Desierto sonoro
Primera parte » Expulsiones
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EXPULSIONES
Oye, hijo mío, el silencio.
Es un silencio ondulado,
un silencio,
donde resbalan valles y ecos
y que inclina las frentes
hacia el suelo.
FEDERICO GARCÍA LORCA
El avión siguió alejándose hasta no ser ya más que un punto brillante; un deseo; un centro; un símbolo […] del alma humana; de la voluntad humana […] de salir del propio cuerpo.
VIRGINIA WOOLF
TORMENTAS
Todos hablan del gran vacío de estas llanuras. Todos dicen: vastas y yermas. Todos: hipnóticas. Nabokov probablemente dijo en algún sitio: indómitas. Pero nunca nadie nos había hablado de las tormentas que desgajan el cielo de las mesetas. Se ven a kilómetros de distancia. Inspiran miedo, y aun así conduces de frente por la autopista, con la tenacidad estúpida de los mosquitos, hasta alcanzarlas, hasta sumergirte en ellas. Las tormentas de autopista borran la división ilusoria entre el paisaje y tú, el espectador; funden tu mirada observante y lo que observa. Incluso adentro del espacio hermético del coche, pareciera que el viento soplara hasta meterse en tu cabeza. Se cuela por las cuencas de los ojos, atónitos, nublándote el juicio. Y la lluvia, que naturalmente cae, parece que asciende. Los truenos retumban con tal fuerza que reverberan en tu pecho como una ansiedad súbita. Los rayos estallan tan cerca que no sabes si están afuera o adentro de ti, un destello que ilumina el mundo o una confusión de nervios y circuitos en tu cerebro: interacciones efímeras e incandescentes.
LENGUAJES PRIVADOS
Pasamos la tormenta, pero la lluvia sigue mientras atravesamos el extremo norte del estado de Texas, en dirección a Nuevo México. Ahora jugamos. El juego se trata de los nombres, de conocer exactamente los nombres de las cosas que hay en el desierto. Mi esposo les ha dado a los niños un catálogo de especies vegetales, y ellos tienen que memorizar el nombre de algunas cosas, cosas como el saguaro, nombres difíciles como gobernadora, jojoba, árbol de mezquite, y nombres más fáciles como órgano y choya güera, nombres de cosas comestibles, como tunas, nopales, y también nombres de animales que se comen esas cosas, como sapos pata pala, crótalo cornudo, tortuga del desierto, coyote, rata montera, pecarí.
Desde el asiento trasero, el niño lee los nombres en voz alta, saguaro, gobernadora, uno por uno, jojoba, mezquite, y su hermana va repitiéndolos, choya güera, y a veces se ríe cuando su lengua, nopales, no los pronuncia correctamente, sapo pata pala, crótalo cornudo, y a veces incluso ruge de frustración. Cuando nos detenemos para comprar cafés y leche, en un restaurante a la orilla de la carretera, su padre los pone a prueba. Señala la foto de una de las especies, cubriendo el nombre bajo la imagen, y los niños tienen que decir el nombre correcto, por turnos. El niño se ha aprendido ya casi todas las especies de memoria. La niña no. Sin importar qué imagen señale mi esposo, la niña grita, invariablemente, sin dudarlo un instante:
¡Saguaro!
Y nosotros tres, a veces sonriendo, a veces con impaciencia, respondemos:
¡No!
De regreso en el coche, la niña toca el vidrio de la ventana con la punta de un dedo, señalando hacia todas partes y ninguna, y dice:
¡Saguaro, saguaro, saguaro!
Pronuncia la palabra como si hubiera descubierto un planeta o una nueva estrella. Pero no hay saguaros aquí, no todavía, porque esto no es realmente el desierto, explica mi esposo. La niña no parece convencida y sigue contando saguaros por las planicies húmedas, pero ahora en voz baja, para sí misma, y su dedito pringoso deja marcas en la ventana empañada, como cartografiando lentamente la imposible constelación de todos sus saguaros.
ALIENS
Más tarde, ese mismo día, en una gasolinera cerca de Amarillo, Texas, escuchamos por casualidad una conversación entre la cajera y un cliente. Mientras cobraba, la cajera le dijo al otro que al día siguiente mandarían en aviones privados, financiados por un millonario patriótico, a cientos de niños invasores, «aliens» —como le dicen en inglés a los extranjeros, pero también a los extraterrestres—, para deportarlos, «de regreso a Honduras, o a México, o a algún otro lugar de Sudamérica». Los aviones, llenos de esos «niños aliens», saldrán de un aeropuerto cerca del famoso Museo de los Ovnis de Roswell, Nuevo México. No sé si la cajera pretende hacer hincapié irónico cuando pronuncia las palabras «niños aliens» y «Museo de los Ovnis» o si, por el contrario, la ironía le pasa totalmente inadvertida.
Tras una breve búsqueda en internet, de regreso en el coche, confirmamos el rumor. O, si no lo confirmamos, al menos encontramos dos artículos que lo respaldan. Me vuelvo hacia mi esposo y le digo que tenemos que ir a ese aeropuerto. Tenemos que manejar hasta allí y estar presentes cuando la deportación ocurra.
No vamos a alcanzar a llegar, me dice él.
Pero sí que lo haremos. Estamos a sólo unas pocas horas del primer pueblo de la frontera entre Nuevo México y Texas, un pueblo llamado Tucumcari, donde podemos pasar la noche. Podríamos despertarnos antes del alba al día siguiente y manejar unos trescientos kilómetros en dirección sur hasta aquel aeropuerto cerca de Roswell.
¿Cómo vamos a encontrar ese preciso aeropuerto?, pregunta él.
Lo encontramos, y ya.
¿Y luego qué?
Luego veremos, le digo, remedando un tipo de respuesta que mi esposo da con cierta frecuencia.
¡Luego podemos ir al Museo de los Ovnis!, dice el niño desde el asiento trasero.
