Desierto sonoro

Desierto sonoro


Primera parte » Indocumentados

Página 10 de 38

INDOCUMENTADOS

Un exiliado siente que el estado de exilio es una sensibilidad especial y constante al sonido.

DUBRAVKA UGREŠIĆ

Escuchar es una forma de tocar a la distancia.

R. MURRAY SCHAFER

HISTORIAS

Adentro del coche, el aire es familiar y el olor es nuestro olor. Nos dirigimos hacia el suroeste, atravesando los Apalaches en dirección a Carolina del Norte. Mi marido mantiene la vista fija en la carretera, que serpentea y se curva hacia lo alto de los acantilados, y los niños van callados, apoyando las cabezas en la ventana. Escuchamos la radio: en un centro de detención en Nixon, Texas, un reportero entrevista a un niño de nueve o diez años, a juzgar por el timbre de su voz.

¿Cómo viajaste a los Estados Unidos?, pregunta el reportero.

Con una voz templada y segura, el niño responde en español diciendo que vino a bordo de la Bestia. Yo le traduzco la respuesta a mi marido.

¡Como las hijas de Manuela!, exclama el niño desde el asiento trasero.

Así es, le digo.

El reportero explica que cerca de medio millón de migrantes se montan cada año en los techos de aquellos trenes que la gente llama la Bestia, y dice que el niño al que entrevista ahora perdió a su hermano menor en esos mismos trenes. El reportaje regresa entonces con el niño. Su voz ha perdido la calma. Ahora se quiebra, duda, tartamudea. El niño dice que su hermanito se cayó del tren poco antes de alcanzar la frontera. Cuando comienza a explicar a detalle lo sucedido, apago la radio. Siento una náusea pesada y sorda: una reacción a la historia del niño y a su voz, pero también a la manera en que la cobertura periodística explota la tristeza y la desesperación para construir su representación: tragedia. Nuestros hijos reaccionan con violencia a la historia; quieren oír más, pero a la vez no quieren oír más. No paran de preguntarnos:

¿Qué pasó después?

¿Qué le pasó al hermanito?

Para distraerlos, mi esposo les cuenta historias de los apaches, les cuenta cómo la tribu chiricahua consistía de cuatro bandas distintas, les cuenta sobre la banda más pequeña, que era también una de las más poderosas porque la lideraba un hombre de casi dos metros de altura, llamado Mangas Coloradas.

¿Pero existía una banda de apaches niños?, interrumpe la niña.

¿Qué quieres decir?, le pregunta mi esposo.

O sea, que si tenían también una banda de niños, dice ella.

El niño replantea la pregunta, traduciendo:

Creo que lo que quiere decir es: ¿Había alguna banda formada sólo por niños?

Su padre, con la vista fija en la carretera, le da un sorbo al café y antes de responderles me pasa el vaso desechable para que yo lo ponga en el posavasos.

Había una banda así, hasta donde él sabe, les dice, buscando los ojos de los niños con sus ojos grises en el espejo retrovisor. Se llamaban los Guerreros Águilas. Era una banda de niños apaches liderada por un niño más grande. Eran temibles, vivían en las montañas, se comían a los pájaros recién caídos del cielo, todavía tibios, tenían el poder de controlar el clima, podían atraer la lluvia o retrasar una tormenta si querían. Les cuenta a los niños que estos jóvenes guerreros vivían en un lugar llamado Echo Canyon, un lugar donde los ecos son tan fuertes que, incluso cuando murmuras, tu voz vuelve a ti nítidamente.

No sé si lo que les cuenta es cierto, pero la historia resuena en mí. Mientras el coche atraviesa lentamente los Apalaches, me imagino con claridad las caras de aquellos niños guerreros. La carretera traza una curva cerrada y el bosque se abre de pronto. Vemos un conjunto de nubes oscuras —rayos intermitentes— agrupándose sobre los picos hacia el suroeste.

CUENTOS

Metidos tantas horas en el estrecho espacio del coche nos damos cuenta de cuán poco conocemos a nuestros hijos. Escuchamos sus juegos en el asiento trasero. Son juegos aleatorios, ruidosos, incomprensibles, como una televisión con alucinaciones febriles.

Pero cada tanto encuentran una cadencia más ligera, una energía más suave. Hablan más despacio, sopesando sus palabras. A veces retoman el hilo de una de las historias de apaches de su padre, o de las historias sobre los niños atrapados en la frontera, y actúan sus posibles desenlaces:

¡Si nos obligan a dejar de cazar animales salvajes, tendremos que asaltar sus ranchos y robar sus vacas!

¡Eso, robemos las vacas blancas, las blancas, las vacas de los ojosblancos!

¡Cuidado con los uniformados y con la migra!

Nos damos cuenta de que, en realidad, los niños han estado escuchando, más atentamente de lo que creíamos, las historias sobre Jefe Nana, Jefe Loco, Chihuahua, Gerónimo, así como esa otra historia que seguimos en las noticias, sobre los niños en la frontera. Pero combinan esas historias, las confunden. Se inventan finales posibles y ucronías.

¿Y si Gerónimo nunca se hubiera rendido a los ojosblancos?

¿Y si hubiera ganado esa guerra?

¡Los niños perdidos serían los amos de los Apalaches!

Cuando nuestros hijos hablan sobre los niños refugiados, los llaman siempre «los niños perdidos». Supongo que la palabra «refugiado» es más difícil de recordar. E incluso si el término «perdidos» no es muy preciso, en nuestro léxico familiar los refugiados se han convertido en «los niños perdidos». Y en cierto sentido, supongo, sí son niños perdidos. Son niños que han perdido su derecho a la niñez.

COMIENZOS

Las historias de los niños perdidos perturban más y más a nuestros hijos. Mi marido y yo decidimos dejar de escuchar las noticias en la radio, al menos mientras estén despiertos. En lugar de eso, decidimos escuchar música. O, mejor aún, audiolibros.

