Desnudando al arquitecto

Desnudando al arquitecto


Capítulo 20

Página 23 de 26

Capítulo 20

Tres meses, una semana y dos días

Iván se despidió de sus padres después de terminar su jornada aquel viernes. Subió al coche tras comprobar una vez más que no tenía ninguna llamada ni mensaje de Dánae. Hacía ya una semana y dos días que habían hablado por teléfono y ella le había pedido tiempo para pensar su propuesta, y a cada hora que pasaba sus esperanzas de que aceptara se desvanecían más. No había tanto que meditar, si quería empezar algo con él debía tenerlo claro; él lo tenía. Lo único que podía imaginar tras su silencio era que no sabía cómo rechazarlo sin hacerle daño. No quería presionarla, pero la incertidumbre lo estaba matando.

Miraba el móvil cien veces al día, si le entraba un mensaje y no podía verlo en el momento le sudaban las manos hasta que conseguía un minuto para mirarlo, para encontrar la decepción más profunda. Las llamadas eran peor, estuviera donde estuviera miraba la pantalla para saber quién deseaba contactar con él, pero nunca era su entrenadora diabólica, lo que lo sumía de nuevo en la desilusión.

Aquella tarde condujo sin rumbo, incapaz de enfrentarse a un largo fin de semana solo, en su casa solitaria. Decidido a matar el tiempo como fuera, se dirigió a la obra para supervisar lo que no necesitaba supervisión, para engañarse a sí mismo fingiendo que trabajaba, para calmar la ansiedad que se apoderaba de él cuando llegaba al que siempre consideró su hogar y que ahora eran solo unas paredes vacías.

Deseaba coger el teléfono y llamarla. O conducir hasta Madrid y exigirle, mirándola a los ojos, que le dijera si quería volver a verlo o no. Besarla hasta que cambiara de opinión.

Pero no lo hizo, respiró hondo y aparcó junto al bloque de apartamentos que estaban construyendo, decidido a respetar el tiempo que le había pedido. Aunque se muriera en el intento.

Pasó un par de horas en comprobaciones inútiles y ya se planteaba regresar, tal vez deteniéndose en algún sitio a tomar una cerveza para postergar el momento de enfrentarse al vacío y la soledad, cuando le sonó el móvil. La mano le tembló al ver el nombre de Dánae en la pantalla. Casi se le cae en su prisa por responder.

—¿Sí? —preguntó lleno de ansiedad.

—¿Dónde estás? —Ni un saludo, ni una frase de cortesía, directa y al grano, como era ella.

—Trabajando aún —respondió—. He venido a la obra para hacer unas comprobaciones.

—No estás en casa entonces.

—No. ¿Por? —La inquietud le roía las entrañas.

—Porque me gustaría que habláramos sobre la propuesta que me hiciste.

El corazón se saltó un latido, dos, tres…

—Dime —le tembló la voz al pronunciar la palabra.

—Prefiero no hacerlo por teléfono. ¿Qué tal una videollamada cuando llegues a casa? Me gustaría que nos viéramos las caras mientras hablamos.

—De acuerdo. En veinte minutos estoy allí. Te aviso cuando llegue.

—Hasta ahora, Iván.

Abandonó la obra, sumido en la desesperanza. Quería que se vieran las caras, eso no significaba nada bueno. Pensaría que así suavizaría el impacto de lo que iba a decirle. Durante el trayecto trató de mentalizarse para el rechazo, para el adiós definitivo. No tenía que haberla llamado, que haber abierto de nuevo la caja de la esperanza. Aceptaría lo que le dijera sin hacerla sentir mal por ello. Podía conseguirlo.

Llegó a la urbanización ya oscurecido y bajó del coche para abrir la puerta del garaje, colindante con la que permitía el acceso al jardín. De repente una luz cegadora lo iluminó tanto a él como a la puerta metálica que trataba de abrir con mano insegura. Se giró para ver quien lo estaba iluminando con la luz larga y brillante de unos faros. Parpadeó y en medio del deslumbramiento vio una figura delgada salir del coche y avanzar hacia él casi a la carrera. Una figura familiar, e inesperada.

—¿Dánae?

La risa traviesa que tan bien conocía fue lo último que escuchó antes de que se le echara encima con la potencia de un huracán. La estrechó con fuerza, incrédulo, se perdió en su olor y en la tibieza de su cuerpo firme. Gimió contra su sien, el alivio extendiéndose por cada poro de su cuerpo.

—Ay, Termi… casi me matas de la incertidumbre durante todo el camino. ¿Por qué no me has dicho que estabas aquí?

—¿Y reventarte la sorpresa? Llegué y encontré la casa vacía y tenía que hacer que vinieras pronto. No tengo llave, de modo que inventé lo de la videollamada.

—Pensaba que me ibas a decir que no querías volver a verme. —La estrechaba con fuerza, demasiada quizás—. Llevo días muriendo de impaciencia.

—No se nota. Todavía no me has besado.

—Tengo que meter el coche dentro primero. Y tú también el tuyo; hay espacio en el garaje para los dos.

—¿Antes de besarme? ¿Seguro?

