Desierto sonoro

Desierto sonoro


Segunda parte » Mapas y cajas

Página 21 de 38

MAPAS Y CAJAS

MAR DE LOS SARGAZOS

Todo este país, dijo papá, es un enorme cementerio, pero sólo a algunas personas les tocan tumbas como dios manda, porque la mayoría de las vidas no importan. La mayoría de las vidas son borradas, se pierden en el torbellino de basura que llamamos historia, dijo.

Así hablaba papá, a veces, y cuando lo hacía, en general miraba a través de una ventana o hacia alguna esquina. Nunca a nosotros. Cuando todavía vivíamos en nuestro viejo departamento, por ejemplo, y se enojaba con nosotros por algo que habíamos hecho o que no habíamos hecho, miraba directo hacia el librero, no a nosotros, y decía palabras como responsabilidad, privilegio, estándares éticos o compromiso social.

Ahora hablaba sobre el torbellino de la historia y las vidas borradas, y miraba la carretera curvosa, mientras subíamos por un paso de montaña muy angosto, donde no crecía nada verde, ni árboles, ni arbustos, nada vivo, sólo piedras afiladas y troncos de árboles partidos y quemados como si unos dioses con hachas gigantescas y antorchas se hubieran enojado y hubieran despedazado esa parte del mundo.

Tú, que en general no te fijabas mucho en los paisajes, preguntaste ¿qué pasó aquí?

Papá dijo: genocidio, éxodo, diáspora, limpieza étnica, eso es lo que pasó.

Mamá explicó que probablemente había habido un incendio forestal hacía poco.

Estábamos en Nuevo México, en el territorio apache chiricahua, por fin. Apache no es la palabra correcta, por cierto. Apache significa «enemigo», y es como les decían, a los apaches, sus enemigos. Los apaches se llamaban a sí mismos Nde, que simplemente quiere decir «la gente». Esto nos lo contó papá mientras cruzábamos en coche por ese paso de montaña, subiendo cada vez más alto, todo gris y muerto a nuestro alrededor. Y a todos los demás les decían Indah, dijo, que quería decir «enemigo» y «desconocido», pero también «ojo». A todos los estadounidenses blancos les llamaban ojosblancos, nos dijo papá, pero eso ya lo sabíamos. Mamá le preguntó por qué y él dijo que no lo sabía. Luego le preguntó: si ojo y enemigo y desconocido eran la misma palabra, Indah, entonces, ¿cómo sabía que a los estadounidenses les decían ojosblancos y no, en realidad, enemigos blancos? Papá lo pensó un rato, en silencio. Y, quizás para llenar ese silencio, mamá nos contó que los mexicanos solían decirle hueros a los estadounidenses blancos, lo cual podía significar «vacío» o también «sin color» y que todavía les dicen güeros. Y los indios mexicanos, como la abuela de mamá y sus ancestros, solían decirles borrados a los estadounidenses blancos. Yo la escuché y me pregunté quiénes estaban más borrados en realidad, los apaches de los que siempre estaba hablando papá, o los mexicanos, o los ojosblancos, y qué quería decir realmente ser un borrado, y quién había borrado a quién de dónde.

MAPAS

La mirada de mamá, en general, iba fija en su gran mapa, y papá miraba hacia el frente, hacia la carretera. Papá dijo miren ahí, esas montañas raras a las que nos estamos acercando es donde se escondían algunos de los apaches chiricahuas durante los meses más calurosos del verano, porque si no se morían de un golpe de calor en las planicies desérticas que hay hacia el suroeste. Y si no, si el calor y la sed y la enfermedad no los mataban, los ojosblancos lo hacían. A veces yo no sabía si papá estaba contando cuentos o historias verdaderas. Pero en ese momento, mientras conducía por esa carretera llena de curvas en la montaña, de pronto papá se quitó el sombrero y lo lanzó al asiento de atrás sin fijarse siquiera en dónde caía, y eso me hizo pensar que estaba contándonos historias verdaderas y no cuentos. Su sombrero aterrizó casi en mis piernas y yo toqué el ala con la punta de los dedos, pero no me atreví a ponérmelo en la cabeza.

Papá nos contó sobre cómo las diferentes bandas de apaches, como Mangas Coloradas, su hijo Magnus y Gerónimo, que formaban parte de la banda apache Mimbreño, peleaban contra los más crueles ojosblancos y los peores vienen-y-van, que era como llamaban a los mexicanos. Los mimbreños se unieron a Victorio, Nana y Lozen, que formaban parte de la banda de Ojo Caliente y peleaban más bien contra el ejército mexicano, y luego también se unieron a otro de nuestros personajes favoritos, el Jefe Cochise, que era invencible. Entre las tres bandas crearon a los chiricahuas, y Cochise era el jefe de todos. Todo esto suena confuso, y sí es, es complicado, pero si escuchas con atención y dibujas un mapa, es más fácil entenderlo.

ACUSTEMOLOGÍA

Cuando papá dejó de hablar me puse, finalmente, su sombrero, y te dije en un susurro, como si fuera un viejo vaquero-indio, eh, tú, eh, Memphis, imagínate que nos perdemos en estas montañas. Y tú dijiste ¿tú y yo solos? Y yo respondí sí, tú y yo solos, ¿crees que nos uniríamos a los apaches y pelearíamos contra los ojosblancos?

Pero mamá me oyó, y antes de que pudieras responderme, se giró hacia nosotros y me pidió que le prometiera que, si alguna vez nos perdíamos, yo sabría cómo encontrarlos. Así que le dije claro, mamá, sí. Me preguntó entonces si me sabía de memoria su teléfono y el de papá, y le dije, sí, 555-836-6314 y 555-734-3258. ¿Y si estuvieran en el campo o en el desierto y no hubiera nadie a quien pedirle un teléfono?, preguntó. Le dije que los buscaríamos en el corazón de las montañas Chiricahua, en ese lugar en el que los ecos son tan claros que, incluso cuando susurras, tu voz regresa igualita. Papá interrumpió para decir: ¿te refieres a Echo Canyon? Y a mí me dio mucha alegría que me estuviera escuchando y que me ayudara con las preguntas difíciles de mamá, que siempre parecían exámenes. Sí, dije, exacto; si nos perdiéramos, los buscaríamos en Echo Canyon. Respuesta incorrecta, dijo mamá, como si en verdad fuera un examen. Si se pierden a la intemperie tienen que buscar una carretera, cuanto más grande mejor, y esperar a que pase alguien y llamarnos por teléfono, ¿está bien? Y los dos dijimos, sí, mamá, está bien, sí.