«Al despertarse en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos…», dice una voz de hombre por las bocinas del coche, «había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado». Le doy stop tan pronto como hace una pausa al final de la frase. Mi marido y yo coincidimos en que Cormac McCarthy, aunque nos guste, y a pesar de que La carretera nos gusta especialmente, puede ser demasiado duro para los niños. Además, coincidimos en que el lector de esta versión en audiolibro es un actor actuando —se esmera demasiado, sus inflexiones son artificiales—, y no una persona leyendo. Así que le doy stop. Luego desplazo la lista hacia abajo y le doy play a otro audiolibro.

«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo», la voz fluye como con prisa, atropellando la sintaxis característica de Rulfo y añadiendo un énfasis telenovelesco en algunas líneas. Desplazo nuevamente la lista y le doy play otra vez.

«Soy un hombre invisible». Es una primera frase seca y perfecta. Pero no, tampoco El hombre invisible de Ralph Ellison es lo que queremos escuchar. Lo que queremos es superponer, al territorio que recorremos en coche, una voz y una narrativa que se amolden de alguna forma al paisaje, y no algo que nos distraiga del todo de la realidad mientras nos movemos a través de esta húmeda amalgama de hiedras y bosques. Siguiente. Play.

«En la ciudad había dos mudos, y siempre estaban juntos». Me gustaría escuchar este libro, pero no obtengo la aprobación de los dos traidores que viajan en el asiento trasero. Mi esposo tampoco quiere oírlo, dice que el único logro de Carson McCullers es el título y solamente el título de esa novela: El corazón es un cazador solitario. Se equivoca, y se lo digo, lanzándole mi desacuerdo con un poco de veneno al preguntarle si no cree que esa primera frase es, justamente, sobre nosotros dos, y si no deberíamos escuchar el resto de la historia, como quien visita al oráculo. Ignora mi comentario; no se ríe ni sonríe. Siguiente libro.

«Conocí a Dean poco después de que mi mujer y yo nos separásemos». Pausa. Éste lo comentamos con mayor detenimiento. Mi esposo opina que En el camino, de Jack Kerouac, es la elección perfecta. Incluso si los niños no entienden su significado, dice, todos podemos disfrutar del ritmo del libro mientras vamos en coche. Recuerdo que leí a Kerouac a mis veintipocos años, cuando tuve un novio librero. Me regaló todos sus libros, uno por uno. Los leí como si tuviera que terminarme un plato infinito de sopa tibia. Cada vez que estaba a punto de terminar, me llenaba el plato de nuevo. Algunos años después releí algunos libros de Kerouac, empecé a agarrarles el modo y llegó a gustarme su prosa, esa forma desgarbada de anudar las frases, el modo en que acelera en ciertas partes de la historia como si no estuviera imaginando o recordando sino poniéndose al corriente, y su forma de cerrar los párrafos como quien hace trampa en un examen. Pero no quiero concederle esta victoria a mi esposo, así que digo:

Preferiría escuchar una estación de radio evangélica antes que En el camino.

¿Por qué?, me pregunta.

Es una pregunta válida, que me hace esforzarme en busca de una buena razón. Mi hermana, que da clases de literatura en Chicago, siempre dice que Kerouac es como un pene gigante que se mea sobre los Estados Unidos; piensa que su sintaxis se lee como si estuviera marcando un territorio, conquistando vacíos mientras apila palabras en sus oraciones, ocupando todos los silencios. Me encanta ese argumento, aunque no estoy segura de entenderlo del todo. Ni siquiera sé si es un argumento. Por eso no lo digo. Nos acercamos a una caseta de cobro y yo rebusco algo de cambio. Nos detenemos, le pagamos a una máquina y continuamos. Los Estados Unidos de Kerouac no se parecen en nada al país actual, tan esquelético, desolado, hiperreal. Aprovecho la distracción para dejar atrás la discusión en torno a Jack Kerouac, que sin duda conduciría a una calle cerrada. Y mientras aceleramos nuevamente, deslizo la lista en la pantalla de mi teléfono y le doy play al siguiente audiolibro.

«El niño rubio se dejó caer por la roca y se abrió paso hacia la laguna». Tras escuchar esa primera frase, los cuatro coincidimos: éste es el bueno, éste es el que vamos a escuchar: El señor de las moscas leído en voz del propio William Golding. Sabemos que no se trata de un cuento de hadas, ni de una visión edulcorada de la infancia, pero al menos es ficción. Una ficción que no nos alejará de la realidad ni a nuestros hijos ni a nosotros, sino que incluso puede ayudarnos a hacerla parcialmente comprensible para ellos. Y si no hacerla comprensible, al menos puede ayudarnos a formular preguntas que nos permitan contemplarla con mayor claridad.

Escuchamos la lectura durante algunas horas, y probablemente tomamos algunas salidas equivocadas y nos perdemos un poco, así que escuchamos la lectura un rato más, hasta que no podemos seguir escuchando, ni manejando, ni estar un minuto más sentados. Encontramos un motel en un pueblo llamado Damasco, cerca de la frontera entre Virginia y Tennessee. No tengo idea de por qué se llama así el pueblo, pero, al entrar al estacionamiento y ver el letrero que dice Wi-Fi gratis y TV por cable, me queda claro que algunas apropiaciones de nombres son más perturbadoras que otras.

Afuera del cuarto de motel, mientras los otros se preparan para dormir, me lío un cigarro y trato de llamar por teléfono a Manuela. No contesta, pero le dejo un mensaje preguntándole cómo va avanzando lo del caso, y le digo que me llame cuando tenga un tiempo.

ARCO NARRATIVO

A la mañana siguiente, la niña le pide crayolas y hojas al mesero mientras esperamos nuestros desayunos en una cabina del diner, y luego me pide que le dibuje cuatro rectángulos y que les ponga título, como hice en la cabaña el otro día.

