Destello

Destello


Capítulo 31

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31 Auren

Después de vivir en el Sexto Reino durante los últimos diez años, creía haber pasado toda clase de inviernos, desde los más suaves e indulgentes hasta los más gélidos e inclementes. Pero, cuando atravesamos la frontera y nos adentramos en el Quinto Reino, me doy cuenta de que estaba equivocada.

El frío que azota el Sexto Reino suele traducirse en ventiscas glaciales, en copos de nieve que más bien parecen afiladas agujas de hielo, en los estridentes lamentos de la viuda de la tempestad, ese viento huracanado que solo sopla en Alta Campana, y en un sudario infinito de nubarrones borrascosos.

Sin embargo, el frío que asola el Quinto Reino es distinto.

Alcanzamos las tierras del rey Ravinger al mediodía, con las vistas de un océano ártico en el horizonte. Advierto varios bloques de hielo tan transparentes que parecen hechos de cristal. Navegan a la deriva, al compás de la marea y sin rumbo fijo. Varios pájaros marinos descansan sobre esos pedazos de hielo, esperando el momento apropiado para zambullirse en el agua y pescar alguna presa.

Más allá, vislumbro varios icebergs de color azul cerúleo flotando sobre el agua; de lejos se confunden con centinelas de hielo que custodian y protegen el puerto. Esas excepcionales montañas insumergibles oscilan sobre las olas, pero lo hacen con orgullo.

Instalamos el campamento justo aquí, a orillas del océano. Cuando cae la noche, el hielo que recubre el suelo reluce, pero esas aguas, de un azul intenso y brillante durante el día, se tiñen de negro carbón. El romper de las olas me recuerda a la melodía de una balada romántica.

No, jamás había conocido un frío tan crudo y tan severo como este.

Lo que se extiende a mis pies es un desierto de nieve, un erial helado que no se parece en absoluto a Alta Campana. El frío que reina en ese páramo no es tempestuoso, ni ensordecedor, ni asolador. Es un frío silencioso. Inmóvil. Una calma glacial que parece estar en paz con el paisaje.

Sin embargo, el clima no es lo único que ha cambiado. Esta noche, los soldados están más tranquilos, más sosegados. En cuanto han cruzado la línea que separa ambos reinos, este frescor manso y vigorizante parece haber apaciguado todas sus inquietudes y preocupaciones.

Ceno a solas en mi tienda y, al terminar, decido salir a dar un paseo hasta la orilla. Han encendido varias hogueras y ya hay varios grupos de soldados apiñados a su alrededor. A medio camino cambio de opinión y, en lugar de encaminarme hacia esa playa de aguanieve repleta de hombres, me dirijo hacia la sombra de unos peñascos que atisbo a mano derecha.

Las rocas, de color gris y repletas de agujeritos, están agrupadas en lo que, a simple vista, parece un racimo, como si fuesen canicas de cristal erosionadas por las olas y arrastradas hasta esa playa de hielo por la marea.

Me escabullo por el campamento con la esperanza de que en ese rincón de la playa pueda encontrar algo de privacidad, porque eso es lo que necesito en una noche como esta.

Trepo por esos pedruscos con sumo cuidado y lentitud, ya que la superficie es muy resbaladiza. Clavo el tacón de la bota y, con las manos enfundadas en mis guantes, voy escalando hasta la roca más alta del racimo. Una vez encaramada en la cima, inspiro hondo y me tomo unos instantes para disfrutar de las vistas. Después, empiezo el descenso por el otro lado.

Y justo cuando estoy a punto de bajar las últimas piedras, golpeo la punta del pie con un pedazo de hielo y patino. Trato de mantener el equilibrio y hago toda clase de malabares con los brazos, pero al final me caigo hacia delante. De repente, alguien me agarra por la espalda del abrigo y evita que me rompa la crisma contra esas rocas.

En mitad de una caída que prometía ser letal, mi cuerpo queda suspendido en el aire. Miro por encima del hombro y descubro que es Rip. Abro tanto los ojos que parece que vayan a salírseme de las órbitas. Era la última persona que esperaba encontrarme ahí.

—Me he resbalado —murmuro, y enseguida me reprendo por haber musitado un comentario tan banal, tan ridículo y tan evidente. Por un lado, me siento avergonzada porque el comandante ha sido testigo de esa caída estúpida y torpe y, por otro, me siento aliviada porque ha evitado que me rompa el cráneo ahí mismo.

