Desnudando al arquitecto
Capítulo 19
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Capítulo 19
Tres meses más tarde
Después de la marcha de Dánae Iván recuperó su vida. Al menos la que había tenido antes de que ella se presentara en su casa cargada con sus bandas elásticas, sus normas y su personalidad arrolladora. Incorporarse al trabajo había sido su meta, pero descubrió que ya no le bastaba con ir a la constructora y sumergirse en planos, proyectos y calidades de material.
Echaba de menos los entrenamientos, que no abandonó. Cada tarde, al regresar a casa después de un día de trabajo, nadaba o se adiestraba en la máquina diabólica, añorando la voz que lo instaba a ir más rápido o a hacer más repeticiones.
Tenía puesto el selfi que se hicieron como fondo de pantalla en el ordenador y también en el teléfono, en el contacto de Dánae por si lo llamaba, para saber de inmediato que era ella quien lo hacía. Pero ni una sola vez la imagen apareció en la pantalla.
Seguía acudiendo a comer a casa de sus padres los domingos y evitaba la mirada de ambos que trataban de indagar si se encontraba mejor, si el dolor por la marcha de Dánae remitía. Porque no remitía.
Aquel domingo, tres meses después de su partida, al terminar el almuerzo, su padre le propuso:
—¿Podemos dar un paseo?
Le pareció extraño, pues Oliver no era muy andarín. Se preocupó, y accedió al instante. ¿Estaría enfermo? ¿O tal vez su madre? No podría soportar que le sucediera algo a uno de los dos.
—Claro.
—Deduzco de tus palabras que estoy excluida —comentó Leticia sin asomo de enfado. Ella pocas veces se enfadaba por algo.
—Sí, cariño. Quiero hablar con él de hombre a hombre.
Su madre levantó los ojos al cielo con expresión burlona.
—Oliver, creo que Iván ya sabe lo de las abejas y las flores.
—Pero no la historia del hombre reacio al compromiso que casi se mata por la carretera hasta Córdoba a doscientos por hora, temeroso de haber perdido lo que más quería.
—¿A doscientos por hora? Creía que solo habías excedido un poco el límite de velocidad.
—Eso. Un poco.
—Vamos, papá. Estoy deseando conocer esa historia —lo animó.
Leticia se puso seria.
—¡A ver qué le cuentas! Que una tiene su dignidad.
Oliver se acercó a su mujer y, enlazándola por la cintura, le dio un beso leve en los labios. Iván sonrió, acostumbrado a los gestos cariñosos de sus padres.
—Seré discreto. Solo hablaré de mí.
Salieron del piso y comenzaron a andar por el centro de la ciudad. Guardó silencio esperando que fuera Oliver quien empezara.
—Llevas mal que Dánae se haya ido, ¿verdad?
—No estoy feliz precisamente. La echo de menos.
—Te has enamorado de ella.
—Sí.
—¿Y no piensas hacer nada?
—¿Qué quieres que haga? Ya sabía que solo se quedaría en Granada tres meses, que luego volvería a Madrid. Tiene allí su trabajo, su vida.
—Granada y Madrid no están tan lejos.
—Si uno de los dos no desea una relación, es como si estuvieran en distintas galaxias.
—¿No deseas una relación?
—Yo soy hombre de pareja; es ella la que no quiere.
—¿Se lo has preguntado?
—Es un alma libre, como esas abejas de las que habla mamá, que va de flor en flor. Somos muy diferentes y queremos cosas distintas de la vida.
—Yo era así. Para mí la idea de atarme a una mujer era lo peor que podía pasarme; pero llegó tu madre y volvió mi vida del revés. Se acabó mi tranquilidad, mi paz y mi sosiego. Me di cuenta de que me estaba enamorando e hice todo lo que pude para alejarla de mí, porque no deseaba pasar mi vida preocupado ni cuidando de una mujer que se lastimaba con frecuencia. Hice que se fuera de Granada, que pusiera distancia entre los dos, y el día que supe que se había ido me sentí el más desgraciado de los mortales. Cogí tal borrachera que fui incapaz de ir al trabajo. Asumí que todo había terminado y traté de seguir adelante, como tú haces ahora, vacío y sin ilusiones. Pero desapareció.
—¿Cómo que desapareció? ¿Mamá? Nunca me habéis hablado de eso.
