Desierto sonoro
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RAÍCES Y RUTAS
Buscar las raíces no es más que una forma subterránea de andarse por las ramas.
JOSÉ BERGAMÍN
When you get lost on the road
You run into the dead.
FRANK STANFORD
MAR DE LOS SARGAZOS
Pasado el mediodía llegamos por fin al acuario de Baltimore. El niño nos guía entre las multitudes y nos lleva directo al tanque principal, donde está Calipso, la tortuga gigante de una sola aleta. Nos hace quedarnos ahí parados, observando ese animal hermoso y tristísimo, que nada en círculos alrededor de su jaula acuática. Parece el alma de una mujer embarazada: habitada, fuerte pero fuera de lugar, atrapada en el tiempo. Al cabo de unos minutos, la niña repara en la aleta faltante:
¿Dónde está su otro brazo?, le pregunta a su hermano, horrorizada.
Estas tortugas sólo necesitan una aleta, así que evolucionaron para sólo tener una y eso se llama darwinismo, declara el niño.
No estamos seguros de si esa respuesta es signo de una repentina madurez y con ella busca de algún modo proteger a su hermana de la explicación verdadera, o si en realidad es producto de una comprensión errada de la teoría de la evolución. Probablemente lo primero. Lo dejamos pasar. El texto explicativo del muro, que todos excepto la niña podemos leer, aclara que la tortuga perdió la aleta cuando la rescataron en el estrecho de Long Island, hace once años.
Once: ¡mi edad más un año!, dice el niño en un estallido de entusiasmo de los que normalmente reprime.
Allí de pie, mirando a la enorme tortuga, es difícil no pensar en ella como metáfora de algo. Pero antes de que pueda descubrir exactamente de qué sería metáfora, el niño ya nos está dando cátedra. Las tortugas como Calipso, explica, nacen en la Costa Este y de inmediato nadan hacia el océano Atlántico por sí solas. A veces tardan hasta una década en volver a las aguas costeras. Las crías comienzan su viaje en el este y, después, las aguas cálidas de la Corriente del Golfo las arrastran hacia lo hondo. Al final llegan al mar de los Sargazos que, nos dice, se llama así por la cantidad de alga de sargazo que se acumula allí, atrapada por corrientes en remolino.
Había escuchado antes la palabra Sargazo, y hasta ahora aprendo su significado. Hay un verso de un poema de Ezra Pound que nunca he entendido del todo y quizá ahora entienda mejor: «Tu mente y tú son nuestro mar de los Sargazos». El verso vuelve a mí mientras el niño sigue hablando de la tortuga y su viaje por los mares del Atlántico Norte. ¿Se refería Pound a algo estéril? ¿O es la imagen de un barco abriéndose paso entre remolinos de basura marina? ¿O habla más bien de las mentes humanas atrapadas en ciclos de pensamiento, incapaces de liberarse de sus patrones?
Antes de irnos del acuario el niño quiere tomar su primera Polaroid. Nos pide a su padre y a mí que nos paremos enfrente del tanque principal, dándole la espalda a la tortuga. Sostiene con firmeza su nueva cámara. La niña está de pie junto a él —sostiene una cámara invisible— y, mientras nos quedamos quietos, sonriendo incómodamente para ellos, ambos nos miran como si nosotros fuéramos los hijos y ellos los padres:
Digan whisky.
Así que hacemos una mueca y decimos:
Whisky.
Whisky.
Pero la fotografía del niño sale de un color blanco cremoso. Su foto, quizás, no un registro de nuestros cuerpos físicos sino de nuestras mentes, que deambulan, reman, circulan, perdidas en un remolino inmóvil, preguntándose por qué, pensando dónde, cómo, y ahora qué.
MAPAS
Si dibujáramos un mapa de la vida que llevábamos en la ciudad, un mapa de los circuitos y las rutinas que los cuatro estamos dejando atrás, no se parecería en nada al mapa de la ruta que vamos a seguir a lo largo de este vasto territorio. Nuestras vidas cotidianas, en la ciudad, trazaban líneas que se bifurcaban hacia fuera —escuela, trabajo, mandados, citas, juntas, librería, tienda de abarrotes de la esquina, notario público, consultorio médico—, pero luego esas líneas regresaban y concurrían siempre, al final del día, en un mismo punto, en la mesa del comedor.
En el coche, aunque todos vamos sentados a poca distancia, somos cuatro puntos inconexos: cada uno en su asiento, lidiando en silencio con los cambios de humor, cada uno cargando a solas el bulto privado de sus miedos. A cada uno de nosotros, tal vez, se nos revela de manera distinta esta condición básica de nuestra nueva convivencia: juntos viajamos solos.
Hundida en el asiento del copiloto, recorro el mapa con la punta de un lápiz. Las autopistas y carreteras se ramifican como várices sobre el enorme trozo de papel, doblado varias veces (es un mapa del país entero, demasiado grande para abrirlo por completo al interior del coche). Sigo las largas líneas, rojas, blancas o amarillas, hasta llegar a nombres hermosos como Memphis, nombres improbables, Truth or Consequences, Shakespeare, nombres antiguos resignificados por nuevas mitologías, Arizona, Apache Pass, Cochise Stronghold. Y cuando aparto la vista del mapa, volteo a ver a los niños o veo la línea larga y recta de la carretera frente a nosotros, futuro incierto.
ONDAS SONORAS
El sonido, el espacio, y el tiempo están conectados de un modo mucho más íntimo del que solemos reconocer, aunque no entendamos del todo su relación. No sólo comprendemos, conocemos y sentimos el espacio a través de sus sonidos —la conexión más obvia entre ambos—, sino que nuestra experiencia misma de un espacio está determinada en buena parte por los sonidos que se superponen en él. Para nosotros cuatro, el sonido de la radio siempre representó la transición tripartita desde el sueño, en donde está cada uno a solas, a nuestra estrecha convivencia matutina, y luego al amplio mundo que se extiende más allá de nuestra casa. Conocemos el sonido de la radio mejor que ninguna otra cosa. Era lo primero que escuchábamos cada mañana en nuestro departamento. Mi esposo encendía el aparato nada más salir de la cama. Todos escuchábamos ese sonido, rebotando en algún lugar recóndito de nuestras almohadas y nuestras cabezas, y con él salíamos lentamente de nuestras camas y caminábamos hasta la cocina. La mañana se llenaba de opiniones, prisa, hechos, el olor del café molido, y sentados todos a la mesa, decíamos:
Pásame la leche.
