Cueste lo que cueste

Cueste lo que cueste

El virus, el Estado y nosotros. Parte 1.

Publicado en el blog DDT21. Traducción: A.V.

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«La igualdad y la libertad no son lujos de los que se pueda prescindir fácilmente. Sin ellos, el orden no puede durar sin hundirse en una oscuridad inimaginable.» (Allan Moore, V de Vendetta, 1982)

«No renunciaremos a nada. Especialmente a reír, cantar, pensar, amar. Especialmente a las terrazas, a las salas de conciertos, a las fiestas nocturnas de verano. Especialmente a la libertad.» (Emmanuel Macron, tweet del 11 de marzo de 2020)

Es sorprendente que el presidente de la República haya escrito un tweet que, pocos días después, podría haber sido firmado por un grupo anarquista individualista particularmente radical. Es que el coronavirus que ataca al mundo está socavando algunas de nuestras convicciones. Nos hace sentir incómodos. ¿Cómo responder al juego a tres bandas que implica al Estado, a la población (incluyendo al proletariado) y la pandemia? ¿Cómo hacernos de un lugar en él? ¿Necesitamos un lugar en él? ¿Deberíamos quedarnos en casa? ¿Qué debemos hacer? ¿Qué solidaridad, qué "resistencia" debemos poner en marcha?

En primer lugar, no pierdas la cabeza. Lo que debe importarnos en la situación actual no es tanto mostrar que teníamos razón en nuestros análisis anteriores, ni buscar y hallar lo que (a primera vista) confirma nuestras posiciones, sino identificar lo que sacude nuestras certezas, aquello que no encaja. Tratar de ver, pese a la oscuridad y al aparente caos, lo que está pasando para así procurar entender lo que viene.

¿Estado estratega, o sobrepasado?

Sí, la pandemia de Covid-19 es inherente al modo de producción capitalista (deforestación, expansión urbana, éxodo rural y concentración de la población, ganadería industrial, flujos de personas y mercancías, transporte aéreo, etc.). En los países europeos, se acentúa por el desmantelamiento de los sistemas de salud como resultado de las diversas políticas neoliberales seguidas durante décadas y su gestión según el modelo corporativo (rentabilidad, "stock cero" y flujos just-in-time). El caso de Francia es ejemplar desde este punto de vista; en diciembre de 2019, una pancarta de los trabajadores de un hospital que se manifestaban decía: "El Estado cuenta el dinero, nosotros vamos a contar los muertos", y muchas personas se dan cuenta ahora de que no se trataba sólo de un eslogan.

Son innumerables los textos que lo demuestran, y muchos de quienes venían haciendo críticas radicales al capitalismo ahora las ven confirmadas: el capitalismo es el responsable, es el culpable, es mortal. Aún si el virus no hace diferencia entre clases, afecta principalmente a los proletarios, quienes, por su parte, no pueden recurrir a atención de salud privada de calidad. Las declaraciones de Agnès Buzyn revelaron a quienes aún tenían dudas el repugnante cinismo de nuestros gobernantes, que están dispuestos a salvar la economía "cueste lo que cueste", incluso haciendo morir a decenas de miles de pobres y ancianos (sin duda con la secreta esperanza de resolver al mismo tiempo la cuestión de las pensiones). Sin embargo, la cosa ha adquirido una envergadura completamente inesperada.

Más allá de la incompetencia del equipo de Macron, hay que reconocer que el estado francés está completamente desbordado por la situación; décadas de recortes presupuestarios en la administración pública están dando ahora sus frutos venenosos.

