Cuatro
El hijo
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—Eres su hijo —responde Evelyn, frunciendo el ceño—. Te quiere.
Entonces, toda la tensión de la última hora, de las últimas semanas, de los últimos años, se desborda, es demasiada para contenerla, y me río de verdad, aunque es una risa rara, mecánica.
Me asusta hasta a mí.
—Tienes derecho a estar enfadado porque te mintieran —me dice—. Yo también lo estaría. Pero, Tobias, tenía que marcharme, sé que entiendes el porqué…
Intenta tocarme, pero le sujeto la muñeca y la aparto.
—No me toques.
—Vale, vale —dice, levantando las palmas de las manos mientras retrocede—. Pero lo entiendes, tienes que entenderlo.
—Lo que entiendo es que me dejaste solo en una casa con un sádico maníaco.
Es como si algo dentro de ella se derrumbase. Se le caen las manos a los lados como dos pesos muertos. Se le hunden los hombros. Hasta su rostro se distiende cuando se da cuenta de lo que quiero decir. Cruzo los brazos y echo los hombros atrás para intentar parecer lo más grande, fuerte y duro posible. Ahora, en negro osado, es más fácil que con el gris de Abnegación, y puede que quizá por eso eligiera Osadía de refugio. No por rencor, no para herir a Marcus, sino porque sabía que esta vida me enseñaría a ser más fuerte.
—No… —empieza a decir.
—Deja de hacerme perder el tiempo. ¿Para qué has venido? —pregunto, y lanzo la nota arrugada al suelo, entre nosotros, mientras arqueo las cejas—. Hace siete años que moriste y nunca me habías hecho esta revelación tan teatral, así que ¿ha cambiado algo?
Al principio no responde. Después se recompone visiblemente y dice:
—A nosotros, los abandonados, nos gusta estar pendientes de lo que pasa. Como lo que pasa en la Ceremonia de la Elección. Esta vez, nuestro infiltrado me contó que elegiste Osadía. Habría ido en persona, pero no quería arriesgarme a tropezarme con él. Me he convertido… en una especie de líder de los sin facción, y es importante que no me exponga.
Noto un sabor amargo en la boca.
—Vaya, vaya, pero qué padres más importantes tengo. Soy un chico con suerte.
—Esto no es propio de ti. ¿No hay ni siquiera una pequeña parte de ti que se alegre de volver a verme?
—¿Que si me alegro de verte? Apenas te recuerdo, Evelyn. He vivido casi tanto tiempo sin ti como contigo.
Se le contrae el rostro. Le he hecho daño. Me alegro.
—Cuando elegiste Osadía —sigue diciendo, despacio— supe que había llegado el momento de ponerme en contacto contigo. Mi plan siempre ha sido buscarte después de que eligieras y estuvieras solo para poder invitarte a unirte a nosotros.
—Unirme a vosotros. ¿Quedarme sin facción? ¿Por qué iba a hacer eso?
—Nuestra ciudad está cambiando, Tobias. —Es lo mismo que dijo Max ayer—. Los abandonados se unen, al igual que los osados con los eruditos. Dentro de poco, todos tendremos que elegir un bando, y yo sé en cuál preferirías estar. Creo que con nosotros puedes marcar la diferencia.
—Tú sabes en cuál preferiría estar. En serio. No soy un traidor a mi facción. Elegí Osadía, y a ella pertenezco.
—No eres uno de esos idiotas sin cerebro adictos al peligro —me suelta—. Igual que no eras un encorsetado robot estirado. Puedes ser algo más, más que cualquier facción.
—No tienes ni idea de lo que soy, ni de lo que puedo llegar a ser. Conseguí el primer puesto en mi clase de iniciación. Quieren que me convierta en líder osado.
—No seas inocente —responde, mirándome con los ojos entornados—. No quieren un nuevo líder, sino una marioneta que manipular. Por eso frecuenta Jeanine Matthews la sede de Osadía, por eso no deja de infiltrar secuaces en tu facción para informar sobre su comportamiento. ¿No te has dado cuenta que parece saber cosas que no tiene derecho a saber? ¿Que no dejan de cambiar el entrenamiento osado y de experimentar con él? Como si a los osados se les pudiera ocurrir algo así sin ayuda.