Aquí está la sal.
Gracias.
¿Escuchaste lo que acaban de decir?
Qué horror.
¿Leche?
Ahora, dentro del coche, cuando atravesamos áreas más pobladas, buscamos alguna estación de radio. Cuando logro encontrar noticias sobre la situación en la frontera, subo el volumen y los cuatro escuchamos: cientos de niños que llegan solos cada día, miles cada semana. Los reporteros lo llaman una crisis migratoria. Un flujo masivo de niños, lo llaman. Son indocumentados, son ilegales, son aliens, dicen algunos. Son refugiados, con derecho legal a recibir protección, argumentan otros. Esta ley dice que deben ser protegidos; esta otra enmienda dice que no. El congreso está dividido, la opinión pública está dividida, la prensa lucra con la polémica resultante, las ONG trabajan horas extras. Todos tienen una opinión al respecto; nadie se pone de acuerdo sobre nada.
PRESENTIMIENTOS
Tras el primer día de viaje, decidimos manejar sólo hasta el atardecer, y lo mismo los días posteriores. Nunca más tarde. Los niños se ponen difíciles en cuanto la luz declina. Sienten el final del día, y el presentimiento de una sombra más larga tendiéndose sobre el mundo hace que su humor cambie, eclipsa sus personalidades diurnas, más dóciles. El niño, generalmente apacible de temperamento, se vuelve volátil e irritable; la niña, siempre entusiasta y llena de vitalidad, se vuelve exigente y un poco melancólica.
El pueblo donde paramos tiene nombre de jabón. Se llama Front Royal, está en Virginia, y pronto se va a poner el sol. En la gasolinera donde nos detenemos a llenar el tanque suena, a todo volumen, rock supremacista blanco. La cajera se persigna rápida y discretamente, evitando mirarnos a los ojos, cuando el total a pagar marca $66.60. El plan era buscar un restaurante o una cafetería para cenar, pero después de esa parada, ya de regreso en el coche, coincidimos en que es mejor seguir de largo, pasar desapercibidos en pueblos como éstos. A menos de dos kilómetros de la gasolinera encontramos un Motel 6 y estacionamos el coche.
La recepcionista nos informa que hay que pagar la noche por adelantado y nos señala un corredor largo y clínico que conduce a nuestra habitación. Sacamos de la cajuela del coche lo necesario. Cuando abrimos la puerta de nuestra recámara, nos encontramos con ese tipo de luz que hace que incluso espacios desangelados como éste parezcan un recuerdo de infancia: las colchas con estampado de flores bien fajadas bajo el colchón, la alfombra marrón despeinada pero limpia, motas de polvo suspendidas en un rayo de sol que entra a través de las cortinas verdes, apenas entreabiertas.
Los niños ocupan el espacio de inmediato, se quitan los zapatos, saltan de una cama a otra, encienden la tele, la apagan, beben agua de la llave, se mojan la cara y la cabeza. Cenamos cereal seco directo de la caja —y sabe rico—, sentados en la orilla de las camas. Cuando terminamos de comer, los niños quieren bañarse, así que les lleno la tina a la mitad y me salgo del cuarto para alcanzar a mi marido en el pasillo, la puerta entreabierta por si uno de los niños nos necesita y llama.
Siempre necesitan ayuda con las pequeñas rutinas del baño. Al menos en lo que concierne a los hábitos del baño, la maternidad y paternidad se parece por momentos a la enseñanza de una religión extinta y complicada. Hay más rituales que fundamentos, más fe que razones: abre la pasta de dientes de este modo, apriétala de aquel otro; agarra sólo esta cantidad de papel de baño, luego dóblalo así o bien hazlo bolita así para limpiarte; échate el champú en la mano primero, no directo en la cabeza; quita el tapón de la tina para que se vaya el agua cuando ya te hayas salido, no antes.
Mi marido, sentado en el pasillo afuera de la puerta de nuestra habitación, sostiene el boom en alto, grabando los sonidos del motel. Me siento a su lado y lío un cigarro sin hacer ruido: no quiero que mi presencia modifique lo que sea que esté grabando. Nos quedamos allí sentados, con las piernas cruzadas, sobre el suelo de cemento, las espaldas descansando contra el muro. En el cuarto de al lado un perro ladra sin descanso.
De otra habitación, tres o cuatro puertas más allá, aparecen un hombre y una adolescente. Él, parsimonioso y alto; ella, con piernas de palillo dental y vestida nomás con un traje de baño y una chamarra abierta. Caminan hasta una pick up estacionada frente a su puerta y la abordan. La imagen de esos dos desconocidos —posiblemente padre e hija, ninguna madre— que se suben a una pick up para dirigirse tal vez hacia una alberca, quizás hacia una práctica nocturna en algún pueblo cercano, me recuerda a algo que dijo Jack Kerouac sobre los gringos: después de verlos, «terminas por no saber si una rocola es más triste que un ataúd». Aunque quizás Kerouac lo decía respecto de las fotografías de Robert Frank en su libro Los americanos, y no sobre los gringos en general. Mi marido está grabando unos instantes más del ladrido del perro y de la pick up que desaparece hacia la carretera, cuando los niños nos gritan desde adentro. Necesitan ayuda urgente con la pasta de dientes y con las toallas, así que entramos de nuevo a la habitación.