Sí, digo yo, luego al Museo de los Ovnis.
JUEGOS
Mi espalda suda contra el cuero negro y desgastado del asiento del copiloto, mi cuerpo rígido de ir sentada en la misma posición durante tanto tiempo, tantos días. En la parte de atrás del coche, los niños juegan. El niño dice que ambos tienen sed y están perdidos y caminan por el desierto infinito, dice que ambos tienen tanta sed y tanta hambre que parece que el hambre los está rompiendo por dentro, comiéndoselos por dentro, dice que las penurias y la desesperanza los están venciendo. Me pregunto de dónde saca esas palabras. De El señor de las moscas, me imagino. En cualquier caso, quiero decirle que su juego de recreaciones es frívolo porque qué van a saber ellos sobre los niños perdidos, sobre las penurias y la desesperanza o sobre perderse en el desierto.
Cada vez que el niño empieza a fingir, en el asiento trasero, que su hermana y él nos han abandonado, que se escaparon y ahora son también niños perdidos que vagan solos por el desierto, sin adultos, mi primer impulso es frenarlo de inmediato. Quiero pedirles que no sigan con ese juego. Decirles que ese juego es irresponsable, insensible, e incluso peligroso. Pero no encuentro argumentos persuasivos ni razones suficientemente sólidas para ponerle un dique así a su imaginación. Quizás cualquier tipo de entendimiento profundo, y sobre todo la comprensión histórica, requiere de cierta recreación del pasado, con todas sus pequeñas posibilidades y ramificaciones. El niño sigue, y yo lo dejo seguir. Le dice a su hermana que van caminando bajo el sol ardiente, y ella retoma la imagen y dice:
Estamos caminando en el desierto y hace tanto calor que es como si camináramos encima del sol, no bajo el sol.
Y muy pronto nos vamos a morir de sed y de hambre, dice él.
Sí, responde ella, y nos van a comer los animales, ¡a menos que lleguemos a Echo Canyon pronto!
GRAVEDAD
El paisaje se despliega, cada vez más plano, cada vez más seco. Llevamos ya más de tres semanas de viaje, aunque a veces se siente como si hubiéramos salido del departamento hace unos pocos días; y otras veces, como ahora mismo, se siente como si lleváramos toda una vida viajando, y como si los cuatro fuéramos muy distintos de aquellos cuatro que empezaron el viaje.
El niño habla desde el asiento trasero. Me pide que ponga la canción de David Bowie sobre los astronautas. Le pregunto cuál canción es ésa, de cuál disco, pero no sabe. Dice que es una canción sobre dos astronautas que platican mientras uno despega hacia el espacio y el otro permanece en tierra. Busco en mi teléfono las canciones posibles, encuentro «Space Oddity» y le doy play.
¡Sí, ésa es!, dice el niño, y me pide que le suba.
Así que la pongo a todo volumen mientras miro por la ventanilla los cielos imposiblemente amplios de Texas. Ground Control habla con Major Tom, que está a punto de despegar hacia el espacio. Fantaseo con otras vidas —distintas, aunque tal vez no tan distintas de la mía—. Algunas personas, cuando sienten que su vida se ha estancado, dinamitan los puentes y comienzan de cero. Admiro a esa gente: mujeres que dejan a sus hombres, hombres que dejan a sus mujeres, gente capaz de detectar el momento en que esa vida, elegida tiempo atrás, ha llegado a su fin, a pesar de los planes para el futuro, a pesar de los niños que quizá tienen, a pesar de las próximas Navidades, la hipoteca que firmaron, las vacaciones de verano reservadas, la familia y los amigos a quienes tendrán que dar explicaciones. Yo nunca he sido buena para eso: reconocer el final cuando llegó e irme a tiempo. «Space Oddity» suena a todo volumen en las viejas bocinas del coche, que crujen un poco. Son como una chimenea en torno a la cual nos congregamos. La voz de Bowie salta de Ground Control a Major Tom y de regreso.
¡Más fuertísimo!, grita la niña, que ama el hechizo que está produciendo esta canción.
¡Ponla de nuevo!, dice el niño cuando la canción termina.
Ponemos «Space Oddity» más veces de las que creía que podría escuchar una canción. Cuando los niños piden que la ponga de nuevo, me vuelvo en mi asiento para mirarlos con aire de fastidio, dispuesta a decirles que no puedo soportarlo más, que no voy a aguantar escuchar una vez más esa canción. Pero, antes de que pueda decir nada, descubro que el niño se está poniendo un casco imaginario a sí mismo y otro a la niña, y que simula hablar a través de un walkie-talkie invisible:
Te copio, te copio, ¡Ground Control a Major Tom!
Les sonrío a los dos, pero ellos no me sonríen. Están demasiado concentrados aferrándose a un volante imaginario, listos para despegar en una cápsula hacia el espacio, expulsados de la parte de atrás del coche, quizá, hacia las anchas llanuras que se extienden a nuestro alrededor mientras avanzamos. Sé que he comenzado a distanciarme, yo también. Me alejo del núcleo familiar, del centro gravitacional que alguna vez mantuvo en órbita mi vida. Voy sentada en esta caja de hojalata, alejándome de mi hija, de mi hijo. Soy su Major Tom. Y ellos son mi Ground Control y se alejan a su vez de mí. No estoy segura de qué papel juega mi esposo en esta canción. Va callado, retraído. Persiste en su tarea, al volante. Se concentra en la autopista que se extiende ante él como si estuviera subrayando una frase larga en un libro muy difícil. Cuando le pregunto en qué piensa, normalmente responde:
En nada.
También ahora le pregunto en qué piensa y espero su respuesta. Observo sus labios. Los tiene secos, cuarteados, pero besables. Él reflexiona un poco, se moja los labios con la punta de la lengua:
En nada, dice.
