Destello

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Capítulo 34

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34 Auren

Estoy sentada en la tienda, con la mirada perdida en el infinito.

Hay un péndulo balanceándose en mi cabeza, en mi pecho. Oscila hacia delante y hacia atrás cada vez que tomo aire, cada vez que mi corazón late.

Pasado y presente. Aciertos y errores. Verdades y mentiras. Certezas e incógnitas. Dudas y convicciones. Recelo y confianza.

Es un tictac constante, un compás eterno.

He perdido la noción del tiempo. No sé cuánto rato llevo ahí sentada, inmóvil, cavilando. Lo único que sé es que sigo con la mirada perdida, con ese dichoso péndulo meciéndose de un lado a otro cuando, de repente, oigo unas voces fuera de la tienda.

La solapa de cuero de la entrada está subida, como una puerta abierta que invita al visitante a pasar. Respiro hondo y me pongo de pie. Una vez más, me cubro la cabeza con la capucha, me enfundo los guantes y me abrocho el abrigo.

Cuando asomo la cabeza, siento el cálido hormigueo del sol en la cara. Esos rayos de sol me habrían cegado de no ser porque tengo a Osrik cerniéndose sobre mí cual imponente torreón.

Hace una señal a mis perros guardianes y, de inmediato, Pierce y su compañero se marchan, dejándome así a solas con Osrik.

Me impresiona igual que el día en que lo conocí. Es una mole, una masa de pura intimidación, pero resulta aún más estremecedor con la armadura puesta. No envidio al herrero que tuvo que tomarle medidas para elaborar la placa que le protege el pecho.

Hoy se ha dignado a recogerse esa melena castaña alborotada y despeinada en una coleta, a la altura de la nuca. La barba, en cambio, la lleva tan desaliñada como siempre.

Me mira desde las alturas, con dos espadas colgadas de las caderas, un casco debajo del brazo y su ya habitual expresión de malas pulgas. Siempre tiene el ceño fruncido y esa mirada dura, severa. Osrik representa el arquetipo de un soldado del Cuarto Reino, con un pendiente de madera en el labio y esas ramas retorcidas que decoran la empuñadura de las dos espadas.

—¿Qué ha pasado? —pregunto, aunque apenas puedo hablar de lo nerviosa y asustada que estoy. Afino el oído, pero no consigo distinguir los inconfundibles sonidos de una batalla. Todo sigue en absoluto silencio—. ¿Va a estallar una guerra?

—Todavía no se sabe —responde él—. El rey Ravinger ha pedido una reunión cara a cara. Midas ha enviado a uno de sus asesores.

El corazón me da un brinco.

—Entonces, ¿han iniciado negociaciones? ¿Es posible que no entren en guerra? —farfullo. Recupero la esperanza al saber que quizá puedan llegar a un acuerdo que satisfaga a ambas partes.

—Es posible. Pero Midas también ha hecho una petición.

Todas mis esperanzas quedan suspendidas en el limbo.

—¿Qué petición?

—Nos pide un gesto de buena voluntad.

Escupe las palabras. Es evidente que Osrik no cree que haya ni una pizca de «buena voluntad» en el mensaje de Midas.

—Menudo cabrón, debería ser él quien nos ofreciera algo. No está en posición de exigirnos nada porque nosotros tenemos las de ganar.

No hace falta ser un genio para adivinar a qué se refiere con ese «gesto».

—Midas quiere que me entreguéis.

Osrik dice que sí con la cabeza.

—Así es. El asesor llegó con un mensaje de Midas. No dejaba lugar a dudas. Cito literalmente: «Entregadme a mi preferida dorada y os concederé el permiso de que vuestro Rey Podrido se reúna personalmente conmigo» —dice Osrik, que no duda en poner cara de fastidio, de desaprobación—. Qué cretino. Además de soberbio, petulante —añade.

Ni la petición de Midas ni el desdén de Osrik me sorprenden. Los dos son demasiado previsibles.

—¿Y tu rey ha accedido? ¿Piensa entregarme así, por las buenas?

—Sí. Por las buenas.

Eso sí me sorprende. Desde luego, el rey Ravinger es un tipo misterioso a la par que impredecible. Es imposible saber lo que piensa, y mucho menos lo que puede estar maquinando. Me niego a creer que me vaya a servir en bandeja a Midas sin pedir nada a cambio. Demasiada buena voluntad, ¿o no?