Los gobiernos, preocupados durante demasiado tiempo por servir a los intereses de la capa de capitalistas más poderosos (cada vez menos vinculados a ningún Estado nacional), han perdido de vista el papel del Estado capitalista: asegurar en un territorio determinado una estabilidad favorable a todos los capitalistas, más allá de sus intereses particulares. El mantenimiento de un sistema de salud pública eficiente, por ejemplo, cumple la función de que los empleadores puedan contar con trabajadores sanos, bajo ausentismo y mayor productividad. Pero los grandes grupos y las multinacionales, al no atacar directamente el costo de la fuerza de trabajo, han presionado al Estado para que haga reformas fiscales en su favor, con políticas de reducción de gastos y servicios, y gravámenes sobre los ingresos indirectos de los proletarios. Estas medidas obviamente llegaron demasiado lejos: sabíamos que a veces podían ser contrarias a los intereses particulares de los capitalistas menos poderosos (lo que explica en parte la presencia de pequeños patrones junto a los chalecos amarillos), pero con esto vemos que pueden ser contrarias al interés del conjunto de los capitalistas. Acompañadas de profundos recortes, ahorros y regalos fiscales a los más ricos, tales medidas han repercutido también en la (no) preparación para las crisis pandémicas, que muchos informes de expertos venían anunciando desde hace años: ha habido recortes presupuestarios en la investigación en virología y bacteriología, vaciamiento de las reservas nacionales de mascarillas, dependencia farmacéutica de los laboratorios privados, etc.

Acuciado por el Covid-19, el gobierno titubea y se demora en tomar las medidas, a priori de sentido común, que el personal sanitario exige, como la contención (recomendada por los epidemiólogos mucho antes del 17 de marzo) o la implicación de los centros de salud privados (aún cuando algunos de sus directores siguiendo pidiendo que se les requise). Durante semanas, no se previó siquiera un testeo masivo de la población: el Estado simplemente no tiene los medios para hacerlo. El mismo retraso ha entorpecido los estudios sobre tratamientos basados en cloroquina, una droga barata que gran parte del personal médico ha exigido que se utilice para tratar a los enfermos (puede que el aplazamiento se deba a la presión de los laboratorios que trabajan en una vacuna o en medicamentos antivirales muy caros). Combinada con los recortes presupuestarios en la atención de salud, esta negativa a tomar medidas tempranas por temor a sus repercusiones en la economía conduce, paradójicamente, a un desastre económico.

El gobierno se limita a ajustar su estrategia según lo que vaya faltando (mascarillas, solución hidroalcohólica, pruebas de detección, camas, cuidadores, etc.). Las mayores fortunas de Francia se ven obligadas a acudir al rescate del Estado -como el grupo LVMH, que adaptó rápidamente algunas de sus fábricas de cosméticos para producir alcohol gel para los hospitales, tras lo cual contactó a un proveedor industrial chino capaz de suministrar mascarillas, de las que ha ofrecido un stock inicial de 10 millones de unidades a las autoridades sanitarias francesas-.

La crisis del coronavirus ha dejado al descubierto las debilidades del Estado francés. Incapaz de asegurar una de sus funciones primarias -la protección de sus ciudadanos- se ha visto obligado, para ahorrar tiempo, a utilizar métodos autoritarios y represivos a fin de hacer que se aplique lo inaplicable: confinar a una parte de la población y obligar a la otra a trabajar a pesar del peligro.

¿Hacia la dictadura?

«La democracia se trata ante todo de construir poder... legítimo: sólo poder legítimo, y por lo tanto poder soberano. Es así que se trata, esencialmente, de un sistema de autoridad.» (Jacques Chirac, 1977)

Las normas de contención se impusieron a una gran parte de la población francesa el 17 de marzo, y fueron reforzadas una semana más tarde con un estado de emergencia sanitaria que otorgó al poder ejecutivo poderes especiales por un período de dos meses. En muchos países de todo el mundo se han introducido medidas "represivas"; en Francia, la contención ha adoptado la forma de un cierto número de prohibiciones: prohibición de reunirse, de salir de casa o de desplazarse excepto para ir al trabajo, por estricta necesidad; suspensión de actividades deportivas o lúdicas; prohibiciones que han ido acompañadas de un toque de queda nocturno en algunas ciudades, y que se materializan asimismo en la introducción de castigos por incumplirlas [1], mecanismo que en Francia no deroga lo que se conoce como "Estado de derecho" (es decir que el Estado se niega a contravenir las normas de derecho que él mismo se ha fijado).

