Desnudando al arquitecto
Epílogo
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Epílogo
Tres años después
Dánae miró con orgullo la nueva edificación adosada al muro de la casa de Iván, que desde hacía quince días también era la suya. Después de tres años de continuas idas y venidas desde Madrid a Granada por fin había aceptado la propuesta de irse a vivir juntos.
No había sido fácil para ella llegar a ese punto, al principio de esos tres años había tenido que luchar contra su miedo a enamorarse, a entregarse en cuerpo y alma. Había tratado de engañarse diciéndose a sí misma que lo suyo con Iván no tenía nombre, que era algo pasajero, que terminaría cuando el deseo mutuo disminuyera. Intentó mantener un resquicio de esa Dánae que huía del compromiso y de las relaciones estables. Al final tuvo que admitir que estaba enamorada hasta el tuétano de ese hombre tranquilo y apacible, que mantenía la calma durante el día y se volvía un volcán por las noches. Que calmaba sus arrebatos con humor y paciencia y con más paciencia aún soportaba sus inseguridades respecto al amor.
La propuesta de vivir juntos había estado presente desde el segundo año de ir y venir, de verse solo los fines de semana y en vacaciones, y al fin reconoció que deseaba compartir con él cada minuto de su vida, que ya no le asustaba la palabra relación e incluso empezaba a familiarizarse con la de familia. Sabía que llegaría, que algún día desearía tener hijos —las mujeres Rivera siempre daban a luz gemelos— con aquel hombre al que adoraba.
A la hora de buscar trabajo en Granada Iván le ofreció la posibilidad de abrir su propio gimnasio y le construyó uno en el jardín que rodeaba la casa. Era una edificación rectangular, con amplias ventanas y equipada con todo lo necesario para realizar entrenamientos personalizados. Había invertido parte de sus ahorros en maquinaria y equipamiento porque la constructora y el arquitecto le habían salido gratis.
Se había mudado de forma definitiva quince días antes y aquella noche celebrarían la inauguración del gimnasio reuniendo a su familia y a la de Iván en lo que llamaban una fiesta deportiva: padres, hermana, primas y amigos íntimos se darían cita para una clase simbólica y después tomar una copa y unos aperitivos en el jardín y un baño nocturno en la piscina.
Antes de que empezaran a llegar los invitados entró en sus dominios, subió a la cinta andadora, revisó la máquina de musculación en la que entrenó Iván, comprobó las mancuernas, las barras, y esterillas, los aros de pilates y el resto de equipación, todo ordenado en la pared del fondo. No le faltaba nada a su pequeño gimnasio, ni siquiera discípulos pues antes de abrir ya tenía tres clientes. La publicidad que Leticia había hecho en redes sociales había dado resultados muy pronto, y el boca a boca comenzaría a funcionar en cuanto abriera. Estaba deseando empezar la nueva etapa de su vida.
Supo que Iván había entrado sin verlo. Sintió en la nuca el leve cosquilleo que siempre le provocaba su mirada y se volvió. Él la contemplaba risueño.
—Ha quedado precioso —comentó acercándose.
—Sí —afirmó—. Me encanta mi pequeño paraíso. Voy a disfrutar mucho en él.
—No pensarán lo mismo los clientes una vez que empiecen. Para ellos será un infierno.
—¡No tratarás de disuadirlos! Necesito comer.
—No te dejaré en ayunas si tienes una temporada floja de trabajo.
—Ya lo sé, pero yo necesito trabajar, y ganar mi propio dinero.
—Y ser independiente económicamente, ya lo hemos hablado. Pero si uno de los dos pasa una mala racha, está el otro para ayudar. En eso consisten las parejas, ¿no?
—Así es, pero tú no me espantes a los clientes.
—No lo haré, aunque me dan un poco de pena. Los pobres no saben que vas a sumergirlos en el Darro hasta la hipotermia ni a machacarlos a base de crossfit.
—¡A ti no te ha ido tan mal! —argumentó dándole con el puño en el abdomen, que seguía duro y liso.
—Porque yo conseguí enchufe con la entrenadora. Pero eso es algo que ellos no van a tener, ¿verdad?
—Verdad.
—Vas a ser implacable.
—Por supuesto. Ya sabes que soy Terminator, el terror de los entrenamientos personalizados.
—Termi solo para mí —reclamó rodeándola con los brazos, esos brazos fuertes que siempre la reconfortaban, en los que había aprendido a relajarse, a confiar y a ser un poco menos dura y exigente.
—Solo para ti.
Para el resto del mundo, seguiría siendo Terminator, la entrenadora inflexible que nunca aflojaba el ritmo.
—¿Qué tal un baño en la piscina mientras llegan los invitados? Y el catering y todo lo demás —propuso Iván. Sabía que los eventos no eran su fuerte, y a pesar de su aparente tranquilidad, se sentía nerviosa.
—Un baño estaría genial para relajarnos. Por fortuna después no tenemos que vestirnos de etiqueta —habían establecido la obligatoriedad de acudir con ropa deportiva—, y podemos recibir a los asistentes mojados y poco glamurosos.
—Tú siempre estás glamurosa, te pongas lo que te pongas.
—¿Estás tratando de hacerme la pelota para conseguir algo?
—Eso siempre.
—Pues vamos, que aún tenemos un rato para nosotros.
Y salieron del gimnasio para dirigirse a la piscina.