Suspiro, aunque sigo nerviosa.

—Es una buena señal, ¿verdad? Por lo que dices, los reyes están dispuestos a negociar los términos de un tratado de paz para evitar otra masacre bélica.

Osrik resopla, como si mis palabras le hubiesen decepcionado.

—Nunca llegaré a entender cómo coño lo soportas.

A Midas. A que me trate como a un animal de compañía.

—Lo sé —murmuro; mi voz suena aletargada porque así es como me siento ahora mismo.

Osrik suelta un gruñido.

—¿Preparada?

Sí. No.

El péndulo se balancea.

Nos alejamos de la familiaridad de esa tienda, de la calidez de las hogueras, de ese campamento medio vacío y desértico. Sus zancadas son tan largas que, por cada paso que da, yo tengo que dar dos. Llegamos al montículo de nieve que bordea el campamento. Allí, encaramados en la parte superior, nos están esperando cinco caballos, tres de ellos con jinetes a los lomos y dos sin.

—¿Sabes montar? —pregunta Osrik.

Me ajusto los guantes porque me sudan tanto las manos que se me resbalan.

—Sí, sé montar.

—Coge el moteado —dice, y dedico una sonrisa a esa preciosa yegua de pelo azabache con motitas grises en la zona del pecho. La yegua es mucho más pequeña que el caballo de Osrik. A decir verdad, no habría sido capaz de subirme a ese enorme semental sin la ayuda de una escalera.

Me acerco a la yegua y le acaricio el lomo con cuidado. Después me agacho y me aseguro de que tengo los leotardos bien metidos dentro de los calcetines.

—¿Necesitas que te aúpe? —se ofrece Osrik.

Niego con la cabeza.

—No, gracias.

Él asiente, se acomoda en la silla de montar de su caballo y espera a que yo haga lo mismo. Apoyo el pie izquierdo en el estribo, cojo impulso, levanto la pierna derecha y, una vez sentada, me atuso las faldas del vestido.

Tal vez Osrik se haya percatado de que estoy nerviosa, ya sea porque mi expresión me delata o porque no sujeto las riendas como una auténtica amazona, pero no hace ningún comentario al respecto y se coloca a mi lado. Me lanza una mirada seria, pensativa. Los otros tres soldados se posicionan detrás de nosotros.

—Te has mantenido en tus trece. No has traicionado a tu Rey Dorado. Hacen falta agallas —sentencia Osrik. Lo último que habría esperado de Osrik era un cumplido, desde luego.

Retuerzo esas tiras de cuero entre mis manos.

—Tampoco es que me hayáis sometido a toda clase de torturas —digo, con una sonrisa—. No creo que haya otra prisionera en toda Orea que haya recibido un trato más amable y más cordial que yo.

Él resopla.

—En eso llevas razón, desde luego. Aunque creo que el primer día te lancé una buena amenaza. ¿Qué fue exactamente lo que te dije?

Arrugo la nariz mientras trato de rememorar el momento.

—Si no me falla la memoria, que si volvía a insultar a tu rey me ibas a fustigar con un látigo y a arrancarme la piel a tiras.

Osrik esboza una sonrisa de oreja a oreja.

—Ah, sí. Eso es —dice orgulloso de sí mismo—. ¿Funcionó? ¿Conseguí asustarte?

—¿Estás de broma? Casi me meo encima. Por si no te lo han dicho nunca, das mucho miedo.

Osrik se desternilla de la risa. Cuando se ríe a carcajadas no da tanto miedo, la verdad. Aquel día Osrik no se anduvo con rodeos y me mostró, sin ninguna clase de remilgos, que me odiaba, que me aborrecía. No sé qué ha ocurrido durante estas semanas para que cambie de opinión, pero lo agradezco. Ha pasado de amenazarme con fustigarme y despellejarme viva y de llamarme el símbolo de Midas a reírse conmigo.

Ladeo la cabeza, curiosa.

—¿Aún se te llevan los demonios cada vez que me miras? —pregunto, utilizando sus propias palabras.

Su sonrisa se desvanece de inmediato y, durante unos segundos, Osrik me estudia con esa mirada huraña, con ese ademán solemne y severo.

