Desierto sonoro
Primera parte » Desaparecidos
Página 14 de 38
Oímos de pronto que nuestro hijo grita, un grito agudo, de dolor, así que su padre y yo corremos hacia el terreno baldío para ver qué sucede. Le picó una abeja y está dando gritos y retorciéndose de dolor sobre el polvo del terreno. Su padre lo levanta, intercambiamos una mirada y un gesto cómplice. Yo veo la oportunidad de exagerar mi reacción, así que finjo estar muy alterada y preocupada. Mi esposo dice, siguiéndome la corriente, que tenemos que irnos corriendo a un hospital porque el niño es alérgico a muchas cosas y no podemos arriesgarnos a que lo sea también a las abejas. La pareja parece tomarse muy en serio el tema de las alergias, así que nos ayudan a llegar al coche y nos dan indicaciones para llegar al hospital más cercano. Mientras nos despedimos, el hombre sugiere que llevemos a nuestros hijos al Museo de los Ovnis en Roswell, cuando el niño se mejore, claro. Puede ser un buen premio para él por haberse portado «como un hombrecito» a pesar del dolor y del peligro potencial de muerte. Nosotros le decimos que sí, sí, gracias, sí, gracias y partimos en dirección al crepúsculo.
Manejamos rápido, sin mirar atrás, mientras el dolor del piquete de abeja remite lentamente en el cuerpo del niño, y la leve intoxicación de todas esas cervezas sorbidas con prisa y ansiedad se va diluyendo de nuestra conciencia, y los niños quieren que prometamos que los llevaremos al Museo de los Ovnis de cualquier modo, aunque la crisis del piquete de abeja haya terminado y no haya sido tan grave después de todo, y como nos sentimos culpables como padres, se los prometemos, sí, sí, los llevaremos, y conversamos sobre las cosas que podremos ver en el museo hasta que los dos se quedan dormidos, y avanzamos en silencio mientras cae la noche, hasta que encontramos un estacionamiento frente a un motel a las afueras de Lawton.
Cargamos a los niños hasta su cama y luego nos dormimos rápidamente en nuestra propia cama, abrazándonos por primera vez en varias semanas, abrazándonos con la ropa puesta, incluidas las botas.
CAMAS
La mañana siguiente, antes de entregar la llave del hotel y subirnos al coche, descubro una mancha de orina en las sábanas de los niños, pero no pregunto quién es el responsable. Yo me hice pipí en la cama hasta los doce años. Y me hice pipí, sobre todo, entre los diez y los doce. Cuando cumplí diez años, exactamente la edad que tiene el niño, mi madre nos dejó —a mi padre, mi hermana y a mí— para unirse a un movimiento insurgente. Durante muchos años, a partir de aquel día odié la política, cualquier cosa que tuviera que ver con la política, porque la política me había arrebatado a mi madre. Durante años estuve enojada con ella, incapaz de comprender por qué la política y otras personas y sus movimientos le importaban más que nosotros, su familia.
Un par de años más tarde, justo después de mi cumpleaños número doce, la vi de nuevo. Como regalo de cumpleaños, o tal vez sólo como regalo general por vernos de nuevo, mi madre nos compró a mi hermana y a mí dos boletos para ir con ella a Grecia. En nuestro primer día en Atenas, nos dijo que quería llevarnos al templo del Oráculo de Delfos. Así que abordamos un autobús local. Mientras buscábamos nuestros asientos, quejándonos del calor y de la falta de espacio para las piernas, mi mamá nos explicó que, en griego, la palabra para decir «viaje en autobús» era μεταφορά, o metáfora, así que debíamos estar agradecidas de que una metáfora nos llevara al siguiente destino. Mi hermana se quedó más tranquila que yo con la explicación de mi madre.
Viajamos durante muchas horas hacia el oráculo. Mientras tanto, por el camino, mi mamá nos iba contando de la fuerza y el poder de las pitonisas, las sacerdotisas del templo que, en la antigüedad, actuaban como vehículos del oráculo al permitir que las embargara el ένθουσῐᾰσμός, o entusiasmo. Recuerdo la definición que dio mi madre del término, dividiéndolo en dos partes. Hizo una especie de gesto como de cortar algo con sus manos, una mano como tabla y la otra como cuchillo, y dijo: «En, theos, seismos», que quiere decir algo así como «en, dios, terremoto». Creo que lo recuerdo todavía porque, hasta ese momento, no sabía que las palabras se podían dividir en partes para entenderlas mejor. Luego explicó que el entusiasmo era una especie de terremoto interno que se produce cuando uno se permite ser poseído por algo más grande y más poderoso, como un dios o una diosa.
