Destello
Capítulo 32
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32 Auren
Si bien anoche reinaba un silencio sepulcral en el campamento, hoy la tensión se puede cortar con un cuchillo. ¿El motivo? Esa edificación con varios chapiteles que se cierne a lo lejos.
Hace unas horas cruzamos las puertas de la capital del Quinto Reino y, tras marchar por las calles de la ciudad, llegamos al castillo de Rocablanca. Detrás de él se divisan unas montañas de hielo reluciente que rodean unas llanuras de nieve virgen y lisa, una nieve tan brillante que incluso bajo la luz de un sol invisible irradia un fulgor centelleante.
Antes de que anocheciese nos ha invadido una bruma blanca y espesa. Ha sido como si todas las nubes se hubieran unido para coser un vestido al cielo, un vestido cuyas faldas cubrieron todo el paisaje, hasta el horizonte.
La ciudad de Rocablanca está construida alrededor del castillo, por lo que tiene forma de anillo. Me he encaramado a la cima de una colina para poder disfrutar de unas vistas privilegiadas. Desde ahí arriba puedo distinguir varias tiendas, edificios de viviendas austeras, barrios de casitas para familias acomodadas. He intentado dormir, pero no dejaba de dar vueltas en el camastro y al final me he rendido. Llevo admirando la ciudad desde entonces. El campamento está a mis espaldas y Rocablanca, a mis pies. A pesar de la distancia, puedo distinguir el fuego que chisporrotea en las chimeneas de las casas y los farolillos de aceite que iluminan las calles de la ciudad.
—¿Qué estás haciendo a estas horas aquí arriba, Ricitos Dorados? —pregunta Judd, que se acerca con su habitual actitud de fanfarrón mientras se atusa su melena mostaza.
—No podía pegar ojo —respondo, y echo un vistazo al palacio.
Midas está en algún lugar de ese castillo. Me pregunto con quién se codeará, qué compañías habrá encontrado, qué estará haciendo en este momento. Me pregunto si sabe que estoy aquí.
En este preciso instante podría estar asomado a una de las ventanas del castillo, vigilando el ejército del Cuarto Reino, escudriñando el campamento que hemos instalado en la frontera de Rocablanca. Puede que haya reconocido mi silueta sobre la cima de esta colina y me esté mirando.
Judd suelta un gruñido, un gruñido que interpreto como: «Rocablanca no es para tanto».
—Vamos. Tengo un trabajito para ti.
Y sin dar más explicaciones, me deja ahí plantada, como un pasmarote. Salgo disparada tras él para no quedarme rezagada.
—¿Qué clase de trabajito?
Judd me lanza una miradita con el rabillo del ojo.
—Ya lo verás.
Debo admitir que ha conseguido despertar mi curiosidad. Él marca el camino mientras yo tengo que hacer malabarismos para tratar de no perderle la pista. No entabla conversación, pero lo prefiero porque se escurre entre las tiendas y zigzaguea por el campamento a la velocidad de un rayo, así que lo último que necesito es una distracción.
Todos los soldados bajan la cabeza al ver a Judd, o se cuadran y se llevan una mano a la frente, el clásico saludo militar, en señal de respeto. Por lo visto, la mayoría de los soldados tampoco ha podido conciliar el sueño esta noche. Se acerca el amanecer y, con él, tal vez la guerra.
—¿Me vas a decir adónde vamos? —pregunto al fin, porque me da la impresión de que llevamos varios kilómetros caminando por la nieve y empiezo a estar cansada.
—Chist —responde él.
Abro la boca para preguntarle qué diablos está pasando, pero él me dedica una mirada mordaz y severa, como si me hubiera leído la mente.
Suelto un bufido, pero mantengo el pico cerrado.
Seguimos andando unos minutos más, hasta que mis oídos reconocen el sonido de unas voces femeninas. Echo un vistazo a mi alrededor para confirmar mis sospechas: hay un grupo de mujeres soldado reunidas alrededor de una hoguera, y Lu es una de ellas.