Te los dibujo, le digo, pero sólo si me dejas hacerte un poco más difícil el juego.

¿Cómo?, me pregunta la niña, escéptica.

Te dibujo ocho rectángulos en vez de cuatro, y tú decides qué hacer con el resto.

No está nada convencida, rezonga, cruza los brazos y clava los codos en la mesa. Pero cuando su hermano dice que él quiere intentarlo, ella por fin cede:

Está bien, ya, está bien, ocho rectángulos.

Mi esposo lee el periódico y los niños se concentran en sus dibujos, arman una trama más compleja, resuelven cómo acomodar y reacomodar la información en un espacio dividido en ocho.

Cuando asistía a las audiencias en la Corte de Inmigración en Nueva York, y escuchaba y grababa los testimonios de varios niños, con la grabadora escondida bajo un suéter en mi regazo, sentía que sabía exactamente lo que estaba haciendo y por qué. Al transitar por los pasillos, las oficinas o las salas de espera, grabadora en mano, hablando con abogados, sacerdotes, policías, ciudadanos comunes, recolectando los sonidos de la realidad legal, confiaba en que tarde o temprano entendería cómo ordenar todas las piezas para contar una historia significativa. Pero en cuanto le daba stop a mi equipo de grabación, guardaba todas mis cosas en el bolso y me iba a casa, todo el impulso y la certeza que había albergado se disolvían lentamente. Y cuando escuchaba de nuevo el material grabado, pensando en las posibles maneras de editarlo en una secuencia narrativa, me inundaban las dudas y los problemas, me paralizaban la indecisión y las preocupaciones constantes.

La comida llega, finalmente, pero a los niños no les interesa. Están demasiado ocupados decidiendo qué hacer con sus últimos recuadros. Los observo con orgullo y quizás con un poco de envidia: un sentimiento infantil, como si deseara tener también yo una crayola y participar en el reto de la historia en ocho viñetas. Me pregunto cómo distribuiría, en ocho recuadros, todas mis preocupaciones.

Preocupación política: ¿Cómo puede un documental radiofónico contribuir a que más menores indocumentados obtengan asilo? Problema estético: Por otro lado, ¿por qué una pieza sonora, o cualquier otro modo de contar historias, para el caso, tendría que ser un medio para alcanzar un fin? Ya debería saber, a estas alturas, que el instrumentalismo, aplicado al arte, sólo garantiza pésimos resultados: material ligero y didáctico, novelas moralistas para jóvenes adultos, arte aburrido en general. Duda profesional: Al mismo tiempo, ¿no sucede a menudo que aquello del arte por el arte es sólo un ridículo despliegue de arrogancia y onanismo intelectual? Preocupación ética: ¿Y por qué se me ocurre siquiera que puedo o que debo hacer arte a partir del sufrimiento ajeno? Preocupación pragmática: ¿No debería más bien limitarme a documentar, sin más, como la periodista seria que era cuando empecé a trabajar en radio y producción sonora? Preocupación realista: Quizás lo mejor sería mantener las historias de los niños tan lejos de los medios como sea posible, en cualquier caso, ya que conforme más atención mediática recibe un asunto polémico, más susceptible se vuelve de politizarse, y en estos tiempos que corren un asunto politizado, lejos de producir un debate urgente y comprometido en la arena pública, se convierte en una baza utilizada frívolamente por los partidos para hacer avanzar sus intereses. Preocupaciones constantes: la apropiación cultural, orinar fuera de la bacinica, quién soy yo para contar esta historia, microgestión de las políticas identitarias, parcialidad extrema, ¿estoy demasiado enojada? ¿He sido colonizada intelectualmente por categorías occidentales, blancas y anglosajonas? ¿Cuál es el uso correcto de los pronombres personales? Que no se te pase la mano con los adjetivos. Y ¿a quién le importa una chingada si los verbos preposicionales son caprichosos?

CÓPULA Y CÚPULA

El papá de los niños quiere que escuchemos Appalachian Spring, de Aaron Copland, mientras recorremos la sinuosa carretera que atraviesa el Bosque Nacional Cherokee en dirección a Asheville, Carolina del Norte. Piensa que sería ilustrativo. Así que abro la ventanilla, respiro el aire de la montaña y accedo a buscar la pieza en mi celular. Cuando por fin recibo un poco de señal, encuentro una grabación —al parecer la primera— de 1945, y le doy play.

Durante varios kilómetros, conforme ascendemos hacia la cúspide de la cordillera y perseguimos el horizonte, vamos escuchando Appalachian Spring una y otra vez, y luego una vez más. Mi esposo me indica que ponga pausa, play y pausa de nuevo mientras les explica a los niños cada elemento de la pieza: el tempo, los vínculos tonales entre cada movimiento, la estructura general de la composición. Les dice que se trata de una pieza programática, y que habla de unos ojosblancos que se casan, se reproducen y conquistan nuevos territorios, y que luego expulsan a los indios americanos de su tierra. Explica, también, en qué consiste una composición programática, cómo cuenta una historia, cómo cada sección de instrumentos en la orquesta —alientos, cuerdas, percusión— representa a un personaje en específico, y cómo los instrumentos interactúan como si fueran personas: hablan, se enamoran, pelean y se reconcilian.

¿O sea que los instrumentos de viento son los indios americanos y los violines son los malos?, pregunta la niña.

Mi esposo asiente con la cabeza.

¿Pero qué son los malos en realidad, papá?, pregunta ella de nuevo, exigiendo más detalles para acomodar toda la información en su cabecita.

¿Qué quieres decir?

Que qué son. ¿Osos, o vaqueros, o bacterias…?

Son vaqueros y vaqueras republicanos, le responde mi esposo.

La niña considera la respuesta mientras los violines tocan una nota más alta, y finalmente concluye:

Bueno, yo soy una niña vaquera, a veces, pero jamás república.

