Desierto sonoro
Tercera parte » Valles del polvo
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VALLES DEL POLVO
En las horas que siguieron a la desaparición de los niños, mi esposo y yo recorrimos en coche, a toda velocidad, muchas carreteras secundarias y muchos valles: Ánimas, Sulphur Spring, San Simón. Hay una luz cegadora en esas planicies desérticas. Bajo el opresivo arco de sus cielos prístinos, los páramos se extienden hacia lo lejos, su tierra salina y quebradiza. Y cuando el viento silba en los lechos de los lagos desecados, despierta al polvo. Delgadas columnas de arena ascienden en espiral hacia el cielo y se desplazan por la superficie casi coreográficamente. Los lugareños las llaman demonios de polvo, pero más bien parecen harapos bailando. Y cuando pasábamos en el coche junto a ellos, parecía que cada harapo podía, en su espiral etérea, traer al niño y a la niña de vuelta. Pero, sin importar cuán intensamente buscáramos detrás de cada confuso torbellino de arena y polvo, no veíamos a nuestros hijos, sino sólo más arena, más polvo.
Por la mañana, cuando me levanté de la cama para ir al baño en la cabañita que habíamos rentado, me asomé a su recámara para ver cómo estaban. Su cama estaba vacía, pero no le di vueltas al asunto. Asumí que estarían jugando afuera en el porche, o que estarían explorando los alrededores, recogiendo piedras y palos, haciendo las cosas que normalmente hacen.
Regresé a la cama, aunque ya no pude volver a dormirme. Sentía como si tuviera una aspiradora en el pecho, y debí haber hecho caso de esas primeras señales. Pero muchas otras mañanas me había despertado con una sensación parecida, e interpreté ese río subterráneo de duda e inquietud que me recorría como una ligera variación de una ansiedad más antigua, más profunda. Leí en la cama un rato, como había aprendido a hacer desde pequeña cuando no me sentía preparada para enfrentar todavía al mundo, y dejé que la mañana madurara hasta que una luz más intensa inundó el cuarto y el aire se espesó con el vaho de los vapores corporales y el olor de las sábanas tibias.
En su cama, junto a la mía, mi esposo daba vueltas y cambiaba de posición, su respiración cada vez más ligera, hasta que por fin despertó —con un sobresalto, como despierta siempre— y se levantó de la cama. Salió del cuarto y volvió, unos minutos después, preguntando dónde estaban los niños. Le dije que probablemente estarían jugando afuera, en algún sitio.
Los niños no estaban afuera, dijo, ni por ningún lado cerca de la cabaña.
Salimos ambos a buscar. Exploramos los alrededores de la cabaña de manera torpe y estúpida, todavía invadidos por una especie de incredulidad, como si estuviéramos buscando un juego de llaves o una cartera. Buscamos bajo los arbustos, en los árboles, debajo del coche, abrimos el refrigerador más de una vez, encendimos la ducha, luego la apagamos y volvimos a salir, más lejos esta vez, hasta el valle y el arroyo —¿cuál es nuestra distancia de rescate ahora?, pensé—, gritamos sus nombres, nuestras voces se expandieron en olas de terror, chocando, rompiéndose, nuestros gritos cada vez más próximos al llamado de los simios, guturales, intestinales, viscerales, desesperados.
¿Y después qué, después dónde?
Después nos atrabancamos los dos, tomando una serie de decisiones ejecutivas y dando vueltas irracionales. Zapatos, llaves, coche, email, llamadas telefónicas, hermana, Autopista 10, respirar, pensar, Carretera 338, decidir, seguir las vías del tren, no seguir las vías del tren, tomar carreteras secundarias. La secuencia exacta de los acontecimientos se desdibuja en mi memoria. ¿Qué sabían los niños y qué sabíamos nosotros? ¿Qué pensábamos que haría el niño en una circunstancia así? ¿Hacia dónde se dirigiría, una vez que se diera cuenta de que su hermana y él estaban perdidos? ¿Estaban perdidos? ¿Se estaban escondiendo? Y la pregunta que más temía formular, que regresaba una y otra vez, paralizándome:
Si se pierden en el desierto, ¿sobrevivirán?
