Desierto sonoro
Tercera parte » Corazón de la luz
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CORAZÓN DE LA LUZ
(Últimas elegías para los niños perdidos)
(DUODÉCIMA ELEGÍA)
Se extiende en torno a ellos el desierto, amplio e inmutable, mientras el tren avanza en dirección poniente, en paralelo al largo muro metálico. El sol se asoma a lo lejos, al oriente, detrás de una cordillera: una masa enorme de azul y púrpura, sus contornos como brochazos tentativos. Van callados, los seis niños, más callados que de costumbre. Los seis encerrados en sus miedos.
Algunos van sentados en la orilla de la góndola, mirando hacia el oriente, balanceando las piernas, escupiendo nomás para ver qué gargajo llega más lejos. Pero sobre todo miran el suelo que pasa raudo más abajo, blanco, marrón, salpicado de espinas, basura, piedras extrañas. Algunos tienen las piernas cruzadas, miran hacia delante; más solos que los otros, dejan que el viento les roce los cachetes y les enrede el pelo. Y dos de ellos, los dos menores, siguen tumbados de costado, las cabezas apoyadas contra el techo de la góndola. Siguen con los ojos la monótona línea del horizonte, y en la mente van trenzando pensamientos e imágenes en una larga frase sin sentido. El desierto es un enorme reloj de arena: arena que pasa, tiempo estático.
Entonces, el sexto niño, que ahora es el mayor del grupo, rebusca en el bolsillo de su chamarra y siente el borde frío y conciso de un teléfono celular. Encontró el teléfono escondido bajo una vía férrea en el último patio de maniobras, mientras practicaba para subirse de un salto al tren junto a los otros, y lo ocultó. También encontró allí un buen sombrero negro y ahora lo lleva puesto. El hombre al mando no se opone a que use el sombrero encontrado, pero el niño sabe que le confiscaría el teléfono si lo descubriera, aunque esté roto y no pueda usarse.
Verifica que el hombre al mando siga dormido, y así es. El hombre al mando parece como si estuviera en coma, en algún mundo lejano, respirando profundamente, acurrucado bajo una lona. Así que el niño saca el teléfono. Tiene la pantalla estrellada, como una ventana golpeada por un pájaro, y la batería no sirve, pero de todas formas le muestra el objeto a los otros niños como si les mostrara un tesoro. Responden todos con gestos silenciosos, pero con admiración.
El niño propone entonces un juego, les dice a los otros que lo miren y lo escuchen con atención. Primero le tiende el teléfono muerto a una de las niñas, la mayor de ellas, y dice: «Toma, llama a alguien, a quien quieras». Ella tarda un momento en entender lo que el niño sugiere. Pero cuando él repite sus palabras, ella sonríe, y asiente, y mira a todos los que la rodean, los mira uno por uno, sus ojos fatigados de pronto muy abiertos y resplandecientes. La niña vuelve a mirar el teléfono que tiene en la mano, toma el cuello de su camisa con la otra, y lo estira y lo dobla hacia fuera, para mirar algo que lleva cosido en un pliegue interno. Después finge marcar un número muy largo, y pega el teléfono firmemente contra su oreja.
¿Hola? ¿Mamá? Sí, estamos bien, no se preocupe por nosotras. Vamos en camino. Yo también la extraño.
Los demás observan, cada uno a su ritmo entendiendo las reglas del nuevo juego. La niña le pasa ahora el teléfono a su hermana menor, y le susurra al oído que marque un número y le llame a alguien. La más chica marca un número —sólo tres dígitos— y se avergüenza cuando nota que tiene las uñas todas sucias, piensa que su abuela la regañaría, sin duda, si le viera las uñas así. Se pone el teléfono al oído:
Hola abuela, ya me lavé los dientes y ya me limpié las uñas.
Los otros esperan a que diga algo más, pero es lo único que dice. El niño que va sentado a su lado, uno de los mayores, el niño número cinco, le quita el teléfono de las manos y marca también un número, pero se lleva el aparato a la boca como si se tratase de un walkie-talkie.
¿Hola? ¿Hola? No te oigo. ¿Hola?