Las encuestas (que debemos tomar con las pinzas habituales) indican que durante la primera quincena de confinamiento entre el 93% y el 96% de los franceses se mostraron favorables a ello, y que más del 80% deseaba que se reforzaran estas medidas (como lo solicitaban muchos profesionales de la salud) [2]. Hay que reconocer que, entre los países que han adoptado la estrategia del encierro, el Estado francés no es realmente el más estricto en cuanto a su aplicación (en materia policial y judicial) y a las restricciones impuestas, así que lo que algunos consideran una deriva fascista, otros lo consideran laxitud. Y si bien la policía sigue siendo fiel a sí misma, controlando principalmente a proletarios (sobre todo los que vienen de fuera de Europa) y ejerciendo acciones arbitrarias, en muchas ciudades pequeñas y medianas uno se sorprende de ver muchos menos policías que antes. Esto dista bastante de las patrullas que recorren las ciudades apaleando a cada transeúnte que pasa, como se puede ver en la India, o los cinco años de prisión que en Rusia arriesgan quienes no respeten el confinamiento.

No obstante, de los confusos intentos por gestionar la crisis algunos deducen que estamos en camino hacia una dictadura [3]. Ante lo cual uno se pregunta por qué los capitalistas franceses sentirían la necesidad de ello, cuando durante veinte años, de una manera muy democrática, los sucesivos gobiernos han llevado a cabo con éxito una guerra despiadada contra los proletarios, quienes han perdido casi todas las batallas, especialmente las más estratégicas: la revuelta de los chalecos amarillos es hasta ahora, desgraciadamente, sólo una excepción que confirma que los proletarios franceses son globalmente sumisos, están socialmente aplastados por años de caída del poder adquisitivo, desempleo, precariedad y, además, son conscientes de que sus organizaciones sindicales están desfallecientes y carecen de perspectiva política. Hay que ser un observador y analista muy pobre (o un ideólogo auto-intoxicado) para creer que las medidas de contención tienen por objeto aumentar el control y la obediencia de la población, que esta limitación de la libertad (de movimiento) tiene por objeto silenciar a los críticos del capitalismo.

En materia de obediencia y transgresión, el Estado ya cuenta con herramientas particularmente poderosas: trece o catorce años de adoctrinamiento casi diario para cada ciudadano (educación nacional), medios de comunicación, deportes, cultura, familia, tablets, Pornhub, 4G, pronto 5G, etc. El Estado ya está usando estas herramientas. En realidad, no hay ninguna ruptura; el aislamiento y la fragmentación, el quedarse en casa, el miedo a los demás, las restricciones policiales, la vida reducida a lo virtual, todo esto no es más que una versión más intensa de la realidad que los proletarios vivían desde antes, que ya habían aceptado y que, globalmente, están aceptando hoy.

Por otra parte, la crisis de Covid-19 ha puesto freno hasta cierto punto a algunas de las herramientas del Estado, y esta no es la menor de las inconsistencias de su "plan maquiavélico" o su estrategia "liberticida". Cabe señalar, por ejemplo, que parte de su aparato represivo, en particular los tribunales, se ha ralentizado y se ha debido poner en libertad de forma excepcional a varios miles de condenados; que las medidas de contención afectan actualmente a 10.000 policías (y a cientos de militares), a veces a unidades enteras, debido a casos sospechosos de coronavirus; que el Ministerio del Interior se ha abstenido (al menos inicialmente) de imponer el confinamiento en determinados barrios, en particular aquellos en los que viven proletarios de origen inmigrante no europeo, simplemente porque no dispone de los recursos materiales y humanos para hacerlo [4]; que el Consejo de Estado rechazó la solicitud de confinamiento total presentada por varios sindicatos de médicos (22 de marzo); que en algunas ciudades en las que el municipio había decretado el toque de queda para reforzar el confinamiento, esta decisión fue revocada por el prefecto (es el caso de Aubervilliers, por ejemplo); que el confinamiento viene a perturbar también algunas de las instituciones más alienantes de la sociedad: aparte de la escuela, uno obviamente piensa en el consumismo, la enseñanza religiosa, las misas, la predicación y otras oraciones colectivas. Por último, que detener una gran parte de la producción y el consumo no parece, por el momento, traer grandes beneficios a los capitalistas.

