Desierto sonoro

Desierto sonoro


Primera parte » Raíces y rutas

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Me quedo en el porche de la cabaña leyendo los diarios de Sontag. Mis brazos y piernas, un manjar para los mosquitos. Por encima de mí, los escarabajos azotan sus tercos exoesqueletos contra el único foco, las polillas blancas giran en torno a su halo para luego caer de golpe, y una araña teje su trampa en la intersección de una viga y una columna.

A lo lejos, una constelación intermitente de luciérnagas perfila la oscura inmensidad que se extiende más allá del rectángulo del porche.

Yo no llevo un diario. Mis diarios son las cosas que subrayo en los libros. Nunca le prestaría un libro a nadie después de haberlo leído. Subrayo demasiado, a veces páginas enteras, a veces con doble subrayado. Una vez, mi esposo y yo leímos juntos este mismo ejemplar de los diarios de Sontag. Acabábamos de conocernos. Los dos subrayamos pasajes enteros del libro, con entusiasmo, casi frenéticamente. Leíamos en voz alta, turnándonos, abriendo las páginas como si consultáramos un oráculo —nuestras piernas desnudas entrelazadas en una cama individual—. Supongo que las palabras, en el orden correcto y el momento oportuno, producen una luminiscencia. Cuando lees palabras como ésas en un libro, palabras hermosas, te embarga una emoción intensa, aunque fugaz. Sabes que, muy pronto, el concepto que recién aprehendiste y el rapto que produjo se van a esfumar. Surge entonces una necesidad de poseer esa extraña y efímera luminiscencia, de aferrarse a esa emoción. Así que relees, subrayas, y quizás incluso memorizas y transcribes las palabras en algún sitio —un cuaderno, una servilleta, en tu mano—.

De nuestro ejemplar de los diarios de Sontag, subrayados una, dos veces, con ocasionales recuadros y notas al margen:

«Una de las principales funciones (sociales) de un dietario o diario consiste justamente en la lectura furtiva de otras personas, la gente (como los padres + los amantes) sobre la que se ha sido cruelmente sincera sólo en el diario».

«En tiempos vaciados por el decoro, se debe dominar la espontaneidad».

«1831: Muerte de Hegel».

«Y mientras, aquí estamos con el culo en esta ratonera acrecentando nuestra eminencia, madurez y barriga…».

«La contabilidad moral requiere un ajuste de cuentas».

«En el matrimonio he sufrido alguna pérdida de personalidad; al comienzo la pérdida fue agradable, fácil…».

«El matrimonio se funda en el principio de inercia».

«El cielo, visto en la ciudad, es negativo; donde no están los edificios».

«La despedida fue vaga, porque la separación aún parece irreal».

La última línea está subrayada con lápiz, luego marcada con un círculo de tinta negra y también destacada al margen con un signo de exclamación. ¿Fui yo quien la subrayó? No lo recuerdo. Pero sí recuerdo, en cambio, que cuando leí a Sontag por primera vez, como cuando leí por primera vez a Hannah Arendt, a Emily Dickinson o a Pascal, experimentaba cada tanto uno de esos éxtasis repentinos, sutiles y tal vez microquímicos —pequeñas luces centelleando en lo más hondo del tejido cerebral— que ocurren cuando encontramos finalmente las palabras para expresar un sentimiento muy simple que, sin embargo, había permanecido innombrable hasta ese momento. Cuando las palabras de alguien más entran en la conciencia de ese modo, se convierten en pequeñas marcas de luz conceptuales. No es que sean necesariamente iluminadoras. Un cerillo encendido de pronto en un pasillo oscuro, la brasa de un cigarro cuando se fuma en la cama a media noche, los rescoldos en una chimenea que se apaga: ninguna de esas cosas tiene luz propia suficiente como para revelar nada. Tampoco las palabras de otro. Pero a veces una luz, por chica y tenue que sea, puede evidenciar la oscuridad, ese espacio desconocido que rodea, y la ignorancia sin bordes que envuelve todo aquello que creemos saber. Y esa admisión y aceptación de la oscuridad es más valiosa que todo el conocimiento factual que podamos llegar a acumular.

