Destello
Capítulo 33
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33 Auren
El rey Ravinger llega acompañado por una bandada de alas madereras. Es la primera vez que veo esas bestias voladoras. Quedan muy pocos ejemplares vivos y, si no me falla la memoria, hace un siglo estuvieron a punto de extinguirse. Solían vivir en plena libertad en todos los rincones de Orea, pero ahora tan solo los más adinerados pueden permitirse el lujo de poseer uno. Reyes, por ejemplo.
Un par de horas después del amanecer, han aparecido seis de esos enormes pájaros volando por el cielo. Aunque el término «pájaro» no les hace justicia, desde luego.
La parte externa de las plumas que recubren sus alas es parduzca, un tono amarronado que recuerda a la corteza de un árbol, y la parte interna, de un blanco níveo, igual que el resto del cuerpo. Eso les permite mimetizarse con las nubes mientras vuelan. Las alas son de un tamaño descomunal, por cierto. Cuando las despliegan deben de medir unos seis metros más o menos.
Sin embargo, a diferencia de los pájaros, no tienen pico, sino un hocico repleto de dientes puntiagudos y afilados, perfectos para atrapar una presa sin tener que aterrizar.
Esa es una de las razones por las que prefiero no acercarme demasiado.
Así que, a una distancia más que prudente, vislumbro el momento en que las seis aves madereras, con sus correspondientes jinetes, descienden en picado desde el cielo y aterrizan en el corazón del campamento. Un segundo después, desaparecen de mi vista. Vago sin rumbo fijo entre las tiendas, pero el ambiente que se respira es espeluznante. La mayoría de los soldados han ido a dar la bienvenida al rey y esperan órdenes, por lo que el campamento parece haberse convertido en un pueblo fantasma. Demasiado silencio, demasiada quietud. Es como esa bocanada de aire que inspiras antes de soltar un grito desgarrador. Me pregunto si habrá ocurrido lo mismo en la ciudad de Rocablanca, si también se habrá instalado esa aura tan estremecedora ahora que el ejército del Cuarto Reino ha invadido su frontera.
No soporto esa tensión. No soporto ver a los soldados afilando las espadas, colocándose esa armadura metálica de color negro en lugar de su uniforme de cuero.
Estoy hecha un flan. No soy capaz de seguir deambulando por el campamento, así que me siento junto a una hoguera para contemplar la danza hipnótica de las llamas con el crujido constante de los leños de fondo.
—¿Es ella?
Me sobresalto. No había oído llegar a los tres soldados. Es como si hubiesen aparecido allí como por arte de magia. Me levanto y, al darme la vuelta, me topo con dos soldados que no me resultan en absoluto familiares y con Lu.
Lu también se ha puesto la armadura. Atisbo una cota de malla asomándose por el cuello.
—Sí, es ella —responde Lu con expresión seria.
Los miro un poco aturdida.
—¿Qué está pasando?
—El rey ha ordenado que te protejamos. No quiere poner en riesgo tu seguridad —informa uno de los soldados.
Aprieto los labios. Estoy atrapada en el campamento de un ejército. No corro ningún peligro. Ni siquiera Midas puede llegar aquí.
—Querrás decir que tu rey ha ordenado que me vigiléis —recalco, y la mirada de Lu confirma mis sospechas—. Está bien. No pienso moverme de aquí, así que poneos cómodos —ofrezco, y señalo las banquetas vacías que hay repartidas por el suelo.
El guardia dice que no con la cabeza.
—El rey ha ordenado que te mantengamos en un lugar seguro. Llévanos hasta tu tienda, mi señora.
Desvío la mirada hacia Lu.
—¿Esto va en serio?
Ella se encoge de hombros.
—Lo siento, Ricitos Dorados. Esas son las órdenes.
No sé por qué me sorprendo tanto. Quizá me haya vuelto una ingrata consentida después de todas estas semanas siendo su prisionera, pero sin ser tratada como tal.
