Desierto sonoro
Primera parte » Expulsiones
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Pero cuando comenzó a caer la noche, una mujer con cara de escroto, cuello salpicado de verrugas, cabello suelto y enmarañado, y ojos de tapete en el que se han limpiado las botas demasiadas personas, apareció de pronto a su lado, como si hubiera salido de entre la grava. Les tomó las manos uno por uno, leyéndoles la fortuna, vaticinando fragmentos delirantes de historias que no se podían permitir escuchar por completo:
«Veo un brillo color vino en las sombras, pequeño».
«Junto a una poza usted, jovencito, se llenará de mosto y musgo como tronco de árbol caído».
«A ti te harán esclavo, niño, por un dinerito de nada mientras los demás siguen rumbo al norte».
«Y tú, niña, tú brillarás como una luciérnaga moribunda en una jaula de cristal».
Les prometió contarles el resto de cada historia por cincuenta centavos, cincuenta por persona. Cincuenta centavos era el doble de lo que costaban las reparaciones de calzado, pensó el niño cinco, al que le había vaticinado llenarse de mosto y musgo, pero no lo dijo en voz alta. Y si querían que intercediera en su favor ante la fortuna, les costaría setenta y cinco centavos, que era muchas veces el precio de una ración de agua y pan con mantequilla. Y aunque todos querían escuchar más, se guardaron las manos, evitaron los ojos de la bruja ésa, y fingieron no escuchar más los presagios que todavía le salieron como gargajos de entre los labios delgados y curtidos.
Cuando por fin consiguieron ahuyentarla, la mujer los maldijo a todos en una lengua extranjera de cadencia brutal, y antes de desaparecer entre las líneas paralelas de las vías, se dio media vuelta para mirarlos una última vez. Chifló para que la voltearan a ver, y lanzó una naranja hacia donde estaban ellos. La naranja golpeó a uno de los niños en el brazo, el niño siete, el más grande, y después cayó al suelo sin rodar. Por más que sintieron curiosidad y hambre, ninguno se atrevió a tocar la naranja. Otros como ellos, después de ellos, sintieron quizá la misma cosa oscura encerrada en esa fruta, porque pasaron días y la naranja siguió ahí, redonda y anaranjada, sin que nadie la recogiera ni tocara, luego poco a poco pudriéndose, cubriéndose en la superficie con manchas de moho verdoso rodeadas de aros blancos, y fermentándose del centro hacia fuera, primero dulce y luego amarga, hasta que quedó ennegrecida, reducida, arrugada, y desapareció finalmente entre la grava con una tormenta de verano.
Las únicas personas en la estación que no maldecían, no transaban, no pedían nada a cambio, eran tres jovencitas con largas trenzas del color de la obsidiana que cargaban cubetas de magnesio en polvo y algunos utensilios. Las tres jóvenes ofrecían, gratuitamente, atender los pies destrozados de los niños, sus talones y metatarsos que se abrían en pústulas, reventados como tomates hervidos.
Las jóvenes se sentaron junto a los siete niños y, haciendo un cuenco con sus manos, ofrecieron el bálsamo de sus cubetas. Les empolvaron las plantas y empeines, y después se sirvieron de unas telas deshilachadas o retazos de toallas para envolverles las pieles levantadas. Con piedras pómez redujeron los callos más ásperos, cuidando de no rozar la piel abierta, y les masajearon las pantorrillas contracturadas con sus pulgares, pequeños pero firmes. Ofrecieron reventar las pústulas más hinchadas con una aguja estéril. «¿Ves la flama del cerillo?», preguntó una de ellas, y luego explicó que cuando la flama tocaba la aguja, la aguja quedaba limpia. Y, por último, la menor de las tres jóvenes, la que tenía los mejores ojos —negros y amplios, con vista perfecta— les mostró a los niños un conjunto de ganchos retorcidos y un par de pinzas grandes que sacó de la cubeta, y con ellos se ofreció a aliviar el dolor más profundo y acuciante de los que tenían uñas enterradas.
