Desierto sonoro
Segunda parte » Divisoria continental
Página 24 de 38
DIVISORIA CONTINENTAL
HISTORIAS
El cielo se había puesto rojo y rosa y naranja, como se pone siempre el cielo en el desierto antes de que el sol salga, antes de que se vuelva azul, que me parece un fenómeno natural inexplicable.
Salí de la cama muy silenciosamente y empaqué todas mis cosas útiles en mi mochila. Tenía muchas cosas útiles que me dieron porque había cumplido diez años el día que comenzó el viaje. De regalo de cumpleaños tú me hiciste una tarjeta que decía: Hoy siempre te voy a querer más que ayer. Pero sólo yo podía entender tu horrible ortografía, pues habías escrito algo como: Oi sienpre t boia qerer maz qe aier. Metí eso en mi mochila. Papá me dio una navaja suiza, unos binoculares, una linterna y una brújula pequeña, y mamá me dio mi cámara. Metí todas esas cosas en la mochila. Luego me di cuenta de que la grabadora de mamá, su mapa grande y el librito rojo seguían encima del buró, se me había olvidado meterlos de nuevo en la caja la noche anterior. Así que los metí también en mi mochila. Y ya.
Caminé de puntitas hasta la cocina y agarré dos botellas de agua y un montón de botanas. Además, de último momento decidí llevarme un pequeño mapa que venía con la casa y que había encontrado antes en una canasta junto a la puerta. Ese mapa se llamaba Senderos de la Divisoria Continental, y mostraba los senderos para caminar en el área de las montañas Burro, así que podía llegar a ser útil. Por último, vacié tu mochila en el suelo atrás de la cama y sólo volví a meter en ella El libro sin dibujos. No quise meter nada más en tu mochila porque sabía que si estaba muy pesada yo terminaría cargándola.
Del otro lado de la ventana, por atrás de los montes, el sol estaba saliendo, así que decidí despertarte. Te desperté con cuidado, Memphis. Odiabas que te despertaran con mucho ruido o demasiado rápido. Sonreíste con cara adormilada, luego dijiste que tenías sed. Así que volví de puntitas hasta la cocina, te serví un vaso de leche y caminé rápido de regreso a nuestro cuarto sosteniendo el vaso un poco alejado de mí y asegurándome de que no se derramara. Tú te sentaste en la cama y te tomaste la leche de un trago. Cuando me pasaste el vaso vacío, yo te dije: apúrate, levántate, nos vamos a una aventura y tengo una sorpresa para ti. Te levantaste, te negaste a quitarte el camisón y a vestirte del todo, pero al menos te pusiste unos pantalones de mezclilla abajo del camisón, y calcetines y tus zapatos buenos, y salimos del cuarto caminando en silencio, y luego salimos al porche.
La mañana se sentía tibia y bajamos la colina empinada desde la casa hasta el arroyo seco. Y cuando llegamos al arroyo, tú te detuviste y volteaste a ver hacia la casa, y preguntaste si mamá y papá nos habían dado permiso de caminar tan lejos, solos. Te dije una mentira que ya tenía planeada. Te dije que sí, que papá y mamá nos habían dado permiso de ir a explorar por nuestra cuenta. Te dije que me habían dicho que tú y yo teníamos que ir a buscar más ecos, hasta Echo Canyon. ¿En serio?, preguntaste, y por un momento me preocupó que no te fueras a creer la historia. Sí, te dije, eso dijeron papá y mamá. Y también dijeron que ellos nos alcanzaban después en Echo Canyon.
Lo pensaste un momento, y al fin dijiste: qué buena onda son mamá y papá. ¡Y ésa es la sorpresa, Pluma Ligera! ¿Verdad? Sí, exacto, te dije, y me sentí aliviado de que me compraras el cuento, pero también me dio un poco de culpa que me creyeras cualquier cosa.
Caminamos en silencio un rato, como caminan los perros callejeros juntos, como si tuvieran una misión, como caminan todos los perros en manada, como si tuvieran una misión. Nosotros no éramos una manada, sólo tú y yo, pero de todas formas se sentía así, y yo aullé como un perro lobo, y tú aullaste también, y yo supe que nos íbamos a divertir por nuestra cuenta. Entonces pensé que, incluso si nos perdíamos para siempre y mamá y papá no nos encontraban nunca, al menos seguiríamos juntos, que era mejor que estar separados.
CUENTOS
Dijiste que te morías de hambre y de calor, y no era ni siquiera mediodía porque el sol todavía no estaba justo sobre nosotros sino más bajo. Pero no quería que te cansaras demasiado pronto, así que te dije: hora de un pícnic. Escogí un lugar sombreado y dejamos nuestras mochilas debajo de un arbolito. Me di cuenta de que se me había olvidado traer una tela para sentarnos. Pero te dije que los niños apaches no usaban telas ni nada, se sentaban en el piso, sin quejarse, y tú estuviste de acuerdo. Comimos algunas de nuestras botanas y bebimos un poco de agua, tres tragos de nuestras botellas cada uno.