—Tu tía Eva, su mejor amiga, perdió el contacto sin una explicación aparente: no cogía el teléfono, ni respondía al chat con el que se comunicaban cada noche. Creí volverme loco cuando mi hermana me lo dijo, comprendí que la vida sin ella no tenía sentido, que tampoco yo era ninguna maravilla de hombre, que soy desordenado, gruñón y cabezota, y sin embargo ella me quería. Y yo no había sido capaz de aceptarla como era. Fui a buscarla a Córdoba dispuesto a remover cada piedra para pedirle que regresara. De rodillas si era preciso.
—¿Y lo hiciste? ¿Te arrodillaste?
—Eso forma parte de nuestra historia privada. Pero lo que intento decirte es que tal vez a Dánae le pase lo mismo que a mí, que después de unos meses te eche tanto de menos que esté dispuesta a dar una oportunidad a lo vuestro. Nunca lo sabrás si no se lo preguntas. La dejaste ir, pero ahora quizás sea el momento de averiguar si sigue pensando lo mismo, si olvidar lo vuestro está siendo más difícil de lo que pensaba. No pierdes nada por intentarlo.
—Tienes razón. Nunca lo sabré si no se lo pregunto. ¿Podrás prescindir de mí un par de días? No sé dónde vive, solo dónde trabaja.
—Por supuesto. Pero no conduzcas a doscientos por hora.
—¿De verdad pusiste el coche a esa velocidad?
—Entre tú y yo, creo que la sobrepasé. Solo pensaba en rescatarla.
—Mamá no necesita que la rescaten, es más fuerte que tú y que yo juntos. Solo no calcula bien las distancias.
—Ya lo sé, pero entonces imaginaba todo tipo de desgracias que podían haberle sucedido.
—¿Y qué pasó? ¿Dónde estaba?
—Eso que te lo cuente ella, le he prometido que solo te hablaría de mí.
Regresó a su casa tras el paseo dispuesto a quemar el último cartucho. La llamaría y le preguntaría si podía ir a verla a Madrid.
Dánae acudió a comer a casa de sus padres junto con su hermana Valentina. Estos acababan de llegar de uno de sus infinitos viajes y las invitaron a almorzar para ver las espectaculares fotos que siempre solían traer.
Mientras recibía el abrazo de sus progenitores recordó el día que comió en casa de los padres de Iván y se preguntó qué pensaría él de los suyos, si los conociera. Por un momento se lo imaginó sentado allí revisando fotos en la pantalla del televisor, bebiendo una cerveza con su padre, y se preguntó por enésima vez cómo estaría, si se había incorporado al trabajo con éxito, y si pensaba en ella tanto como ella en él.
En los tres meses transcurridos desde que se marchó de Granada no habían tenido noticias uno del otro porque, aunque no lo hubieran dicho de forma específica, quedaba asumido que al finalizar el entrenamiento terminaría toda relación entre ambos, incluida la de la amistad. Ella lo dejó claro al negarse a avisarlo de que había llegado bien a Madrid, cortando todo contacto.
Dejarlo ir le estaba costando más de lo que imaginaba, mucho más. Cuando pensaba en él se sentía desgarrada y buscaba a menudo la foto que se hicieran para recrearse en la sonrisa, en la mirada verde y en ese brazo con que le rodeaba los hombros y que aún le parecía notar a veces sobre ella.
Como si lo hubiera conjurado, el teléfono vibró en su bolsillo y dejó de atender la explicación de su padre para mirar la pantalla. El corazón comenzó a latirle con más fuerza al ver el nombre de Iván escrito en ella.
—Disculpad —dijo levantándose al instante—. Debo atender la llamada.
Abandonó el salón y salió a la terraza para disponer de privacidad pulsando el icono de descolgar.
—¿Iván? —Era una pregunta idiota, lo sabía, porque tenía registrado su nombre en la agenda, pero no supo qué otra cosa decir.
—¡Hola, Termi! —La voz alegre al otro lado del aparato la hizo sonreír como una boba—. ¿Te pillo en mal momento?
—No, ¡qué va! Estaba viendo unas fotos, nada que no pueda hacer en otro momento —respondió—. ¿Cómo estás? Imagino que te has incorporado ya al trabajo.
—Estoy inmerso en él hasta las cejas. No me había dado cuenta de cómo lo echaba de menos.
—Y del todo recuperado, espero.
Tal vez necesitara unas sesiones más de entrenamiento, lo que le daría una excusa para verlo otra vez.
—Del todo. Tuve una entrenadora maravillosa que consiguió lo imposible.
—Tú hiciste el trabajo duro, yo me limité a darte las pautas. Espero que te metiera el gusanillo de la vida sana en el cuerpo.