Bajo la luz plateada de la luna, veo que arquea una ceja.

—Ya me he dado cuenta.

Él agacha la cabeza para indicarme que baje por mi propio pie. Un tanto nerviosa y aturullada, me pongo derecha para recuperar el equilibrio y retomo ese peligroso descenso por las piedras. Su presencia me inquieta, me perturba.

Rip no suelta mi abrigo hasta llegar a tierra firme. En cuanto pongo un pie de nuevo en la nieve, le falta tiempo para apartar la mano, como si estuviera ansioso por soltarme, como si le hubiese fastidiado tener que cogerme para evitar una desgracia.

Aunque sé que no debería molestarme, me molesta.

Me giro hacia él.

—Gracias —digo en voz baja.

Él asiente con la cabeza, pero su expresión es imperturbable, más fría que un témpano de hielo.

—Deberías haber extendido tus cintas de inmediato, te habrían ayudado a amortiguar el golpe. Tienes que aprender a estimular tus instintos, a agudizar tus cinco sentidos —contesta él a modo de reprimenda.

Se me escapa un bufido.

—No eres el primero que me lo dice.

Me sacudo los copos de nieve de las plumas del abrigo y echo un vistazo a mi alrededor. Esa diminuta playa está vacía. Al otro extremo de la orilla, a unos doce metros de distancia, se alza otro montón de pedruscos, lo que la convierte en un rincón secreto y escondido. Una costa clandestina en mitad de un océano blanco.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunto.

—Esperar.

Ladeo la cabeza, curiosa.

—¿Esperar el qué?

Rip me observa en silencio durante varios segundos, como si estuviera debatiéndose entre responder a mi pregunta o dejarme con la duda. Supongo que al final se decanta por la segunda opción, porque no dice nada.

Me embarga una sensación de profunda decepción, pero a quién pretendo engañar, que Rip me ningunee o me trate con indiferencia es algo que me he ganado a pulso yo solita. A decir verdad, me lo merezco. Tendría que haber dejado que me descalabraran esos pedruscos. Tendría que haberme encerrado en una celda el día que me encontró en ese barco pirata. Tendría que odiarme porque soy su enemiga. Me merezco todo eso, y mucho más.

—Lo siento —susurro. No estoy muy segura de por qué le estoy pidiendo perdón, pero la verdad es que mis palabras de disculpa son sinceras.

Su expresión se mantiene impasible e indescifrable.

Al darme cuenta de que tampoco va a responder a eso, me entran ganas de dar media vuelta y marcharme de allí. Estoy a punto de hacerlo, pero no lo hago.

No lo hago porque hay algo que me obliga a quedarme ahí, cerca de él.

En esa playa de aguas gélidas con aroma a salmuera, los dos nos miramos fijamente, sin musitar palabra. Solo puedo pensar en una cosa, en sus labios rozando los míos. En ese beso tierno y ligero como una pluma, un beso que no encaja en absoluto con su reputación de guerrero despiadado, un beso que no cuadra con esos rasgos tan afilados y masculinos.

Sé que no debería importarme en lo más mínimo, pero debo admitir que no quiero que me odie. No quiero que me azote con el látigo de la indiferencia.

Todo mi cuerpo rememora esa noche. Su aliento cálido, el tacto de la yema de sus dedos cuando me acariciaban la mejilla. Cada vez que cierro los ojos y rememoro ese momento, el corazón me late con más fuerza mientras mi mente trata de averiguar qué significó, por qué lo hizo.

¿Por qué lo hizo?

Desde el día en que lo conocí, he intentado luchar contra él con uñas y dientes. He intentado odiarle. Echarle la culpa de todas mis desgracias, pero…

Pero.

El argumento de que el comandante es mi enemigo ya no me sirve. Por mucho que me empeñe en creerlo, ha caído por su propio peso.

Algo ha cambiado. Algo se ha resquebrajado. Algo se ha roto. Y no puedo seguir negándolo. Siento que soy como uno de esos bloques de hielo que se han desprendido de un inmenso glaciar y ahora navegan a la deriva por un océano solitario y desconocido.