LÍNEA DE SOMBRA
El miedo, durante el día, bajo la luz del sol, es algo concreto y les pertenece a los adultos: acelerar de más en la autopista, los policías blancos, los posibles accidentes, un adolescente armado, el cáncer, los ataques cardiacos, los fanáticos religiosos, insectos grandes y medianos.
De noche, el miedo les pertenece a los niños. Es más difícil localizar su origen, ponerle un nombre. El miedo nocturno, en los niños, es un ligero cambio cualitativo de las cosas, como cuando una nube pasa de pronto frente al sol y los colores se vuelven una versión más pálida de sí mismos.
Por la noche, el miedo de nuestros hijos es la sombra que una cortina proyecta sobre la pared, el rincón más oscuro de la habitación, los sonidos de la madera al expandirse y del agua desplazándose por las tuberías.
Pero ni siquiera es eso, en realidad. Es algo mucho más grande que todo eso. Está más allá de todo eso. Demasiado lejano como para aprehenderlo o enfrentarlo, no digamos para domarlo. El miedo de nuestros hijos es una especie de entropía que desestabiliza siempre el equilibrio, sumamente frágil, de nuestro mundo adulto.
Las carreteras largas y sin curvas, vacías y monótonas, nos llevaron desde Oklahoma, a través del extremo norte de Texas, y nos trajeron hasta este tramo de concreto junto a la Ruta 66. El pueblo es Tucumcari, Nuevo México, y aquí encontramos un hotel que alguna vez fue una casa de baños. No sé bien si eso significa que en el fondo era un burdel. El dueño de la gasolinera lo describió como un paraíso, cuando le preguntamos por algún lugar cercano para alojarnos: elegancia sencilla, mecedoras, ambiente familiar.
En lugar de eso, lo que encontramos al estacionar el coche es un cementerio de bañeras y sillas rotas, regadas por un terreno en pendiente que desembocaba en un porche con hamacas deshilachadas pendiendo sobre macetas vacías. Encontramos cantidades alarmantes de gatos. La pensión parece de mal agüero. Los niños están en lo correcto al señalar que el espacio es:
Espeluznante.
Terrorífico.
Dicen:
Vámonos a casa.
¿Aquí hay fantasmas, ma?
¿Por qué hay una mujer espantapájaros en el pasillo, con un vestido puesto, en una mecedora?
¿Para qué ponen máscaras y sombreros y cruces en las habitaciones?
Las noches se están volviendo más y más largas y llenas de miedos pasados y futuros. En esta pensión tenemos dos habitaciones adyacentes, y mi esposo se ha ido a dormir, temprano, a la nuestra. Cuando meto a los niños a su cama, me preguntan:
¿Qué va a pasar, mamá?
No va a pasar nada, les aseguro.
Pero insisten. No pueden dormir. Están asustados.
¿Me puedo chupar el dedo, mamá?
¿Nos puedes leer una historia antes de dormir?
Hemos leído demasiadas veces El libro sin dibujos y ya no nos da risa, sólo a la niña. Así que elegimos la edición ilustrada de El señor de las moscas. La niña se queda dormida casi de inmediato, chupándose el dedo. El niño escucha con atención, los ojos abiertos y expectantes y no del todo preparados para dormir. Algunas frases leídas en voz alta flotan por la habitación como sombras:
«Tal vez hay una fiera… tal vez la fiera somos nosotros».
«Hicimos todo lo que hubieran hecho los adultos. ¿En qué fallamos?».
«El mundo, aquel mundo comprensible y legislado, estaba desapareciendo».
«Lo que quiero decir es… que tal vez sólo somos nosotros».
Mi esposo me dijo una vez que cuando el niño era pequeño, cuando era todavía un bebé, poco después de la muerte de su madre biológica, comenzó a despertarse casi cada noche con pesadillas, llorando en la cuna destartalada donde dormía. Mi esposo caminaba hasta él, lo sacaba de la cuna y, arrullándolo en sus brazos, le cantaba algunas frases de un poema que le gustaba, de Galway Kinnell:
Cuando camino sonámbulo
hasta tu cuarto, y te tomo en brazos,
y te sostengo a la luz de la luna, tú te aferras a mí con fuerza
como si aferrándote pudieras salvarnos. Creo
que tú crees
que no moriré nunca, creo que exudo
para ti la permanencia del humo o de las estrellas,
a pesar de que
son mis brazos rotos los que sanan al rodearte.
El niño se aferra a mi brazo ahora, mientras intento pasar una página del libro. Antes de que pueda seguir leyendo, me pregunta:
¿Qué pasaría si también yo me quedara solo, sin ti y sin mi papá?
Eso nunca sucedería.
Pero le pasó a las hijas de Manuela, dice él. Y ahora están perdidas, ¿no?
¿Cómo sabes eso?, le pregunto, quizás ingenuamente.
Te oí hablando de eso con mi papá. No los estaba espiando. Tú siempre estás hablando de eso.
Bueno, pero no te va a pasar lo mismo a ti.
Pero imagínate…
¿Qué me imagino?
Imagínate que mi papá y tú se van, y nosotros nos perdemos. O imagínate que estamos dentro de El señor de las moscas. ¿Qué pasaría entonces?
Me pregunto qué diría mi hermana, que entiende más de libros que de la vida, si tuviera que responder una pregunta como ésta. Se le da muy bien lo de explicar los libros y sus significados, más allá de lo evidente. Tal vez diría que todos esos libros y esas historias que tratan de niños sin adultos —libros como Peter Pan, Las aventuras de Huckleberry Finn, el cuento aquel de García Márquez de «La luz es como el agua» y, por supuesto, El señor de las moscas— no son sino intentos desesperados, por parte de los adultos, de hacer las paces con la infancia. Que a pesar de que parezcan historias sobre mundos infantiles —mundos sin adultos—, en realidad son historias sobre un mundo adulto lleno de miedos infantiles. O quizá son historias sobre el modo en que la imaginación de los niños desestabiliza nuestro sentido adulto de la realidad y nos obliga a cuestionarnos los fundamentos mismos de esa realidad. Sin duda, cuanto más tiempo pasamos rodeados de niños, desconectados de otros adultos, más se filtra esa imaginación por las grietas de nuestras endebles estructuras.