Mientras avanzábamos rumbo al oráculo, mi madre nos habló sobre su decisión, un par de años antes, de dejarnos, de dejar a su familia, para unirse a un movimiento político. Mi hermana le hizo preguntas difíciles y a veces hasta agresivas. Aunque amaba a nuestro padre, explicó mi mamá, lo había estado siguiendo de un lado a otro toda su vida, dejando siempre de lado sus propios proyectos. Y tras muchos años así, finalmente había sentido un «terremoto» interno, algo que la había sacudido profundamente y que tal vez incluso había destrozado una parte suya, y por eso había decidido irse y buscar una forma de arreglar eso que estaba roto. O tal vez no arreglarlo, pero al menos entenderlo. El autobús serpenteaba por la carretera de montaña hacia Delfos, y mi madre intentaba responder a nuestras preguntas lo mejor posible. Yo le pregunté dónde había dormido todo ese tiempo en que no había estado, qué había comido, si había sentido miedo, y si sí, miedo de qué. Le quise preguntar si había tenido novios o amantes, pero no lo hice. La escuché hablar y miré su rostro para observar las muchas líneas de preocupación en su frente, su nariz recta y sus orejas grandes, de las que pendían unos largos aretes que se balanceaban con el movimiento del autobús. Por momentos, cuando el autobús ascendía, yo cerraba los ojos y recargaba la mejilla contra su brazo desnudo, y lo olía, intentando aprehender todos esos olores antiguos que recordaba en su piel.
Cuando por fin llegamos a Delfos y nos bajamos del autobús, resultó que ya estaba cerrado el acceso al templo y al oráculo. Habíamos llegado demasiado tarde. Eso nos pasaba con frecuencia al viajar con mi madre: llegábamos demasiado tarde a todo. Ella sugirió que entráramos a escondidas, que nos saltáramos una reja y fuéramos a ver el oráculo de todas formas. Mi hermana y yo obedecimos, haciendo un esfuerzo por fingir que disfrutábamos ese tipo de aventuras.
Saltamos la reja las tres y caminamos por un bosque. No llegamos muy lejos. Casi de inmediato, empezamos a oír los temibles ladridos de algún perro, y luego más ladridos, todos acercándose, ladridos de múltiples perros, seguro una gran manada, salvaje. Así que corrimos hacia la reja, la saltamos de nueva cuenta y esperamos a la orilla del camino a que pasara el autobús nocturno, la metáfora que nos llevaría de regreso a Atenas. Detrás de nosotros, al otro lado de la reja, cinco o seis perros amenazantes seguían ladrando.
Aunque fue una aventura fallida, aquel encuentro con mi madre sembró en mí algo que, años más tarde, siendo ya una adulta, floreció bajo la forma de un entendimiento más profundo de las cosas. Tanto de las cosas personales como de las políticas, y de cómo ambas tienden a confundirse; y también sobre mi madre en particular y sobre las mujeres en general. Aunque tal vez la palabra correcta no sea «entendimiento», que tiene una connotación más pasiva. Tal vez la palabra correcta es «reconocimiento», en el sentido de re-conocer, conocer de nuevo, por segunda o tercera ocasión, como un eco de un conocimiento que trae consigo aceptación, y tal vez perdón. Espero que también mis hijos me perdonen, nos perdonen, algún día, por todas nuestras decisiones.
PRISIONEROS
Era el año de 1830, comienza a contarle mi esposo a los niños mientras hacemos fila en el Dunkin’ Donuts de Lawton. Andrew Jackson era presidente de los Estados Unidos en ese momento, y pasó una ley, aprobada por el congreso, llamada Indian Removal Act, o Ley de Expulsión de los Indios. Volvemos al coche cargados de donas, cafés y botecitos de leche, y yo me pongo a estudiar nuestro mapa de Oklahoma en busca de una ruta hacia Fort Still, donde están enterrados Gerónimo y el resto de su banda de apaches. El cementerio de Fort Still para prisioneros de guerra debe de estar a una media hora de camino.
Gerónimo y su banda fueron los últimos hombres en rendirse a los ojosblancos y a su Indian Removal Act, les explica mi esposo a los niños. No quiero interrumpir su historia para decirlo en voz alta, pero la palabra «removal», en inglés, se sigue utilizando como eufemismo de «deportación» en nuestros días. En algún lugar leí, aunque ya no recuerdo dónde, que «remover» es a «deportar» lo mismo que el sexo es a la violación. Cuando deportan a un inmigrante «ilegal» en nuestros días, él o ella, según se asienta por escrito, es «removido/a»: «removed». Saco mi grabadora de la guantera y comienzo a grabar a mi esposo, sin que él ni nadie se dé cuenta. Sus historias no guardan una relación directa con la pieza sonora en la que estoy trabajando, pero cuanto más escucho lo que cuenta sobre el pasado de este país, más me parece que podría estar hablando sobre su presente.
