Desierto sonoro
Segunda parte » Perdidos
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PERDIDOS
VIGILIA
¿En dónde estabas, Memphis? La primera vez que me di cuenta de que estábamos perdidos, pensé que si papá y mamá no nos encontraban nunca, al menos seguiríamos juntos, y eso era mejor que nunca volver a estar juntos de nuevo. Por eso, durante todo ese tiempo, mientras nos íbamos perdiendo cada vez más no sentí miedo. O sólo un poco. Hasta estaba contento de perderme. Pero ahora te había perdido a ti, así que ya nada tenía sentido. Sólo quería que me encontraran. Pero primero tenía que encontrarte a ti.
¿Y en dónde estabas? ¿Tenías miedo? ¿Te habías lastimado?
Eras fuerte y poderosa, como el río Misisipi que habíamos visto en Memphis. Eso yo lo sabía muy bien. Por eso te habías ganado tu nombre. ¿Recuerdas cómo te ganaste tu nombre? Estábamos en Graceland, Memphis, Tennessee, en un hotel que tenía una alberca en forma de guitarra racional, como la guitarra de la canción «Graceland» que mamá y papá cantaban juntos. Se sabían toda la letra, aunque cantaban desentonados. Estábamos todos acostados en las camas de la habitación del motel, con las luces apagadas, cuando papá empezó a contarnos cómo se ganaban sus nombres los apaches. Nos dijo que les daban sus nombres a los niños cuando se hacían más maduros y se los ganaban, y que eran como un regalo. Los nombres no eran secretos, pero tampoco podía usarlos así nada más alguien de fuera de la familia, porque un nombre tenía que respetarse, porque un nombre era como el alma de una persona pero también el destino de una persona, nos dijo. Papá me puso Pluma Ligera, que creo que me gustó porque sonaba como a águila y al mismo tiempo como a una flecha: dos cosas rápidas que me gustan. Yo le di su nombre a papá. Creo que era el mejor nombre porque se inspiraba en una persona real. Era Papá Cochise, y se lo había ganado porque él era el único que sabía sobre los apaches y podía contar todas sus historias cada vez que se lo pedíamos y también cuando no se lo pedíamos. Y él le puso Flecha Suertuda a mamá y yo pensé que le quedaba bien, y ella no se quejó, así que supongo que también le pareció bien.
Y tú. Tú querías llamarte Alberca de Guitarra, que no te dejamos, o Graceland Memphis Tennessee, como decía la canción. Así que te tocó Memphis, y por eso ahora eres Memphis. Además, mamá te dijo que Memphis era la capital del antiguo Egipto, un lugar bello y poderoso junto al río Nilo, protegido por el dios Ptah, que había creado el mundo entero con la imaginación o el pensamiento.
Pero ¿en qué mundo estabas ahora, Memphis? ¿Dónde estabas?
BORRADOS
Esto es lo que tienes que saber sobre ti misma. En los viajes largos, tú siempre podías dormirte. Yo cerraba los ojos y fingía dormir, pensaba que si fingía durante suficiente tiempo, me quedaría dormido. Lo mismo por las noches: sin importar dónde o cómo, tú ponías la cabeza en cualquier almohada y te chupabas el dedo y te quedabas dormida como si fuera fácil. La mayoría de las noches yo no podía dormir, por más que lo intentara, y me quedaba solamente allí acostado oyendo nuestras voces tal y como se oían en el coche durante el día, pero sonaban medio rotas y lejanas, como si fueran ecos, pero no ecos de los buenos.
Desde que era muy chico, nunca podía dormirme. Mamá intentó de todo. Me enseñó a imaginar cosas. Por ejemplo, tenía que imaginarme mi corazón latiendo en la oscuridad, adentro de mi cuerpo. Y otras veces tenía que imaginar un túnel, que estaba oscuro, pero desde el que podía verse la luz del otro lado, y tratar de imaginar cómo mis brazos se transformaban lentamente en alas, y cómo me nacían plumitas de la piel, mis ojos fijos en el final del túnel, y tan pronto como llegaba al final estaba ya dormido y podía salir volando más allá. Mamá me había enseñado todas esas técnicas, e incluso en las peores noches, después de intentarlo un rato, funcionaban.