Pero luego te susurré algo para que ella no me oyera. Te dije: pero primero iríamos a Echo Canyon, ¿verdad? Y tú asentiste con la cabeza y me susurraste: pero sólo si puedo ser Lozen durante el resto del juego.

PRESENTIMIENTO

Durante un tiempo, después del examen de mamá, me quedé pensando si en verdad sería capaz de encontrar el camino hasta Echo Canyon por mí mismo. Pensé que si tan sólo, si tan sólo tuviéramos un perro, no habría ningún peligro de perdernos. O habría menos peligro, por lo menos. Papá nos contó una historia una vez, una historia real que hasta había salido en la radio y en los periódicos, sobre una niña de tres o cuatro años que vivía en Siberia y que un día había salido de su casa, con su perro, para buscar a su padre, que estaba en el bosque. Su padre era bombero, y había salido ese mismo día porque había incendios forestales quemando los bosques alrededor de su aldea. La niña y su perro desaparecieron en el bosque, pero en vez de encontrar al padre, se perdieron. Estuvieron perdidos durante días, y las brigadas de rescate los buscaron por todas partes.

Al noveno día después de que desaparecieron, el perro regresó a la casa, solo, sin la niña. Al principio todos estaban preocupados y hasta enojados de verlo llegar meneando la cola y ladrando. Pensaron que había abandonado a la niña, que quizás había muerto, y había regresado de manera egoísta por su comida. Y sabían bien que si la niña estaba viva, no iba a saber sobrevivir sin el perro. Pero unas pocas horas después, dentro de la casa, el perro empezó a ladrar hacia la puerta principal, no paraba de ladrar. Cuando lo dejaron salir, pensando que tal vez necesitaba hacer caca, el perro corrió desde la puerta de la casa hacia la primera línea de árboles del bosque, y después de regreso hacia la casa, una y otra vez. Al final, alguien entendió que estaba tratando de decirles algo, no sólo ladrando y corriendo como un loco, así que los padres de la niña y también la brigada de rescate decidieron seguirlo.

El perro los llevó por el bosque y caminaron durante horas, atravesando riachuelos y subiendo colinas, y luego, a la mañana del undécimo día, encontraron a la niña. Estaba acurrucada bajo unos pastizales altos, llamados taiga o tundra, ya no me acuerdo, y el perro había guiado a los hombres hasta ella. Había sobrevivido gracias al perro, porque la mantuvo a salvo y le dio calor por las noches, y comieron moras y bebieron agua de los ríos, y tuvieron suerte de no ser devorados por los lobos ni los osos, porque hay miles de lobos y de osos en Siberia. Y el perro les había mostrado el camino a los adultos hasta donde había dejado a la niña. Y la había salvado.

Te pregunté, ¿qué harías tú si viviéramos en un pueblo junto a un bosque, y tuviéramos un perro, y entráramos al bosque un día y nos perdiéramos de pronto, nada más con nuestro perro? Tú ibas dibujando algo en la ventana con saliva, un nuevo hábito asqueroso que adoptaste desde que papá nos contó sobre la curandera llamada Saliva que era amiga de Gerónimo y curaba a las personas escupiéndoles. Y tu única respuesta fue: me quedaría parada junto a ti y trataría de que el perro no me lamiera.

ROCOLAS Y ATAÚDES

Al fin nos detuvimos y ordenamos una buena comida en un restaurante que tenía rocola. Y fue perfecto, excepto porque había un viejo en la mesa de enfrente que tenía una corbata con una imagen de Jesucristo clavado en la cruz, y encima de la corbata llevaba una cadenita de plata con otra cruz colgando, pero sin clavos ni cristo. Yo estaba nervioso porque creí que a lo mejor decías lo de Jesupinchecristo, porque habías descubierto que cada vez que lo decías hacías reír a papá y mamá. Pero por suerte no dijiste nada, creo que porque el viejo te daba un poco de miedo.

A mí también me daba un poco de miedo y le tomé una foto sin mirar por el lente, recargando nada más la cámara sobre la mesa y calculando el foco. Ni siquiera se dio cuenta cuando sonó el disparador porque le estaba hablando sin parar a la mesera y a nosotros y a quien quisiera oírlo. Pidió hot cakes y siguió intentando hablar con papá y mamá sobre la salvación, y luego empezó a contarnos chistes a ti y a mí, uno tras otro, chistes horribles sobre los indios y los mexicanos y los asiáticos y los morenos y los negros, y básicamente sobre cualquiera diferente a él. Tal vez estaba un poco ciego. De hecho, tenía unos lentes muy gruesos. O tal vez sí se dio cuenta de todo y por eso nos contaba esos chistes horribles. Cuando llegó su desayuno, finalmente se quedó callado. Después cortó un cuadrado enorme de mantequilla, lo machacó encima de sus hot cakes usando un tenedor y nos preguntó que de dónde éramos. Mamá mintió por completo y le dijo que éramos franceses y éramos de París.

De regreso en el coche, tú inventaste el mejor chiste de toc-toc de todos los tiempos, por mucho; papá no lo entendió, porque el chiste estaba en español, pero mamá sí, y yo también porque yo también entendía español:

¡Toc toc!

¿Quién es?

¡París!

¿Qué París?

París-i que va a llover.

Y mamá y yo nos reímos tan fuerte que quisiste mantener tu racha, y entonces contaste tu segundo mejor chiste, que iba así:

¿Qué le dijo el chiste de toc-toc al chiste de otro tipo?

Y todos dijimos: ¿qué?

Y tú dijiste: toc toc.

Así que nosotros dijimos: ¿quién es?

Y tú dijiste: toc toc.

Así que nosotros dijimos: ¿quién es?

Y tú dijiste de nuevo: toc toc.

