Destello

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Capítulo 30

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30 Auren

—¿A eso lo llamas un bloqueo? ¡Mi sobrina de tres años se defiende mejor que tú!

Me seco el sudor de la frente con la manga del abrigo, bajo los brazos, que siento agotados y doloridos, y lanzo una mirada asesina a Judd.

—¡Lo estoy intentando!

Lleva un buen rato dando vueltas a mi alrededor con la sutileza y liviandad de un bailarín, acorralándome y golpeándome una vez tras otra con una espada de madera. He tratado de esquivar todas sus embestidas, de bloquear todos sus ataques, pero no lo he conseguido ni una sola vez.

Hace un par de horas dibujó una versión reducida del círculo de lucha en la nieve, arrastrando el talón a nuestro alrededor, y desde entonces no ha dejado de patearme el culo, de hacerme picadillo sin tan siquiera despeinarse.

—Pues échale más ganas —contesta él, y se detiene frente a mí—. ¿Dónde están tus instintos? ¿Los dejaste en Alta Campana?

Aprieto los dientes, rabiosa. Ojalá pudiera arrancarle esa melena mostaza mechón a mechón. El muy cretino esboza una sonrisa al verme tan enfadada, como si pudiera leerme los pensamientos.

Lu y Osrik se mantienen al margen, pero observan atentos el espectáculo desde fuera de ese círculo improvisado. Es la segunda noche consecutiva que los cuatro nos reunimos ahí fuera. Después de mi charla con Lu, estuve dándole vueltas al tema durante todo el viaje. Cuando paramos para montar el campamento, estaba hecha un manojo de nervios. No sabía cómo reaccionaría Lu, pero cuando le pedí que me ayudara a entrenar, dibujó una sonrisa de oreja a oreja y aceptó la proposición sin pensárselo dos veces. Nos pusimos manos a la obra esa misma noche, con la inestimable ayuda de Judd y Osrik.

Sin embargo, nos anduvimos con mucho cuidado y nos aseguramos de entrenar lejos del campamento, lejos de fisgones y entrometidos. Esta noche solo contamos con un par de antorchas y el tenue resplandor de la luna para iluminar el espacio, pero es más que suficiente.

Hasta el momento, el único que ha entrado en el círculo de lucha ha sido Judd. Tengo el presentimiento de que, si me enfrentara a Lu y a Osrik, no aguantaría ni el primer asalto.

Lu es más rápida que el viento, se mueve con la ligereza de una pluma y, aunque es más menuda que Judd, no hace falta ser un genio para saber que es una guerrera intrépida y sanguinaria. Y Osrik… Ese tipo es una maldita bestia y, a pesar de que intuyo que ya no me odia, esa expresión huraña todavía me asusta.

Ahora mismo, los dos están sentados fuera del círculo, compartiendo una manta de piel y bebiendo vino, para entrar en calor. De vez en cuando, me gritan algún consejo del tipo:

—No eres un saco de boxeo, deja de actuar como tal.

Sí, consejos muy útiles.

—Estamos en mitad de la nada, congelándonos el trasero para que puedas utilizar tus cintas sin que nadie te vea —dice Judd, y sacude la cabeza—. Pero te olvidas de utilizarlas en cada maldito asalto.

Me planto en mitad del círculo, con las manos apoyadas sobre las caderas, y estiro el pecho mientras trato de recuperar el aliento. No sabía que una pudiese asarse de calor estando rodeada de hielo.

—No es que me olvide —explico—, pero desde que cumplí los quince años y brotaron de mi espalda, siempre las he mantenido en secreto. Me he acostumbrado a llevarlas siempre ocultas, a reprimir todos sus impulsos. Es como si lo tuviera grabado a fuego.

—¡Pues desgrábatelo, joder! —ladra Osrik.

Lo que decía. Muy útiles.

Le atravieso con la mirada.

—Gracias por el consejo, lo probaré.

Judd se pone a aplaudir para captar de nuevo mi atención. Se ha quitado la camisa, dejando al descubierto ese torso atlético y musculoso, pero no pienso quejarme porque considero que es lo mínimo que me debe después de hacerme morder el polvo.

—Son tu mejor arma, Ricitos Dorados. Tienes que aprender a utilizarlas a tu favor.

Suspiro y agacho la mirada, mortificada. Me invade una sensación de profunda frustración, de fracaso absoluto.

—Lo sé.