—¿Han llegado a un acuerdo? —pregunto—. ¿Me vais a entregar a Midas? ¿A cambio de qué? ¿Qué rescate habéis pedido?
Lu apoya una mano sobre la empuñadura de la espada.
—Todavía no lo sé.
Asiento. Detesto tanta incertidumbre.
La soldado me mira de arriba abajo. Intuyo que quiere decirme algo, pero sea por la razón que sea, prefiere morderse la lengua y no soltar prenda.
—¿Lista para irnos, mi señora? —pregunta el guardia.
Digo que sí con la cabeza, porque ese es mi carácter, ser complaciente, seguir órdenes sin rechistar. Pero lo que realmente quiero es quedarme junto a esta hoguera, estrechar a Lu entre mis brazos y decirle que, si no vuelvo a verla, la echaré de menos. Quiero darle las gracias, a ella y al resto de los miembros de la Cólera, por haberme ayudado.
Tal vez Lu haya apercibido ese desasosiego, ese anhelo de despedida, porque de repente da un paso hacia delante y murmura:
—Recuerda lo que te dije, Ricitos Dorados. Toma las riendas. No dejes que el mundo te controle a su antojo, ¿de acuerdo?
No puedo responder porque temo echarme a llorar ahí mismo. Y Lu no parece la clase de persona a la que le gusten las escenas lacrimógenas, así que respiro hondo y asiento con la cabeza.
Guío a los guardias hasta mi tienda en completo silencio. No puedo dejar de rumiar, de darle vueltas a la cabeza. Me deslizo hacia el interior de la tienda, pero los dos soldados se quedan fuera, haciendo guardia. Vislumbro sus siluetas justo delante de la puerta.
Sé que, si me tumbo en el camastro, voy a volverme loca. Tengo que mantenerme ocupada. Me aseo, me trenzo el cabello, recojo las cenizas y relleno el cubo con carbón nuevo, aunque la verdad es que no sé si Rip volverá a dormir en esa tienda. Enrollo las mantas de pieles que hay sobre mi camastro. Las desenrollo. Las vuelvo a enrollar. Quizá debería tratar de echar una cabezadita y descansar un rato, así que las desenrollo una vez más. Me acuesto. No puedo dormir.
Encuentro las tres peonías que Hojat me regaló. Están destrozadas, casi al borde de la desintegración, pero hay una que se ha mantenido bastante entera. Arranco la flor del tallo y me la guardo en el bolsillo.
Echo un vistazo a la tienda. Ese minúsculo espacio ha llegado a convertirse en mi refugio, en mi remanso de paz y, después de hoy, no volveré nunca más. Es una despedida en toda regla.
Siento una especie de nudo en la garganta, un nudo que amenaza con ahogarme. Me palpo el cuello con la mano, convencida de que así podré mitigar ese repentino dolor.
Sin darme cuenta, acaricio la cicatriz que me dejó el puñal del rey Fulke, un regalito de nuestra breve pero intensa «amistad». Recuerdo ese momento y, una vez más, el miedo se apodera de mí. La última vez que estuve entre dos reyes casi muero degollada.
¿Qué me va a ocurrir esta vez?
No sé cómo diablos lo hago, pero en un momento dado me quedo dormida en el camastro.
Sin embargo, algo me despierta de una forma brusca y repentina. Percibo un cambio en el ambiente, pero a simple vista todo parece estar igual que antes. Me incorporo y me froto los ojos para espabilarme un poco. Estiro los brazos, me desperezo, retiro las pieles, me levanto, sacudo las diversas capas de tela que conforman la falda del vestido porque se han quedado algo apelmazadas, me dirijo hacia la parte frontal de la tienda y me asomo por la portezuela.
Mis perros guardianes continúan sentados ahí fuera, charlando en voz baja. Afino el oído, pero no consigo oír la conversación. Me pongo el abrigo y, a pesar de que no está nevando, me cubro la cabeza con la capucha y me enfundo los guantes. Respiro hondo, me agacho y salgo al exterior.