Nos tardamos un poco, pero al final lo entendimos, y todos nos reímos, con risas reales, y tú sonreíste mirando por la ventana, toda orgullosa de ti misma, y estuviste a punto de meterte el dedo gordo en la boca, pero esta vez no lo hiciste.

PUESTO DE CONTROL

Ese día, después del desayuno, viajamos tanto tiempo en coche, sin parar, que pensé que me iba a morir. Pero estaba feliz de dejar atrás ese pueblo lleno de gatos y ese viejo con la cruz en la corbata, así que no me quejé, ni siquiera una vez.

En el coche, mamá leyó las noticias en su celular y le leyó en voz alta a papá algo de que los niños perdidos habían llegado sanos y salvos a su país y les habían regalado globos en el aeropuerto. Mamá sonaba enojada de que les hubieran dado globos y yo no entendía por qué. También ella nos daba globos, a veces. Caminábamos por nuestra calle hasta la tienda y nos compraba un globo a cada uno, uno de verdad, lleno de helio, y ella escribía nuestros nombres en los globos con un plumón. Yo me agarraba al hilo de mi globo mientras caminábamos de regreso a casa, y jugaba siempre el mismo juego, aunque no sé si eso cuenta como un juego, y es que iba pensando que no era yo el que agarraba el globo sino el globo el que me agarraba a mí. Tal vez era una sensación, no un juego de verdad. Después de algunos días, sin importar lo que hiciéramos para salvarlos, nuestros globos empezaban a encogerse y a pasearse solos por la casa, justo como la mamá de mamá, aunque ya no te acuerdas de ella porque tú eras muy chiquita y sólo nos visitó una vez, y luego se murió. Pero antes de morirse, también ella se paseaba sola por la casa, de una habitación a otra, quejándose y suspirando y lamentándose, pero sobre todo en silencio y cada vez más encogida. Los globos que nos compraba mamá paseaban por la casa más y más arrugados, igual que le pasaba a ella, más cerca del suelo cada vez, hasta que un día acababan debajo de la silla o en alguna esquina y nuestros nombres escritos con plumón se veían arrugados y chiquitos.

Por fin nos detuvimos a comprar comida en una ciudad, porque esa noche, y probablemente la noche siguiente, íbamos a dormir en una casa en las montañas Burro, que mamá había encontrado y rentado por internet. La ciudad en la que nos detuvimos se llamaba Silver City, y papá te dijo que era una ciudad que estaba hecha de plata de verdad pero que la habían escondido bajo capas de pintura para que los enemigos no fueran a robarse partes de la ciudad. Te obsesionaste con ese tema, y mientras paseábamos por las calles, y luego por un supermercado, recorriendo los pasillos de un lado a otro, tú pensabas que veías detalles de la plata escondida por todas partes, incluyendo en todas las latas de frijoles y en un bote de limpiavidrios, e incluso en una caja de frutilupis, aunque yo sospeché que sólo habías fingido ver detalles de la plata escondida en los frutilupis porque querías que mamá y papá te los compraran, lo cual quiere decir que a veces eras más lista de lo que ellos creían.

Después de eso volvimos al coche por un rato más, y cuando llegamos a las montañas Burro todavía era de día, lo cual estaba bien para variar, porque cuando llegábamos a descansar a un sitio generalmente era el atardecer o ya de noche, y eso significaba que teníamos que irnos a la cama pronto, lo cual me hacía pensar que papá y mamá siempre querían pasar el menor tiempo posible con nosotros. Pero esta vez llegamos a pleno día. Una pareja de viejitos, los dos con sombreros vaqueros, nos mostraron una cabañita polvosa, hecha de adobe o barro, creo. Luego nos mostraron los dos cuartos, y el baño entre ambos, y luego el espacio con la cocina, la sala y el comedor. Caminaban tan despacio y explicaban tantas cosas que tú y yo nos empezamos a poner nerviosos. Le dieron las llaves a mamá y papá, y nos dijeron cómo funcionaban las cosas y qué no debíamos hacer, y nos enseñaron dónde estaban los mapas de senderos y los bastones para caminar, y nos preguntaron si necesitábamos algo más o si teníamos alguna pregunta, y por suerte mamá dijo que no, así que por fin se fueron.

Papá y mamá escogieron su cuarto y nosotros nos quejamos de que teníamos que compartir la cama en nuestro cuarto, mientras que ellos tenían una cama cada uno en el suyo, pero nos regañaron y dejamos de quejarnos. Estábamos felices de no estar en un motel, para variar, ni en una pensión tenebrosa ni en un bed and breakfast. Les ayudamos a desempacar algunas cosas y luego nos dieron agua y botanas, y ellos abrieron unas cervezas y se sentaron en el porche de afuera, con vistas a la cordillera. Tú y yo exploramos la casa por dentro, los dos solos, durante un rato, aunque era una casa chiquita, así que había poco que explorar. Encontramos dos matamoscas detrás del refrigerador, en la cocina, y los sacamos al porche donde estaban mamá y papá. Les ofrecimos matar algunas moscas para que pudieran relajarse, dijimos que sólo les cobraríamos un centavo por mosca, y aceptaron. Matábamos a una mosca y aparecían diez más, salidas de quién sabe dónde. Era como un videojuego de los de antes.

Papá y mamá dijeron que necesitaban echarse una siesta y se metieron al cuarto, y mientras tú y yo recolectamos piedras y guijarros alrededor de la casa, levantando las piedras con cuidado por si salía un alacrán. Queríamos y a la vez no queríamos encontrar un alacrán. Pusimos todas las piedras y los guijarros en una cubeta que encontramos junto a los botes de basura a un costado de la casa, y luego los repartimos sobre una mesa que estaba afuera, a un costado del porche. Cuando acabamos de ordenarlos en la mesa, tú miraste todo y dijiste que eran como las tortugas del mar de los Sargazos sobre las que yo te había hablado. Te pregunté por qué, porque no te entendía, y tú dijiste porque sí, porque mira todas las tortugas ahí flotando, y tenías razón, los guijarros parecían caparazones de tortuga vistos desde arriba.

Después, cuando nos aburrimos y nos dio hambre, entramos a la cocina y encontramos jitomates y sal, y yo te enseñé cómo comer jitomates a mordidas, poniéndoles un poco de sal antes de cada bocado, y a ti te encantó eso aunque en general odiabas los jitomates.