Entonces, pa —el niño busca confirmación—, ¿esta canción que estamos oyendo sucede en las montañas donde estamos ahorita?

Así es, dice su padre.

Y luego, en vez de ayudar a que los niños entiendan el asunto con un mayor nivel de detalle histórico, mi esposo añade una coda pedante:

Salvo que no se le llama canción. Se le dice simplemente pieza, o más bien suite.

Y mientras explica las diferencias precisas entre esas tres cosas —canción, pieza, suite—, yo dejo de escucharlo y me concentro en la pantalla estrellada de mi pequeño teléfono, en donde escribo «Copland Appalachian» y encuentro una página de apariencia más o menos oficial que contradice toda la explicación de mi esposo, o al menos una buena parte. Es verdad que la pieza de Copland es sobre gente que se casa, se reproduce y demás, pero no es para nada una pieza política sobre los indios americanos y los ojosblancos, y los violines de la orquesta no son, de ninguna manera, republicanos. Appalachian Song de Copland es un ballet sobre una boda entre dos jóvenes y esperanzados pioneros del siglo XIX que —al final— se vuelven viejos y pierden la esperanza. Más que una pieza política sobre cómo estos dos pioneros se jodieron a los indios americanos —práctica extendida, sin duda, en aquellos tiempos, y vigente hoy en día, aunque de otro modo—, se trata de un simple ballet. Un ballet sobre dos pioneros que 1) desean secretamente coger entre sí, y 2) al final, quién sabe por qué, desean públicamente chingarse uno al otro.

Encuentro un video del ballet, con coreografía e interpretación de Martha Graham. Antes de que comience, una voz lee las siguientes palabras, escritas por Isamu Noguchi, que diseñó y esculpió toda la utilería para la pieza: «Hay un júbilo de ver la escultura cobrar vida en el escenario en su propio mundo de tiempo atemporal. Luego el aire se carga de sentido y emoción, y la forma juega un papel esencial en la recreación de un rito. El teatro es una ceremonia; la actuación es un ritual». Pienso en nuestros hijos y en cómo ellos, al jugar en el asiento trasero, recrean constantemente algunos fragmentos e instantes de las historias que escuchan. Y me pregunto qué tipo de mundo y qué «tiempo atemporal» cobra vida en sus actuaciones y en sus rituales privados. Lo que me queda claro, en todo caso, es que todo lo que recrean, en el asiento trasero del coche, en efecto carga nuestro mundo, si no de «sentido y emoción», sí por lo menos de una electricidad peculiar.

El cuerpo pequeño y compacto de Martha Graham, en el video de la coreografía, se mueve con fluidez. Va narrando la vida interior de los personajes con un léxico corporal preciso —contracción, relajación, espiral, caída, recuperación—, hilando todos sus movimientos para construir frases claras. Baila las frases tan impecablemente que parecen deletrear un significado preciso, aunque el significado se disuelve si se intenta traducir en palabras, como sucede generalmente cuando se intenta verbalizar la danza.

Poco a poco, al ver la filmación del ballet y su recreación de un ritual, comienzo a entender una de las capas más profundas de la historia que Copland cuenta en su pieza —sobre cómo el fracaso de la mayoría de los matrimonios se puede explicar como el cambio de un verbo transitivo (coger con alguien) a una expresión con verbo reflexivo (chingarse a alguien)—. Graham se contrae, empuja la pelvis hacia el torso y traza una espiral hacia el lado derecho de su cuerpo. Sus hombros continúan esa espiral mientras el cuello y la cabeza quedan atrás, en contrapunto con el resto de su masa corporal. Una vez que el cuerpo ha alcanzado su límite de contorsión, Graham proyecta la pierna derecha hacia delante, luego lanza su pierna izquierda hacia arriba y cae al suelo en una sola secuencia: amortiza el peso del cuerpo con el pie; luego el tobillo; luego la parte externa del músculo de la pantorrilla, y finalmente la rodilla. Todo su torso reacciona a la caída, fingiendo una especie de desmayo sobre la pierna flexionada, los brazos estirados al frente, el cuerpo extendido sobre el suelo de madera oscura del escenario. El cuerpo de Graham, en este momento de la coreografía, se parece a una de las abstracciones tardías de Noguchi: una piedra que es también un líquido. Queda vencida, descoyuntada, completamente hecha mierda tras recrear el ritual salvaje y cotidiano de un matrimonio que se quiebra.

La generosidad en el matrimonio, la generosidad real y sostenida, no es un asunto sencillo. Sé que no he sido generosa con el futuro proyecto de mi esposo. De hecho, he intentado chingarlo al respecto todo el tiempo. El problema —mi problema— es que probablemente sigo enamorada de él, o al menos soy incapaz de imaginar la vida sin ser testigo de la coreografía cotidiana de su presencia: esa manera suya, distraída y reservada, a veces imprudente pero del todo encantadora de caminar por un espacio mientras graba sonidos, y la grave expresión de su rostro cuando escucha de nueva cuenta el material sampleado; sus piernas hermosas y demasiado largas, muy morenas y huesudas; la parte alta y ligeramente curva de su espalda; los pequeños cabellos rizados de su nuca y sus patillas largas; su proceso, intuitivo, suave y medio salvaje a la vez, para hacer el café por las mañanas, para editar sus piezas sonoras, y para hacerme el amor, a veces. Hacia el final de la secuencia, Graham se contrae para levantarse de nuevo en vertical, y justo cuando su pierna izquierda traza una espiral hacia el frente, sirviéndose de la plataforma plana de su pie fornido para levantarse, se va la señal de internet y me pierdo el resto del video.