Pero esa noche, acostado en el techo de la góndola frente al restaurante, pensando que tal vez estabas allí dentro con esos desconocidos, o perdida en el desierto y alejándote de mí, pasó lo contrario. No quería quedarme dormido, aunque se me cerraban los ojos. El techo de la góndola era un buen lugar para vigilar todo, y sabía que no tenía que moverme de allí, porque obviamente conocía la regla: cuando dos personas se pierden, lo mejor que puede hacer una de ellas es quedarse quieta en el mismo sitio y que sea la otra la que va buscando. Pensé que tú estarías buscándome, porque lo más seguro es que no te supieras esa regla. Así que, aunque tenía un impulso muy fuerte de ir a buscarte, me quedé allí quieto, acostado bocabajo, mirando hacia el restaurante, con los brazos cruzados en el borde de la góndola. Saqué el libro de los niños perdidos, lo sacudí dentro de la mochila para asegurarme de que no hubiera fotos entre sus páginas y, sosteniendo mi linterna, intenté leer un poco.
Mientras leía, me obligué a pensar, a imaginar, a recordar. Tenía que entender en qué parte nos habíamos equivocado, en qué parte nos había dividido la maldición de la Divisoria Continental. Hice un esfuerzo por pensar como tú pensabas. Pensé: ¿qué haría yo si fuera Memphis y estuviéramos divididos? Es lista, pensé, aunque sea chiquita, así que seguro se le ocurrirá algún plan. No creo que haya regresado al restaurante, de ninguna forma. No se habría acercado a los adultos de allí. Pero ¿dónde estabas, Memphis? Mi misión era hacer guardia el resto de la noche, mirando cada tanto las luces de neón que decían Maverick Room. Tenía que ser paciente y no desesperarme, y concentrarme en la lectura sobre los niños perdidos, con mi linterna, hasta que saliera el sol otra vez y mis ideas dejaran de ser tan oscuras y de darme miedo. Porque me di cuenta de que a veces el miedo puede venir de adentro y no de afuera. Leí en voz alta pero susurrando:
(DÉCIMA ELEGÍA)
Antes de que se oyera la primera sirena en el patio de maniobras, como los clarines que tocaban diana en el campo militar donde había sido entrenado, el hombre al mando estaba ya despierto y alerta. Anticipando la sirena, había despertado a los siete niños, uno por uno. Los había formado por edades, del más chico al mayor, diez pasos entre cada uno a lo largo de las vías. El tren se acercaría al sonar la sirena por tercera vez, les había dicho el hombre, y cuando se acercara, rugiendo y rechinando, tenían que montar guardia y repasar en sus mentes las instrucciones que les había dado. El tren no se detendría, les dijo. Sólo bajaría la velocidad un poco mientras cambiaba de vías.
Quédense quietos mirando hacia el tren que llega, mirando hacia el furgón de cola, tratando de medir la longitud entera del tren, les dijo. No hablen, respiren despacio. Sólo los furgones y las góndolas tenían escaleras laterales. Algunos vagones cisterna tenían escaleras laterales también, pero ésos había que evitarlos. Eso ya lo sabían. Asegúrense de no tener las manos cubiertas de sudor ni los brazos lánguidos. Esperen primero a que la última persona de la fila se suba de un salto. Luego concéntrense en el siguiente furgón o la siguiente góndola y busquen con la mirada una escalera lateral. Mantengan la mirada en la escalera y, conforme se acerque, fijen la vista en una barra en específico. Extiendan la mano, agárrense de la barra, corran junto al tren, no pisen demasiado cerca de la vía ni de las centellas que escupen las ruedas. Aprovechen el ímpetu y la fuerza acumulada de sus piernas para impulsarse, saltar, aferrarse a una barra inferior con la otra mano, columpiarse hacia el frente y jalar el peso del cuerpo hacia la escalera lateral, utilizando la fuerza de los brazos.