—Seguro, porque cuando lo haga no voy a poder parar, y la vecina de enfrente es una cotilla. ¿Quieres un video en Instagram metiéndonos mano?

—Te doy cinco minutos de gracia.

—Solo necesito tres.

Abrió la puerta del garaje y subió al vehículo para quitarse de la calle. Iluminados por los faros del coche de Dánae ofrecían un espectáculo a todo el que quisiera mirar desde las ventanas de las casas colindantes, o incluso grabarlos con el móvil.

Una vez dentro, a salvo de ojos indiscretos, volvieron a abrazarse, a besarse. La incertidumbre quedó olvidada, la pasión se desbordó en cuestión de segundos y las manos comenzaron a buscar bajo la ropa con impaciencia.

—Creo que esa conversación que deseabas va a tener que esperar un poco —murmuró apretándola contra su erección que se había vuelto incontrolable.

—Eso parece —afirmó deslizando las manos por la espalda bajo la camiseta—. No importa, puede esperar un poco. Ahora me urge comprobar una cosa.

—Comprueba lo que quieras, pero más tarde.

La cogió en brazos y entró en la casa. El salón parecía distinto con la sola presencia de Dánae, y él también. El hombre apático de unas horas antes se había esfumado dejando paso a otro lleno de energía y esperanza. No importaba de qué quisiera hablar ni las condiciones que deseara imponer a la relación o lo que fuera que iban a mantener. Estaba dispuesto a dejarse la piel y el alma para que no quisiera salir de su vida de nuevo. Si aquella noche era una prueba, la superaría con nota, tal como había hecho con los entrenamientos. Era capaz de cualquier cosa si la tenía a su lado.

Con ella en brazos cruzó el salón.

—¿Dónde me llevas?

—Directa al dormitorio. ¿Alguna objeción?

—Ninguna. Tenemos todo el fin de semana para hablar.

—¿Vas a quedarte todo el fin de semana? —preguntó con el corazón saltando de júbilo.

—Pensaba pedirte que me alquilaras el apartamento, si está libre. ¿Podría ser?

—Me lo pensaré.

Ni por asomo iba a perderla de vista un solo minuto, aunque fuera en el piso superior. Aquel fin de semana, no.

Después de hacer el amor con la pasión y la impaciencia de aquellos meses separados, tendida en la cama, relajada y hambrienta, Dánae contempló el cuerpo de Iván. Seguía manteniendo la forma física que había conseguido durante los entrenamientos, los tres meses transcurridos desde entonces no la habían mermado ni un ápice. Deslizó la mano por el estómago plano, por esa tableta de chocolate que tanto le había costado, y asintió complacida.

—Veo que todo sigue como debe.

—He hecho ejercicio al menos cinco días a la semana desde que te fuiste. Tal vez no con la intensidad que tú marcabas, pero he sido buen chico.

—¿Y la comida?

—Ahí he sido un poco malote. Ya sabes que el jamón y la cerveza son tentaciones que me cuesta resistir. Y hablando de comida, estoy muerto de hambre, pero me temo que no te esperaba y no tengo gran cosa que ofrecerte.

—¿Tienes huevos? Puedo hacerme una tortilla de claras.

—Esta conversación me suena de algo —rio—. Todavía conservo el teléfono de aquel restaurante vegetariano. ¿Pedimos?

—¿Para ti una hamburguesa con extra de todo?

—Estoy tan feliz de tenerte aquí que me comería la tortilla de claras. Pero hoy nos merecemos algo más sustancioso, porque nos espera una noche movidita. Tomaré lo mismo que tú: comida sin madre.

Media hora más tarde, estaban sentados en el sofá, con sendos platos de espaguetis con setas por delante. La mirada de Iván clavada en ella, parecía insegura.

—¿Por qué me miras así? —preguntó.

—Porque temo esa conversación que debemos mantener. No sé por dónde puedes salir, eres impredecible.

—¿Crees que es necesaria?

—Dijiste que querías hablar sobre mi propuesta cara a cara.

—Y estamos cara a cara, comiendo pasta sin madre. Estoy aquí, eso lo dice todo, ¿no crees?

—Supongo que sí.

—Si lo que quieres es una declaración jurada de amor eterno, no la tendrás. Ni sé si creo en el amor, ni quiero ponerle nombre a lo que siento por ti. ¿Te basta con que nos sigamos viendo ya sea en Madrid o aquí?

—Me basta. ¿También puedo llamarte por teléfono cuando tenga ganas de oír tu voz?

—¡Mira que eres tonto! Claro que puedes. Esto será como una relación, pero sin ponerle nombre. Siempre le he tenido alergia a esa palabra.

—Me da lo mismo lo que sea, como se llame ni lo que dure, aunque espero que mucho. Quiero tenerte en mi vida y formar parte de la tuya.

—En ese caso, trae unas cervezas que tenemos algo por lo que brindar.

—¿Vas a tomar cerveza?

—Sin que se entere Termi, bebo alcohol en los momentos especiales.

—¿Y este lo es?

—Por supuesto; voy a pasarme todo un fin de semana con un arquitecto sin ropa. ¿Qué hay más especial que eso?

Ir a la siguiente página

Report Page