Desierto sonoro
Segunda parte » Mapas y cajas
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La abrí con mucho cuidado. Saqué el mapa de carreteras, la grabadora y el libro rojo que tenía mis fotos entre las páginas, y dejé las tres cosas en el buró, bajo la lámpara. Estaba a punto de cerrar de nuevo la caja y prepararme para leer del libro cuando sentí algo, algo que no puedo explicar. Sentí que tenía que ver qué más había en esa caja, mirar todas esas cosas que yo sabía que había detrás del libro rojo, cosas que tenía prohibido ver y que por eso no había visto bien nunca. Pero no había nadie vigilándome en ese momento. Podía revolver las cosas de la caja todo lo que quisiera. Siempre y cuando dejara todo en su sitio al terminar, mamá nunca se enteraría.
Una por una, empecé a sacar las cosas de la caja, lentamente, asegurándome de poner todo en orden sobre la cama para poder guardarlo después justo en el mismo orden.
Lo primero que saqué de hasta arriba de la caja lo puse en la esquina donde van los pies, del lado izquierdo de la cama, que era mi esquina, el segundo objeto lo puse a un lado, luego el tercero, el cuarto, y así.
Eran más cosas de las que imaginaba. Había un montón de recortes y notas, fotos y algunos casetes. Había carpetas, certificados de nacimiento y otros papeles oficiales, mapas y algunos libros. Puse cada objeto sobre la cama, uno al lado de otro. En algún momento tuve que bajarme de la cama y caminar alrededor, para alcanzar mejor las cosas. Para cuando saqué el último objeto, había ocupado casi todo el espacio de la cama, y aunque no quería poner nada sobre ti, por si te movías en las sábanas y desordenabas todo, terminé por dejar algunos mapas y algunos libros encima de ti.
Pasé un buen rato mirando las cosas de mamá, todas esparcidas, mientras caminaba alrededor de la cama, de un lado a otro, hasta sentir que la cabeza me daba vueltas por tantas emociones. Por último, tomé un fólder que decía «Reportes de Mortalidad de Migrantes» y lo abrí. Estaba lleno de hojas sueltas con información, y las estudié tratando de entender lo que decían, pero no pude, había demasiados números y abreviaturas, y era muy desesperante. Decidí concentrarme en los mapas, porque al menos sabía que era bueno leyendo mapas. Agarré uno que estaba justo encima de tus rodillas, o tal vez de tus muslos, no era fácil distinguir porque estaban las sábanas. Era un mapa extraño. Mostraba un espacio, como cualquier mapa, pero en ese espacio había cientos de puntitos rojos, que no eran ciudades porque algunos estaban casi encima de otros. Al fijarme en la leyenda entendí que los puntos rojos representaban personas que se habían muerto ahí, en ese preciso lugar, y me dieron ganas de vomitar o de llorar, o las dos cosas juntas, y de despertar a mamá y a papá para preguntarles, pero por supuesto no lo hice. Sólo respiré. Me acordé de mamá y papá armando un rompecabezas de quinientas piezas, caminando alrededor de la mesa de nuestro viejo departamento, cómo se veían todos serios, preocupados, pero al mismo tiempo tranquilos, y decidí que así es como tenía que comportarme frente a todas esas cosas puestas sobre nuestra cama.
Había otro mapa parecido a ése, que había puesto justo encima de tu panza. También tenía muchos puntos rojos, y estuve a punto de saltármelo porque me daba náuseas, pero luego me di cuenta de que era un mapa del lugar exacto al que nos dirigíamos en la Apachería. A ese mapa le faltaban casi todos los nombres de los lugares, pero de todas formas pude distinguir las montañas Dragoon al oeste. Luego, al este, las montañas Chiricahua, donde estaba Echo Canyon. Y entre ambas cordilleras, ese valle seco y grande en el que había un lago seco llamado Willcox Playa, aunque en este mapa no aparecía el nombre. Papá me había enseñado otros mapas de esa misma parte de la Apachería muchas veces, señalándome lugares y diciéndome sus nombres. Yo tenía que repetir esos nombres, especialmente los que eran importantes en las historias de los apaches, como Willcox, San Simón, Bowie, Dos Cabezas y Skeleton Canyon. Ahora me sentía orgulloso de conocer tan bien esa parte de la Apachería sin haber estado allí siquiera. En el mapa de mamá, por ejemplo, aunque los nombres no estuvieran escritos, creo que encontré el pueblo llamado Bowie, al norte del gran valle seco, justo sobre las vías del tren, que es donde Gerónimo y los suyos abordaron un tren después de su última, última rendición. También encontré Skeleton Canyon, al sureste de las montañas Chiricahua, que es donde atraparon a Gerónimo y a los suyos antes de abordar el tren en Bowie, y, por supuesto, las Dos Cabezas, que es donde el fantasma del Jefe Cochise sigue viviendo.
Luego me di cuenta de que, en este mapa, justo en el centro del valle que está entre las Dragoons y las Chiricahua, mamá había marcado XX con una pluma, y había dibujado un gran círculo alrededor de las dos X. Era el único mapa en el que había marcado algo. Me pregunté qué podría significar. Pensé un buen rato y, de todas las posibilidades que se me ocurrieron, me pareció que ésta era la buena: mamá había hecho esas marcas porque estaba segura de que allí había niños perdidos. Dos niños perdidos: XX.