Sí, por supuesto, el Estado utiliza a los agentes de policía para tratar de hacer cumplir la contención [5]. Sí, desde luego, el Estado aprovecha la situación para probar nuevos dispositivos, como el uso de drones para vigilar y regañar a los transeúntes, o una colaboración más estrecha con los operadores de telefonía para la gestión y el seguimiento masivo (estadísticas, dinámica de movimientos, etc.)... sí, obviamente, la policía ha estado haciendo progresos constantes en la represión desde el siglo XIX. Pero, más allá de la propaganda, los medios de comunicación y las multas, el despliegue militar-policial es el instrumento básico del Estado para imponer medidas excepcionales y restrictivas (en este caso, el confinamiento) a "individuos" libres e iguales, lo cual es la base de la formación del modo de producción capitalista (en detrimento de grupos y comunidades preexistentes) [6]. Si el Estado lograra imponer el mismo resultado con animadores cordiales, ¿no sería peor? En cualquier caso, todo esto es incomparable con el encuadramiento de ciudades enteras implementado por la dictadura china; allí, además de la policía y el ejército, hay también milicias ciudadanas y miembros del partido asegurando la eficacia de innumerables puestos de control a la entrada de los barrios y edificios (cuando el Estado no es lo bastante firme, son los habitantes los que se organizan para construir barreras o muros y denunciar a los "extranjeros").

El uso del ejército en el contexto de esta crisis no es nada excepcional, casi todos los países afectados han recurrido a él; pero la forma en que el gobierno francés utiliza su herramienta militar confirma su amateurismo y debilidad, más que su autoritarismo. El 25 de marzo, Macron puso en marcha la Operación Resistencia, que creó un marco para el apoyo del ejército a los servicios públicos, principalmente en los ámbitos de la salud y la logística, incluyendo el uso de hospitales militares, la (laboriosa) instalación de un hospital de campaña en Mulhouse, la evacuación de los enfermos por aire y por mar, etc. Esta movilización fue en última instancia bastante pobre, lo que demuestra que las restricciones presupuestarias también han afectado al Servicio de Salud de las Fuerzas Armadas [7].

Actualmente se están desplegando dos porta-helicópteros en el Océano Índico (Reunión y Mayotte) y en el archipiélago de las Antillas, para dar apoyo logístico a los hospitales de esas islas (transporte de equipo médico, suministro mediante una flota de helicópteros), o incluso para aliviarlos de algunos pacientes convencionales (no de los que padecen Covid-19); se decidió apresuradamente un envío de barcos mal adaptados para ayudar a evacuar a los franceses de esas regiones o ayudar a la represión en caso de una insurrección posterior al confinamiento.

Pero lo que ha causado más revuelo en las redes sociales militantes es que la Operación Resistencia también permite a los prefectos requisar personal militar, no para imponer la contención ya que, como sabemos, los militares no tienen atribuciones policiales, sino para proteger los sitios que se consideran "sensibles" o "estratégicos". En un momento en que las empresas de vigilancia están desbordadas, se les ha pedido que desempeñen el papel de guardias, como lo hicieron en el pasado en las estaciones de ferrocarril. Se les ha enviado a custodiar, en particular, una fábrica que produce mascarillas médicas en el departamento de Maine-et-Loire, una fábrica de medicamentos en el Gard y varios hospitales. Lo más sorprendente es que algunos prefectos decidieron que estos soldados patrullaran las "zonas comerciales" (donde se vieron peleas por el papel higiénico e intentos de robo, pero no el espectro del saqueo, por el momento). El efecto disuasivo ciertamente alivia la carga de las patrullas policiales, pero es difícil ver dónde ha podido el ejército reclutar personal para estas tareas; el volumen de personal reportado por la prensa y los vehículos utilizados sugieren que por el momento estamos tratando con un re-despliegue de parte del dispositivo Centinela(9). Si no se trata de un simple "golpe de estado", este uso de los militares como guardias de seguridad de los supermercados estaría mostrando que el nivel de la fuerza policial en Francia se ha deteriorado considerablemente [10].

La movilización del ejército, como podemos ver, es bastante baja, y la repatriación de 200 soldados de Irak no cambia esto. Si la crisis se agrava, el ejército debería, para aumentar su apoyo (por ejemplo, en la evacuación de cadáveres de ciertas ciudades, como hemos visto en Italia), movilizar a sus reservistas, lo que no es el caso actualmente, ni tampoco el de la gendarmería (que tal vez conserva los suyos propios para el período posterior al confinamiento).