El niño repite su pregunta, exige una explicación de cualquier tipo:
Entonces, ¿qué pasaría, mamá?
Sé que tengo que responderle desde mi aventajada posición de madre, mi papel es ser la voz que sirva de andamiaje a su propio mundo —un mundo inacabado, en construcción—. El niño no necesita oír sobre mis propios miedos o mis dudas filosóficas. Lo que necesita es explorar esa hipótesis aterradora —estar solo, sin sus padres— a fin de hacerla menos aterradora. Y yo tengo que ayudarlo a construir esa situación en su cabeza para que logre, tal vez, encontrar la solución imaginaria al problema imaginario y sienta que controla un poco más su miedo.
Pues… es una buena pregunta, porque este libro se trata exactamente de eso.
¿Qué quieres decir? ¿Por qué? ¿De qué se trata?
Creo que se trata de la naturaleza humana.
Odio cuando dices ese tipo de cosas, ma.
Está bien. Quiero decir que el autor, William Golding, escribió este libro después de la Segunda Guerra Mundial, y estaba decepcionado de que la gente se la pasara peleando y buscando tener más poder sin entender siquiera por qué o para qué. Así que imaginó una situación, una especie de experimento científico imaginario, en el que unos niños se quedan varados en una isla y tienen que valerse por sí mismos para sobrevivir. Y con ese experimento imaginario concluyó que la naturaleza humana nos lleva a cosas muy malas, como la barbarie y el abuso, si nos sustraemos al imperio de la ley y al contrato social.
¿Qué quiere decir sustraemos?
Que no lo tenemos o no lo hacemos, nada más.
¿Pero qué es eso de la naturaleza humana sustraída al imperio de la ley? Ojalá no hablaras así, ma.
Quiere decir solamente el modo en que nos comportamos de manera natural, sin las instituciones y las leyes. La historia de estos niños es en realidad una fábula de lo que les pasa a los adultos en tiempos de guerra.
Sé lo que es una fábula, ma, y este libro no se parece nada a una fábula.
Pero sí es. Porque los niños en realidad no son niños. Son adultos imaginados como niños. Tal vez sea más bien una metáfora.
Bueno, está bien, ya está, ma.
Pero ¿sí entiendes lo que te estoy diciendo, verdad?
Sí, entiendo. Quieres decir que la naturaleza humana es la guerra.
Sí, bueno, no. Digo que ésa es la idea de William Golding sobre la naturaleza humana. Pero no es la única idea posible sobre la naturaleza humana.
¿Entonces?
Entonces nada, entonces el punto principal que el libro trata de plantear es simplemente que los problemas de la sociedad se remontan a la naturaleza humana. Si A, entonces B. Si los humanos son por naturaleza egoístas y violentos, entonces siempre terminarán matándose y abusando del otro, a menos que vivan bajo leyes y bajo un contrato social. Y como los niños de El señor de las moscas son egoístas y violentos por naturaleza, y han sido sustraídos del contrato social, crean una especie de pesadilla de la que no logran despertar, y terminan creyendo que sus propios juegos y sus locuras son ciertos, y en algún momento empiezan a torturarse y matarse unos a otros.
Pero volviendo a lo de la naturaleza humana. Si mi papá y tú y todos los adultos desaparecieran, ¿qué pasaría con nuestro contrato social?
¿Qué quieres decir?
O sea, ¿mi hermana y yo terminaríamos haciéndonos todo eso que se hacen, unos a otros, los niños de El señor de las moscas?
¡No!
¿Por qué no?
Porque ustedes son hermanos, y se aman.
Pero a veces la odio, aunque sea mi hermana. Aunque sea chiquita. Aunque nunca dejaría que le pasara nada malo. Pero tal vez sí dejaría que le pasara algo un poquito malo. No sé exactamente cuál es mi naturaleza humana. Entonces, ¿qué pasaría con nuestro contrato social?
Me acerco unos centímetros más para olerle la coronilla. Puedo ver sus pestañas subir y bajar lentamente conforme sus párpados se van volviendo más pesados.
No sé. ¿Qué crees tú que pasaría?, le digo.
El niño se encoge de hombros y suspira, así que yo le aseguro que no le pasaría nada malo, nunca. Pero lo que no le digo es que su pregunta me pesa tanto como le pesa a él mismo. ¿Qué pasaría?, me pregunto. ¿Qué pasa cuando los niños se quedan solos por completo?
Cuéntame qué pasa en el otro libro que estás leyendo, dice el niño.
¿Te refieres al rojo, Elegías para los niños perdidos?
Sí, ése, sobre los otros niños perdidos.
El niño me escucha con atención mientras le cuento sobre los trenes de carga, sobre el monótono ruido de pasos y sobre el desierto, inanimado y calcinado por el sol, y sobre un país extraño bajo un cielo extraño.
¿Me leerías un poquito de ese libro?
¿Ahorita? Es muy tarde, mi amor.
Sólo un capítulo.
Bueno, pero sólo uno, ¿está bien?
Está bien.
(TERCERA ELEGÍA)
Los niños querían preguntar, todo el tiempo:
¿Cuánto falta para llegar?
¿Cuánto tiempo más?
¿Cuándo podemos parar a descansar?
Pero el hombre al mando no aceptaba preguntas. Lo había dejado muy claro desde el principio del viaje, antes de que abordaran el tren, mucho antes de que llegaran al desierto, cuando eran todavía siete y no seis.
Lo dejó claro desde el primer día, cuando cruzaron el río marrón y furibundo a bordo de la gran cámara. El balsero —dos ojos mansos y cansados, manos arrugadas y callosas— los acomodó por peso alrededor del borde de la cámara. Después de recolectar la cuota, se paró en el centro del tablón de madera atravesado sobre la cámara, clavó la punta de su pértiga de palo en la orilla del río, empujó, y la cámara se deslizó sobre el agua.