De repente, oigo unos pisotones acercándose a mí y, cuando despego la vista del suelo, veo que tengo a Osrik a apenas un palmo de distancia. Me mira con el ceño fruncido y una expresión hostil.

—Solo necesita un poco de motivación.

Sin previo aviso, echa el brazo hacia atrás, como para coger impulso, y me asesta un puñetazo brutal en el hombro. Es como si me hubieran arrojado una piedra desde una catapulta.

El impacto no solo me entumece todo el brazo, sino que me derriba y me caigo de culo sobre la nieve.

—¡Ay! —mascullo entre dientes.

Osrik me mira sin una pizca de arrepentimiento y se cruza de brazos, como si estuviese aburrido.

—Acabas de conocer a mi puñetazo amable. Te he tumbado con un solo golpe, Ricitos Dorados. Has caído como un saco de patatas.

—Tú sí que eres un saco de patatas —rezongo.

Me pongo de pie con cierta torpeza. Me duele tanto el hombro que por un instante creo habérmelo dislocado. Lo masajeo suavemente y, con sumo cuidado, lo roto hacia delante y atrás para comprobar que está en su sitio.

—Preferiría no conocer a tu puñetazo no amable.

—Vaya, qué lástima. Porque vas a conocerlo ahora mismo.

Abro los ojos como platos al ver que vuelve a levantar el brazo, pero antes de que pueda lanzarme un segundo puñetazo en el otro hombro, tres de mis cintas se extienden a mi alrededor y se abalanzan sobre Osrik. Se enroscan alrededor de su muñeca y antebrazo y, a pesar de ser de satén dorado, se ponen tan rígidas que más bien parecen hechas de acero.

El soldado intenta zafarse de ellas y empieza a zarandear el brazo con fuerza, pero mis cintas no están dispuestas a ceder. Detrás de esa barba espesa y tupida, advierto el brillo de una sonrisa.

—¿Lo ves? Motivación.

Lu aplaude.

—¡Bien hecho, Ricitos Dorados!

Al fin suelto a Osrik, que sigue mirándome con cierta arrogancia, pero debo admitir que me siento orgullosa porque por fin he sido capaz de esquivar un golpe.

—Dejémoslo aquí por hoy —dice Judd, que enseguida recoge la camisa del suelo para ponérsela—. Se me están congelando los huevos aquí fuera.

Lu pone los ojos en blanco y se acerca a mí.

—Y luego dicen que las mujeres somos el sexo débil. Los hombres son tan fuertes como ese par de pelotas desinfladas que les cuelgan entre las piernas.

Suelto una carcajada y me agacho para coger un puñado de nieve virgen. Me lo llevo a la boca y la sensación solo puede describirse como celestial. Mastico los minúsculos copos de nieve, que van deshaciéndose en mi lengua y enfriando mi cuerpo, que sigue acalorado y sudoroso.

—Así que ahora te interesan mis pelotas desinfladas, ¿eh? —bromea Judd.

—Lo único que me interesa es saber que aún las conservas. Así, la próxima vez que me toques las narices, te daré tal patada en tus partes nobles que verás las estrellas, la galaxia y el universo entero —responde ella, arrastrando las palabras.

Judd y Osrik hacen una mueca de dolor, como si estuvieran imaginándose la escena.

Lu me guiña un ojo.

Los dos soldados recogen las antorchas que habían traído hasta aquí mientras Lu se encarga de guardar la botella de vino y la manta de pieles en una bolsa antes de regresar de nuevo al campamento.

—Toma, tus cintas se lo han ganado —dice Lu, y me ofrece la botella de vino.

—¿Disculpa? ¿Mis cintas se lo han ganado? ¿Y qué hay de mí?

—Has oído bien, Ricitos Dorados. Cuando te sientes amenazada o te pones hecha una furia, te olvidas de contenerlas, de coaccionarlas. Y es entonces cuando tus cintas toman la batuta y se encargan de dominar la situación. Pero eres tú quien debe dominar la situación, no ellas. Así que te aconsejo que aprendas a controlarlas, a utilizar cada una de ellas en favor propio. Son tu mejor baza, no la desaproveches.

Asiento con la cabeza. Me acerco la botella a los labios y me bebo el culín de vino que quedaba de un sorbo.

—En pocas palabras, tienes doce pares de brazos más. Joder, como aprendas a usarlos, tus enemigos se cagarán en los calzones nada más verte —añade Judd, que camina a mi lado.