Sólo un niño, el niño seis, dijo sí, sí, por favor. No era uno de los más pequeños, pero tampoco era el mayor de todos. Al ver las pinzas que le ofrecían se había acordado de las langostas. Recordaba a su abuelo saliendo del mar, caminando con sus piernas largas e inseguras, que semejaban ramas, y llevando a cuestas las langostas en una red varias veces remendada con hilos dobles y parafina. El viejo se detenía en la orilla —la espalda doblada hacia adelante para contrarrestar el peso de la pesca— y lo llamaba con un silbido. Al llamado de su abuelo, el niño corría siempre hacia la orilla cargando una cubeta vacía, y ayudaba a vaciar las langostas de la red a la cubeta. Él cargaba la cubeta mientras volvían desde las arenas duras y mojadas de la orilla hacia las dunas altas y secas, para luego cruzar la carretera y esperar al autobús de pasajeros. Ya trepados en el autobús, el abuelo pagaba la cuota, y en el recorrido de vuelta a casa le desquitaba a la tarde una siesta corta pero profunda, mientras él miraba por la ventana, asomándose de cuando en cuando a la cubeta. Las langostas, esos monstruos marinos lentos, torpes, pero voluntariosos y algo sexuales, apiñadas en ese nido de muerte, se trepaban unas sobre otras, y él especulaba cuánto ganarían, contaba cuántas habían atrapado. Sólo a veces sentía la punzada de un remordimiento, viendo a las pequeñas bestias que abrían y cerraban sus pinzas como si comunicaran hondas cuitas en lenguaje de señas.
Nunca había tenido un concepto muy favorable de las langostas que atrapaban. Y, sin embargo, ahora las recordaba y extrañaba su olor a salado y podrido, sus cuerpecitos perfectamente articulados que se movían, apenas y en vano, atrapados en la cubeta. Por eso, cuando la joven de la cubeta le enseñó las pinzas, él levantó la mano, y ella vino y se arrodilló ante él y acercó las pinzas a sus pies y le dijo que no se preocupara aunque ella misma estaba preocupada. Sus manos temblaban un poco. El niño cerró los ojos y pensó en los pies huesudos y morenos de su abuelo, sus venas henchidas y sus uñas amarillentas. Después, cuando el instrumento de metal perforó, primero tímidamente y luego con mayor firmeza su piel, él gimió y maldijo y se mordió el labio inferior. La muchacha sintió el empuje de la determinación por debajo de su miedo mientras perforaba la piel, y sus manos dejaron de temblar. Cortó con sosiego y destreza la uña partida mientras se mordía también ella el labio inferior, por concentración o tal vez por empatía. El niño la maldijo en su cabeza mientras ella cortaba y torcía, pero al final, cuando le dijo que ya había acabado, abrió los ojos, lloroso y avergonzado.
Quiso darle las gracias pero no le salieron palabras. Tampoco le pudo decir nada cuando ella le deseó buena suerte y le dijo que usara siempre calcetines. La buscó a la mañana siguiente, cuando finalmente llegó el hombre al mando y llegó el tren, y uno a uno lo abordaron. La buscó desde el techo alto de la góndola, mientras todos se subían y encontraban dónde sentarse y acomodarse. La buscó por última vez cuando el tren empezó a moverse, pero entre la multitud de caras que el tren rebasaba, agarrando velocidad y alejándose de la estación, no reconoció a nadie.
ESPINAS
¡Mamá!, grita la niña desde el asiento trasero.
Dice que tiene una espina en el pie. Llora y llora y sigue llorando, como si le hubieran amputado una pierna o como si se hubiera roto algo.
¡Una espina de saguaro!, insiste.
Me vuelvo sobre mi asiento, me lamo la punta del dedo y la coloco con suavidad sobre la espina completamente imaginaria. El talón de su pie es suave y blando.
La respuesta a mi correo electrónico a la abogada llega hacia el mediodía, cuando estamos a sólo unos cuantos kilómetros de Roswell comprando cafés y jugos en una gasolinera. La abogada dice que no conoce la hora exacta, pero que piensa que será temprano por la tarde, y confirma mi inferencia: los aviones despegarán del Aeropuerto Municipal de Artesia. Reviso el mapa. El aeropuerto está a menos de setenta kilómetros de Roswell. Si el plan es que despeguen a primera hora de la tarde, tenemos tiempo de sobra para llegar hasta allí.