En realidad, el discurso sobre el "estado policial" o la "militarización" no explica nada de lo que está sucediendo. Desde hace años el capitalismo se enfrenta a una crisis de valorización, y sus márgenes de negociación con la clase obrera son nulos. Los países capitalistas centrales tienen que manejar esta situación en que las relaciones de clase son tensas, por lo que se están dotando (de acuerdo con sus limitaciones presupuestarias) de nuevas herramientas represivas para hacer frente a una posible crisis, que, si estallara, podría ser muy violenta (los chalecos amarillos dieron una pequeña idea de esto). La crisis sanitaria que estamos experimentando hoy en día es parte de esta tendencia histórica. La creciente necesidad de control de la población es, por definición, una obsesión del Estado, pero no es la fuerza motriz de la historia, ni la razón de ser de la contención. Con escasos beneficios económicos, es la consecuencia de las limitaciones del sistema de salud tal como está hoy en día (es decir, tal como ha sido desmantelado). Y es una contradicción de la configuración actual del capitalismo.

Si Francia se convirtiera en una dictadura, no sería ciertamente por la hiperpotencia y omnipresencia del Estado francés, sino -quizás algún día- por su debilitamiento generalizado, por su incapacidad para asegurar la cohesión de la sociedad [11]. Aún no hemos llegado a ese punto. Una cosa es cierta: leer el mundo a través de la lente de la dominación y la represión no nos ayuda a ver con claridad en tiempos de crisis [12].

¡Viva la muerte!... ¡y la libertad!

«La oposición entre el trabajo y la libertad no constituía ya, desde hacía mucho tiempo, como habían oído decir, un concepto riguroso; no obstante, era lo

que les determinaba primordialmente.» (Georges Perec, Les Choses, 1965)

Al menos quince días antes de que se decretara el confinamiento, quienes anunciaron que se abstendrían de besarse fueron señalados burlonamente como paranoicos. Por cierto, hubo un llamado a acudir a París para lo que sería el último "acto" de los chalecos amarillos (el 14 de marzo), pues la epidemia se estaba afianzando en Francia. ¿Era esto "razonable"? ¿Pero acaso el Estado no estaba llamando a participar, al día siguiente, en las elecciones municipales? Es cierto que durante mucho tiempo los medios de comunicación hablaron de una simple gripe algo "molesta", sólo peligrosa para los ancianos más frágiles. Pero una mirada más atenta a lo que estaba sucediendo en China, Corea y luego Italia dejó en claro que el problema del coronavirus no era sólo un espectáculo. Entonces, ¿podríamos ser más razonables que el gobierno? El anuncio de contención cambia el panorama, el Estado toma decisiones que deben ser firmes y enérgicas (incluso si vienen con semanas o meses de retraso). Si bien muchos proletarios asalariados excluidos del encierro comprenden rápidamente que tendrán que luchar para permanecer en casa, algunas reacciones de los activistas radicales, aparentemente minoritarios pero muy presentes en las redes sociales, son lo que más sorprende.

En primer lugar, hay quienes espontáneamente llegan a la conclusión de que lo que se precisa es hacer lo contrario de lo que pide el Estado, y rechazan el confinamiento por "razones ideológicas": aquí estaría en juego la libertad, nada menos, e incluso, sobre todo, la suya propia. Pero, ¿qué es esta libertad individual que debe ser preservada, si no la libertad de seguir con la vida diaria como antes? [13]. Algunos de ellos seguramente creen que las "personas" hacen una elección consciente, cada mañana y después de una reflexión madura, de someterse e ir a trabajar, en lugar de rebelarse. Los más motivados lanzan llamadas en Internet (desde sus casas) a no respetar el confinamiento, a organizar picnics o incluso conciertos punk contra el "totalitarismo" [14], creyendo sin duda que la amistad, el anarquismo o la autonomía, al igual que la religión que otros profesan, les protegerá del virus: "¡No nos contagiaremos, somos cuidadosos!". "Sabemos lo que pasó en la época del SIDA". Pero la acumulación de muertes, el contagio de unos pocos camaradas, parientes o miembros de la familia, y el cierre de puertas, han superado a menudo su fervor rebelde.