PUESTO DE CONTROL
Sé que no voy a poder dormirme, así que, cuando los niños están por fin en la cama, salgo de nuevo, camino por el largo pasillo hasta el coche y abro la cajuela. Me quedo un rato frente al contenido, analizándolo como si leyera un índice, tratando de elegir la página que quiero leer. Nuestras cajas están bien apiladas del lado izquierdo, cinco cajas con nuestro archivo, aunque es muy optimista llamarle archivo al desmadre portátil que tenemos ahí. Luego están las dos cajas vacías del archivo futuro de los niños. Me asomo a la Caja I, de mi marido. Varios de los libros que hay en esa caja son sobre documentar, o sobre llevar y consultar archivos en cualquier proceso documental. En la Caja II encuentro Immediate Family, de Sally Mann, y lo saco.
Sentada en el borde de la banqueta, junto al coche, hojeo el libro. Siempre me ha gustado la forma en que Mann elige ver la infancia: vómito, moretones, desnudez, camas mojadas, miradas desafiantes, confusión, inocencia posada, salvajismo indómito. También me gusta la tensión que hay en esas fotos, una tensión entre el documento y la ficción, entre capturar un instante efímero y escenificar un instante. Mann escribió en algún sitio que las fotografías crean sus propios recuerdos y suplantan el pasado. En sus fotos no existe nostalgia por el instante efímero que la cámara captura casualmente. Más bien hay una confesión: este momento capturado no es un momento con el que me topé por casualidad y que decidí preservar, sino un momento robado, arrancado al continuum de la experiencia con el solo fin de preservarlo. Se me ocurre que, tal vez, al estudiar los contenidos de las cajas de mi marido —de esta manera, cada tanto, sin que él lo sepa— voy a poder encontrar la manera de contar la historia que quiero documentar, la forma precisa que esa historia necesita. Supongo que un archivo ofrece una especie de valle, donde tus ideas pueden resonar y volver a ti transformadas. Susurras intuiciones y preguntas hacia el vacío, esperando escuchar algún eco. Y a veces, sólo a veces, un eco efectivamente llega. Vuelve a ti una reverberación real, con claridad, cuando por fin, encontraste el tono justo y la superficie adecuada.
Hurgo en la Caja III, también de mi marido, que a primera vista parece una antología exclusivamente masculina sobre el tema «emprender un viaje», conquistando y colonizando: El corazón de las tinieblas, los Cantos de Pound, La tierra baldía, El señor de las moscas, En el camino, 2666, y por supuesto la Biblia. Entre éstos, encuentro un pequeño ejemplar de tapas blancas: las pruebas de galeras de una novela de Nathalie Léger, Supplément à la vie de Barbara Loden. Se ve un poco fuera de lugar allí, aplastado, silencioso y mucho más flaco que los demás, así que lo saco y me lo llevo conmigo al cuarto.
ARCHIVO
Desde sus camas, los tres producen un sonido cálido y vulnerable, pero a la vez remoto y un poco amenazante. Suenan como lobos dormidos. Puedo reconocer la respiración de cada uno mientras duermen; mi marido a mi lado, y los dos niños en la cama matrimonial contigua. La más fácil de distinguir es la niña, que casi ronronea mientras se chupa el dedo arrítmicamente.
Me quedo tendida en la cama, oyéndolos. El cuarto está oscuro, y la luz del estacionamiento traza un rectángulo color naranja-whisky en torno a las cortinas pesadas. No pasan coches por la autopista. Si cierro los ojos, me invade una maraña de miedos, de fragmentos de imágenes que presagian pesadillas. Mantengo los ojos abiertos e intento conjurar los ojos de mi tribu durmiente. Los ojos del niño son grandes, almendrados y meteóricos. Tiene una mirada pausada y reflexiva, casi siempre tornada hacia adentro, pero que puede encenderse súbitamente, resplandecer con alegría, con rabia, estallar de vitalidad. Los ojos de la niña son inmensos. Son ojos que dejan intuir, siempre con total transparencia, sus cambios de humor. Cuando está a punto de llorar, un círculo rojizo aparece de inmediato, contorneándolos. Creo que cuando yo era niña mis ojos eran también así, así de transparentes. Mis ojos de adulta son quizás más constantes, inmutables, y más ambivalentes en sus mínimos cambios. Los ojos de mi esposo son casi grises, un poco rasgados, y con frecuencia dejan entrever una tormenta interior. Mientras maneja observa la línea de la autopista como si leyera un libro abstruso, frunciendo el entrecejo. Es el mismo gesto que pone cuando está grabando sonidos.
Enciendo la luz de mi buró y me quedo despierta hasta muy tarde, leyendo la novela de Nathalie Léger, subrayando fragmentos de frases:
«La violencia, sí, pero la violencia legal, la ordinaria brutalidad de las familias».
«El zumbido de la vida ordinaria».
«La historia de una mujer que ha perdido algo importante y no sabe bien qué».
«Una mujer prófuga o escondida, que oculta su dolor y su rechazo, fingiendo a fin de liberarse».
Estoy otra vez leyendo el mismo libro, en la cama, cuando al amanecer se despierta el niño. Su hermana y su padre están dormidos todavía. Yo apenas dormí nada en toda la noche. El niño se esfuerza por fingir que lleva despierto un buen rato. Mientras se estira y se incorpora, hablando demasiado alto, me pregunta qué estoy leyendo.
Un libro francés, le respondo en un susurro.
¿Y de qué se trata?
De nada, en realidad. Es sobre una mujer que está buscando algo.
¿Que está buscando qué?
No sé todavía; ella no sabe todavía.
¿Son todos así?
¿Qué quieres decir?
Los libros franceses que lees, ¿son todos así?
¿Así cómo?
Como ése, blanco y chiquito, sin imágenes en la portada.
GPS
Esta mañana atravesaremos en coche el valle de Shenandoah, un lugar que no conozco pero que apenas anoche vi —esquirlas parciales y memorias prestadas— gracias a las fotos que Sally Mann tomó en ese mismo valle.