La cámara de hule, mucho antes de servir a los niños para cruzar el río, había sido el intestino de una llanta, una llanta que había pertenecido a un camión, un camión que había llevado mercancía de un país a otro, atravesando fronteras nacionales, un camión que había viajado de ida y vuelta, numerosas veces, por decenas de caminos diferentes, hasta que un día se estampó con otro camión similar en la curva cerrada de una carretera sinuosa, y los dos se fueron dando tumbos por el desbarrancadero, hasta que tocaron fondo. El estruendo metálico que reverberó en la noche quieta se escuchó en una aldea cercana, de la cual, la mañana siguiente, llegaron varios curiosos a investigar la escena y a rescatar vestigios. Sobrevivientes no había. De un camión rescataron cajas de jugo para muchos meses, casetes de música, un escapulario colgado del retrovisor. Del otro, bolsas y más bolsas de polvo. «Tal vez es cemento», dijo uno de los aldeanos. «Seas pendejo», respondió otro, «qué cemento va a ser». Los días pasaron y los aldeanos fueron y vinieron, vinieron y fueron, entre sus casas y el lugar del accidente, llevándose todo lo que podían, todo lo que pudiera serles útil o que pudieran vender a otras personas. Y casi todo servía o se podía vender, salvo los dos cadáveres de los choferes, aferrados todavía a sus respectivos volantes y cada día más descompuestos e innombrables. Nadie sabía qué hacer con ellos y nadie acudió a reclamarlos, así que un día una viejita de la aldea fue a darles su bendición y dos jóvenes cavaron tumbas y clavaron cruces blancas en el suelo para que pudieran descansar en paz. Antes de partir, los dos jóvenes echaron un ojo a ver si había algo más para llevarse, y no había casi nada excepto las llantas de los camiones, veinte llantas cada uno. Sacaron las cámaras de todas esas llantas, las desinflaron y se las vendieron al triciclero de la aldea, que pedaleaba todas las madrugadas hasta la orilla del río para vender ahí su mercancía: empanadas, agua fría, pan dulce y ahora, a lo largo de varios viajes, cuatro decenas de cámaras para balsas, para llevar personas de un lado a otro del río.
Ahora la cámara de la llanta se deslizaba por el agua parda, y los siete niños iban sentados en su borde, abrazados a sus mochilas, y ligeramente inclinados hacia el frente para mantener el equilibrio. Se habían quitado los zapatos, y los tenían prensados entre los dedos, a salvo de la salpicadera de la corriente. El poderoso río fluía a su alrededor como un sueño intranquilo. «No habrá alegría en el brillo intenso de la luz», había dicho la abuela de las dos niñas al describir el largo tramo de aguas revueltas que tendrían que atravesar. Y era verdad que no había alegría en los rayos que les rebotaban en las frentes, ni belleza en los destellos de luz que rebotaban en los pliegues de ese río.
La mayor de las dos niñas, llena de miedo y de espanto, se había atrevido a preguntarle al hombre al mando:
¿Cuánto falta —cuánto más— para llegar a la orilla?
La niña trataba de no bajar la vista, de no mirar el agua. Nomás voltear, se imaginaba ahogada, tragada por esa lengua larga y marrón que era el río, su barriga henchida y flotando en el caudal, ya luego escupida en quién sabe qué orilla muy lejos. Su abuela, antes de que ella y su hermana se marcharan con el hombre al mando, les había advertido que era el tipo de río que «te miraba vengativo, como un áspide moribundo». No volteaba a ver el agua abajo pero tampoco quería alzar la vista para no verle la cara al hombre, que ahora la miraba a ella desde la sombra diagonal de su visera, los ojos dos cuevas.
Antes de responder a la pregunta de la niña, el hombre alargó un brazo lento hacia ella y le arrebató de las manos un zapato. Luego, lo dejó caer en una espiral que la corriente arremolinaba en el centro vacío de la cámara. El balsero siguió remando. El zapato tragó un poco de agua, pero permaneció a flote, resistiendo el empuje y rozando la pared interna del hule de la cámara. Mirando hacia el zapato desde su puesto, y después hacia la orilla que los esperaba, el hombre al mando le habló a la niña, pero también a todos los demás:
Un trato te hago, niña. Vas a llegar al otro lado cuando este zapato llegue al otro lado. Pero si el zapato se hunde antes de llegar a la otra orilla, tampoco llegas tú.
La niña miró a su hermana, más chica pero más recia que ella. Le hizo una seña para que cerrara los ojos, para que no mirara ni el agua ni al hombre ni nada, para que no mirara nada, y la más grande cerró los ojos, pero la más chica no hizo caso. La chica miró el agua, miró al hombre, miró hacia el cielo donde surcaban dos pájaros grandes, tal vez águilas tal vez buitres, y pensó son los dioses que flotan que cuidan y que saben.
La hermana mayor mantuvo los ojos cerrados, intentando no escuchar al hombre, intentando no escuchar sino el hule de la cámara golpeando contra el agua, ascendiendo y cayendo. El hombre murmuró amenazas que embargaron a los niños de terror, amenazas como «hundirse hasta el fondo», «las caras azules» y «alimento de peces». Todos entendieron, mientras la cámara encallaba ya en la otra orilla del río puerco, que habían llegado pero que no habían llegado a ninguna parte.
AQUÍ
Todos duermen, por fin: los niños en su cuarto y mi esposo en el nuestro. Yo salgo al porche de la antigua casa de baños. Estoy cansada, pero no tengo sueño, así que prefiero seguir leyendo un rato. Rodeada de bañeras viejas y lavabos, me siento en una mecedora de mimbre desbaratado y madera astillada, y saco mi grabadora de mano y el librito rojo de mi bolso. Le doy grabar y sigo leyendo:
(CUARTA ELEGÍA)
En la otra orilla del río, el hombre al mando les ordenó hacer una fila india, y en fila penetraron la selva tupida. Con la punta de una vara el hombre los tocó a cada uno en la cabeza, en el orden en que estaban, y dijo: niña uno, niña dos, niño tres, niño cuatro, niño cinco, niño seis, niño siete.