Me puse a estudiar mi mapa de Senderos de la Divisoria Continental, igual que mamá estudiaba su mapa. Me preguntaste qué era un sendero y yo te dije que era lo mismo que un camino, pero más poético. Y luego te mostré el mapa, y te dije mira, tomamos este sendero y ahora estamos cerca de acá, de Mud Springs, junto a esta montaña, Sugarloaf. Te mostré cómo teníamos que caminar hacia Spring Canyon y luego hacia Pine Canyon. Tenía la situación bajo control, como se dice, y estaba orgulloso de poder seguir un mapa tan bien como mamá. Después te pregunté si querías que te leyera un poco de la historia de los niños perdidos, no porque quisiera leértela realmente, sino porque quería saber yo mismo cómo seguía la historia. Pero tú dijiste no gracias, muy educadamente, tal vez al rato.
COMIENZOS
Empezamos a caminar de nuevo, uno detrás del otro como si estuviéramos formados, y caminamos muchísimo tiempo, platicando sobre los ecos que íbamos a encontrar. Tú te la pasabas ideando maneras de atrapar los ecos, y dijiste: si al menos tuviéramos ese frasco de vidrio de la libélula.
No sé en qué momento exactamente, pero de pronto pensé: quizás ahora estamos de verdad perdidos, y te dije, Memphis, quizás estamos perdidos. Y sentí emoción, pero también un poco de preocupación. Dimos media vuelta, pero no reconocimos nada, sólo las mismas colinas llenas de piedras y los mismos bosques vacíos por todas partes, atrás y frente a nosotros. Cuando me di cuenta de que estabas preocupada, aunque no demasiado preocupada, te dije: todo esto es parte del plan, confía en mí. Y tú dijiste ok, está bien, y me pediste agua, y bebimos tanto que nos terminamos nuestras dos botellas.
El sendero subía y luego bajaba junto al arroyo. Nos detuvimos a mirar hacia atrás y hacia delante, tratando de calcular el tiempo y de medir la distancia, como hacían papá y mamá. Tú preguntabas cuánto faltaba, cuántas cuadras más, que es lo que le preguntabas también a mamá y papá cuando íbamos en el coche, y a ellos les daba una risa tonta y a mí me molestaba. Esta vez entendí por qué era un poco chistoso preguntar eso, cuántas cuadras, pero no me reí, y te tomé en serio y sólo dije: una más de subida, una más de bajada y ya después de eso llegamos. En realidad no tenía la más remota idea, aunque había estudiado el mapa lo mejor que pude. Empecé a preocuparme mucho, de repente, y pensé que tal vez debíamos dar media vuelta.
ARCO NARRATIVO
Finalmente, cuando bajó un poco el sol, nos dimos cuenta de que en esa parte del camino el arroyo junto al sendero tenía un poquito de agua. Bajamos corriendo a mojarnos las bocas y bebimos agua, aunque era verde y se sentía babosa en la lengua. También nos quitamos los zapatos y caminamos sobre las piedras mojadas, que estaban frescas y resbalosas.
De vez en cuándo llamábamos a mamá y papá, pero nuestras voces se perdían en el aire. Ni un eco, nada. Creo que fue entonces que nos dimos cuenta, como con nuestras panzas, de que estábamos perdidos. Gritamos mamá, papá, más y más fuerte, y no había ecos, y lo intentamos con otras palabras, como saguaro, Gerónimo, pero ningún sonido regresaba.
Estábamos solos, completamente solos, mucho más solos de lo que a veces nos sentíamos, en la noche, cuando nos apagaban las luces y nos cerraban la puerta del cuarto. Empecé a pensar cosas horribles a cada paso que dábamos. Y después ya no pensaba en nada, pero miraba a mi alrededor buscando bestias. Estaba seguro de que si las bestias nos encontraban, se darían cuenta de que estábamos perdidos y nos atacarían. Nada era familiar, todo era desconocido, y cuando tú me preguntabas por el nombre de un árbol, de un pájaro, de un tipo de nube, yo sólo decía no sé, no sé, no sé.
Una vez, cuando estábamos todos juntos todavía, en el coche, habíamos dicho que sí cuando mamá nos preguntó: si alguna vez se pierden, ¿me prometen que sabrán cómo encontrarnos de nuevo? Yo se lo prometí. Pero en realidad nunca pensé, después de esa pregunta, cómo le haría para cumplir la promesa. Nunca hasta ese momento. Y yo seguí pensando, mientras caminábamos, quizás de regreso hacia nuestros padres, quizás alejándonos de ellos, en cómo iba a cumplir mi promesa y cómo íbamos a encontrarlos de nuevo. Pero era imposible concentrarse en ese problema porque nuestras botas sobre las piedritas del sendero iban haciendo un ruido como de dientes masticando cereal, lo cual me distraía y además me daba hambre.
El sol nos daba en la frente ahora a través de los árboles más bajos, y el viento blanco que soplaba traía tantos sonidos que daba miedo. Sonidos como el de miles de palillos de dientes cayendo de golpe al suelo, como de las viejitas rascando en sus bolsos, buscando cosas que nunca encuentran, como el de alguien silbando desde abajo de una cama. Había pájaros negros volando sobre nosotros, dibujando triángulos y luego líneas y luego otra vez triángulos en el cielo, y pensé que quizás intentaban hacer flechas y arcos para señalarnos una dirección, pero no, ¿quién confiaba en los pájaros? Sólo las águilas eran confiables. Junto a una roca gigante, decidí que teníamos que detenernos y descansar un poco.