La mayoría de los niños no había entendido, o había olvidado, todos esos detalles. El hombre les dijo que estaría detrás de cada uno cuando se aferraran a la barra de la escalera. Correría con cada uno de ellos y los empujaría desde atrás mientras ellos se encaramaban al tren, empezando con el primer niño, el menor de todos, y siguiendo con cada uno hasta el séptimo. Una vez en la escalera, tenían que agarrarse con fuerza y quedarse quietos. El hombre se subiría el último y treparía hasta el techo de un vagón, y una vez que el tren alcanzara su velocidad máxima, recorrería todos los vagones recogiendo a cada niño de su escalera, ayudando a cada uno a subir para luego llevarlo hasta una sola góndola. Si alguno vacilaba, si fallaba, si se caía, lo dejaría atrás.
Así que, al sonar la tercera sirena, se prepararon todos, sintiendo la grava ardiente bajo las suelas, intentando no pensar, no rezar. Pero el tiempo pasó rápido, y también el tren. Los primeros tres niños estaban ya a bordo antes de que el cuarto pudiera atisbar una escalera. Ya había dejado pasar dos escaleras, y casi se le escapa una tercera, pero el hombre al mando le dio un zape en plena nuca y así reaccionó finalmente. Salió disparado tras la escalera, con ambos brazos extendidos «como un maricón persiguiendo una motocicleta», según contaría a los otros, más tarde, el hombre al mando. Los niños cinco y seis se las arreglaron tan bien como los primeros tres, a pesar de que el hombre al mando los empujó con tal violencia contra la escalera que casi salen despedidos nuevamente hacia el suelo, que pasaba raudo más abajo.
Y al final estaba el séptimo niño. Era el mayor, y el único que sabía leer y hacer sumas. Mientras el hombre al mando ayudaba a los otros niños y se iba acercando su turno, el mayor palomeaba en su cabeza: primer niño, segundo niño, tercer niño, y además empezó a leer las curiosas palabras escritas en el tren que pasaba ante sus ojos: Carro Equipado, Peso Neto, Límite de Container, Final, Pulgada, Pise con Cuidado, Usar Zapatos, Límite de Container. Luego, cuando vio que el cuarto niño tenía problemas y que tal vez no lograría abordar el tren, empezó a leer las palabras en voz alta, desobedeciendo abiertamente la instrucción del hombre al mando, para así darle ánimo y compañía al cuarto niño: No Cambiar de Vagones, Registro de Equipamiento, Las Guías de Container Deben, Pulgada, Calzado de Seguridad, Gato Hidráulico Aquí, Freno de Manos Sólo Aplica al Final de la Vía, Cambiar de Vagones. Las leyó gritando cada vez más mientras el hombre al mando se le acercaba: Registro de Equipamiento, Placa H, Peso Máximo por Container, Placa I. Le sonaban como las páginas de un libro misterioso: Guía de Container, Retirar Todos los Escombros, Acoplar Aquí, Banda de Rodaje Mínima, Guía de Container, Placa Excedente, Guía de Container. Y cuando llegó finalmente su turno, vislumbró la escalera lateral aproximándose, todavía borrosa, mientras leía: Usar Zapatos, Jale para Liberar Carga, Camiones, Intercambio Controlado, Equipamiento de Vagón. Ahora gritaba las palabras y el hombre al mando corría detrás de él, preguntándole qué carajos estaba haciendo, a lo que el niño sólo respondió con más palabras de trenes: Viga de Freno Especial, Ver Emblema, Viga de Freno Especial, Ver Emblema. Estaba seguro de que no iba a lograrlo, pero de repente, como un pájaro que despliega alas nuevas, abrió los brazos, Placas, Container, Viga de Freno Especial, Red Transportadora, Límite de Container 6 Metros, y alcanzó una barra y se aferró a ella, se propulsó, acercándose, Viga de Freno Especial, Siguiente Carga, sintió un empujón en la base de su cadera diestra, Cualquier Carga, Viga de Freno, Guía de Container, y jaló la barra para lanzarse hacia el frente, jaló con fuerza, contrarrestando una insospechada fuerza centrífuga, mientras pensaba, ya sin decirlas, las últimas palabras vislumbradas: Retirar Todo.