SHUFFLE
Tomamos la salida a la izquierda en la Ruta 285, al sur de Roswell. El niño nos pregunta cuál es nuestra canción favorita de este viaje. Mi marido le dice que «Ring of Fire», de Johnny Cash. Yo no sé decirle si la mía es «Alright», de Kendrick Lamar, que él adora y se sabe de memoria, o «Superman», de Laurie Anderson, que la niña adora, o una canción bastante ajena a mis hábitos generacionales de escucha, titulada «People II: The Reckoning», de una banda de Phoenix llamada Andrew Jackson Jihad. (Queremos pensar que es un nombre irónico, aunque no estamos seguros de en qué sentido podría o debería serlo).
Aún no hemos comentado la letra de las canciones a detalle, como solemos hacer, pero creo que se trata de canciones sobre nosotros cuatro, y sobre cada habitante de este enorme país que no posee una pistola, no puede votar y no le teme a dios. O, al menos, que le teme a dios menos que a la gente.
Me gusta una frase de la canción de Anderson, sobre los aviones de guerra gringos: «They’re American planes, made in America», dice con voz robótica. Los aviones, la constante amenaza de guerra, de dominación, atormentan siempre a las personas que crecen teniéndole miedo —y con razón— a Estados Unidos.
En la canción de Lamar, me gusta cantar el verso que dice «Our pride was low, lookin’ at the world like, “Where do we go?”».
La canto siempre a buen volumen, mirando por la ventanilla del coche. El niño, desde el asiento trasero, canta el resto de la estrofa todavía más alto.
Y, por último, me gusta un verso en «People II» que quizás no entiendo por completo, pero que dice algo sobre estar en «firefly mode». Ahora que vamos escuchando la canción, le pregunto a los niños qué les parece:
¿Ustedes qué creen que quiere decir lo de «firefly mode», o modo luciérnaga?
Quiere decir que se prende y se apaga, se prende y se apaga, dice la niña.
Creo que tiene razón. Es una canción sobre apagarse y encenderse, sobre estar presente y luego ausente en la vida de uno mismo.
Durante los siguientes veinte minutos, más o menos, vamos todos en silencio en el coche, escuchando las canciones que se suceden en modo aleatorio, mirando por las ventanillas un paisaje herido por décadas o tal vez siglos de agresión agropecuaria sistemática: campos partidos en parcelas cuadrangulares, violados por perforadoras y maquinaria pesada, hipertrofiados con semillas modificadas e inyectados con pesticidas, donde los árboles raquíticos sostienen frutos robustos e insípidos para exportación; campos encorsetados por una circunscripción de cultivos de plantas herbáceas, organizados en patrones que recuerdan al infierno de Dante, irrigados con sistemas de riego de pivote central; y campos convertidos en no-campos, soportando el peso del cemento, los paneles solares, tanques y molinos gigantescos. Atravesamos una franja de tierra punteada con cilindros cuando suena de nuevo la canción de «firefly mode». De pronto el niño se aclara la garganta y anuncia que tiene algo que decirnos:
Lamento darles esta noticia, pero la letra de esa canción dice «fight-or-flight mode», modo de lucha o huida, y no «firefly mode».
Suena como un adolescente hablándonos así, y yo no estoy preparada para aceptar su corrección, aunque sé que probablemente tenga razón. Desestimo su opinión, injustamente, pidiéndole alguna prueba —que no puede darnos, por supuesto, porque no pienso prestarle mi celular para que busque la letra en internet ahora mismo—. Pero a partir de este momento, mientras la canción suena repetidamente en las bocinas del coche, el niño insiste en cantar esa parte del coro a un volumen particularmente alto: «Fight-or-flight mode!». Me doy cuenta de que su hermana y su padre hacen una pausa y no cantan esa parte de la canción, al menos las primeras veces que suena. Yo, en cambio, insisto en cantar las palabras «firefly mode» con una voz alta y clara. El niño y yo siempre nos hemos tratado como iguales en este tipo de campos de batalla, al margen de la enorme diferencia de edad que nos separa. Tal vez sea porque nuestros temperamentos se parecen, a pesar de que no compartimos ningún vínculo sanguíneo. Ambos defendemos hasta el final nuestras posiciones, sin importar que éstas se revelen totalmente absurdas en algún punto.
El niño grita:
Fight-or-flight mode!
Al mismo tiempo, yo canto a voz en cuello:
Firefly mode!