Empiezo a hacer aspavientos con las manos para saludarla, pero Judd me agarra del abrigo, me arrastra hasta la parte trasera de una tienda y, con aire molesto y airado, se lleva un dedo a los labios, indicándome así que me esté calladita.
—¡Chist! ¿Es que quieres que me pillen, o qué?
Parpadeo, sorprendida por su reacción. Encojo los hombros y levanto los brazos, un gesto que se traduce en una pregunta fácil de interpretar: «¿Qué he hecho mal?», pero él da la callada por respuesta. Se echa a caminar y me hace señas para que le siga.
Nos agachamos detrás de una tienda y avanzamos a gatas para no llamar la atención.
Pasamos junto a una pequeña manada de caballos y, de golpe y porrazo, Judd frena en seco. Casi me choco contra él. Me pongo de puntillas para tratar de ver qué está mirando, y entonces entiendo por qué se ha parado de una forma tan brusca.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunta la soldado con tono de desconfianza. Entre esa maraña encrespada de rizos castaños, vislumbro una pipa de madera detrás de su oreja.
—Inga, un placer volver a verte —saluda Judd.
Ella estrecha la mirada con escepticismo; se relame las muelas y después chasquea la lengua, como si estuviera tratando de quitarse algún resto de comida que se le había quedado entre los dientes.
—¿Ah, sí? ¿No deberías estar con el flanco izquierdo? He oído que tus camaradas están sacando brillo a sus egos, que están alardeando de sus hazañas para ver quién la tiene más larga. ¿Qué pasa? ¿También necesitan un discursito motivacional para no mearse en los pantalones en la víspera de una batalla? —pregunta con tono burlón y una sonrisa sarcástica en los labios.
Judd pone los ojos en blanco.
—Por favor. Todos sabemos que son los soldados del flanco derecho quienes se hacen pipí encima antes de una batalla —contesta, y clava la mirada en la cintura de la mujer—. Y hablando del tema, ¿pantalones nuevos? —añade con una sonrisa socarrona.
Si las miradas mataran, Judd ya estaría criando malvas.
—Dejémonos de chorradas. He acompañado a Auren hasta aquí porque necesita hablar con Lu —explica, y después abre los ojos y la boca de forma exagerada, simulando así estar a punto de revelarle un secreto—. Es un poquito urgente. Está en ese momento del mes, tú ya me entiendes.
Me quedo petrificada, boquiabierta y muerta de vergüenza. Tierra, trágame.
Inga me mira.
—Ah —exclama—, o sea, que la bandera roja está ondeando, ¿eh?
Mortificada, empiezo a negar con la cabeza, pero Judd me da un pisotón en el pie. Un pisotón que me hace ver las estrellas.
—Nn… sí —farfullo con una mueca de dolor.
Ella asiente.
—Si no encuentras a Lu, no te preocupes. Vuelve aquí y búscame.
—Lo tendremos en cuenta —dice Judd con una sonrisa hipócrita. Después me mira y hace un gesto con la cabeza para que le siga.
Ni siquiera me atrevo a mirar a Inga. Estoy tan abochornada que mi cara debe de parecer un tomate a punto de explotar.
—Gracias —murmuro.
En cuanto alcanzo a Judd, le lanzo una mirada asesina.
—¿A qué demonios ha venido eso? —pregunto rechinando los dientes.
Él se ríe por lo bajo y se escabulle entre dos tiendas. Escudriña nuestros alrededores con esa mirada azul cielo y por fin encuentra lo que andaba buscando.
—Lo sabía.
Sale corriendo hacia lo que, a primera vista, parece un montón de pieles. Empieza a retirarlas una a una y entonces veo de qué se trata.
No puedo creer lo que estoy viendo. Me entran ganas de abofetearle.