Gerónimo y su gente se rindieron en Skeleton Canyon, continúa él. Es una cañada cerca de Cochise Stronghold, que es adonde vamos a llegar pronto, el destino final de todo este viaje. En la capitulación final, que tuvo lugar en 1886, había quince hombres, nueve mujeres, tres niños y Gerónimo. Después de eso, el General Miles y sus hombres partieron a pie a través del desierto que rodea Skeleton Canyon, y fueron arreando a la banda de Gerónimo como quien arrea ovejas para subirlas a los barcos de la muerte. Caminaron en dirección norte más de 150 kilómetros, hasta lo que ahora son las ruinas de Fort Bowie, enclavadas entre las montañas Dos Cabezas y las Chiricahua, cerca de donde está Echo Canyon.
¿Dónde vivían los Guerreros Águila?, pregunta el niño, interrumpiendo.
Sí, exactamente, confirma su padre.
Luego caminaron otros treinta y cinco kilómetros, más o menos, hasta el pueblo de Bowie, les dice a los niños, que probablemente se pierden un poco con las referencias geográficas. Allí, en Bowie, amontonaron a Gerónimo y a su gente en un vagón de tren y los mandaron hacia el este, lejos de todos y de todo, a la Florida. Pero unos años después los volvieron a amontonar en un vagón de tren y los trajeron de regreso a Fort Still, donde la mayoría se fueron muriendo, poco a poco. Ahí enterraron a los últimos chiricahuas que habían nacido libres, en el cementerio que vamos a visitar hoy, les dice a los niños.
Pasamos varios terrenos baldíos, un Target, un restaurante abandonado, dos clínicas de atención de urgencias, una al lado de otra, un letrero que anuncia una feria de venta de armas y, por último, un semáforo en donde una pareja de viejos y una niña pequeña venden cachorros.
¿Me siguen escuchando?, pregunta mi esposo a los niños al detenerse en el semáforo.
Sí, pa, dice el niño.
Pero papá, interviene la niña, ¿puedo decir una cosa?
¿Qué cosa?
Sólo quiero decir que estoy empezando a aburrirme de tus historias de apaches, pero no te ofendas.
Está bien, dice él, sonriendo, no me ofendo.
Yo quiero seguir oyendo, pa, dice el niño.
Durante la guerra, continúa entonces su padre, el objetivo era eliminar al enemigo. Erradicar al enemigo por completo. Eran guerras muy crueles y sangrientas. Los apaches solían decir: «Ahora hemos emprendido el camino de la guerra».
Pero siempre por venganza, ¿verdad, pa? Nunca lo hacían así nada más, sin una razón, ¿no?
Exacto. Siempre por venganza.
Da vuelta a la izquierda en la próxima salida, interrumpo yo.
Estoy temblando, me dice mi esposo. Dice que no sabe si es por el café de Dunkin’ Donuts o de pura emoción. Después, sigue hablando. Les dice a los niños que cuando alguno de los grandes jefes, como Victorio, Cochise o Mangas Coloradas declaraban la guerra a los ojosblancos, reunían a todos los guerreros de todas las familias apaches y, entre todos, formaban un ejército. Luego atacaban pueblos y los destruían por completo.
Estoy temblando, mira, repite mi esposo en voz baja.
Sus manos, en efecto, tiemblan un poco. Pero él sigue contando la historia a los niños.
Si lo que querían era hacer saqueos, la estrategia era un poco distinta. De los saqueos se encargaban sólo siete u ocho guerreros, los mejores, e iban siempre a caballo. Entraban cabalgando a los ranchos y se robaban las vacas, los granos, el whisky y también niños. Robaban sobre todo niños y whisky.
¿Se llevaban a los niños?, pregunta la niña.
Sí, se los robaban.
Ahí adelante das vuelta, susurro. Mis ojos transitan del mapa a los letreros de la carretera y de regreso.
¿Y qué les hacían?, pregunta el niño.
A veces los mataban. Pero si tenían ciertas cualidades, si demostraban que podían convertirse en grandes guerreros, entonces los perdonaban. A esos niños los adoptaban y se volvían parte de la tribu.
¿Alguna vez trataban de escaparse?, pregunta el niño.
A veces lo intentaban. Pero en general les gustaba más su nueva vida, con su nueva familia, que la vida que llevaban antes.
¿Cómo? ¿Por qué?
Porque la vida de un niño de entonces no era igual que ahora. Los niños trabajaban todo el día en las granjas, sus padres eran muy duros con ellos, muchas veces pasaban hambre, y nunca tenían tiempo para jugar. Con los apaches la vida también era dura, pero por lo menos era más emocionante. Podían montar a caballo, cazaban y participaban en ceremonias. En la granja, con sus padres, lo único que hacían era trabajar en los campos y con los animales, todo el día, todos los días lo mismo. Incluso cuando se enfermaban.
Yo me habría quedado con los apaches, declara el niño después de pensarlo un poco.
¿Yo también?, pregunta la niña.