Luego están los que afirman que es necesario aprovechar este período de debilidad del Estado para "atacarlo"; que su colapso abrirá un período radiante de autoorganización de los individuos que finalmente sean libres, y propicio para los experimentos más libertarios. Ellos ven el capitalismo sólo como una superestructura, y el Estado como su arsenal policial. Bastaría con "fastidiarlo todo" para que no quede nada que no tenga el aspecto de una relación social. Desde este punto de vista, es obvio que la estrategia más apropiada sería atacar los servicios de salud, las ambulancias y los hospitales (algunos de estos servicios ya han sido blancos de ciberataques) [15] o, más radicalmente, la red de distribución de electricidad, para completar la desorganización del sistema, para acelerar la propagación del virus que diezmará las filas de los funcionarios, ¡especialmente de la policía! Mientras tanto, no saben si fomentar el robo de mascarillas o abogar por su destrucción... Ningún grupo se ha atrevido hasta ahora a detallar en ningún Indymedia las implicaciones de una estrategia tan "revolucionaria", que, sin duda, también nos trae a la memoria a los eco-terroristas y a quienes añoran el Estado islámico [16]. Una posible revolución que destruyera el capitalismo, el Estado, las clases, el valor, el dinero, los salarios, el género, etc., por muy violenta y devastadora que fuera, no puede confundirse de ninguna manera con esa triste fantasía de caos mortal..

No nos detendremos en quienes se alegran de que el virus ataque a los humanos y no a los animales, ni en esos que al principio se alegraron de que sólo se la infección se dirigiera sólo a "los ricos", "los blancos", "los infieles", etc.

En cambio, nos permitiremos hacer una breve pausa en un adjetivo/concepto que ha vuelto a ponerse de moda y que contribuye a enturbiar la crítica al Estado y al capital: el de liberticidio. Pasemos por alto lo que subyace a esos discursos quejumbrosos sobre el "Estado liberticida", es decir, la reivindicación de otro tipo de Estado. Nos gusta pensar y decir que "cuando las ideas mejoran, el sentido de las palabras participa de ello", lo que no es del todo cierto desde hace ya un tiempo (en varios temas). El sufijo -cidio se refiere a la acción de matar (como en regicidio o en genocidioa fin de deshacerse de la víctima por lo que es o por lo que representa (un rey o un pueblo). Si aplicar medidas de contención convirtiera al Estado en liberticida, entonces con esas medidas estaría procediendo a matar las libertades. En el mejor de los casos esto supone confundir la forma con el fondo, y en el peor, en este caso semántico, travestir las condiciones de un proceso mal identificado.

En una sociedad cuyos miembros no se ocupan de sí mismos, en que el Estado se encarga de la organización social de un territorio, sus habitantes y su libertad, es de perogrullo decir que el confinamiento limita la libertad de movimiento, tanto como lo es decir que la prisión confina. Pero reducir el Estado a su sustancia autoritaria es olvidar que la historia de su construcción y desarrollo es inseparable de la historia del capitalismo, que su acción está íntimamente ligada a la conflictividad entre las clases del capital y del trabajo y que, en este marco, la libertad que nos garantiza es por definición una libertad relativa y fluctuante. La verdadera dominación en nuestra sociedad capitalista no es tanto la de la autoridad legal, o la violencia estatal, como la de un capitalismo que ha penetrado en todos los sectores de la vida, y cuyo poder material reside en nuestra dependencia del trabajo y el dinero para nuestra propia reproducción. La acción del Estado, sobre los otros, es parte de la dinámica del capitalismo, y el concepto de libertad está de momento circunscrito a este marco -los chalecos amarillos, cualquiera que sea su categoría social, lo entendieron bien cuando pidieron al Estado realizar reformas (reducir las cotizaciones patronales o aumentar el salario mínimo). ¿Cómo sería una sociedad ("comunista" o "anarquista") en la que las clases y el Estado hubiesen sido abolidos hace ya mucho tiempo? Evidentemente, no estaría libre de conflictos o dramas (una epidemia, por ejemplo), pero ¿qué pasaría con la autoridad o con los fenómenos de dependencia? ¿Cómo se harían las elecciones individuales y cómo se equilibraría la conciencia individual y social, especialmente en tiempos de crisis? ¿Seremos "libres"? Estamos seguros de una cosa: el marco para esta discusión será mucho más apropiado y ameno.