ALEGORÍA

No esperábamos encontrar lo que encontramos al llegar a Asheville esa tarde. Pensábamos, con ignorancia y un poco de condescendencia, que íbamos a dar con un pueblito desolado. En vez de eso, llegamos a una ciudad chica pero vibrante y agitada. A lo largo de la calle principal, bien arreglada y franqueada de arbolitos, las vitrinas de las tiendas de antigüedades parecen llenas de promesas futuras, aunque no sabría decir de qué tipo —promesas, quizá, de amueblar vidas futuras imaginarias—. En las terrazas de los cafés vemos jóvenes pálidos con barbas largas, y mujeres con el pelo suelto y pecas en el escote.

Los vemos beber cerveza en frascos de mermelada, fumar tabaco de liar, fruncir el ceño con aire filosófico. Todos parecen actores de una película de Éric Rohmer, que fingen que es perfectamente normal —a pesar de ser demasiado jóvenes y demasiado bellos— participar en una discusión profunda sobre cosas como la mortalidad, el ateísmo, las matemáticas y tal vez Blaise Pascal. A lo largo de las banquetas vemos también lánguidos drogadictos con cara de camello que sostienen letreros de cartón y se acurrucan junto a sus bulldogs robustos. Vemos Hells Angels reformados, con cruces que cuelgan plúmbeas en sus pechos peludos y encanecidos. Vemos, en las cafeterías, grandes máquinas italianas que producen café fino. Me pregunto qué tipo de rapsodia compondría Thomas Wolfe sobre el Asheville de hoy. Por último, vemos una librería y decidimos entrar.

No bien cruzamos el umbral, notamos que hay un club del libro sesionando. Asumimos, los cuatro, el respetuoso y discreto papel de los espectadores que entran al teatro ya comenzada la obra. Los niños encuentran dos pequeñas sillas para sentarse en la sección infantil, y mi esposo se concentra en la sección de Historia. Yo deambulo lentamente entre las estanterías, acercándome poco a poco a la reunión del club del libro. Están comentando un volumen grueso, colocado verticalmente en el centro de la mesa como un tótem. Impresa en un póster junto al libro, se ve la cara de un hombre atractivo, demasiado atractivo tal vez: el cabello alborotado, semblante curtido por el clima, ojos melancólicos, un cigarrillo sostenido entre los dedos.

No me gusta reconocerlo, pero hay caras como ésa que me recuerdan, de manera abstracta, a cierta cara que alguna vez amé, la cara de un hombre que quizás no me correspondía en ese amor, pero con quien al menos tuve una hija antes de que él desapareciera. Esa cara tal vez me recuerda, además, a los hombres futuros que podría llegar a amar y que podrían amarme, aunque quizás no tendré suficientes vidas para intentarlo. Hombres cuyos cuartos son austeros, cuyas camisetas están calculadamente deshilachadas del cuello, cuyas notas escritas a mano están llenas de letras pequeñas y torcidas, como batallones de hormigas que intentan conformar algún significado, porque nunca aprendieron buena caligrafía. Hombres cuya conversación no siempre es inteligente pero sí viva. Hombres que llegan como una catástrofe natural, luego se marchan. Hombres que producen un vacío hacia el que tiendo a gravitar. Los hombres del pasado son iguales a los hombres del futuro, en cualquier caso.

A pesar de las repeticiones cotidianas, dice un miembro del club del libro con aire de docta suficiencia, el autor logra articular el valor de lo real.

Sí, dice otro asistente del club del libro, como en la escena del matrimonio.

Estoy de acuerdo, dice una mujer joven. Se trata de ir labrando el detalle del día a día y de encontrar la médula de lo real en el corazón mismo del aburrimiento.

La mujer tiene ojos hipertiroideos y unas manos huesudas que se aferran con ansiedad a su ejemplar del libro.

Yo creo que más bien es sobre la imposibilidad de la ficción en la era de la no-ficción, dice una mujer de voz suave cuya contribución pasa inadvertida.

Más que un club del libro, la reunión suena como a un seminario de posgrado. No entiendo nada de lo que dicen. Tomo un libro de una estantería, al azar. Es de Kafka. Lo abro y leo: «Miedo de la noche. Miedo de la no-noche». Inmediatamente pienso que debería comprar este libro, hoy mismo. Ahora hay un hombre mayor hablando ante el grupo, y entona como si estuviera a punto de ofrecer la exégesis definitiva:

El libro presenta la verdad como una mercancía, y cuestiona el valor de cambio de presentar la verdad como ficción, y a su vez, el valor añadido de la ficción cuando ésta se presenta como si fuese no-ficción.

Repito la frase en mi cabeza, tratando de entenderla mejor, pero me pierdo en la parte de «a su vez». Yo estudié una licenciatura, aunque sólo durante un tiempo, con profesores que hablaban así. Me reventaba la paciencia ese lenguaje autoindulgente, como animado por anfetaminas, rizomático y tantas veces vacío. Pero al espiar entre los estantes, descubro que el hombre que acaba de hablar se parece menos a mis profesores y más a los jóvenes post-post-marxistas, aspirantes a académicos, con quienes estudié y me acosté con tanto placer durante mi breve paso por la universidad, y de pronto siento una simpatía total por él. Otro miembro del club continúa:

Leí en un blog que el autor se volvió adicto a los opioides después de escribir esto; ¿saben si es verdad?

Algunos asienten. Algunos sorben sus botellas de agua. Algunos hojean sus ajados ejemplares del libro. El acuerdo entre ellos parece ser que el valor de la novela que discuten está en que no es una novela. En que es ficción y al mismo tiempo no lo es.

Abro de nuevo el libro de Kafka, en cualquier página: «Mis dudas se levantan en círculo alrededor de cada palabra, las veo antes que la palabra».