Para entretener a los niños y llenar las horas mientras ascendemos por la carretera de montaña, mi marido les cuenta historias sobre el viejo suroeste estadounidense. Les cuenta de las tácticas a las que recurría el Jefe Cochise para esconderse de sus enemigos en las montañas Dragoon y Chiricahua, y de cómo regresó a perseguirlos incluso después de muerto. Según decían, en ocasiones todavía se le podía ver en las montañas Dos Cabezas.
Los niños escuchan con particular interés cuando su padre les habla de Gerónimo. Cuando habla de Gerónimo parece como si sus palabras acercaran más el tiempo, conteniéndolo dentro del coche en vez de dejar que se extienda, más allá de nosotros, como un destino inalcanzable. Los niños le prestan una atención absoluta, y yo también escucho: Gerónimo fue el último hombre de toda América en rendirse a los ojosblancos. Era mexicano de nacimiento, pero odiaba a los mexicanos, a quienes los apaches llamaban nakaiye, «los que vienen y van». El ejército mexicano había matado a sus tres hijos, a su madre y a su esposa. Gerónimo nunca aprendió inglés; hacía de intérprete-traductor entre el apache y el español para el Jefe Cochise. Era una especie de san Jerónimo, dice mi esposo.
¿Por qué san Jerónimo?, le pregunto yo.
Mi marido se acomoda el sombrero y empieza a explicarme, con tono un poco didáctico, algo sobre la traducción de la Biblia, al latín, que hizo san Jerónimo, hasta que yo pierdo interés, los niños se quedan dormidos, y por fin se instala un silencio en el coche. O quizás se instala una especie de ruido, puntuado por las exigencias propias de estar dentro de un coche: autopistas que convergen, controles de velocidad, zonas de obras, curvas peligrosas, una caseta de cobro:
Pásame billetes sueltos.
Toma un poco de café.
Seguimos un mapa. En contra de las recomendaciones de todo el mundo, hemos decidido no usar el GPS. Tengo un amigo cuyo padre trabajó infelizmente en una empresa enorme hasta que ahorró lo suficiente, a sus setenta años, para poner su propio negocio, fiel a su verdadera pasión. Abrió entonces una editorial llamada La Nueva Frontera, que editaba pequeños mapas náuticos, bellísimos, diseñados con cuidado y con amor para los barcos que surcaban el Mediterráneo. Pero seis meses después de que fundó su compañía, se inventó el GPS. Y se acabó todo: una vida entera dada al traste. Cuando el padre de mi amigo me contó esa historia, le juré nunca jamás utilizar un GPS. Así que ahora, en este viaje, nos perdemos con frecuencia, a pesar de mi dedicación a estudiar bien los muchos mapas que llevamos en la guantera.
ALTO
Nos damos cuenta de que llevamos una hora, más o menos, avanzando en círculos, y estamos de vuelta en Front Royal. En una calle llamada Happy Creek nos detiene una patrulla. Mi marido apaga el motor, se quita el sombrero y baja la ventanilla del coche, sonriéndole a la oficial de policía. Le pide su licencia, la tarjeta de circulación y el seguro. Yo me reacomodo en mi asiento y digo algo entre dientes, incapaz de reprimir la reacción, visceral e inmadura, con que mi cuerpo responde a los regaños de una figura de autoridad. Como una adolescente obligada a lavar los trastes, abro la guantera aparatosamente y saco los documentos que la oficial nos pide. Se los entrego a mi esposo. Él, a su vez, se los ofrece a la policía con cierto aire de ceremonia, como si le pasara una taza de té caliente servida en vajilla de porcelana.
La mujer explica que nos hizo orillarnos porque no nos detuvimos por completo a la altura del letrero, y lo señala: aquel objeto octagonal de allí, que marca claramente la intersección de Happy Creek Street con Dismal Hollow Road y que contiene una instrucción muy simple: «Alto». Sólo entonces reparo en esa otra calle, Dismal Hollow Road, el nombre escrito en mayúsculas negras sobre el letrero de aluminio blanco: calle de la Hondonada Sombría, una etiqueta precisa para el lugar que designa. Mi esposo asiente, y asiente de nuevo, y dice perdón, y de nuevo perdón. La oficial de policía le regresa nuestros papeles, convencida de que no somos peligrosos, pero antes de dejarnos ir nos hace una última pregunta:
¿Y cuántos años tienen estos hermosos niños, Dios los bendiga?
Nueve y cinco años, dice mi esposo.
¡Diez!, corrige el niño desde el asiento de atrás.
Perdón, perdón, sí, tienen diez y cinco.
Sé que la niña quiere decir también algo, intervenir de alguna manera; puedo sentirlo incluso aunque no la esté mirando. Probablemente quiere explicar que pronto tendrá seis años y no cinco. Pero ni siquiera abre la boca. Al igual que mi esposo, y a diferencia de mí, la niña tiene un miedo profundo e instintivo a las figuras de autoridad, miedo que se expresa en ambos como excesivo respeto, e incluso como sumisión. En mi caso, ese instinto se manifiesta como una especie de resistencia, defensiva y desafiante. Mi esposo lo sabe, y se asegura de que nunca sea yo la que habla en situaciones en las que tenemos que negociar para salir del paso.
Señor —dice ahora la policía—, en Virginia cuidamos a nuestros niños. Cualquier infante menor de siete años debe ir sentado en una silla para bebés. Es por la seguridad de la niña, que Dios la bendiga.
¿Siete años, oficial? ¿No son cinco?
Siete años, señor.
Disculpe, oficial, lo siento mucho. No tenía… no teníamos ni idea. ¿Dónde podemos comprar una sillita para bebés por aquí?