La sirena sonó de nuevo y el tren alcanzó su máxima velocidad. Los siete niños iban aferrados ya a las escaleras laterales de diferentes vagones. Una oscura fatiga embargó al séptimo niño, enganchado todavía de la barra con la parte interna de los codos. El viento fresco le golpeaba el rostro, y por un instante olvidó que había otras personas que dependían de él. Olvidó que había seis más, aferrados como él a las barras, algunos de ellos con los ojos cerrados, otros con una leve sonrisa, las dos niñas aullando al cielo, arrastradas por una ola de alivio y quizás de júbilo, porque lo habían logrado, todos lo habían logrado.
El séptimo niño recordó de pronto al hombre al mando, que seguía corriendo, ya sin aliento, en pos del último vagón. El niño miró hacia atrás y allí lo vio, corriendo detrás del tren como un conejo asustado. Por un momento tuvo la certeza de que el hombre al mando no lo lograría, que nunca volvería a trepar hasta su góndola, y lo deseó con tal fuerza que casi se pone a rezar, pero recordó de pronto que un hombre sabio y excéntrico, en el primer patio de trenes, les había dicho que no debían rezar a ningún dios mientras fueran montados en los trenes. Así que sólo se mordió el labio y observó.
El hombre al mando seguía corriendo detrás del tren, y pensaba, mientras corría, «hay que estar siempre listo»; escuchaba, como un ruido de fondo, los ecos lejanos de los clarines al despuntar la mañana; se decía a sí mismo: «yo siempre era el primero en levantarme, siempre antes de que rompiera el día, hijos de puta», sabía que no era capaz de leer ni de escribir las palabras «clarines» ni «despuntar» ni «diana», pero podía perseguir trenes como nadie. Y, mientras el hombre al mando aceleraba en los últimos pasos, se prometió que cuando llegara al techo de aquella góndola encontraría al pinche niño sabiondo, el séptimo, el lectorcillo de palabras, hijo de la chingada. Ay, con qué parsimonia pensaba lastimarlo, primero su mente, después su cuerpo. Le exprimiría de la boca todas esas largas palabras y luego le cortaría la lengua, lo obligaría a mirar las pesadillas con sus ojitos vivaces, que luego arrancaría de las cuencas. Con las puras manos, reorganizaría los livianos huesos del niño y trastornaría su linda cara hasta que no quedara en él nada reconocible. Entonces, cuando estuvo al fin lo suficientemente cerca, el hombre al mando se aferró a una barra de metal y se propulsó hacia el tren mientras éste aceleraba a través de las tierras yermas, en dirección a los desiertos del norte.
OBJETOS
Escondí la cara entre mis brazos cruzados y cerré los ojos. No quería leer la siguiente elegía, y no lo hice. Tenía demasiado miedo de seguir leyendo, miedo de que el hombre al mando encontrara por fin al séptimo niño y lo castigara. ¿Qué le iba a hacer? Pensé en lo que haría si yo fuera el niño, en cómo intentaría escapar del hombre al mando. Hice planes de escape, imaginé posibles salidas, saltar del tren, o fingir mi muerte para que no me matara de nuevo. Hasta que me quedé dormido, creo, y empecé a soñar con cosas parecidas.
Estoy seguro de que estaba soñando, porque tenía una pipa en la boca, y por supuesto no fumo, aunque a veces me he preguntado qué se siente. Tenía una pipa, y tú estabas dormida junto a mí y te chupabas el dedo. Yo no tenía encendedor ni cerillos, así que en realidad no fumaba, ni siquiera en el sueño. Sólo quería fumar. No era exactamente un sueño sino más bien un pensamiento o una sensación, algo que tenía que resolver, pero que seguía no resuelto. Lo que pensaba en el sueño era: ¿dónde voy a encontrar encendedor o cerillos? Papá y mamá siempre tenían, en el bolsillo o el bolso. Así que en el sueño me fijaba en mis bolsillos, pero sólo había piedras, monedas, una liga, miguitas, ningún cerillo. Luego me fijaba en mi mochila y, en vez de todas mis cosas, lo único que tenía era El libro sin dibujos. En la vida real, tú te reías cuando te lo leíamos. Así que en el sueño yo te despertaba y te lo leía. Y cuando te lo leía, en el sueño, te reías tan fuerte que me desperté en la realidad.