Esos cumplidos alimentan el ego de mis cintas, que enseguida se hinchan de orgullo.

Cuando la última gota de vino se desliza por mi paladar, bajo la botella.

—Chicos, ¿no creéis que esto es un poco contraproducente para vosotros?

Lu me mira de reojo.

—¿Qué quieres decir?

—En teoría, soy vuestra enemiga y, sin embargo, me estáis entrenando para que aprenda a luchar como una guerrera de verdad.

Judd me da un golpecito con el codo, muy suave, pero aun así me encojo de dolor porque tengo las costillas amoratadas de todos los golpes que no he conseguido bloquear o esquivar. Él se da cuenta y sonríe.

—No eres nuestra enemiga.

«… Todavía.»

Aunque ninguno de los tres articula la palabra, me da la impresión de que resuena en ese páramo helado. Una pregunta queda suspendida en ese ambiente frígido, una pregunta que poco a poco se va congelando, materializándose en algo sólido pero intocable, prístino.

—Pero ¿por qué lo hacéis? —insisto—. Si sabéis que voy a volver.

Voy a volver a él. A sus brazos.

—Supongo que estamos un poco a la expectativa, Ricitos Dorados. No sabemos qué rumbo va a tomar todo este asunto —dice Lu, pero la respuesta me parece bastante ambigua.

—De todas formas, aún no estás preparada para enfrentarte a nosotros —añade Osrik—. No aguantas ni una palmadita en el hombro.

Giro la cabeza hacia la izquierda, como si me hubiese dado un latigazo en el cuello, y le lanzo una mirada asesina.

—No ha sido una palmadita.

Él se encoge de hombros.

—Tienes que empezar a curtirte, a aprender a soportar el dolor. Tu umbral del dolor da risa.

Eso no puedo rebatírselo. Tiene razón.

—Por cierto, cambiando de tema, ¿vosotros tres sois los únicos miembros de la Cólera de Rip? —pregunto curiosa.

—Primero nos vienes con ese cuento de que somos enemigos. ¿Y ahora pretendes sacarnos información privilegiada, que te desvelemos nuestros secretos? —pregunta Judd, arqueando una ceja.

Me apresuro en negar con la cabeza.

—Lo siento. Es solo que me picaba la curiosidad. No tenéis que responder.

Él se aclara la garganta.

—Diría que a nuestros enemigos se les da bastante mejor esto del espionaje, ¿no creéis?

Los otros dos asienten con la cabeza.

Me tropiezo, pero al menos no me caigo de bruces.

—No, os lo prometo, no era mi intención…

Los tres se echan a reír a carcajada limpia.

—Te estamos tomando el pelo, Ricitos Dorados —ríe Lu.

Dejo escapar un suspiro de alivio.

—Oh.

Se ríen unos segundos más…, pero ninguno de los tres responde a mi pregunta.

Subimos una pequeña cuesta tras la que han erigido el campamento. Todavía es pronto porque los soldados siguen charlando alrededor de las hogueras y entonando canciones de taberna con esas voces graves y varoniles.

—Hasta el próximo entrenamiento, Ricitos Dorados —se despide Judd.

—Sí, y a ver si empiezas a mejorar un poco —comenta Osrik.

Veo que Lu le asesta un codazo en la boca del estómago, un golpe enérgico que el inmenso menhir no esperaba porque suelta un gruñido de dolor mientras se frota la tripa.

Con una sonrisa, me despido de las tres Cóleras. Nuestros caminos se separan en cuanto llegamos al campamento. Aunque Judd me ha hecho picadillo en el círculo de lucha, me siento llena de energía. De repente, se me ocurre una idea, así que cambio de rumbo y, en lugar de dirigirme hacia mi tienda, voy en busca de Keg.

Le encuentro frente a su hoguera, por supuesto, pero parece ser que ya ha terminado de servir todas las raciones que había preparado para cenar. Tiene la espalda reclinada sobre la lona de una tienda y está tocando la armónica, aunque no reconozco la canción. La cadencia es alegre y animada, pero es tan rápida que me resulta imposible distinguir el compás. A su alrededor debe de haber unos diez soldados, todos absortos en una partida de dados. En cuanto Keg me ve llegar, deja de tocar la melodía.

—¡Hola, Ricitos Dorados!

Me acerco a él con una sonrisa en los labios.

—Tocas muy bien la armónica.

Él asiente.

—Cocinar no es lo único que se me da de maravilla.