Amar nos contó que los paisajes del miedo no solían ser lo primero de la iniciación osada, que era algo nuevo que estaban probando. Un experimento. Pero ella tiene razón: los osados no experimentan. Si de verdad les preocupara el pragmatismo y la eficiencia, no se molestarían en enseñarnos a lanzar cuchillos.
Y también está la muerte de Amar. ¿No fui yo el que acusó a Eric de ser un informante? ¿No sospecho desde hace semanas que sigue en contacto con los eruditos?
—Aunque estés en lo cierto —le digo, ya perdida toda mi energía maligna. Me acerco a ella—. Aunque estés en lo cierto sobre Osadía, no me uniría a ti. —Intento que no me tiemble la voz y añado—: No quiero volver a verte.
—No te creo —responde en voz baja.
—Me da igual lo que creas.
Paso junto a ella para dirigirme a la escalera por la que subí al andén.
—Si cambias de idea, cualquier mensaje que pases a un abandonado llegará hasta mí —me grita.
No vuelvo la vista atrás. Corro escaleras abajo y sigo haciéndolo por la calle para alejarme del andén. Ni siquiera sé si voy en la dirección correcta, solo que deseo estar lo más lejos de ella que pueda.
No duermo.
Doy vueltas por mi piso, frenético. Saco los restos de mi vida abnegada de los cajones y los tiro a la basura: la camisa desgarrada, los pantalones, los zapatos, los calcetines y hasta el reloj. En algún momento del alba lanzo el cortapelos contra la pared de la ducha, y se rompe en varios pedazos.
Una hora después del alba, me acerco al estudio de tatuaje. Tori ya está allí… Bueno, puede que «estar» sea una palabra demasiado fuerte, ya que tiene los ojos hinchados de dormir y la mirada perdida, y acaba de empezar a tomarse un café.
—¿Pasa algo? —me pregunta—. En realidad no estoy aquí, se supone que voy a correr con ese maníaco de Bud.
—Esperaba que hicieras una excepción.
—Por aquí no viene mucha gente con peticiones urgentes de tatuajes.
—Siempre hay una primera vez para todo.
—Vale. —Se sienta, un poco más alerta—. ¿Tienes algo en mente?
—Vi un dibujo en tu piso hace unas semanas. Era uno de todos los símbolos de las facciones juntos. ¿Todavía lo tienes?
—Se supone que no debías verlo —comenta, poniéndose rígida.
Sé por qué no debería haberlo visto, por qué no quiere hacer público ese dibujo: implica acercarse a las demás facciones, en vez de afirmar la supremacía osada, como se supone que deben hacer sus tatuajes. Incluso a los miembros más recalcitrantes de Osadía les preocupa parecer lo bastante osados, y no sé por qué, no sé qué clase de amenazas acechan a los acusados de «traidores a su facción», pero para eso estoy aquí.
—Esa es la idea, en realidad —le explico—. Quiero ese tatuaje.
Lo pensé de camino a casa, mientras repasaba las palabras de mi madre una y otra vez. «Puedes ser algo más, más que cualquier facción». Ella creía que, para ser más que cualquier facción, tendría que abandonar este lugar y la gente que me ha aceptado con los brazos abiertos; que tendría que perdonarla y dejarme llevar por sus creencias y su forma de vida. Sin embargo, no quiero marcharme, y no quiero hacer nada que no quiera. Puedo ser más que cualquier facción aquí, en Osadía; quizá ya lo sea, y ha llegado el momento de demostrarlo.
Tori mira a su alrededor, a la cámara de la esquina, la que localicé al entrar. Ella también es de las que se fija en las cámaras.
—No era más que un dibujo estúpido —dice en voz alta—. Ven, estás descompuesto. Hablaremos de ello y encontraremos algo mejor para ti.
Me hace señas para que entre en la parte de atrás del estudio; atravesamos el almacén y volvemos a su piso. Recorremos la destartalada cocina y entramos en el salón; encima de la mesa de centro hay una pila de dibujos.