Quizá el origen de la grieta fue ese beso o, mejor dicho, ese casi beso. O quizá fuesen todas la provocaciones y desafíos que me lanzaba. O quizá la sonrisa de orgullo que me regaló cuando por fin liberé mis cintas y admití lo que soy.

O tal vez las cosas empezaron a cambiar desde el principio, desde el día en que me vio en ese barco pirata y adivinó quién era. Tal vez mi destino cambió en el mismo instante en que bajé por la pasarela de ese maldito barco pirata.

Me abrazo el cuerpo y miro hacia otro lado, hacia ese inmenso océano que se extiende a mis pies. La mirada del comandante todavía me intimida y sé que, si tengo los ojos puestos en él, las palabras se me van a atragantar.

—Nunca me has tratado como a una prisionera —murmuro.

Cruzo los dedos porque el murmullo de las olas no enmudezca mis palabras; estoy hecha un flan y no me veo capaz de alzar más la voz.

—Creí que era una táctica, una argucia propia de un comandante pérfido. Y quizá lo fuese, o lo sea. No lo sé. Contigo nunca sé nada, porque me confundes. Todo este maldito ejército me desconcierta —admito en voz alta, y resoplo mientras sacudo la cabeza.

Me cuesta respirar porque el peso de la confesión es como una losa que me oprime el pecho, los pulmones. Esto podría ser un tremendo error. Pero todo el mundo insiste en que debo prestar más atención a mis instintos, y mis instintos insisten en que debo parar. Parar de tener esas reacciones impulsivas e impetuosas y tratar de ver las cosas desde una perspectiva distinta.

Porque aunque ese beso fuese una delicada carantoña, una caricia suave, casi etérea, sentí que me calaba hondo, que me calaba hasta los huesos. Y eso no puede ser ningún truco ni artimaña.

¿Verdad?

El silencio que reina en ese paraje gélido hace que sea la noche perfecta para dar voz a esos pensamientos tímidos. Perfecta para contemplar el vaivén de las olas, y para por fin tomar consciencia de que hay algo en mí que también se remueve, se mece. Mis mejillas se debaten entre el rubor y la escarcha, entre el calor interno y el frío exterior.

En el cielo, las nubes se deslizan como si alguien estuviese corriendo una cortina, para que así las estrellas puedan ser testigo de mis palabras.

—Pero hoy me he dado cuenta de algo —prosigo con una media sonrisa. De fondo se oyen las olas del mar rompiendo contra las piedras, un sonido brusco y seco seguido de un ronroneo adormecedor.

—¿De qué? —pregunta Rip.

Los dos tenemos la mirada clavada en ese mar oscuro.

—De que, aunque me estés engañando, te estoy agradecida. Por todo.

El comandante no responde, pero está tenso, rígido. Sospecho que incluso está conteniendo la respiración.

—Me salvaste de los Bandidos Rojos, pero creo que también me salvaste de mí misma. Y a pesar de que todo esto no sea más que una astuta manipulación, una estratagema para conseguir algo a cambio, ha merecido la pena. Para mí está suponiendo un gran aprendizaje.

Una pausa. Y, de repente, su voz retumba en la penumbra.

—¿Y qué has aprendido?

—Que he vivido muchos años encerrada en una jaula que yo misma he creado.

Al fin me doy la vuelta y observo su rostro de perfil. Las escamas que bordean el hueso del pómulo relucen bajo el pálido resplandor de la luna. Después me fijo en esa mandíbula marcada y angulosa, en esas cejas pobladas y espesas, en las púas que asoman de su espalda. Las olas siguen rompiendo contra las piedras, y el rocío salado me salpica la piel de la cara.

—Soy leal a Midas, pero… me siento culpable por haber enviado el halcón.

Estoy convencida de que las diosas me estaban poniendo a prueba, pero no sé si he cumplido con sus expectativas o si, por el contrario, las he decepcionado. Lo que sí sé es que, desde que mandé ese dichoso mensaje, he estado hecha un mar de dudas, inquieta y confundida.

Rip no dice nada durante unos instantes, pero percibo un sutil cambio en esa postura tan rígida y envarada. Relaja un pelín los hombros, y las púas se repliegan ligeramente, como si hubiesen soltado un suspiro.

—Que mandaras esa carta no cambia las cosas. O, al menos, no como tú crees.