El niño mira a su alrededor con aire cohibido, se acerca más el teléfono a la boca, respira hondo, y eructa. Después se ríe con esa risa en oleadas, incómoda y desigual de los pubertos. Algunos de los otros niños también se ríen, y él pasa el teléfono.
Otro niño, el cuarto, recibe el teléfono ahora. Le tiembla el aparato en la mano y no hace nada con él. Se lo pasa al siguiente niño, el tercer niño, que finge que es una barra de jabón y se limpia con ella, en silencio.
Algunos ríen, otros fuerzan la risa. Junto a él, el niño más pequeño sonríe con timidez mientras se chupa el dedo. Lentamente se saca el pulgar de la boca. Es su turno de tomar el teléfono, y lo hace. Lo mira, sosteniéndolo con las manos en cuenco, y luego mira al resto del grupo. Sabe, por los ojos de los otros, por los ojos con que lo miran, que tiene que decir algo, que no puede guardar silencio como suele. Así que respira profundamente y, observando el teléfono, que sigue en el cuenco de sus manos, comienza a susurrarle cosas. Habla por primera vez, y habla más de lo que ha hablado hasta ahora en este viaje:
Mamá, no me he estado chupando para nada el dedo, mamá, estarías tan orgullosa, y orgullosa de saber que hemos montado en el lomo de muchas bestias durante muchos días y semanas ya, no sé cuánto tiempo, pero me he convertido en un hombre, y han pasado muchas cosas, pero todavía me acuerdo de las piedras que lanzabas al lago verde, cuando estábamos allí, algunas oscuras, algunas planas, otras pequeñas y brillantes, y tengo una de esas piedras, una que no lancé, en el bolsillo, y mis hermanos y hermanas del tren son buenas personas, mamá, y todos son muy valientes, y fuertes, y tienen caras distintas, hay un niño que siempre está enojado, habla en un idioma raro cuando está dormido, y cuando está despierto habla en nuestro idioma pero sigue enojado, y hay otro niño que casi siempre está serio aunque a veces hace cosas chistosas, pero cuando está serio dice que estamos listos para el desierto, mamá, y sé que tiene razón, y hay dos niñas que son hermanas y se parecen mucho, sólo que una es más grande y la otra más pequeña, y la más pequeña está chimuela, como voy a estar yo dentro de muy poco, porque puedo sentir que se me mueven uno o dos dientes, pero las niñas no se asustan nunca, ni siquiera la más pequeña, las dos son amables y valientes, nunca lloran, y usan unos vestidos que siempre están limpios, no se ensucian, y en el cuello de los vestidos su abuela les cosió el número de teléfono de su mamá, que las está esperando al otro lado del desierto, una vez me enseñaron los números y se parecían mucho al número que tú me cosiste en la camisa también para que pueda llamar a mi tía cuando llegue al otro lado del desierto, te prometo que voy a ser fuerte cuando tenga que trepar el muro junto a los otros, y no me va a dar miedo saltar, no me van a dar miedo las bestias tampoco y no voy a pedir que paremos a descansar ni a comer nada cuando hayamos cruzado, te prometo que voy a cruzar el desierto y llegar hasta la ciudad de vidrio, y voy a cruzar el puente en un coche nuevo y bonito, y al otro lado del puente los edificios de vidrio se alzarán dándome la bienvenida, eso es lo que me dijo el niño mayor, al que el hombre le decía niño siete, porque antes éramos siete, y el séptimo niño era el más grande, era el único que no tenía miedo del hombre al mando, y nos defendía de él, el hombre al mando parecía un poquito asustado cuando el niño lo miraba, con sus ojos grandes de perro, siempre nos vigilaba, ojos de perro, y todavía nos mira, yo lo sé, aunque ya no está aquí, ya no está en el tren con nosotros.
De pronto deja de hablar y se mete el pulgar nuevamente en la boca, el teléfono quieto en sus manos, mecido apenas por el movimiento del tren.
