Desierto sonoro
Segunda parte » Deportaciones
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DEPORTACIONES
PARTIDA
Llamando a Major Tom.
Checando el sonido. Uno, dos, tres.
Aquí Ground Control. ¿Me copias me copias, Major Tom?
Ésta es nuestra historia y la de los niños perdidos, desde el principio hasta el final, y yo voy a contártela, Memphis.
Estábamos allí y los niños perdidos habían desaparecido dentro de un avión en el cielo. Yo los estaba buscando con mis binoculares pero ya no alcanzaba a ver nada, y eso es lo que le dije a mamá. Tú tampoco vas a ver mucho en la foto que tomé del avión antes de que despegara. Las cosas importantes sólo pasaron después de que tomé la foto, mientras se revelaba en la oscuridad, adentro de un librito rojo donde guardaba todas mis fotos, adentro de una caja, adentro del coche donde tú estabas dormida.
Y lo que pasó, te lo digo para que sepas y también para que puedas ver las cosas como yo las vi cuando mires la foto en el futuro, fue que los niños perdidos salieron andando del hangar en fila india, iban todos muy callados y mirándose los pies como se miran los pies los niños que tienen que salir al escenario y tienen pánico escénico, pero mucho peor, por supuesto. Metieron a todos los niños al avión y yo fijé la vista en él apretando bien los binoculares contra mis ojos. Mamá empezó a insultar a los soldados, luego gritó como nunca la había oído gritar, y luego nada más se quedó respirando, sin decir nada.
Yo enfoqué el avión y tuve que enfocar de nuevo cuando el avión empezó a moverse despacio por la pista. Después fue más difícil seguir al avión mientras aceleraba y apuntaba al cielo, e imposible encontrarlo una vez que estuvo en el aire, rápido y cada vez más chiquito y más invisible. Hundí los ojos lo más posible en el visor de los binoculares, como si estuviera tapándome las orejas, sólo que eran los ojos. Hasta que al final saqué los ojos de allí porque no había nada más que ver en el cielo, ningún avión arriba en el cielo, nada. El avión había desaparecido, con los niños a bordo. Lo que pasó ese día no se llama despedida ni se llama expulsión. Se llama deportación. Y nosotros la documentamos.
LÉXICO FAMILIAR
Oficialmente, papá era documentólogo y mamá documentalista, y muy pocas personas conocen la diferencia. La diferencia es, sólo para que sepas, que un documentólogo es como un bibliotecólogo y un documentalista es más parecido a un alquimista. Pero en el fondo papá y mamá hacían casi lo mismo: tenían que encontrar sonidos, grabarlos, meterlos en una computadora y luego ordenarlos para que contaran una historia.
Las historias que contaban, aunque eran historias de sonido, no eran como los audiolibros que escuchábamos en el coche. Los audiolibros eran historias inventadas, que servían para que el tiempo desapareciera o por lo menos para que pasara más rápido. «Al despertarse en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos…», decían las bocinas del coche cada vez que mamá prendía la radio, cuando su teléfono estaba conectado. Yo me sabía esa frase de memoria y la decía en voz alta cuando sonaba en el coche, y tú a veces te sacabas el dedo de la boca y la repetías en voz alta conmigo, y eras muy buena imitadora. Los dos decíamos el final de la frase juntos aunque mamá detuviera la grabación antes de que acabara: «… había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado». Entonces mamá le ponía stop y buscaba el audiolibro de El señor de las moscas, o prendía la radio o a veces ponía música.
Pero cuando nos subimos de nuevo al coche después de que el avión despegó con los niños, mamá no puso nada en el estéreo. Ella y papá iban en los asientos de adelante. Tú y yo, atrás. Mamá desdobló su mapa viejo y arrugado y papá se concentró en la carretera. Íbamos muy rápido, como si alguien viniera persiguiéndonos. Todos íbamos callados. Sentí que todos estábamos perdidos. No era algo que pudiera ver sino algo que sabía, como a veces sabes algo cuando acabas de despertarte pero no puedes explicarlo porque tu cabeza está llena como de niebla. Y esto no puede explicarse, pero algún día sabrás a qué me refiero.
Cuando ya estábamos por fin lejos del aeropuerto de Roswell, desde donde mandaron a los niños perdidos a no sé dónde, le pregunté a papá qué iba a pasar ahora. Tú seguías dormida y yo me iba agarrando del respaldo de papá y trataba de acercarme más a él, pero el cinturón de seguridad me jalaba hacia atrás y raspaba. Esperé a que papá dijera algo, esperé y esperé como si siguiera enfocando la nada con mis binoculares, pero esta vez sólo esperaba sus palabras. Papá se aferraba al volante con ambas manos y cerraba un poco los ojos para ver mejor la autopista, como siempre hacía. No dijo nada, casi nunca decía nada.
Le pregunté a mamá qué pensaba ella que iba a pasar con los niños del avión. Me dijo que no sabía bien, pero dijo que si no los hubieran atrapado se habrían desperdigado por el país entero, y me enseñó el mapa grande desde su asiento, que como siempre llevaba abierto sobre sus piernas. Es un país enorme y está vacío, dijo, y hay lugar para todos y de sobra. Y luego dijo que todos habrían encontrado un lugar adonde ir, Ohio, Dakota, Wisconsin, y mientras decía nombres iba moviendo el índice de un lugar a otro sobre el mapa, como si dibujara con la punta del dedo. Y cuando le pregunté adónde, adónde exactamente habrían ido todos esos niños, mamá me dijo que no sabía exactamente adónde, no sabía a qué puntos del mapa habrían ido exactamente, pero que todos habrían ido a vivir a distintas casas con distintas familias, a vivir su vida normal, en algún sitio. ¿Y habrían ido a la escuela?, le pregunté. Sí. ¿Y al área de juegos y a la biblioteca? Sí. ¿Y al parque y todos esos lugares? Sí.