—Sí —responde al fin—, pero ahora por un motivo muy distinto.

No profundiza más en el tema, y prefiero no insistir. Ni siquiera sé por qué le he hecho esa pregunta. Ahora ya no importa. Después de hoy, no volveré a verle. Quizá la diplomacia no consiga resolver el conflicto y acabe estallando una guerra, pero, aun así, estaré en el otro bando, en el bando contrario.

Se me parte el alma tan solo con pensarlo. Ser leal a un bando ya es difícil de por sí, pero ¿qué ocurre cuando debes tu lealtad a ambos bandos? No quiero que nadie muera en el campo de batalla, ni los hombres del Quinto Reino, ni los soldados de Midas, ni el ejército del rey Ravinger.

—Es hora de irse.

Osrik chasquea la lengua y guía a su caballo por la ladera del montículo. Mi yegua sigue los pasos del semental mientras los tres guardias se quedan un pelín más rezagados para proteger la retaguardia.

Cuando llegamos a esa inmensa llanura nevada y empezamos a atravesarla, me doy cuenta de que Osrik, que es quien encabeza la comitiva, prefiere no acercarse mucho a ese camino de podredumbre que el rey ha dejado a su paso antes. Aun así, no puedo evitar fijarme en ese rastro de degradación, en ese laberinto de líneas amarillentas que Ravinger ha dibujado en la nieve.

No sé dónde está el rey ahora mismo, pero me alegra ver que no está en las inmediaciones porque no creo que pudiese aguantar el poder retorcido y nauseabundo que ostenta por segunda vez.

Con una vez ha sido más que suficiente.

A medida que vamos aproximándonos a las primeras líneas de defensa, me doy cuenta de que algo ha cambiado. A pesar de que los soldados siguen en perfecta formación, ya no están cuadrados en posición de firmes. Están esperando a conocer la decisión de los reyes. El destino de todos ellos depende de Midas y Ravinger.

Nos inmiscuimos por uno de los pasillos que forman las tropas y siento el peso de cientos de ojos clavados en mí. Me observan, tal vez con curiosidad, tal vez con esperanza, quién sabe. La estampa me recuerda a una procesión silenciosa. Están a punto de entregarme como ofrenda, como un gesto de buena voluntad hacia Midas.

La montura de oro regresa a manos de su rey.

Aunque me siento observada, al menos ya no tengo la sensación de que me miran con odio, o con enemistad. Y en ese momento me asalta una duda. ¿Qué pensarían los ciudadanos de Orea si supieran la verdad del ejército del Cuarto Reino, si supieran que esos soldados no son una panda de monstruos, ni unos villanos ávidos de sangre, ni unos asesinos sin compasión?

¿Que son soldados formidables? Desde luego. ¿Letales? Sin lugar a dudas.

Pero son hombres de honor. Durante las semanas que he convivido con ellos, jamás he temido por mi vida. No me han acosado, ni han intentado abusar de mí. Siempre me han tratado con respeto, y tengo la sospecha de que el mérito es, sobre todo, de una persona.

Un ejército sigue el ejemplo de su comandante jefe y, por lo tanto, es su reflejo.

De pronto, como si mi mente lo hubiera conjurado, distingo una imponente silueta montada a lomos de un caballo negro. En lugar de escurrirse entre las tropas, rompe la primera línea de soldados y viene directa a nosotros. Mis cintas se ajustan alrededor de mi cintura y, al reconocerle, se me corta la respiración.

En estos momentos, Rip es la viva imagen del temible comandante del que todo el mundo habla. Ahora sí encaja a la perfección con ese personaje malvado y siniestro que tantas historias de miedo ha protagonizado. Ataviado con su armadura, a excepción del casco, es el enviado especial de Ravinger, el encargado de escoltarme hasta el castillo. Su expresión es severa, casi férrea, y la línea de púas que bordea las cejas y esa mandíbula tan angulosa le otorgan un aire aún más salvaje.

Al montar a galope, su melena azabache y brillante ondea a su espalda como si fuese una capa de satén. La barba, tupida y negra como el carbón, y esa mirada oscura y penetrante resaltan la palidez de su piel. La hilera de púas afiladas que asoman por la espalda de su armadura, igual de negras y relucientes que esa protección metálica, es la prueba irrefutable de que la espada que cuelga de su cadera no es su arma más letal.

