Desierto sonoro

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Primera parte » Desaparecidos

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DESAPARECIDOS

Un espacio fronterizo es un lugar vago e indeterminado creado por el residuo emocional de un límite no natural. Es un estado constante de transición. Sus habitantes son los prohibidos y los proscritos.

GLORIA ANZALDÚA

Más te vale nunca ver ángeles en la reserva. Si los ves, será que vienen a expulsarte hacia Zion o hacia Oklahoma, o hacia algún otro infierno que hayan trazado para nosotros.

NATALIE DIAZ

VELOCIDAD

Destellos de aluminio y neón blanco, los postes de luz sembrados a orillas de la carretera. Vamos tendidos, somos el único coche. El sol se asoma a nuestras espaldas, emerge de la capa de asfalto en el extremo este de la Autopista 50. Manejamos en dirección este, por Arkansas, y las rejas de los ranchos se extienden hacia adelante y hacia atrás, más allá de donde la vista alcanza. Detrás de las rejas, en esos ranchos, hay, quizás, personas leyendo, durmiendo, cogiendo, llorando, viendo televisión. Personas viendo las noticias o reality shows, vigilando, cuidando quizás —al hijo enfermo, la madre moribunda, la vaca pariendo, los huevos abriéndose—. Miro a través del cristal de la ventana, y me pregunto quiénes son, de qué hablan, qué pensamientos los atormentan.

Mi teléfono suena cuando vamos atravesando un campo de soya. Es Manuela, que me llama por fin. La última vez que hablé con ella fue hace casi tres semanas, creo, justo antes de que saliéramos de la ciudad. No tiene buenas noticias. El juez falló en contra de la petición de asilo que el abogado había interpuesto por sus hijas. A raíz de eso, el abogado abandonó el caso. A Manuela le dijeron que ambas niñas serían transferidas desde el centro de detención donde habían estado esperando, en Nuevo México, hasta otro centro en Arizona, desde donde serían deportadas. Pero justo el día en que debían ser transferidas, desaparecieron.

¿Cómo que desaparecieron?, le pregunto.

El oficial de migración que la llamó para darle la noticia le dijo que habían puesto a las niñas en un avión con destino a la Ciudad de México. Pero las niñas nunca llegaron. El hermano de Manuela había viajado de Oaxaca a la capital y las había esperado en el aeropuerto durante cuatro horas, pero no las había visto salir por la puerta de llegadas.

No entiendo, le digo. ¿Dónde están las niñas ahora?

Ella me dice que no lo sabe, que todas las personas con las que ha hablado le dicen que sus hijas siguen, probablemente, en el centro de detención. Todo el mundo le dice que espere, que sea paciente. Pero ella piensa que sus hijas no están en ningún centro de detención. Dice que está segura de que se escaparon, que quizás alguien en el centro de detención, una persona amigable, les ayudó a escapar, y que posiblemente ambas van, en ese momento, rumbo adonde está ella.

¿Por qué crees eso?, le pregunto, con la sospecha de que quizás está perdiendo sentido de realidad.

Porque conozco a mi sangre, responde.

Me dice que está esperando a que alguien la llame con noticias. Después de todo, las niñas deben tener todavía sus vestidos, o sea que tienen también su número de teléfono. Yo no la interrogo más al respecto, pero sí le pregunto:

¿Qué vas a hacer ahora?

Buscarlas.

¿Y cómo puedo ayudarte?

Tras una breve pausa, me dice:

No puedes, por ahora. Pero si llegas a Nuevo México o a Arizona, me ayudas a buscarlas.

VIGILIA

Unos meses antes de que saliéramos en este viaje, durante un periodo en el que yo iba semanalmente a la Corte Federal de Inmigración en Nueva York, conocí a un cura, el padre Juan Carlos. Dado que estudié en un internado anglicano para niñas, nunca he sentido demasiado aprecio por los curas, las monjas ni la religión en general. Pero este cura me cayó bien de inmediato. Nos conocimos a la entrada de la corte migratoria. Yo estaba formada, esperando para acceder al edificio; él estaba parado a un costado de la fila, llevaba lentes oscuros a pesar de que era demasiado temprano para usar lentes oscuros, y repartía volantes sonriéndole a todo el mundo.

Tomé uno de sus volantes y leí la información. Si corres riesgo de ser deportado, decía, podías ir a su iglesia cualquier fin de semana y apuntarte para el programa de asistencia de santuario. Y si algún miembro de tu familia era indocumentado y había desaparecido, podías contactar a su organización a cualquier hora, llamando al número de emergencia anotado al calce. Lo llamé al día siguiente y le dije que no tenía ninguna emergencia, pero quería saber de qué se trataban sus volantes. Quizás porque era un sacerdote, su explicación fue más alegórica que práctica, pero al final de nuestra conversación me invitó a reunirme, al siguiente jueves, con él y otras personas para una vigilia semanal.

La vigilia tuvo lugar a las 6:00 p. m., afuera de un edificio sobre la calle Varick. Yo llegué un par de minutos tarde. El padre Juan Carlos estaba allí con otras doce personas. Me saludó, dándome la mano con formalidad, y me presentó al resto del grupo. Le pregunté si podía grabar la reunión con mi grabadora de mano. Dijo que sí y los demás asintieron también. Enseguida, con cierta solemnidad, pero también con humildad —poco común en los hombres acostumbrados al podio—, comenzó a hablar. Señaló hacia un letrero que colgaba junto a la entrada principal del edificio, en el que se leía «Agencia de Pasaportes», y dijo que muy pocas personas sabían que aquel edificio, que ocupaba una manzana completa, en realidad no era un lugar de expedición de pasaportes, sino un lugar donde se retenía a las personas sin pasaporte. Era un centro de detención, donde los oficiales de ICE (la agencia de inmigración y aduanas) encerraban a individuos detenidos en las calles durante el día o extraídos por las noches de sus hogares. La cuota federal diaria de indocumentados, dijo el padre, era de treinta y cuatro mil personas, y crecía continuamente. Eso significaba que al menos treinta y cuatro mil personas tenían que ocupar una cama en alguno de los centros de detención —centros idénticos a éste, unos mejores, otros peores— repartidos por todo el país. Se llevan a las personas, continuó el padre, y las encierran en centros de detención por tiempo indefinido. A algunos se les deporta después a sus países de origen. Muchos más son canalizados hacia el sistema penitenciario, que lucra con ellos sometiéndolos a jornadas de trabajo de 16 horas por las que reciben menos de tres dólares. Y muchos otros, simplemente, desaparecen en los laberintos del sistema.