ALEGORÍA
Si me concentraba, podía imaginarme todo con claridad: Echo Canyon, un pedregal resplandeciente en la cima de una montaña, como había dicho papá, y allí, nuestros padres esperándonos, enojados tal vez, pero también felices de vernos de nuevo. Pero todo lo que alcanzaba a ver a la distancia eran muchas colinas y el camino que bajaba y subía, y más allá de todo eso, las montañas altísimas entre la niebla gris. Atrás de mí, el sonido de tus pasitos sobre las piedras y también tus quejidos, tu sed y tu hambre. Cuando se empezó a hacer de noche y mi preocupación creció, recordé esa historia sobre la niña siberiana y su perro, que la había mantenido a salvo y después la había rescatado. Te dije que ojalá tuviéramos un perro. Y tú dijiste: guácala, no. Y después de un silencio dijiste: bueno, tal vez sí estaría bien.
Una vez, todavía con papá y mamá, habíamos entrado en una tienda de segunda mano, que es algo que a mamá le encanta, aunque nunca compra nada, y habíamos visto un perro viejo, dormido, que parecía una alfombra calientita extendida en el piso. Nos habíamos acercado a acariciarlo mientras papá miraba cosas y mamá hablaba con el dueño de la tienda, algo que también le encanta hacer en las tiendas pequeñas. Y yo acaricié al perro y le hablé, y tú le empezaste a hacer preguntas muy chistosas, como: ¿te gustaría ser más alto, te gustaría ser naranja, te gustaría ser una jirafa en lugar de un perro, te gustaría comer hojas, te gustaría vivir en la naturaleza, junto a un río? Y te juro que, cada vez que hacías una de esas preguntas, el perro asentía diciendo sí, diciendo sí a cada pregunta. Así que cuando estábamos en el río, caminando sobre las piedras verdes y resbalosas, pensé en el perro y pensé que si estuviera allí con nosotros quizás no tendríamos nada de miedo. Y al hacerse de noche, más tarde, estaría todo bien porque tendríamos al perro para acurrucarnos con él, y tú te harías bolita junto a su pata y yo lo abrazaría del otro lado, pero con la boca cerrada para que no se me llenara la lengua de pelos, y que me hicieran vomitar. Y si de noche escuchábamos a otros perros ladrando en las granjas lejanas del valle, o si oíamos el aullido de un lobo en las montañas, no nos daría miedo, no tendríamos que arrastrarnos bajo las rejas ni dormir con piedras en las manos por si acaso.
Saqué mi mapa de Senderos de la Divisoria Continental para estudiarlo una vez más y memorizar la ruta. Teníamos que llegar hasta un lugar llamado Rancho de Jim Courten, luego pasar una presa llamada Willow Tank, y luego otra llamada Still Tank, y luego Big Tank, y yo sabía que encontraríamos agua en las presas, así que eso no me preocupaba. Después de la última presa, no era una caminata tan larga para llegar al primer pueblo de verdad, que era Lordsburg, y tendríamos que pasar el molino de Davis y luego el de Myers, y siempre y cuando pasáramos esos molinos, yo sabría que no estábamos tan perdidos. Una vez pasado el último molino veríamos un cementerio, y luego por fin Lordsburg. Allí encontraríamos una estación de trenes y nos subiríamos a un tren, aunque esa parte no la tenía muy planeada aún. Intenté explicarte todo esto, pero tú sólo decías que sí, ok, pero cuándo, y cuánto falta, y después me preguntaste si podía leerte un poco en voz alta, y me prometiste no quedarte dormida para no dejarme solo. Así que abrí mi mochila para agarrar el libro rojo de mamá, lo sacudí dentro de la mochila para quitarle las fotografías y luego lo saqué para leerte.
(OCTAVA ELEGÍA)
El tren se detuvo por fin en un gran espacio abierto, un patio de maniobras, rodeado de fábricas humeantes, y de galpones vacíos semiabandonados. No había nadie ni nada en los edificios que rodeaban aquel patio, salvo unos cuantos búhos y gatos y familias de ratas que hurgaban en la basura en busca de las sobras de los días pasados. Los niños recibieron la instrucción de bajarse. Tendrían que esperar allí a que pasara el próximo tren, según dijo el hombre al mando. Dos, tal vez tres noches, tal vez cuatro. El hombre sabía, pero no se los dijo, que en ese punto estaban a la mitad del camino, habían llegado ya a la mitad del viaje. De haber sabido esto, los niños habrían sentido una especie de alivio, quizás. Lo único que les dijo el hombre al mando fue que lo que venía a continuación era el desierto, y que el siguiente tren no pararía, sólo bajaría la velocidad un poco para cambiar de vías, así que mientras esperaban, tendrían que practicar cómo subirse de un salto al tren, memorizar las instrucciones, aprender a abordar un tren en movimiento, a menos que quisieran ser aplastados bajo las ruedas.
Durante esos días de espera, cuando el hombre al mando se iba o se quedaba dormido, uno de los niños sacaba un mapa que le había dado un familiar antes de partir, y que no había querido sacar antes por desconfianza de sus compañeros de viaje. Ahora que los conocía a todos, a los otros seis, y sabía que ninguno se lo robaría, lo desdoblaba, lo abría sobre la grava, y otro niño lo alumbraba encendiendo cerillos. Los otros niños se sentaban alrededor como si se reunieran en torno a una fogata. Estudiaban el mapa, sonreían al escuchar ciertos nombres sugerentes, se quedaban callados con los nombres improbables, repetían los nombres extraños. Apoyando el índice contra el trozo de papel arrugado, el niño dibujó una línea desde un punto sobre una gruesa línea roja, una frontera, pasando por las llanuras desérticas y los valles entre dos montañas. Dijo:
Aquí. Aquí es donde nos bajaremos del tren, y aquí vamos a caminar, hasta acá.