Los dos guardias se ponen de pie de un brinco.
—Mi señora, se supone que no puedes salir de la tienda.
—Tengo que utilizar la letrina.
Veo que se miran de reojo y sospecho que no van a dar su brazo a torcer, que van a seguir las normas a rajatabla. Siento impotencia y no voy a molestarme en ocultarla.
—¿Vuestro rey os ha dicho que no me permite salir a mear? Porque de ser así, tenemos un problema bastante peliagudo —comento con impasibilidad.
El guardia de la izquierda se sonroja, como si hablar de pis le avergonzase.
—Perdón, mi señora. Por supuesto que puedes usar la letrina. Te escoltaremos hasta allí —dice su compañero.
Asiento y dejo que marquen el camino. Nos alejamos del campamento, cruzamos un terraplén y después nos adentramos en un bosquecillo de árboles que más bien parecen esqueletos de madera, pues no tienen ni una sola hoja. Ahí han instalado las letrinas. Los guardias no parecen dispuestos a concederme ni un solo minuto de privacidad, así que, un pelín abochornada, no me queda más remedio que hacer mis necesidades con ellos dos a un par de metros de distancia. ¿El lado bueno? Pronto ya no tendré que orinar en la nieve.
Cuando termino, sin moverme de detrás del árbol, alargo el cuello y veo que los guardias están de espaldas. Están subiendo el pequeño montículo de nieve tras el que están las letrinas. Al principio creo que lo hacen para darme un poco más de intimidad, pero cuando uno de ellos señala algo con el dedo, me doy cuenta de que el motivo es otro. Algo ha llamado su atención.
Empiezo a inquietarme. Noto un escalofrío en la espalda y, sin pensármelo dos veces, me encamino hacia el montículo. La nieve me llega hasta los tobillos, pero me da lo mismo. Cuando me reúno con ellos en lo alto de esa pequeña colina, se me escapa un grito ahogado.
La ciudad está rodeada, sitiada.
El ejército del Cuarto Reino ya ha formado filas en el valle helado que bordea la ciudad de Rocablanca, como la herradura negra de un caballo. Los soldados están listos para atacar y asaltar el castillo.
Desde ahí arriba, ese semicírculo de soldados ataviados con su armadura negra parece una mano abierta, una mano que está a punto de cerrarse en un puño y aplastar a toda una ciudad. Y tengo la sensación de que esa mano también está en mi estómago, apretándolo con fuerza.
Esos soldados no guardan ningún parecido con los hombres con quienes he estado conviviendo todas estas semanas, hombres que se apiñaban alrededor de hogueras, que se trataban con camaradería y compartían anécdotas divertidas. Sin embargo, sí pude advertir un destello de la brutalidad de esos soldados cuando los vi combatiendo en el círculo de lucha. Sabía que, tarde o temprano, este momento iba a llegar, así que no sé de qué me sorprendo.
—¿El Cuarto Reino está atacando? —susurro.
—Todavía no —responde el guardia de mi izquierda.
Escudriño las diversas formaciones de soldados en un intento de reconocer algún rostro familiar, pero estoy demasiado lejos. Desde ahí arriba no parecen más que hormigas negras listas para empezar a dispersarse por la ciudad, pero aun así entorno un poco los ojos para tratar de enfocar mejor la vista y sigo examinando todas las tropas.
Estoy buscando una melena mostaza, un tipo mastodóntico, una mujer ágil y veloz como el viento.
Púas afiladas que sobresalen de una espalda.
Sin embargo, no logro distinguirlos entre la muchedumbre. Es imposible desde tan lejos.
No sé qué pensaba que iba a ocurrir cuando llegáramos aquí. La idea de que pudiera estallar una guerra estaba ahí, suspendida en el aire, pero no me parecía real.
Pero ahora… Ahora sí parece real.
