Desnudando al arquitecto
Capítulo 17
Página 20 de 26
Capítulo 17
Últimas semanas de entrenamiento
Dánae dedicó las dos últimas semanas a repetir rutinas con más intensidad, sin introducir nada nuevo. Yoga y crossfit por las mañanas, alguna carrera por el monte y natación por la tarde. Habían cumplido el objetivo, Iván estaba capacitado para incorporarse al trabajo y realizar cualquier tarea, ya fuera de equilibrio, de agilidad o de fuerza. Atrás quedaba el hombre dolorido e inseguro que encontró al llegar a Granada. Tampoco había en sus ojos esa tristeza profunda que ensombrecía su mirada, sino una chispa divertida y muy seductora.
El resto del tiempo lo reservó para ocio, para hacer esas cosas que a los dos le gustaban como pasear, cocinar, e incluso salir a tomar algo. Todo lo que hacía una pareja, aunque ellos no lo fueran. Se lo repetía una y otra vez para acallar la vocecita que le susurraba que estaba haciendo cosas de las que siempre había huido, que disfrutaba con actividades que nunca quiso, esa vocecita que le insinuaba que iba a dejar en Granada un trocito de su corazón. Se quedaría en la casa de aquel hombre que había conseguido ablandar a Terminator hasta el punto de entregarle lo que nunca dio a nadie.
Tenía previsto marcharse el domingo que se completaba la doceava semana; Rafa ya la había llamado para recordarle que debía incorporarse al gimnasio el lunes a primera hora, que los alumnos la echaban de menos —algo que dudaba mucho— y que la persona contratada para sustituirla finalizaba su contrato el viernes antes.
Durante las dos últimas semanas flotaba en la casa una alegría que sabía ficticia, pues la despedida era una sombra que oscurecía los días y también las noches. Después de hacer el amor Iván, se aferraba a ella con un anhelo rayano en el dolor, la abrazaba y suspiraba contra su pelo, sin palabras, y ella trataba de aligerar el ambiente, temerosa de que le dijera algo que hiciese tambalear su decisión de terminar lo que quiera que fuese que habían comenzado. Porque no tenía dudas de que habían comenzado algo y que ese algo debía acabar al finalizar las doce semanas.
—Mi madre quiere que vayas a almorzar el sábado —le comentó Iván unos días antes de la partida.
—Me marcho el domingo muy temprano, y me gustaría pasar el último día contigo. Si quieres, claro. Si prefieres que vayamos a comer con tus padres…
—Yo tampoco quiero compartirte con nadie el último día —admitió él—. Pero debía transmitirte sus deseos, le hace mucha ilusión. Podemos ir a cenar una de estas noches, solo un rato. Sé que le gustaría agasajarte por lo mucho que has hecho por mí.
—De acuerdo, dile que iremos a cenar el viernes, si le parece bien. Pero no le digas el motivo por el que rechazo ir el sábado. No quiero que piense que entre nosotros…
—Mi madre puede ser muchas cosas, pero tonta no. Lo sabe desde el principio y creo que es eso lo que más quiere agradecerte.
—¿Te lo ha dicho?
—No hace falta, la conozco lo suficiente. Ella sabe que el cambio que he experimentado se debe a ti. No solo has entrenado mi cuerpo, sino que también has curado mi alma. Y los dos te estamos profundamente agradecidos.
—Solo he cumplido con mi trabajo.
—¿Las noches de pasión también forman parte de tu trabajo?
Estaban tendidos en el sofá, haciendo tiempo para la cena. Su cabeza reposaba en el regazo masculino, mientras él le acariciaba el cabello, y la cara con dedos perezosos.
—Por supuesto que no. ¿En qué me convertiría eso? Pero el resto, sí; soy una profesional y cumplo con mi cometido.
—Dánae… —La voz sonó suave y acariciadora. Le hizo aletear mariposas en el estómago—. ¿Por qué siempre te empeñas en parecer una mujer dura y sin sentimientos?
