En cierto modo, siento que me está momificando. Mi piel era de oro, pero no de este oro, un oro que me consume, un oro que más bien parece una herida supurante que se va esparciendo hasta infectar todo mi ser. Va a acabar conmigo.
Se me escapa un grito ahogado al darme cuenta de que el líquido se está endureciendo, convirtiéndome así en una escultura de oro macizo.
—¡Midas! —chillo, una llamada de socorro, de pura desesperación—. ¡Midas, haz algo!
Pero él sacude la cabeza. Le brillan tanto los ojos que incluso puedo distinguir el reflejo de mi cuerpo en ellos. Ya no está furioso, pero tampoco me mira con compasión, ni con un ápice de cariño. Y eso me asusta.
—Continúa, Preciosa. Necesitamos más —dice en voz baja, pero con severidad.
Pruebo de levantar una pierna, de salir de la bañera y huir de ese cuarto de baño, pero el oro ya se ha solidificado bajo las plantas de mis pies. No puedo mover los tobillos, ni tampoco las rodillas. Y la bañera… también se ha transformado en un bloque de oro macizo.
Me estoy convirtiendo en una escultura, y no puedo hacer nada para evitarlo.
Cada vez que tomo aire, el oro que recubre mi piel se vuelve más duro, más denso, más robusto.
Las lágrimas empiezan a brotar de mis ojos, pero también son de oro. Se deslizan por mis mejillas como la cera derretida de una vela y se solidifican al llegar a la mandíbula, al cuello.
Mis cintas también entran en pánico y empiezan a retorcerse a mi espalda, pero están empapadas y el peso no les permite moverse con ligereza. Con las puntas plegadas y afiladas, tratan de arrancarme esa capa dorada y rígida de la piel, como un cincel que esculpe un bloque de mármol, pero no pueden. No pueden y, para colmo, cada vez que tocan ese líquido insidioso se quedan adheridas a él, como las hormigas a la savia.
Me invade un miedo terrible al ver que las veinticuatro cintas están combándose en ángulos imposibles, atrapadas en ese fluido dorado que amenaza con petrificar cada centímetro de mi cuerpo. Siento un profundo dolor en el pecho, como si una mano invisible y gélida me hubiese atravesado el corazón y estuviese estrujándolo con fuerza.
Angustiada y aterrada, clavo la mirada en Midas.
—¡Haz algo! —le suplico, pero es un error.
En cuanto abro la boca, el oro se inmiscuye por la comisura de mis labios y me cubre la lengua y los dientes. Intento gritar, pero lo único que sale de mi garganta es un sonido estrangulado, un sonido que recuerda a las burbujas de magma al explotar.
El líquido sigue avanzando implacable; se escabulle hacia mi tripa, trepa hasta mis ojos, tiñendo así mi visión de dorado, e impregna mi nariz con su esencia metálica. Inmoviliza todos mis huesos, envuelve mi corazón y se apodera de mi mente.
En un abrir y cerrar de ojos, me he convertido en una efigie sólida y áurea.
No puedo respirar, ni pestañear, ni pensar. Soy como Lingote, el pájaro del claustro que, de un día para el otro, dejó de piar y de volar, y vivió posado en una percha el resto de la eternidad.
Midas se acerca, me acaricia la mejilla y tamborilea los dedos sobre el metal.
—Eres tan perfecta, preciosa… —murmura antes de inclinarse y darme un beso en los labios, pero no siento nada. Quiero llorar, pero tampoco puedo porque los lagrimales también se han solidificado.
La nube de vapor se ha vuelto tan densa que no puedo ver más allá de mis narices. El oro que se ha colado en mis oídos me impide oír con nitidez. Pero aun así grito. Grito y grito y grito, aunque sé que nadie puedo oírme porque el oro también me ha obstruido la garganta. El oro me va a ahogar, me va a matar y viviré atrapada en él por el resto de mis días.