Al releer los fragmentos subrayados en este ejemplar de los diarios de Sontag, al encontrarlos poderosos una vez más, al cabo de los años, y subrayar de nuevo algunos de ellos —especialmente sus reflexiones en torno al matrimonio—, caigo en cuenta de que todo lo que leo fue escrito entre 1957 y 1958. Hago la cuenta con los dedos. Sontag tenía sólo veinticuatro años en ese entonces, nueve menos de los que yo tengo. Siento una vergüenza repentina, como si me hubiesen sorprendido riéndome de un chiste antes de que termine o aplaudiendo entre dos movimientos de un concierto. Así que me salto hasta 1963, cuando Sontag tenía ya treinta y tantos, un divorcio a cuestas y tal vez más claridad sobre el presente y el futuro. Pero estoy demasiado cansada para seguir leyendo. Doblo la esquina de la página, cierro el libro, apago la luz del porche —el foco un enjambre de escarabajos y polillas— y me voy a la cama.

ARCHIVO

A la mañana siguiente me despierto temprano, antes que los demás, y arrastro los pies hasta la zona de la sala y cocina. Abro la puerta del porche, el sol se asoma detrás de la montaña. Por primera vez en muchos años hay ciertas porciones de nuestro espacio privado que quiero grabar, sonidos que tengo el impulso de documentar y almacenar. Quizás es solamente porque la novedad tiene un aire de cosa ida, de pasado inmediato. Los comienzos y los finales se confunden.

Quiero grabar estos primeros sonidos de nuestro viaje juntos, quizás porque parecen los últimos sonidos de algo. Pero al mismo tiempo no quiero hacerlo, porque no quiero interferir al grabarlos; no quiero convertir este momento particular de nuestra vida compartida en un documento para un archivo futuro. Si pudiera subrayar simplemente ciertas cosas con el pensamiento, lo haría: esta luz que entra por la ventana de la cocina, inundando la cabaña entera con una calidez ambarina mientras pongo la cafetera; esta brisa que sopla a través de la puerta y me acaricia las piernas mientras enciendo la estufa; ese sonido de pasos —pies diminutos, desnudos y tibios— cuando la niña sale de la cama y se acerca a mis espaldas, para anunciar:

Mamá, ¡me desperté!

Me encuentra de pie junto a la estufa, esperando a que salga el café. Me mira, sonríe y se frota los ojos cuando le digo buenos días. No conozco a nadie más para quien despertar sea una noticia tan buena, un acontecimiento tan alegre. Sus ojos son sorprendentemente grandes, tiene el torso desnudo y sus calzones, blancos y abombados, le quedan demasiado grandes. Con seriedad y decoro absolutos, me dice:

Mamá, tengo una duda.

¿Qué pasa?

Quería preguntarte: ¿qué quiere decir «Jesupinchecristo»?

No le respondo, pero le sirvo un gran vaso de leche.

ORDEN Y CAOS

El niño y su padre duermen todavía, y nosotras dos nos sentamos en el sillón, en la pequeña sala de la cabaña. Mi hija sorbe su vaso de leche y abre su cuaderno de dibujos. Después de algunos intentos fallidos por dibujar algo, me pide que trace cuatro rectángulos —dos abajo, dos arriba— y me da instrucciones para que los rotule en el siguiente orden: «Personaje», «Escenario», «Problema», «Solución». Cuando termino de rotularlos y le pregunto para qué son, me explica que en la escuela le enseñaron a contar historias así. La mala educación literaria empieza demasiado pronto y continúa por demasiado tiempo. Recuerdo que un día, cuando el niño estaba en segundo de primaria y yo le ayudaba a hacer la tarea, me di cuenta de que tal vez no sabía la diferencia entre verbo y sustantivo. Así que se lo pregunté. Él miró hacia el techo con aire teatral y, después de unos segundos, me dijo que por supuesto que lo sabía: los sustantivos eran las palabras escritas en cartulinas amarillas arriba del pizarrón, y los verbos en cartulinas azules abajo del pizarrón.