Las primeras horas fueron fáciles, incluso alegres. Era mejor estar así, los pies calzados y en tierra firme, avanzando juntos por un camino trazado, abierto a machetazos entre la maleza. Era mejor estar ocultos, protegidos por la espesura de la selva, que andar atravesando el río puerco a bordo de una cámara, en pleno sol y a la vista de tantos.
Pero a medida que descendían por el camino de la selva, cuando ya empezaba a hacerse de noche y el aire se hizo más espeso y la selva más cerrada, se les fue agotando la voluntad. Y cuando llegó la noche y siguieron caminando, empezaron a escuchar las cosas que de día la selva no mostraba. Escucharon muchos otros pasos, y no sabían si venían detrás de ellos o si iban delante. Escucharon susurros, voces. Unas eran voces reales, como las suyas, provenientes de distintas direcciones. Otras voces no sonaban a nada humano. Las oían no con los oídos sino como con el recuerdo. A esas voces les temían. A ratos se desvanecían y a ratos se oían cerca, como si estuvieran ahí mismo entre los niños, atoradas en las piedras que pisaban, en las hojas puntiagudas de los helechos que se sacudían cuando los rozaban con los brazos, en los troncos de los árboles detrás de los cuales se escondían para vaciarse las vejigas. Y aunque casi siempre eran voces solas, palabras sueltas y a veces ni palabras, a ratos parecía que entre ellas también se oían y conversaban:
«¿Cómo llegaste?».
«Pernocté».
«Adverso hado y abundoso».
«Bajando descuidado».
«Caí de golpe».
«Rompiéndome la nuca».
«Ante los muertos en la sombra».
«Sal de la fosa».
«Sal de la fosa».
«Sal de la fosa».
Yo también las escucho, les dijo un señor, un cura evangélico, que en la mañana apareció sentado junto a los rescoldos de la hoguera que les había alumbrado la primera noche. El cura se les pegó y anduvo caminando junto a ellos un buen trecho. Pertenecen a los extinguidos, los antiguos y los recientes, les dijo. No le hagan caso, les dijo el más grande de los niños, no le hagan caso y sigan caminando, está loco, es uno de los evangélicos y anda buscando nomás quien lo escuche para volverlo loco también. El hombre a cargo no lo callaba, pero tampoco lo escuchaba. Los demás niños sí lo escucharon, porque escuchaban esas voces y tenían miedo y tenían preguntas y el evangélico tenía respuestas. Las voces pertenecían a las almas que se alzaban de las osamentas oscuras, les dijo el evangélico, almas muertas pero necias de apego al mundo: algunas de muchachos jóvenes, algunas de niñas, muchas de hombres y mujeres, todos sus gemidos reverberando, persistiendo en la superficie del mundo sin saber que la salvación estaba en otra parte. Cuando hacían hoguera y se acostaban en el suelo para pasar la noche, el evangélico sacaba unos trozos de papel de su bolsillo, y leía pregones. Decía: «¡Impetuosos muertos impotentes!». Leía: «¡Los insepultos, lanzados sobre la tierra vasta!». Vaticinaba: «¡El niño no plañido, el insepulto!». Y aunque no entendían sus palabras tan largas, tan oscuras, y el evangélico desapareció una mañana, sin aviso, igual que había aparecido, siguieron caminando como bajo la sombra de esas palabras el resto del camino.
Detrás del hombre al mando, los siete niños se echaban a andar con los primeros rayos del sol y caminaban en fila hasta el mediodía. A la hora más alta del sol, cuando el hombre al mando daba la señal, podían detenerse a comer lo que trajeran en la mochila: pan, pasas, nueces, tragos de agua. Pero enseguida tenían que retomar camino. Continuaban así hasta la hora de las sombras largas, cuando empezaba a caer la tarde, y muchas veces seguían andando aún cuando el sol engordaba y empezaba a hundirse, rojo y remoto, entre los columpios del horizonte.
Viajaron a pie durante diez días. Marchaban desde el alba hasta que el hombre al mando dijera que podían por fin parar, o hasta que alguno de los más chicos no pudiera dar un paso más y se cayera al suelo. Era frecuente que los más chicos se tropezaran o que se tiraran a propósito al piso. Sus cuerpos no estaban listos para caminar tantas horas. Tenían las piernas demasiado cortas, los pies atamalados y muy chicos, los empeines planos, la piel de los tobillos y de los metatarsos delgadísima. Incluso los niños más grandes —callos más recios, arcos de empeine más pronunciados, articulaciones apuntaladas por músculos y tendones macizos— apenas si podían caminar más allá del atardecer. Si seguían adelante no era por ganas, sino por orgullo, o por puro vapor de voluntad. Así que, cuando alguno de los más chicos por fin se rendía y se tumbaba al suelo, jadeando y chillando de dolor, y obligaba a la caravana completa a detenerse, lo agradecían.
Entrada la noche, cuando el hombre al mando daba la señal, de a dos, se ponían a buscar hojas, palos y ramas, recogiendo todo lo que estuviera seco y muerto, y lo apilaban en un centro para encender la hoguera. Sólo entonces, con la hoguera ya bien encendida, tenían permiso de descansar y quitarse los zapatos. Con las piernas cruzadas o extendidas en el suelo, algunos se quedaban como desmayados, mansos, quietos y tiesos, la mirada clavada en los lengüetazos tenaces de las llamas de la hoguera. Otros, poco a poco, se desataban las agujetas, y se quitaban los zapatos y luego los calcetines como si despegaran una calcomanía. Se masajeaban los empeines entumidos, aliviándose los calambres. Unos se ponían a llorar de dolor ya que se descalzaban. Y uno, una vez, vomitó de espanto cuando se vio los calcetines ensangrentados y la piel de los tobillos hecha jirones.