ARCHIVO

Más tarde, ese mismo día, mataste una libélula por error y empezaste a llorar como si te saliera una cascada de los ojos. Yo traté de convencerte de que no la habías matado sino que se había muerto en el instante mismo en que tú la atrapaste con un frasco, lo cual tal vez era cierto porque la libélula se había congelado de pronto ahí dentro, y se seguía viendo hermosa, con sus alas todavía abiertas, aunque estuviera completamente muerta. No parecía estar lastimada. No le faltaba ninguna parte del cuerpo ni nada de eso. De todas formas, tú llorabas como loca. Así que, para hacer que dejaras de llorar, porque papá y mamá seguían durmiendo la siesta dentro de la casa y yo sabía que si te oían llorar vendrían a echarme la culpa, te dije que te callaras un momento y luego dije, mira, vamos a enterrarla, y te enseño un ritual apache para que su alma pueda desprenderse de su cuerpo y volar libre, lo cual sé que era estúpido, pero de todas formas sentí que era una buena idea y tal vez hasta verdadera, aunque acababa de inventármela. Así que agarramos unas cucharas de los cajones de la cocina y un vaso de agua para humedecer la tierra en caso de que fuera necesario, y caminamos hasta un rincón oscuro frente a la casa, junto a una gran piedra roja, y ahí nos arrodillamos.

El suelo estaba más duro de lo que esperaba, y ni siquiera el agua que echamos la ablandó mucho, y golpeamos y cavamos tan fuerte que las cucharas se doblaron, arruinadas, y tú te reías muchísimo, decías que las cucharas parecían signos de interrogación, que habías estado practicando en la escuela antes de salir de vacaciones. Pero, al final, logramos hacer un hoyo lo suficientemente grande como para enterrar a la libélula, las dos cucharas, e incluso un centavo, que echaste ahí para que nos diera buena suerte, porque eres supersticiosa como mamá aunque sólo tengas cinco años. Después de eso yo me tuve que inventar un ritual, porque todavía no había pensado en esa parte.

Te dije: ve a recoger piedritas, yo voy a ir adentro y me voy a robar un cigarro y unos cerillos de la chamarra de papá. Y eso hicimos y después te alcancé de nuevo frente a la pequeña tumba, donde hacías un círculo con las piedritas alrededor del hoyo. No te estaba saliendo tan mal, pero de todas formas te dije que intentaras hacerlo más bonito y, cuando acabaste, nos sentamos con las piernas cruzadas frente a la tumba y yo encendí el cigarro y le eché humo a la tumba y me las arreglé para no toser y luego apagué el cigarro pisándolo y deshaciéndolo contra las piedras del suelo, como hacen papá y mamá. Para terminar, lancé un puñado de tierra a la tumba y luego traté de cantar una canción antigua que papá nos había puesto una vez, tal vez una canción apache, que decía lai-o-lei ale loya, hey-o lai-o-lei ale, pero tú no dejabas de reírte de mí en vez de ponerte seria. Así que intentamos cantar una canción que ambos nos supiéramos, como «Highwayman», y cantamos partes como lo de «sword and pistol by my side, sailed a scooter round the horn of Mexico, got killed but I am living still, and always be around, and round, and round». Pero se nos había olvidado la mitad de la letra y nada más la tarareamos, así que al final decidimos que teníamos que cantar la única canción de muerte que nos sabíamos de memoria. Mamá nos la había enseñado cuando los dos éramos más pequeños y se llamaba «La cama de piedra». Tú te lo tomaste en serio finalmente y los dos nos paramos derechos como soldados y cantamos: «De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera, la mujer que a mí me quiera me ha de querer de a de veras, ay ay, ¿corazón por qué no amas?». Cantamos cada vez más fuerte hasta que llegamos a la última parte, que cantamos tan fuerte y tan bien, que sentí que las montañas se despertaron para escucharnos: «Por caja quiero un sarape, por cruz mis dobles cananas, y escriban sobre mi tumba, mi último adiós con mil balas, ay ay, ¿corazón por qué no amas?». Cuando acabamos, tú dijiste que tal vez debíamos matar más insectos y enterrarlos y hacer un cementerio entero.

MUESTRARIOS

Por la tarde, papá hizo la cena y tú te quedaste dormida con la cabeza sobre la mesa antes de que termináramos de cenar. Después de la cena, papá te llevó cargando a nuestra cama, luego dijo que iba a dar un paseo nocturno y se llevó su equipo de grabación. Yo ayudé a mamá a recoger la mesa y le dije que podía lavar los platos. Ella me agradeció y dijo que estaría afuera, en el porche, en caso de que necesitara algo.

Cuando terminé de lavar, alcancé a mamá en el porche, donde estaba leyendo su libro rojo en voz alta con su grabadora de sonido. Había muchas polillas volando alrededor del foco sobre su cabeza, y cuando me vio ahí parado, mamá apagó su grabadora un poco avergonzada, como si la hubiera sorprendido haciendo algo.

Le pregunté que qué estaba haciendo. Leyendo y grabando algunos fragmentos de esto, nada más, dijo. Le pregunté por qué. ¿Por qué?, repitió ella, y pensó un momento antes de responderme. Porque me ayuda a pensar y a imaginar cosas, supongo. ¿Y por qué lo lees en voz alta para la grabadora?, le pregunté. Me dijo que le ayudaba a concentrarse mejor, y yo puse cara como de cuchara en forma de interrogación. Así que ella dijo, ven aquí, siéntate, intenta tú. Señaló la silla vacía que había a su lado, donde papá había estado sentado ese mismo día. Me senté y mamá me pasó el libro, abierto en una página. Luego encendió de nuevo su grabadora y estiró su brazo hacia mí para que me quedara cerca de la boca. Dijo: vas, lee este fragmento, yo te grabo. Así que empecé a leer:

(SÉPTIMA ELEGÍA)

El patio en donde los niños abordaron el tren por primera vez, y la oscura selva que vino luego, habían quedado atrás. A bordo de ese primer tren atravesaron las húmedas selvas del sur, abriéndose paso hacia las montañas. En una pequeña aldea tuvieron que bajarse de un salto y subirse a otro tren que llegaría unas pocas horas después. Subidos en la nueva góndola, que de algún modo parecía mejor, menos sórdida, pintada de rojo ladrillo, ascendieron hasta las frías cumbres de las montañas.