¿Auto-organizarse es ayudar al Estado?

«¿Qué tiene de idealista la cooperación social, la ayuda mutua, cuando no hay otro medio de sobrevivir?» (Ursula Le Guin, Los desposeídos, 1974)

La libertad, ¿es también la libertad de obedecer, incluyendo las órdenes del Estado? ¿La orden de confinamiento? Hay que reiterar aquí que el gobierno francés impone tales medidas sólo a regañadientes, que está obligado a hacerlo, y que parte del gremio médico ha exigido, en vano, medidas de contención mucho más estrictas, porque "al salir la gente se están matando entre sí". Entonces, ¿el confinamiento es una respuesta a las demandas del gobierno o es una respuesta a las demandas del personal sanitario?

A menudo se ha dicho, por escrito, que el capitalismo es la causa del problema y por lo tanto no puede ser la solución. El eslogan es hermoso, pero ¿es correcto bajo toda circunstancia? Se podría decir lo contrario: que los capitalistas son los más indicados para manejar un virus capitalista en un mundo capitalista... Más allá de la retórica, ¿qué alternativa concreta existe para nosotros hoy en día? Sin el estallido inmediato de una revolución mundial, ¿qué medidas de inspiración comunista o anarquista podemos (nosotros, los autoproclamados revolucionarios) poner en práctica o proponer a la población para contrarrestar eficazmente el virus (aparte de las ya preconizadas por el gobierno o los proveedores de servicios de salud)? Casi ninguna. ¿Es esto dramático?

Como suele ocurrir en tiempos difíciles, la respuesta de la población está hecha de actos reflejos: individualismo, retraimiento, miedo y rechazo de los demás... Pero ¿qué representan cuantitativamente? Los actos de solidaridad o de autoorganización a pequeña escala se multiplican en las familias, entre vecinos o colegas, a menudo a través de las redes sociales: ocuparse de los ancianos del barrio y hacer las compras, ocuparse de los hijos de quienes trabajan, entregar tuberías y material para hacer máscaras de protección, echar una mano a una asociación benéfica (hasta entonces criticada), organizar rondas para distribuir comida a los sin techo (porque las asociaciones caritativas se mueven en cámara lenta), etc. No es el embrión de una revuelta o de una nueva sociedad por nacer, ni tampoco es ayuda para un Estado fallido, pero probablemente es lo menos que se puede hacer. La solidaridad a la que nos llama Macron no es para él, es entre nosotros que debemos ser solidarios y, como podemos ver, "distanciamiento social" no es necesariamente sinónimo de aislamiento [17].

¿Y qué hay de los militantes? ¿De los infokioscos, bibliotecas, casas ocupadas y otros locales colectivos que existen en toda Francia? ¿Acaso se podía imaginar otra cosa que sus puertas cerradas y sus ocupantes replegados a Internet? ¿Era posible transformar estos lugares en grupos de lucha "contra el Estado, contra la corona"? ¿Aportar un excedente revolucionario a esa autoorganización espontánea hecha de pequeños gestos al borde de la caridad; no contentarse con distribuir mascarillas sino, por ejemplo, ayudar a bloquear las empresas en las que se obliga a los empleados a acudir a trabajar? Esto parece ser, excepto a una escala ínfima, poco realista. En primer lugar por la relación de fuerzas, es decir, por el estado de las fuerzas en el ambiente militante (con o sin comillas) de izquierda, anarquista o autónomo, descompuesto por las teorías posmodernas de moda, presa del oportunismo, de las divisiones ideológicas y de las disputas de ego, concentrado en las redes sociales, etc. Pero no sólo por eso. Se podría argumentar, por ejemplo, que en realidad la crisis sanitaria no es tan grave, que el Estado no está sobrepasado y que los cientos de miles de muertes que algunos habían previsto no se producirán, cosas que son evidentes después de cuatro semanas de confinamiento. Nos parece que esto plantea una serie de cuestiones, en particular en lo que respecta a la intervención, por ejemplo: ¿todas las situaciones favorecen la insurrección? ¿todos los períodos de crisis, o al menos de crisis del Estado, favorecen la autoorganización de los proletarios? Pero, sobre todo, ¿el destino del proletariado, de la humanidad o del planeta depende realmente de estas cuestiones?