Y responde ella misma a su pregunta casi de inmediato:
Sí, yo también. Me habría quedado contigo, le dice a su hermano.
Nos acercamos a las rejas de la base militar. Todo este tiempo creímos que el nombre del lugar era Fort Still, pero ahora tenemos el letrero frente a nosotros:
Bienvenidos a Fort Sill, dice el niño, leyendo en voz alta. Es Fort Sill y no Fort Still, pa. Hay que decirlo sin la T. Necesitas el nombre correcto para tu inventario.
Qué lástima, dice su padre, Fort Still es mucho mejor nombre para un cementerio.
Puesto de control, dice el niño, leyendo de nuevo.
Y luego pregunta:
¿Hay un puesto de control?
Claro, le responde su padre. Estamos entrando en una zona del ejército de los Estados Unidos.
La idea de entrar en territorio militar me pone nerviosa. Como si me convirtiera de inmediato en una criminal de guerra. Bajamos las ventanillas y un joven, que parece menor de veinte años, nos pide nuestras identificaciones. Se las damos —en mi caso, el pasaporte; mi esposo, su licencia de conducir— y el joven las examina rutinariamente, sin poner demasiada atención. Cuando le pedimos indicaciones para llegar a la tumba de Gerónimo, nos mira a los ojos por primera vez y esboza una sonrisa casi tierna, sorprendido quizá por nuestra petición.
¿La tumba de Gerónimo? Sigan por Randolph, por este mismo camino, hasta llegar a Quinette.
¿Quintet?
Quinette. En Quinette a la derecha. Allí verán unos letreros que dicen Gerónimo. Sólo síganlos.
Una vez que subimos las ventanillas y avanzamos por la calle Randolph, el niño pregunta:
¿Ese señor era un apache?
Tal vez, digo yo.
No, dice la niña, hablaba igual que mamá, así que no puede ser apache.
Seguimos las indicaciones —Randolph, luego Quinette—, pero no hay ningún letrero que diga Gerónimo. En los jardines que franquean el camino vemos algunas reliquias de guerra y piezas ornamentales de artillería: obuses, morteros, casquillos, proyectiles. Un misil del tamaño de un niño de dos años, pintado de rosa, apunta hacia el cielo como el falo de un potro salvaje, listo, dispuesto, perturbadoramente lindo. La niña lo confunde con una nave espacial de juguete y decidimos no contradecirla.
Pasamos barracas convertidas en librerías y museos, casas viejas y casas nuevas, parques, canchas de tenis, una escuela primaria. Es un pueblito idílico, protegido del mundo exterior, tal vez no tan distinto de los miles de campus universitarios diseminados por el país, como el lugar donde vive ahora mi hermana, donde los jóvenes intercambian una vida dedicada a los esfuerzos familiares por créditos, que se convierten en calificaciones, que se convierten en un papelito que no les garantiza nada, nada salvo una vida vivida en el fantasmagórico limbo de los puestos en lugares no elegidos, la búsqueda de trabajo, las aplicaciones y la inevitable partida hacia un nuevo puesto.
¿Viven en una tumba o en una tomba?, pregunta la niña.
¿Qué? Nadie entiende la pregunta.
¿Gerónimo y los otros, viven en una tumba o en una tomba?
Los tres respondemos al unísono:
Una tumba.
Pero todavía recorremos unos kilómetros más antes de encontrar el primer letrero que indica cómo llegar a la tumba. El niño es quien lo ve primero, concentrado como va en la tarea que se le ha asignado. De pronto señala con el dedo y grita:
¡A la derecha! ¡Tumba de Gerónimo!
El camino serpentea, pasa por encima de unas vías de tren y de pequeños puentes, alejándose cada vez más de las escuelas, las casas, las reliquias de guerra, los parques, hasta internarse en un bosque, como si incluso ahora fuera necesario mantener a los apaches a cierta distancia. Como si Gerónimo pudiera, todavía, regresar a vengarse el día menos pensado.
Nos acercamos a un claro en el bosque salpicado simétricamente de lápidas grises y blanquecinas, y la niña grita:
¡Mira, papá, allí están: las tombas!
Su hermano la corrige.
Nos estacionamos frente a un letrero muy grande que el niño lee en voz alta mientras nos desabrochamos los cinturones:
Cementerio de Prisioneros de Guerra Apaches.
Abrimos las puertas y bajamos del coche.
En una placa de metal fijada a una piedra, a la entrada del cementerio, hay una especie de explicación de lo que vamos a ver. Es responsabilidad del niño, él lo decidió así, leer la información relativa a cada sitio. Se detiene ante ella y la lee en voz alta —su prosodia en sintonía con la hipocresía necrológica de la placa—. Se explica que los apaches chiricahuas descansan en aquel cementerio, donde fueron enterrados como prisioneros de guerra tras rendirse al ejército estadounidense en 1894. La placa conmemora «su determinación y perseverancia en el largo camino hacia un nuevo modo de vida».