Arqueo las cejas, sorprendida por tal revelación.

—¿A qué te refieres?

—Él ya lo sabía. El rey Ravinger envió una misiva a Midas en cuanto se enteró de que te había encontrado.

Mi corazón da un traspié, se salta varias pulsaciones y recupera su latido habitual.

«Lo sabe. Midas ya está al corriente de la situación.»

El rugido que siento en mis oídos me impide escuchar el murmullo de las olas, y tengo que sacudir la cabeza para librarme de ese ruido ensordecedor.

—¿Y por qué tu rey iba a hacer algo así? Pensaba que el plan inicial era sorprender a Midas, pillarle con la guardia baja y así iniciar una aguerrida negociación. ¿Por qué iba a deshacerse del factor sorpresa?

—El ejército del Cuarto Reino no necesita el factor sorpresa —dice, y, aunque suene arrogante, debo reconocer que no le falta razón—. Al rey Ravinger le gusta intimidar a sus enemigos, vanagloriarse de sus proezas. Estoy seguro de que el día que le comunicó a Midas que su ejército tenía a su posesión más preciada sintió un inmenso regocijo.

Trato de asimilar las palabras de Rip, la verdad que acaba de revelarme. Mi cabeza es un torbellino de emociones y pensamientos, pero no quiero zambullirme en una conversación sobre las jugadas maestras de un rey. Esta noche no.

Así que, en lugar de indagar más en ese asunto, cambio de tema de conversación.

—Antes, cuando te he preguntado qué estabas haciendo aquí, me has dicho que estabas esperando. ¿Qué querías decir? —pregunto, esta vez con la esperanza de que me responda.

Alza la mirada y señala el cielo con el dedo.

—Estaba esperando eso.

Desvío la mirada hacia el cielo y enseguida me percato de que algo ha cambiado. La luna se ha teñido de azul y, en cierta manera, es como si ahora luciera un velo de color zafiro. El resplandor cerúleo que ahora baña ese paisaje invernal emana cierta tristeza, cierta nostalgia. Observo maravillada el cielo y, de repente, vislumbro una estrella fugaz, una estrella que parece desprenderse del firmamento y desciende en caída libre hasta desaparecer detrás del horizonte.

—Hala. Nunca había visto un cielo así.

—Es una luna de luto —comenta Rip en voz baja, casi… triste—. Ocurre una vez cada muchos años. Los seres feéricos solían reunirse en este reino para presenciar este fenómeno.

Se me hace un nudo en la garganta. Y en ese preciso instante otra estrella se cae de la bóveda celeste y se pierde en la lejanía. Da la impresión de que se haya sumergido en ese océano de aguas negras. Enseguida entiendo por qué la llaman luna de luto. Ese azul apagado y tenue le otorga una apariencia lúgubre, atribulada. Y a su alrededor, el cielo nocturno no deja de derramar lágrimas de luz cósmica.

—Las diosas concibieron esta noche para que podamos recordar —prosigue Rip, y se me pone la piel de gallina—. Los seres feéricos contemplamos el cielo y honramos a nuestros ancestros, lloramos su pérdida y, sobre todo, los recordamos.

Me gustaría preguntarle a qué ancestros honra él, qué pérdidas llora, a quiénes recuerda. Pero sé que es demasiado personal y no tengo ningún derecho. Continúo apreciando esa maravilla orquestada por las diosas. El halo azul que emana la luna está cambiando de tonalidad y se está tornando cada vez más oscuro, más siniestro.

Rip agacha la cabeza, se gira y nuestras miradas se cruzan. Creía que sus ojos eran insondables, tan negros como la boca de un lobo, como un pozo sin fondo, pero estaba equivocada. No son opacos, ni tétricos, ni desalmados. Cuando me mira, hay algo que nada en esas aguas negras.

Me da miedo que, si me quedo demasiado rato mirándolos, ese mismo algo empiece a nadar en los míos. Así que vuelvo a apartar la mirada y esta vez utilizo el cielo como excusa.

Presiento que hemos firmado una tregua temporal, y eso me tranquiliza, y me quita un peso que hasta ahora cargaba sobre mis hombros.

Cuando otra estrella se descuelga del cielo y se hunde en el agua, empiezo a rumiar. Quiero demostrarle mi gratitud y la mejor manera de hacerlo es regalándole una verdad, sin esperar otra a cambio.