Al principio creí que el padre Juan Carlos predicaba desde una especie de delirio distópico orwelliano. Me llevó un tiempo advertir que el resto de las personas reunidas allí aquel día, la mayoría de ellos garífunas de Honduras, eran familiares de alguien que, de hecho, había desaparecido tras una redada de ICE. Cuando el padre Juan Carlos terminó su discurso, indicó que le daríamos la vuelta al edificio dos veces. Todos comenzaron a caminar en fila, en absoluto silencio. Estaban allí para reclamar a sus desaparecidos, para protestar silenciosamente contra un silencio mayor y más profundo. Yo los seguí en silencio, la última de la fila, con la grabadora sostenida en alto, registrando aquel silencio.

Caminamos media cuadra hacia el sur, una cuadra hacia el oeste, una cuadra hacia el norte, una cuadra hacia el este, media cuadra hacia el sur. Y lo mismo una vez más. Al terminar la segunda vuelta, nos quedamos todos quietos en la banqueta durante algunos minutos, hasta que el cura nos dio la instrucción de colocar las palmas de las manos contra el muro del edificio. Guardé la grabadora en el bolsillo de mi chamarra e imité a los demás. El concreto se sentía frío y áspero en las manos. Pasaban coches a toda prisa a espaldas de nuestra fila, por la calle Varick. A continuación, el padre Juan Carlos preguntó, con una voz más fuerte y más severa que antes:

¿Quiénes son nuestros desaparecidos?

Una por una, las doce personas que formaban la fila, con las manos firmes contra los muros del edificio y las espaldas vueltas al tráfico de la calle, fueron gritando un nombre:

Awilda.

Digana.

Jessica.

Barana.

Sam.

Lexi.

Cada persona de la fila gritaba el nombre de un familiar desaparecido por ICE y los demás lo repetíamos en voz alta. Pronunciábamos cada nombre de manera clara y audible, aunque era difícil evitar que nuestras voces se quebraran, difícil evitar que nuestros cuerpos temblaran:

Cem.

Brandon.

Amanda.

Benjamín.

Gari.

Waricha.

BORRADOS

Winona, Marianna, Roe, Ulm, Humnoke: observo el mapa de carreteras, repasando los nombres de los lugares por los que pasaremos hoy mientras cruzamos Arkansas. Tras varios días de viaje, mi esposo cree que hemos avanzado a un ritmo demasiado lento, deteniéndonos con demasiada frecuencia y quedándonos de más en cada pueblo. Yo he disfrutado este ritmo, la velocidad moderada de las carreteras secundarias que atraviesan parques nacionales, las largas paradas en restaurantes y moteles. Pero sé que tiene razón: tenemos tiempo limitado, especialmente yo, y se me está acabando. Además, tengo que llegar a la zona fronteriza lo más pronto posible. A Nuevo México o Arizona, si se puede. Así que accedo cuando él sugiere que manejemos más horas por día y que paremos con menor frecuencia. Pienso en otras familias, parecidas, pero también muy distintas a la nuestra, que viajan hacia un futuro imposible de imaginar, en las amenazas y peligros que les aguardan. ¿Qué haríamos si uno de nosotros desapareciera de pronto? Más allá del terror y la angustia inmediatos, ¿qué pasos concretos podríamos dar? ¿A quién llamaríamos? ¿Adónde ir?

Me doy la vuelta para mirar a nuestros hijos, que duermen en el asiento trasero. Los oigo respirar. Me pregunto si sabrían sobrevivir en manos de los coyotes, y qué les pasaría si tuvieran que cruzar el desierto a pie. Si nuestros hijos se vieran de pronto solos, como quizás estén las hijas de Manuela, ¿sobrevivirían?

CAÍDAS

En 1909, Gerónimo se cayó del caballo y murió. De todas las cosas que mi esposo les cuenta a los niños sobre Gerónimo, éste es el dato que más fascinación y tormento les provoca. Especialmente a la niña. Desde que escuchó la historia, la trae de nuevo a colación cada que puede, inesperadamente y sin preámbulos, como si fuera una manera normal de iniciar una conversación.

Entonces Gerónimo se cayó de su caballo y se murió, ¿verdad?

O bien:

¿Sabes cómo se murió Gerónimo? ¡Se cayó de su caballo!

O bien:

Pues Gerónimo nunca se moría, pero un día se murió porque se cayó de su caballo.

Ahora, mientras avanzamos en dirección a Little Rock, Arkansas, la niña se despierta de pronto y dice:

Soñé con el caballo de Gerónimo. Yo iba montada y el caballo iba tan rápido que casi me caigo.

¿Dónde estamos?, pregunta el niño, despertándose también —esa extraña sincronía de sus sueños y vigilias—.

Arkansas.

¿Y qué hay en Arkansas?

Me doy cuenta de que sé muy poco sobre Arkansas. Sé que el poeta Frank Stanford se disparó a sí mismo en el corazón —tres veces— en Fayetteville, Arkansas, y cayó muerto. La pregunta mórbida, desde luego, no es por qué sino cómo se disparó tres veces. Pero no le cuento esta historia a mi familia.