Hojea las páginas hasta dar con un dibujo como el que yo decía: las manos abnegadas sostienen las llamas osadas, las raíces del árbol de Cordialidad crecen bajo un ojo erudito, que a su vez se mantiene en equilibrio bajo la balanza veraz. Todos los símbolos de las facciones, uno encima de otro. Ella lo sostiene en alto, y asiento con la cabeza.
—No puedo dibujártelo en un sitio que se vea —me explica—. Eso te convertiría en un blanco con patas, en un sospechoso de traidor a la facción.
—Lo quiero en la espalda. Cubriéndome la columna.
Las heridas de mi último día con mi padre ya están curadas, pero quiero recordar dónde estaban; quiero recordar toda la vida de dónde escapé.
—Está claro que no haces las cosas a medias —responde, suspirando—. Tardaré bastante tiempo, varias sesiones. Tendremos que hacerlo aquí, después del trabajo, porque no pienso permitir que esas cámaras lo capten, aunque casi nunca se molesten en mirar aquí.
—Vale.
—¿Sabes? Es probable que el tipo de persona capaz de tatuarse esto sea también el tipo de persona que debería guardarlo en secreto —comenta, mirándome por el rabillo del ojo—. Si no quiere que alguien empiece a pensar que es un divergente.
—¿Divergente?
—Es la palabra que usamos con las personas que son conscientes durante las simulaciones, que se niegan a ser clasificadas. Una palabra que no debe pronunciarse a la ligera, porque esas personas a menudo mueren en circunstancias misteriosas.
Tiene los codos apoyados en las rodillas, como si nada, mientras esboza en un papel de transferencia el tatuaje que le he pedido. Nos miramos a los ojos, y me doy cuenta: Amar. Amar era consciente durante las simulaciones y ahora está muerto.
Amar era divergente.
Y yo también.
—Gracias por la lección de vocabulario.
—De nada —responde, volviendo a su dibujo—. Me da la impresión de que disfrutas sufriendo.
—¿Y?
—Nada, que es una cualidad muy osada para alguien que sacó un resultado de Abnegación. —Esboza una especie de sonrisita—. Vamos a empezar. Le dejaré una nota a Bud; que corra él solito por una vez.
Quizá Tori tenga razón. Quizá disfrute «sufriendo»; quizá tenga una vena masoquista que emplea el dolor para superar el dolor. Lo cierto es que la leve sensación de ardor que me acompaña en mi siguiente día de entrenamiento de líderes me facilita poder concentrarme en lo que estoy a punto de hacer, en vez de en la voz fría y grave de mi madre, y en la forma en que la alejé cuando intentó consolarme.
En los años posteriores a su muerte soñaba que ella regresaba a la vida en plena noche y me acariciaba el pelo mientras decía algo reconfortante, aunque sin sentido, como «No pasa nada» o «Las cosas mejorarán». Después me prohibí soñar porque era más doloroso añorar algo y no conseguirlo nunca que enfrentarme a lo que tenía delante. Ni siquiera ahora deseo imaginar cómo sería reconciliarme con ella, cómo sería tener madre. Ya soy demasiado mayor para escuchar tonterías reconfortantes; demasiado mayor para creer que las cosas mejorarán.
Examino la parte superior del vendaje que me asoma por la clavícula para asegurarme de que esté bien pegado. Esta mañana, Tori delineó los primeros dos símbolos, Osadía y Abnegación, que serán más grandes que los otros, ya que son la facción que elegí y la facción para la que en realidad estoy cualificado, respectivamente. Al menos, creo que estoy cualificado para Abnegación, aunque cuesta saberlo con certeza. Ella me dijo que los mantuviera tapados. La llama osada es el único símbolo que se me ve con la camiseta puesta, y no necesito quitarme la camiseta en público a menudo, así que dudo que tenga problemas.
Los demás están ya en la sala de reuniones, y Max les habla. Siento un hastío imprudente cuando entro por la puerta y tomo asiento. Evelyn se equivocaba con respecto a unas cuantas cosas, pero no sobre los osados: Jeanine y Max no quieren un líder, sino una marioneta, y por eso seleccionan a los más jóvenes, porque los jóvenes son más maleables. No dejaré que Jeanine Matthews me moldee. No seré una marioneta, ni suya ni de mi madre, ni de mi padre; no pertenezco más que a mí mismo.