Ahora la niña se concentra en su dibujo, llenando los rectángulos que dibujé para ella. Yo bebo mi café, abro nuevamente los diarios de Sontag y releo frases y palabras sueltas. Matrimonio, despedida, contabilidad moral, vaciados, separación. Al subrayar esas palabras, ¿presagiábamos algo? ¿Cuándo comenzó nuestro final? No sé decir cuándo ni por qué. No estoy segura de cómo. Cuando le conté a algunos amigos, poco antes de emprender este viaje, que al parecer mi matrimonio estaba llegando a su fin, o que por lo menos atravesaba una crisis aguda, todos me preguntaban:

¿Qué pasó?

Pedían una fecha precisa:

¿Cuándo te diste cuenta, exactamente? ¿Antes o después de tal cosa?

Pedían una razón:

¿Diferencias políticas? ¿Hartazgo? ¿Abuso? ¿Violencia emocional?

Pedían un acontecimiento:

¿Te puso el cuerno? ¿Le pusiste el cuerno?

Yo les repetía a todos que no, que no había pasado nada. O, más bien, que sí: que todas las opciones enlistadas habían sucedido, muy probablemente, pero que ése no era el problema. A pesar de ello, insistían. Pedían razones, motivos y, especialmente, pedían un comienzo:

¿Cuándo? ¿En qué preciso momento?

Recuerdo un día que fuimos al supermercado, poco antes de emprender el viaje. El niño y la niña discutían sobre cuál era el mejor sabor de no sé qué porquería de puré exprimible. Mi esposo se quejaba sobre mi elección de algún producto, tal vez era la leche, tal vez el detergente. Recuerdo que imaginé, por primera vez desde que nos mudamos juntos, cómo sería hacer la compra sólo para la niña y para mí, en un futuro en el que nuestra familia no fuera ya una familia de cuatro miembros. Recuerdo el dolor y el remordimiento que sentí enseguida —quizás nostalgia por el pasado visto desde el futuro, o quizás el vacío interior de la melancolía— mientras colocaba el champú escogido por el niño, con aroma a vainilla y para uso frecuente, sobre la cinta transportadora de la caja.

Pero ciertamente no fue aquel día, en aquel supermercado, cuando entendí lo que estaba sucediendo. Los comienzos, los desarrollos y finales son sólo una cuestión de perspectiva. Si nos vemos forzados a elaborar una historia en retrospectiva, la narración se articula selectivamente en torno a los elementos que parecen relevantes, saltándose todos los demás.

La niña ha terminado su dibujo y me lo enseña con aire triunfal. En el primer recuadro dibujó un tiburón. En el segundo, un tiburón rodeado por otros animales marinos y algas, la superficie del agua por encima de todos ellos, el sol hasta arriba, en una esquina lejana. En el tercer recuadro, un tiburón, también bajo el agua, de apariencia angustiada y enfrente de una especie de pino submarino. En el cuarto y último recuadro, un tiburón mordiendo y probablemente comiéndose a otro pez grande, quizás también un tiburón.

Y entonces, ¿de qué trata la historia?, le pregunto.

Tú cuéntala, mamá, adivina.

Bueno, pues primero hay un tiburón; en el segundo cuadro, está en el mar, en donde vive; en el tercero, el problema es que sólo hay árboles para comer, y el tiburón no es vegetariano porque es un tiburón; y en el cuarto, por último, encuentra comida y se la come.

No, mamá. Te equivocaste en todo. Los tiburones no comen tiburones.

Bueno. ¿Entonces cuál es la historia?, le pregunto a mi hija.

Es así. Personaje: un tiburón. Escenario: el océano. Problema: el tiburón está triste y confundido porque otro tiburón lo mordió, así que se va a su árbol de pensar. Solución: por fin, el tiburón entiende todo.

¿Qué entiende?, le pregunto a la niña.

¡Que sólo tiene que morder al otro tiburón por haberlo mordido!