En contra de lo que hubiera esperado, la policía entreabre súbitamente los labios, laqueados con un labial rosa brillante, y nos regala una sonrisa. Una sonrisa encantadora, de hecho: tímida, pero a la vez generosa. Nos indica cómo llegar a cierta tienda, con instrucciones muy precisas, y luego, modulando su tono, nos da consejos sobre qué sillita para bebé comprar exactamente: las mejores son las que no tienen la parte de atrás, y tenemos que buscar una que tenga hebilla de metal y no de plástico. Al final, convenzo a mi esposo de no parar a comprar la silla para bebés, porque pronto saldremos de Virginia y la ley esa de los asientos de bebé, según internet, varía de un estado a otro. A cambio, accedo a utilizar el GPS de Google Maps, por esta ocasión, para que podamos escapar del laberíntico Front Royal y retomar la autopista.
MAPA
Avanzamos en dirección suroeste y escuchamos las noticias en la radio, noticias sobre los niños que viajan en dirección al norte. Viajan solos, en trenes o a pie. Viajan sin sus padres, sin sus madres, sin maletas, sin pasaportes. Viajan siempre sin mapas. Tienen que atravesar fronteras nacionales, ríos, desiertos, infiernos. Y a los que finalmente llegan, los meten en una especie de limbo, les dicen que esperen.
¿Has sabido algo de Manuela y sus hijas, por cierto?, me pregunta mi esposo.
Le digo que no, no he sabido nada. La última vez que hablé con ella, justo antes de salir de Nueva York, las niñas estaban todavía en el centro de detención en Nuevo México, esperando —bien fuera un permiso legal para ser enviadas con su madre o bien una orden de deportación definitiva—. He intentado llamar a Manuela un par de veces, pero no me contesta. Me imagino que sigue a la espera de saber qué va a pasar con sus hijas, con la esperanza de que les concedan estatus de refugiadas.
¿Qué significa «refugiado», mamá?, pregunta la niña desde el asiento trasero.
Pienso en las posibles respuestas que podría darle. Supongo que alguien que está huyendo no es, todavía, un refugiado. Un refugiado es alguien que ya llegó a algún lugar, a un país extranjero, pero debe esperar por un tiempo indefinido antes de llegar del todo. Los refugiados esperan en centros de detención, refugios o campos; bajo custodia federal y muchas veces vigilados de cerca por guardias armados. Hacen largas filas a la espera de comida, de una cama donde dormir; esperan con la mano levantada para preguntar si pueden usar el baño. Esperan para que los dejen salir, esperan para hacer una llamada telefónica, esperan a que alguien los reclame o venga a buscarlos. Y luego hay refugiados que tienen la suerte de reunirse por fin con sus familias, de vivir de nuevo en una casa, en una ciudad. Pero incluso ellos esperan. Esperan la orden de presentarse en el tribunal, esperan la decisión de la corte —deportación o asilo—. Esperan a que una escuela los admita, a que les salga un trabajo, a que un doctor los reciba. Esperan visas, documentos, permisos. Esperan alguna señal, instrucciones, y luego siguen esperando. Esperan que se les devuelva la dignidad.
¿Qué significa ser un refugiado? Supongo que podría decirle a mi hija:
Un refugiado es alguien que espera.
Pero en lugar de eso, le digo que un refugiado es alguien que tiene que encontrar una nueva casa. Y luego, para suavizar la conversación, para distraerla de todo esto, busco una lista de música y le doy play. El ambiente en el coche se aligera, o al menos lo hace más llevadero:
¿Quién canta esta canción de fa fa fa fa fa?, pregunta la niña.
Talking Heads.
¿Y los Talking Heads tienen pelo?
Sí, claro.
¿Largo o corto?
Corto.
Nos estamos quedando sin gasolina. Tenemos que tomar una salida, encontrar un pueblo, dice mi esposo, cualquier lugar donde tengan una gasolinera. Yo saco de la guantera el mapa y me pongo a estudiarlo.
TEMOR CREÍBLE
Cuando los menores indocumentados llegan a la frontera, se les somete a un interrogatorio realizado por un oficial de la patrulla fronteriza. A esto se le conoce como entrevista de temor creíble, y su propósito es determinar si el menor tiene razones suficientes para solicitar asilo en el país. El cuestionario siempre incluye más o menos las mismas preguntas:
¿Por qué viniste a los Estados Unidos?
¿En qué fecha saliste de tu país?
¿Por qué saliste de tu país?
¿Has recibido amenazas de muerte?
¿Tienes miedo de volver a tu país? ¿Por qué?
Pienso en todos esos niños, indocumentados, que atraviesan México en manos de un coyote, montados en el techo de un vagón de tren, intentando no caerse, no caer en manos de las autoridades migratorias, ni en manos de narcotraficantes que los esclavizarían para trabajar en los campos de amapola, si es que no los matan. Si logran llegar hasta la frontera de Estados Unidos, los niños intentan entregarse a las autoridades, pero si no encuentran una patrulla fronteriza caminan por el desierto. Si encuentran a un oficial o un oficial los encuentra, los llevan a un centro de detención, donde los interrogan, donde les preguntan:
¿Por qué viniste a los Estados Unidos?
¡Cuidado!, grito, levantando la mirada del mapa para ver la autopista. Mi marido pega un volantazo. El coche patina un poco, pero luego mi marido recobra el control.
Tú sólo concéntrate en el mapa y yo me concentro en la autopista, dice él, y se pasa el dorso de la mano por la frente.
Ok, respondo, pero estuviste a punto de pegarle a esa roca, o a ese mapache, o lo que fuera.
Jesús…, dice.
¿Jesús, qué?, contesto yo.
Jesús pinche Cristo, sólo dime cómo llegar a una gasolinera y cállate.
Sacándose el dedo de la boca, la niña nos regaña:
¡Silencio, muchachos!
Nos callamos. Y entonces, como sabe que tiene nuestra atención, la niña nos brinda un consejo a manera de epílogo. A veces —aunque tiene solamente cinco años, ni siquiera seis, y se chupa el dedo todavía y a veces se hace pipí en la cama— nos habla con el mismo aire que los psiquiatras exudan al tenderle una receta a sus pacientes:
A ver, papá. Creo que es hora de que te fumes otro de tus cigarritos. Y tú, mamá, sólo concéntrate en tu mapa y en tu radio, ¿ok? Los dos necesitan aprender a convivir y compartir, o se van a sentar a la esquina.