Hace mucho, mucho tiempo, también nosotros caminábamos a la escuela cada mañana con nuestros padres, y ellos se iban al trabajo, y siempre se les hacía tarde para recogernos, y algunas veces nos llevaban a un parque por la tarde, y los fines de semana andábamos todos en bici junto a la orilla del enorme río gris, aunque tú siempre ibas sentada en tu sillita de bebé, o sea que en realidad no andabas en bici, y siempre te quedabas dormida en algún momento. Era la época en la que estábamos juntos aunque no estuviéramos juntos, porque los cuatro vivíamos adentro del mismo mapa. Dejamos de vivir en ese mapa cuando empezamos este viaje en coche, y aunque dentro del coche íbamos sentados muy cerca todo el tiempo, se sentía como lo contrario de estar juntos. Papá iba mirando hacia el frente, hacia la autopista. Mamá iba mirando el mapa abierto sobre sus piernas, y nos decía los nombres de los lugares que íbamos a visitar, como Little Rock, Boswell y Roswell.
Le pregunté más cosas a mamá, y ella las respondió. ¿De dónde venían los niños y cómo habían llegado aquí? Y ella me dijo lo que yo ya sabía pero que quería oír otra vez, y es que habían venido en un tren, y antes de eso habían caminado kilómetros y kilómetros y habían caminado tanto que sus pies se habían enfermado y se los habían tenido que curar. Y habían sobrevivido en el desierto, y habían tenido que mantenerse a salvo de las personas malas, y habían recibido ayuda de otras personas mejores, y habían logrado llegar hasta aquí, a buscar a sus papás y tal vez a sus hermanos y hermanas que vivían aquí. Pero, en lugar de eso, los atraparon y los metieron en un avión para expulsarlos, dijo mamá, para desaparecerlos del mapa, que es como una metáfora pero en realidad no. Porque es verdad que los desaparecieron y que no pudieron vivir en el mapa.
Luego le pregunté a mamá por qué estaba tan enojada en vez de estar triste, y no respondió, pero después de un rato papá dijo algo. Dijo no te preocupes, eso ya no importa ahora, se acabó. Y entonces habló mamá. Dijo sí, justo. Dijo que estaba enojada justo porque las cosas no podían acabar así sin más, de pronto, que la gente no podía simplemente desaparecer, sin importarle a nadie. La entendí bien cuando dijo eso, porque también yo había visto el avión desaparecer con los niños, y también había visto los nombres en las tumbas del cementerio apache, y luego sus nombres borrados en mis fotos, y también había visto por la ventana cuando pasábamos por algunos lugares, como Memphis. No tú, Memphis, sino Memphis, Tennessee, donde vi a una mujer muy, muy vieja, que parecía un esqueleto, y que iba arrastrando una montaña de cartón por la banqueta, y también un grupo de niños, sin papá ni mamá, sentados en un colchón en un terreno baldío junto a la carretera.
Pensé que debía decirle todo eso a mamá, decirle que entendía lo que quería decir, y que yo también estaba enojado como ella y como papá, pero era imposible decirlo, imposible encontrar las palabras correctas, así que en vez de eso les recordé que se suponía que teníamos que ir al Museo de los Ovnis, como nos habían prometido. Ellos se quedaron callados como si ni siquiera me hubieran oído, como si fuera una mosca zumbando en la parte de atrás del coche. Y cuando les dije, otra vez, creo que deberíamos ir al Museo de los Ovnis porque miren a mi hermana, miren, necesita que la metan en una nave espacial y la manden al espacio como a los niños del avión porque, miren, mi hermana es un alien, mamá se dio la vuelta desde su asiento, furiosa, y estaba a punto de regañarme muchísimo, creo, pero entonces te vio dormida con la boca abiertísima, babeando, con la cabeza caída para un lado, y parecías totalmente un marciano, con tu cabezota, así que mamá sonrió un poquito, una casi sonrisa, y sólo dijo está bien, tal vez tengas razón en eso.
TRAMA FAMILIAR
Antes de empezar este viaje, si hago un esfuerzo por recordar, papá y mamá se reían mucho. Cuando nos mudamos juntos al departamento, aunque no nos conocíamos bien entre los cuatro, los cuatro nos reíamos mucho juntos. Mientras tú y yo estábamos en la escuela, papá y mamá trabajaban en una grabación muy larga sobre todos los idiomas que se hablan en la ciudad. A veces ponían partes de esa grabación en casa y tú, Memphis, tú dejabas de hacer lo que estuvieras haciendo y te quedabas quieta en mitad de la sala, cerca de las bocinas. Te ponías muy seria, te aclarabas la garganta y empezabas a imitar las voces grabadas que hablaban en idiomas extraños. Lo que decías no tenía ningún sentido pero a la vez se parecía mucho a las voces de las grabaciones. Eras muy buena para las imitaciones, desde muy chiquita. Mamá y papá se quedaban de pie, escuchándote, a veces escondidos detrás de la pared de la cocina, y aunque intentaban contenerse e incluso se tapaban la boca con la mano, siempre terminaban por reírse. Si los descubrías, si los oías reírse, siempre te enojabas, porque pensabas que se estaban burlando de ti. Y no entendías cuando yo te explicaba que se estaban riendo contigo y no de ti.
Cuando por fin te despertaste en el coche, y por supuesto preguntaste si ya estábamos en el Museo de los Ovnis, te dije que ya habíamos pasado por ahí y que estaba cerrado por reparaciones, pero que estábamos yendo a un lugar aún mejor, que era donde los apaches de los que hablaba papá habían vivido realmente, lo cual era cierto, aunque te tomó un tiempo hacerte a la idea del nuevo plan y estuviste enfurruñada un rato.
Mamá miraba su mapa grande y preguntó si queríamos parar en el siguiente pueblo, llamado La Luz, o si queríamos seguir hasta un pueblo más lejano, llamado Truth or Consequences. Tú y yo votamos por quedarnos en La Luz y mamá y papá votaron por seguir. Se decidió que iríamos hasta Truth or Consequences. Cuando me quejé, papá dijo que ésas eran las reglas y que eso se llamaba democracia.