El niño y su padre se despiertan por fin y, mientras desayunamos, hablamos de nuestros planes. Mi esposo y yo decidimos que tenemos que retomar el camino. Los niños se quejan, dicen que quieren quedarse más tiempo en esa cabaña. Éstas no son unas vacaciones normales, les recordamos; aunque nos detengamos y disfrutemos de los lugares cada tanto, nosotros dos tenemos que trabajar. Yo tengo que empezar a grabar material sobre la crisis en la frontera sur. Por lo que he alcanzado a comprender, escuchando la radio y pescando noticias en internet cuando puedo, la situación es cada día más grave. El Gobierno, con respaldo de los tribunales, acaba de anunciar la creación de un expediente prioritario para menores indocumentados, lo cual quiere decir que los niños que llegan a la frontera tendrán prioridad para ser deportados. Los tribunales federales de inmigración procesarán sus casos antes que los otros, y si no encuentran a un abogado que los defienda en el lapso imposiblemente breve de veintiún días, los niños no tendrán ninguna oportunidad y recibirán de parte del juez su orden definitiva de expulsión.

No digo todo esto enfrente de nuestros hijos, desde luego. Pero sí le digo al niño que tengo un tiempo limitado para hacer mi trabajo, y que necesito llegar a la frontera sur lo antes posible. Mi marido dice que él quiere llegar a Oklahoma —donde visitaremos un cementerio apache— lo más pronto posible. Como si encarnara de pronto a un ama de casa suburbana de los años cincuenta, el niño nos dice que siempre «anteponemos el trabajo a la familia». Le explico que cuando sea grande entenderá que ambas cosas son inseparables. Él pone los ojos en blanco, me dice que soy predecible y egocéntrica —dos adjetivos que nunca le he oído antes—. Yo lo regaño, le digo que su hermana y él tienen que lavar los platos del desayuno.

¿Te acuerdas de cuando teníamos otros padres?, le pregunta a su hermana mientras empiezan a lavar y nosotros recogemos la cabaña y hacemos las maletas.

¿Qué quieres decir?, responde ella, confundida, pasándole el detergente líquido.

Una vez, hace mucho tiempo, teníamos mejores papás que estos de ahora.

Yo lo escucho, reflexiono y me preocupo. Quiero decirle que lo amo, incondicionalmente, que no tiene que demostrarme nada, que quiero tenerlo cerca, siempre, y que yo también lo necesito. Debería decírselo, pero en vez de eso, cuando se pone así yo tiendo a alejarme, me vuelvo reservada y quizás incluso fría. Me exaspera no saber cómo calmar su ira. En general expreso mi revoltijo de sentimientos regañándolo por pequeñeces: ponte los zapatos, péinate, recoge esa mochila. La mayor parte de las veces, su padre también internaliza su propia desesperación, pero sin regañarlo, sin decir ni hacer nada. Sólo se vuelve pasivo: un espectador triste de nuestra vida familiar, como si viera una película muda en un cine vacío.

Fuera de la cabaña, mientras nos preparamos para partir, le pedimos al niño que ayude a ordenar las cosas de la cajuela y hace un berrinche todavía más grande. Grita cosas horribles, dice que desearía estar en otro mundo, pertenecer a una familia mejor. Creo que a veces cree que estamos aquí, en este mundo, para orillarlo a la infelicidad: cómete el huevo estrellado cuya textura detestas; vamos, apúrate; aprende a andar en patines aunque te dé miedo; ponte esos pantalones que acabamos de comprarte aunque no te gustan, salieron caros; juega con ese niño en el parque que te ofrece su efímera amistad y su pelota; sé normal, sé feliz, sé un niño.

El niño grita con más y más fuerza, nos desea la muerte, quiere que desaparezcamos, patea las llantas del coche, lanza piedras y gravilla al aire. Cuando entra en una de estas espirales de rabia su voz me parece distante, remota, extraña, como si la oyéramos en una vieja grabadora analógica, a través de cables metálicos y estática, o como si yo fuera una operadora telefónica escuchándolo desde un país distante. Reconozco el timbre de su voz como en segundo plano, pero no alcanzo a descifrar si se dirige a nosotros en un intento por hacer contacto, anhelando nuestro amor y nuestra atención absoluta, o si más bien nos dice con ello que nos vayamos a la chingada, que nos alejemos de sus diez años de vida en este mundo y lo dejemos madurar más allá de nuestro pequeño círculo de lazos familiares. Lo escucho, reflexiono y me preocupo.