—Vuestro ejército va a diezmar la ciudad en un santiamén.
Los guardias no parecen opinar lo contrario porque no dicen ni mu. Siento una punzada de dolor y de tristeza en el estómago al pensar en todos los hombres, mujeres y niños inocentes de Rocablanca.
—Se lo tienen merecido —comenta el otro guardia, sin una pizca de compasión—. Se lo han buscado. El Quinto Reino invadió nuestras fronteras y asesinó a varios de nuestros hombres.
Me giro hacia él para poder mirarle a los ojos.
—¿Cómo te llamas?
—Pierce, mi señora.
—Bien, Pierce, según tengo entendido vuestros soldados masacraron al ejército del Quinto Reino en cuanto cruzaron la frontera, y sin tan siquiera despeinarse. No dejaron títere con cabeza —comento—. ¿No te parece suficiente?
Él se encoge de hombros.
—A nuestro rey no.
Enrosco los dedos entre las faldas y estrujo la tela con todas mis fuerzas.
Sé que Midas engañó al rey Fulke con sus astutas argucias para que atacara la frontera del Cuarto Reino. Que sea leal a él no significa que sea una ingenua, ni una necia. Este embrollo es culpa de Midas, eso es innegable. Pero declarar una guerra, organizarse y prepararse para masacrar todo un reino… Con solo pensarlo siento una opresión en el pecho que me asfixia, que me desmoraliza.
Detesto estos jueguecitos de poder que se traen los reyes.
El castillo de Rocablanca ondea sus banderas púrpura a media asta, en señal de luto por el fallecimiento de su rey. La muralla que acordona la fortaleza reluce bajo la suave luz del sol. Advierto varias tonalidades grisáceas y blancas, como si estuviera hecha de bloques de mármol y, tras esos inmensos muros, vislumbro varios chapiteles que, con orgullo, señalan a las divinidades que moran en los cielos.
Las vistas son increíbles, lástima que el ejército del Cuarto Reino haya rodeado la ciudad.
—Vamos, mi señora —me dice Pierce—. Hora de volver a la tienda. Allí estarás más segura.
—No quiero volver a mi tienda —respondo.
Si estoy enclaustrada en una tienda, no podré ver nada, no podré saber lo que está ocurriendo. La idea de pasarme horas ahí, ajena a lo que ocurre en el campo de batalla, me inquieta, me atormenta.
Pierce me mira con compasión.
—Mil disculpas. Nosotros solo seguimos órdenes.
Aprieto los labios, frustrada y hundida. Ellos se dan media vuelta y empiezan a andar. Por suerte, vamos siguiendo la línea del terraplén de nieve que bordea el campamento, lo que me permite seguir observando lo que ocurre en la ciudad.
El ejército del rey Ravinger, además de sanguinario, es multitudinario. En esa llanura blanca han formado filas un sinfín de soldados y, aun así, el campamento no ha quedado del todo desierto. Todavía quedan varias decenas de soldados pululando por aquí, vigilando el perímetro. Algunos están montados a caballo, otros de pie.
Pero ninguno de ellos bromea, ni bebe, ni juega una partida de dados alrededor del fuego. Nadie sonríe. Todos saben que es un día crucial y por eso están concentrados, tensos, listos para recibir la orden de atacar en cualquier momento. Me fijo en cada uno de ellos, pero ninguno me resulta familiar.
Y entonces, justo cuando vamos a cruzar ese terraplén y deslizarnos por la pendiente, lo noto.
Un latido, una vibración.
Una única pulsación que se va extendiendo por el paisaje como si de una ola errante se tratase. Paro en seco. La sensación es tan sobrecogedora que incluso se me ha erizado el bello de la nuca. Estoy segura de que está pasando algo.
—¿Qué ha sido eso? —susurro atemorizada. Las palmas de las manos me han empezado a sudar y el corazón me late a mil por hora.