Cuando me desperté, lo que pensé que estaba allí ya no estaba allí. Busqué con la mirada las luces de neón que decían Maverick Room, pero no había nada de eso. El sol estaba a punto de salir por el horizonte. Me tardé un momento, pero finalmente entendí que la góndola de tren sobre el que había estado leyendo, y donde me había quedado dormido sin querer, se movía. Sentí el viento en mi cara, y luego mi corazón palpitando durísimo en mi pecho, y un hoyo en el estómago. Sentí terror.
Me obligué a pensar de nuevo. A imaginar. A recordar. A rebobinar el movimiento de ese tren que ahora iba tan rápido, rebobinarlo en mi mente, y entender. Saqué mi brújula de la mochila y la aguja me reveló que el tren avanzaba en dirección oeste, que era la dirección correcta. Entonces recordé que yo te había dicho, justo antes de entrar al restaurante ese día en que nos dividimos, que el plan era subirnos al techo del tren que estaba frente al restaurante y avanzar en dirección oeste hacia mamá y papá, que estarían en Echo Canyon. Y de pronto lo entendí. Entendí que tenías que estar allí, también, en algún lugar, en ese mismo tren, que se movía realmente. Y aunque no podía verte, supe que estabas bien porque te había oído reír en mi sueño. Supe que tenía que esperar a que saliera el sol, pero que te encontraría. Y cuando salió el sol y lo vi sobre las montañas a lo lejos, supe que tenía que empezar a buscarte.
LUZ
No ibas a estar en ningún techo de ninguna góndola, porque era muy difícil subir las escaleras de metal sola. Además, como yo estaba en el techo de una de las góndolas, podía ver todos los otros techos. Saqué de la mochila mis binoculares y observé con ellos, para asegurarme, y estaban todos vacíos. No había nada en las muchas góndolas que tenía enfrente, hacia la locomotora, ni nada en las tres góndolas que tenía detrás, hacia el último vagón. Este tren era distinto del de los niños perdidos, porque no tenía gente. Si estabas en algún lugar del tren, seguro sería en una de las plataformas que hay entre vagones o dentro de una de las góndolas. Pero pensé que seguramente te daría miedo trepar hasta meterte en una góndola, incluso si encontrabas una que no estuviera cerrada, porque quién sabe qué podía haber en esos espacios oscuros. Así que lo más probable era que estuvieras en una de las plataformas de conexión entre dos góndolas.
Tenía que decidir si caminar hacia la parte de atrás del tren, a un par de góndolas de distancia, o caminar diez góndolas hacia delante.
Mamá tenía una superstición rara, y es que cuando iba en un tren o en el metro nunca se sentaba en los asientos que miraban hacia la parte de atrás del tren. Pensaba que mirar hacia atrás en los trenes era de mala suerte. Yo siempre le decía que su superstición me parecía ridícula y poco científica, pero un día empecé a hacer lo mismo, sólo por si acaso. Las supersticiones de mamá eran siempre así, como si fueran contagiosas. Tú y yo, por ejemplo, recogíamos los centavos que nos encontrábamos en la banqueta y los metíamos en nuestros zapatos, al igual que ella. No dejábamos pasar un solo centavo. Una vez, en la escuela, me metí en problemas porque empecé a caminar raro, cojeando por el salón todo el día, y la maestra me hizo quitarme el zapato y encontró como quince centavos ahí metidos. A la hora de la salida, cuando la maestra le contó a mamá lo que había pasado, mamá le dijo que iba a hablar conmigo, pero luego, cuando estábamos lo suficientemente lejos en la calle, me felicitó y me dijo que yo era el coleccionista de centavos más serio y comprometido que había conocido en su vida.