—Muy amable por tu parte unirte a nosotros —dice Max—. ¿Acaso esta reunión ha interrumpido tu sueño?
Los demás sueltan risitas nerviosas, y Max continúa.
—Como decía, hoy me gustaría escuchar vuestras ideas sobre cómo mejorar Osadía, la visión que tenéis para los próximos años. Me reuniré con vosotros en grupos por edad, primero los mayores. El resto, pensad en algo que decir.
Nos deja y se va con los tres candidatos de más edad. Eric está sentado frente a mí, y me doy cuenta de que tiene más metal en la cara que la última vez: ahora también hay aros en sus cejas. Pronto parecerá más un alfiletero que un ser humano. Quizá sea esa la idea: estrategia. Ahora nadie lo confundiría con un erudito.
—¿Me engañan mis ojos o de verdad has llegado tarde porque te estabas haciendo un tatuaje? —pregunta, señalando la esquina de la venda que me asoma por encima del hombro.
—Perdí la noción del tiempo. Últimamente se te ha pegado mucho metal a la cara. A lo mejor deberías mirártelo.
—Muy gracioso. No sabía si alguien con tu historial podría tener sentido del humor. Diría que tu padre no es de los que permiten esas cosas.
Noto una puñalada de miedo. Está peligrosamente cerca de decir mi nombre en este cuarto lleno de gente, y quiere que lo sepa, quiere que recuerde que sabe quién soy y que puede utilizarlo contra mí cuando le plazca.
No puedo fingir que no me importa. Las dinámicas de poder han cambiado, y no puedo devolverlas a su sitio.
—Creo que ya sé quién te dijo eso —respondo.
Jeanine Matthews conoce tanto mi nombre como mi seudónimo; debe de haberlo informado de ambas cosas.
—Ya estaba bastante seguro —dice en voz baja—, pero una fuente de confianza confirmó mis sospechas, sí. No eres tan bueno guardando secretos como tú crees, Cuatro.
Lo amenazaría, le diría que, si revela mi nombre a los osados, yo revelaré que todavía está en contacto con los eruditos. Pero no tengo pruebas y, de todos modos, a los osados les gusta menos Abnegación que Erudición. Me echo atrás en la silla y espero.
Los demás salen a medida que los llaman, y no tardamos en quedarnos los dos solos. Max baja por el pasillo y nos llama desde la puerta con un gesto, sin decir nada. Lo seguimos a su despacho; lo reconozco por la grabación de ayer de su reunión con Jeanine Matthews. Utilizo el recuerdo de esa conversación para prepararme para lo que viene.
—Bueno —dice Max, cruzando las manos sobre el escritorio, y de nuevo me fijo en lo raro que es verlo en un entorno tan limpio y formal.
Max pertenece a una sala de entrenamiento, tendría que estar golpeando un saco de boxeo o al lado del Pozo, asomado a la barandilla. No sentado a una mesa baja de madera rodeado de papeles.
Contemplo el sector osado de la ciudad a través de las ventanas de la Espira. A unos metros veo el borde del agujero al que salté cuando elegí Osadía, y el tejado en el que estuve antes de eso. «Elegí Osadía —le dije a mi madre ayer—, y a ella pertenezco».
¿De verdad?
—Eric, vamos a empezar contigo —dice Max—. ¿Alguna idea sobre cómo mejorar Osadía, sobre cómo avanzar?
—Sí —responde Eric, enderezándose—. Creo que tenemos que hacer algunos cambios y creo que habría que empezar por la iniciación.
—¿Qué cambios tienes en mente?
—Osadía siempre ha fomentado el espíritu competitivo. La competición nos hace mejores; saca lo mejor de nosotros, nuestra parte más fuerte. Creo que la iniciación debería fomentar esa competición más que ahora, de modo que salgan de ella los mejores iniciados. En estos momentos, los iniciados solo compiten contra el sistema, por conseguir una puntuación concreta para avanzar. Creo que deberían competir entre ellos para conseguir su puesto en Osadía.