—¿En serio? —pregunto con indiferencia.
—Vamos, ayúdame a levantarlo.
Hago lo que me pide, aunque a regañadientes. Lu me hizo la misma jugada. Voy a cargar con un maldito barril de vino. Otra vez.
Me da la impresión de que pesa más que el otro, pero quizá sea por las agujetas. Llevo varios días dejándome la piel en los entrenamientos y me duelen hasta las pestañas.
—¿Puedes alzarlo un poco más? —pregunta Judd, que está sosteniendo el otro extremo del barril—. Eres más endeble de lo que creía.
Le fulmino con la mirada.
—Quizá sea por toda la sangre que estoy perdiendo. Ya sabes, estoy en ese momento del mes.
Judd se echa a reír.
—He tenido que improvisar. Es lo primero que se me ha ocurrido.
Me cuesta una barbaridad sostener el maldito barril mientras Judd me obliga a zigzaguear entre las tiendas, a escabullirme como una vulgar ladrona por el campamento. La verdad es que estoy sudando tinta. Cada vez que vemos a alguien, no tenemos más remedio que agacharnos y escondernos detrás de un carruaje para que no nos pillen in fraganti.
Después de esa incursión clandestina, conseguimos trasladar el barril hasta la otra punta del campamento, donde un grupo de soldados están sentados alrededor de una hoguera, masticando la insípida ración de comida en completo silencio.
Cuando Judd deja el barril en el suelo y sus amigotes se percatan de qué se trata, empiezan a vitorearle y a dedicarle toda clase de alabanzas. Ese ambiente taciturno y alicaído se transforma en una fiesta. En un abrir y cerrar de ojos, uno de ellos ya ha retirado el tapón y ha empezado a vaciar el barril, copa a copa.
Me quedo un pelín rezagada, observando la escena, que me resulta de lo más divertida. Judd reparte palmaditas en la espalda por doquier e intercambia algunas palabras con ellos. Al verme ahí, se acerca y me ofrece una copa de vino.
—¿Es una tradición? ¿Robar el barril de vino del flanco contrario?
Judd dibuja una sonrisa de oreja a oreja.
—Así es.
Sonrío, sacudo la cabeza y tomo un pequeño sorbo de vino, como si de una cata se tratase. Ese delicioso elixir despierta todas mis papilas gustativas con ese dulzor decadente.
—Mmm.
—Lo sé —dice orgulloso—. Es el mejor vino que encontrarás en el campamento. El resto no es más que meado de caballo diluido en agua.
Arrugo la nariz al imaginarme esa asquerosa mezcla.
Después de tomarnos varias copas de vino, Judd me acompaña hasta mi tienda, un gesto caballeroso que no esperaba de él. Es entonces cuando caigo en la cuenta de que el amanecer es inminente, pues el cielo ya ha empezado a clarear. Aunque creo tener decenas de astillas clavadas en los guantes y aunque los brazos me duelan una barbaridad por haber arrastrado ese dichoso barril por todo el campamento, lo cierto es que esa pequeña travesura me ha distraído, al menos un rato, y estoy agradecida por ello.
—Gracias por haberme dado algo que hacer —le digo a Judd cuando llegamos a mi tienda.
—Cuando quieras. Tenías ese semblante.
—¿Qué semblante?
Él me dedica una sonrisa, pero no esa sonrisa sarcástica y mordaz tan suya, sino una sonrisa compasiva.
—El semblante de alguien que está a punto de librar una batalla.
—Pero no voy a librar ninguna batalla.
Judd arquea una ceja.
—¿Estás segura de eso?
Sé leer entre líneas y sé lo que está insinuando, pero no sé qué decir. La verdad es que sí tengo la sensación de estar preparándome para algo, pero no estoy muy segura de para qué porque no tengo ni la más remota idea de a qué voy a enfrentarme mañana. Lo único que sé es que tendré que armarme de valor, que no podré escapar de ello.