Los guardias se vuelven y arrugan la frente, un pelín desconcertados por la pregunta.
—¿Qué ha sido el qué, mi señora? —pregunta Pierce.
Por puro instinto me doy la vuelta para echar un último vistazo a la ciudad acorralada por ese ejército cruel y desalmado. Y es entonces cuando lo veo.
Allí, en la retaguardia, diviso un tipo vestido de negro de pies a cabeza.
A pesar de la distancia que me separa de él y a pesar de no haberle visto nunca, sé quién es. Lo sé porque lo siento en mis entrañas. Esa figura imponente irradia poder, un poder que solo podría compararse con un aluvión de agua sucia y mancillada que desborda un río.
El Rey Podrido.
Esa silueta amenazante empieza a moverse. Avanza dando zancadas y, de repente, tras cada una de sus pisadas, la llanura blanca y pura y reluciente que conforma el suelo empieza a cambiar, a transformarse.
A morir.
Abro los ojos como platos mientras se van dibujando unos zarcillos marrones sobre la nieve. Ese es el rastro que el Rey Podrido deja a su paso. Ravinger está exhibiendo su poder; está arañando el suelo con unas zarpas invisibles, abriendo heridas condenadas a infectarse, a descomponerse.
Sobre ese manto nevado empiezan a aparecer venas de sangre envenenada. El color me recuerda al marrón apagado de la corteza de un árbol marchito. Esas líneas se van extendiendo por el paisaje, como si ese páramo blanco fuese un lago helado que se está agrietando, un lago cuya delicada superficie está a punto de romperse y desmoronarse.
Con cada paso que da, el hielo se resquebraja un poco más. La vibración de su extraordinario poder hace temblar el suelo. Se me revuelven las tripas y el sabor ácido de la bilis trepa hasta mi garganta. El poder que emana el rey es horrendo y repugnante, es como una enfermedad que va infectando y pudriendo todo lo que encuentra a su paso.
El rey Ravinger sigue avanzando, sigue corrompiendo el paisaje, destruyendo esa planicie blanca y brillante. Las grietas amarronadas van tiñendo la nieve y destruyendo su pureza cristalina, y esa alfombra de copos de nieve se va oscureciendo hasta adoptar una tonalidad enfermiza, una mezcla pardusca con toques amarillentos.
El miedo parece haberme paralizado. No puedo despegar los ojos de esa figura solemne y misteriosa, ni tampoco puedo respirar con normalidad. Me cuesta entender que los soldados no huyan despavoridos del campo de batalla, que no huyan de él. No sé cómo pueden mantenerse en formación porque, a pesar de estar lejísimos de la acción, todos mis instintos me están gritando que salga corriendo de ahí.
El rey alcanza las tropas situadas en la parte exterior del semicírculo, pero no se detiene. Se dirige hacia uno de los pasillos que hay entre las distintas formaciones y sigue caminando. Sin embargo, su poder no desintegra la nieve que pisan los soldados. Las líneas de podredumbre que pervierten el suelo ni siquiera rozan sus botas. El control que el rey ejerce sobre su poder me asombra, pero también me intimida.
Ese hombre no domina un poder mágico; ese hombre es la personificación del poder.
Los andares del rey Ravinger son firmes, seguros, y no deja de caminar hasta llegar a la primera línea del frente, con toda la fuerza y autoridad de su ejército a sus espaldas y con ese halo de putrefacción a su alrededor.
Todos los rumores que corren sobre él son ciertos.
No es de extrañar que un ser feérico como Rip le siga allá donde vaya. La figura del rey emana un poder salvaje y desmedido, una fuerza sobrehumana que no parece conocer límites.
Después de tal exhibición, no me cabe la menor duda de que es un rey temible, un rey que provoca el pánico y el caos allá donde va. Ravinger acaba de demostrar que puede pudrir el mundo, que puede destruirlo con tan solo chasquear los dedos.
La pregunta es: ¿a quién pretende pisotear y destruir?