El tren subió más allá de las nubes, flotando casi, sobre la densa niebla que se extendía hasta perderse hacia los mares del este. Llevó a los niños por sinuosos caminos de montaña que se alzaban sobre despeñaderos y junto a plantaciones, la tierra laboriosamente abarbechada por tantas manos, a lo largo de décadas y quizá siglos, en los lomos casi verticales de las cordilleras.

Lejos de los pueblos y retenes, de amenazas humanas e inhumanas, los niños pudieron dormir, por primera vez en muchas lunas, sin temores nocturnos. Iban dormidos todos, e iban tan profundos en su sueño, que no escucharon ni vieron a la mujer que, también dormida, rodó hasta caer del techo de esa misma góndola, y que despertó dando tumbos mientras caía cuesta abajo hacia las afiladas piedras, se reventó el estómago con una rama rota y siguió cayendo, hasta que su cuerpo produjo un golpe sordo en la abrupta nada. El primer ser vivo que reparó en ella, a la mañana siguiente, fue un puercoespín de erectas púas y vientre colmado, henchido de adelfas, manzanas silvestres, retoños de álamo y alerce. La olisqueó un poco, sin interés, y siguió olisqueando camino hacia los resecos amentos de un chopo.

Sólo una de las dos niñas que iban a bordo de la góndola, la más pequeña, se dio cuenta de que la mujer no estaba ya entre ellos. El sol había salido y el tren pasaba por un pequeño pueblo encaramado en la ladera este de la cordillera cuando, de pronto, un grupo de mujeres fuertes y robustas, con el cabello largo y bien cuidado y faldas también largas, aparecieron junto a las vías. El tren había bajado la velocidad un poco, como hacía siempre que atravesaba zonas más pobladas. La gente que iba a bordo de la góndola se sorprendió al principio, y las vieron con desconfianza, pero antes de que pudieran hacer o decir nada, desde abajo, las mujeres empezaron a lanzarles fruta y bolsas de comida y botellas de agua. Era fruta buena: manzanas, plátanos, peras, papayas chicas y sobre todo naranjas, que todos pelaron rápido y se comieron casi sin masticar, salvo la niña, que guardó la suya, escondida bajo su camiseta, para dársela a esa mujer. La mujer había sido amable con ella. Una noche, cuando la niña, sacudida por el temblor de una fiebre selvática, chillaba y gemía pidiendo agua, la mujer le había dado los últimos sorbos de su cantimplora. Pero la mujer ya no iba a bordo del tren. La niña pensó que tal vez se había bajado de un salto en alguna parada para alcanzar a su familia en uno de esos pueblos neblinosos mientras los demás dormían.

La niña recordó a la mujer extraviada otra vez unos días más tarde, mientras el tren pasaba por otro pueblo en los valles más bajos y otra vez calientes. Las altas montañas quedaban ya muy atrás en el horizonte del este, y los niños vieron a un grupo de gente de pie junto a las vías, a la distancia. Se apiñaron a lo largo del borde del techo de la góndola, sus manos listas para atrapar la comida voladora, pero en vez de eso recibieron piedras e insultos. En un susurro, como si le rezara a algún ángel caído, dijo la niña: Tuviste suerte, querida mujer voladora, de perderte esta parte del viaje, porque casi nos matan a pedradas, y quisiera que me hubieras llevado contigo, adonde sea que hayas ido, y buena suerte.

La bestia iba echando humo, perforando como aguja e hilo la masa negra de la cordillera. Entraba y salía de túneles oscuros, abiertos más de un siglo atrás a punta de dinamita, martillos, orden y progreso. Los niños jugaban en esos túneles: aguantaban la respiración cuando el tren se internaba en la negrura, y sólo se permitían respirar de nuevo cuando su góndola pasaba el arqueado umbral para acceder a la luz, y el valle se abría de nuevo ante sus ojos, como una flor abismal y cegadora.

MAPAS Y GPS

¡Nosotros también jugamos a eso!, le dije a mamá. Y ella asintió y sonrió mientras volvía a apagar su grabadora.

Solíamos jugar a eso cuando íbamos en el coche, manejando por las carreteras de montaña que tenían túneles. Aguantábamos todos la respiración en cuanto el coche entraba al túnel, y sólo podíamos respirar de nuevo cuando salíamos del otro lado. En general ganaba yo. Y tú siempre, siempre hacías trampa, incluso si el túnel era corto y no valía la pena hacer trampa.

¿Podemos leer un poco más?, le pregunté a mamá. Ella dijo que no, que teníamos que despertarnos temprano a la mañana siguiente para ir caminando hasta el arroyo, y tal vez más allá, por el valle, así que lo mejor era irnos a dormir. Mamá me dio las llaves del coche y me dijo que volviera a guardar el libro en su caja, la Caja V, y eso hice. Y luego nos metimos los dos a la casa. Ella dejó las llaves encima del refrigerador, donde siempre dejaba las llaves, y me sirvió un vaso de leche. Después fuimos al baño y nos cepillamos los dientes juntos, haciendo caras chistosas en el espejo, y por último nos fuimos a nuestros cuartos y nos dijimos buenas noches, buenas noches.

Tú dormías ocupando toda nuestra cama, así que te empujé lo más posible hacia tu lado. Pero en cuanto apagué la luz, te fuiste acercando poco a poco de nuevo y me echaste tu brazo sobre la espalda y tu pierna sobre mi pierna.