El berrinche continúa y su padre pierde finalmente la paciencia. Camina hasta él, lo sujeta de los hombros con firmeza y le grita. El niño se zafa retorciéndose y patea a su padre en los tobillos y las rodillas —no son patadas que pretendan lastimar, pero de todas formas son patadas—. En respuesta, su padre se quita el sombrero y, con él, le da tres, cuatro nalgadas. Para un niño de diez años no es un castigo doloroso, sino humillante: nalgadas con un sombrero. Lo que viene a continuación era de esperarse, pero de todas formas me conmueve: lágrimas, gimoteos, sollozos y un tartamudeo que dice ya, lo siento, está bien.

Cuando él se ha calmado por fin, su hermana camina hasta él y, con una mezcla de esperanza y prudencia, le pregunta si quiere jugar con ella un rato. Necesita que su hermano le confirme que siguen compartiendo un mundo. Que siguen juntos en este mundo, inseparables, más allá de sus padres, de los defectos de sus padres. Al principio el niño la rechaza, con amabilidad pero también con firmeza:

Déjame un momento.

Pero después de todo sigue siendo chiquito, así que cuando su padre sugiere postergar la partida para que puedan jugar a los apaches de la banda de Gerónimo antes de irnos, una alegría profunda y primigenia lo embarga. Ronda los alrededores de la cabaña en busca de plumas y palos, prepara un penachito, un arco y una flecha. Disfraza a su hermana atando un cinto de algodón en torno a su frente, cuidando que el nudo no quede ni demasiado apretado ni demasiado suelto. Y luego corre en círculos aullando como un poseso, aligerado y salvaje. Llena nuestras vidas con su aliento, con su ternura repentina, con su forma tan particular de estallar en una estruendosa carcajada.

ARCHIVO

Bajo el sol concreto del mediodía, los niños juegan a los apaches de la banda de Gerónimo con su padre. La cabaña está en la cima de una colina, en lo alto de un valle que ondula hacia la carretera principal, oculta a nuestros ojos. No se puede ver ninguna casa, sólo tierras de cultivo y pastizales, moteados aquí y allá con flores salvajes cuyos nombres ignoramos. Hay flores blancas y violetas, y alcanzo a distinguir algunas zonas anaranjadas. Más allá, a lo lejos, pace una confederación de vacas, discretamente conspirativas.

Por lo que alcanzo a ver, sentada en el banco del porche, por ahora el juego consiste nada más en recoger palitos del bosque, traerlos frente a la cabaña y colocarlos ordenadamente en el suelo, uno al lado de otro. Cada tanto hay pequeñas disputas que aderezan el juego: la niña dice de pronto que quiere ser vaquera y no apache. Mi esposo le dice que en este juego no hay vaqueros. Discuten. Al final, la niña acepta, poco convencida. Seguirá siendo una apache, pero sólo si puede ser Lozen y si le dejan usar, en lugar de la cinta que se le cae todo el tiempo de la frente, el sombrero vaquero que encontramos en la cabaña.

Sentada en el porche, leyendo distraídamente mi libro, volteo a mirarlos cada tanto. Desde donde estoy, a esta distancia, parecen un recuerdo más que un presente, y siento un impulso por fotografiarlos. Casi nunca tomo fotos de mis propios hijos. Odian salir en las fotos y siempre boicotean los momentos fotográficos de la familia. Si se les pide posar para una foto, se aseguran de exhibir un desdén manifiesto, fingen una sonrisa cínica y exagerada. Si se les deja hacer lo que les plazca, hacen muecas porcinas o sacan la lengua, se contorsionan como extraterrestres de película en mitad de un ataque, ensayan actitudes antisociales. Supongo que así son todos los niños. Los adultos, en cambio, le profesan al instante documental de una fotografía una reverencia casi religiosa. Adoptan gestos solemnes, sonríen con esmero; miran al horizonte con vanidad patricia, o directo al lente con la intensidad solitaria de una estrella de porno. Ni hablar de un adulto en todas sus facultades tomándose una selfie: no hay nada más descorazonador para el futuro de nuestra especie. Los adultos posan para la eternidad; los niños, para el instante.