En el coche me he ido acostumbrando a nuestro olor, al silencio intermitente entre nosotros, al café instantáneo. Pero no me he acostumbrado a los espectaculares plantados como presagios a la orilla de la autopista: El Adulterio Es Un Pecado; Patrocine Una Autopista; ¡Feria De Armas de Fuego Este Fin de Semana! Nunca me he habituado, tampoco, a ver cementerios de juguetes de plástico abandonados en los jardines delanteros en las reservas nativo americanas, ni a la melancolía de los adultos mayores que hacen fila, como niños, para rellenar sus enormes vasos de plástico con refrescos fosforescentes en las gasolineras, ni a esas tenaces torres de agua en los pueblos pequeños, que me recuerdan al equipo que usábamos en la escuela en la clase de laboratorio de ciencias. Todas esas cosas me dejan en modo luciérnaga.
TRANSFERENCIAS
Apago el estéreo y escucho a nuestros hijos jugando en el asiento trasero. Sus juegos se han vuelto más vívidos, más complejos, más convincentes. Los niños tienen una manera lenta y silenciosa de transformar la atmósfera que los rodea. Son mucho más porosos que los adultos, y su vida interior, más caótica, parece filtrarse al exterior todo el tiempo, enrareciendo y afantasmando la realidad. Las imaginaciones de los niños interrumpen la normalidad del mundo, rasgan el velo, permiten ver como no-normal lo que hemos normalizado a fuerza de costumbre o resignación.
Me ausento durante un rato y permito que sus dos voces llenen simplemente el espacio del coche y el espacio de mi cabeza. Ahora están montando toda una coreografía verbal que involucra caballos, aviones y una máquina espacial. Sé que su padre también los escucha, aunque va concentrado en la autopista, y me pregunto si siente lo mismo que yo siento. Si acaso percibe cómo nuestro mundo, racional, lineal y organizado, se disuelve en el caos de palabras de nuestros hijos. Me pregunto y quisiera preguntarle si también él se da cuenta de cómo sus ideas van llenando nuestro mundo, dentro de este coche, llenándolo y borrando sus contornos con la lenta persistencia del humo que se expande en un cuarto pequeño. No sé hasta qué punto mi esposo y yo hemos hecho suyas nuestras historias; y no sé hasta qué punto ellos han hecho nuestros sus juegos y relatos desde el asiento trasero. Tal vez los cuatro nos contagiamos mutuamente los miedos, las obsesiones y expectativas, tan fácilmente como se contagia el virus de la gripe.
El niño dispara flechas envenenadas a un oficial de la migra desde un enorme caballo. Mientras tanto, la niña se esconde de los soldados federales bajo una especie de arbusto con espinas (aunque encuentra mangos brotando de sus ramas y se detiene a comer uno antes de saltar de nuevo al ataque). Tras una larga batalla, los dos cantan juntos una canción para resucitar a otro niño guerrero.
Al escucharlos ahora, de pronto comprendo que son ellos quienes cuentan la historia de los niños perdidos. La han venido contando desde el principio, una y otra vez, en el asiento trasero del coche, durante las últimas tres semanas. Pero yo no los había escuchado con la atención suficiente. Y tampoco los había grabado lo suficiente. Tal vez las voces de mis hijos son como aquellos cantos de aves que grabó Steven Feld con ayuda de mi esposo, y que funcionan como ecos de personas fallecidas. Sus voces, la única forma de oír otras voces inaudibles: voces de niños que ya no pueden oírse porque esos niños ya no están. Ahora me doy cuenta, quizá demasiado tarde, de que los juegos y las representaciones de mis hijos en el asiento de atrás tal vez sean la única manera de contar realmente la historia de los niños perdidos, una historia sobre los niños que desaparecieron en su viaje hacia el norte. Tal vez sus voces sean la única forma de registrar las huellas sonoras, los ecos que los niños perdidos han dejado a su paso.
¿En qué estás pensando, ma?, me pregunta de repente el niño, desde atrás.
Estaba pensando que tienes razón. Es «fight-or-flight mode» y no «firefly mode».