Antes de dormirse, todos se preguntaban, cada uno a su manera, cuánto faltaba, cuánto tiempo más, cuánto más había que caminar antes de llegar al patio de maniobras de los trenes. Pero ninguno se animaba nunca a hacerle la pregunta al hombre a cargo. Sentados en círculo alrededor de la hoguera moribunda, se iban pasando de mano en mano un pocillo de agua caliente, hasta que el sueño los iba venciendo. Ponían los cachetes contra la tierra tibia y áspera, cerraban los ojos, y deseaban sólo no soñar con nada, dormirse nomás.
JUNTOS SOLOS
Al meterme en la cama y acurrucarme junto a mi esposo, alcanzo a oír todavía los ecos de esos otros niños. Oigo el monótono sonido de los miles de pasos perdidos, y un apagado coro de voces que tejen y destejen frases.
Está la historia de los niños perdidos y su cruzada, su peregrinación a través de junglas y tierras yermas, que yo leo y sobre la cual mi hijo tiene más y más curiosidad. Y luego está también la historia de los niños perdidos de verdad, entre los que hay algunos que van a abordar un avión pronto. Hay miles de niños más, también, que cruzan la frontera o se dirigen hacia ella montados en trenes, escondiéndose de peligros. Están las dos hijas de Manuela, perdidas en algún sitio, esperando a que alguien las encuentre. Y por último están, desde luego, mis propios hijos. A uno podría perderlo pronto. Ambos se la pasan fingiendo en juegos, ahora, que son niños perdidos, que tienen que huir, ya sea porque escapan de los ojosblancos, a lomos de sus caballos en bandas de apaches infantiles, o montados en trenes, evitando a la migra.
Cuando mi esposo percibe mi cuerpo junto al suyo, desde las profundidades de su sueño, se aleja un poquito, así que me giro hacia el otro lado y me acurruco contra la almohada. Me quedo dormida con la misma pregunta que me hizo el niño hace un rato:
¿Qué pasa cuando los niños se quedan solos?
La pregunta regresa a la mañana siguiente, más como presentimiento que como pregunta, mientras empacamos para partir y nos preparamos para el viaje en coche hasta el aeropuerto cerca de Roswell.
TRIÁNGULOS
En la radio escuchamos un largo reportaje sobre los niños en la frontera. Habíamos decidido no escuchar más noticias al respecto, o al menos no mientras nuestros hijos estuvieran despiertos. Pero los últimos acontecimientos, y en particular la historia de los niños que están a punto de ser deportados cerca de Roswell, nos impiden ignorar el mundo que se extiende más allá de nuestro coche.
Ahora entrevistan a una abogada experta en temas migratorios que intenta argumentar a favor de los niños que serán enviados de regreso a Tegucigalpa esta misma tarde. Yo escucho en busca de alguna pista, cualquier mínima información sobre el punto y la hora exactos de la deportación.
No dan ningún detalle, pero escribo el nombre de la abogada en el reverso de un recibo; un nombre que han repetido varias veces ya. Busco a la abogada en internet mientras ella explica que, cuando se trata de niños mexicanos, se les expulsa inmediatamente, son deportados. Pero si provienen de Centroamérica, dice, la ley migratoria indica que tienen derecho a una audiencia. Así que esta deportación es ilegal, concluye. Encuentro el nombre de la abogada y su correo electrónico en la página de una pequeña organización que tiene su sede en Texas, y le escribo un mensaje. Presentación cordial, unas cuantas frases sobre por qué quise contactarla, y mi única pregunta urgente:
¿Sabes desde dónde serán deportados los niños?
Tras otra pregunta del entrevistador, la abogada sigue explicando que, al llegar a la frontera, los niños saben que su mejor opción es que los atrapen los oficiales de la migra. Cruzar el desierto que se extiende más allá de esa frontera, solos, es demasiado peligroso. Pero algunos lo hacen. Mi imaginación vuela hacia los niños perdidos del librito rojo, que caminan solos, perdidos y olvidados por la historia. El entrevistador explica que los niños también saben que, de no entregarse a la justicia, su destino es seguir siendo indocumentados, como la mayoría de sus padres o familiares adultos que los esperan en los Estados Unidos. Los niños que serán deportados hoy han estado detenidos en un centro cerca de Artesia, Nuevo México.
Busco qué aeropuertos hay cerca de Artesia, encuentro uno y anoto su ubicación. Artesia está cerca de Roswell, le digo a mi esposo, así que debe de ser ése. Si la abogada no me responde al correo electrónico, nuestra mejor opción es manejar hasta ese aeropuerto. Habrá que tener confianza, y quizá tengamos también suerte.
SALIVA
Mientras avanzamos, mi esposo les va contando a los niños una historia larga y enredada que los inquieta y fascina, sobre una mujer llamada Saliva. Era una curandera, amiga de Gerónimo, que para curar a las personas les escupía encima. Saliva, dice mi esposo, ahuyentaba la mala suerte, la enfermedad y la melancolía con sus poderosos y salados escupitajos.
Cuando les termina de contar la historia de Saliva, les propongo leerles una elegía del libro rojo. La niña dice que no gracias, pero el niño muestra tanto entusiasmo, que su hermana se ve obligada a acceder, e incluso, quizá, a prestar atención.
(QUINTA ELEGÍA)
Al atardecer del décimo día los niños llegaron por fin al claro de la selva desde donde salían todos los trenes. El claro no era propiamente una estación, pero tampoco una playa de maniobras. Parecía más bien una gran sala de espera al descampado. Los siete niños descubrieron, con algo de miedo pero también con alivio, que ahí había muchas personas que, como ellos, esperaban abordar un tren. Había incontables gentes dispersas y merodeando, hombres y mujeres, algunos solos, otros en grupos, algunos niños, algunos viejos, todos esperando. Y ahí, entre todas esas personas, encontraron un espacio libre, extendieron los restos de una lona y trozos de mantas, y abrieron sus mochilas para sacar agua, nueces, una biblia, una manzana, una bolsita de canicas verdes.