Nunca le he pedido una recomendación a un librero. Revelar mis deseos y expectativas ante un extraño cuya única conexión conmigo es, de manera abstracta, el libro, me resulta demasiado parecido a la confesión católica —a una versión ligeramente más intelectual de ésta—. Querido librero: me gustaría leer una novela sobre la búsqueda banal del deseo concupiscible, que en última instancia le reporta sólo infelicidad a aquellos que lo persiguen, y a todos los que los rodean. Una novela sobre una pareja en donde cada uno intenta deshacerse del otro, y al mismo tiempo intenta, desesperadamente, salvar a la pequeña tribu que han creado juntos, con cuidado, amor y no poco trabajo. Están desesperados y confundidos, querido librero; no los juzgue. Necesito una novela sobre dos personas que simplemente han dejado de entenderse, porque han elegido dejar de entenderse. Que salga un hombre que sabe cómo desenredarle el pelo a su mujer, pero que una mañana decide no hacerlo más, tal vez porque de pronto le interesa el cabello de otra mujer, tal vez porque se ha cansado, sin más. Que salga una mujer que decide irse, bien alejándose poco a poco o bien con un elegante y triste coup de dés. Una novela sobre una mujer que se va antes de perder algo, como la mujer en la novela de Nathalie Léger que estoy leyendo, o como Sontag a sus veintitantos. Una mujer que empieza a enamorarse de desconocidos, probablemente por la simple razón de que son desconocidos. Hay dos amantes que pierden la capacidad de reírse cuando están juntos. Un hombre y una mujer que a veces se odian, y que terminarán por asfixiar el último soplo de inocencia que hay en el otro a menos que algo en su interior los detenga a tiempo. Una novela con una pareja que sólo conversa para volver a escenificar, una otra vez, sus desencuentros pasados, capas y más capas de desencuentros, que forman juntos una piedra enorme de resentimientos. Querido librero, ¿conoce usted el mito de Sísifo? ¿Tiene alguna versión? ¿Algún antídoto? ¿Algún consejo? ¿Una cama que le sobre?

¿Tiene algún buen mapa de la zona suroeste de los Estados Unidos?, le pregunto finalmente al librero.

Compramos el mapa que nos recomienda —detallado y gigante—, aunque lo cierto es que no necesitamos otro mapa. Mi esposo compra un libro sobre la historia de los caballos, el niño escoge una edición ilustrada de El señor de las moscas de Golding, para acompañar el audiolibro que hemos estado escuchando, y la niña un libro titulado El libro sin dibujos. Yo no compro el libro de Kafka, pero sí uno con los trabajos fotográficos de Emmet Gowin, que apenas hojeé de pasada pero que estaba en exhibición en la caja y me pareció-de-pronto-indispensable. Es un libro demasiado grande como para caber en nuestras cajas de archivo, así que por el momento vivirá bajo mis pies en el asiento del copiloto. También compro El amante, de Marguerite Duras, que leí a los diecinueve años, y también el guion de Hiroshima mon amour anotado por Duras y con imágenes de la película de Resnais.

PUNTO DE VISTA

Al día siguiente, por fin, el niño aprende a usar bien la cámara Polaroid. Es casi mediodía y paramos en una gasolinera a las afueras de Asheville. El niño y yo estamos de pie junto al coche mientras su padre llena el tanque y revisa las llantas. He sacado, de la parte superior de mi caja, el pequeño libro rojo titulado Elegías para los niños perdidos para meter la foto. El niño apunta la cámara, enfoca y dispara, y tan pronto como la foto sale del aparato, la mete entre las páginas del libro rojo, que yo le detengo abierto entre mis manos. Nos subimos de nuevo al coche y durante los siguientes quince o veinte minutos, mientras salimos de Asheville por la Ruta 40, en dirección a Knoxville, el niño permanece sentado en silencio con el libro rojo sobre las piernas, como si cuidara de un cachorro dormido.

Mientras esperamos, hojeo distraídamente el libro de Emmet Gowin. Su forma de documentar personas y paisajes me produce una extraña pero placentera sensación de vacío y aburrimiento. En algún lugar leí, probablemente en un texto de museo, que Gowin decía que, en la fotografía de paisaje, tanto la mente como el corazón necesitan tiempo para encontrar su lugar justo. Tal vez porque su nombre, Emmet, es un poco raro, siempre creí que Gowin era mujer, hasta que me enteré de que era hombre. Después de eso me siguió gustando su obra, aunque tal vez menos que antes. Pero de todas formas me gustaba más que Robert Frank, Kerouac y todos los demás que han intentado comprender este paisaje, quizás porque Gowin se toma su tiempo para mirar las cosas, en vez de imponerles su punto de vista. Gowin observa a las personas, olvidadas y salvajes; les permite acercarse a la cámara con todo su deseo, su frustración y desesperación, sus deformaciones y su inocencia. También observa los paisajes. Los paisajes que fotografía se vuelven visibles más lentamente que sus retratos familiares. Son menos contundentes a primera vista, y mucho más sutiles. Sólo después de mirarlos durante un rato, conteniendo el aliento, adquieren su verdadero significado, como cuando atravesamos un túnel en el coche, contenemos la respiración supersticiosamente y, cuando alcanzamos el final del túnel, el mundo se abre ante nosotros, inmenso e inasible: silencio.

La fotografía del niño sale perfecta esta vez. Me la pasa desde el asiento trasero, emocionado:

¡Mira, mamá!

Un pequeño documento perfecto, rectangular y en sepia: dos bombas despachadoras de gasolina sin plomo y, al fondo, una hilera de pinos de los Apalaches, sin kudzu. Un índice, no tanto de las cosas fotografiadas, sino más bien del instante en el que el niño aprendió a fotografiarlas.