PREGUNTAS Y RESPUESTAS
Nadie considera el panorama más amplio, en un sentido histórico y geográfico, cuando se habla de la migración. La mayoría de la gente piensa en los refugiados y en los migrantes como un problema de política exterior. Pocos conciben la migración sencillamente como una realidad global que nos atañe a todos. Buscando en internet algo sobre la crisis actual, me encuentro con un artículo del New York Times de hace algunos años, titulado «Niños en la frontera». Es un artículo planteado como un cuestionario, salvo que el mismo autor es quien plantea las preguntas y las contesta, así que quizás no sea exactamente un cuestionario. A la pregunta acerca de dónde vienen los niños, el autor contesta que tres de cada cuatro son originarios «sobre todo de poblaciones pobres y violentas» en El Salvador, Guatemala y Honduras. Pienso en las palabras «sobre todo de poblaciones pobres y violentas» y las posibles consecuencias de ese modo tan esquemático de ubicar el origen de los niños que migran a los Estados Unidos. Lo que los calificativos que el autor usa parecen plantear es que aquellos niños provienen de una realidad «barbárica». A continuación, tras plantear la pregunta de por qué los niños no son deportados de inmediato, el autor afirma que «Bajo un estatuto anti trata de personas adoptado con el apoyo de ambos partidos… los menores de Centroamérica no pueden ser deportados de inmediato y se les debe dar audiencia en tribunales antes de deportarlos. La normativa estadounidense permite expulsar inmediatamente a los menores mexicanos capturados en la frontera». La palabra «permite», a mitad de esa frase, es como si, en respuesta a la pregunta «¿Por qué los niños no son deportados de inmediato?», el autor del artículo intentara ofrecer algún consuelo, diciendo algo así como: No se preocupen, al menos no nos quedamos con los niños mexicanos, porque hay una normativa que nos «permite» mandarlos de regreso rápidamente. Como las hijas de Manuela, que habrían sido deportadas de inmediato de no ser porque un oficial tuvo la amabilidad de dejarlas pasar. Pero ¿cuántos niños son enviados de regreso sin que se les dé al menos la oportunidad de expresar sus temores?
Nadie considera a los niños que ahora mismo llegan a la frontera como refugiados de una guerra hemisférica que se extiende, al menos, desde estas mismas montañas, hacia el sur y atravesando el país, hasta los desiertos del sur de los Estados Unidos y el norte de México, y más allá de las sierras, bosques y luego las selvas tropicales mexicanas, por Guatemala, El Salvador, y por lo menos hasta la Biósfera Celaque en Honduras. Nadie considera a esos niños como consecuencia de una guerra histórica que lleva décadas. Todos siguen preguntando: ¿qué guerra, dónde? ¿Por qué están aquí? ¿Qué vamos a hacer con ellos? ¿Por qué vinieron a los Estados Unidos?
PROHIBIDO DAR VUELTA EN U
¿Por qué no podemos regresar a la casa y ya?, pregunta el niño.
Está forcejando con su cámara Polaroid en el asiento de atrás, tratando de aprender a utilizarla, poniéndose de malas porque no acaba de entender el mecanismo.
De todas formas no hay nada que fotografiar, se queja. Todos los lugares por los que pasamos están viejos y feos y embrujados.
¿De verdad? ¿Están embrujados?, pregunta la niña.
No, mi amor, le digo, nada está embrujado.
Aunque tal vez, en cierto sentido, sí lo está. Conforme más nos internamos en este país, más tengo la impresión de contemplar ruinas y vestigios. Al pasar una granja lechera abandonada, el niño dice:
¿Te imaginas a la primera persona que ordeñó una vaca? Qué persona tan rara.
Zoofilia, pienso, pero no lo digo. No sé en qué piense mi marido, pero tampoco dice nada. La niña sugiere que quizás la primera persona en ordeñar una vaca pensó que si jalaba lo suficientemente fuerte —ahí abajo—, la campanita que colgaba del cuello de la vaca haría ding-ding.
El cencerro, la corrige el niño.
¡Y de pronto salió leche!, concluye ella, ignorando a su hermano.
Ajusto el espejo para verla: una amplia sonrisa, a la vez serena y pícara. Se me ocurre una explicación un poco más probable:
Quizás era una mamá humana que se había quedado sin leche para darle a su bebé, así que decidió tomarla de la vaca.
¿Una mamá sin leche?, dice el niño.
Imposible, dice la niña.
Eso es un disparate, ma, por favor.
CUMBRES Y CRESTAS
Cuando era adolescente, tenía una amiga que siempre que tenía que tomar una decisión o entender un problema difícil buscaba un lugar elevado. Una azotea, un puente, una montaña si la había, una litera, cualquier tipo de promontorio. Su teoría era que no se puede tomar una buena decisión ni llegar a una conclusión relevante sobre ningún asunto si no se siente esa vertiginosa claridad que sólo las alturas procuran. Tal vez sea cierto.
Mientras ascendemos por los caminos de los Apalaches puedo pensar con mayor claridad, por primera vez, en lo que le ha venido ocurriendo a nuestra familia —a nosotros como pareja, en realidad— durante los últimos meses. Supongo que, con el tiempo, mi esposo empezó a sentir que todas nuestras obligaciones como pareja y como familia —la renta, las facturas, el seguro médico— lo habían obligado a tomar un camino más convencional, desviándolo más y más del tipo de trabajo al que le hubiera gustado dedicar su vida. Y supongo que, algunos años después, se le hizo por fin evidente que existía un conflicto entre la vida que habíamos construido juntos y lo que él quería. Durante meses, mientras me esforzaba por comprender lo que nos pasaba, sentí enojo, le eché la culpa, pensé que actuaba por capricho —buscando la novedad, el cambio, otras mujeres, cualquier cosa—. Pero ahora, mientras hacemos este viaje juntos y estamos más cerca, físicamente, de lo que habíamos estado nunca, y a la vez lejos del andamiaje que sostenía la construcción cotidiana de nuestro mundo familiar, y lejos también del proyecto que alguna vez nos unió, me doy cuenta de que yo también albergaba sentimientos parecidos. Necesitaba admitir mi parte de la culpa: aunque no fui yo la que encendió el cerillo que comenzó el incendio, durante meses fui apilando la hojarasca que ahora arde.