AEROPLANO
En una franja de grava, estacionamos el coche. A la derecha hay una larga reja de malla de alambre; y del otro lado de la reja, una pista en la que se ve un pequeño avión, estacionado, con una escalera adosada a su única puerta. No es un avión comercial, pero tampoco una aeronave militar. De hecho, parece un avión privado (un avión americano, hecho en América, como dice la canción de Laurie Anderson). Nos bajamos del coche, al denso calor, el sol del mediodía cayendo a plomo. La niña está dormida en el asiento trasero, así que dejamos dos puertas abiertas para que circule el aire al interior del coche.
No hay nadie en la pista de despegue, salvo un encargado de mantenimiento que conduce en círculos una especie de carrito de golf. Tengo conmigo la grabadora de mano y la atoro en mi bota izquierda, asegurándome de que el micrófono sobresalga, listo para captar, por lo menos, los sonidos más cercanos. Nos recargamos en el coche mientras esperamos a que algo suceda, pero no pasa nada. Mi esposo enciende un cigarro y se lo fuma dándole largas y tensas caladas. Me pregunta si puede grabar algunos sonidos, si me molesta. Yo le digo que adelante; por eso estamos aquí, después de todo. Observo al encargado de mantenimiento, que ahora desciende de su carrito, recoge algo del pavimento —¿una piedra?, ¿una moneda?, ¿un envoltorio?—, lo guarda en una bolsa negra que cuelga del carro de golf y luego vuelve a su asiento y sigue con su rutina hasta que, en algún momento, desaparece al interior del hangar que se alza al final de la pista.
Le pido al niño sus binoculares, para ver más de cerca el avión estacionado en la pista. El niño los saca del asiento trasero y saca también su cámara y el librito rojo de mi caja.
Ambos caminamos por la franja de grava y nos detenemos frente a la reja. Ajusto los binoculares a mis ojos. Su borde metálico está caliente. Enfoco el pequeño avión, pero no hay nada que ver. Mientras juego con los ajustes de los binoculares, escucho que el niño prepara su cámara a mi lado. Hay un silencio suspendido mientras contiene el aliento e intenta enfocar el avión, luego suena el clic del disparador y luego el mecanismo de la cámara escupiendo la foto. Con los binoculares, recorro el área debajo y alrededor del avión. Sorprendo un pájaro en pleno vuelo y lo sigo hasta que desaparece. Veo el cielo, las nubes juntándose a la distancia, algún árbol cada tanto, el vapor que se desprende del asfalto en el extremo más distante de la pista. Oigo al niño murmurar algo, concentrado en ocultar la fotografía del rayo ardiente del sol, metiéndola entre las páginas del libro para que se revele allí dentro, y me pregunto qué sonidos estará captando el micrófono de mi esposo en este preciso instante, y qué sonidos, en cambio, se perderán. Recorro lentamente la pista de despegue con los binoculares, a la izquierda, luego a la derecha, luego hacia arriba, casi verticalmente, hacia el cielo, y luego abajo, inclinándome hasta ver mis propios pies, borrosos sobre la grava. Escucho al niño caminar hacia el coche para guardar de nuevo su cámara, y lo escucho volver caminando sobre la grava en dirección a la reja, donde estoy yo. Me dice que es su turno de usar los binoculares y yo se los paso. Ajusta los visores al tamaño de su cara y, entrecerrando los ojos, se asoma a los lentes con el mismo gesto con que su padre mira la autopista cuando maneja.
¿Qué ves?, pregunto.
Sólo unas colinas marrones que se ven borrosas y el cielo que está muy azul, y el avión.
¿Qué más? Esfuérzate.
Si me esfuerzo mucho, me arden los ojos, y veo esas figuras transparentes que aparecen flotando en el cielo, como gusanos.
No son gusanos. Los oftalmólogos les dicen cuerpos flotantes, pero los astrónomos les dicen supercuerdas. Su función es mantener atado el universo. Pero ¿qué más ves además de las supercuerdas?
No sé qué más.
Venga. ¿Después de tantos años de ir a la escuela? Puedes echarle más ganas.
El niño hace una pausa, me mira, comprendiendo que le estoy tomando el pelo, y después se esfuerza, quizás demasiado, en parecer condescendiente. Sigue siendo lo bastante pequeño como para que el sarcasmo y la condescendencia le queden como unos pantalones demasiado grandes. Vuelve a mirar por los binoculares y me dice de pronto:
¡Mira, mamá! ¡Allí!