ELEGÍAS
Caminamos en silencio por el cementerio siguiendo a mi esposo, que nos lleva directamente a la tumba de Gerónimo como si conociera el lugar. La tumba se destaca de las otras —una especie de pirámide hecha de piedras y cemento, coronada con una escultura de un águila de mármol apenas más pequeña que un águila de verdad—. A los pies del águila hay cigarrillos, una armónica, dos navajas de bolsillo; y flotando por encima de ella, atada a una rama, hay varios pañuelos, cinturones y otros artículos personales que la gente deja como ofrendas.
Mi esposo ha sacado sus instrumentos de grabación y ahora está de pie, inmóvil, ante la tumba de Gerónimo. Aunque no nos pide soledad o silencio, los tres sabemos que tenemos que darle su espacio, así que seguimos caminando entre las lápidas, primero juntos, pero después dispersándonos.
La niña corre por ahí buscando flores. Las arranca y luego las deja sobre las tumbas, una y otra vez. El niño zigzaguea entre las lápidas, concentrado en fotografiar algunas. Se toma muy en serio esta tarea. Primero mira a su alrededor, encuentra una tumba, levanta su cámara buscando un encuadre y luego enfoca y dispara. Una vez que la cámara escupe la foto, el niño la coloca entre las hojas del librito rojo que lleva bajo el brazo. Al cabo de un rato su padre lo llama para que lo ayude con el boom, así que el niño me deja la cámara y el libro y corre para alcanzarlo bajo una fila de árboles que bordean el lento riachuelo que marca el límite norte del cementerio.
Yo encuentro una buena sombra bajo un viejo cedro, y me siento. La niña sigue corriendo, recogiendo y distribuyendo flores, así que abro el librito rojo, Elegías para los niños perdidos, dispuesta a leer un rato, en silencio. Algunas fotos se caen de entre las hojas, y noto que el libro ha ido engordando con las Polaroids del niño. Las recojo y las meto entre las últimas páginas, y luego regreso a las primeras páginas con cuidado de no tirar de nuevo las fotos.
El prólogo explica que Elegías para los niños perdidos fue escrito originalmente en italiano por Ella Camposanto, y traducido luego al español por Sergio Pitol. Es la única obra de Camposanto (1928-2014), quien probablemente la escribió a lo largo de varias décadas, y está inspirada vagamente en la histórica Cruzada de los Niños, en la que decenas de miles de menores viajaron solos a través de Europa, y tal vez incluso más allá, y que tuvo lugar en el año de 1212 (aunque los historiadores no se ponen de acuerdo respecto a ciertos detalles fundamentales). En la versión de Camposanto, la «cruzada» sucede en lo que parece ser un futuro no tan lejano, y en una región que quizá podría situarse en África del Norte, el Medio Oriente y el sur de Europa, o bien entre Centroamérica y Norteamérica (los niños del libro montan en el techo de «góndolas», por ejemplo, una palabra que en Centroamérica designa a los vagones o los carros de los trenes de carga).
Al cabo de un rato, la niña, cansada y tal vez aburrida, viene a sentarse conmigo bajo el cedro, así que cierro el libro y lo guardo en mi bolsa. Mientras el niño y su padre terminan de recolectar sonidos, las dos nos ponemos a dar machincuepas y a ver cuántos segundos aguantamos paradas de manos.
CABALLOS
Está cayendo la tarde cuando nos vamos del cementerio, así que decidimos buscar un lugar cerca para pasar la noche. El niño se duerme al cabo de unos pocos minutos, antes incluso de pasar el puesto de control militar a la salida de Fort Sill. La niña hace un esfuerzo por seguir despierta un poco más:
Mamá, papá…
¿Qué pasó, mi vida?, le digo.
¡Gerónimo se cayó de su caballo! ¿Verdad?
Así es, dice mi esposo.
La niña llena el espacio entero del coche con el aire tibio de su aliento de cachorro. Nos cuenta, desde el asiento trasero, historias largas e incomprensibles que me recuerdan a algunas letras tardías de Bob Dylan, posteriores a su conversión cristiana. Luego, de pronto, parece cansarse de estar en el mundo y se queda callada, mirando por la ventana sin decir nada. Ahí, en esos ratos en que se quedan de pronto callados y miran hacia fuera de lo que sea que los contiene, quizás empieza a crecer el misterio que nos separa de nuestros hijos. No dejes de ser niña, pienso, pero no lo digo. Ella mira por la ventana y bosteza. No sé qué piensa; no sé si ve el mismo mundo que nosotros vemos. Afuera del coche se extiende el paisaje vejado, casi lunar de Oklahoma, su cáncer industrial multiplicado hacia el horizonte. Defiéndete de este mundo llano y jodido, pienso, tápalo con un dedo, cierra los ojos, pero no digo nada, desde luego.