También está la muerte, un poco más cómica que trágica, del escritor checo Bohumil Hrabal, que no murió en Arkansas, pero a quien admiraba, por alguna extraña razón, el expresidente Bill Clinton, que vivía en Little Rock cuando era gobernador de Arkansas, o sea que existe esa conexión. Una vez vi una fotografía de Bill Clinton, rojo de beber cerveza, cachetón y sonriente, colgada de una pared en un bar del centro de Praga. No parecía fuera de lugar ahí, como suele suceder con los mandatarios en las fotos de restaurantes. Podría haber sido el hermano del dueño del bar, o uno de los parroquianos habituales. Era difícil imaginar que el hombre retratado en esa foto, afable y sencillo, era el mismo que había puesto el primer ladrillo del muro que separa México de los Estados Unidos, para después fingir que aquello nunca había pasado. En la foto se veía a Clinton estrechando la mano de Hrabal, cuyo libro Clases de baile para mayores el entonces presidente había leído y disfrutado. Yo había leído ese libro durante ese mismo viaje a Praga. Lo leí en un estado de asombro extático. Pero más que sus libros, más que su humor crudo y sus retablos decameronianos de la tragicomedia humana, más que cualquier otra cosa, es la historia de la muerte del propio Hrabal la que me ha perseguido desde siempre. Murió así: se estaba recuperando de una bronquitis en un cuarto de hospital cuando, por tratar de alimentar a unas palomas que gorjeaban afuera de la ventana, se defenestró.

Pero Hrabal no vivía en Arkansas, así que tampoco le hablo sobre él a mi familia.

OBJETOS

En Little Rock vemos coches, supermercados, casas enormes: lugares probablemente habitados por personas. Pero no vemos personas, al menos no en la calle.

En los límites de la ciudad hay un Walmart. Vemos muchas otras cosas más allí, como cabe esperarse de una visita a un supermercado. Excepto que en verdad hay demasiadas cosas, más de lo normal, un número abrumador de objetos, algunos de los cuales, estoy segura, nadie nunca ha visto antes, ni imaginado siquiera. Por ejemplo, vemos un clasificador, a $19.99. ¿Qué es, en verdad, un clasificador? ¿Para qué sirve? ¿A qué se parece? ¿Quién podría necesitarlo? Sólo una cosa queda clara al examinar la caja: tiene cajones (con divisores ajustables) de cierre de bisagra y, montadas sobre un eje, bandas antideslizamiento. Viene con un soporte de bloqueo y sus unidades pueden apilarse. Un clasificador «erradica la necesidad de rebuscar a gatas en la camioneta cada vez que necesitas algo, colocando todo al alcance de la mano», dice la caja. Me imagino que si le das un clasificador a una persona brillante y ligeramente intolerante a la estupidez —digamos Anne Carson, Sor Juana Inés de la Cruz o Marguerite Yourcenar—, podría escribir un poema perfecto en el que un grupo de venados camina sobre la nieve.

En el Walmart descubrimos también que Walmart es donde está todo el mundo. Cientos de personas. Hay dos que me caen bien de inmediato: un viejo y su nieta escogiendo aguacates, juzgando cada uno por su olor. El viejo le dice a la niña que tiene que olerlos «no por la mitad sino en el ombligo», y luego procede a hacer una demostración de cómo oler aguacates por el ombligo. Otra persona me molesta de inmediato: una mujer en Crocs que camina lentamente, arrastrando los pies, sonríe fingiendo distracción hacia la gente que hace cola para pagar, simulando estar perdida o confundida, y de pronto… ¡se cuela en la fila!

Compramos botas. Hay unos descuentos increíbles. Compramos botas vaqueras baratas, grandes y hermosas para toda la familia. Aunque las mías no son botas vaqueras. Son botas imitación cuero de punketa —$15.99—, y me las pongo de inmediato, incluso antes de pagarlas, para gran indignación de los niños, que no pueden concebir que algo se use sin haberlo pagado antes. Desde luego, tienen razón.

Me siento bastante astropunk al salir de la tienda con mis botas puestas, alguien que va dejando huellas en la grava lunar de un estacionamiento gigantesco, caminando por un «mundo vacío como una estrella», como sin duda habría calificado Hrabal a este Walmart en particular. El niño dice que tenemos que guardar las cajas de las botas, ya vacías, en la cajuela del coche, en caso de que las necesitemos, o en caso de que él las necesite más tarde. Me pregunto si no le habré contagiado mi manía documental: almacenar, coleccionar, archivar, inventariar, enlistar, catalogar.

¿Para qué las quieres?, le pregunto.

Para después, dice.

Pero lo convenzo de que ya tenemos suficientes cajas, y le recuerdo que él mismo tiene ya una caja vacía que no ha usado siquiera.

¿Por qué no has usado tu caja, por cierto?, le pregunto, buscando distraerlo y llevar la conversación por otro lado.

Porque es para después, ma, responde él.

Y lo dice con tal autoridad, como un auténtico archivista que sabe exactamente lo que hace, que me quedo callada y le sonrío.

No nos quedamos más en Little Rock, y esa tarde manejamos hasta el límite oeste de Arkansas, a un pueblo llamado De Queen, a sólo unos kilómetros de la frontera con Oklahoma. Allí encontramos un motel lo suficientemente presentable, llamado Joplin Inn. A los niños les entusiasma sinceramente la idea de quedarse ahí, en el Joplin. La niña, en vez de pedir que le contemos un cuento, saca su ejemplar de El libro sin dibujos y lee teatralmente para toda la familia, mientras va pasando las páginas: «Ésta es la historia de Janis Joplin, la gran bruja de la noche…». A veces me enorgullece y me preocupa al mismo tiempo, aunque quizá más lo primero que lo segundo: tiene cinco años y le ocupan temas como Janis Joplin. Por esta única ocasión, les permitimos a los niños que se vayan a dormir sin haberse lavado los dientes.