Bajo el cielo nocturno en el patio de los trenes, con la mirada clavada en la oscuridad, uno de los niños más pequeños, el cuarto niño, susurró esta pregunta al oído del mayor:
¿Cómo te imaginas que es, después del desierto, la ciudad?
El mayor lo pensó un momento y le dijo que habría un gran puente de metal colgando sobre las aguas azules, las aguas tersas y calmas del río. El pequeño no cruzaría aquel río en una llanta, ni trepado en el lomo de un tren, sino en un coche nuevo. Habría coches nuevos por todas partes en torno a él, todos moviéndose despacio y en orden para cruzar el puente. Habría edificios enormes, hechos todos de vidrio, alzándose para darle la bienvenida.
Cuando el niño mayor hizo una pausa para tomar aire, el pequeño preguntó:
¿Y qué más?
Y trató de imaginar qué más habría, pero no podía representarse nada y sólo lograba pensar en la pútrida selva que habían cruzado sobre el techo azul de la góndola, sus pensamientos como el oleaje de un mar en retirada, acumulando destrucción y miedo en una enorme ola. En su mente, el futuro impecable —reposadas aguas, tersas y quietas— se veía desbordado de pronto con la corriente marrón de los ríos tempraneros, y cubierto por las vainas y ramas de las trepadoras, basura, huesos, pedazos de cosas que había visto a lo largo del camino, desde el techo color ladrillo de la segunda góndola.
Hizo un esfuerzo por retener la imagen de los edificios de cristal y los automóviles resplandecientes, pero veía sólo ruinas, e imaginaba sólo el sonido líquido de millones de corazones repartiendo sangre por millones de venas, corazones palpitantes de hombres y mujeres salvajes, vibrando todos al unísono bajo la ciudad en ruinas. Casi podía oírlos, innumerables corazones pulsando, latiendo, palpitando en esa ciudad futura. Se llevó las manos a la cabeza y se tocó las sienes con los dedos, para sentir el latido de su corazón empujando allí la sangre, sentir las olas de infatigables pensamientos, y los miedos que lentamente se formaban allí, para luego estrellarse en algún sitio más profundo y desconocido de sí mismo. Tenía fiebre.
PUNTO DE VISTA
Cuando terminé de leer tú ya te habías dormido y a mí me daba un poco de miedo dormirme, y recordé esa frase que repetíamos en el coche, «Al despertarse en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos, había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado», y por primera vez entendí exactamente a qué se refería el autor que la escribió.
También sentí que nos estábamos acercando cada vez más a los niños perdidos. Era como si, mientras escuchábamos su historia y sus planes, ellos también escucharan los nuestros. Decidí leer en voz alta sólo el siguiente capítulo, que era muy corto, aunque tú ya te hubieras quedado dormida.
(NOVENA ELEGÍA)
Los niños fueron a orinar en grupo, formando un círculo en torno a un arbusto seco, cerca de las vías, en el patio de los trenes. Antes de llegar al patio de maniobras, orinar era una tarea muy difícil. Tanto, que casi habían olvidado lo sencillo que podía ser. A bordo del tren, temprano cada mañana, se les permitía a los niños orinar una sola vez. De pie, en el borde del techo de la góndola, en parejas o solos. Veían el arco amarillo de la orina proyectarse primero hacia delante, luego salpicar hacia los lados, dividido en múltiples gotitas. Las niñas tenían que bajar la escalerilla al extremo delantero del vagón, saltar a la plataforma que había entre vagones y, sostenidas de los barrotes, acuclillarse en el vacío. Cerraban los ojos, intentando no mirar el suelo en movimiento debajo de sus nalgas. A veces miraban hacia arriba y veían al hombre al mando, observándolas y sonriendo bajo su gorra azul. Miraban más allá de donde estaba el hombre, y a veces vislumbraban las altas águilas surcando el cielo azul más alto, y cuando las águilas pasaban, las niñas sabían que estaban a salvo, vigiladas.
SINTAXIS
Me di cuenta de que también yo necesitaba hacer pipí. Antes hacía pipí siempre en el baño, pero había aprendido a hacer al aire libre, justo como los niños perdidos que lo hacían desde lo alto de la góndola. Y creo que ya sólo podría hacer pipí al aire libre. Aprendí un día, a la salida del cementerio apache. Ustedes tres se subieron al coche para esperarme y yo les pedí que miraran para otro lado, y mamá y papá me hicieron caso, pero tú, Memphis, tú te cubriste la cara con las manos, aunque en realidad no te tapaste bien los ojos. Yo sabía que me estabas espiando y que me ibas a ver el culet y a pensar que mis nalgas eran feas, y tal vez te ibas a reír de mí, pero no me importó porque de todas formas siempre me veías el culet cuando nos bañábamos juntos, y hasta me habías visto el pene, al que le decías pirrín, y por eso a veces yo también le decía pirrín, pero sólo en la regadera, porque es el único lugar donde no me dan pena las palabras de ese tipo, porque allí estamos solos y juntos, tú y yo.
Esa vez en el cementerio oriné muchísimo, estaba a punto de explotar. Y salió tanta pipí que escribí mis iniciales en la tierra: P de pluma y L de ligera, y después hasta subrayé las dos letras.