Luego pensé, tal vez las dos X eran las dos niñas de las que mamá hablaba todo el tiempo, las hijas de Manuela, que habían desaparecido. Mamá tenía un sexto sentido, después de todo era Flecha Suertuda. Así que, si las estaba buscando allí, probablemente estarían allí, o muy cerca. Y entonces tuve una idea que se sintió como una explosión en mi cabeza, pero una explosión buena. Si las niñas estaban allí, tal vez podíamos ayudar a mamá a encontrarlas.
ELECTRICIDAD
Así que esto es lo que decidí. A la mañana siguiente, antes de que mamá y papá se despertaran, tú y yo nos iríamos. Caminaríamos todo lo posible, igual que habían caminado los niños perdidos, incluso si nos perdíamos. Encontraríamos un tren y nos subiríamos a él, en dirección a la Apachería. Caminaríamos por el valle que mamá había marcado con esas dos X. Allí buscaríamos a las niñas perdidas. Si teníamos suerte y las encontrábamos, iríamos todos juntos hacia Echo Canyon, donde papá nos había dicho siempre que sería fácil encontrarnos si nos perdíamos, gracias a los ecos. Y, si no encontrábamos a las niñas, iríamos de todas formas a Echo Canyon, que, según el mapa de mamá, no estaba muy lejos del sitio marcado con las dos X.
Yo sabía, claro, que me iba a meter en muchos problemas por todo esto. Mamá y papá se enojarían muchísimo al darse cuenta de que nos habíamos escapado. Pero después de un tiempo se pondrían más preocupados que enojados. Mamá empezaría a pensar en nosotros del mismo modo en que pensaba en ellos, en los niños perdidos. Todo el tiempo y con todo su corazón. Y papá se concentraría en encontrar nuestros ecos, en vez de los ecos que hasta entonces le habían interesado. Y ésta es la parte más importante: si también nosotros éramos niños perdidos, tendrían que encontrarnos. Mamá y papá tendrían que encontrarnos. Nos encontrarían, de eso estaba seguro. Además, les dibujaría un mapa de la ruta que probablemente íbamos a seguir tú y yo, para que pudieran encontrarnos al final. Y ese final era Echo Canyon.
Fue tonto de mi parte haber roto una promesa y haber mirado dentro de la caja de mamá. Pero también entendí, por fin, algunas cosas importantes después de ver todo eso; las entendí con el corazón y no nada más con la cabeza. La cabeza me daba vueltas, además. Pero finalmente lo entendí, y eso es lo que importa, porque ahora puedo contártelo. Finalmente entendí por qué mamá se la pasaba pensando en los niños perdidos, y hablando sobre ellos, y por qué parecía estar cada día más lejos de nosotros. Los niños perdidos, todos ellos, eran mucho más importantes que nosotros, Memphis, mucho más que todos los niños que hemos conocido. Eran como los Guerreros Águila de papá, tal vez incluso más valientes. Eran niños que estaban luchando y cambiando la historia.
ORDEN Y CAOS
Me emocioné tanto con mi plan que hasta sentí que tenía que despertar a todos para compartirlo con la familia, pero obviamente no lo hice. Respiré profundo y despacio, tratando de calmarme. Volví a meter todas las cosas de mamá en su caja, en el orden correcto, o casi, porque tú te habías movido en la cama, y habías desordenado un poco los papeles.
Antes de cerrar la caja dibujé, apoyándome en la tapa, el mapa de mi ruta planeada. Tomé como base para mi mapa uno de los mapas de la caja de mamá, el que tenía las dos X marcadas con el círculo. Primero dibujé el mapa a lápiz. Luego dibujé la ruta que tú y yo tomaríamos, en rojo. Luego, en azul, dibujé la ruta que imaginaba que los niños perdidos del libro de mamá podrían tomar. Y ambas rutas, la roja y la azul, se juntaban en una gran X, que tracé con el lápiz, y que estaba más o menos en el mismo punto en que mamá había marcado las dos X en su mapa.
Cuando terminé, miré el mapa y me froté la panza, que me dolía un poco de emoción o de nervios. La verdad es que era un buen mapa, el mejor que había dibujado en toda mi vida. Lo puse encima de una pila de cosas en la caja de mamá, justo sobre su mapa con las dos X. Sabía que ella lo iba a encontrar allí. Antes de cerrar la caja, pensé que tal vez debía dejar también una nota, en caso de que mi mapa no les resultara lo suficientemente claro, aunque a mí me parecía muy claro. Entonces, despegué un post-it en blanco que estaba entre las páginas de uno de los libros que había en la caja, un libro llamado Las puertas del paraíso, y escribí una nota como los antiguos telegramas de los cuentos, que decía: «Salimos. Buscando a niñas perdidas. Nos vemos en Echo Canyon». Pegué el post-it encima de mi mapa y lo puse hasta encima de las cosas de la caja.
Todavía tenía que llevar la caja de regreso a la cajuela, y eso hice. Me deslicé hacia fuera, abrí la cajuela, puse la caja en su lugar. Y cuando volví a entrar, me sentí casi como si fuera, por fin, un adulto.