DICKS WHISKY BAR

Las luces de la habitación están apagadas, los niños duermen en su cama. Mi esposo y yo peleamos en la nuestra. Un intercambio de rutina: sus adjetivos ponzoñosos, murmurados cortantemente de una almohada a otra, y mi silencio como un escudo sordo frente a su cara. Uno activo, la otra pasiva; ambos igualmente agresivos. En el matrimonio sólo existen dos tipos de acuerdos: los acuerdos que una persona insiste en mantener y los acuerdos que la otra insiste en infringir.

¿Por qué tiene que haber siempre una leve reverberación de odio acompañando al amor?, me escribió una vez una amiga, parafraseando a alguien más. No recuerdo ya si me dijo que la frase era de Alice Munro o Lydia Davis. Después de la pelea, mi esposo se queda dormido y yo no. Un sentimiento de furia florece en mi esternón. Poco a poco, una distancia se abre entre su sueño y mi vigilia. Recuerdo que Charles Baudelaire escribió algo así como que todos somos convalecientes en un cuarto de enfermos, siempre queriendo cambiar de cama. Sin duda lo soy. ¿Pero a qué cama ir, en dónde? La otra cama en esta habitación, junto al aliento de los niños, es acogedora, pero yo no quepo ahí. Cierro los ojos e intento no dejarme arrastrar hacia la fantasía de otros lugares y otras camas.

Cada vez más, mi presencia aquí, en este viaje familiar, manejando hacia un futuro que muy probablemente no compartiremos, instalándonos en habitaciones de motel para pasar la noche, tiene algo fantasmal, de vida observada y no vivida. Sé que estoy aquí, con ellos, pero a la vez no estoy. Actúo como esas visitas que están haciendo siempre las maletas, siempre listos para partir al día siguiente, pero que no se van; o como los ancestros en algunas novelas de realismo mágico, que mueren, pero después se olvidan de partir.

No soporto los sonidos guturales que hace mi esposo al respirar, tan tranquilo en sus sueños sin culpas. Así que me salgo de la cama, garabateo una nota —«regreso al rato»— por si alguien se despierta y se preocupa, y me voy del cuarto. Mis botas astropunketas me guían, de una oscuridad a otra. Las botas me confieren un peso, una gravedad que últimamente he dejado de sentir bajo los pies. Una de las hebillas de metal va golpeando el flanco de falso cuero rítmicamente —golpeteo, paso, tacón, punta—: mierda, seguro que estoy haciendo demasiado ruido. Como yonqui adolescente huyendo de su casa, recorro el pasillo del motel buscando invisibilidad. Una luz de neón parpadea sobre la puerta que da a la recepción vacía. Bajo el brazo llevo un libro que leeré, o no, dependiendo de si encuentro un bar o un restaurante abierto.

No tengo que ir demasiado lejos. A menos de un kilómetro, por la autopista, encuentro el Dicks Whisky Bar, cuyo nombre me cuesta pronunciar correctamente en mi cabeza: la primera palabra, ¿es un pronombre posesivo o un plural? Las meseras van vestidas con disfraces de pioneras, y los lavabos de los baños son barriles. Se escucha una versión de «Harvest Moon» en segundo plano, al parecer en modo repetición.

Encuentro un banco libre en la barra y me siento. Siempre me han resultado incómodos los bancos de los bares porque mis piernas son demasiado cortas y mis pies no llegan al suelo, lo cual detona un recuerdo muscular en mi memoria: tengo otra vez cuatro años, balanceo las piernas en mi sillita mientras espero a que me regalen un vaso de leche y tal vez un poco de atención en medio del ajetreo matutino, en una casa con una hermana mayor y muy ruidosa, a sabiendas de que nadie me escuchará por más que grite. Los hermanos mayores no escuchan, y el barman tampoco escucha nunca. Pero me giro ligeramente en el banco y descubro que el tacón de mis botas encaja perfectamente en el tubo horizontal que une las patas del banco. Así que de pronto me siento bien anclada, presente, lo suficientemente mujer y adulta como para estar allí. Reposo los antebrazos en la barra de zinc y pido un whisky.

Sin hielo, por favor.

Dos asientos más allá, miro a un hombre, también solo, que escribe notas en los márgenes de un periódico. Sus piernas son largas y delgadas, sus pies tocan el suelo. Tiene la barba bien rasurada, una arruga de tristeza cruzándole la frente, un mentón fuerte, el cabello tupido y revuelto. Es el tipo de hombre, me digo, a cuyos encantos habría sucumbido cuando era más joven y tenía menos experiencia. Lleva una camiseta sin mangas algo gastada y unos pantalones de mezclilla. Y mientras analizo sus brazos morenos y desnudos, la marca de nacimiento en su hombro, la gruesa vena que le palpita en el cuello y el remolino de vellos en la parte baja de su nuca, me digo que no, que este hombre en realidad no es nada interesante. Alineadas junto a su trago —whisky, también sin hielo— tiene cuatro plumas, todas del mismo color (además de la pluma con la que subraya algo en el artículo de periódico que lo tiene tan absorto). Me repito a mí misma que no, no es interesante, sólo es guapo, y su belleza es del tipo más vulgar: indiscutible. Y mientras recorro su costado con la mirada, descendiendo hacia su cadera, no logro reprimir la pregunta:

¿Puedo usar una de tus plumas o necesitas las cinco?

Al tenderme una de las plumas, el hombre sonríe con una timidez algo infantil, y su mirada revela ferocidad a la vez que cierta decencia básica. No una decencia de modales y costumbres, sino de un carácter más profundo: simple y noble. Los hombres guapos están acostumbrados a la atención, y observan a los otros hombres y mujeres con la fría autocomplacencia del actor ante la cámara. Pero éste no.

Terminamos por hablar entre nosotros, al principio siguiendo todos los tropos y lugares comunes.

¿Qué nos trae aquí?

Él me cuenta que va de camino a un pueblo llamado Poetry, y yo pienso que probablemente es una mentira, una mentira que revela demasiado sentimentalismo. No creo que exista un lugar con ese nombre, pero tampoco lo interrogo al respecto. A cambio de su mentira, yo le digo que voy de camino a la Apachería —el mismo tipo de respuesta vaga y medio ficticia—.