PROHIBIDO DAR VUELTA EN U

Ya había oído ecos antes, pero ninguno como los que oímos al día siguiente, cuando salimos a caminar por las montañas Burro. Cerca de donde vivíamos antes, en la ciudad, había una calle empinada que desembocaba en el gran río gris, y esa calle tenía un túnel porque encima de la calle, y encima del túnel, había otra calle perpendicular. Las ciudades son muy difíciles de explicar porque todo está encima de todo, sin divisiones. Los fines de semana, cuando hacía buen clima, íbamos a pasear en bicicleta desde nuestro departamento en la avenida Edgecombe, primero de subida y luego de bajada hasta que llegábamos a esa calle empinada, y nos metíamos por el túnel bajo la otra calle para tomar la ciclovía que iba junto al río, los cuatro, cada uno en su propia bicicleta, excepto tú. Tú ibas sentada en una silla para bebés en la parte de atrás de la bici de papá. Cada vez que llegábamos al túnel yo aguantaba la respiración, en parte porque sabía que daba buena suerte aguantar la respiración, y en parte porque en el túnel olía a perro mojado y a cartones viejos y a pipí. Así que me callaba y aguantaba la respiración en el túnel. Pero cada vez, sin excepciones, papá gritaba la palabra eco en cuanto entrábamos al túnel, y después creo que mamá le sonreía y gritaba eco también, y luego tú les copiabas y gritabas eco desde atrás, y a mí me encantaba el sonido de los tres ecos rebotando en las paredes del túnel mientras salíamos por el otro extremo y por fin respiraba de nuevo y sólo entonces gritaba eco también, pero nunca se oía ninguna respuesta porque ya era demasiado tarde.

Pero esa mañana, los ecos que oímos rebotar contra las rocas de las montañas eran ecos de verdad, nada que ver con los de nuestro antiguo túnel de la ciudad. Ese día, mamá y papá nos habían despertado antes del amanecer y nos habían dado papilla, que no me gusta, y manzanas hervidas, que sí me gustan, y habíamos escogido cada uno un bastón y nos pusimos a caminar por el camino que va hacia el arroyo y poco a poco subimos otra montaña, y luego bajamos hasta la mitad de la segunda montaña, hasta encontrar unas rocas enormes, largas y planas, en las que descansamos y nos sentamos un rato, y luego el sol llegó al punto más alto y brilló más duro sobre nuestros sombreros. Saqué la cámara de mi mochila y le dije a papá que se pusiera de pie, y eso hizo, y le tomé una foto con su sombrero puesto y fumando como fuma cuando está preocupado, con la frente toda llena de arrugas y los ojos viendo hacia algún lado, como si miraran algo feo, y yo quería saber, y no sabía, qué estaba pensando o por qué siempre estaba preocupado. Más tarde le di la foto como regalo, así que no la pude guardar para que tú la vieras y te la quedaras y me arrepiento de eso.

Nos sentamos de nuevo y nos comimos los sándwiches de pepino con pan y mantequilla que mamá había guardado en una bolsita, y ella dijo que podíamos quitarnos nuestras botas mientras comíamos. Por un instante me sentí feliz de que estuviéramos así, todos juntos. Pero después, mientras comíamos, me di cuenta de que mamá y papá no se hablaban, no se decían nada, no hablaban para nada, ni siquiera para decirse pásame la botella de agua o pásame otro sándwich. Cuando papá se ponía de malas, tú y yo le decíamos que se fumara un cigarro, y en general se iba y se fumaba uno. Después olía asqueroso, pero me gustaba el sonido de papá expulsando el humo y su forma de entrecerrar los ojos mientras lo hacía. Mamá decía que papá fruncía el entrecejo como si estuviera exprimiendo pensamientos para sacarlos por los ojos, y que lo hacía con tanta frecuencia que un día ya no le quedarían pensamientos.

De pronto, mientras comíamos, ya ni siquiera se veían el uno al otro ni nada, así que lo pensé bien y decidí que tenía que contar un chiste, o bien comenzar a hablar más fuerte, porque, aunque me gustaban algunos silencios, odiaba este tipo de silencio. Pero no se me ocurrió ningún chiste ni nada chistoso, ni nada que decir en voz alta así nomás porque sí. Entonces me quité el sombrero y lo puse sobre mis piernas, y al ver el sombrero sobre mis piernas, se me ocurrió una idea. Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie me veía, y luego, con una mano, lancé el sombrero hacia lo alto, y voló hacia arriba y luego hacia abajo, cayó y luego rodó por el costado de la montaña, rebotó en unas piedras y finalmente se atoró en un arbusto. Respiré profundamente, puse una cara rara y fingí estar preocupado al gritar hacia el viento, con todas mis fuerzas: ¡Mi sombrero!

En ese momento sucedió. Grité la palabra sombrero, y todos ustedes me miraron, y después miraron hacia las montañas, porque todos escuchamos de pronto ero ero ero, un sonido que venía de allá, mi voz rebotando en todas las rocas de la montaña en torno a nosotros, todas las rocas repitiendo ero ero.

Fue como un hechizo, un hechizo bueno, porque de repente el silencio que había entre nosotros se llenó de sonrisas, y sentí la misma sensación en mi estómago que ahora sé que sentíamos todos cada vez que íbamos en las bicis a toda velocidad hacia la calle empinada y hacia el túnel y hacia el río. Y de repente papá gritó la palabra eco y mamá gritó eco y tú gritaste eco y a nuestro alrededor los ecos se multiplicaron, eco, eco, eco, e incluso yo grité eco, y por primera vez oí mi propio eco diciendo eco que volvía a mí, que rebotaba de regreso a mí con claridad perfecta.

Papá dejó su sándwich a un lado y gritó, ¡Gerónimo! Y el eco dijo ónimo, ónimo, ónimo.

Mamá gritó, ¿me oyes? Y la montaña le regresó oyes, oyes, oyes.

Así que yo grité, ¡soy Pluma Ligera! Y me devolvió era, era, era.

Y tú miraste a tu alrededor y parecías medio confundida, y dijiste en voz muy baja:

¿Pero dónde están?

Luego nos pusimos de pie uno por uno, los cuatro descalzos en la superficie de la roca plana y larga, y lo intentamos con distintas palabras, como Elvis, palabras como Memphis, como autopista, y luna, y botas, y hola, padre, lejos, diez años, cinco años, odio la papilla, montaña, río, chinga tu madre, la tuya, pompas, nalgas, pedo, aviones, binoculares, alien, adiós, te amo, yo a ti, a ti. Y luego yo grité auuuuu, y todos aullamos como una manada de lobos y luego papá lo intentó aplaudiendo con una mano contra su boca, dijo, uuuuuuuuu, y todos lo imitamos como una familia antigua, y luego mamá aplaudió con ambas manos y los aplausos regresaron a nosotros clac clac clac, o más bien algo tipo tap tap tap. Y cuando nos quedamos sin nada que gritar y sin aliento, nos sentamos de nuevo, todos salvo tú, que gritaste una última vez:

¿Pero dónde están, tan, tan, tan?

