Desnudando al arquitecto
Capítulo 18
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Capítulo 18
El último día
El sábado amaneció soleado y radiante, todo lo contrario que el ánimo de Iván. Solo les quedaba un día, el domingo al amanecer Dánae se marcharía, saldría de su vida llevándose todo lo que le había regalado durante tres meses: compañía, risas, deporte extremo y, sobre todo, noches de amor. Porque daba igual como lo llamara ella, era mucho más que sexo lo que habían compartido.
Después de regresar de la cena con sus padres se metieron en la cama para amarse con una pasión desenfrenada, como si quisieran atesorar aquellas últimas noches en el recuerdo. Las caricias fueron más ardientes, los besos más intensos, el orgasmo más devastador.
Jamás había sentido lo que le inspiraba Dánae, su preciosa entrenadora que había vuelto del revés su vida y se iba a marchar en pocas horas, dejándolo desolado. Pero no se lo diría, nunca sabría hasta qué punto estaba enamorado de ella ni el dolor que le iba a provocar su partida.
Al amanecer la despertó para hacer el amor de nuevo, con calma, con la luz del alba filtrándose entre las cortinas a medio correr tratando de aprovechar las últimas horas que les quedaban.
Cuando terminaron y se desplomó a su lado, un regusto amargo le cerraba la garganta, pero se recompuso. Aún tenían veinticuatro horas y no las desperdiciaría en tristeza ni lamentaciones. Tampoco le pediría lo que ella no deseaba dar.
Permanecieron en la cama largo rato, perezosos y lánguidos, charlando de mil cosas, menos de lo que de verdad anhelaba: sentimientos.
—¿Qué piensas hacer con la máquina de musculación? —le preguntó Dánae con la cabeza apoyada en su hombro—. Te dije que te la compraría si deseabas deshacerte de ella.
—La máquina diabólica se queda. Quiero conservar estos músculos que tanto esfuerzo me ha costado conseguir. Eso sí, después del entrenamiento me sentaré en el porche y me tomaré una cerveza para reponer líquidos sin que nadie me lo impida.
Pensó que con gusto renunciaría a la cerveza, y hasta se podía volver vegetariano, si ella se quedaba a su lado.
—Vas a tirar por la borda todas las buenas costumbres.
—Solo algunas. Seguiré entrenando y comeré sano la mayoría de las veces, pero me permitiré algún capricho de vez en cuando. ¿Y tú? ¿Qué harás cuándo regreses?
—Retomar mi vida donde la dejé. Volveré al gimnasio a dar clases de zumba, de pilates, de crossfit… lo que se le ocurra a Rafa.
—¿Te gusta dar clases?
—Prefiero los entrenamientos personales, son más creativos y permiten desarrollar mejor mi vena sádica, pero hay que pagar facturas y las clases son más estables.
—Si alguna vez vuelvo a necesitar una entrenadora personal, ¿puedo contar contigo?
—Trata de no lesionarte otra vez. Pero si lo necesitaras de verdad, deberás negociar con mi jefe, tengo un contrato de trabajo que no puedo incumplir sin perder el empleo.
—Procuraré mantenerme de una pieza entonces. Y hablando de sadismo… hoy voy a vengarme de todo lo que me has hecho durante estos tres meses.
—¿Piensas ponerme a entrenar hasta que me caiga redonda?
—No; pienso hacerte algo que para ti será más difícil. El contrato de entrenamiento terminó ayer. Hoy vamos a ser una pareja.
—Iván, no somos una pareja.
Había inquietud en su mirada, pero no se dejó intimidar. Tenía muy claro lo que deseaba hacer en su último día y no pensaba renunciar a ello, por mucho que a Dánae le asustara.
—Hoy sí; me lo debes por todos los momentos infernales que me has hecho vivir. Considéralo una venganza. No te vas a morir por pasear conmigo de la mano, por sentarnos en un sitio romántico a besarnos, por disfrutar de una buena comida ni por hacernos un selfi para recordar el momento. No tenemos ni una foto juntos, solo una galería de avances de mi musculatura que, francamente, me importan un bledo.
—Todo eso suena demasiado romántico y empalagoso.
—Lo es, pero es lo que vamos a hacer hoy. Voy a enseñarte Granada, mi Granada, no la que se muestra a los turistas, y no admito réplica. No eres la única mandona aquí.
—De acuerdo. Hoy mandas tú y yo obedezco.
—Para comenzar, vamos a ducharnos juntos, después prepararé tortitas para desayunar, que yo me voy a comer con mermelada de cerezas y tú con avena si lo prefieres. Pero desayunamos tortitas.
—Las cerezas no tienen madre, puedo tomarlas. Pero… ¿Hay mermelada? ¿Cuándo la has comprado? ¿O también es de las cosas que tu madre ha traído a escondidas en ese bolso enorme que lleva a veces?
—¿Lo sabías?
—Por supuesto. No sabes mentir, Iván, eres como un libro abierto, y después de esas visitas de Leticia tenías una cara de culpabilidad imposible de disimular. Y ella también.