La niña guarda silencio, observa atentamente por la ventanilla. Luego nos observa atentamente a nosotros, desde quién sabe qué larga distancia, ensimismada, para asegurarse de que no la estamos viendo cuando se mete el dedo pulgar a la boca. Se lo chupa. En el asiento trasero se instala un silencio distinto. El dedo adentro, la boca chupa. Poco a poco se va ausentando, casi borrada de entre nosotros. El dedo, chupado, la boca, bombea, el dedo, hinchado de saliva. Cierra los ojos, sueña caballos.
ECOS Y FANTASMAS
Mientras avanzamos en dirección norte, hacia las montañas de Wichita, cierro los ojos e intento dormir también, como mis hijos. Pero mi mente se hunde sin remedio en la idea de los niños perdidos, otros niños perdidos, y recuerdo a las dos niñas, solas, las imagino caminando a través del desierto, quizá ya no muy lejos de aquí.
Se me ocurre que tengo que grabar el documental sonoro sobre los niños perdidos usando las Elegías. Pero ¿cómo? Sé que necesito grabar algunas notas de voz. Tal vez debería, como mi esposo, ir recolectando sonidos por los lugares por los que pasamos en este viaje. ¿Será que yo también estoy persiguiendo fantasmas, como él? En todo este tiempo no he terminado de entender a qué se refiere cuando dice que su inventario de ecos tiene que ver con los «fantasmas» de Gerónimo, Cochise y los otros apaches. Pero al verlo hace rato, caminando con paciencia por el cementerio, y con el niño siguiéndolo a unos pasos con el boom y el Porta Brace —el hombro ligeramente levantado para sostener el pesado equipo de audio de su padre—, ambos con sus enormes audífonos, tratando de captar el sonido del viento entre las ramas, el rumor de los insectos y, sobre todo, el extraño y variado sonido de los pájaros; al verlo así, creo que empecé por fin a entender algo.
Creo que su plan es grabar los sonidos que ahora, en el presente, se escuchan en ciertos lugares por los que alguna vez caminaron, hablaron y cantaron Gerónimo y los otros apaches que pelearon junto a él.
De algún modo, está intentando captar su presencia pasada en el mundo, y hacerla audible a pesar de su ausencia actual. Y lo hace recolectando cualquier eco de ellos que todavía reverbere. Cuando un pájaro grazna o un viento sopla entre las ramas de los cedros en el cementerio donde Gerónimo está enterrado, ese pájaro y esas ramas iluminan una porción de un mapa, un paisaje sonoro, en donde Gerónimo estuvo alguna vez. El inventario de ecos no es una colección de sonidos que se han perdido para siempre —eso sería imposible—, sino una colección de sonidos presentes en el momento de la grabación y que, al escucharlos, nos recuerdan a los sonidos del pasado.
Al cabo de un rato llegamos a Medicine Park, donde rentamos una cabañita austera que tiene un buen porche con vistas a un arroyo. La cabaña tiene una cocineta sencilla, un cuarto de baño y cuatro catres como de campamento militar sobre los que depositamos a los niños, que duermen. Nuestros cuerpos caen sobre los catres, pesados y sumisos como árboles talados, y nos quedamos dormidos.
ARCHIVO
A la mañana siguiente me levanto antes del amanecer, lista para trabajar y tomar algunas notas de voz. Todos están dormidos, así que hago pipí y me lavo la cara sin hacer ruido, tomo mi bolsa y salgo. Siento el aire fresco en el rostro al caminar hacia el coche, que está estacionado junto a unos contenedores de basura, justo enfrente de la cabaña. De la guantera, saco mi grabadora y el mapa grande que uso para nuestras rutas diarias.
Me siento en el banco del porche; la lámpara que hay sobre la puerta de la cabaña sigue encendida porque afuera está oscuro todavía. Lo primero que hago es estudiar el mapa, localizar el punto en el que estamos. Nos hemos alejado de casa mucho más de lo que creía —un vértigo me pesa en el estómago, como una marea—. Enciendo la grabadora y grabo una nota de voz:
Estamos mucho más cerca del destino final del viaje que del punto de partida.
Después, saco de mi bolsa el libro de las Elegías, ensanchado por las fotos del niño que descansan entre sus páginas. Una por una, saco las fotos y las apilo a mi lado. Algunas son buenas, incluso muy buenas, y comienzo a describirlas en voz alta con la grabadora funcionando. La última foto, de una tumba, es inquietante. Me grabo diciendo:
El arco de la lápida de Jefe Cochise puede distinguirse con claridad, pero el nombre tallado en ella parece haber sido borrado de algún modo, irreconocible.