Uno de los soldados resopla, pero Keg opta por ignorarlo.

Echo un vistazo a la armónica. El metal que recubre la superficie está pulido, por lo que intuyo que está hecha a mano.

—¿La has hecho tú?

—No, mi abuelo. Él fue quien me enseñó a tocarla.

—Es una armónica hermosa —murmuro mientras contemplo los preciosos grabados tallados en el metal. Parecen granos de trigo.

—¿Quieres tocar algo? —dice, y me ofrece la armónica.

Digo que no con la cabeza.

—Solo sé tocar el arpa.

Él emite un silbido de admiración.

—¿El arpa? Maldita sea, ese instrumento es pura elegancia. Solo una chica que vive en un castillo sabría tocarla.

Prefiero obviar el detalle de que mi arpa estaba hecha de oro macizo.

—Quizá algún día pueda oírte tocar —dice, y baja la mano—. Pero si no has venido a verme por la comida o la música, ¿a qué debo el placer de tu visita?

—Ya que lo preguntas, he venido a pedirte ayuda con un asunto.

En su mirada advierto el brillo de la curiosidad.

—Soy todo oídos.

—¿Crees que podría conseguir una bañera o algo parecido? ¿O es mucho pedir?

Keg arquea esas cejas negras y espesas y se retira los tirabuzones detrás de la oreja.

—¿Una bañera? ¿En un ejército errante y nómada?

Me encojo de hombros.

—Preparas tus manjares en una olla gigantesca, así que si alguien puede ayudarme, ese eres tú.

Keg se tamborilea los dedos en la barbilla, pensativo, como si estuviera cavilando algo, y después da un respingo.

—Ya está, ya lo tengo. Acompáñame.

Sabía que no me fallaría. Cruzamos el campamento hasta llegar a una tienda dedicada única y exclusivamente a hacer la colada. Me cuelo por debajo de la lona y miro a mi alrededor. Hay unas cubas enormes, la mayoría llenas de uniformes en remojo. Son bastante profundas y tienen forma cilíndrica, por lo que intuyo que puede caber una persona menuda si dobla las rodillas. Esbozo una sonrisa de felicidad.

—Keg, eres un genio.

—Cocinero, músico, genio… —enumera—. La lista de atributos es infinita.

Los soldados que deambulan por esa lavandería improvisada mientras hacen la colada nos miran con el rabillo del ojo y Keg chasquea los dedos.

—¡Eh, vosotros dos! —grita, y señala a un par de soldados—. Necesitamos esa cuba.

Los soldados arrugan el ceño, pero obedecen a la primera. No se molestan ni en escurrir la ropa. Sacan todas las prendas de la cuba, todavía llenas de jabón, y las arrojan a la siguiente cuba.

—Gracias. Ahora vamos a necesitar que nos echéis una mano para transportarla —anuncia Keg.

Los soldados intercambian una mirada de confusión.

—¿Transportarla adónde?

Keg me mira de reojo.

—Oh, ejem, yo os marcaré el camino.

Los soldados titubean, pero Keg vuelve a chasquear los dedos y, casi de inmediato, vacían esa enorme cuba de agua fuera de la tienda, sobre la nieve, y después la cargan sobre los hombros.

—Marca el camino, Ricitos Dorados —dice Keg.

Con una sonrisa de oreja a oreja, cojo un par de pastillas de jabón del suelo y las guardo en el bolsillo. Salgo disparada de la lavandería acompañada de Keg. Los dos soldados me siguen sin rechistar.

Me conozco el campamento como la palma de la mano, y elijo el camino más rápido. Keg me mira extrañado, como si no entendiera nada.

—¿No vamos a tu tienda? —pregunta.

Digo que no con la cabeza.

—La bañera no es para mí.

Sé que la respuesta no ha despejado sus dudas y que, con toda probabilidad, le ha confundido aún más, pero prefiero no dar más información por el momento. Serpenteamos por el campamento hasta llegar a nuestro destino, la tienda donde se alojan las monturas.

Señalo un espacio vacío que hay junto a la hoguera.

—Dejadla ahí, por favor.

Los soldados que vigilan a las monturas levantan la vista de las cartas, sorprendidos.

—¿Para qué es eso?

Mis ayudantes dejan la cuba en el suelo, tal y como les he indicado, se encogen de hombros y se marchan sin decir ni mu. Los guardias nos observan con detenimiento, esperando una explicación.