Me revuelvo, nerviosa.
—¿Crees que el rey Ravinger declarará la guerra? ¿Crees que mañana tendrás que saltar al campo de batalla y luchar en nombre de tu rey?
Judd se encoge de hombros.
—¿Quién sabe? Eso depende de los reyes. Yo solo estoy aquí por el vino.
Se me escapa una carcajada. Con esa broma absurda, Judd ha conseguido amainar la tormenta que había empezado a arremolinarse en mi estómago.
Capto un ligero movimiento con el rabillo del ojo y, al volverme, veo que Rip está esperándome en la puerta de la tienda. Su postura es rígida y firme, su expresión severa y circunspecta. Tiene el ceño fruncido, los labios apretados en una fina línea y los ojos clavados en mí.
Mi sonrisa desaparece de inmediato.
Al verme de repente tan seria, Judd también se da la vuelta.
Rip posa la mirada en él durante una fracción de segundo.
—Márchate —le ordena.
Judd me lanza una mirada que no soy capaz de interpretar y, con las manos metidas en los bolsillos, se marcha, llevándose consigo hasta el último resquicio de distracción.
Cuando nos quedamos a solas, Rip me señala la tienda con la barbilla. Me agacho, retiro la solapa que hace las veces de puerta y, al entrar, me recibe el agradable calor de esas brasas incandescentes. Rip entra detrás de mí y parece acompañarle una bocanada de aire gélido.
El ambiente está enrarecido. Algo no anda bien. Tengo un mal presagio.
La tensión se palpa en el ambiente y el comandante está demasiado taciturno, demasiado serio. Hasta su aura ha cambiado; la noto inquieta, agitada, preocupada.
Entrelazo los dedos de las manos.
—¿Qué ocurre?
Él se queda donde está, en la entrada de la tienda. Apenas nos separa medio metro y, sin embargo, me da la impresión de que está demasiado lejos y al mismo tiempo demasiado cerca.
—El rey Ravinger llegará muy pronto para encontrarse con Midas.
La tormenta que se revolvía en mi estómago descarga un relámpago. No debería estar tan asustada porque sabía que, tarde o temprano, este momento iba a llegar. Aun así, ahora que sé que es inminente, me invade el miedo, el terror.
—¿Qué va a pasar?
¿Qué me va a pasar a mí? ¿Y a Midas? ¿Y a él?
Rip niega con la cabeza.
—Eso está por ver.
Me rodeo el cuerpo con los brazos, como si así pudiera protegerme de la angustia y la preocupación. Él me escudriña con la mirada y me abrazo tan fuerte que ni siquiera noto las cintas enroscadas a mi alrededor.
—Tengo una pregunta para ti —dice, rompiendo al fin ese silencio abrumador.
Presiento que preferiría no oír la pregunta.
—¿De qué se trata?
Me observa fijamente, sin pestañear. Esa mirada negra y penetrante me perturba.
No sé qué ve, ni qué piensa.
Siempre ocurre lo mismo cuando estoy a solas con él, pero esta vez quiero gritar.
—¿Quieres quedarte?
Me muerdo el labio inferior mientras su pregunta retumba en mi cabeza.
—¿Quedarme? —repito casi sin aliento.
Rip da un paso al frente y, aunque solo sea un insignificante paso, la distancia que ahora nos separa es ínfima. Está muy cerca, igual que lo estaba aquella noche, la noche en que envié el halcón mensajero a Midas. Callado. Pensativo. Su cuerpo desprende una intensidad que absorbe el aire que nos envuelve, que despierta todos y cada uno de mis sentidos, que me pone la piel de gallina.
Baja el tono de voz.
—No tienes que volver si no quieres. Puedo conseguir que te quedes.
Me quedo sin aire en los pulmones al escuchar su proposición. Estoy perpleja, confundida. Y no sé qué diablos decir.