—Porque lo soy.
—No es verdad. Estas semanas he vislumbrado a la mujer que te empeñas en ocultar, Terminator no existe, es solo una coraza con la que te recubres para mantener apartados a los hombres. Bajo ella hay una mujer apasionada, pero también dulce y tierna. Yo lo sé, la he visto.
—¿Después de las barbaridades que te he obligado a hacer piensas que soy dulce y tierna?
—Sí. En este momento lo eres.
—En este momento estoy cansada.
«Y arañando cada minuto que me queda de estar contigo».
—Tú nunca te cansas.
—Por supuesto que sí.
—En ese caso duerme una siesta. O mejor, comamos algo rápido y vete a la cama… a dormir.
—¡No tendrás esa suerte! Vas a cumplir también esta noche a pesar de la hora y media de natación.
—No cambies de tema.
—No lo he hecho. Solo estoy…
—Evitando hablar de sentimientos, sacando a relucir el sexo, algo con lo que te sientes cómoda.
—Tienes razón. No estoy cómoda con los sentimientos porque no los tengo.
—Por supuesto que los tienes, aunque no quieras reconocerlo. Porque no me negarás que me has cogido un poco de cariño estos meses.
—Claro que te he cogido cariño. Eres un quejica bastante adorable.
—Es a esos sentimientos a los que me refiero. Y a los que te inspiran tus padres y tu hermana, de los que hablas poco, pero yo sé leer entre líneas. Los adoras.
—Los quiero mucho, sí.
—No eres ni la mitad de dura de lo que quisieras.
—Por supuesto que sí. Soy Terminator.
—Solo Termi, la entrenadora más marchosa y más adorable que existe.
Alzó la mirada y descubrió la de Iván, clavada en ella con una adoración que la sacudió de arriba abajo. Si seguía diciéndole esas cosas, si continuaba mirándola así no sabía cómo podía terminar la noche, qué podía admitir, qué podía decir.
—¿A qué se debe tanto halago? ¿Estás buscando algo especial?
—Una cerveza y una hamburguesa para cenar —continuó él la broma.
—Pídela —rio.
—¿En serio? ¿Con todos los complementos?
—Con todo lo que quieras.
—Lo que te decía… eres una blanda.
Lo era, con él lo era; lograba sacar a esa Dánae que ni siquiera ella sabía que existía. Ese era el peligro de Iván, que siempre quería complacerlo. Y que lograba conmoverla con una palabra, un gesto, una mirada.
Se levantó y se sentó a horcajadas en sus piernas.
—Ahora te voy a demostrar lo blanda que soy.
—Yo me dejo torturar, ya lo sabes: sumergirme en el Darro, echar el hígado por la boca en las cuestas del Albaicín, el crossfit infernal…
—Tengo pensada otra tortura en este momento.
Las manos se dirigieron a la camiseta para desnudarlo.
—Pero lo de la hamburguesa sigue en pie, ¿verdad?
Se inclinó a besarlo.
—Sigue en pie. Después.
La noche del viernes fueron a cenar a casa de Leticia y Oliver. No pensaban quedarse mucho rato, ambos querían aprovechar las escasas horas que les quedaban de estar juntos, pero también deseaba despedirse de los padres de Iván. Cuando se marchara de Granada no volvería, seguiría con su vida tal como era antes. O al menos lo intentaría. Aunque era consciente de que siempre guardaría un recuerdo especial para aquella bonita ciudad andaluza y para aquel hombre con el que había mantenido algo más que sexo, por mucho que quisiera negarlo.
Los padres de Iván les esperaban con una deliciosa cena vegetariana.
—Espero que no os importe que haya cambiado el almuerzo del sábado por esta noche. Tengo que hacer la maleta y hasta hoy hemos entrenado.
—Nos da igual, lo que queríamos era agasajarte de alguna forma —afirmó Leticia.
—No era necesario.
—Para nosotros lo era. Hemos visto a Iván mejorar día a día desde que comenzó a entrenar contigo.