Siento una especie de pellizco en el pecho y, de repente, abro los ojos.
Me despierto de un sobresalto, meneando los brazos y con la respiración entrecortada. Tomo una bocanada de aire, como si por fin hubiera logrado salir a la superficie de ese océano de oro macizo.
Tengo el camisón y los leotardos empapados de sudor y el pelo hecho una maraña de nudos húmedos.
Algunas de mis cintas se zarandean a mi alrededor, inquietas y agitadas, y las que aún se mantienen enrolladas alrededor de mi torso me constriñen, provocándome así un dolor insufrible.
Me incorporo en el camastro con un movimiento brusco y súbito y decido poner fin a esa tortura. Consigo que las cintas dejen de retorcerse con ese frenesí enloquecido y que dejen de oprimirme las costillas, y después empiezo a apartarlas de mis piernas y de mi torso. Con las manos temblorosas, voy desenredándolas mientras trato de deshacerme de esa pesadilla que sigue hostigándome.
La forma en la que Midas me miraba… Intento borrar esa imagen de mi mente porque me provoca escalofríos. «No era real —me digo para mis adentros—. No era real.»
Hasta que no logro retirar todas las cintas no empiezo a serenarme. Cierro los ojos y, ya mucho más tranquila, inspiro hondo.
—¿Una pesadilla?
Doy un respingo sobre el camastro y con el rabillo del ojo distingo la silueta de Rip, que se está vistiendo. Me pregunto si me ha despertado él o ha sido el pellizco de mis cintas.
Echo un fugaz vistazo a la portezuela de la tienda y veo que aún es noche cerrada; según mi reloj interno, todavía faltan un par de horas para que amanezca.
—Eh…, sí —reconozco algo avergonzada mientras mi mente sigue tratando de borrar las imágenes de ese horripilante sueño—. Te has despertado pronto —observo, y de inmediato me arrepiento de haber soltado un comentario tan absurdo y ridículo, y más después de lo que ha ocurrido entre nosotros hace apenas unas horas. Me siento estúpida.
Me pregunto en qué momento ha regresado al camastro para dormir y descansar un poco, o si ha podido pegar ojo. Lo cierto es que estaba tan cansada que prácticamente me desmayé sobre la cama.
—Quiero que el ejército se ponga en marcha lo antes posible —dice mientras se ajusta el cinturón—. Hemos dado algunos rodeos y siempre hemos tomado el camino más largo para evitar sorpresas, pero reconozco que estoy ansioso por llegar al Quinto Reino.
Noto un sabor extraño en el paladar y en la garganta, y sospecho que es el sabor del remordimiento. Tengo una disculpa en la punta de la lengua, pero hay algo que me frena, que me impide expresarla en voz alta. ¿El orgullo? ¿La vergüenza? ¿Un argumento que justifique y defienda lo que he hecho? No lo sé.
Me incorporo, pero en lugar de apartar esa montaña de mantas de pieles, la ajusto alrededor de mis hombros y observo al comandante.
A pesar de que mi mente todavía no ha procesado lo ocurrido, una cosa está clara: él me besó. Mi cuerpo, por otro lado, parece haber memorizado cada fracción de segundo de ese momento. Pero ¿por qué lo hizo?
Igual que sucedió anoche justo antes de quedarme sumida en un sueño turbulento y errático, un huracán de sentimientos encontrados amenaza con arrasar mi mente. Me da la impresión de que mis pensamientos discuten, se rebaten y se contradicen, y no sé cuál de ellos lleva razón. Estoy demasiado confundida.
Porque el beso del comandante, un beso suave y delicado y oscuro, no sabía a conspiración.
No, ese beso sabía a deseo.
—Rip…
Sin embargo, no me deja acabar. Con ese tono frío y distante, y sin dignarse a mirarme a la cara, dice:
—Te sugiero que te levantes y empieces a prepararte. Partiremos al alba.