Al momento de escribir estas líneas, más allá de la debilidad de los medios militantes y contrariamente al período de los chalecos amarillos, el principal obstáculo a la acción es que no hay ningún movimiento de revuelta o de resistencia al cual unirse.

La resistencia de los proletarios

«No, no me voy a quedar en casa, no voy a volver a poner un pie en esa cárcel, ¡es demasiado asqueroso!» (Jocelyne en Pierre Bonneau, La Reprise du travail aux usines Wonder, junio de 1968)

«Ya no soportaba seguir encerrado con mis compañeros de trabajo, así que me inscribí en un trabajo temporal» (Un camarada, marzo de 2020)

Frente a la doble orden contradictoria del gobierno de quedarse en casa, pero de seguir trabajando al máximo (proteger a la población, salvar la economía), frente al cinismo y la aparente incompetencia de nuestros gobernantes, es palpable un cierto descontento. Pero no se producirán muchos conflictos, porque cientos de miles de empresas elegirán el mecanismo "excepcional y masivo" de desempleo parcial propuesto por el gobierno. Y aunque muchos trabajadores se sienten despreciados, tratados como carne de cañón, ningún movimiento de protesta parece estar surgiendo en este momento. El efecto más intenso de la crisis es la parálisis.

Ciertamente se han producido algunas huelgas, sobre todo durante la primera semana de confinamiento [18] debido a la falta de medidas sanitarias en algunos lugares; los huelguistas exigían una mejora de las condiciones de trabajo o el cierre de la empresa y la implantación de una jornada reducida. En algunos casos ha estallado la ira cuando los trabajadores descubren que parte del personal directivo de su empresa ha desaparecido, optando por el teletrabajo, mientras que ellos están condenados a arriesgarse. Puede que también se hayan producido algunas huelgas tras descubrirse un caso de coronavirus entre el personal y, en algunos casos, para obtener una bonificación excepcional por el riesgo que corren los empleados. Sin embargo, estas batallas parecen librarse con métodos bastante tradicionales y, en general, con un apoyo sindical bastante mediocre (por ejemplo, un paro de medio día por parte de algunos funcionarios).

Cabe señalar también que, en muchas empresas, los proletarios han hecho valer su "derecho de retirada", que permite a un empleado dejar de trabajar debido a un "peligro grave e inminente para su vida o su salud", sobre todo a título individual, aunque también a veces colectivamente, como forma indirecta de hacer huelga. La tasa de ausentismo ha aumentado considerablemente desde el inicio de la crisis, en particular en sectores como el de la elaboración de alimentos y la limpieza, en los que, según se informa, llega al 40% [19]. Por último, muchas empresas se han visto obligadas, bajo la presión de los empleados, a adoptar medidas sanitarias para evitar conflictos en este momento crucial; esto es particularmente cierto en un sector sometido a tensiones como el de la distribución masiva (sin duda con disparidades).

Pero, en general, las acciones colectivas de resistencia han sido, en definitiva, bastante escasas si consideramos que fueron casi todos los trabajadores los que se enfrentaron inicialmente al problema del riesgo, y luego probablemente entre una cuarta y una tercera parte de los empleados del sector privado los que se han visto obligados a seguir trabajando. Por el momento, la conciencia que algunos trabajadores han adquirido del carácter estratégico de sus puestos de trabajo (salud, distribución masiva, logística) no ha aumentado automáticamente su espíritu de lucha. El trabajo asalariado es una relación social que niega la humanidad del trabajador. Pero la actualización, el descubrimiento para algunos, de esta verdad, va acompañada de otra: la de un proletariado ampliamente fragmentado y atomizado. El miedo y la inseguridad que sienten muchos trabajadores aumentan las tensiones y, en este período de epidemia, no faltan relatos de comportamientos individualistas en el lugar de trabajo. En tiempos de incertidumbre se puede reforzar tanto la solidaridad como el egoísmo; la presión moral y patronal sobre los trabajadores, según la cual el destino del "país" depende de su actividad, contribuye a la división interna entre "responsables" e "irresponsables". La crisis parece empujar a la mayoría de ellos a aceptar "sacrificios" para la "supervivencia" de la población.

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