—Tú eliges. Pero tienes que darme una respuesta ahora, antes de que llegue el rey Ravinger.
Estoy tan nerviosa que empiezo a caminar de un lado a otro de esa minúscula tienda.
—¿Por qué me ofreces esa opción? —pregunto apabullada e inquieta—. Soy tu prisionera, Rip. No me cabe la menor duda de que tu rey querrá utilizarme como moneda de cambio o, peor todavía, para chantajear a Midas. Tú eres el comandante de su ejército y, según tengo entendido, es más que probable que mañana se declare una guerra entre los dos reinos. ¿Cómo te atreves a preguntarme si quiero quedarme aquí? No puedes hacer nada.
Él mantiene esa postura de orgullo y superioridad, una postura dura e inflexible, como los muros de un castillo.
—Sí puedo, y por eso te lo pregunto. Tienes elección, Auren.
Maldita sea, estoy hecha un lío. Estoy tan histérica que ni siquiera puedo pensar con claridad.
—Tu rey jamás lo permitiría. Y menos si tiene pensado pedir un rescate por mí. Ravinger pretende utilizarme para sacar tajada de todo esto, y lo hará.
—No si me dices que quieres quedarte.
Paro en seco y le miro boquiabierta, anonadada.
—¿Qué te ocurriría a ti, a tus soldados?
—No tienes que preocuparte por eso.
Se me escapa un resoplido.
—¿Que no tengo que preocuparme? Está a punto de estallar una guerra, ¿cómo no voy a preocuparme? No puedo quedarme aquí, Rip.
Por primera vez desde que ha entrado en la tienda, advierto un destello de emoción en su rostro. Frunce el ceño y distingo enfado, un enfado oscuro y súbito.
—¿Por qué no?
Me llevo una mano a la frente y me masajeo la sien en un intento de silenciar todas las voces que retumban en mi cabeza.
—Porque no.
Él niega con la cabeza y rechina los dientes.
—No me sirve. Quiero una respuesta de verdad, una respuesta sincera.
—Ni siquiera sé qué me estás proponiendo. ¿Qué pretendes? ¿Esconderme? ¿Borrarme de la faz de Orea? No puedo hacerle eso a Midas.
El enfado que había percibido en su expresión no es nada comparado con la rabia e indignación que veo ahora. Es una ira tan intensa que incluso puede palparse y, de inmediato, el ambiente de la tienda se enturbia, como si se hubieran colado nubarrones de tormenta por la portezuela.
—Midas. —Escupe la palabra de su boca como si fuese un insulto, algo despreciable—. ¿Dónde queda todo lo que me has dicho en la playa? ¿Vas a dejar que vuelva a encerrarte en una jaula, como si fueses un mísero pájaro?
—No —respondo con aire resuelto y decidido—. Las cosas van a cambiar. Yo he cambiado. Mantengo todo lo que dije.
Rip resopla. Un sonido horrendo, un sonido que denota incredulidad.
—¿De veras crees que las cosas van a cambiar? No te creía tan tonta.
Cierro los puños, furiosa.
—No soy tonta.
—Tu querido Midas te trata como a una mascota. Te utiliza. Te manipula. Se aprovecha de tu fidelidad, de ese amor retorcido que crees sentir por él.
Me arroja esa retahíla de acusaciones como si fuesen puñales afilados.
—Él me mantuvo a salvo.
—A salvo —gruñe él, como si fuese un lobo salvaje y hambriento—. Siempre el mismo maldito argumento. Oh, sí, qué gesto tan generoso y magnánimo fue el de encerrarte detrás de unos barrotes y bautizarte como su zorra preferida.
Me encojo de dolor al oír esas palabras. Es como si me hubiera dado una bofetada con la mano abierta, un golpe bajo que me exaspera y me duele al mismo tiempo.