Él es el arma más letal.

Mi yegua aminora el paso hasta detenerse. Rip saluda a Osrik con la cabeza y guía a su caballo hasta colocarse junto a mí. A su lado, tanto mi yegua como yo parecemos enanas. La energía que desprende es de tensión pura, como los colmillos puntiagudos de una bestia que está hambrienta, ansiosa por cazar a una presa para después mutilarla, despedazarla y comérsela.

Su presencia me abruma y mis nervios brincan y coletean, como un pez recién sacado del agua que se revuelve sobre la arena para tratar de regresar al mar. No me dirige la palabra, ni siquiera se molesta en saludarme. Levanta la barbilla y, de inmediato, los tres guardias se retiran. Y así, con Rip a la cabeza, emprendemos la marcha hacia Rocablanca, hacia un comisario real que ondea con orgullo una bandera dorada con el emblema de Alta Campana.

Custodiada por Osrik y Rip, dos de los guerreros más aterradores de ese ejército, me encamino hacia una ristra de hombres, todos desconocidos. Escudriño sus rostros, pero ninguno me resulta familiar.

—¿Qué hay de las otras monturas? ¿Y de los guardias? —pregunto.

—Su liberación forma parte de la negociación. Los escoltarán hasta Rocablanca esta misma noche —responde Osrik.

Miro a Rip de reojo, pero el comandante tiene la mirada puesta en el castillo y su expresión es imperturbable. Advierto un ligero movimiento en la mandíbula, como si estuviese rechinando los dientes.

Es evidente que en su mente no se balancea ningún péndulo. No titubea. No le hostigan las dudas. No le persiguen los remordimientos. Está molesto, nada más.

Intuyo que está enfadado conmigo. Ni siquiera cuando envié el halcón mensajero parecía tan airado, tan indignado. Dudo que algún día pueda perdonarme que haya elegido a Midas, aunque se lo advertí el primer día y se lo repetí en innumerables ocasiones. Osrik también debe de haber percibido esa hostilidad, porque no deja de lanzarle miraditas, como si temiera que Rip fuese a desatar toda esa ira contenida en cualquier momento.

Me embarga una profunda tristeza. Una melancolía parecida a un cieno de arena fina que me cubre todo el cuerpo. Esos minúsculos granitos de arena se me van a quedar pegados a la piel y, por mucho que lo intente, no lograré despojarme de ellos en mucho mucho tiempo.

Detesto cómo han terminado las cosas entre nosotros. A pesar de que le conozco desde hace poco tiempo, y a pesar de que técnicamente he sido su prisionera, la verdad es que a su lado nunca me he sentido tan desamparada y tan vacía y tan sola como en Alta Campana. Ojalá pudiera decírselo.

Pero Midas… No lo entienden. No puedo quedarme. Midas no permitirá que me vaya de su lado. Jamás.

Da igual que Rip sea un guerrero pérfido y perverso. Da igual que el Rey Podrido cuente con un poder de destrucción inimaginable. A Midas no le detendrá nada ni nadie. Está decidido a recuperarme, cueste lo que cueste, y no me perdonaría que alguien sufriera algún daño por entrometerse en su camino. No sería justo, ni para Rip, ni para Midas.

Además, no podría hacerle algo así a Midas. Él y yo estamos conectados. Y no solo por el oro, sino por el tiempo. Por el amor. No puedo abandonar eso, no puedo abandonarle. No después de todas las penurias y calamidades que hemos superado juntos.

Abro la boca porque necesito explicarme, porque necesito decir algo, cualquier cosa, para que Rip me odie un poquito menos, pero de repente ya estamos ahí, frente a los enviados reales de Midas. Acabo de perder una valiosa oportunidad.

Se me ha agotado el tiempo y el péndulo ha dejado de balancearse.

—La montura dorada de vuestro rey, tal y como pedisteis —anuncia Rip, con una voz fría y dura como el acero, y con una expresión aún más glacial y más severa.

Los hombres que Midas ha mandado en su misión «diplomática» se acercan montados en sus caballos peludos y blancos. Tengo que esforzarme por no fruncir el ceño al verlos enfundados en esas armaduras de oro. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que fuesen tan estridentes.