Mientras me subía los pantalones me acordé de un chiste o un refrán que papá nos había contado, y que dice: puedes mearme la cara, pero no me vengas a decir que es la lluvia, y estuve a punto de reírme o al menos de sonreír, pero entonces me acordé también de que Gerónimo estaba enterrado allí, al otro lado de ese muro, porque se cayó de su caballo y murió y ahora estaba enterrado en ese cementerio de prisioneros de guerra, y me sentí orgulloso de estar meando allí, contra ese estúpido muro que mantenía a los prisioneros de guerra encerrados y borrados y desaparecidos del mapa, justo como mamá decía que pasaba con los niños perdidos, que habían viajado solos y después habían sido deportados y borrados del mapa como si fueran aliens. Pero después, dentro del coche y viendo el cementerio por la ventana, sentí enojo, porque mi pipí contra el muro no le importaría a la gente que había levantado el muro alrededor de los prisioneros muertos, y luego sentí enojo por Gerónimo y los demás prisioneros de guerra, porque casi nadie recordaba sus nombres ni los pronunciaba en voz alta.
Y por eso empecé a recordar esos nombres cada vez que hacía pipí al aire libre. Recordaba sus nombres y me trataba de imaginar que salían de mí, y trataba de escribir sus iniciales en la tierra, iniciales distintas cada vez, para no olvidar esos nombres nunca y para que también la tierra los recordara:
JC de Jefe Cochise.
JL de Jefe Loco.
JN de Jefe Nana.
S de la curandera llamada Saliva.
MC de Mangas Coloradas.
Y una gran G mayúscula de Gerónimo.
RITMO
Abrimos otra vez los ojos cuando el sol ya había salido. Tenía la boca seca como la lengua de los gatos. Escuché un motor, que al principio ignoré porque pensé que era un ruido que venía de mis sueños. Pero también tú lo oíste, así que decidimos caminar hacia el sonido. Lo seguimos durante un rato, más allá de una bajada llena de piedras puntiagudas, hasta que vimos a un hombre al final de un camino, un hombre con un sombrero de paja, blanco, sentado en un tractor con el que estaba arrimando paja a una montañita de paja. Mi estrategia fue clara desde el principio. Cuando nos acercáramos, tú tenías que quedarte callada y yo iba a ser el que hablara y fingiría un acento y sonaría como que todo estaba bajo control.
Así que lo primero que dije cuando por fin estábamos a unos pasos del hombre fue: buenos días, señor, y: ¿puedo tomarle una foto, señor, y preguntarle su nombre?, y él se sorprendió un poco, pero dijo que se llamaba Jim Courten y que claro que podía tomarle la foto, y después de tomarla nos preguntó nuestros nombres y adónde nos dirigíamos y dónde estaban nuestros padres. Cuando oí que se llamaba Jim Courten casi lloro de alegría, porque eso quería decir que era el dueño del Rancho de Jim Courten, que yo había marcado en mi mapa de Senderos de la Divisoria Continental, así que supe que íbamos por el camino correcto. Pero no le mostré mi entusiasmo, claro, y sabía que no podíamos parecer perdidos porque no estaba seguro de que pudiéramos confiar en él, así que le mentí, le dije que nos llamábamos Gastón e Isabel y dije la frase que ya tenía preparada antes de que nos hiciera la pregunta; dije: ah, nuestros papás están en el rancho de allá atrás, el Rancho de Ray, y ahorita están ocupados porque acabamos de mudarnos.
Acabamos de llegar de París, somos franceses, dije, todo en un convincente acento francés. El hombre seguía mirándonos como si esperara que dijéramos algo más, así que dije: los niños franceses son muy independientes, ¿sabe?, y nuestros padres nos dijeron que diéramos una vuelta y exploráramos un poco para mantenernos ocupados, y nos pidieron que tomáramos fotos para mandarle a nuestros familiares en Francia, y cuando el hombre asintió, añadí: ¿podría darnos un aventón hasta Big Tank para que tomemos fotos de la presa? Además, quedamos de vernos allí con nuestros padres. No sé si nos creyó, creo que no, pero creo que estaba un poco borracho, porque olía fuerte, casi como a gasolina, pero era amable y nos llevó hasta la presa, donde nos despedimos de él mientras fingíamos no estar perdidos y, sobre todo, mientras fingíamos no estar a punto de morir de sed.
Cuando el hombre se fue y su motor sonaba ya lo suficientemente lejos, tú y yo nos miramos a los ojos y supimos en qué pensaba el otro exactamente, y era en agua, sólo agua, así que corrimos hacia el agua, y nos tumbamos de panza a la orilla del río y al principio tratamos de hacer un pocito con las manos, pero no era muy práctico, así que hicimos una O con las bocas como si fuéramos insectos y bebimos el agua gris directamente del río, como si nuestros labios fueran popotes.
CLÍMAX
Según el mapa de Senderos de la Divisoria Continental, estábamos como a quince kilómetros del siguiente pueblo, que era Lordsburg, donde había una estación de trenes en la que esperaba encontrar un tren que nos llevara en dirección oeste, hacia las Chiricahua y Echo Canyon. Intenté explicarte todo esto, emocionado y orgulloso de estar siguiendo tan bien el mapa, pero a ti en realidad no te importaba mucho. Más tarde, sentados a la orilla de la presa, yo hambriento todavía pero al menos ya sin sed, intenté resolver la situación, y saqué de mi mochila algunas cosas, como cerillos y el libro y mi brújula y mis binoculares y la grabadora de mamá, y también algunas de mis fotos, que estaban todas revueltas dentro de la mochila, y lo puse todo sobre la tierra, formando una línea. Estaba la foto que acababa de tomar, del ranchero en su tractor. Tú dijiste que el ranchero se parecía a Johnny Cash, y yo pensé que era un comentario muy elevado para alguien de tu edad, y te dije: eres muy observadora.