SINTAXIS

Las cumbres de las Great Smoky Mountains son visibles sólo a medias, se alzan ominosas y espectrales en la distancia, cubiertas por una neblina que parece emanar de ellas. Es temprano por la tarde y los niños duermen en el asiento trasero. Le cuento a mi esposo una historia de mis padres, una historia que yo misma he escuchado muchas veces a lo largo de mi vida, aunque sólo desde la perspectiva de mi madre. A comienzos de los ochenta viajaron a la India. Eran jóvenes, se amaban, todavía no se habían casado. Hicieron una escala de veinticuatro horas en Londres, de camino a Delhi, y durmieron en casa de un amigo. Este amigo trabajaba en la industria tecnológica y tenía el prototipo de un reproductor de discos compactos que sería lanzado al mercado mundial, con éxito, unos años más tarde. A la mañana siguiente, antes de que mis padres salieran otra vez rumbo al aeropuerto, su amigo les dio el reproductor de discos compactos, y también unos audífonos, y el único disco que tenía. El trato era que le devolverían todo aquello a su regreso de la India.

Durante la primera parte del viaje no usaron el reproductor porque no encendía. Pero después, en un hotel junto al Ganges, en Varanasi —mis padres le siguen diciendo Benarés—, mi padre se acostó en el catre y estuvo peleando con el aparato hasta que descubrió cómo hacerlo funcionar. Había que dar vuelta a las pilas, nada más, alineando los polos positivos y negativos. En el camino de Varanasi a Katmandú, en un autobús nocturno en el que no durmieron nada, mis padres se turnaron el aparato; escuchaban la música extasiados, mirando por la oscura ventanilla, tarareando, silbando, señalando, contando estrellas, tal vez, hablándole al otro en voz muy alta cuando tenían los audífonos puestos mientras el autobús ascendía cada vez más alto. En Katmandú casi no usaron el reproductor: había demasiadas cosas a su alrededor que pedían ser escuchadas, demasiado por absorber, fotografiar, anotar.

Unos días más tarde, siguieron camino desde Katmandú hacia un pequeño pueblo a las faldas del Himalaya. Ahí acamparon y probablemente hicieron el amor (aunque esta parte me cuesta imaginar). Se tomaron varias fotos que deben estar todavía en algún baúl en el sótano de alguna casa. Ante las majestuosas montañas envueltas en bruma, un día, al amanecer, hicieron una fogata, prepararon café y sacaron el reproductor de discos compactos de la mochila. Estaban sentados sobre la hierba escarchada, las espaldas contra la tienda de campaña, el sol asomándose en el horizonte montañoso. Primero fue el turno de mi madre con el reproductor, luego el de mi padre. Y entonces, en mitad de ese instante casi sagrado que compartían pero que quizá no compartían del todo, mi padre, con los ojos cerrados, dijo un nombre. No era el nombre de mi madre, ni el de su madre, ni parecía ser el nombre de la madre de nadie. Era el nombre de una desconocida, de una mujer, de otra mujer. Fue sólo una palabra, una palabra mínima. Pero una palabra cargada e imprevista, una fría verdad que cayó súbitamente desde el cielo, golpeando, abriendo una grieta, partiendo la tierra sobre la que se encontraban ambos. Mi madre arrancó entonces el reproductor de CD de las manos de mi padre, los audífonos de sus orejas, y caminó hasta unas rocas, contra las que lanzó el aparato. Cables, pedazos, baterías: el reproductor de CD estaba destrozado, mutilado, deshecho, su corazón electrónico reventado contra el Himalaya nepalí. El disco que había dentro sobrevivió, intacto.

¿Qué disco era?, pregunta mi marido.

Nunca he sabido.

¿Y luego qué pasó?

Luego nada. Volaron de regreso a Londres y le devolvieron el aparato roto a su amigo.

¿Pero qué le dijeron al amigo?

Ni idea. Me imagino que le pidieron perdón.

¿Y luego?

Se casaron, nos tuvieron a mi hermana y a mí, en algún punto se divorciaron y vivieron felices para siempre.

RITMO Y MÉTRICA

Hemos bajado al fin de las Great Smoky Mountains y nos acercamos a un valle poblado. El paisaje cambia tan dramáticamente que es difícil creer que se trata del mismo país, del mismo planeta. En menos de una hora, pasamos de las neblinosas cumbres en tonos de verde, azul, y morado, a una sucesión de estacionamientos descubiertos, enormes y en su mayoría vacíos, que rodean a sus respectivos moteles, hoteles, restaurantes, supermercados y farmacias (la relación entre espacio destinado a los coches y el espacio para seres humanos se inclina ominosamente en favor de los primeros). Hacemos una breve escala para comer un almuerzo tardío en un lugar llamado Dolly Parton’s Stampede, y nos aseguramos de irnos antes de que empiece el espectáculo de la tarde, que, según se anuncia en el menú, incluye música, comedia, fuegos artificiales y animales vivos.

De regreso en el coche, los niños exigen que pongamos un audiolibro. El niño quiere seguir escuchando El señor de las moscas.

«Al despertarse en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos…», dice la voz masculina cada vez que conecto mi teléfono al sistema de sonido del coche. Supongo que es porque La carretera de McCarthy es el primero en la lista de reproducción, pero no logro descifrar por qué comienza a sonar en automático, como un juguete diabólico. Los niños se quejan desde el asiento trasero. Le pongo stop y les pido que tengan paciencia mientras busco El señor de las moscas.

La niña dice que no quiere seguir oyendo esa historia, que no la entiende, y que además, cuando sí la entiende le da miedo. El niño le dice que se calle, que sea más madura y aprenda a escuchar historias. Le dice, también, que El señor de las moscas es un clásico, y que tiene que entender los clásicos si quiere llegar a entender cualquier otra cosa. Yo tengo el impulso de preguntarle al niño de dónde sacó eso, pero no lo hago, por el momento. A veces me pregunto si los niños, en efecto, entienden algo de El señor de las moscas, o incluso si deberían entenderla. Tal vez los exponemos demasiado —a demasiado mundo—. Y tal vez esperamos demasiado, esperamos que entiendan cosas que quizá no están listos para entender.