Decidí avanzar hacia el frente del tren y empecé a caminar lentamente sobre el techo de la góndola en la que había dormido. El tren no iba tan rápido, pero de todas formas era difícil caminar, es verdad que se sentía como caminar en el lomo de un gusano gigante o de una bestia. No estaba muy lejos del borde de la primera góndola, y cuando llegué allí, decidí no saltar a la siguiente góndola, como hacían a veces los niños perdidos, y quizás eso me convertía en un cobarde, pero nadie iba a saberlo de todas formas. Me quedé allí parado, mirando hacia abajo, la tierra que se movía bajo el tren como una película en cámara rápida, y me tuve que sentar un momento en el borde para calmarme un poco, porque el corazón me latía muy fuerte en el pecho, pero también en la garganta y en la cabeza y tal vez en el estómago. Después de un rato, seguía sintiendo mi corazón latir por todas partes, pero respiré hondo una vez más y me arrastré muy lentamente hacia la escalera de la esquina derecha del techo de la góndola, puse mi pie en el segundo escalón, me giré por completo hasta que sentí el borde caliente de la góndola presionándome el pecho, me deslicé un poquito más hacia abajo, agarrándome con fuerza de los tubos de la escalera, y por último empecé a bajar, lentamente, hacia la plataforma de conexión. La bestia entera parecía mecerse de un lado a otro mientras avanzaba, y se mecía con fuerza, sobre todo en las plataformas de conexión.
Las primeras góndolas fueron muy difíciles. Caminaba sobre los techos, dando pasos pequeños y separando mucho mis piernas para guardar el equilibrio, como si fuera un compás andante. Cuando el tren se sacudía y yo perdía el equilibrio, me dejaba caer sobre las rodillas y me arrastraba el resto del camino. Los sonidos que hacía el tren me daban miedo, como si estuviera a punto de romperse en pedazos. Cuando llegaba al borde de una góndola y no iba de rodillas ni gateando y miraba hacia la plataforma de conexión, podía ver en mi mente la cara del séptimo niño, y me daba miedo ver su cuerpo allí abajo, aunque sabía que era imposible. Pero, al mismo tiempo, cuando llegaba al borde de una góndola me sentía esperanzado, miraba hacia la plataforma de conexión, y estaba siempre vacía.
No sé cuántas góndolas atravesé, no sé por cuánto tiempo, hacía mucho calor y estaba desesperado, y sobre todo estaba mareado, quizás por el movimiento del tren, porque todo se veía borroso y se mecía, y yo sentía que iba a vomitar, aunque no tenía nada que vomitar.
No sé bien cómo explicarte lo que sentí de pronto, cuando llegué al final de una de las góndolas y estaba a punto de sentarme en el borde, y de mirar hacia abajo como había estado haciendo para después darme la vuelta y deslizarme muy despacio y bajar en reversa, y vi algo allí abajo, en la plataforma de conexión, primero un bulto de colores, como un nudo de trapos, pero luego me concentré y distinguí unos pies, piernas, cuerpo, cabeza, todo hecho bolita. Grité muy fuerte: ¡Memphis! ¡Memphis!
Tú no me oíste, claro, por el ruido del tren. Me di cuenta entonces de que era un ruido muy fuerte, mucho más fuerte que mi voz, y además el viento me daba en la cara y me robaba las palabras de la lengua y se las llevaba volando hacia la cola del tren. Pero te había encontrado, Memphis. Yo tenía razón, ¡mi sueño tenía razón! ¡Eres muy inteligente! Más que inteligente, eres sabia y antigua, como los Guerreros Águila.
Te había encontrado, y estaba tan enloquecido y me sentía tan fuerte y tan valiente que se me quitó por completo el mareo. Empecé a bajar la escalera hacia ti demasiado rápido y casi me resbalo, pero no me caí. Llegué hasta abajo y, después de pisar el último escalón, puse ambos pies sobre la plataforma de conexión, di unos pocos pasos y me arrodillé junto a ti. Tú te habías dormido sin ningún problema, como si no hubiera pasado nada, como si siempre hubieras sabido que todo iba a estar bien. Tenía ganas de gritarte en el oído y despertarte, decir algo como: ¡un dos tres por ti!, como si hubiéramos estado jugando a las escondidillas todo el tiempo. Pero en lugar de eso decidí despertarte con suavidad. Te rodeé avanzando a gatas y me senté con la mochila recargada contra la pared metálica de la góndola. Tu cabeza me tocaba la pierna. Luego levanté cuidadosamente tu cabeza con las dos manos y deslicé mi pierna debajo, y se sintió como si el mundo volviera a estar entero.