Antes me parecían unos uniformes elegantes y distinguidos, pero ahora que los veo al lado de Osrik y de Rip, me resultan bastante… burdos. A diferencia de las armaduras que lucen los soldados del Cuarto Reino, con las inconfundibles marcas de las batallas libradas, el oro que recubre esas láminas metálicas reluce sin ninguna imperfección. En cierto modo, parece un disfraz. Una armadura hecha simplemente para impresionar, para aparentar, pero en ningún caso para luchar.

—Lady Auren. —Un hombre con el pelo rubio platino se baja de su caballo de un salto y da un paso al frente. El resto de la comitiva se queda detrás de él—. Hemos venido a entregarte al rey Midas —dice, y me mira, como si esperara a que dijera o hiciera algo, pero no se atreve a acercarse ni un paso más a mí.

—¿No vais a ayudarla a apearse del caballo? —pregunta Rip con un tono de voz que solo puede describirse como un gruñido. El tipo empalidece, y los demás empiezan a revolverse, inquietos.

El soldado revestido en oro se aclara la garganta.

—Está terminantemente prohibido tocar a la preferida del rey.

Rip empieza a girarse muy lentamente hacia mí. Noto su mirada crítica y juzgadora y, bajo la capucha del abrigo, me ruborizo. No tengo valor suficiente para mirarle a los ojos.

—Ah, por supuesto. ¿Cómo he podido olvidarme de las normas de vuestro Rey Dorado? —responde Rip con abierto menosprecio.

La situación no puede ser más incómoda, así que decido poner remedio lo antes posible. Retiro el pie derecho del estribo y me preparo para bajar del caballo, pero en cuanto levanto la pierna, Rip aparece a mi lado y me agarra por la cintura.

Se me escapa un soplido de sorpresa y aprovecho la ocasión para admirar su rostro. El comandante es un hombre tan serio, tan rígido, tan intenso… Suaviza un pelín la expresión. En sus ojos bailan miles de palabras, pero me falta un poco de luz para poder leerlas, para poder interpretarlas.

Los soldados de Midas ahogan un grito. Estoy segura de que no pueden dar crédito a lo que están presenciando, pero me da lo mismo. No aparto la mirada. Estoy absorta recorriendo cada centímetro del rostro de Rip, como si tratara de memorizar todos y cada uno de sus rasgos.

—Comandante, debo insistir en que no toque a la preferida del rey Midas.

—Y yo debo insistir en que cierres la puta boca —replica Osrik, arrastrando cada una de las palabras.

Rip no desvía la mirada, no les presta ni la más mínima atención. Me alza de la silla como si no pesara nada y me ayuda a bajar del caballo. Cuando me deja en el suelo, a apenas un palmo de distancia de él, el corazón me late con tanta fuerza que estoy convencida de que puede oírlo. Noto la firmeza de sus brazos, la calidez de sus manos. Incluso a través de las diversas capas de mi ropa y de sus guantes, siento el calor de su cuerpo fluyendo por el mío.

Sin embargo, cuando rozo el suelo con la punta de los pies y mis labios están a escasos centímetros de los suyos, me inclino hacia atrás y me aparto. Ha sido una reacción instintiva.

Y en ese preciso instante, el gesto de Rip vuelve a endurecerse.

Es como una ventana que se ha cerrado a cal y canto. Una sombra le oscurece los rasgos, como si hubiese anochecido de sopetón. Las escamas que recubren sus mejillas se van apagando y, en un momento dado, me percato de que ya no me observa con ese ardor e intensidad, sino con frialdad y apatía.

Apoyo los pies sobre la nieve e, ipso facto, él me suelta con cierta brusquedad, como si se hubiera quemado. El calor que sus manos me han transmitido se esfuma en un santiamén. Él se da la vuelta sin musitar palabra y se marcha mientras la culpabilidad empieza a congelarse en mis entrañas.

Le sigo con la mirada. Me siento atrapada entre dos aguas. Una parte de mí ansía salir disparada hacia él, pero la otra quiere quedarse ahí. Tengo la boca reseca y los ojos húmedos. Quiero decir muchas cosas y, sin embargo, no digo nada.

Y así, el péndulo comienza a oscilar de nuevo. Cada balanceo representa una opción, un dilema. Es curioso pero ese tictac suena igual que los cascos del caballo de Rip, que se aleja de mí a galope.

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