INVENTARIO
Yo tenía una navaja suiza, unos binoculares, una linterna, una brújula chiquita y una cámara Polaroid. Papá tenía un palo de boom y un micrófono, que grababa de todo, y mamá tenía una grabadora más chica, que grababa sólo algunas cosas, en general las que estaban más cerca. Tenían zepelines y dirigibles, y ésos no sé exactamente para qué servían. Cuando parábamos en moteles, papá se sentaba durante horas en el piso, desenredando cables y esperando a que se cargaran las pilas de su grabadora. Después tomaba algunas notas en una libreta que siempre llevaba en el bolsillo, se ponía en la cabeza sus audífonos grandes y salía al estacionamiento con el palo de boom en alto. A veces, cuando me dejaba, yo lo acompañaba y lo ayudaba a cargar sus cosas. Tú te quedabas adentro con mamá, y no sé qué hacías allí. Tal vez mamá te desenredaba el pelo, que siempre estaba enredado, igual que papá desenredaba sus cables. O tal vez dibujaban y leían. Yo estaba afuera con papá, los dos grabando cosas. Aunque en realidad la mayor parte del tiempo los únicos sonidos que grabábamos eran los coches que pasaban y el viento que soplaba. Una vez se me ocurrió decirle una especie de chiste a papá y le pregunté si estábamos grabando los sonidos del aburrimiento, y yo estaba seguro de que papá iba a reírse, pero no.
COVALENCIA
Tocaste la ventana del coche como si fuera una puerta y dijiste:
Toc toc.
¿Quién es?, respondimos todos al mismo tiempo.
Armas.
¿Qué armas?
¡Armas-cando!
Contabas los peores chistes de toc-toc del universo, no tenían ningún sentido, pero de todas formas mamá y papá fingían que eran chistosos y se reían de mentiras.
Mamá fingía la risa como haciendo ja-ja.
Papá hacía más bien je-je.
Yo fingía la risa en silencio, nada más dándome palmadas en la panza en cámara lenta, como una caricatura sin sonido.
Y tú, tú no habías aprendido a fingir la risa todavía.
Aunque no sabías contar buenos chistes, y aunque eras malísima leyendo, y tampoco sabías escribir bien, a veces eras muy inteligente y decías cosas sabias. Una vez tú y yo nos resfriamos, así que mamá nos dio una medicina para la gripa que nos hizo sentir todavía peor. Y cuando más tarde nos preguntó cómo se sienten ahora, a mí sólo se me ocurrió decir peor, pero tú lo pensaste bien y dijiste: me siento embrujada.
MITOS
Al fin llegamos al pueblo de Truth or Consequences, que a mí me parecía un nombre idiota. Mamá pensaba que era un nombre encantador y papá brillante, y yo creo que ésa es la única razón por la que nos detuvimos allí. Los moteles por los que pasábamos se veían tan abandonados que incluso tú te diste cuenta y nos dijiste a los demás, miren, en este pueblo hay moteles para árboles. Y nadie entendió de qué estabas hablando, sólo yo. Dijiste que había moteles para árboles porque no había nadie en ellos, y sólo se veían ramas y hojas a través de las ventanas rotas y las puertas rotas de esos moteles, y por eso los árboles parecían ser los huéspedes, que nos saludaban sacando las ramas por la ventana cuando pasábamos.
El motel que encontramos no estaba tan mal como esos que habíamos visto antes. Nos instalamos y papá salió, dijo que iba a entrevistar a un hombre que era un auténtico descendiente de Gerónimo, dijo que volvería tarde. Mamá se acostó en su cama, se concentró en el libro que estaba leyendo, que era el mismo librito rojo donde yo guardaba mis fotos, y dejó de ponernos atención, lo cual yo medio me lo esperaba pero de todas formas me puso de malas. Ese librito rojo se titulaba Elegías para los niños perdidos, y cuando le pedí a mamá que nos lo leyera antes de dormir, como a veces hacía, ella dijo está bien, pero sólo un capítulo.
Salió de su cama y se metió en la nuestra, en el medio, y nos acurrucamos junto a ella, cada uno bajo uno de sus brazos como si mamá fuera una especie de águila. Tú dijiste: somos el pan y mamá es la mantequilla. Yo olí su piel, justo en la rayita entre su brazo y su antebrazo, y olía como a madera o cereal, y quizás también un poco a mantequilla. Mamá abrió el libro con mucho cuidado, porque no quería que se cayeran las fotos que yo había tomado y que estaban guardadas entre algunas de las páginas, como separadores. Después empezó a leernos con su voz rasposa.
(SEXTA ELEGÍA)
Largas vainas pendían de las ramas más bajas, rozándoles cachetes y hombros. Sentados unos, bocarriba otros, aupados al leproso lomo de la góndola, atravesaban acres de selva tropical. Tenían que estar alerta, tener cuidado de los hombres, pero también tener cuidado de las bestias y las plantas. Incluso el tren se arrastraba aquí más lento que de costumbre, como si también él temiera despertar a la maleza. Los tábanos recubrieron a los siete niños con ronchas rosadas que más tarde adquirieron un tono violáceo, luego marrón, y luego desaparecieron, dejando sembrado en algunos el veneno del dengue.
La selva era umbría y estaba llena de terrores ocultos. Asfixiaba a los niños con el deseo de escapar, sin ofrecer ningún alivio inmediato. Sus cabezas iban llenas de aire denso y de fiebre. Los colores de la selva, sus vapores fétidos, incendiaban sus ojos con visiones salvajes. En los sueños de los siete florecían las pesadillas: húmedas lenguas y dientes amarillos, manos grandes y secas de hombres muy viejos, caras de niños moribundos o muertos. Una noche, insomnes y temblorosos a pesar del calor, con los huesos sacudidos por el traqueteo, todos los niños la vieron: la silueta fugaz de un ahorcado que pendía de una rama.