Ni siquiera me da tiempo a responder porque cuando abro la boca ya se ha marchado. Con un suspiro que suena a derrota, me desperezo y me visto en un santiamén. Cuando retiro la solapa que hace las veces de puerta, me topo de frente con dos soldados que están esperando impacientes a que salga para empezar a desmontar la tienda.
Farfullo una disculpa por haberme demorado tanto y me dirijo hacia las hogueras para llevarme algo al estómago. Enseguida descubro que ese día los cocineros también se han pegado un buen madrugón. Encuentro a Keg junto a un carruaje, sirviendo raciones de comida desecada a una fila de soldados que no dejan de refunfuñar. Las gachas de avena no son un manjar exquisito, desde luego, pero al menos están calientes, y cuando llevas semanas marchando por páramos helados, un cuenco de gachas bien calentito sienta de maravilla.
—Buenos días, Ricitos Dorados —saluda Keg, y me pasa un panecillo que está más duro que una piedra y una tira de carne desecada y salada.
—Buenos días.
Aunque Keg está hecho todo un parlanchín, hoy no está para mucha cháchara. Todos los soldados están enfrascados en alguna tarea, se mueven por el campamento a toda prisa, desmantelando tiendas, preparando a los caballos. El ambiente que se respira esta mañana huele a impaciencia, a premura. Sigo el ejemplo y, en lugar de entablar una conversación con Keg y distraerle, dejo que centre toda su atención en sus quehaceres y me marcho. Doy un mordisco a la ración de comida que me ha ofrecido, pero está tan dura que al masticarla incluso me duele la mandíbula.
Cuando llego a mi carruaje, me llevo una grata sorpresa. Ahí está Lu, ayudando al conductor a preparar a los caballos para el viaje.
Lu se da la vuelta y, al verme, encorva una ceja.
—Ricitos Dorados —dice, y se gira de nuevo para ajustar las correas que sujetan la montura.
—Buenos días, Lu —murmuro, y acaricio el cuello del caballo con la mano, que llevo enfundada en un guante, mientras admiro ese pelaje azabache tan brillante.
Al terminar, le da unas palmaditas en el lomo y se vuelve hacia mí.
—El comandante se ha despertado con un humor de perros. Por casualidad no sabrás por qué está de malas pulgas, ¿verdad?
Noto que se me sonrojan las mejillas.
—No.
Aunque trato de mantener la expresión impasible, mucho me temo que no lo he conseguido porque Lu emite un gruñido de incredulidad.
—Ajá… Me lo imaginaba.
Quiero evitar esa conversación a toda costa así que, de repente, muestro un gran interés por la crin del caballo y me esfuerzo por no despegar la vista de él.
—¿Me permites un consejo, Ricitos Dorados?
Empiezo a inquietarme.
—Eh…, claro.
—Déjate de pamplinas y toma las riendas de tu vida de una maldita vez.
La miro, desconcertada.
—¿Qué?
Lu suspira y se acerca al conductor, que en ese instante está subiendo el último peldaño de la escalerilla para acomodarse en su banqueta.
—Vete a dar una vuelta, Cormac.
El hombre, que estaba a punto de sentarse y disfrutar de un merecido descanso después de tanto trajín, suelta un bufido de exasperación pero acata la orden sin rechistar. Se da la vuelta, baja la escalerilla y se marcha. Todavía me impresiona que los soldados respeten y obedezcan a Lu.
Cuando por fin nos quedamos a solas con los caballos y el sol empieza a despuntar por el horizonte, Lu se apoya en una de las paredes del carruaje y me mira directamente a los ojos. Me observa durante unos segundos, como si estuviera estudiándome, tratando de adivinar lo que se me pasa por la cabeza.
—Tú y yo somos dos mujeres que vivimos en un mundo de hombres. Estoy convencida de que sabes muy bien a qué me refiero.
Agacho la barbilla.
—Sí, lo sé.