Y luego nos miraste de nuevo y dijiste, esta vez en un susurro, no los veo, ¿dónde están? ¿Se están escondiendo? Papá y mamá te miraron algo confundidos y luego me miraron a mí, como esperando una traducción. Yo entendía tu pregunta perfectamente, así que se la expliqué. Yo era siempre el traductor entre tú y ellos, o entre ellos y nosotros. Dije, creo que piensa que hay alguien al otro lado de la montaña que nos responde. Los dos asintieron y te sonrieron y luego me sonrieron a mí e incluso se miraron un segundo entre ellos mientras seguían sonriendo. Yo te expliqué, Memphis, no hay nadie ahí, Memphis, son solamente nuestras voces. Mentiroso, dijiste. ¡Me llamaste mentiroso! Así que yo dije, no estoy mintiendo, idiota. Y mamá me regañó con la mirada, y te dijo, es sólo un eco, mi vida. Es sólo un eco, dijo también papá. Ellos no sabían, y yo sí sabía, que ésa no era una buena explicación para ti, así que dije, ¿te acuerdas de las pelotas que rebotan mucho y que sacamos de esa máquina en el restaurante donde luego tú lloraste? Sí, dijiste, lloré porque a ti te tocaban todas las pelotas de colores y a mí sólo me salían los bichos de plástico. Ése no es el punto, Memphis, el punto es que las pelotas, el punto es… ¿Recuerdas cómo jugamos con ellas afuera del restaurante después, lanzándolas contra el muro y atrapándolas de nuevo? Ahora me estabas poniendo atención y dijiste sí, me acuerdo. Nuestras voces son como esas pelotas que rebotan mucho, aunque no puedas verlas rebotando ahora, dije. Nuestras voces rebotan en esa montaña cuando las lanzamos contra ella, y eso se llama eco. Mentiroso, dijiste de nuevo. No te estoy mintiendo, no te está mintiendo, mi vida, dijo mamá, eso es el eco, así funciona el eco, no te está mintiendo, no te estoy mintiendo, te dijimos los tres.

Eres tan orgullosa y arrogante a veces, que seguías sin creernos. Te pusiste de pie muy derechita y seria sobre la roca plana y acomodaste tu sombrero rosa y luego tu camiseta como si estuvieras a punto de jurar lealtad a la bandera. Te aclaraste la garganta, hiciste un cuenco con tus manos alrededor de tu boca, miraste las rocas de la montaña y tomaste aire. Y luego, luego por último gritaste muy fuerte, gritaste gente, gritaste hola, gente, gritaste aquí estamos, aquí arriba, aquí, aquí… soy Memphis, emphis, emphis.

PÁJAROS

De regreso en casa, esa misma tarde, ayudé a papá a cocinar. Afuera, preparamos la parrilla. Papá puso carbón y lo encendió, y yo fui a la cocina a sacar la carne del refrigerador, carne de búfalo, que es mi favorita, que habíamos comprado en Silver City. Me tocó ayudar a sostener la bandeja de carne. Papá trinchaba, uno por uno, los trozos de carne con el tenedor y los ponía a la parrilla. Me quedé ahí de pie y en mi mente seguía pensando en los ecos, y todo a mi alrededor me recordaba a los ecos que habíamos oído horas antes en la montaña, los movimientos repetitivos de papá, repetitivos, el fuego en la parrilla, parrilla, unos pájaros grandes que batían las alas en lo alto, e incluso tu voz desde la cocina, dentro de la casa, donde estabas ayudando a mamá a envolver verduras en papel aluminio, envolviendo las papas, las cebollas, el ajo y también los champiñones, que no me gustan nada.

Le pregunté a papá si los ecos que habíamos oído eran como los ecos de Echo Canyon de los que nos había hablado. Dijo que sí pero no. En las montañas Chiricahua, en Echo Canyon, dijo, los ecos eran todavía más fuertes y más hermosos. Los ecos más hermosos que hayas oído nunca, dijo, y algunos de ellos llevan tanto tiempo rebotando por ahí que, si escuchas con atención, puedes oír las voces de los guerreros chiricahuas, desaparecidos hace mucho tiempo. ¿Y de los Guerreros Águila?, le pregunté. Sí, de los Guerreros Águila también.

Reflexioné durante un rato sobre cómo era posible eso, y luego les pedí a mamá y a papá que me explicaran más detalladamente, más profesionalmente, porque ellos eran profesionales del sonido, lo de los ecos, mientras poníamos la mesa, una larga mesa de madera afuera de la casa, mientras sacábamos platos, tenedores, cuchillos, copas, agua, vino, sal y pan. Dijeron que el eco es un retraso de las ondas sonoras. Es una onda sonora que llega después de que el sonido directo se produce y rebota en una superficie. Pero esa explicación no respondía a todas mis preguntas, así que seguí insistiendo, preguntando más y más, hasta que se hartaron un poco de mí, creo, y papá dijo:

¡Ya está la comida!

Nos sentamos a la mesa y papá quiso proponer un brindis, así que nos dejó probar unas gotas de vino que sirvió en nuestras copas, aunque también sirvió mucha agua, para hacer más suave el sabor. Dijo que a los niños en este país en general no les dejan probar el vino, dijo que sus papilas gustativas estaban totalmente arruinadas por el puritanismo, las alitas de pollo, la cátsup y la crema de cacahuate. Pero ahora éramos niños en el territorio apache chiricahua, así que se nos permitía tener una probadita de vida. Papá alzó su copa y dijo que Arizona, Nuevo México, Sonora y Chihuahua eran nombres hermosos, pero también nombres que nombraban un pasado de injusticia, genocidio, éxodo, guerra y sangre. Dijo que quería que recordáramos este territorio como un territorio de resiliencia y perdón, y también como un territorio en el que no había división entre la tierra y el cielo.