El hombre al mando les dijo que el ahorcado había dejado de ser un hombre, que no debían preocuparse por él, que no debían rezarle, pues ya no era más que carne para los insectos y huesos para las bestias. Les dijo a los niños que si cometían cualquier error, si hacían un movimiento en falso, también ellos acabarían siendo sólo carne y huesos, cadáveres, cabezas cercenadas. Después procedió al recuento. Gritó: «¡Teniente, un recuento! ¡Cuente todos sus cadáveres!». Y se respondió a sí mismo: «¡Sí, señor!» y comenzó a contar, pegándole a cada niño en la nuca por cada número que gritaba: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.
En este punto, mamá dejó de leer y dijo que tal vez debía leernos otra cosa. Pero tú ya te habías dormido, así que le dije no, mamá, por favor, mira, ya se durmió. Y yo ya estoy grande. Hasta mis cómics son más violentos que esto. Así que mamá siguió leyendo:
Mientras cruzaban la selva en el techo de aquel vagón, los siete, que intentaban dormirse pero temían quedarse dormidos, iban oyendo historias y rumores. «Estaba lleno de maleantes y asesinos», decía la gente. «Nos sacarán los corazones a todos, los clavarán en una pica», dijo una señora que viajaba en el techo de un furgón. «A uno le arrancaron ambos ojos, le quitaron sus pertenencias», decían. También decían, «Aquí despojan, aquí te obligan a estar de pie». Las palabras viajaban por el techo del tren más rápido que el tren mismo, y llegaban hasta los siete niños, que intentaban, sin lograrlo, no escucharlas. Las palabras eran como esos tábanos, inyectaban pensamientos en sus cabezas, colmándolas, reptando dentro de ellas por todas partes.
Un niño, el niño número seis, el niño cuyos pies había curado la muchacha de la cubeta, se enroscaba cada noche en posición fetal, esperando el sueño. Trataba de recordar a su abuelo, pero el viejo había desaparecido de su mente, lo mismo que sus langostas. Todo se estaba borrando. El niño se enroscaba y después se extendía para quedar bocarriba viendo el cielo, giraba y se revolvía buscando el sueño. Después intentó recordar las suaves manos de la muchacha mientras ésta le arreglaba los pies con unas pinzas, trató de evocar sus ojos negros y deseó que estuvieran a su lado, sus ojos y sus desnudas manos, avanzando lentamente por su cuerpo hacia lugares más ocultos. Pero, por mucho que lo intentaba, su mente lo obligaba a volver a las enormes tenazas metálicas de la bestia que en ese momento se arrastraba sobre las vías férreas.
De noche, los niños no se atrevían a cerrar los ojos por mucho tiempo y, cuando lo hacían, no eran capaces de imaginarse el futuro. No podían imaginar nada más allá de la selva mientras siguieran bajo su dominio. Excepto una noche, cuando el mayor de los niños, el niño siete, se ofreció a contarles un cuento.
¿Quieren oír un cuento?, preguntó.
Sí, dijeron algunos de los más chicos, sí, por favor. Los mayores no dijeron nada, pero también querían oírlo.
Les contaré un cuento, pero después tienen que cerrar todos los ojos y pensar en el cuento, en lo que significa, y no pensar en el tren ni en el hombre al mando ni en la selva ni nada.
Está bien, dijo uno. Bueno, dijo otro. Está bien, sí, dijeron.
¿Me lo prometen?
Lo prometieron. Todos estuvieron de acuerdo.
Cuenta el cuento, dijeron. Cuéntalo.
Bueno, el cuento es éste: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».
Eso no es un cuento, dijo uno de los niños más grandes.
Shhh, dijo una de las niñas. Lo prometimos. Dijimos que nos callaríamos y pensaríamos en el cuento.
¿Puedes contarlo de nuevo?, preguntó el niño número tres, con los párpados hinchados, plúmbeos.
Bueno, pero sólo una vez más, y después se callan y se van a dormir: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».
Y mientras el niño tres escuchaba e intentaba dormirse, miró al cielo a través de las hojas negras, la profunda oscuridad constante que se extendía en lo alto, y se preguntó, ¿flotan los dioses allá arriba, y qué dioses adoramos en qué lugares? Los buscó intensamente con la mirada en las alturas, pero no había ningún dios, no había nada.
LENGUAS MATERNAS
Le pedí a mamá que me leyera sólo un capítulo más. Pero dijo que no, que había dicho que uno solamente, y eso era todo. Regresó a su cama y apagó las luces. Yo hice un esfuerzo por seguir despierto, fingiendo dormir, y esperé y esperé, y cuando me aseguré de que mamá ya estaba dormida encendí la lámpara del buró, agarré el libro y lo abrí.
La foto que había tomado ese mismo día, la del avión que se iba a llevar a los niños, todavía detenido sobre la pista, cayó de entre las páginas del libro. Me quedé viéndola fijo, como si esperara ver a los niños aparecer ahí, pero por supuesto no aparecieron. No hay nada en esa foto, cuando la miras, excepto ese avión, y eso me desesperaba. Pero cuando metí la foto de nuevo entre las páginas hacia el final del libro, me di cuenta de algo importante, y era esto: todo lo que pasó después de que tomé la foto estaba también ahí, aunque nadie pudiera verlo, excepto yo cuando miraba bien, y tal vez también tú podrás verlo, en el futuro, al mirar la foto, aunque no hayas visto el momento original con tus propios ojos. Y esto tampoco se puede explicar con palabras pero se siente, y un día lo vas a entender.
Finalmente, siendo más cuidadoso esta vez y sosteniendo los bordes para que no se cayeran las demás fotos, abrí el libro en las primeras páginas. Leí las primeras líneas de la historia, que había oído leer a mamá en voz alta una vez pero que eran mucho más difíciles de entender cuando las leía yo mismo:
(PRIMERA ELEGÍA)
Caras al rayo de luna, duermen. Niños, niñas: labios partidos, cachetes agrietados, y el viento que castiga día y noche. Ocupan el espacio completo, tiesos y tibios como cadáveres recientes, alineados en una sola hilera sobre el techo de la góndola del tren. Y el tren avanza lento sobre las vías, paralelo a un muro de acero.