—No dijiste nada.
—Te lo hubiera permitido yo misma en la fase final del entrenamiento, pero siempre es más divertido hacer lo prohibido ¿verdad? Dejé que disfrutarais de ello los dos.
—Solo han sido algunas cervezas y un poco de jamón. La mermelada la cogí anoche de su despensa, con su consentimiento. Está en el maletero del coche junto con alguna otra cosilla.
—¡Todavía no me he ido y ya empiezas a desmadrarte! Anda, vamos a la ducha, hace mucho que no como tortitas.
Dánae apartó de su mente todas las implicaciones que una jornada como aquella pudiera llevar a su vida y disfrutó de un día especial, haciendo todo lo que nunca quiso hacer con un hombre. Pasear con Iván de la mano por el interior de la Alhambra —única concesión que él pensaba hacer a las rutas turísticas— la hizo sentir en pareja sin pensar en lo mucho que le gustaba la experiencia.
Recorrieron calles y plazas, entraron en bares en los que no se pedía qué comer, sino que dejabas que el camarero pusiera —gratis— lo que quisiera con la bebida, siempre especificando que era vegetariana. Tomó cerveza, y vino hasta sentirse un poco achispada, compartió comida y complicidad, risas y besos furtivos por los callejones solitarios como dos adolescentes enamorados. Y se dijo que el amor debía ser muy parecido a lo que sentía en aquel momento, si ella fuera de las que se enamoraban.
Al atardecer disfrutaron de las empinadas cuestas del Albaicín a paso normal, de paseo, y cuando el sol ya estaba a punto de ocultarse, sin decir palabra, emprendieron el camino hacia la Verea de Enmedio para sentarse en el solitario banco donde se besaron por primera vez, y disfrutar allí del último atardecer de su estancia en Granada.
El tono del sol al descender teñía de rojo La Alhambra, y los tejados de Sacromonte. Sintió que la emoción la embargaba, a ella, la más dura de las mujeres. Por un momento quiso detener el tiempo en aquel instante, alargarlo hasta el infinito y permanecer allí, con el brazo de Iván rodeando sus hombros para siempre.
—Es precioso, ¿verdad? —preguntó con voz ronca.
—Tú eres preciosa. Gracias por este día maravilloso, Dánae. Sé que el romanticismo no es lo tuyo, pero yo necesitaba una despedida así.
—Desde que salimos esta mañana sabía que terminaríamos aquí.
—Soy muy previsible, ¿verdad?
—Si no me hubieras traído te lo habría pedido yo. Este era el único lugar posible donde poner fin a nuestro periplo por Granada.
—Te estás volviendo moña.
—Debe ser que todo se pega —admitió recostando la cabeza en su hombro.
Se hizo un breve silencio mientras contemplaban el ocaso. Las ganas de besarse flotaban en el aire, pero los dos sabían que tras el primer beso se desataría la pasión y solo pensarían en irse a la cama, para hacer el amor una vez más. O varias. Y ambos deseaban prolongar un poco más aquel instante. Un instante de pareja, porque en aquel momento lo eran, una de las muchas parejas que acudían al atardecer a aquel banco solitario para disfrutar de un poco de intimidad.
—¿Volverás? —preguntó Iván con voz velada.
También ella sentía un nudo de emoción en la garganta.
—¡Quién sabe! Granada es una ciudad muy bonita y he visto muy poco de ella.
—Y si vuelves, ¿le hablarás de mí a la persona que te acompañe? ¿Le dirás que la ciudad te la enseñó un arquitecto quejica al que entrenaste?
—Y al que quise desnudar desde el primer día que lo vi. No, no le hablaré a nadie de ti, te guardaré en mi recuerdo como alguien especial.
—¿Quisiste desnudarme desde el primer día?
—Desde la primera hora.
—A mí me atrapaste con el contoneo de tus caderas en cuanto te bajaste del coche. Desde ese instante supe que iba a tener problemas para concentrarme en los ejercicios.
—¿Y has tenido problemas?
—Todo el tiempo, porque solo podía pensar en ese cuerpo que me volvía loco. Y no finjas que no te dabas cuenta, porque no tienes un pelo de tonta.
Claro que lo sabía, y le encantaba ver su rubor y sus apuros cuando se le acercaba.
—Era mutuo, solo que las mujeres no tenemos un apéndice que cambia de tamaño cuando nos excitamos.
Iván alargó la mano y deslizó un dedo por el pezón, que se endureció con rapidez.
—Sí que lo tenéis, solo hay que fijarse un poco.
Giró la cabeza para mirarlo y encontró su boca. La mano se apoderó de todo el pecho masajeándolo y ella deslizó la suya hacia el «otro apéndice» que no dudaba de que también había cambiado de tamaño.
—Creo que es hora de irnos a casa.
Casa. Que bien sonaba en sus labios. Y tenía razón, durante tres meses había considerado aquella su casa.
—Vamos a casa, sí.
—Pero antes… —La rodeó con el brazo y, alargando la mano en la que sujetaba el móvil, hizo una foto—. Para la posteridad.