Una vez que los tuvo instalados, el hombre al mando les dijo que no se movieran de su sitio, que se tenía que ir pero volvía más tarde, y vagó hasta un pueblo cercano. Ahí, entró y salió de cantinas lúgubres, tugurios, de burdeles y camas de putas, inhalando largas rayas sobre platos de peltre y luego pequeños bultos de polvo sobre tarjetas de crédito; se enfrascó en discusiones necias y pidió otro trago, repartiendo billetes y exigiendo servicios, escupiendo insultos y después propinando consejos, y más tarde pidiendo disculpas a sus adversarios y repentinos compadres, hasta que al final se quedó dormido, con la boca abierta, sobre una mesa de aluminio, un hilo de saliva descendiendo como un río perezoso entre las fichas de dominó y la ceniza de los cigarros. Por encima, más allá del techo del tugurio, más allá de las nubes bajas y espesas, pasó un avión, dejando una larga cicatriz en el paladar azul del cielo.
Mientras tanto, los niños esperaron. Algunos se quedaron sentados sobre la lona que habían extendido en la grava, como se les había ordenado. Otros, cuando vieron que el hombre a cargo se tardaba, se animaron a alejarse un poco y caminaron a lo largo de las vías, a cuyos lados esperaban tantos otros como ellos. Aunque se dieron cuenta de que no todos en la estación esperaban un tren.
Había tricicleros y ambulantes, que vendían alimentos, y aceptaban hasta cinco míseros centavos por una botella reutilizada de agua y una rebanada de pan con mantequilla. Había también escribanos públicos, arrancaliendres y limpiaorejas. Había curas con largas sotanas negras que leían palabras del interior de sus biblias, a gritos, y evangélicos sin sotanas que hacían lo mismo. Había adivinas, entretenedores, timadores y penitentes. Había voluntarios güeros de organizaciones humanitarias.
Los niños vieron a un joven sonriente que blandía un brazo incompleto envuelto en vendajes sucios y que advertía: «¡Vivo entras, momia sales!». El joven repetía su sentencia como una maldición dirigida a los niños, pero la pronunciaba con una amplia sonrisa, balanceándose sobre una vía de tren, punta-talón-punta. Se parecía un poco a uno de esos funambulistas de los circos de sus pueblos, antes de que los pueblos se fueran vaciando de niños y los circos dejaran de hacer parada.
Más tarde se les acercó un penitente de rostro triste, que mucho tiempo atrás había plantado una semilla en un montoncito de tierra sobre la palma de su mano, y la semilla se había convertido en un árbol pequeño, y sus raíces ahora se aferraban y retorcían en torno a su mano abierta y su antebrazo. Una de las dos niñas, la más grande, casi le paga cinco centavos al penitente para que la dejara tocar el árbol milagroso, pero los otros la disuadieron, le dijeron no seas tan crédula, es sólo un truco, guárdate tu dinero.
Poco antes del anochecer, un viejo invidente se sentó con ellos y les preguntó si ya conocían los trucos y secretos de los trenes que iban a abordar. Como respondieron que no, que no les habían explicado nada todavía, el viejo se puso en pie ante los siete niños, como un maestro de escuela, y murmuró instrucciones. Eran instrucciones confusas y complicadas, sobre los trenes que tendrían que montar durante su viaje: los vagones más seguros para subirse eran las góndolas; los vagones pipa eran demasiado curvos y resbaladizos; los furgones iban casi siempre cerrados y con candado; y los vagones contenedores eran trampas mortales en las que se podía entrar y no salir nunca. Les dijo que el tren llegaría pronto, y que tenían que escoger una góndola. También dijo: «Ya que estén encima de la góndola, no piensen en sus casas, no piensen en sus personas, no piensen ni siquiera en sus dioses. No recen, no hablen mucho, no predigan consecuencias, no deseen nada».
Al amanecer del día siguiente, el hombre al mando no había regresado. Pero llegaron muchos otros hombres y mujeres, pregonando oportunidades en coros confusos, arrimándose como con sed lupina a los rebaños de personas que apenas despertaban sobre la grava. Ofrecían reparaciones de calzado económicas, zurcidos por casi nada. Pregonaban veinticinco por suelas de hule, veinticinco centavos por pegar las suelas de hule con goma, y decían veinte, sólo veinte por zapatos de piel, veinte por servicio profesional con martillo y clavos a suelas de piel, y cantaban quince, sólo quince por reparaciones cosméticas, apaños, y zurcidos de chamarras, mochilas, suéteres y mantas.
Uno de los niños, el niño número cuatro, según la numeración del hombre al mando, le pagó quince centavos a un hombre para que le parchara un agujero en el flanco de su bota con un retazo cortado de su propia chamarra de lona recia. Los otros niños le dijeron idiota, retrasado, burro pendejo, le dijeron, tenías que haber vendido la chamarra o haberla cambiado por algo mejor. Ahora tenía una bota parchada y una chamarra rota mal remendada, y ¿para qué le iban a servir? El niño no respondió, pero sabía que las botas eran más nuevas, recién compradas para el viaje, y que la chamarra de lona era de herencia, pasada entre primos y sobrinos y hermanos, una chamarra vieja ya, así que en silencio se tragó la desaprobación, se miró la bota, y el resto del día anduvo repasando con el dedo las orillas rasposas del parche, satisfecho.
El hombre al mando no había regresado todavía cuando la luz blanquecina de la mañana dio paso a la más tenue, casi plácida, luz de media tarde. Las caras y las cosas de la estación de trenes parecieron, durante un rato, menos tristes, menos jodidas y ominosas. Los niños jugaron el resto de la tarde con las canicas que había llevado uno de ellos.