—En una ocasión me preguntaste de dónde venía, pero no te contesté.

Sé que me está mirando de refilón porque siento que sus ojos negros me absorben, como el rocío de la mañana impregna las hojas resecas del bosque.

—Provengo de muchos lugares. De Alta Campana, por supuesto. Pero, antes de mudarme ahí, viví en varias aldeas del Segundo Reino. Una de ellas se llamaba Carnith —explico. Se me quiebra la voz al pronunciar ese nombre, pero consigo mantener la compostura—. Y antes de eso, pasé una temporada en un puerto pesquero de la costa del Tercer Reino.

Aquel océano era muy distinto a este. Aún recuerdo el aroma de aquella playa, de los puestecillos que abundaban en el mercado, de aquella orilla atestada de barcos y ruido y transeúntes.

—Los barcos siempre llegaban al puerto cargados de mercancía y zarpaban vacíos. Era un puerto muy bullicioso. Apestaba a pescado podrido y a hierro forjado. Recuerdo que llovía a cántaros —relato en un tono que más bien parece una canción de cuna.

—¿Y antes de eso? —pregunta Rip con cautela. El corazón me amartilla el pecho porque me duele pensar en ello, desenterrar todos esos recuerdos.

No he pronunciado ese nombre en voz alta en mucho muchísimo tiempo. Solo una vez me atreví a murmurarlo en sueños.

—Annwyn —susurro—. Vivía en Annwyn.

El reino de los seres feéricos.

Al recordar mi hogar, el lugar que me vio nacer, algo se rompe en mi interior, como una estrella cuando sale del cascarón.

Veinte años. Han pasado veinte largos años. Desde entonces, no he tenido la oportunidad de regresar, ni de respirar ese aire fresco y vigorizante, ni de andar por sus tierras dulces y apacibles, ni de oír la melodía del sol al amanecer.

Después de esa revelación, Rip y yo nos quedamos contemplando la luna de luto en silencio, pensativos. No decimos nada más, sino que permanecemos ahí sentados, sobre las piedras. La quietud que se ha instalado entre nosotros no es incómoda, ni tensa, ni inquietante. Quizá, para los dos, es un consuelo. Cada uno de nosotros representa un trocito de nuestro hogar, y tal vez eso es lo que anhelamos y lamentamos más.

Empiezo a tiritar, así que me ajusto el abrigo a mi alrededor y me tapo la cabeza con la capucha. Al darse cuenta de que estoy muerta de frío, Rip se levanta.

—Hora de irse, Jilguero.

Se me encoge el corazón al oír el apodo. Cuando vuelva a los brazos de Midas, voy a echar de menos estos momentos. Voy a echarle de menos a él.

Esa afirmación, además de reveladora, es una verdad como un templo, una certeza que me sacude y desconcierta. De repente, todo mi mundo se pone patas arriba.

Pero lo que más me sorprende y me asusta es que, por extraño que pueda parecer, mi conciencia está tranquila y no me siento mal por ello.

Voy a echarle de menos, y sería absurdo seguir negándolo. Solo estaría engañándome a mí misma.

Rip me ayuda a trepar por aquella montaña de rocas y me acompaña de vuelta al campamento. El fulgor índigo que emitía la luna empieza a desvanecerse y las estrellas vuelven a anclarse al cielo, como lágrimas secas.

Cuando llegamos a nuestra tienda, él se detiene frente a la puerta.

—Llegaremos al castillo de Rocablanca mañana por la noche.

Siento que mi corazón da un respingo en mi pecho.

—¿Tan pronto?

Rip asiente, con esa mirada penetrante clavada en mí. Trato de leer su expresión pero, como siempre, es como un libro cerrado.

—El rey Ravinger no tardará en llegar. Así podrá dar la bienvenida a Midas.

Abro los ojos como platos y, de repente, el miedo se apodera de mí.

—¿Tu rey va a venir?

—Te aconsejo que te prepares.

Quiero pedirle que sea más claro porque necesito saber para qué debo prepararme exactamente, pero Rip se da media vuelta y me deja con la palabra en la boca. El Rey Podrido está de camino.

Y, aun así, no sé qué me pone más nerviosa, si ver al rey Ravinger cara a cara o reencontrarme con Midas.

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