El sexto niño recupera su teléfono. Les dice entonces a los otros que el teléfono es también una cámara, y ahora se tienen que apiñar todos para tomarse una foto, y eso hacen. Se acercan entre sí, pero con mucho cuidado, sin ponerse en pie. El tren se mece constantemente y a veces se sacude un poco, y ellos han aprendido a escuchar sus movimientos con el cuerpo entero. Saben cuándo pueden pararse y cuándo deben moverse por la superficie sin ponerse en pie. Apiñados por fin todos juntos, algunos inclinan su cabeza a un lado o al otro, algunos hacen la v de la victoria o cuernos con las manos, sonríen o sacan la lengua, fuerzan muecas. El niño dice:
Cuando cuente hasta tres, todos decimos nuestros nombres.
Finge concentrarse.
Todos ven directo hacia el ojo del teléfono con una mirada poderosa. Detrás de ellos, el sol está ya arriba de los picos de las montañas. Los cinco parecen serios, imponentes. El niño se ajusta el sombrero negro, luego cuenta hasta tres y, al contar tres, todos gritan sus nombres, incluido él mismo.
¡Marcela!
¡Camila!
¡Janos!
¡Darío!
¡Nicanor!
¡Manu!
(DECIMOTERCERA ELEGÍA)
Un rumor de murmullos flota en el aire malsano y el tren está quieto sobre las vías. Sentado, el niño que ahora es el mayor, el sexto, mira a su alrededor y descubre que el hombre al mando va despierto ahora, sentado de piernas cruzadas y no observándolo a él ni al resto de los niños, sino a su pipa vacía.
El niño escudriña a los demás viajeros, adultos casi todos, en grupos de tres y de cinco y de seis, todos amontonados, tal vez más amontonados que de costumbre. El cielo tiene un tono azul pálido y el sol se ve lechoso detrás de la bruma. La mayor de las niñas, sentada de piernas cruzadas, mira hacia lo alto del cielo mientras se trenza el cabello. Y el menor de todos yace sobre su costado, chupándose el dedo nuevamente, con el cachete y la oreja descansando sobre la superficie leprosa del vagón. En todas direcciones, alrededor de ellos, se extienden las tierras yermas, sin sombra.
Los seis niños reparan en un hombre que asciende por una escalera lateral y se queda de pie cerca del borde de la góndola. No parece un cura. Tal vez es un soldado. Está inclinado hacia un grupo de hombres y mujeres. Ven a una mujer forcejear por su bolso con el posible soldado. Oyen el quejido sordo y seco de la mujer cuando el soldado le pega una patada en la costilla y le arrebata el bolso de un tirón, arrojando algo por la borda. Ella suelta un segundo lamento. Su voz surge del fondo del pecho, asciende por el esófago. Los niños la oyen y se incorporan de pronto, alerta. Una descarga eléctrica viaja desde algún impreciso nervio al interior del músculo de sus corazones, que envían un mensaje hacia el pecho y al fondo de la médula, y cuando el miedo se clava en sus estómagos, las articulaciones les tiemblan un poco. Confirman que aquel hombre es, en efecto, un soldado. En una rama cercana, un trío de zopilotes hace guardia o simplemente dormita.
Entre el soldado y los niños, a lo largo de la góndola varios hombres y mujeres amontonados y apretados unos contra otros murmuran y susurran, pero las ondas de sus palabras no llegan hasta los niños, que esperan alguna señal, esperan instrucciones del hombre al mando, esperan. Incluso los niños más grandes del grupo guardan silencio y parecen asustados y no saben qué decir a los demás. El hombre al mando juguetea con su pipa, sin involucrarse. Parece retraído, de alguna manera sereno. Cuando el soldado se acerca a los niños —lustradas botas golpeando, negro sobre negro, contra el techo del vagón—, ellos comprenden que no va a pedirles sus pasaportes, ni su dinero, ni explicaciones. El menor de los niños quizá no comprende, pero cierra los ojos con fuerza y quiere chuparse el dedo de nuevo, y cuando está a punto de hacerlo se pliega sobre sus piernas cruzadas y muerde la correa de su mochila.
Cada uno ha traído una sola mochila. El hombre que los guió a través de selvas, montañas y llanuras, y ahora a través del desierto, les dijo a los padres de los niños, antes de la partida:
Nada de bultos innecesarios.