—Es para las monturas. Para que puedan darse un baño decente, lavar la ropa, asearse… —digo.

Los dos guardias sacuden la cabeza.

—Lamento decirte que no va a poder ser.

—Es solo una bañera —discuto—. Las monturas no son una panda de criminales. Primero las secuestraron los Bandidos Rojos, y después vosotros. Hace semanas que viven enclaustradas en esa minúscula tienda y se tienen que lavar con harapos y nieve —prosigo, y esta vez me muestro implacable—. Así que vosotros dos vais a ayudarme a llenar esta cuba de nieve, vais a esperar a que el fuego la derrita y después vais a permitir que esas monturas puedan darse un baño en paz. Y punto.

Menuda retahíla de órdenes. No sé quién se queda más anonadado, si los guardias, Keg o yo.

Los guardias me miran atónitos, pero no pienso bajarme del burro. Les sostengo la mirada y no doy un solo paso atrás.

Keg, que sigue a mi lado, se agacha y recoge un puñado de nieve. Después lo arroja al interior de esa bañera improvisada.

—Ya la habéis oído, muchachos —les dice con una sonrisa de suficiencia—. Poneos manos a la obra antes de que os dé una patada en el culo. Y uno de vosotros que se encargue de avivar el fuego, o nos pasaremos horas esperando a que la nieve se derrita.

El vozarrón de Keg era el empujoncito que necesitaban para ponerse en marcha. En cuestión de segundos, los cuatro nos dedicamos a llenar la cuba de nieve, puñado a puñado. Keg saca varios pedruscos de la hoguera y los echa a la bañera. La nieve emite un siseo ensordecedor. Ha sido una idea brillante porque así se funde más rápido.

Cuando por fin terminamos de llenarla, tengo las manos entumecidas y los guantes empapados, pero me da lo mismo. Estoy satisfecha. Escurro los guantes y los guardo en el bolsillo del abrigo. Los cuatro observamos en silencio cómo los últimos copos de nieve se van fundiendo.

De pronto, advierto un ligero movimiento con el rabillo del ojo. Enseguida reconozco a Polly y a Rissa. Están asomadas a la portezuela de la tienda, y noto sus miradas displicentes clavadas en la nuca. No voy a andarme con rodeos; voy directa a ellas, hurgo en mi bolsillo y saco las pastillas de jabón.

—Hay suficiente para todas —digo.

Las monturas se limitan a mirar el jabón, la bañera, la hoguera, los guardias.

Polly aprieta los labios.

—Si esperas que nos arrodillemos y te besemos los pies, entonces es que eres más estúpida de lo que parece.

—No espero nada —replico, y es la verdad.

No espero que me lo agradezcan. Ni siquiera espero una tregua. Tan solo quería darles algo, por insignificante que fuera, que pudiera hacerles sentir mejor. Porque ellas no han hecho nada para merecer esta tortura, porque nada de esto es culpa suya. Y sé que el día a día en el campamento no es nada fácil para las monturas. Es lo mínimo que puedo hacer para aliviar su sufrimiento, aunque sea solo un poquito. El comandante, por extraño que parezca, me ha concedido varias libertades y comodidades y, para ser sincera, no puedo quejarme. Creo que ellas también se merecen que las traten con dignidad y respeto, y por eso les he conseguido esta bañera.

—Disfrutad de un buen baño —digo, y después me doy la vuelta y me marcho.

Keg se apresura en alcanzarme y me acompaña hasta mi tienda.

—Ha sido todo un detalle por tu parte —murmura.

—Pareces sorprendido.

—Este ejército está lleno de cotillas entrometidos. Me llegó el rumor de que esas mujeres te habían dado la espalda.

Noto el ardor de la vergüenza en la punta de las orejas.

—Oh.

Que ese par de guardias hubiesen atestiguado tal humillación ya me parecía horrible, pero saber que se ha convertido en el chismorreo del ejército me resulta mortificante.

—Algunos dirían que no se merecen que las trates con tanta amabilidad, con tanto afecto —recalca Keg.

Sacudo la cabeza sin despegar la vista del suelo.

—La amabilidad y el afecto no deberían ganarse. Todo el mundo debería ser tratado así.

Keg se ríe por lo bajo.

—Mi madre solía decir algo parecido —responde, y me mira de reojo—. ¿Y sabes una cosa?

—¿Qué?

—Que era una mujer muy lista, maldita sea.

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