Era una foto pasable, salvo que el ranchero parecía estar desapareciendo bajo un rayo o un chorro de luz que no recordaba haber visto allí cuando la tomé. Y entonces recordé que también había tomado algunas fotos de papá en las que parecía estar desapareciendo, con un chorro de luz como cascada encima. Así que hurgué entre mis cosas para encontrar esas otras fotos, y allí estaban. Una de ellas era del día en que pasamos por muchas carreteras y atravesamos Texas y papá detuvo el coche a un lado de la autopista, que de todas formas iba vacía, y tú y yo nos bajamos del coche y le tomamos una foto junto a un letrero que decía Paris, Texas, y luego volvimos al coche. Y la otra era del día en que fuimos al pueblo llamado Gerónimo, de camino al cementerio apache, y papá estacionó el coche otra vez junto al letrero que decía Termina Ciudad Gerónimo y yo le tomé una foto.
Ahora, tú y yo acostados en el lodo a la orilla del agua, me di cuenta de que esas tres fotos se parecían muchísimo, como las piezas de un rompecabezas que yo había armado, y estaba estudiándolas muy concentrado cuando tú de pronto descubriste una pista, una pista buena e inteligente pero también aterradora. Dijiste: Mira, en estas fotos todos están desapareciendo.
SONRISAS
Hacia el final de la tarde llegamos por fin a Lordsburg, y habíamos pasado mucho tiempo caminando aunque yo pensaba que estábamos muy cerca, y teníamos sed de nuevo porque no había habido más presas en esa parte del camino, sólo dos viejos molinos abandonados, y también tiendas cerradas o abandonadas como Mom and Pop’s Pyroshop, y un enorme letrero espectacular que sólo decía Comida, al que le tomé una foto, y después el cementerio, y cuando por fin salimos del sendero de la Divisoria Continental, había un motel abandonado que afuera decía Motel del Final del Sendero, al que también le tomé una foto.
Cuando llegamos a la autopista principal que nos llevaría directo hasta la Estación de Lordsburg, vimos también unos extraños letreros que decían cosas como Cuidado: Puede Haber Tormentas de Polvo, y otro que decía Zona de Cero Visibilidad, y yo sabía que era algo relacionado con el mal clima, pero sonreí porque pensé que era como un letrero de buena suerte para nosotros, que podríamos ser invisibles ahora que estábamos en un pueblo lleno de desconocidos.
La estación de trenes de Lordsburg no era lo que esperaba. Sólo había algunos vagones viejos estacionados, pero no era una estación con gente yendo y viniendo con maletas y otras cosas que normalmente se encuentran en las estaciones. Parecía como si todos hubieran muerto o desaparecido de pronto, porque podías sentir a las personas, pero no se veía a nadie. Caminamos un rato junto a las vías, en dirección oeste, creo, porque el sol nos daba de frente, aunque no nos molestaba porque ya estaba más cerca del horizonte. Caminamos hasta que tuvimos que rodear un tren estacionado, y mientras lo rodeábamos vimos un restaurante abierto, y el restaurante se llamaba Maverick Room. Nos quedamos mirándolo un buen rato, recargados contra el tren estacionado, decidiendo si debíamos entrar. Estaba a sólo unos cuantos pasos de las vías, pasando un camino de grava. A mí me daba miedo entrar al restaurante, pero no te lo confesé. Tú morías de ganas de entrar, porque tenías sed. Yo también tenía sed, pero tampoco dije nada.
Para distraerte, te dije: mira, te dejo tomarle una foto al tren, y puedes sostener la cámara tú sola. Por supuesto, aceptaste de inmediato. Nos alejamos del tren unos cuantos pasos y nos paramos a medio camino entre el tren y el Maverick Room. Saqué la cámara y el libro rojo de mamá de mi mochila, como hacía siempre que me preparaba para tomar fotos. Luego te dejé sostener la cámara y tú miraste por el visor, y justo cuando te estaba diciendo que fueras paciente y que te esperaras a enfocar correctamente antes de tomar la foto, apretaste el disparador y la cámara escupió la foto. La atrapé justo a tiempo, la metí rápido en el libro rojo para que se revelara, y eché la cámara y el libro en la mochila de nuevo.
Tú preguntaste ¿cuál es el plan ahora, Pluma Ligera?, y yo te dije que el plan era esperar a que la foto se revelara. Después dijiste de nuevo que en serio necesitabas agua, aunque yo ya lo sabía porque tenías los labios todos cuarteados. Y me di cuenta de que estabas a punto de hacer un berrinche, así que dije está bien, está bien, vamos al restaurante. ¿Y cuál es el plan después de eso?, preguntaste. Te dije que el plan era subirnos a esa góndola de tren después de comer y de tomar algo en el restaurante. Te dije que dormiríamos en el techo de ese tren, y que el tren probablemente saldría a la mañana siguiente, en dirección oeste, que era la dirección de Echo Canyon. Por supuesto, yo no tenía ni idea de lo que estaba diciendo, sólo me iba inventando todo, pero tú me creíste porque confiabas en mí, y eso siempre me hacía sentir culpable.