¿A qué nos dedicamos?

Nuestras respuestas son evasivas, mitad ocultas tras un velo de misterio sobreactuado que no significa sino inseguridad. Después de un rato hacemos un poco más de esfuerzo. Le digo que me dedico al periodismo, sobre todo al periodismo radiofónico, y que he estado trabajando en un documental sonoro sobre los niños refugiados, pero que mi plan por el momento es llegar hasta la Apachería y buscar a dos niñas perdidas en Nuevo México, o tal vez en Arizona. Él me dice que solía dedicarse a la fotografía, pero que ahora prefiere la pintura, y que va de camino a Poetry, Texas, porque le encargaron pintar una serie de retratos de la generación más veterana del pueblo.

Después hablamos de política; él me explica cosas sobre la manipulación de los distritos electorales y el término «gerrymandering», que nunca he entendido pese a llevar muchos años viviendo en los Estados Unidos. Garabatea una serie de líneas en una servilleta de papel; la imagen resultante parece un perro. Me río, le digo que es malísimo para explicar y peor para el dibujo, y que sigo sin entender el término. Pero doblo la servilleta por la mitad y la escondo en una de mis botas.

Lentamente, aunque no tan lentamente, la conversación nos va llevando hacia espacios más oscuros y genuinos. Resulta que su circunstancia es opuesta a la mía. Él no está nada enredado, yo soy un nudo. Yo tengo hija, o hijos, y él no tiene responsabilidades. Él planea tenerlos en algún momento, yo no quiero tener más. Es difícil explicar por qué dos completos desconocidos deciden, de repente, compartir un retrato sin retoques de sus respectivas vidas. Pero, al mismo tiempo, tal vez es fácil de explicar, porque dos personas solas en un bar a las dos de la mañana necesitan, muy probablemente, contarse una versión sincera de sí mismos antes de volver adonde sea que pasarán la noche. Hay una compatibilidad de nuestras soledades, y una absoluta incompatibilidad de nuestras situaciones, y un cigarrillo compartido afuera del bar, y luego la súbita compatibilidad de nuestros labios, y su aliento en mi escote, y la punta de mis dedos tocando su cinturón, entrando apenas en sus pantalones. Mi ritmo cardiaco se acelera de un modo que conozco bien pero que no he sentido en mucho tiempo. Me dejo gobernar por la absoluta carnalidad del deseo. Él me propone acompañarlo a su hotel, y yo quiero ir.

Quiero ir, pero sé que es mala idea. Con hombres como éste, sé que yo interpreto el papel de cazadora solitaria; ellos, el de presa elusiva. Y sé que ya no estoy para perseguir a personas a las que les gusta correr.

Nos tomamos un último whisky y cada quien garabatea algo —recomendaciones geográficas, números de teléfono— en una servilleta. La suya, extraviada quizá dentro de unas horas, cuando vacíe sus bolsillos por costumbre, deshaciéndose del peso innecesario; la mía, guardada en una de mis botas, como un souvenir de ese camino que no tomé, y en algún momento posterior deshecha por el sudor y la fricción de mis pantorrillas.

PISTOLAS Y POESÍA

A la mañana siguiente, en una gasolinera a las afueras de Broken Bow, paramos a comprar café, leche, galletas y un periódico local titulado The Daily Gazette. Me pesan en la cabeza los whiskys de la noche anterior. Leo un artículo titulado «Niños, la plaga bíblica», sobre la crisis de los menores en la frontera. Lo leo velozmente, estupefacta ante el maniqueísmo que despliega: patriotas contra invasores ilegales. No es fácil reconciliarse con el hecho de que existe una visión del mundo así, más allá de los cómics de superhéroes. Leo en voz alta, para mi familia, algunas frases sueltas:

«Decenas de miles de niños llegan a raudales desde los caóticos países de Centroamérica hasta los Estados Unidos».

«… esta masa de sesenta mil a noventa mil invasores ilegales menores ha venido a Estados Unidos…».

«Estos niños traen consigo enfermedades con las que no estamos familiarizados en los Estados Unidos».

Pienso en las hijas de Manuela y no puedo evitar que la rabia me corroa. Pero supongo que siempre ha sido así. Supongo que la narrativa más conveniente siempre ha sido retratar a las naciones oprimidas sistemáticamente por naciones más poderosas como tierras de nadie, periferias bárbaras cuyo caos y color de piel amenazan la blanca paz de los civilizados. Sólo una narrativa así puede justificar décadas de guerra sucia, políticas intervencionistas y el delirio colectivo de la superioridad moral y cultural de las potencias económicas y militares del mundo. Al leer artículos así me descubro casi divertida con su inamovible certeza de lo que es el bien y el mal, los buenos y los malos. Más que divertida, en realidad, un poco asustada. Nada de esto es nuevo, pero me parece que estoy acostumbrada a convivir con versiones más edulcoradas de la xenofobia. Ya no sé qué es peor.

Sólo existe un lugar donde se puede comer a esta hora en Boswell, Oklahoma, y se llama Dixie Cafe. El niño es el primero en bajarse del coche. Se baja de un salto, alistando su cámara de fotos. Le recuerdo que tiene que llevarse el librito rojo que está hasta arriba de mi caja, y le pido que de paso se traiga el gran mapa de carreteras, que también puse en la caja ayer porque la guantera estaba demasiado llena. El niño corre hacia la parte posterior del coche, recoge todo, y nos espera a la entrada del café, con el mapa y el libro bajo el brazo y su cámara lista en la mano. Después toma una foto mientras los demás salimos del coche sin prisa y con pereza, poniéndonos nuestras nuevas botas de Walmart.