El límite de velocidad en las carreteras de los Apalaches es de cuarenta kilómetros por hora, lo cual irrita a mi marido y a mí me parece ideal. Es la velocidad de un paseo. Sin embargo, incluso a este paso me tardé unas cuantas horas en advertir que los árboles a lo largo del camino están cubiertos de kudzu. Habíamos pasado grandes terrenos forestales completamente cubiertos en nuestro ascenso hacia este valle, pero sólo ahora lo vemos claramente. Mi esposo les explica a los niños que el kudzu es una planta traída de Japón en el siglo XIX, y que a los agricultores de entonces les pagaban por plantarlo en el suelo de cultivo para controlar la erosión. Pero se les pasó la mano y en algún punto el kudzu se extendió por los campos, arrastrándose hacia la cima de las montañas y trepando por los troncos de los árboles. La plaga bloquea la luz del sol y se chupa toda el agua. Los árboles no tienen ningún mecanismo de defensa. Desde los puntos más altos de la carretera de montaña, la vista es terrorífica: como manchas cancerígenas, secciones de árboles amarillentos pespuntean los bosques de Virginia.
Todos esos árboles van a morir, asfixiados por culpa de esta maldita enredadera sin raíces, nos dice mi esposo, y baja la velocidad al llegar a una curva.
Pero tú también, pa, y todo el mundo, dice el niño.
Bueno, sí, admite su padre, y sonríe un poco. Pero ése no es el punto.
Entonces, con aire didáctico, la niña nos instruye:
El punto es, el punto es, el punto siempre es puntiagudo.
VALLES
Recorremos de arriba abajo la estrecha y sinuosa carretera que atraviesa las montañas Blue Ridge y enfilamos en dirección oeste, hacia un estrecho valle que descansa entre los brazos de la cordillera, en busca una vez más de un lugar donde cargar gasolina. Cuando comenzamos a perder de nuevo la señal, apago la radio y el niño le pide a su padre que le cuente historias, historias sobre el pasado en general. La niña interrumpe cada tanto con alguna pregunta, siempre concreta.
¿Y existen las niñas apaches?
¿Qué quieres decir?, pregunta mi esposo.
Siempre hablas de los apaches hombres, Gerónimo y Nana y Cochise, y a veces de los apaches niños que eran guerreros, pero ¿hay alguna niña?
Él reflexiona un instante y al cabo dice:
Estaba Lozen.
Le explica que Lozen era la mejor niña apache en las guerras de los chiricahuas contra el gobierno gringo, la más valiente. Su nombre quiere decir «diestra ladrona de caballos». Lozen creció en una época difícil para los apaches, después de que el gobierno mexicano ofreciera una recompensa por sus cueros cabelludos, pagando enormes sumas a cambio de sus largas cabelleras. Pero nunca atraparon a Lozen; era demasiado rápida y demasiado lista.
¿Tenía el pelo largo o corto?
Lo llevaba siempre en dos trenzas largas. Se decía que era vidente, que presentía cuando algo amenazaba a los suyos y sabía alejarlos del peligro. Era una guerrera, y una curandera. Y cuando creció se convirtió en partera.
¿Qué es partera?, pregunta la niña.
Alguien que ayuda a dar a luz.
¿Como una electricista?
Sí, responde mi esposo, como una electricista.
HUELLAS
En el primer pueblo que pasamos, en la Virginia profunda, se ven más iglesias que personas, y más letreros de lugares que lugares propiamente dichos. Parece como si todo hubiera sido vaciado, como si hubieran eviscerado todas las cosas y quedaran sólo las palabras: nombres de cosas apuntando a un vacío. Atravesamos en coche un país hecho sólo de señales. Una de esas señales anuncia un restaurante familiar y promete hospitalidad; detrás del letrero no hay nada más que una estructura de metal en ruinas que resplandece hermosamente bajo el rayo del sol.
Tras varios kilómetros de gasolineras abandonadas, con arbustos que brotan de cada grieta en el cemento, llegamos a una gasolinera que parece nada más parcialmente abandonada. Nos estacionamos junto a la única bomba dispensadora y bajamos del coche para estirar las piernas. La niña se queda adentro del coche, aprovechando la oportunidad para ponerse detrás del volante mientras mi marido llena el tanque. El niño y yo jugamos afuera con su nueva cámara de fotos.
¿Qué tengo que hacer?, pregunta él.
Yo le explico —intentando traducir de un lenguaje que conozco bien a uno que no domino casi— que sólo tiene que tomar la foto como si estuviera grabando el sonido de un eco. Pero a decir verdad es difícil comparar la sonografía con la fotografía. Una cámara puede captar una porción completa del paisaje en una sola impresión, mientras que un micrófono, incluso si es parabólico, sólo puede grabar fragmentos y detalles.
No, ma, lo que quiero decir es que qué botón tengo que apretar, y cuándo.
Le muestro el visor, el lente, el foco, el obturador y, mientras él observa el espacio a través de la cámara, sugiero:
Tal vez podrías tomar una foto de ese arbolito en esa grieta del cemento.
¿Para qué?
No sé. Sólo por documentarlo, supongo.
Eso no quiere decir nada, ma. ¿Documentarlo?
Tiene razón. ¿Qué quiere decir documentar algo, un objeto, nuestras vidas, una historia? Supongo que documentar cosas —mediante el lente de una cámara, en papel, o con una grabadora de audio— sólo es una forma de añadir una capa más, algo así como una pátina, a todas las cosas que ya están sedimentadas en una comprensión colectiva del mundo. Le propongo tomar una foto de nuestro coche, aunque sea para probar de nuevo la cámara y descifrar por qué las fotos salen blancuzcas y borrosas. El niño sostiene la cámara como si fuera un portero amateur a punto de patear un balón de futbol. Se asoma al visor y dispara.