—Entreno en la máquina infernal tres veces por semana y nado un par de días más en la piscina, pero me temo que unas cervezas y algún bocata de jamón caen.
—Mientras hagas deporte no será un problema. Ya eres libre de comer lo que quieras.
—Te echo de menos, Dánae.
El brusco cambio de tema la descolocó. Había tanta conmoción en la voz de Iván que le hubiera gustado tenerlo delante para abrazarlo. Para confesarle que no había una noche en que no deseara tenerlo en su cama, y perderse en su abrazo.
—Yo también. Entrenarte a ti era mucho más divertido que dar clases en el gimnasio —comentó tratando de aligerar con un tono desenfadado lo que acababa de admitir—. Mis alumnos no protestan con el mismo humor que tú, me miran como si me quisieran asesinar.
—No estoy hablando en broma ni con ligereza. En realidad, te he llamado para preguntarte si puedo ir a Madrid a verte. —Se hizo un silencio en la línea—. Sé lo que probablemente vas a decirme: que el contrato terminó, que no mezclas el trabajo con el sexo, que no te van las relaciones… Todo eso lo sé y me lo he repetido hasta la saciedad en estos tres meses. Lo di por hecho cuando te marchaste, pero nunca te pregunté si tal vez tú deseabas otra cosa. Creí que me sería más fácil sacarte de mi vida, pero está resultando muy duro. He pensado que tal vez, solo tal vez, te estuviera pasando lo mismo y quisieras volver a verme. Y tenía que preguntártelo por si estábamos haciendo el tonto echándonos de menos y había alguna posibilidad de que continuáramos donde lo dejamos; con tus condiciones, por supuesto.
El corazón le brincaba en el pecho gritando: «¡Sí, sí, sí!». Pero el cerebro le advertía acojonado: «Eso significa una relación, Iván no es como los demás hombres para ti. Siempre has huido de eso, pero si sigues viéndolo vas a acabar donde nunca has querido estar».
—No creo en las relaciones a largo plazo, todas acaban más temprano que tarde.
—¿Tus padres están divorciados?
—No.
—Los míos tampoco. Y no digo que sea lo habitual, sé que la mayoría de las relaciones no duran, pero ahora no hay un vínculo que ate a nadie para siempre; cuando una pareja no funciona, cuando se acaba el amor cada uno tira por su lado y no pasa nada. No estoy hablando de una relación ni de un compromiso a largo plazo… solo de volver a vernos de vez en cuando. Dejar que lo que hay entre nosotros (porque, aunque trates de negarlo, lo hay), se gaste, se deteriore o se rompa, pero ¿por qué negarnos ese tiempo de felicidad mientras sucede? ¿Por qué sufrir en la distancia? Mi casa está triste y vacía y mi corazón también. Te extraño cada minuto, Dánae.
Volver a verlo, perderse en sus ojos verdes, en sus brazos, sentir la caricia de su cuerpo contra su espalda en la cama, era demasiado tentador. Y también demasiado terrorífico. Dejarse llevar, enamorarse y sufrir cuando se acabara, porque se acabaría; ella no creía en el «para siempre» aunque sus padres y sus tíos tuvieran un matrimonio feliz de muchos años. Pero tal vez él tuviera razón. ¿Por qué negarse ese tiempo?
—¿Dánae? —La voz de Iván la sacó de sus pensamientos—. ¿No dices nada?
Recordó la última vez que le preguntó lo mismo. En aquella ocasión lo agarró del brazo y lo invitó a su cama para mantener la noche de sexo más alucinante que había disfrutado nunca. No podía hacer eso en aquel momento, no solo porque lo tenía lejos, sino porque lo que debía decidir era demasiado importante.
—No esperaba algo así, Iván. No puedo responderte ahora. —Trató de ganar tiempo—. Lo que me pides es demasiado importante para decidirlo a la ligera.
—No tienes que hacerlo. Piénsalo, ¿vale? Recuerda el último mes, nuestras salidas, nuestros paseos y nuestras noches y no decidas solo con la cabeza. Deja hablar también al corazón. —Un nuevo silencio—. Si la respuesta es sí, llámame y lo organizamos para vernos… y si la respuesta es no, no volveré a molestarte. Seguiremos tan amigos. Pero tenía que decirte lo que siento.
—De acuerdo. Te llamaré cuando lo medite con calma.
—Gracias por no mandarme al diablo del tirón.
—No podría. Lo que hemos vivido ha sido muy bonito y especial, pero no sé si quiero continuarlo.
—Tómate el tiempo que necesites para decidirlo. Espero tu llamada tanto para sí como para no.