Así que empacaron sólo las cosas más fundamentales. De noche, sobre el techo del tren, usaban las mochilas como almohadas. De día las abrazaban contra sus panzas. Sus panzas estaban permanentemente sensibles por el bamboleo, y crispadas por el hambre. A veces, cuando el tren estaba por pasar cerca de un retén de policías o militares, les decían que se bajaran, por las escaleras laterales, y que saltaran al suelo, provocándose rasguños y raspones, aferrados siempre a sus mochilas. Caminaban en fila india entre las zarzas y sobre piedras y lodo, siempre en paralelo a las vías pero lo bastante alejados de ellas. Caminaban en silencio, a veces alguno silbaba, a veces silbaban juntos, sus mochilas a la espalda. Los niños mayores las llevaban de un hombro como cuando iban a la escuela, y los más pequeños en ambos, inclinando hacia el frente sus cuerpecitos para equilibrar el peso de sus cepillos de dientes, suéteres, pasta de dientes, Biblias, bolsas de nueces, bollos con mantequilla, calendarios de bolsillo, monedas sueltas y zapatos de recambio. Caminaban así hasta que el hombre al mando les indicaba que era hora, y entonces cortaban camino a través de la maleza, caminando en perpendicular y luego en paralelo a las vías, y alcanzaban el tren que había hecho parada más adelante.
Pero esta vez nadie les había advertido nada y, mientras dormían, habían pasado frente a un retén militar donde varios soldados habían abordado el tren.
Ahora, en el techo, la silueta del soldado contra el cielo pálido dibuja una sombra que cubre a los niños. El soldado estira un brazo y, con los nudillos, golpea dos veces el cráneo del niño, que muerde la correa de su mochila. El niño alza la cabeza y abre los ojos, fijándolos en las recias botas del soldado mientras le entrega su mochila. El soldado abre lentamente la mochila y saca todo su contenido, analizando y nombrando cada objeto antes de tirarlo hacia atrás, por encima de su hombro. Inspecciona así todas las mochilas, una por una, sin encontrar resistencia alguna por parte de los seis. Ni aullidos, ni lamentos de ninguno de ellos, ni forcejeos cuando toma cada una de las mochilas, las esculca con la mano y lanza las cosas al aire, puntuando sus nombres con signos de interrogación mientras vuelan y se estrellan o a veces planean con suavidad hasta el suelo, más abajo: ¿Cepillo de dientes? ¿Canicas? ¿Suéter? ¿Pasta de dientes? ¿Biblia? ¿Ropa interior? ¿Un teléfono roto?
Antes de que el soldado continúe con el siguiente grupo de mochilas, se oye el silbato del tren. El soldado escudriña a los niños y le hace un gesto de aprobación al hombre al mando. Entre los dos hombres ocurre un intercambio de miradas y palabras y números que los niños no logran descifrar, y luego el soldado saca un gran sobre doblado del interior de su chamarra y se lo tiende al hombre al mando. El tren hace sonar nuevamente su silbato y el soldado, como el resto de los soldados que caminan sobre la bestia, realizando todos ellos operaciones similares en los vagones contiguos, desciende lentamente la escalera lateral del tren y salta al suelo. Se sacude el polvo de los muslos y los hombros mientras camina despreocupado, y meciendo los brazos, de regreso al retén.
El silbato suena una tercera vez y la bestia se sacude, se sacude de nuevo y sólo entonces reanuda su marcha hacia delante, sus tornillos y barras de tracción despertando de nuevo entre chirridos. Algunos viajeros miran, desde el borde de las góndolas, sus pertenencias esparcidas por el suelo, la arena del desierto como un océano que remite después del naufragio. Otros prefieren mirar más allá, hacia el horizonte del norte o hacia el cielo, con la mente en blanco. El tren cobra velocidad y se levanta casi sobre las vías, un poco como un barco que despliega las velas cuando el viento es propicio. Desde su garita, un lugarteniente observa el tren que desaparece en la neblina, piensa en la neblina, piensa en el rocío, piensa en los barcos que se abren paso entre las algas muertas: la broza, los escombros, la belleza de la escoria que resplandece bajo el sol en este instante.
(DECIMOCUARTA ELEGÍA)
Bajo el cielo del desierto, esperan. El tren traza una línea perfectamente paralela al muro metálico, avanza y sin embargo parece que se mueve en círculos, y los niños no saben que a la mañana siguiente el tren llegará a su destino. Atrapados en la repetición, atrapados en el ritmo circular de las ruedas del tren, arropados por el invariable manto del cielo, ninguno sospecha que al día siguiente, por fin, a la primera insinuación del alba, sucederá: llegarán a algún lugar y se bajarán del tren.