El hombre a cargo otea los cuerpos dormidos, los cuenta por debajo de la visera de su gorra. Cuenta: seis; siete menos uno. Sobre el techo de la góndola silba el viento, ulula, arrastra los sonidos de la noche hasta las cuencas blandas de los oídos de los niños, perturbándoles el sueño. Abajo, el suelo del desierto es pardo; arriba, el cielo azabache, inmóvil.
TIEMPO Y DIENTES
Releí esas líneas una y otra vez y traté de memorizarlas, hasta que pensé que las había entendido. Ya era un lector de nivel Z. Tú no llegabas ni al nivel A, porque confundías las letras b y d, y también las letras g y p, y cuando te enseñaba un libro y te preguntaba ¿qué ves aquí, en esta página?, tú decías no sé, y cuando te decía bueno, pero ¿qué te imaginas, por lo menos?, tú decías que te imaginabas todas las letritas saltando y echándose clavados como los niños de nuestro barrio cuando por fin era verano y abrían la alberca pública y nos dejaban nadar.
Leí la primera página del libro rojo de mamá una y otra vez, hasta que escuché los pasos de papá, que regresaba de la calle, se detenía afuera del cuarto y abría lentamente la puerta. Fingí estar dormido, con la boca un poquito abierta para ser más realista.
TRABALENGUAS
Esa noche soñé que mataba un gato y que, después, caminaba por el desierto yo solo, y mientras caminaba iba enterrando las partes del gato en distintos lugares: la cola, los pies, los ojos y algunos de sus bigotes. Luego una voz me preguntaba si las partes del gato eran el gato y yo me ponía a llorar. Obviamente no hice nada de eso, en la realidad. Era sólo un sueño, por suerte, aunque eso sólo lo supe cuando me desperté a media noche. Entonces me acordé que estábamos en un pueblo, un pueblo llamado Truth or Consequences, y sentí que el pueblo estaba embrujado.
PROCEDIMIENTOS
Al día siguiente tú y yo nos despertamos temprano y salimos a jugar al patio mientras mamá y papá seguían dormidos, y el patio estaba lleno de gatos que dormían sobre las bancas y las sillas y bajo las mesas, lo cual me hizo sentir un poco culpable, como si de verdad hubiera matado a uno en vez de soñarlo solamente. Así que inventé un juego sobre rescatar gatos, y jugamos un rato a eso, pero tú nunca entendiste bien las reglas, y yo no sabía tampoco explicarlas, así que terminamos peleándonos.
En el coche no peleábamos tanto, aunque sí peleábamos. También, a veces nos aburríamos de verdad y a veces fingíamos estar aburridos. Yo sabía que mamá y papá no sabían qué responder a la pregunta, pero de todas formas se la hacía, tal vez sólo para molestarlos:
¿Cuánto falta?
Y luego tú preguntabas:
¿Cuándo vamos a llegar?
Para distraernos, o para que nos quedáramos callados, papá y mamá a veces ponían las noticias en la radio o ponían audiolibros. Las noticias en general eran malas noticias. Los audiolibros eran aburridos o eran demasiado de adultos como para nosotros, y al principio papá y mamá se la pasaban cambiando de opinión sobre qué audiolibro escuchar, y pasaban de uno a otro, hasta que un día dieron con El señor de las moscas y ése ya lo dejaron. Tú dijiste que lo odiabas y te quejaste de que no entendías ni una palabra, pero yo me di cuenta de que intentabas ponerle atención de todas formas, cuando lo escuchábamos, así que me esforcé por poner atención también y fingí que entendía todo, aunque a veces era difícil entenderlo.
DECLARACIONES CONJUNTAS
Cuando teníamos suerte, apagaban el estéreo del coche y nos contaban cuentos e historias. Las historias de mamá siempre eran sobre niños perdidos, como las noticias de la radio. Nos gustaban, pero a la vez nos hacían sentir raros o preocupados. Las historias de papá eran sobre el viejo Oeste americano, de la época en que todavía era parte de México. Todo esto era México, decía mamá cuando papá empezaba a hablar sobre eso, y movía sus brazos como abarcando todo el espacio alrededor del coche. Papá nos contaba de los federales, del Batallón de San Patricio y de Pancho Villa. Pero nuestras historias favoritas eran las que contaba sobre Gerónimo. Y aunque yo sabía que sus historias eran sólo un truco para distraernos mientras íbamos en el coche, cuando empezaba a hablar sobre Gerónimo yo caía en la trampa, cada vez, y tú también, y los dos nos olvidábamos del coche, de las ganas de hacer pipí, del tiempo y de cuánto faltaba para llegar. Y, cuando nos olvidábamos del tiempo, el tiempo pasaba mucho más rápido, y además nos sentíamos más felices, aunque esto no se puede explicar.
Tú casi siempre te quedabas dormida escuchando esas historias. Yo en general no, pero al menos podía cerrar los ojos y fingir que dormía. Y cuando mamá y papá pensaban que los dos dormíamos a veces peleaban, o se quedaban callados, o papá ponía en el estéreo pedazos de sus inventarios, que había ido grabando por el camino y quería comentar con mamá. Él iba haciendo inventarios para una cosa llamada «inventario de ecos». Y, en caso de que te estés preguntando qué es un inventario de ecos, te lo voy a explicar. Los inventarios de ecos son cosas hechas de sonidos, sonidos que se perdieron pero que alguien encontró después, o que se hubieran perdido si no los hubiera capturado alguien, alguien como papá, que hacía un inventario con ellos. Así que eran como una colección, o como un museo de sonidos que la gente podría seguir escuchando gracias a personas como papá, que los metía en inventarios, o algo por el estilo.