Además de nosotros, los únicos clientes en el Dixie Cafe son una mujer cuya cara y brazos tienen la textura del pollo hervido, y un niño pequeño en una sillita para bebés al que la mujer alimenta con papas fritas. Ordenamos cuatro hamburguesas y cuatro limonadas rosas, y desplegamos nuestro mapa sobre la mesa mientras esperamos la comida. Seguimos las líneas de autopistas rojas y amarillas con la punta del dedo, como gitanas leyendo la gigantesca palma de una mano. Así nuestro pasado y nuestro futuro: un punto de partida, un cambio, aventura corta, arduas circunstancias en el horizonte, aquí torcerás hacia el sur, en tal otro punto encontrarás dudas y tribulaciones, un cruce de caminos te espera.

Sólo sabemos una cosa: para llegar a Nuevo México y, en algún momento, a Arizona, podemos manejar en dirección oeste atravesando Oklahoma, o bien en dirección suroeste por Texas.

¿También Oklahoma era parte de México, ma?, pregunta el niño.

Sí.

¿Y Arkansas?

Creo que no.

¿Y Arizona?

Sí, digo yo, Arizona era México.

¿Y qué pasó?, quiere saber el niño.

Los Estados Unidos se robaron ese territorio, dice mi esposo.

Yo matizo su respuesta. Le digo al niño que México se los medio-vendió, pero sólo después de perder una guerra en 1848. Le digo que fue una guerra de dos años, que los gringos llaman la Guerra México-Americana y los mexicanos llaman, con mayor acierto, la Intervención Estadounidense.

¿O sea que va a haber muchos mexicanos en Arizona?, pregunta ahora la niña.

No, le dice el niño.

¿Por qué?

Los matan, explica su hermano.

¿Con arcos y flechas?

Con pistolas, dice él. Y al decirlo imita a un francotirador y juega a disparar a los botes de cátsup y de mayonesa, y cuando está a punto de derramar cátsup sobre Arizona, su padre le quita el bote.

Seguimos estudiando el mapa. Mi esposo quiere pasar un par de días en Oklahoma, donde está el cementerio apache. Dice que esa parada es uno de los principales objetivos de este viaje. Nuestros deseos son incompatibles: yo quiero tomar el camino de Texas. Mirándolo desde mi asiento, inclinada sobre la mesa, el estado se extiende magnánimo ante mis ojos. Sigo la línea de una autopista con la punta del índice. Paso lugares como Hope, Pleasant y Commerce de camino hacia Merit, luego al sur en dirección a Fate y después a Poetry, Texas, que después de todo existe, para mi sorpresa, y sonrío.

La niña dice que ella quiere regresar a Memphis. El niño dice que a él no le importa, sólo quiere que le traigan su comida, que se muere de hambre.

Llegan nuestras bebidas y las sorbemos en silencio, escuchando a la mujer de la mesa contigua. Le está hablando en voz muy alta y muy despacio a su hijo —o tal vez sólo habla hacia su hijo—. Habla sobre las rebajas de un supermercado local, mientras le pasa largas papas fritas bañadas primero en cátsup y luego en mayonesa. El bebé responde con chillidos y bufidos. Plátanos, noventa y nueve centavos la libra. El niño chilla. Y la leche, un bote de leche, por setenta y cinco centavos. El niño gorjea. Después la mujer nos voltea a ver, suspira, y le dice al niño que los fuereños son cada vez más comunes en estos días, y no hay problema, ella no tiene ningún problema, siempre y cuando no armen líos. La mujer le da a su hijo una papa con tanta mayonesa y cátsup que la punta se dobla, como una disfunción eréctil.

Todos nos giramos cuando una nueva familia —padre, madre, bebé en carriola— entra al restaurante. Son de un estilo más discreto, salvo por el bebé, que es más bien grande. Tal vez, incluso, inquietantemente enorme. Resulta difícil afirmar que alguien de ese tamaño es un bebé. Pero a juzgar por sus facciones abultadas, su cabeza lampiña y sus movimientos pixelados es, sin lugar a duda, un bebé. El niño pequeño, blandiendo una papa frita, lleno de entusiasmo, grita desde su sillita:

¡Bebé!

No, no, eso no es un bebé, le dice la madre, meneando una papa frita en señal de negación.

¡Bebé!, insiste el niño.

No, no, eso no es un bebé, mi niño, no no no. Esa cosa es enorme. Da miedo de tan grande. Como esos tomates que vimos en el súper. No eran tomates de Dios.

A la mujer no parece importarle el hecho de que sus gritos llegan a cada rincón del restaurante, más allá de su hijo, de nosotros, de la familia de estilo más discreto —que, desde luego, está ahora al tanto de su opinión, que en realidad es también nuestra opinión, salvo que nosotros no nos atrevemos a expresarla, ni siquiera en voz baja—. La familia se va del restaurante y al mismo tiempo llegan nuestras hamburguesas. Pruebo la combinación de mayonesa con cátsup en mis propias papas y, la verdad, me sabe bien.

Al final de la comida, la decisión está tomada. Manejaremos de Boswell hasta un pueblo llamado Gerónimo, sólo para ver y entender por qué se llama así. Luego iremos rumbo a Lawton, que está a unos pocos kilómetros del cementerio donde está enterrado Gerónimo, aunque existen toda suerte de teorías que dicen que su cuerpo fue vendido de contrabando en algún otro lugar, por una sociedad secreta de la universidad de Yale, o algo así. Mi esposo lleva meses planeando la visita al cementerio. Desde donde estamos ahora hasta Lawton es un viaje de unas cuatro horas en coche, nada más, así que podemos hacer un par de escalas de camino, pasar la noche en Lawton y visitar el cementerio a la mañana siguiente.

ARCHIVO

Una amiga de padres tamiles, refugiados, que nació en Tulsa, me lo había advertido: viajar por las profundidades de Oklahoma es como quedarse dormido e irse hundiendo en las capas más profundas y más extrañas del subconsciente atormentado de una persona.

Cerca de Tishomingo, al sur de Oklahoma, pasamos un letrero que el niño lee en voz alta:

¡Área para nadar más adelante! ¡Diversión garantizada!