Habían escuchado las historias desde hacía tanto tiempo. Desde hacía meses, desde hacía años se habían ido formando las imágenes de aquellos lugares y habían imaginado los rostros que, al cabo de la espera, volverían a ver allí: madres, padres, hermanos. Desde hacía mucho tiempo, sus mentes se habían ido llenando de polvo y de fantasmas y preguntas:
¿Lograremos cruzar a salvo?
¿Encontraremos a alguien del otro lado?
¿Qué pasará en el camino?
¿Y cómo terminará todo?
Habían caminado, y nadado, y se habían escondido y habían corrido. Habían abordado trenes y pasado noches en vela sobre las góndolas, mirando un cielo baldío, sin dioses. Los trenes, como bestias, se habían arrastrado, abriéndose paso a través de selvas y ciudades, a través de lugares de nombres imposibles. Después, montados en este último tren, habían llegado hasta ese desierto, donde la luz incandescente plegaba el cielo en un arco completo. También el tiempo se había plegado sobre sí mismo. El tiempo, en el desierto, era un constante presente del indicativo.
Despiertan.
Observan.
Escuchan.
Esperan.
Y ahora los niños ven, por encima de sus cabezas, un avión que cruza volando el cielo. Lo siguen con la mirada fija y no sospechan que el avión va lleno de niños y niñas como ellos, que miran hacia abajo en dirección adonde están los seis, aunque no puedan verse unos a otros. Dentro del avión, un niño pequeño se asoma por la ventanilla ovalada y se mete el dedo en la boca. Abajo, a lo lejos, un tren se desliza sobre las vías. Sentado junto al niño, en el avión, hay otro niño más grande, de mejillas adolescentes surcadas de acné, parecidas a los paisajes casi lunares o industriales sobre las cuales volaron. El pulgar del niño más chico, dentro de su boca, succionado entre la lengua y el paladar, calma el hambre de su garganta, calma la angustia de su estómago. En su interior comienza a asentarse la resiliencia, los pensamientos se disuelven lentamente, los músculos encuentran reposo, la respiración cubre con quietud el miedo. El pulgar, chupado, succionado, húmedo, henchido, a medida que el niño se hunde en el sueño, borrado de su asiento, del avión, borrado y expulsado de ese país de mierda que se extiende abajo. El avión pasa raudo sobre vastos territorios, sobre ciudades pobladas, sobre las piedras y los animales, sobre los sinuosos ríos y las cordilleras cenicientas, pasa dejando una larga cicatriz en el cielo. Finalmente, el niño cierra los ojos, sueña caballos.
(DECIMOQUINTA ELEGÍA)
Comienza al anochecer cuando los nubarrones se forman en lo alto y frente a ellos. La bestia rechina por el desierto interminable, meciéndose siempre y sacudiéndose sobre las vías, amenazando con desvencijarse, con descarrilar, con tragárselos por completo. El hombre al mando se ha embriagado de nuevo para poder dormir, aferrando contra su pecho semidesnudo la botella plástica de contenido ignoto que cambió por una de las mochilas vacías de los niños. Va tan sumido en las profundidades del sueño, un sueño ciego o lleno de imágenes, nadie sabe, que cuando la más chica de las niñas le mete en la nariz una pluma de pájaro que encontró días antes, el hombre sólo gruñe, se reacomoda y sigue respirando como si nada. La niña ríe —le faltan algunos dientes— y alza la vista al cielo.