Después de algunas horas de manejar sin rumbo, nos dirigimos a la estación de policía de Lordsburg, donde un oficial tomó nuestros datos y nos pidió que describiéramos a los niños. Nos quedamos en la sala de espera de la estación de policía hasta que nos dijeron cómo llegar al motel más cercano, donde podríamos hacer base, descansar y esperar para seguir buscando al día siguiente. Nos acostamos en la cama por turnos, pero por supuesto no pudimos dormir nada. ¿Hacia dónde decidiría ir el niño al darse cuenta de que estaban perdidos?
Pasamos la mañana y la tarde del día siguiente manejando por toda el área de Lordsburg, volviendo cada poco a la estación de policía. Pero nada parecía moverse en ninguna dirección, así que esa segunda noche, mientras nos turnábamos para acostarnos en la cama —todavía tendida— del motel, y mientras dormíamos quizás a intervalos de diez o veinte minutos, decidimos que, tan pronto como amaneciera, mientras la policía seguía buscando en esa zona, nosotros nos iríamos en el coche más hacia el oeste. Llamamos a la estación de policía para decírselos y ellos tomaron nota, nos dieron unas cuantas instrucciones.
Los niños llevaban casi cuarenta horas perdidos cuando nos subimos al coche de nuevo, al amanecer. Casi por reflejo abrí la guantera para sacar el mapa, pero no estaba en su lugar, ni tampoco mi grabadora. Así que salí del coche de nuevo, abrí la cajuela. Pensaba buscar el mapa dentro de mi caja de archivo. Todo en la cajuela estaba revuelto, desordenado. Llamé a mi esposo y él salió también para encontrarme ante la cajuela. Mi caja estaba abierta. Mi mapa no estaba allí. En su lugar, hasta arriba de la caja abierta, había otro mapa, un mapa dibujado a mano por el niño, que tenía un post-it pegado: «Salimos. Buscando a niñas perdidas. Nos vemos en Echo Canyon».
Nos quedamos los dos frente a la cajuela abierta, mirando el mapa y la notita que tenía pegada, sosteniendo ambos esa hoja de papel como si fuera el último bastión de algo, y al mismo tiempo intentando descifrar su significado. Mi esposo dijo:
Echo Canyon.
¿Qué?
Están yendo a Echo Canyon.
¿Por qué? ¿Cómo sabes?
Porque eso es lo que les hemos venido diciendo todo este tiempo, y eso es lo que viene en el mapa, y lo que dice la nota. Por eso lo sé.
Yo no estaba convencida, pese a la claridad con la que el niño nos lo comunicaba en su mensaje. No me sentía del todo persuadida, pese a la convicción de mi esposo. No me sentía tampoco aliviada, aunque debía haberlo estado. Al menos teníamos un destino hacia el cual ir, incluso si era un espejismo, incluso si implicaba seguir un mapa dibujado por un niño de diez años. Nos subimos al coche de inmediato y aceleramos en dirección a las montañas Chiricahua.
Entonces, la siguiente oleada de preguntas. ¿Por qué? ¿Por qué se fueron? ¿Por qué no había yo visto a tiempo las señales? ¿Por qué no había mirado antes en la cajuela? ¿Por qué estábamos allí? ¿Y dónde estaban ellos?
Salimos de Lordsburg a toda velocidad, en dirección sur, trazando una línea paralela a la frontera entre Nuevo México y Arizona, atravesamos el valle de Ánimas, pasamos un pueblo fantasma llamado Shakespeare, pasamos un pueblo llamado Portal. ¿Por qué? No dejaba de repetirme esa pregunta. ¿Por qué?
¿Por qué no llamas a la policía de Lordsburg y les dices que vamos de camino a las Chiricahua?, dijo mi esposo.
Avanzamos en silencio por una carretera de terracería hasta llegar a un pueblo llamado Paradise —unas cuantas casas distantes entre sí, más que un pueblo— donde el camino se interrumpía abruptamente. Allí dejamos el coche. Saqué mi teléfono y me fijé si tenía cobertura, pero no había red.
El sol brillaba todavía en el horizonte cuando empezamos a ascender la ladera este de las montañas Chiricahua, buscando el sendero hacia Echo Canyon, las pendientes y los escarpados riscos del desierto multiplicándose a nuestro alrededor, como una pregunta imposible de responder.