Entro a la cabaña en busca de la Polaroid y su manual de usuario. Le prometí al niño que lo estudiaría, porque seguro estamos haciendo algo mal si las fotos salen todas blancas. Encuentro ambas cosas —la cámara, el instructivo— en la mochila del niño, entre cochecitos, ligas, cómics, su flamante navaja suiza. ¿Por qué será que esculcar entre las cosas de alguien genera una sensación enternecedora y triste, como si la profunda fragilidad de la persona quedara expuesta en su ausencia, a través de los objetos que le pertenecen? Una vez tuve que buscar una identificación que mi hermana había olvidado en su escritorio y me sorprendí, de pronto, secándome las lágrimas con la manga del suéter al revisar sus lápices bien ordenados, sus clips multicolores y unos recordatorios dirigidos a sí misma —visitar a mamá esta semana, hablar más despacio, comprar flores y aretes largos, caminar más seguido—. Es imposible entender la forma en que algunos objetos triviales llegan a revelar aspectos tan importantes de una persona; y es difícil comprender la súbita melancolía que generan cuando esa persona está ausente. Tal vez lo que pasa, nada más, es que las pertenencias sobreviven a menudo a sus dueños, y por eso podemos imaginar con facilidad un futuro en el que existan las pertenencias, pero no sus dueños. Anticipamos la ausencia de nuestros seres queridos a través de la presencia material de sus objetos.

Al regresar al porche me pongo a estudiar el instructivo de la cámara. Los niños y su padre están ahora juntando piedras, que colocan junto a los palitos en el suelo, alternando una piedra, un palo y una piedra, y empieza una batalla. El manual de la cámara es complicado. Debe evitarse que le dé la luz a la lámina de papel fotográfico tan pronto como ésta salga expulsada por la ranura, explica el folleto. De lo contrario, la película se quema. El niño y su padre están conquistando Texas, defendiendo el territorio frente al ejército estadunidense, entregándoselo a sus compañeros apaches, y levantando vallas, piedra, palo, piedra. Las fotos a color tardan media hora en revelarse; si son en blanco y negro tardan diez minutos. Durante ese lapso, la foto debe permanecer horizontal y en total oscuridad. Un simple rayo de luz dejará una marca, un accidente. Las instrucciones recomiendan dejar la Polaroid revelándose dentro de una caja oscura especial, de venta en tiendas oficiales. De lo contrario, puede colocarse entre las páginas de un libro y guardarse ahí hasta que sus colores y sus sombras se hayan fijado por completo.

No tengo la caja oscura, evidentemente. Pero tengo un libro, los diarios de Sontag, que puedo dejar abierto a mi lado para meter la Polaroid en cuanto salga de la cámara. A modo de preparación, abro el libro al azar en una página cualquiera. Antes de dejar el libro a mi lado, sobre la banca, leo algunas líneas para cerciorarme de que la página elegida presagia cosas buenas. Por una de esas coincidencias, mínimas y sin embargo extraordinarias, la página que tengo ante los ojos es un extraño reflejo del momento preciso que transcurre ante mí. Los niños juegan a los apaches con su padre, y Sontag describe el siguiente momento con su hijo: «A las 5:00 gritó David; entré en la habitación a toda prisa + nos abrazamos + nos besamos una hora. Él era un soldado mexicano (+ por lo tanto yo también); alteramos la historia para que México pudiera conservar Texas. “Papi” era un soldado americano».

Tomo la cámara, recorro el campo con la mirada a través del lente. Al fin, encuentro a los niños: enfoco, reenfoco y disparo. Tan pronto como la cámara escupe la foto, la sostengo entre el pulgar y el índice y la inserto entre esa página y la siguiente.

DOCUMENTO

La foto sale en tonos pardos: sepia, ocre, beige y siena. El niño y la niña, tomados por sorpresa, a unos metros del porche, aparecen de pie junto a una cerca. Él sostiene un palo en la mano derecha y ella señala hacia un claro de bosque tras la cabaña, quizás para sugerir que allí pueden encontrar más palitos. Detrás de ellos hay un camino estrecho y, más allá, una hilera de árboles que sigue la línea descendiente de la colina, desde la cabaña hasta la carretera principal. Aunque no puedo explicar cómo ni por qué, pareciera que los niños no están allí realmente, como si fueran recordados en vez de fotografiados.

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