A veces sus inventarios eran sólo el viento soplando y la lluvia cayendo y los coches pasando, y ésos eran los más aburridos de todos. Otras veces eran conversaciones con personas, cuentos que la gente contaba, o sólo voces. Una vez incluso nos grabó hablando en el asiento trasero del coche, y luego le puso la grabación a mamá, pensando que los dos estábamos dormidos y no íbamos oyendo. Yo iba despierto. Y fue raro escuchar nuestras voces en el coche, como si estuviéramos ahí y a la vez no estuviéramos. Como si hubiéramos desaparecido, pensé. Y luego pensé: ¿qué tal que en realidad no estamos sentados aquí sino que solamente se están acordando de nosotros?
JUNTOS Y SOLOS
Le pedíamos a papá que nos contara más cuentos de apaches. Mi cuento favorito, aunque también era el que me daba más tristeza y enojo, era el de cuando se rindieron los últimos chiricahuas libres. Caminaron durante días, nos contaba papá: hombres, mujeres, niñas, niños, uno detrás del otro, con las caras tristes, sin mochilas, sin palabras ni nada. Caminaron en fila, los llevaban como prisioneros, como los niños perdidos que vimos en Roswell.
Los últimos apaches libres caminaron desde Skeleton Canyon hacia las montañas del norte. Iba un general ojoblanco y todos sus hombres. Hacían cada tanto un recuento de los prisioneros de guerra para asegurarse de que nadie se había escapado. Contaban a Gerónimo más otros veintisiete. Avanzaban despacio a través de la cañada bajo el sol terrible, decía papá. Y lo que papá no decía pero que yo iba pensando todo el tiempo es que, en sus cabezas, esos prisioneros seguramente iban asustados y llenos de palabras, aunque en sus bocas hubiera sólo silencio.
Mamá iba callada casi todo el tiempo mientras papá contaba sus historias, tal vez pensaba en su propia historia de los niños perdidos, y en su mente los imaginaba metidos en aquel avión que vimos en Roswell, o tal vez sólo iba escuchando lo que papá decía y no pensaba en nada.
Papá nos contó cómo Gerónimo y su banda fueron las últimas personas de todo el continente en rendirse a los ojosblancos. Quince hombres, nueve mujeres, tres niños y Gerónimo. Ésas fueron las últimas personas libres, explicó papá, y nos dijo que teníamos que recordarlo siempre. Antes de rendirse habían caminado sin rumbo por las montañas de la Sierra Madre, habían escapado de las reservas, tomado asentamientos, matado a muchos federales malos y a muchos soldados mexicanos malos.
Tú escuchabas y mirabas por la ventana. Yo escuchaba y me agarraba del respaldo de papá y a veces me acercaba a él. Él se aferraba al volante con ambas manos, mirando siempre hacia la autopista. Antes de que se cayera de su caballo y muriera, dijo papá, las últimas palabras de Gerónimo fueron: «Nunca debí haberme rendido. Debí haber peleado hasta ser el último hombre vivo». Eso nos contó papá. Y creo que probablemente es cierto que Gerónimo dijo eso, aunque papá también nos dijo que en realidad era imposible saberlo porque no había ninguna grabación ni nada para probarlo. Papá dijo que, después de la rendición de Gerónimo, el general ojoblanco y sus hombres emprendieron la travesía por el desierto, cruzando Skeleton Canyon, y arrearon a Gerónimo y su banda como se arrea a las ovejas. Y dijo que, al cabo de dos días, llegaron a Bowie y ahí los apiñaron a bordo de un vagón de tren y los mandaron al Este, lejos de todo y de todos. Le pregunté a papá qué había pasado después, y estaba pensando en la banda de Gerónimo, pero también en los niños perdidos de mamá, que en vez de a un tren los habían subido a un avión, sin saber adónde iban o por qué o qué podía sucederles.
Mientras papá hablaba, a veces yo dibujaba un mapa de su historia con la punta del dedo en el respaldo de su asiento, un mapa lleno de flechas, sobre todo, flechas apuntando en todas direcciones, flechas disparadas, ¡zum!, por jinetes galopantes, flechas que cruzaban ríos, medias flechas que desaparecían como fantasmas, flechas disparadas desde cuevas oscuras y algunas flechas remojadas en veneno de serpiente que apuntaban al cielo, y nadie podía ver mis mapas de dedo, salvo tú y yo.
Yo ya había inventado y perfeccionado los mapas de dedo desde mucho antes de nuestro viaje. En segundo de primaria, mientras hacía sumas o practicaba caligrafía sentado en mi pupitre, me gustaba imaginar dónde estarían mamá y papá, tal vez porque me sentía solo y los extrañaba, aunque en realidad no estoy seguro de por qué. Cuando terminaba una sección de sumas o una línea de aes o de haches, a veces deslizaba la punta de mi lápiz más allá del borde de la hoja y dibujaba sobre el pupitre. Dibujar en el pupitre estaba prohibido. Pero yo cerraba los ojos e imaginaba a mamá y papá subiéndose al metro, desplazándose cinco cuadras en línea recta hacia el norte, luego saliendo del metro y caminando tres cuadras hacia el este. Y mientras imaginaba todo eso, la punta de mi lápiz seguía el recorrido, cinco arriba, tres a la derecha. Dibujé esos mapas imaginarios durante varias semanas y, después de un tiempo, mi pupitre estaba lleno de rutas que yo sabía exactamente cómo recorrer, o casi. Hasta que un día la maestra le dijo a la directora que yo me la pasaba haciendo dibujitos en el pupitre en vez de hacer los ejercicios, y luego la directora le dijo a mamá y papá que yo había dañado propiedad escolar, que era propiedad pública. Al final tuvimos que pagar una multa de cincuenta dólares, que papá dijo que yo tendría que reembolsarle ayudando en la casa. Después de eso seguí dibujando mapas en mi pupitre de todas formas, pero empecé a usar la punta del dedo nada más, para que nadie pudiera verlos salvo yo. Y a eso se le llama mapas de dedo.