De pronto, una gota única, tibia y gorda, cae sobre la superficie de la góndola. Luego unas cuantas gotas más se revientan contra el techo. El sexto niño, que va sentado con las piernas cruzadas, despeja el espacio frente a él y golpea el techo de la góndola con el puño. El ruido genera un eco en el cajón vacío sobre el que van montados. Cae otra gota de lluvia, y otra más, percutiendo contra el techo metálico. El niño golpea el techo nuevamente con la misma mano, y luego con la otra —pam, pam— y otra vez: pam, pam. Ahora caen las gotas más ávidamente, con más ritmo, sobre el techo de hojalata. La niña mayor, acuclillada sobre la superficie del techo, mira hacia el cielo y luego hacia el espacio que se abre frente a sus piernas flexionadas. Su hermana menor la sigue. También ella golpea la góndola con el puño una vez, y luego otra. Otros las imitan, con las palmas o puños, martillando, percutiendo, aporreando. Uno de los niños usa la base de una botella de agua medio vacía para pegarle al techo del tren. Otro, se quita los zapatos y percute el techo con ellos. Al principio le cuesta, pero después parece encontrar su ritmo en medio del ritmo de los otros, y golpea la bestia con toda la fuerza, el miedo, el odio, la energía y la esperanza acumulados. Y una vez que ha encontrado el ritmo y se ha volcado en él, el niño no puede reprimir un sonido profundo, visceral, casi salvaje, que comienza como un aullido, viaja contagiándose por todo el grupo de niños, y termina convertido en una risa estentórea. Los niños golpean y ríen y aúllan como mamíferos de una especie más libre. Sumergen los dedos en ese polvo súbitamente convertido en raudales de lodo que hay en la superficie del vagón, y se pintan las mejillas con él. Desde los otros vagones, algunos viajeros escuchan el golpeteo y los aullidos, desconcertados. El tren viaja a través de las cortinas de agua, cruza el sediento desierto, que se agrieta un poco para recibir el chubasco inesperado.
Cuando la lluvia amaina, los niños, exhaustos, mojados, aliviados, se tumban bocarriba sobre la góndola, con las bocas abiertas para atrapar las últimas gotas. El hombre al mando sigue dormido, mojado e ignorante del alboroto. Es el mayor de los seis niños quien se incorpora y empieza a hablar, dice:
Los guerreros tenían que ganarse sus nombres.
Les cuenta a los otros que, en tiempos remotos, los niños recibían su nombre cuando habían madurado.
Se lo tenían que ganar, dice.
Sigue explicando que los nombres eran como un regalo que se daba a la gente. Los nombres no eran secretos, pero tampoco podían ser pronunciados por nadie fuera de la familia, porque el nombre merecía respeto, porque el nombre era como el alma de una persona pero también su destino. Luego, poniéndose en pie, empieza a caminar hacia cada uno de ellos y les susurra a la oreja su nombre de guerra. Todos sienten el bamboleo del tren bajo sus cuerpos, escuchan las ruedas que rebanan el denso aire del desierto. El niño susurra un nombre y ellos sonríen hacia la oscuridad, agradecidos por lo que acaban de recibir. El desierto está oscuro, sin luna. Y poco a poco van quedándose dormidos, uno por uno, en la aceptación de su nuevo nombre. El tren se mueve despacio, traza una línea perfectamente paralela al largo muro, avanza a través del desierto.
(DECIMOSEXTA ELEGÍA)
Caras al rayo de luna, duermen. Niños, niñas: labios partidos, cachetes agrietados, y el viento que castiga día y noche. Ocupan el espacio completo, tiesos y tibios como cadáveres recientes, alineados en una sola hilera sobre el techo de la góndola del tren. Y el tren avanza lento sobre las vías, paralelo a un muro de acero. El hombre a cargo otea los cuerpos dormidos, los cuenta por debajo de la visera de su gorra. Cuenta: seis; siete menos uno. Sobre el techo de la góndola silba el viento, ulula, arrastra los sonidos de la noche hasta las cuencas blandas de los oídos de los niños, perturbándoles el sueño. Abajo, el suelo del desierto es pardo; arriba, el cielo azabache, inmóvil.
Más allá, a ambos lados del muro, se extiende idéntico el desierto y la gran esfera terrestre sigue girando, siempre constante, siempre en rotación, acercando el este al oeste, el oeste al este, hasta que alcanza al tren en movimiento y, desde la última góndola, alguien atisba la primera insinuación del alba, alguien a cargo de vigilar la noche, y siguiendo instrucciones esa persona alerta a otra, y la alerta se va pasando, entre hombres y mujeres, de labios a oídos, en susurros, en murmullos, hasta que llega al conductor del vagón de máquinas, que va sentado sobre un desvencijado banquito y se hurga la oreja con el meñique en busca de cerilla, y piensa en camas y en mujeres y en platos llenos de sopa, y suspira, dos veces, suspiros profundos, se extirpa al fin la cerilla de la oreja y jala la palanca del freno de emergencia, y uno por uno, en una reacción en cadena, los pistones de freno se insertan en sus cilíndricos pares, comprimiendo el aire, y el tren exhala con gran escándalo, se desliza y rechina hasta detenerse por completo.