¿Enfocaste bien?
Creo que sí.
¿Se veía clara la imagen?
Sí, más o menos.
Pero la Polaroid sale toda azul y poco a poco va volviéndose lechosa, ninguna imagen impresa en ella. El niño se queja diciendo que su cámara está rota, tiene un error de fábrica, seguro sólo es una cámara de juguete, no de verdad. Yo le aseguro que no es de juguete, y le sugiero una teoría:
Quizás no es que salgan blancas porque la cámara esté rota o porque sea de juguete, sino porque las cosas que fotografías en realidad no existen. Si no hay nada allí, no hay ningún eco que pueda rebotar. Como los fantasmas, le digo, que no salen en las fotos, o los vampiros, que no se reflejan en los espejos porque en realidad no están allí.
El niño no parece impresionado, ni divertido. No encuentra convincente mi teoría. Me da la cámara de mala gana y regresa de un salto a su asiento.
RUIDO
Hacia el final de la tarde llegamos a un pueblo encaramado en lo alto de los Apalaches. Decidimos detenernos. Los niños han comenzado a comportarse como monjes medievales malévolos: se entretienen con juegos verbales y conjuros inquietantes, juegos que incluyen cosas como enterrarse vivos mutuamente, matar gatos, quemar pueblos. Al escucharlos, pienso que la teoría de la reencarnación debe de ser cierta: el niño pudo haber cazado brujas en Salem en el siglo XVII; la niña pudo haber sido un soldado fascista en la Italia de Mussolini. En ellos se recrea nuevamente la Historia, repitiéndose a pequeña escala.
A la entrada de la única tienda del pueblo, un letrero anuncia: Cabañas en Renta, Informes Aquí. Rentamos una cabaña, pequeña pero cómoda, lejos de la carretera. Esa noche, en la cama, el niño sufre un ataque de ansiedad. Él no lo llama así, pero explica que no puede respirar bien, que no puede mantener los ojos cerrados, que no puede pensar claramente. Me pide que vaya a su lado.
¿En serio crees que algunas cosas no existen?, pregunta. ¿Que las vemos, pero en realidad no están allí?
¿Qué quieres decir?
Me lo dijiste en la gasolinera.
¿Qué dije?
Que a lo mejor te estoy viendo y estoy viendo este cuarto y todo lo demás, pero en realidad no hay nada, y por eso no puede producir eco, y por eso no salen mis fotos.
Era broma, amor.
Bueno, pero eso dijiste.
Trata de dormirte, ¿sí?
Bueno.
Más tarde, esa misma noche, de pie ante la cajuela de nuestro coche, linterna en mano, trato de decidir qué caja abrir. Necesito pensar en mi proyecto sonoro, y leer las palabras de otros, habitar sus mentes durante un tiempo, siempre ha sido una puerta de entrada a mis propios pensamientos. Pero ¿dónde comenzar? De pie ante las siete cajas, me pregunto qué haría otra mente con esa misma recopilación de artículos y recortes, archivados en un determinado orden dentro de las cajas. ¿Cuántas posibles combinaciones existen de todos esos documentos? ¿Y qué historias, completamente distintas, podrían contarse con cada combinación, cada nueva forma de barajar, de reordenar aquellos papeles?
Dentro de la Caja II de mi esposo, bajo algunos cuadernos, hay un libro titulado El paisaje sonoro, de R. Murray Schafer. Recuerdo haberlo leído hace muchos años y haberme fascinado con él. El libro era sobre el Paisaje Sonoro Mundial, un proyecto titánico para catalogar todos los sonidos existentes. Schafer pensaba que en un mundo que produce más y más ruido, la única manera para la mente humana de tolerar el día a día era atomizar el ruido en sus componentes. Al separar y catalogar todos los sonidos que, conjuntamente, forman el ruido, Schafer intentaba deshacerse del ruido. Hojeo las páginas del libro, llenas de complejas gráficas, notaciones simbólicas con los diferentes tipos de sonido y un vasto inventario que cataloga los sonidos del planeta. El inventario va desde los «Sonidos acuáticos» y «Sonidos estacionales», a los «Sonidos corporales» y los «Sonidos domésticos», pasando por «Motores de combustión interna», «Instrumentos de guerra y destrucción» y «Sonidos del tiempo». Dentro de cada una de estas categorías hay una lista de casos. Por ejemplo, bajo «Sonidos corporales» aparece: latidos del corazón, respiración, pasos, manos (aplausos, rasguños, etcétera), comer, beber, defecar, hacer el amor, sistema nervioso, sonidos del sueño. Al final de todo el inventario está la categoría «Sonidos que indican hechos futuros», pero no hay ningún caso particular adscrito a ella, desde luego.
Pongo el libro de vuelta en su caja, abro la Caja I y rebusco en su interior. Saco un cuaderno marrón, en cuya primera página mi esposo ha escrito: «Sobre el coleccionismo». Me salto a una página al azar más adelante y leo una nota: «Coleccionar es una forma fructífera de la procrastinación, de inactividad cargada de posibilidades». Unas líneas más abajo hay una cita tomada de un libro de Benjamin: «Toda pasión linda con el caos, pero la de un coleccionista linda con el caos del recuerdo». El libro del que viene la cita es mío, y probablemente yo subrayé esa frase alguna vez. Verla ahí, en el cuaderno de mi esposo, se siente como un hurto intelectual, como si se hubiera robado una experiencia personal mía y la hubiera hecho suya. Pero en cierto sentido me enorgullece el robo. Por último, saco de la caja, aunque es improbable que me ayude a pensar en mi proyecto sonoro, un libro de Susan Sontag titulado Renacida: Diarios tempranos, 1947-1964.
CONCIENCIA Y ELECTRICIDAD