Sabía que tú podías ver mis mapas de dedo a la perfección porque, cuando los dibujaba en el respaldo de papá, tú los mirabas durante mucho, mucho tiempo, con esa manera tuya de mirar las cosas cuando querías entenderlas.
Lo que pasó pocos años después, dijo papá, fue que volvieron a amontonar a los apaches en un vagón de tren y los mandaron a un lugar llamado Fort Sill, donde la mayoría de ellos murieron y terminaron enterrados. Yo escuché esa parte de la historia pero no la dibujé porque era indibujable. Tú seguro no te acuerdas, Memphis, pero fuimos los cuatro juntos a ese mismo cementerio, y yo tomé fotos de las tumbas de los apaches: Jefe Loco, Jefe Nana, Jefe Chihuahua, Mangas Coloradas, Naiche, Joh y por supuesto Gerónimo y Jefe Cochise.
Más tarde, cuando volví a ver esas fotos, me di cuenta de que los nombres de las lápidas no habían salido. Así que cuando les enseñé las fotos a mamá y papá, papá dijo que eran perfectas porque había documentado el cementerio tal y como existe en la historia oficial, y al principio no entendí lo que me decía, pero después lo entendí. Quería decir, creo, que mi cámara había borrado los nombres de los jefes apaches, igual que los ojosblancos los habían borrado de la historia, que es algo que papá se la pasaba recordándonos, y por eso era tan importante que memorizáramos esos nombres, porque si no, nos olvidaríamos —como se había olvidado todo el mundo— de que esos chiricahuas fueron los mejores guerreros de todo el continente, y no una especie extraña en el Museo de Historia Natural, junto a los animales disecados, y en cementerios como aquél, juntos y solos como prisioneros de guerra.
CAJAS
Durante el viaje, mamá se encargaba, sobre todo, de estudiar el mapa y planear la ruta de cada día, aunque de vez en cuando, muy de vez en cuando, también manejaba. Papá se encargaba de manejar y de grabar sonidos para su inventario. Tú la tenías fácil: tenías que ayudar a papá a hacer los sándwiches o ayudar a mamá a limpiar las botas de todos cuando se habían empolvado o enlodado, o ayudar a quien fuera a hacer cualquier cosa. Mi trabajo era más difícil. Por ejemplo, tenía que asegurarme de que la cajuela del coche estuviera ordenada y limpia antes de partir, cada vez, después de una escala. Lo más difícil era asegurarme de que las cajas estuvieran en su sitio. Había siete cajas en la cajuela. Una era tuya y estaba vacía, otra era mía y también estaba vacía. Papá tenía cuatro cajas y mamá tenía una. Yo tenía que asegurarme de que todas estaban en su lugar, con el resto de nuestras cosas en la cajuela. Era como hacer un rompecabezas, cada vez.
Teníamos prohibido andar asomándonos a las cajas, pero yo me gané el derecho de abrir una caja, la de mamá, que tenía la etiqueta de Caja V. Me había ganado el derecho de abrir la caja de mamá, yo creo, porque cuando empecé a tomar las Polaroids con mi cámara, mamá descubrió que teníamos que usar un libro para guardar las fotos mientras se revelaban, porque si no se quemaban y salían todas blancas, aunque no sabría decirte por qué pasaba eso.
El punto es que, antes de tomar una foto, mamá me dejaba sacar un libro de su caja, el libro que estaba siempre hasta arriba, que era el librito rojo sobre los niños perdidos. Me dejaba usarlo para meter ahí mis fotos, guardadas entre las páginas. Y cada vez que abría la caja para sacar el libro, revolvía todas las cosas que había adentro, para echar un vistazo rápido. En la caja había algunos libros, todos llenos de post-its marcando las páginas especiales. Mamá guardaba esos libros fuera de tu alcance, creo que porque, cuando todavía vivíamos en el departamento, tú siempre te robabas los post-its de sus libros para hacer tus dibujos o pegarlos en las paredes por toda la casa. Así que ella se aseguraba de que ni te acercaras a su caja.
Dentro de su caja había también algunos recortes de periódico, mapas, fólderes y pedazos de papel de diferentes tamaños con notas escritas por ella. No estoy seguro de por qué, pero siempre me dieron curiosidad las cosas que había en la caja. No porque estuvieran medio prohibidas. Creo que más bien porque me recordaban a un juego que tú y yo nos inventamos un día en un parque, y que jugábamos a veces. Hacíamos figuritas de barro, juntábamos palos, basuritas, papelitos, lo que fuera, y luego los metíamos en una caja o bolsa y enterrábamos todo, para que algún científico del futuro las encontrara y creyera que los habían hecho los miembros de una antigua tribu. Sólo que, en el caso de la caja de mamá, yo era el científico que había descubierto algo siglos después.
DESCONOCIDOS QUE PASAN
Poco después del comienzo del viaje supe que, aparte de mantener la cajuela limpia y ordenada, mi deber era también ir tomando fotos de todo lo importante. Las primeras fotos salieron blancas y me desesperé. Después estudié el manual y finalmente aprendí. Los profesionales tienen que trabajar así, y a eso se le llama prueba y error. Pero durante un tiempo, después de que aprendí a tomar fotos, seguí sin saber qué debía fotografiar. No estaba seguro de qué era importante y qué no. Al principio tomaba fotos de lo que fuera, sin ningún plan ni nada.
Pero un día, mientras tú estabas dormida y yo fingía dormir pero en realidad escuchaba a mamá y papá discutir sobre la radio, sobre la política, sobre el trabajo, sobre sus planes a futuro juntos, y luego separados, sobre nosotros, sobre ellos, y sobre todo en general, se me ocurrió un plan, y ese plan era el siguiente. Me convertiría en documentalista y documentólogo al mismo tiempo. Podría ser ambas cosas, por un rato, al menos durante el viaje. Podría documentar todo, incluso las cosas que no parecían importantes a primera vista. Porque entendía, aunque mamá y papá pensaban que no lo entendía, que ése era nuestro último viaje juntos, en familia.