Me di cuenta de que ahora yo iba viendo hacia la parte de atrás del tren, y las sombras, los bultos de paja, las vallas y los arbustos pasaban a toda velocidad, sorprendiéndome un poco cada vez, pero decidí que ya no me importaba porque te había encontrado, así que ir viendo hacia la parte de atrás del tren no podía ser de mala suerte esta vez, no en este instante. Te rasqué un poquito la cabeza, tenías los chinos salvajes todos enredados, hasta que abriste los ojos y me miraste de lado.
No sonreíste, pero dijiste: hola, Pluma Ligera Ground Control. Así que yo te dije: buenos días, Major Tom Memphis.
ESPACIO
Cuando finalmente te sentaste, me preguntaste dónde había estado. Yo te mentí y te dije que sólo había ido a buscar agua y comida. Abriste mucho los ojos y dijiste que tú también querías un poco, así que tuve que decirte que todavía no había encontrado nada. Después me preguntaste dónde estábamos, cuántas horas o cuántas cuadras más faltaban para Echo Canyon, y yo te dije que ya casi llegábamos. Para distraerte un rato, propuse que subiéramos al techo de la góndola juntos y jugáramos al juego de los nombres, te dije que por cada saguaro que encontraras te daría diez centavos. Pero tú dijiste: no, tengo sed, me duele el estómago, y después te dejaste caer de nuevo como un perro, la cabeza contra mi pierna. El tren avanzaba. Estuvimos callados un rato y te sobé la panza haciendo círculos con la mano, en la dirección de las agujas del reloj, como hacía mamá cuando nos dolía la panza.
Finalmente, el tren se detuvo. Tú te sentaste de nuevo y yo avancé con cuidado hasta el borde de la plataforma. Sosteniéndome de la pared de la góndola, me asomé a ver si se veía algo, y sí. Estábamos en una estación. Había una banca y, detrás de ella, un pequeño puesto de helados, que estaba cerrado. Pero entre el puesto de helados y la banca había un letrero, que decía Bowie. Te volteé a ver y te dije: ¡llegamos, Memphis, aquí es donde hay que bajarnos! Tú no te moviste, sólo me miraste con tus ojos enormes y me preguntaste cómo sabía que teníamos que bajarnos en ese lugar. Yo te dije: porque sí, porque lo sé, así es el plan, confía en mí. Pero tú negaste sacudiendo la cabeza. Así que te dije: acuérdate, Memphis, Bowie es el autor de nuestra canción favorita. Tú sacudiste de nuevo la cabeza. Así que te dije lo único que en verdad sabía, y es que Bowie era el nombre del lugar en el que obligaron a Gerónimo y a su banda a subirse al tren que los deportó hacia algún lugar lejano, papá nos lo había contado. Esta vez no sacudiste la cabeza, tal vez porque también te acordabas de eso, pero tampoco te pusiste de pie ni te moviste. Así que tuve que inventarme el resto de la explicación, y te conté que papá me había dicho que para llegar a Echo Canyon había que bajarse del tren en Bowie.
¿Eso dijo?, preguntaste. Asentí. Entonces te levantaste y caminaste hasta la orilla de la plataforma de conexión, arrastrando tu mochila. Yo me bajé de un salto y te ayudé a bajar, y luego te ayudé a ponerte la mochila. Bajo nuestros pies, la tierra se sentía dura y caliente, y aunque ya no nos estábamos moviendo parecía que sí, se sentía como si siguiéramos a bordo del tren. Caminamos hasta la banca y nos sentamos, con las mochilas a la espalda. Unos segundos más tarde, el tren hizo sonar su silbato y arrancó de nuevo lentamente. Yo no sabía bien si teníamos que alegrarnos de haber bajado a tiempo o si habíamos metido la pata, y antes de que me decidiera entre esas dos opciones, me preguntaste de nuevo dónde estaba Echo Canyon. Así que saqué de mi mochila el gran mapa de carreteras de mamá, y tú preguntaste: ¿qué estás haciendo?, y yo te dije: cállate, espera, déjame estudiar el mapa un momento.