Veo una fila de mínimas figuras que salen andando del hangar hacia la pista. Son todos chicos. Niños, niñas: uno detrás de otro, sin mochilas ni nada. Avanzan con el aire de quien ha capitulado, prisioneros silenciosos de una guerra que ni siquiera les toca pelear. No son «cientos», como habíamos oído que serían, pero alcanzamos a contar quince, quizás veinte. Deben ser ellos. Ayer en la noche los trajeron en autobús desde un centro federal de entrenamiento policial en Artesia hasta este pequeño aeropuerto sobre la Carretera Estatal 559. Ahora caminan hacia el avión que los llevará de vuelta al sur. Si no los hubieran detenido, probablemente habrían llegado a vivir con su familia, a ir a la escuela, a los patios del recreo y los parques. Pero, en vez de eso, serán expulsados, reubicados, borrados, como si no hubiera lugar para ellos en este país enorme y vacío.
Le pido nuevamente los binoculares al niño y enfoco. Varios policías marchan junto a los niños como si fueran a escaparse, como si pudieran. Sé que ellas no están allí, y que incluso si estuvieran no sería capaz de reconocerlas, pero desde luego busco a las hijas de Manuela, intento distinguir a dos niñas con vestidos a juego.
El niño me jala de una manga:
¡Es mi turno!
Del asfalto caliente emanan espejismos. Un oficial escolta al último niño hasta la escalera del avión, un niño pequeño, de cinco o seis años tal vez, que va chupándose el dedo mientras aborda. El oficial cierra la puerta detrás de él.
Me toca mirar, ma.
Espera, le digo.
Me vuelvo para ver cómo está la niña dentro del coche. Sigue durmiendo, y tiene el pulgar en la boca, también. Dentro del avión, aquel niño se sentará, obediente, en su lugar, se pondrá el cinturón y habrá un aire seco pero fresco. El niño hará un esfuerzo por no dormirse mientras espera el despegue, como hace mi hija cuando viajamos, como hacen los niños de esa edad.
Mamá, pensará tal vez.
Pero nadie contestará.
¡Mamá!, me dice el niño, jalándome de nuevo la manga.
¿Qué pasa?, respondo, perdiendo la paciencia.
¡Mis binoculares!
Espera un segundo, le digo.
¡Dámelos!
Al fin le paso los binoculares. Me tiemblan las manos. Se toma su tiempo para enfocar. Yo miro a mi alrededor con ansiedad, la mandíbula tensa y mi respiración cada vez más agitada y superficial. El avión sigue en el mismo sitio, pero los oficiales que escoltaron a los niños caminan ahora de regreso al hangar, como un equipo de futbol después del entrenamiento, bromeando entre ellos, dándose zapes. Algunos nos ven a la distancia, creo, pero no podríamos importarles menos. En todo caso, pareciera que nuestra presencia, tras la reja que nos divide, los excita y anima. Se vuelven para mirar el avión mientras se encienden las turbinas y aplauden al unísono cuando empieza a maniobrar lentamente. Desde algún oscuro y desconocido rincón de mí misma se desata una rabia súbita, volcánica, indomable. Le doy una patada a la malla de la reja con todas mis fuerzas, grito, pateo de nuevo y lanzo mi cuerpo contra el metal, aúllo insultos a los oficiales. No pueden oírme por las turbinas del avión. Pero sigo gritando y pateando hasta que siento los brazos de mi esposo rodeándome desde atrás, sosteniéndome con firmeza. Más que un abrazo, una contención.
Cuando recobro el control de mi cuerpo, mi esposo me suelta. El niño observa el avión con sus binoculares, y el avión está colocándose en la pista de despegue. No sé qué estará pensando el niño ni lo que se dirá a sí mismo en un futuro sobre todo esto, ni siquiera si recordará este instante al que lo estoy exponiendo. Siento el impulso de taparle los ojos, como hago todavía a veces cuando vemos juntos ciertas películas.
Pero los binoculares ya le han acercado el mundo demasiado, el mundo ya se ha proyectado en su interior, así que ¿de qué voy a protegerlo, y cómo, y para qué? Lo único que me queda por hacer, pienso, es asegurarme de que los sonidos que registra su cabeza en estos momentos, los sonidos que revisten este instante que vivirá siempre en su interior, sean sonidos que le hagan saber que no estaba solo ese día. Me acerco más a él, lo envuelvo en un abrazo, y le digo:
Dime qué estás viendo, Ground Control.