Los niños insisten, así que aceptamos detenernos para que naden un poco. Hay múltiples coches estacionados frente a un pequeño estanque artificial —el estacionamiento es más grande que el estanque mismo—. Mi esposo saca su equipo de grabación mientras los demás agarramos algunas cosas. Tendemos nuestras dos toallas cerca de la orilla y los niños se quitan la ropa y corren al agua en ropa interior. El estanque tiene poca profundidad cerca de la orilla y los niños pueden jugar solos, así que me siento en una de las toallas y los superviso desde allí, distrayéndome cada tanto con la gente de alrededor.

Una mujer madura pasa frente a mí. Pasea a lo largo de la playa con un hombre mayor y muy delgado, posiblemente su padre. Tienen dos perros diminutos, que ladran y brincan a unos pocos pasos de ellos. Uno de los perros se tropieza todo el tiempo con las piedras, o tal vez con sus propias patas, y suelta ladridos estridentes. Cada vez que esto sucede, la mujer le pregunta: «¿Estás bien, Pastelito? ¿Estás bien, mi amor?». El perro no le responde, pero el anciano, en cambio, sí: «Estoy bien, cariño. Gracias por preguntar».

A mi izquierda hay un hombre que bebe cerveza, despatarrado sobre un bote inflable de color amarillo. Su esposa, una mujer pequeña y huesuda, lee una revista sentada sobre una toalla a rayas, cruzada de piernas. Cada tanto, la mujer pronuncia en voz alta algún titular o alguna frase suelta: «¡Los científicos afirman que esta dieta reduce el riesgo de Alzheimer en un 35%!». «Llevas toda la vida cortando mal el pastel: ¡ésta es la mejor forma de hacerlo!». Cuando se cansa de leer, se pone de pie y le trae a su esposo otra cerveza —que tal vez él le pide por telepatía, porque de algún extraño modo ella siempre aparece con la cerveza nueva en el momento justo—. Tienen un labrador que va en busca de los objetos que el hombre lanza al estanque desde su bote amarillo. El perro ahora trae las piedras que el hombre lanza.

Mi esposo está en el estanque, con el agua hasta las rodillas, su Porta Brace colgada del hombro derecho y el boom sostenido en alto. El hombre del bote repara en él y le pregunta si está comprobando los niveles de radiación. Mi esposo le sonríe con amabilidad y le dice que nada más está grabando los sonidos del estanque. A manera de respuesta, el hombre del bote estornuda y carraspea. Ahora me doy cuenta de que él y su esposa no están solos. Son los padres de tres niños que juegan cerca de nosotros: dos niñas que se ríen sin control y un niño rechoncho de nariz casi invisible, con un chaleco salvavidas que le queda grande. Cada tanto, el niño grita «¡Brócoli, brócoli!». En un primer momento pienso que el labrador que recoge piedras se llama Brócoli. Pero al poner atención comprendo que el niño se refiere al vegetal, no a la mascota. La madre le responde, tranquilizándolo desde detrás de su revisa: «Sí, mi vida, cuando volvamos a casa te daremos brócoli».

Una mujer muy gorda con una toalla rosa alrededor del cuello presencia también la escena del labrador, que ahora se revuelca en la orilla lodosa del estanque. Está sentada en una silla plegable a medias sumergida en el agua, fumando. Tiene un aspecto más o menos normal, excepto que su silla está colocada como para ver hacia los coches del estacionamiento, no hacia el estanque. De pronto habla, preguntándole a la familia cómo piensan bañar luego al perro sin armar un desastre en su casa. El hombre del bote amarillo le responde, sin inmutarse: «Manguera», y la mujer gorda estalla en una carcajada desmesurada, ronca, con un gorjeo de flemas.

Me decido por fin a alcanzar a nuestros hijos; me pongo el traje de baño cubriéndome con la toalla. Ya en la orilla del estanque, me arrastro en posición anfibia —panza abajo, impulsándome con las manos para deslizarme—. Justo antes de hundir la cara en el agua fría, los ojos a ras de la superficie, veo a un hombre radiante, de calva redonda y enternecedora, que se aleja lentamente sobre una tabla de surf. Parece ser el único de toda esta extraña constelación humana que es genuinamente feliz.

WESTERNS

La gente nos pregunta de dónde somos, a qué nos dedicamos y qué estamos haciendo «acá tan lejos».

Vinimos en coche desde Nueva York, digo.

Trabajamos en radio y sonido, dice mi esposo.

Somos documentalistas, digo a veces.

Documentólogos, corrige él.

Estamos trabajando en un documental sonoro, les digo.

Un documental de la naturaleza, miente él.

¡Sí!, le sigo. Sobre las plantas y los animales de esta zona.

Pero, conforme nos vamos alejando, estas pequeñas mentiras y verdades tranquilizan cada vez menos a los lugareños, ávidos de explicaciones. Cuando, en un restaurante, mi esposo le explica a un desconocido particularmente preguntón que también él nació en el sur del país, el desconocido le responde con un frío asentimiento y una ceja arqueada. Más tarde, en una gasolinera a las afueras de un pueblo llamado Loco, alguien me pregunta por mi acento y por el lugar donde nací, y yo respondo que no, que no nací en este país, y cuando digo el nombre del lugar donde nací no recibo ni siquiera una ceja arqueada por respuesta. Sólo un silencio áspero y rotundo, como si acabara de confesar un pecado. Poco después comenzamos a ver manadas de patrullas fronterizas pasar a toda velocidad, como corceles de mal agüero, precipitándose hacia la frontera. Y cuando unos oficiales de la migra, en un pueblo llamado Comanche, nos piden que les mostremos nuestros pasaportes, les muestro el mío como pidiendo disculpas, forzamos todos una sonrisa y les explicamos que sólo estamos grabando sonidos.

¿Qué hacemos allí y qué estamos grabando?, quieren saber.