También sabía que tú no recordarías nada de ese viaje, porque tenías sólo cinco años, y nuestro pediatra nos había dicho que los niños no empiezan a guardar recuerdos de las cosas sino hasta que cumplen seis años.
Cuando me di cuenta de eso, de que yo tenía diez años y tú sólo cinco, pensé: mierda. Pero por supuesto no lo dije en voz alta. Sólo lo pensé, mierda, en silencio, para mí mismo. Me di cuenta de que yo recordaría todo y tú quizás no recordarías nada. Y eso me dio terror por mí y tristeza por ti. O terror y tristeza por ambos. Necesitaba encontrar una forma de ayudarte a recordar, aunque sólo fuera a través de las cosas que yo documentaba para ti, para el futuro. Y así es como me convertí en documentalistólogo.
APACHERÍA
Las carreteras de camino a la Apachería eran largas y rectas. Pero era como si avanzáramos en círculos. Siempre volvía la voz del audiolibro en las bocinas del coche, diciendo «Al despertarse en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos, había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado». A veces yo también fingía dormir. A veces lo intentaba de verdad. En especial cuando papá y mamá se peleaban. Tú no. Cuando se peleaban, tú te inventabas chistes o a veces, incluso, decías papá, mejor vete a fumar tu cigarrito, y mamá, tú concéntrate en tu mapa y en tus noticias.
A veces te hacían caso. Dejaban de pelearse, y mamá ponía la música en modo aleatorio o encendía la radio. Siempre que salía una noticia sobre los niños perdidos nos pedía que nos calláramos, y siempre se ponía toda rara después de escucharla. Se ponía rara y empezaba a hablarnos de ese librito rojo que estaba leyendo sobre otros niños perdidos, y sobre su cruzada y cómo atravesaban desiertos a pie o viajaban en trenes a través de mundos vacíos, y todo eso nos daba curiosidad, pero no alcanzábamos a entender mucho. Era eso o mamá se ponía tan triste y enojada después de escuchar las noticias en la radio, que ya no quería hablar con nosotros, no quería siquiera mirarnos.
Eso me hacía enojarme mucho con ella. Quería recordarle que, aunque esos niños estaban perdidos, nosotros no lo estábamos, estábamos allí, justo a su lado. Y todo eso hacía que me preguntara, ¿y si nosotros nos perdiéramos? ¿Nos prestaría atención por fin si nos perdiéramos? Pero yo sabía que era una idea inmadura y egoísta, y además nunca supe con qué palabras decirle que estaba enojado con ella, así que me quedaba callado y tú te quedabas callada y todos escuchábamos sus historias o escuchábamos el silencio del coche, nada más, y el peor tipo de silencio era el silencio después de un pleito.
PRONOMBRES Y COSMOLOGÍA
Creo que tú no entendías casi nada de las noticias ni de las historias de mamá. Yo no entendía todo, sólo algunas partes, pero cuando las voces de la radio empezaban a hablar sobre los niños refugiados o mamá empezaba a hablar sobre la cruzada de los niños, yo te susurraba: escucha, están hablando de los niños perdidos de nuevo; escucha, están hablando sobre los Guerreros Águila de los que nos contó papá, y tú abrías los ojos y asentías y fingías que entendías todo y que estabas de acuerdo.
No sé si vas a recordar lo que nos contó papá sobre los Guerreros Águila. Dijo que los Guerreros Águila eran una banda de niños apaches, todos guerreros, liderados por un niño un poco mayor. Dijo que ese niño era como de mi edad. Los Guerreros Águila comían pájaros que habían cazado en pleno vuelo lanzándoles piedras, todo con sus propias manos. Eran invencibles, nos dijo, y vivían ellos solos en las montañas, sin papás ni mamás, y a pesar de eso no tenían miedo nunca. Y también eran un poco como unos dioses pequeños, porque habían adquirido el poder de controlar el clima y podían atraer la lluvia o alejar las tormentas. Creo que les decían los Guerreros Águila por este poder que tenían sobre el cielo, pero también porque si alguna vez los veías desde muy lejos, corriendo hacia abajo por la montaña o en las llanuras o el desierto, corrían tan ágilmente y tan rápido que parecían águilas flotando más que personas atadas a la tierra. Y a veces, mientras papá nos contaba todo esto, tú y yo mirábamos por la ventana del coche hacia el cielo vacío, buscando águilas.
Un día, en el coche, preguntaste si íbamos a vivir en el coche para siempre. Aunque yo sabía la respuesta, sentí alivio cuando escuché a papá decir que no, que no siempre. Dijo que al final llegaríamos, y pronto, a una casa hermosa hecha de grandes piedras grises, y que la casa tendría un porche y más allá del porche habría un jardín de arena tan grande que podríamos perdernos en él. Y tú dijiste yo no me quiero perder. Y yo dije no seas tonta, sólo quiere decir que alrededor de la casa está el desierto, que es como el arenero más grande que has visto en tu vida. Aunque después me pregunté muchas veces si sería posible realmente perderse ahí y deseé con todas mis fuerzas que estuviéramos de vuelta en nuestro viejo departamento, que tenía más que suficiente espacio para los cuatro.
La casa a la que estábamos yendo, dijo papá, estaba entre las montañas Dragoon y las montañas Chiricahua, no muy lejos de Skeleton Canyon, en el corazón de la Apachería, cerca de donde Gerónimo y los otros veintisiete miembros de su tribu se habían rendido. Yo pregunté si se llamaba así porque había esqueletos de verdad allí enterrados, y papá dijo que tal vez sí y se secó la frente con la mano, y yo pensé que iba a seguir contando la historia, pero sólo se quedó callado y siguió mirando la autopista. Creo que cuando Gerónimo y los otros caminaron por esa barranca, iban escuchando y viendo todo con atención, para asegurarse de que sus pies no pisaran los huesos de los esqueletos del pasado, y si alguna vez vamos a esa barranca, tú y yo vamos a hacer lo mismo.
FUTURO