Me concentré mucho buscando nombres reconocibles. Después de un rato encontré el nombre de Bowie y los nombres de las montañas Chiricahua y las montañas Dragoon, todos en el mismo pliegue del mapa enorme de mamá, así que al menos supe que ése era el pliegue que teníamos que ir viendo. Desde Bowie, caminé con el dedo por una ruta que iba hacia el sur, cruzaba el gran valle seco y luego doblaba al este hacia las Chiricahua, pero me di cuenta de que la caminata sería más larga de lo que había pensado.
Te dije: está bien, ahora tenemos que levantarnos y caminar un poco más. Tú me miraste como si te hubiera dado un puñetazo en la panza. Primero se te llenaron los ojos de lágrimas, una línea roja en el párpado de abajo. Pero te aguantaste las lágrimas y me dirigiste una mirada medio enloquecida, llena de rabia. Supe lo que estaba por pasar, y pasó. Te derrumbaste. ¡No, no, no, no, Pluma Ligera!, gritaste, parándote de la banca. Te temblaba la voz, se te quebraba. Y entonces dijiste: ¡Jesupinchecristo!, y casi me suelto a reír porque era obvio que estabas muy seria y habías usado esa expresión como un adulto, que por fin la habías entendido, o tal vez siempre la habías entendido. Me dijiste que era el peor guía del mundo y un pésimo hermano, que no te ibas a mover hasta que mamá y papá fueran a recogernos allí. Me preguntaste por qué te había llevado hasta ese lugar. Yo respondí como solían hacerlo mamá y papá, te dije algo como: cuando seas grande lo entenderás. Eso te hizo enojar todavía más. Seguiste gritando y pateando las piedritas del suelo. Hasta que me paré yo también y te agarré de los hombros y te dije que no tenías de otra, que yo era tu única opción en ese momento, así que podías aceptarlo o quedarte sola, nada más. Probablemente tenías razón y yo era un hermano malísimo, y un guía todavía peor, no como mamá, Flecha Suertuda, que podía encontrar cualquier cosa sin perderse nunca, y no como Papá Cochise, que siempre nos llevaba a todas partes y nos mantenía a salvo, pero esa parte no te la dije en voz alta. Sólo me quedé mirándote a los ojos, intentando parecer enojado y a la vez amable, como nos miraban a veces ellos, hasta que por fin te limpiaste la cara y dijiste: está bien, ya, confío en ti, está bien, aunque durante mucho tiempo después de eso no quisiste ni verme a los ojos.
LUZ
Caminamos un rato por las vías, y yo llevaba el gran mapa de mamá doblado bajo el brazo y también llevaba mi brújula en la mano. Pasamos un corral muy raro donde había señores con escopetas vestidos como del pasado, que estaban a punto de matarse entre sí o tal vez actuando una escena. No nos quedamos a mirar, pero pensé que podía tomarles una foto. Cuando abrí mi mochila para sacar la cámara, me di cuenta de que había dejado el librito rojo en el tren. Pensé que lo había vuelto a guardar, pero no. Dije: mierda, mierda, mierda, y tú te burlaste un poco de mí, lo cual me pareció muy cruel. Al menos había sacado las fotos que tenía guardadas entre las páginas; estaban regadas por toda la mochila. También estaba ahí la grabadora de mamá, y mis otras cosas. De todas formas tomé la foto, pero esta vez la guardé entre los pliegues del mapa de mamá, luego metí el mapa en la mochila y cerré el zíper.
Caminamos un poco más y rellenamos nuestras botellas de agua en el baño de una gasolinera abandonada, donde también hicimos unas gotas de pipí en un excusado que tenía el asiento roto y mucha basura y cosas asquerosas en la taza. Desde allí, nos desviamos de las vías y fuimos hacia el sur, por la llanura desierta, siguiendo la brújula.
A la distancia vimos algunas nubes. Me diste la mano y la apreté con fuerza. Nos metimos, caminando, en ese desierto medio irreal, humeante, que era como el desierto de los niños perdidos. Y bajo el sol ardiente, tú y yo, al otro lado de las vías, en el corazón de la luz, como los niños perdidos, empezamos a caminar solos y juntos, pero agarrados de la mano, porque esta vez no iba a soltarte, nunca más iba a soltarte.