Desde luego, no digo nada de los niños refugiados, y mi esposo no dice nada sobre los apaches.

Estamos grabando un documental sonoro sobre historias de amor en el país, decimos, y estamos aquí porque nos gustan los cielos amplios y el silencio.

Tendiéndonos de regreso nuestros pasaportes, uno de los oficiales dice:

Así que vinieron hasta acá buscando inspiración

Y como nunca le llevamos la contraria a nadie que tenga placa y pistola, simplemente respondemos:

Así es, oficial.

Después de ese episodio, decidimos no decirle a nadie más de dónde soy. Por eso, cuando un hombre con sombrero y con una pistola al cinto nos pregunta —una vez que llegamos, por fin, al pueblo llamado Gerónimo— quiénes somos y qué queremos, y nos dice que no encontraremos ahí lo que sea que estemos buscando, y luego pregunta por qué carajos nuestro hijo está tomando una foto del cartel a la entrada de su licorería, sabemos bien que deberíamos responder Perdón, perdón, volver rápidamente al coche e irnos. Pero en vez de eso, por alguna razón, quizá por aburrimiento, quizá por cansancio, quizá simplemente porque estamos demasiado inmersos, a estas alturas, en una realidad muy distante de nuestro contexto habitual, creemos que es una buena idea quedarnos un rato más y hacer plática. Y yo, estúpidamente, creo que es una buena idea mentir:

Somos guionistas, señor, y estamos escribiendo un espagueti western.

A continuación, para nuestra sorpresa, el hombre se quita el sombrero, sonríe, y dice:

En ese caso, sean ustedes bienvenidos.

Y nos invita a sentarnos en torno a la mesa de plástico en el pequeño porche afuera de su licorería, y nos ofrece una cerveza fría. A un lado de la mesa, sobre una silla de plástico, una televisión sin volumen pasa un comercial sobre una enfermedad y su horroroso remedio. El cable de la tele, tenso, se pierde más allá de una ventana medio abierta, seguramente conectado a un enchufe dentro de la tienda.

Doblando la lengua en forma de W, el hombre silba y su esposa sale inmediatamente, acompañada por su hijo. Él la presenta como Dolly. Luego le dice a su hijo, Junior, un niño más o menos de la edad del nuestro, que se vaya a jugar con nuestros hijos, y señala el lote que se extiende frente al porche: un terreno baldío lleno de trozos de malla de gallinero, pirámides incompletas hechas de latas de cerveza y un montón de juguetes extraños (muchas muñecas, algunas de ellas con el pelo trasquilado). Nuestros hijos, reticentes, caminan detrás de Junior hacia el baldío. A continuación, Dolly —una mujer joven y musculosa, de brazos largos y cabello sedoso— nos trae cerveza en vasos de plástico. Desde el porche, observo a mis hijos durante algunos minutos, mientras negocian las reglas de un juego más bien violento con el otro niño. El cabello de Junior tiene exactamente el mismo corte que algunas de las muñecas regadas por el baldío.

Cuando el anfitrión comienza quizá a dudar de nuestro profesionalismo, me doy cuenta de que deberíamos sentir miedo en la médula misma de los huesos. No sabría decir si nos cuestiona con base en nuestra apariencia o, simplemente, por nuestro obvio desconocimiento del espagueti western. Él, resulta, es un experto en el género.

¿Acaso hemos visto El sheriff de la quijada rota? ¿Y El sabor de la violencia? ¿Y Los tres implacables?

No, no las hemos visto. Pronto nos rellenan los vasos de plástico, y yo extiendo la mano —sudorosa— para darle un largo trago a la cerveza recién servida. Encima de la televisión hay un molde dental deforme, e intento recordar en dónde he visto o leído una imagen parecida: tal vez en Carver, tal vez en Capote. Mientras, mi esposo hurga en su memoria en busca de nombres de directores y actores de espagueti western. Es obvio que se está esforzando por ganar al menos un poco de credibilidad ante nuestro anfitrión. Pero no lo está haciendo muy bien, así que interrumpo:

Mi western favorito es Sátántangó, de Béla Tarr.

¿Qué dijiste?, replica el hombre, analizándome el rostro y el escote.

Sátántangó, repito.

El recuerdo de ese título me viene de un pasado remoto, cuando vivía un esplendor post-adolescente de inteligencia, pretensión y marihuana. La verdad es que nunca he visto Sátántangó completa (dura siete horas). Es decir que, aprovechando mi exigua educación cinematográfica, decidí arriesgarme, envalentonada por el tercer vaso de cerveza. Por suerte para nosotros, el hombre dice que nunca ha visto esa película, así que yo puedo contarle la trama en clave western de manera convincente. Se la empiezo a contar con tal morosidad y detalle que estoy segura de que nuestro anfitrión se cansará de nosotros y nos dejará partir. Pero el hombre parece revitalizado de súbito por el espíritu de Béla Tarr. Tanto, que tiene una idea de borracho que resulta aterradora:

¿Por qué no la rentamos en internet y la vemos juntos en nuestra casa?

Podríamos quedarnos a cenar, sugiere, e incluso dormir ahí si se nos hace muy tarde y la noche «se pone loca» —pronuncia estas últimas palabras con una amplia sonrisa, sus dientes demasiado perfectos para ser reales—. Tienen espacio más que suficiente para visitas, dice. En mi mente se proyecta una secuencia de eventos posibles, casi todos ellos terroríficos: la cena sería de microondas, rentaríamos la película sin problemas, nos sentaríamos los siete en torno a la tele y la película comenzaría. Mi resumen previo de la trama no se parecería en nada a las imágenes de la pantalla. Así que el hombre, primero molesto y más tarde tal vez furioso, apagaría el aparato. Caería entonces en cuenta de que todo este tiempo le habíamos estado mintiendo. Y al final todos terminaríamos asesinados y enterrados en el lote baldío, bajo muñecas y latas vacías, donde los niños siguen jugando ahora.

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