Hojeo las páginas del libro una última vez, asegurándome de que no queden fotos guardadas, y luego me detengo a analizarlo. Observo la sobria portada una vez más, leo partes del texto de contraportada y, por último, lo abro y leo en voz alta las primeras líneas de la historia:
(PRIMERA ELEGÍA)
Caras al rayo de luna, duermen. Niños, niñas: labios partidos, cachetes agrietados, y el viento que castiga día y noche. Ocupan el espacio completo, tiesos y tibios como cadáveres recientes, alineados en una sola hilera sobre el techo de la góndola del tren. Y el tren avanza lento sobre las vías, paralelo a un muro de acero. El hombre a cargo otea los cuerpos dormidos, los cuenta por debajo de la visera de su gorra. Cuenta: seis; siete menos uno. Sobre el techo de la góndola silba el viento, ulula, arrastra los sonidos de la noche hasta las cuencas blandas de los oídos de los niños, perturbándoles el sueño. Abajo, el suelo del desierto es pardo; arriba, el cielo azabache, inmóvil.
ARCHIVO
Leo esas primeras líneas una vez, y luego otra —en ambas ocasiones me pierdo un poco en las palabras, en la sintaxis—. Regreso unas cuantas páginas, al prólogo del editor, que había leído sólo a medias. Leo el resto del prólogo, pasando por encima de algunos párrafos y deteniéndome en ciertos detalles cada tanto: el libro se estructura en una serie de fragmentos numerados, dieciséis en total; cada fragmento es una «elegía», y cada elegía se compone, en parte, de una serie de citas. A lo largo del libro se toman prestadas citas de diversos escritores. En algunos casos las citas han sido «traducidas libremente» por la autora o «recreadas» hasta el punto de que no siempre es posible rastrear su origen. En esta primera edición (publicada en 2014), Sergio Pitol decidió traducir todos esos préstamos directamente del italiano y no desde las fuentes originales. Una vez que termino de leer el prólogo, releo la primera elegía en voz baja una vez más, y luego comienzo a leer la segunda en voz alta para la grabadora:
(SEGUNDA ELEGÍA)
Se llevaron Biblias, escapularios, talismanes, fotos, y cartas. Pero también advertencias, recordatorios y consejos de los parientes que los despidieron: «No te deshagas en llanto», le dijo su madre a uno tras darle un beso en la frente, en la puerta de casa, cuando amanecía. Y una abuela previno a sus nietas diciéndoles que temieran «los vientos de popa». Y una viuda del barrio repartió consejos: «No llores nunca en sueños, o perderás las pestañas».
Llegaron de pueblos distintos, los seis que ahora duermen sobre el tren. Llegaron de puntos muy distantes en el mapa, de otras vidas. Los que duermen a bordo del tren nunca antes cruzaron caminos, y sus vidas nunca debieron de haberse encontrado, pero se encontraron. Antes de abordar el tren, caminaban a la escuela, paseaban por parques o callejuelas, se perdían en el entramado de sus ciudades, algunas veces solos y otras veces no tan solos. Ahora, dormidos sobre el techo de la góndola, arracimados uno junto al otro, sus historias dibujan una sola línea que atraviesa estas tierras yermas. Si alguien trazara en un mapa su recorrido, el recorrido de estos seis, pero también de las decenas de niños como ellos y los cientos y miles que han viajado y seguirán viajando a bordo de idénticos trenes, ese mapa tendría una sola línea: una delgada grieta, una larga fisura partiendo en dos un hemisferio entero. «Chingada frontera sirve nomás pa partir esas vidas chingadas aquí y allá», dice una mujer a su marido cuando entra el silbido del tren distante por la ventana abierta de su casa.
Mientras viajan, dormidos o dormitando, los niños no saben si viajan solos o acompañados. El hombre al mando está sentado, cruzado de piernas, a su lado. Fuma una pipa y exhala humo hacia la oscuridad. Las hojas secas anidadas en el hornillo de su pipa sisean cuando inhala y luego se encienden —azafrán violento—, como una maraña de circuitos eléctricos en una ciudad nocturna, vista desde lo alto. Un niño acostado junto a él gime y traga un poco de saliva. Las ruedas del tren escupen chispas, una rama reseca se quiebra en lo oscuro, el tabaco crepita de nuevo y, cuando el conductor mete el freno, de las entrañas metálicas de la bestia se oye el sonido de mil chillidos, como si a su paso machucara racimos de pesadilla.
POZOS
Quizá, grabar algunos fragmentos del libro, leídos en voz alta, me ayudará a descubrir cómo armar este proyecto sonoro, a encontrar la mejor manera de contar la historia de los niños perdidos. Mis ojos recorren las líneas de tinta. Mi voz, suave pero firme, va leyendo las palabras: traga, escupe, crepita, chillidos; mi grabadora registra cada una y las convierte en cúmulos de información digital, y mi mente convierte la suma de esas palabras en impresiones, imágenes, recuerdos prestados. Grabo una nota de voz: «Debo grabar un documento que registre los sonidos, las huellas y los ecos que los niños perdidos dejan tras de sí».