Cuando mi esposo y yo empezamos a trabajar en el proyecto del paisaje sonoro de la ciudad, hace cuatro años, entrevistamos a un hombre llamado Stephen Haff. En la planta baja de un edificio en Brooklyn, Haff había creado una escuela de un solo salón y la había llamado Aguas Quietas en la Tormenta. Sus alumnos, inmigrantes o hijos de inmigrantes, la mayoría de origen hispano, tenían entre cinco y diecisiete años, y él les enseñaba latín, música clásica, y literatura. Les enseñaba a leer poesía, a entender el ritmo y la métrica. Cuando lo entrevistamos, sus alumnos estaban trabajando en una traducción colectiva de Don Quijote, del español al inglés. Pero, en su versión, Don Quijote no era un viejito español sino un grupo de niños que habían migrado de América Latina a los Estados Unidos. Supongo que se requiere de valor y un poco de locura para hacer algo así. Y en especial, pensé entonces y sigo pensándolo, se requiere claridad y humildad para entender que los niños pueden perfectamente aprender latín o traducir a Cervantes. Durante una sesión de registro para el paisaje sonoro, mi esposo y yo grabamos a una de las alumnas más pequeñas, de ocho o nueve años, que discutía apasionadamente con los demás sobre la mejor manera de traducir una canción que canta Cardenio en el bosque, cuando el cura y el barbero andan buscando a Don Quijote, disfrazados de escudero y de doncella:

¿Quién mejorará mi suerte?

La muerte.

Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?

Mudanza.

Y sus males, ¿quién los cura?

Locura.

De ese modo, no es cordura

querer curar la pasión,

cuando los remedios son

muerte, mudanza y locura.

Se sabía los versos de memoria. Supongo que después de escuchar a aquella niña, ambos decidimos, aunque en realidad nunca lo hablamos, que teníamos que tratar a nuestros hijos no como destinatarios imperfectos de un saber más elevado, que nosotros, los adultos, debíamos transmitirles en dosis pequeñas y edulcoradas, sino como nuestros iguales desde el punto de vista intelectual. A pesar de que éramos los guardianes de la imaginación de nuestros hijos, y de que era nuestro deber proteger su derecho a transitar suavemente desde la inocencia hacia realidades cada vez más arduas, eran al mismo tiempo nuestros compañeros de viaje en la tormenta junto a quienes luchábamos por encontrar un remanso de aguas calmas.

Encuentro por fin el archivo de El señor de las moscas y le doy play para seguir donde nos habíamos quedado la última vez. Alguien había pisado los lentes de Piggy, destrozándolos. Sin ellos, el pobre estaba perdido: «El mundo, aquel mundo comprensible y legislado, estaba desapareciendo», dice la voz de Golding. Mientras se pone el sol y atravesamos Knoxville, decidimos dormir en algún motel alejado de la ciudad, quizás a medio camino entre Knoxville y Nashville. Estamos cansados de mundo y no queremos interactuar con demasiada gente.

CLÍMAX

No hay clímax a menos que haya sexo, o a menos que haya un arco narrativo reconocible: comienzo, desarrollo, fin.

En nuestra historia hubo mucho sexo, durante algún tiempo, pero nunca una narrativa clara. Ahora, si hubiera sexo tendría que ser en un cuarto de motel, con los niños durmiendo en la cama de junto. Como cantar dentro de una botella. Yo no quiero; mi esposo, sí. Me va a bajar pronto, y una vez una curandera me dijo que, cuando una pareja coge justo antes de que a la mujer le baje la regla, emerge cierta violencia entre ellos. Por supuesto no creo que esto ocurra, pero lo uso como excusa, y mejor propongo que juguemos a los nombres. Mi esposo dice el nombre de alguna conocida nuestra:

Natalia.

Está bien, Natalia.

¿Te gustan sus tetas?

Un poco.

¿Sólo un poco?

Me encantan.

¿Cómo son?

Más grandes que las mías, más redondas.

¿Y sus pezones?

Mucho más claros que los míos.

¿A qué huelen?

A piel.

¿Te gustaría tocarla ahora?

Sí.

¿Dónde?

La cintura, los vellos del cóccix, el interior de sus muslos.

¿Alguna vez la has besado?

Sí.

¿Dónde?

En un sofá.

¿Pero en qué parte del cuerpo?

En la cara.

¿Cómo es su cara?

Pecosa, angulosa, delgada.

¿Y sus ojos?

Pequeños, valientes, color miel.

¿Su nariz?

Andina.

¿Boca?

Monica Vitti.

Al terminar el juego mi esposo está, tal vez, enojado, pero también caliente, y yo estoy caliente, pero no por él: pienso en otro cuerpo.

Mi esposo se gira hacia su lado de la cama, dándome la espalda, y yo enciendo la lámpara del buró. Examino detenidamente mis dos nuevos libros de Marguerite Duras mientras él se retuerce esporádicamente bajo las sábanas, como quejándose en silencio. En la traducción al inglés de El amante, Duras describe su joven rostro como «destroyed». Me pregunto si no debería decir más bien «devastated» o incluso «unmade», «deshecho», como una cama después del sexo. Mi esposo tira de las sábanas. Me parece que la palabra que Duras usa en francés es «défait» (deshecho) aunque también podría ser «détruit».

No creo que sea verdad que llegamos a conocer y memorizar por completo los rostros y los cuerpos que amamos; ni siquiera aquellos cuerpos con los que dormimos cada día, y con los que hacemos el amor casi diario. Sé que alguna vez me quedé viendo las pecas del hombro izquierdo de Natalia y pensé que las conocía, cada posible constelación que trazaban. Pero en realidad no recuerdo si era el hombro izquierdo o el derecho, o si las pecas eran más bien lunares, o si al unir los puntos se creaba el mapa de Australia, la huella de un gato o el esqueleto de un pescado, y a decir verdad todo ese rollo lírico sólo tuvo sentido mientras la persona en sí ocupó un lugar particular en nosotros.

Ir a la siguiente página

Report Page