No nos dijo cuál era el nombre real del territorio, pero supongo que era la Apachería. Después le dio un sorbo a su copa y todos le dimos un sorbo a nuestras copas. Tú escupiste todo al suelo, dijiste que odiabas el aguavino. Yo dije que a mí sí me gustaba, aunque en realidad no me gustaba tampoco, pero me lo seguí bebiendo.

TIEMPO

Terminamos de comer muy rápido porque teníamos mucha hambre, pero yo no quería que la tarde se acabara, nunca, aunque sabía que se acabaría, como se acabarían en general las tardes de estar juntos, tan pronto como acabara el viaje. Yo no podía cambiar eso, pero, al menos por ese día, podía intentar que la noche fuera más larga, igual que Gerónimo tenía el poder de estirar el tiempo durante una noche de batalla.

Decidí ponerme a hacer preguntas, buenas preguntas, para que todo el mundo se olvidara del paso del tiempo. Así lograría estirar el tiempo.

Primero les pregunté a ustedes tres qué era lo que más deseaban en ese momento. Tú dijiste, ¡frutilupis! Papá dijo, yo deseo claridad. Mamá dijo, yo justicia y que Manuela encuentre a sus hijas.

Después les pregunté a papá y a mamá, ¿cómo eran cuando tenían nuestras edades y qué cosas recuerdan de entonces? Papá contó una historia triste de cuando tenía tu edad y un tranvía atropelló a su perro y luego su abuela metió al perro en una bolsa negra de plástico y lo tiró a la basura. Luego papá dijo que, cuando tenía mi edad, las cosas mejoraron para él y que dirigía un periódico hecho por los niños del edificio donde vivían. Todos los viernes, estaba a cargo de una expedición. Después de la escuela, iba a la papelería, donde había una máquina llamada Xerox que sacaba copias de cualquier cosa que escribieran o dibujaran, aunque no había computadoras ni nada. Una vez, como no habían escrito ni dibujado nada para el periódico, sólo pusieron sus manos, luego sus caras, y luego sus pies en la máquina, y la máquina imprimió copias de todo eso y luego, cuando nadie los veía, un niño se bajó los pantalones y se sentó en la máquina y sacó una copia de sus nalgas. Tú y yo nos reímos tanto que el trago de aguavino que acababa de beber se me salió por la nariz y me ardió.

Después fue el turno de mamá, que se acordó de una vez, cuando tenía cinco años, como tú, y estaba en la sala de una casa con su mamá y una amiga de su mamá, y ella estaba asomada a una pecera muy grande y llena de peces que había allí. En algún momento, se dio la vuelta y su mamá ya no estaba, sólo la amiga de su mamá, así que le preguntó, ¿dónde está mi mamá? Y la amiga dijo, está ahí, mira, tu mamá se convirtió en un pez. Y al principio, mamá estaba muy emocionada y trataba de adivinar cuál de esos peces era su madre, pero luego empezó a asustarse, y pensó, ¿volverá mi mamá?, y ¿cuándo dejará de ser un pez? Y como pasó mucho tiempo, empezó a llorar y a pedir que regresara su mamá, y por fin regresó, toda empapada, y hasta la fecha no sabía cómo ni qué había sucedido realmente. Entonces le pregunté qué recordaba de cuando tenía mi edad, cuál era su juego favorito a los diez años.

Lo pensó un momento y luego dijo que lo que más le gustaba a los diez años era entrar en casas abandonadas y explorarlas, porque el barrio en el que vivía estaba lleno de casas abandonadas. Y no dijo nada más, aunque tú querías saber más sobre las casas abandonadas. Por ejemplo, ¿había fantasmas en ellas?, y ¿alguna vez cacharon a mamá entrando a una casa, la policía o sus padres? Pero en vez de seguir contándonos, mamá nos preguntó, ¿y ustedes dos? ¿Cómo creen que van a ser cuando tengan nuestra edad y sean adultos?

Levantaste la mano para hablar tú primero. Dijiste, creo que voy a saber leer y escribir. Y luego dijiste que tendrías un novio o una novia, pero que nunca te casarías con nadie para no tener que dar besos con lengua, y eso me pareció inteligente. Después, como no decías nada más, me tocó hablar a mí. Dije que yo viajaría mucho, que tendría muchos hijos y que todos los días les haría carne de búfalo de comer. En cuanto al trabajo, sería astronauta. Y como pasatiempo documentaría cosas. Dije que sería un documentalistólogo, y dije tan rápido la palabra que creo que tal vez papá escuchó documentólogo y mamá documentalista, y a los dos les pareció bien.

TEMORES CREÍBLES

Esa noche, cuando todo el mundo dormía y yo no podía dormirme, me escapé de nuestra recámara, tomé las llaves del coche de encima del refrigerador y salí. Crucé el porche, caminé despacio hasta el coche, abrí la cajuela y busqué en la oscuridad la caja de mamá. Quería leer lo que pasaba a continuación en la historia de los niños perdidos, en el libro rojo, pero esta vez quería leerlo en voz alta y seguir grabándome, como había hecho con mamá el día anterior. No quería hacer mucho ruido al buscar la grabadora en la caja, así que mejor me llevé la caja entera. Estaba a punto de volver a la casa cuando recordé que mamá guardaba su grabadora en la guantera del coche casi siempre, y no en la caja. Así que volví caminando al coche, abrí la puerta del copiloto, dejé la caja en el asiento y me fijé en la guantera. Allí estaba. También estaba allí el gran mapa de carreteras de mamá. Saqué ambas cosas, el mapa de carreteras y la grabadora, abrí la tapa de la caja apenas lo suficiente como para meterlas con cuidado y luego volví de puntillas hasta la casa, hasta nuestra recámara, llevando todo conmigo.

Tú estabas profundamente dormida y roncabas como un viejo, Memphis, y ocupabas casi todo el espacio. Dejé la caja en el piso un momento, te empujé hacia tu lado de la cama, con mucho cuidado, y encendí nada más la lamparita del buró para no despertarte. Tú dejaste de roncar y te giraste en la cama hasta quedar con la panza hacia el techo. Luego abriste la boca un poco y empezaste a roncar de nuevo. Me subí a mi lado de la cama y me quedé allí sentado, con las piernas cruzadas, con la caja de mamá enfrente.

Ir a la siguiente página

Report Page