Pensé: el plan, por ahora, es entrar y pedir agua sentados en la larga barra, y fingir que nuestros padres llegarán en cualquier momento, y después de beber el agua nos vamos corriendo. No contaría como un robo porque los vasos de agua son gratis, de todas formas. Pero no le contaré esa parte a Memphis, pensé. No le diré que tenemos que correr después de beber el agua, porque sé que eso la asustaría y no quiero que se asuste.
REVERBERACIONES
El sol ya estaba casi tocando el horizonte cuando entramos al restaurante. En cuanto entramos, supe que no debíamos quedarnos allí demasiado tiempo o empezaríamos a parecer sospechosos, los dos solos, sin nuestros padres. Nos sentamos enfrente de la barra sobre unos bancos altos, de esos que tienen asientos acolchados. Todo a nuestro alrededor brillaba: los servilleteros, las cafeteras grandes y ruidosas que huelen ácido, las cucharas y los tenedores, incluso la cara de la mesera brillaba. Tú, Memphis, le pediste a la mesera unas crayolas y papel, y te las dio, y yo pedí dos vasos de agua y le dije que esperaríamos a que llegaran nuestros papás para pedir cosas de verdad. La mesera sonrió y dijo: claro que sí, jovencito.
La única persona que había, además de nosotros y la mesera, era un viejo de cara redonda y rosa. Estaba parado a unos pasos de nosotros, vestido de mezclilla, bebiendo de un vaso enorme de cerveza y comiendo alitas de pollo. Hacía mucho ruido al sorber los pedazos de carne que se le atoraban entre los dientes, que eran largos y muy amarillos. Me di cuenta de que tú querías un poco de pollo también, porque los ojos se te pusieron llorosos y locos.
Pero no íbamos a correr ese riesgo. Te dije: concéntrate en tu dibujo, y tú dibujaste una niña y escribiste Sera cena mora, y luego dijiste que decía Sara se enamora. Yo no quería corregirte la ortografía porque en realidad no era algo tan importante, porque de todas formas ¿quién iba a ver ese dibujo además de nosotros dos?
El hombre fue al baño y dejó allí su plato lleno de alitas de pollo. La mesera estaba en la cocina y, después de asegurarme de que nadie miraba, me acerqué al plato, agarré dos alitas de pollo y te pasé una. Al principio la sostuviste en tu puño sin hacer nada y, después, cuando viste que yo me la comía muy rápido, hiciste lo mismo. Y cuando nos comimos hasta el último cachito de carne que tenían, tiramos los huesos debajo la barra.
En ese momento llegaron nuestros dos vasos de agua, con mucho hielo. Agarré bolsitas de azúcar y las vacié en nuestras aguas y luego metí un montón de bolsitas en mi bolsillo, para más tarde. Y las aguas estaban tan ricas y dulces que nos las bebimos demasiado rápido, tan rápido que me dio vergüenza y miedo. Se iban a dar cuenta de que estábamos muertos de sed, y eso no era tan normal si dos niños están realmente con sus papás. Y luego me vi las uñas y te vi las uñas y me di cuenta de que estábamos sucísimos, y noté que tenías grumos de lodo en el pelo, y que en la parte de atrás de tu cabeza en vez de chinos se te veía nomás como un nido de nudos. Sentí las piernas pesadas y avergonzadas, y pensé que nos iban a descubrir, que mi plan no había servido. Nos quedamos allí sentados en silencio un rato, y te ayudé con tu dibujo. Hice un corazón alrededor de Sara se enamora, y los dos dibujamos estrellas fugaces y algunos planetas por la hoja. Pero incluso mientras me concentraba en colorear los planetas, me iba sintiendo más y más preocupado. No se me ocurría un plan de escape, pero sabía que no podríamos fingir que esperábamos a nuestros padres por mucho tiempo más.
Estaba a punto de perder toda la esperanza y arruinar todo cuando pasó algo que fue de pura buena suerte. Creo que tú nos trajiste buena suerte. Mamá siempre decía que tenías buena estrella. El hombre de cara rosa y dientes largos que estaba junto a nosotros se levantó y fue hasta la rocola de la esquina. Creo que estaba borracho, porque pasó mucho tiempo jugando con ella, apretando botones, y su cuerpo se balanceaba un poco de lado a lado. Al fin empezó a sonar una canción —y ésta es la parte donde tuvimos suerte—. Era una de nuestras canciones, tuya y mía, una de las canciones que nos sabíamos de memoria y que habíamos estado cantando con nuestros papás en el coche antes de perdernos o de que ellos se perdieran o de que todos nos perdiéramos. La canción se llamaba «Space Oddity», y era sobre un astronauta que deja su cápsula y flota por el espacio, alejándose de la Tierra. Yo sabía que los dos conocíamos la canción y hasta teníamos una coreografía, así que, en ese momento, me inventé un juego para que me siguieras. Te miré a los ojos y te dije: a ver, tú eres Major Tom y yo soy Ground Control. Después, muy despacio, nos puse unos cascos imaginarios y los dos agarramos unos walkie-talkies espaciales de mentira. Ground Control a Major Tom, te dije por el walkie-talkie.