—Repito una vez más que el mérito es todo suyo.
—No es cierto —intervino el aludido—. A mí jamás se me hubieran ocurrido las torturas infernales a las que me ha sometido.
Había un tono jocoso en su voz y lo miró advirtiéndole en silencio que no la hiciera quedar mal. Por algún motivo deseaba caerles bien a los padres de Iván, aunque no fuera a volver a verlos nunca.
—¿Cómo cuáles? —preguntó Leticia, curiosa.
—Como sumergirme de madrugada y desnudo en las álgidas aguas del Darro hasta llevarme al borde de la hipotermia.
«Calla, maldito, que no salgo viva de aquí».
—Es bueno para la capacidad pulmonar —se excusó—. Necesitaba comprobar que el pulmón perforado no presentaba problemas.
—No cuestionamos tus métodos, Dánae —la apoyó Oliver—. Está claro que han funcionado.
Había risa en los ojos del hombre y no tuvo dudas de que también él sabía que su relación con Iván había trascendido más allá de los entrenamientos.
—Sí. Doy fe de que está capacitado para incorporarse al trabajo.
—Aún puede tomarse unos días de vacaciones, irse fuera de Granada. ¿No te gustaría Iván? —sugirió su madre—. El bloque de pisos no se empezará a construir hasta mediados de mes.
—No, mamá. Me incorporaré el lunes. Ya he tenido suficientes vacaciones.
—¿Tú qué opinas, Dánae? ¿No le vendrían bien unos días en la playa? O en Madrid, allí la oferta cultural es grande y hace mucho que no asiste a un buen espectáculo.
—Eso debe decidirlo él, Leticia.
—Pero como entrenadora personal…
—Desde ayer he dejado de serlo.
—Mamá —intervino Iván—. No voy a coger vacaciones. Comienzo a trabajar el lunes.
—Está bien. Ya me callo. Voy a la cocina. ¿Me ayudas Dánae? Tengo una duda «vegetariana» y no quisiera meter la pata.
—Por supuesto.
La acompañó y, una vez a solas, se volvió hacia ella con los ojos llenos de agradecimiento.
—Lo de la comida era una excusa para hablarte a solas.
—Lo he imaginado.
—Quería darte las gracias una vez más.
—No hace falta, no ha supuesto ningún esfuerzo por mi parte.
—También quiero decirte que las puertas de nuestra casa las tienes siempre abiertas, si vuelves a Granada. Las de Iván y las nuestras. Aunque imagino que él ya te lo habrá dicho.
—No lo ha hecho, pero lo sé. Gracias.
—¿Volverás?
—Leticia, ¿qué quieres saber exactamente?
—Si mi hijo y tú os vais a seguir viendo. Sé que ha habido algo más que entrenamiento entre vosotros.
—No lo creo. De ahora en adelante cada uno seguirá con su vida.
—¿No hay posibilidades de… ya sabes?
—No —respondió rotunda, y algo se le rompió dentro al decirlo.
—Lo lamento. Tú me gustas mucho más que Claudia. Y a él también.
No supo qué contestar. Un nudo en la garganta —inexplicable— le impedía hablar. Aquella mujer estaba consiguiendo emocionarla con sus palabras.
—Gracias. De verdad.
—Eh, no te pongas así. Salgamos a cenar y a disfrutar de esta noche. Aunque imagino que no os quedareis mucho rato.
—No, queremos retirarnos temprano.
—Vamos. Y esta conversación se queda entre nosotras.
—Por supuesto, igual que el hecho de que sé lo que llevabas en tu gran bolso cuando venías a ver a tu hijo.
—¿Lo sabías? Nunca dijiste nada.
—Debía hacerme la dura. ¡Vamos a comer, esos raviolis tienen una pinta estupenda!
—Y de postre tarta de manzana, la favorita de Oliver.
Juntas salieron a disfrutar la cena. No pudo evitar pensar que, si ella fuera de relaciones serias, aquella mujer sería su suegra ideal.