Ahora oigo las voces y los pasos de mis hijos saliendo de la cabaña. Se han despertado, así que le doy stop a la grabadora, vuelvo a guardar las fotos del niño entre las páginas del libro y meto ambas cosas, grabadora y libro, en mi bolso de mano. El niño y la niña salen al porche y preguntan:
¿Qué estás haciendo aquí, ma?
¿Cuándo vamos a desayunar?
¿Qué vamos a hacer hoy?
¿Podemos ir a nadar?
Han descubierto, en la cabaña, un folleto que invita a los huéspedes a visitar la «joya» de Medicine Park: un pozo para nadar llamado Bath Lake, a menos de dos kilómetros de distancia.
Sólo cuesta dos dólares por persona, dice el niño, señalando con el índice la información en el folleto.
Y se puede ir caminando, añade.
Desayunamos un pan con jamón medio verdoso, que lleva varios días en la hielera. Después nos colgamos las toallas al cuello, yo agarro mi bolso de mano, y nos vamos caminando por un sendero estrecho hasta el pozo para nadar. Pagamos nuestros ocho dólares y extendemos nuestras toallas sobre unas piedras. No se me antoja meterme al agua fría, así que digo que me está bajando y que naden sin mí. Los tres corren hacia el agua mientras yo me siento al rayo del sol, mirándolos a la distancia, como fantasma de mí misma.
BORRADOS
Lo que hubo, entre Arkansas y Oklahoma, fueron horas de grabaciones.
Lo que hubo, a lo largo de tormentas y autopistas, fue mi esposo, que bebía en silencio su café o hablaba con los niños mientras manejaba. A veces, mi deseo de que todo terminara pronto, de alejarme de él lo más posible. Otras veces, mi deseo siguiendo sus pasos, con la esperanza de que él cambiara de idea de repente y anunciara que él y el niño regresarían a Nueva York, al terminar el verano, con nosotras. Lo que hubo, entre nosotros, fue silencio.
Lo que hubo fue una llamada telefónica de Manuela, sobre sus hijas, que no habían llegado todavía y quién sabe en dónde estaban. A veces, cuando cerraba los ojos para dormirme, veía el número de teléfono cosido al cuello de los vestidos que las niñas llevaban en su viaje rumbo al norte. Y, una vez dormida, veía un enjambre de números imposibles de recordar.
Lo que hubo, entre Memphis y Little Rock, fue la historia de Gerónimo, cayéndose del caballo una y otra vez.
Lo que hubo en Little Rock, Arkansas, fue Hrabal asomándose a la ventana del hospital, las manos llenas de migas, las palomas dispersándose cuando su cuerpo cae y se estrella contra el pavimento.
Lo que hubo fue Frank Stanford, cayendo al interior o al exterior de su propia mente, tres disparos secos.
En Broken Bow hubo noticias de niños que caían del cielo: un diluvio.
Lo que hubo en Boswell fue miedo.
Lo que hubo en Gerónimo fue un western.
También hubo un libro, Elegías para los niños perdidos, en el que un grupo de niños se suben al techo de un tren, los labios partidos, los cachetes agrietados.
Todo lo que hubo entre Arkansas y Oklahoma en realidad no estaba ahí: Gerónimo, Hrabal, Stanford, nombres en lápidas, nuestro futuro, los niños perdidos, las dos niñas perdidas.
Lo único que veo, a la distancia, es el caos de la historia repetida, una y otra vez, la historia recreada, reinterpretada. El mundo, su corazón jodido palpitando bajo nuestros pies; su fracaso, su ruina inevitable y progresiva mientras seguimos dando vueltas alrededor del sol. Y en medio de todo eso, tribus, familias, gente, cosas hermosas que se desmoronan, escombros, polvo, borraduras.
Pero, al final, hay algo. Tengo una única certeza. Me llega como un puñetazo en el estómago mientras nos adentramos más tarde ese mismo día en Texas, a toda velocidad por una autopista. La historia que tengo que contar no es la de los niños perdidos que sí llegan, aquellos que finalmente alcanzan sus destinos y pueden contar su propia historia. La historia que necesito documentar no es la de los niños en las cortes migratorias, como alguna vez creí. Todavía no estoy segura de cómo voy a hacerlo, pero la historia que tengo que contar es la de los niños que no llegan, aquellos cuyas voces han dejado de oírse porque están, tal vez irremediablemente, perdidas. Tal vez yo también voy a la búsqueda de ecos y fantasmas. Excepto que los míos no están en los libros de historia, ni en los cementerios. ¿Dónde están, los niños perdidos? ¿Y dónde están las dos hijas de Manuela? No lo sé, pero de esto en cambio estoy segura: si lo que quiero es encontrar algo, a alguien, si lo que quiero es contar su historia, tengo que empezar a buscar en otro lado.