—Por supuesto. Cuídate, Iván.
—Tú también.
Cortó la llamada y permaneció largo rato con el teléfono en la mano, mirando al vacío y al intenso tráfico de la calle. El corazón y la cabeza batallando en feroz lucha. Volver a verlo, sentir de nuevo sus brazos a su alrededor, era algo que ni siquiera se había planteado por mucho que su cuerpo clamara por ello. También ella lo echaba de menos, y no solo en la cama. Sus bromas, las risas que compartían, las pullas que intercambiaban y ese cuerpo fuerte en el que le encantaba cobijarse después de hacer el amor, habían formado parte de ella y lo extrañaba en su día a día. También el sexo, maravilloso y especial que había vivido con él. La posibilidad de reanudarlo todo hacía correr la sangre en sus venas haciéndola sentir viva; no se había percatado de cuán apática se sentía desde su regreso, de que ni siquiera echaba de menos su vida anterior ni el sexo en general. Echaba de menos el sexo con Iván. Tampoco estaba segura de que pudiera llamarlo así, porque no se había tratado solo de placer físico.
No escuchó abrirse la puerta de la terraza a su espalda hasta que la voz de su madre la sacó de su ensimismamiento.
—¿Todo bien, cariño?
—Sí —admitió—, todo bien. Era el hombre al que he entrenado en Granada. Quería… saber cómo estaba.
—¿Y cómo estás? —preguntó Mónica acodándose en la barandilla a su lado—. Porque yo te noto cambiada desde que has vuelto.
—Tú lo acabas de decir: cambiada.
—Ese hombre no ha sido solo un cliente, ¿verdad? Reconozco los síntomas.
—Hemos tenido una pequeña aventura. Pensé que se terminaría cuando volviera a Madrid, pero… quiere que sigamos viéndonos.
—¿Y tú qué quieres?
—No lo sé —suspiró.
—¿Seguro que no lo sabes? Dánae, cariño, sé cómo te sientes. Tú y yo somos muy parecidas. Yo también quería ser independiente, libre, la idea de atarme a un solo hombre me aterraba. Tu padre y yo salimos durante unos meses y, al ver la intensidad de lo que me hacía sentir, me acojoné y dejé de verlo. Pero lo que de verdad me aterró fue cuando se cayó de la plataforma en un incendio y temí por su vida. —César era bombero, y antes de que ella y su hermana nacieran tuvo un grave accidente que lo mantuvo en coma durante un tiempo—. Si no quisieras volver a verlo lo tendrías claro, no esperes a haberlo perdido para comprenderlo, porque la vida no siempre da segundas oportunidades.
—Tengo que pensarlo con calma, porque significaría renunciar a todo lo que siempre he querido hacer con mi vida.
—Lo sé, he estado ahí. Pero a veces es la vida la que elige por ti. Yo no me he arrepentido ni un solo momento de la que escogí. El amor, si das con alguien que te quiera, te respete y te acepte como eres no tiene que cambiarte. ¿Es ese tipo de hombre?
—Lo es, sí.
—Entonces la decisión está en tu mano. Espero que elijas lo que te haga más feliz.
—Gracias, mamá.
—De nada, cariño. Ahora vuelvo al salón y te dejo con tu dilema.
—Entro contigo. Lo consultaré luego con la almohada.
Sería difícil, porque nunca había tomado una decisión que implicara a su corazón, y en esta ocasión él estaba seriamente involucrado.
La almohada no resultó una gran ayuda, porque lo que le decía lo rebatía el corazón, o el cerebro, según hacia qué opción se inclinase. Dejó pasar los días pensando que se aclararía, que el tiempo la ayudaría a tomar una decisión, pero le resultaba imposible.
Primero decidió que le diría que no deseaba empezar nada con él, y se encontró llorando en medio de la madrugada. Un par de días más tarde decidió decirle que fuera a verla y que cara a cara y con tranquilidad hablarían del asunto, pero sabía que en cuanto se vieran lo que menos iban a hacer era hablar. Y se vio rodeada de chiquillos de ojos verdes y se aterrorizó. Dejó pasar más tiempo sin tomar una decisión.
Al final, lo que la hizo inclinarse hacia una de las opciones fue un sueño. Soñó con el accidente de Iván, lo vio sepultado bajo los escombros, herido, inmóvil y se despertó angustiada, con la terrible certeza de que no seguía con vida. Y recordó las palabras de su madre, terribles pero muy ciertas: «la vida no siempre da segundas oportunidades. Escoge lo que te haga más feliz».