Tú sonreíste muchísimo y así supe que habías entendido de inmediato mi juego, porque te acordabas de la coreografía, pero también porque en general entiendes los juegos rápido. El resto de las instrucciones venían de la canción, pero yo las iba cantando en voz baja, mirándote a los ojos directamente para que no te fueras a distraer con nada, porque siempre te distraías con cualquier cosita, cualquier detallito.
Toma tus proteínas, te dije. Ponte el casco, dijo la canción, y luego diez, nueve, ocho, empezó la cuenta regresiva, enciende las turbinas. Yo sabía que me estabas escuchando. Verifica la ignición, dijimos la canción y yo. Y conforme la cuenta regresiva del despegue continuaba, siete, seis, me bajé de la silla deslizándome y empecé a caminar hacia atrás en dirección a la puerta, todavía mirándote y haciendo como que cantaba la canción muy claramente. Cinco, cuatro, y luego tú también te bajaste de la silla, sosteniendo el dibujo que habías hecho de Sara se enamora, tres, dos, y luego llegó el uno, y justo cuando sonó el uno, los dos estábamos en el suelo y tú empezaste a seguirme muy despacio, de puntitas y abriendo los ojos como hacías para verme debajo del agua. A veces tenías caras muy chistosas. Ahora estabas haciendo el moonwalk, pero hacia delante, con unos ojotes y una sonrisa enorme.
Nadie en el restaurante se dio cuenta, ni el hombre rosado ni la mesera, que hablaban juntos muy de cerca, con las narices casi pegadas, asquerosamente, por encima de la barra. Llegamos a la puerta justo cuando la canción sube de volumen, aquí Ground Control, grita el astronauta al micrófono en la canción. Y yo sabía que lo habíamos conseguido cuando te abrí la puerta y tú saliste, y de pronto estábamos los dos afuera, sanos y salvos afuera, sin ser descubiertos por la mesera, ni por el hombre que comía las alitas de pollo, ni por nadie.
Éramos invisibles, como dos astronautas en el espacio, flotando ya muy lejos de todos. Y afuera el sol se estaba poniendo, el cielo estaba rosa y naranja, y los trenes de carga estacionados en las vías brillaban, y me eché a correr a todo lo que daban mis piernas, crucé el camino de grava y rodeé el tren que estaba frente al Maverick Room, y seguí más allá de las vías del tren, escuchándote atrás de mí, riéndote, y gritándote ¿me oyes, Major Tom?, y riéndome tan fuerte que casi me explota la vejiga por toda el agua helada que nos habíamos tomado. Y seguí corriendo, crucé la calle ancha y luego corrí por calles más chiquitas hasta llegar al matorral del desierto, donde ya no había casas ni calles ni nada, sólo matorrales y, aquí y allá, pastos más altos. Seguí corriendo porque todavía escuchaba la canción, aunque sólo en mi cabeza, así que canté algunas partes a pleno pulmón mientras corríamos, como la parte de estoy flotando de forma peculiar, y la parte de las estrellas se ven muy diferentes hoy, y también la de creo que mi nave espacial sabe adónde dirigirse.
Corrí muy rápido por mucho tiempo. Grité una vez más ¿me oyes, Major Tom? Pero no me respondiste, así que me di vuelta para ver hacia atrás, y ya no estabas allí. Debo haber corrido demasiado rápido, pensé. Debo haber corrido demasiado rápido, demasiado rápido para sus piernitas. Pensaba que me seguías el paso, pero no. A veces es bastante inútil, pensé entonces, pero desde luego no pienso eso de ti, en la realidad. Probablemente te distrajiste con alguna cosa chiquita y estúpida, como una piedra con forma chistosa o una flor morada.
Ya no estabas por ningún lado. Seguí buscándote, grité Major Tom, y luego Memphis, durante muchos minutos o quizás horas, hasta que vi que había sombras más largas creciendo lentamente bajo las cosas y me enojé, creyendo que tal vez te estabas escondiendo de mí, y luego me asusté y me sentí culpable porque pensé que tal vez te habías caído y estabas llorando y llamándome en algún lugar y que tampoco yo estaba ahí para ti.
Caminé de regreso hacia el restaurante Maverick Room, donde habíamos estado juntos por última vez. Pero me quedé a unos metros de distancia, junto al tren estacionado enfrente, porque el área afuera del restaurante se había llenado de adultos, hombres y mujeres, altos y extraños y que no parecían de fiar. Después me trepé al techo de un vagón de tren por una de las escaleras laterales, la misma góndola de tren que habías fotografiado antes. Sabía que en el techo del tren nadie podría verme.
Abrí mi mochila y saqué algunas de mis cosas para sentirme acompañado. Saqué los binoculares, la navaja suiza y el mapa de Senderos de la Divisoria Continental, y golpeé el mapa con el puño y le escupí, porque me di cuenta de que, siguiendo ese mapa, lo único que había conseguido era dividirnos, a ti y a mí, y me sentí muy estúpido, como si hubiera caído en una trampa a pesar de todas las advertencias. Metí todo en la mochila de nuevo. No servía de nada tener mis cosas allí, ya no me daban compañía.
Desde el techo de la góndola el cielo se veía casi negro. Unas estrellas aparecieron en el cielo. La canción sobre el astronauta regresaba a mi cabeza cada tanto. Sólo que, ahora, la parte sobre las estrellas que se ven muy distintas me pareció un castigo con el que el cielo nos estaba castigando.