Abrazados recorrieron el trecho hasta el aparcamiento.
El amanecer llegó mucho antes de lo que deseaban. Habían hecho el amor con caricias lentas, deseosos de grabar cada centímetro del cuerpo del otro en los dedos, el sabor en la boca y el olor en el recuerdo. Para siempre.
Iván hubiera querido detener el reloj, pero este avanzaba inexorable entre besos y caricias, entre susurros ahogados y gemidos de placer. Tuvo que hacer grandes esfuerzos para que las palabras que Dánae no quería escuchar no salieran de sus labios, para no pedirle que no se fuera sin más, dejándolo atrás. Para no confesarle que se había enamorado y que la idea de no volver a verla se le hacía intolerable.
En vez de eso dejó que los besos hablaran por él, que las manos le dijeran cuánto la necesitaba, y que los suspiros susurraran los «te quiero» que él callaba.
A las cuatro de la madrugada se obligó a parar, consciente de que Dánae deseaba salir por la mañana y no quería que lo hiciera sin descansar.
—Hora de dormir, Dánae —dijo recostándose en la almohada y apartándose de ella.
—¿Ya? ¿No podemos… seguir un poquito más?
—Estoy agotado. ¿Quieres matarme? Ya no eres mi entrenadora y aquí me planto.
—Eres un blandengue.
—Soy consciente. Además, hoy mando yo, por si no lo recuerdas. ¡A dormir!
—Tú te lo pierdes.
—Buenas noches.
«Cariño, mi amor, mi preciosa entrenadora».
—Hasta mañana, aunque ya es mañana.
«Sí, lo es».
La rodeó con los brazos y cerró los ojos. La sintió moverse contra su cuerpo buscando una postura cómoda para propiciar el sueño que le resultaba tan esquivo como a él. Pero al final se durmió, contra su pecho, por última vez.
Sintió el nudo en la garganta hacerse más duro, más insoportable. Veló su sueño, incapaz de dormir y desperdiciar un solo minuto de estar en su compañía y, embriagado de su olor, los sorprendió el alba.
Dánae se despertó cuando sonó la alarma del teléfono y saltó de la cama con rapidez.
—¿Cómo has dormido? —le preguntó mientras buscaba su ropa. Había dejado la maleta ya preparada y lo que se pondría para el viaje sobre una silla.
—De maravilla —mintió.
—¿Te duchas conmigo? —propuso con una sonrisa juguetona.
—Por supuesto.
Un aplazamiento, un rato más, una vez más.
Volvieron a hacer el amor en la ducha, de pie contra los azulejos, cubiertos de jabón y con el agua cayendo sobre sus cabezas. Un encuentro rápido y tan desesperado como el primero, hacía ya un mes. Pero no era el primero, sino el último.
Se secaron uno al otro y se sentaron a desayunar en silencio. Y al fin llegó el momento de la despedida. Se abrazaron en el porche, y permanecieron así mucho rato.
—Ay, Termi, te voy a echar de menos —susurró contra su pelo.
—Solo al principio —respondió ella con la cabeza enterrada en su pecho—. Enseguida estarás encantado de librarte de una entrenadora que te controla cada minuto del día.
—Y de la noche. A eso no me acostumbraré.
—Y de la noche —respondió y alzó la cabeza para besarlo. Fue un beso largo y desesperado. Después se desprendió de su abrazo. Los ojos le brillaban tanto como a él mientras se dirigía al coche.
—Conduce con cuidado. ¿Me llamarás cuando llegues para saber que no has tenido ningún contratiempo?
—No. No tengo costumbre de hacerlo. Estaré bien, Iván.
Él asintió.
—Cuídate —añadió mientras encendía el motor.
—Tú también.
Y se perdió en el camino dejándolo más solo de lo que había estado jamás.
Dánae enfiló la carretera sintiendo que un trozo de su corazón se quedaba en Granada, en aquella casa, con él. No quería ponerle nombre al sentimiento de pérdida que se había asentado en su pecho, ni al dolor que le estaba produciendo la despedida. No creía en el amor, ni en la pareja, ni en las relaciones. Porque si creyera estaría muy tentada de llamarlo con la palabra que le venía a la mente.
Y le agradecía a Iván que tampoco lo hubiera hecho. Sabía que para él también había sido muy difícil la separación, que se había tragado las palabras que deseaba decirle, y que ella prefería no escuchar.
Apenas había dormido a ratos, solo lo había fingido, y sabía que él tampoco lo había hecho, que estuvo toda la noche abrazándola y besándola en el cuello, en la cabeza, y en todas las partes a las que podía acceder con su boca sin moverse para no despertarla. También sabía que su petición de que le informara sobre el viaje al llegar a Madrid solo era una tentativa para seguir en contacto; pero era mejor cortar de raíz, de un tirón, como se arranca una tirita de la herida.
Nunca lo olvidaría, siempre llevaría en su memoria aquellos tres meses en Granada, aquellas puestas de sol en la Verea de Enmedio. Y al hombre más maravilloso que había conocido jamás.