—Bien —dice, y asiente con la cabeza. Al hacer ese movimiento, da la impresión de que los puñales que lleva afeitados en la cabeza se claven en sus sienes—. Entonces sabrás que tenemos dos opciones —prosigue, y levanta un dedo—. La primera, conformarnos. Actuar tal y como ellos esperan de nosotras, comportarnos para agradarles, para satisfacerles. Es la opción fácil, desde luego.
Me revuelvo, nerviosa. Lu ha conseguido captar mi atención y, a decir verdad, estoy deseando que continúe con lo que, a primera vista, parece un alegato feminista, pero esa intriga se mezcla con la zozobra.
—¿Y la segunda opción?
Entonces levanta otro dedo, pero de la otra mano. Quizá parezca un detalle sin importancia, pero aun así no puedo evitar fijarme.
—La segunda opción es más difícil. Más difícil para nosotras, claro —admite, y me mira fijamente a los ojos, sin pestañear—. Siempre habrá alguien que intente convencernos de que elijamos la primera opción. Pero no podemos caer en la trampa. No podemos quedarnos acurrucadas en una esquina y dejar que el mundo nos controle a su antojo. Tenemos que ser valientes, tomar las riendas de nuestra vida, elegir por nosotras mismas y ser dueñas de nuestras propias decisiones.
Deja caer las manos y, en ese preciso instante, las piezas del rompecabezas encajan: Lu sabe que he enviado la carta. Sin embargo, hay algo que todavía no consigo comprender: por qué no me han puesto unas esposas y me han encerrado en el carruaje de los prisioneros, junto con los guardias de Midas.
—Pero tú y yo somos distintas —respondo con voz ronca—. Tú eres una guerrera y yo soy… —Pero no puedo terminar la frase porque ni siquiera sé lo que soy.
No sé qué soy ahora.
Pero sí sé lo que una vez fui: una niña feérica inocente y cándida a quien, de la noche a la mañana, arrancaron de su mundo, de su familia, de su hogar. Me vendieron a unos miserables que se dedicaban a la trata de personas. De cría, me utilizaron para mendigar por las calles y cuando fui lo bastante mayor, para cosas tan terribles que prefiero no mencionar.
Perdí toda esperanza de una vida mejor.
Después conocí a Midas. Él me sacó de la indigencia y de la desolación, y me ofreció algo distinto, algo que anhelaba desde hacía muchos años.
«Seguridad.»
A su lado me sentía a salvo, pero ¿es suficiente? ¿Puedo vivir así el resto de mi vida, o aspiro a algo más?
—Eres lo que tú eliges ser —dice Lu, y, por alguna razón, me entran ganas de llorar.
Se me hace un nudo en la garganta y me cubro la cabeza con la capucha. Está amaneciendo, pero como el cielo está encapotado, los primeros rayos de sol desprenden un resplandor grisáceo que me produce una especie de cosquilleo en la piel.
—¿Y qué tiene que ver todo esto con Rip? —pregunto en voz baja.
Ella se encoge de hombros.
—Nada. Todo. Eso también tendrás que decidirlo tú, Ricitos Dorados.
Lu le da otra palmadita al caballo, desliza la mano hacia el bolsillo, saca un par de terrones de azúcar y se los ofrece.
—Te diré una cosa más.
—¿El qué?
El caballo le agradece esa inesperada recompensa acariciándole la mano con el hocico. Lu sonríe y después se vuelve hacia mí.
—¿La mujer feérica que vi en el círculo de lucha? —pregunta con un hilo de voz, para que ni siquiera el alba pueda oírnos—. Ella también era una guerrera. Y, en mi opinión profesional, podría llegar a ser una leyenda.
Lu se marcha y se aleja con esos andares elegantes, ágiles, livianos, como un pájaro cuando alza el vuelo.
Subo al carruaje en silencio y me llevo una mano a la cintura. Palpo mis cintas con una sonrisa en los labios.
«Una guerrera.»
Sí, creo que me gustaría ser una guerrera.