Duda unos instantes pero acepta mi invitación al juego:
La nave espacial se mueve hacia la pista de despegue, responde.
Muy bien, ¿y qué más?
Los astronautas ya están adentro de la nave.
Bien.
Estamos casi listos para el lanzamiento.
Bien. ¿Qué más?
El personal despeja el área de lanzamiento. La presurización del helio y el nitrógeno ha comenzado. El vehículo está funcionando con alimentación de energía interna.
¿Qué más? ¿Qué más?
Espera, ma, por favor, no sé qué más decir.
Sí sabes. Sólo mira detenidamente y cuéntamelo todo. Todos contamos contigo, Ground Control.
Por un momento el niño deja de mirar a través de los binoculares, me mira a mí, luego a su padre, que sostiene su boom, y luego a su hermana, que duerme todavía, y luego vuelve una vez más a los binoculares. Respira profundamente antes de hablar. Su voz emerge firme:
Área de explosión despejada. El piloto ha reportado que está listo para despegar. Sesenta segundos. Interruptor de lanzamiento en posición de encendido. Treinta segundos. Oxígeno líquido lleno y válvula de escape cerrada. Nueve, ocho, siete. Vamos con el encendido de la turbina principal. Y seis, cinco, cuatro. Orden de encender turbina. Tres, dos, uno, despegue…
¿Y qué más?
Eso es todo. Despegue.
¿Y qué más ves?
Ahora es difícil enfocar. La nave está en el cielo y va cada vez más rápido, es demasiado difícil enfocar.
Observamos cómo se desvanece el avión en el azul sin límites, rápido y cada vez más tenue, planeando hacia la lejanía y hacia un cielo que de pronto parece ligeramente nublado. Pronto volará sobre ciudades deshabitadas, sobre llanuras y cánceres industriales que se multiplican sin tregua, sobre ríos y bosques. Mi esposo sigue con el boom en alto, como si todavía hubiera algo más que registrar. El final de las cosas, el verdadero final, no es jamás una nítida vuelta de tuerca, nunca una puerta cerrada de pronto, sino más bien algo parecido a un cambio atmosférico, nubes que se espesan poco a poco, «no con un golpe seco sino con un lamento».
Durante algún tiempo me ha preocupado qué decirle a los niños, cómo contarles una historia coherente de todo esto. Pero ahora, al escuchar al niño contar él mismo la historia de este instante, la historia de lo que estamos viendo y la historia de cómo lo estamos viendo, a través de él, una certeza lenta pero sólida me va recorriendo, finalmente. Es su versión de la historia la que nos sobrevivirá; su versión la que quedará y será transmitida. No sólo su versión de nuestra historia, de quiénes fuimos como familia, sino también su versión de las historias de otros, como las de los niños perdidos. Desde el principio, el niño había comprendido todo mucho mejor que yo, mucho mejor que el resto de nosotros. Había escuchado, observado las cosas —observando, enfocando, ponderando realmente las cosas— y, poco a poco, su mente había compuesto un mundo ordenado con todo el caos que nos rodeaba.
Lo único que los padres pueden darle realmente a los hijos son los pequeños saberes: así es como te cortas las uñas, ésta es la temperatura de un verdadero abrazo, así es como se desenreda el pelo, así es como te amo. Y lo que los hijos pueden darle a los padres es algo menos tangible, pero a la vez más grande y duradero, algo así como el impulso para aceptar la vida plenamente y comprenderla para ellos y tratar de explicársela, comunicársela con «aceptación y sin el más mínimo rencor», como escribió James Baldwin, pero también con una cierta furia y valentía. Los niños obligan a los padres a buscar un pulso específico, una mirada, un ritmo, la manera correcta de contar una historia, a sabiendas de que las historias no arreglan nada ni salvan a nadie, pero quizás hacen del mundo un lugar más complejo y a la vez más tolerable. Y a veces, sólo a veces, más hermoso. Las historias son un modo de sustraer el futuro del pasado, la única forma de encontrar la claridad en retrospectiva.
El niño sigue observando el cielo vacío con sus binoculares. Así que le pregunto de nuevo, ahora en un susurro:
¿Qué más alcanzas a ver, Ground Control?