Diez vagones detrás del vagón de máquinas, el hombre al mando apura a los seis niños para que bajen por la escalera lateral, uno por uno, y los hace formarse contra el muro de acero: uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis. Otros hombres al mando de otros niños y otros adultos, en distintas góndolas y furgones, hacen lo mismo. Circulan entonces, a lo largo del muro, escaleras de madera, cuerdas, herramientas improvisadas, oraciones, buenos deseos. Y los cuerpos —rápidos, invisibles— trepan por encima del muro y cruzan al otro lado.
(DECIMOSÉPTIMA ELEGÍA)
Desierto irreal. Bajo la niebla marrón del amanecer del desierto, una multitud se desborda sobre el muro de acero; son muchos, pero cada quien es uno. Nadie creyó que los trenes pudieran traer a tantos. Cuerpos que ascienden la escalera y descienden al suelo del desierto. Todo sucede muy rápido después de eso.
Los niños oyen voces de hombres que les gritan órdenes en otra lengua. No son policías ni militares, pero son los vigilantes del muro. Los niños no entienden las palabras que los hombres dicen a gritos, pero ven que los demás se forman a lo largo del muro y que recargan las frentes contra el acero, así que ellos hacen lo mismo.
Un sonido cortante y muerto detona en el vacío. Un disparo. Hombres y mujeres, niñas y niños lo oyen. Viaja de oído a oído, sembrándoles el miedo hasta la médula. Y luego, otra vez, el mismo sonido, ahora multiplicándose en una ráfaga continua. Los niños permanecen quietos, exhalan suspiros breves cada tanto. Fijan la vista en sus pies; tienen los fémures bloqueados en las cavidades de las caderas.
El hombre al mando de pronto grita: ¡Corran, síganme! Los niños reconocen su voz y salen corriendo. Muchos otros corren, también, en distintas direcciones, se dispersan a pesar de los gritos que les ordenan detenerse, volver a la fila. Corren. Algunos de los que corren pronto caen al suelo, cuando las balas les perforan el hígado, los intestinos, los tendones de las piernas. Sus pocas pertenencias durarán más que los cadáveres y alguien las encontrará más tarde: una Biblia, un cepillo de dientes, una carta, una fotografía.
El hombre al mando les grita de nuevo: ¡Corran, corran!, y ahora deja que los niños lo rebasen, va espoleando a los seis desde atrás, como un perro pastor, corre detrás de ellos, les grita: ¡Vamos, sigan, no paren! Un niño, el quinto, se cae, no está muerto ni lastimado, sino demasiado exhausto, sus labios blandos contra la tierra seca. El hombre al mando les grita: ¡Sigan, sigan! Deja atrás al niño caído, pero aún cuida la retaguardia del pequeño grupo, que corre sin detenerse formando una horda compacta, cinco niños: dos niñas y tres niños. El hombre sigue corriendo detrás de ellos unos pasos más hasta que una pequeña bala le perfora la baja espalda, desgarra fácilmente la delgada capa de piel, luego atraviesa el músculo y por último revienta su hueso sacro en múltiples fragmentos.
Una vez más, el hombre al mando grita: ¡Corran, corran!, mientras cae al suelo, y los niños siguen corriendo, a todo lo que dan sus piernas, durante un rato, luego más despacio, y más despacio aún, y finalmente empiezan a caminar cuando ya no los persiguen las balas ni los pasos. Siguen así un buen rato, los cinco niños. A la distancia ven unos nubarrones formándose y caminan en esa dirección. Hacia qué caminan, no lo saben. Sólo se alejan de la oscuridad que hay a sus espaldas. Rumbo al norte caminan, adentrándose en valles de pura luz y arena, adentrándose en el corazón de la luz.