—Piensa lo que quieras, pero nadie había hecho nada parecido por mí —replico, y me reprendo porque mi voz ya no suena tan firme como antes, sino un pelín más quebradiza, más frágil. Me da rabia que, a diferencia de él, no sea capaz de controlar mis emociones—. Deambulaba por las calles como alma en pena, mendigaba día y noche por un mendrugo de pan. La gente me acosaba, me maltrataba, me ninguneaba, me odiaba. ¿Crees que Midas me utiliza? Pues no es nada comparado con los suplicios que he tenido que soportar en manos de otros.
Rip ni se inmuta. Su aura sigue irradiando esa furia vehemente que me pone los pelos de punta.
—¿Qué pasa? ¿Te has quedado mudo de repente? —pregunto a modo de provocación—. ¿No te gusta oír que un ser feérico, uno de los tuyos, no haya triunfado en este mundo, como tú? Vaya, siento mucho no haberme vendido al Rey Podrido. De haberlo hecho, quizá ahora estaría al mando de este ejército y tú serías el trofeo de Midas. Vivirías confinado en una pajarera de oro y tu única compañía serían los mirones indiscretos que pagarían una fortuna por tocarte esas púas.
De repente, todas sus púas se encrespan, como si estuvieran imaginándose la escena.
—Deja de ser tan complaciente. Deja de conformarte con ser una mascota que vive en una jaula.
Y en ese instante pierdo los nervios.
—¡Vete al infierno! —grito, pero mi voz suena más bien como un rugido.
Él sacude la cabeza.
—No, Auren. Tú eres la que necesita arder para así renacer de tus propias cenizas y luchar. No sigas permitiendo que él te controle, que dirija tu vida, que apague tu luz. No sigas permitiendo que el mundo te pisotee, joder —brama, y doy un respingo—. Si quisieras, podrías brillar más que el sol. Pero prefieres quedarte en la sombra y marchitarte. Esa ha sido, hasta ahora, tu elección.
Una lágrima se derrama por mi mejilla, hasta la barbilla.
—Quieres que huya como una cobarde, pero Midas no me asusta. A pesar de todas esas barbaridades que acabas de soltar, él me ama y sé que va a escucharme —digo, y trato de eliminar cualquier ápice de dolor de mi expresión—. ¿Por qué lo haces? ¿Qué ganas tú con todo esto? —exijo saber.
Sin embargo, las preguntas que de verdad quiero hacerle son otras. ¿Qué significó tu beso? ¿Qué significa este tira y afloja constante?
Percibo un tic en su mandíbula, como si estuviera conteniendo las palabras, decidiendo cuáles pronunciar y cuáles tragarse.
—Todo el mundo merece poder elegir. Yo te estoy ofreciendo eso, una elección.
—No puedo abandonar a la única persona que me ha protegido.
Rip suelta un gruñido de impotencia y se pasa una mano por esa melena azabache y espesa, nervioso y desesperado.
—Mira, sé que todos hacemos lo que podemos por sobrevivir. No te estoy juzgando por ello.
Suelto una carcajada cargada de rencor y escepticismo. El interior de la tienda empieza a iluminarse, anunciando así el temido amanecer.
—Eso es lo único que has hecho desde que te conocí. Me has juzgado por haber decidido ocultarme, por haber querido pasar desapercibida, por haber mantenido en secreto quién era para así poder sobrevivir. Ahora no finjas lo contrario.
—Está bien —dice, y baja la mano—. Pero no tienes que seguir escondiéndote. Ya no.
Mi expresión se torna fría, distante. Me tiemblan las rodillas, pero me esfuerzo en disimularlo.
—Ya te lo dije. Si tengo que elegir, Midas siempre será la única opción.
Advierto un ligero movimiento en su garganta, como si estuviera asimilando lo que acabo de decir, digiriendo la amargura de mis palabras. Su mirada, en cambio, sigue siendo fría como un témpano de hielo, igual que su respuesta.
—Entonces no hay nada más que hablar.