No puedo evitarlo: me vuelvo y me quedo mirándolo. ¿Un número de plazas limitado? ¿En una facción? ¿Después de solo dos semanas de entrenamiento en la iniciación?
—¿Y si no consiguen plaza?
—Se quedan sin facción —responde Eric, y me trago una carcajada despectiva. Él sigue hablando—. Si creemos de verdad que Osadía es la mejor facción a la que te puedes unir, que sus objetivos son más importantes que los de las demás facciones, entonces convertirse en uno de nosotros debería ser un honor y un privilegio, no un derecho.
—¿Estás de coña? —pregunto, incapaz de seguir conteniéndome—. La gente elige una facción porque valora lo que valora esa facción, no porque ya dominen lo que esa facción enseñe. Estarías echando de Osadía a gente por no ser lo bastante fuerte para saltar a un tren o ganar una pelea. Darías ventaja a los grandes, fuertes e imprudentes, en vez de a los pequeños, listos y valientes… No mejorarías Osadía en absoluto.
—Seguro que los pequeños y listos estarían mejor en Erudición o convertidos en estiraditos de gris —responde Eric con una sonrisa irónica—. Y creo que subestimas a nuestros miembros potenciales, Cuatro. Este sistema tan solo favorecería a los más decididos.
Miro a Max. Espero comprobar que no le impresiona el plan de Eric, pero no es así: está inclinado hacia delante, concentrado en la cara agujereada de Eric como si esto le hubiera inspirado.
—Es un debate interesante —dice Max—. Cuatro, ¿cómo crees posible mejorar Osadía sin hacerla más competitiva?
Niego con la cabeza y miro de nuevo por la ventana. «No eres uno de esos idiotas sin cerebro adictos al peligro», me dijo mi madre. Pero esa es la gente que Eric quiere en Osadía: idiotas sin cerebro adictos al peligro. Si Eric es uno de los lacayos de Jeanine Matthews, ¿por qué lo animaría Jeanine a proponer un plan así?
Ah, porque es más fácil controlar y manipular a los idiotas sin cerebro adictos al peligro. Obviamente.
—Mejoraría Osadía fomentando la verdadera valentía, en vez de la estupidez y la brutalidad. Eliminaría el lanzamiento de cuchillos. Prepararía a la gente tanto física como mentalmente para defender a los débiles de los fuertes. Es a lo que anima nuestro manifiesto: actos cotidianos de valentía. Creo que deberíamos regresar a eso.
—¿Y después nos damos todos las manos y cantamos juntos? —Eric pone los ojos en blanco—. Quieres convertir Osadía en Cordialidad.
—No, quiero asegurarme de que seguimos pensando por nosotros mismos, de que pensamos en algo más que en el siguiente chute de adrenalina. O, simplemente, de que pensamos. Así no podrán dominarnos ni… controlarnos desde fuera.
—Suena un poco erudito —comenta Eric.
—La habilidad de pensar no es exclusiva de Erudición —le suelto—. La habilidad de pensar en situaciones estresantes es para lo que se supone que sirven las simulaciones del miedo.
—Vale, vale —interrumpe Max, alzando las manos. Se ve inquieto—. Cuatro, siento decirlo, pero pareces un poco paranoico. ¿Quién iba a dominarnos o intentar controlarnos? Las facciones coexisten en paz desde antes de que tú nacieras, no hay ningún motivo para que eso cambie.
Abro la boca para decirle que se equivoca, que en cuanto permitió que Jeanine Matthews se involucrara en los asuntos de nuestra facción, en cuanto permitió que infiltrara a sus trasladados leales a Erudición en nuestro programa de iniciados, en cuanto empezó a consultar con ella a quién elegir como próximo líder de Osadía, comprometió el equilibrio de poder que nos ha permitido coexistir en paz tanto tiempo. Entonces me percato de que contarle esas cosas sería acusarlo de traición y desvelar todo lo que sé.
Max me mira, decepcionado. Sé que le caigo bien, más que Eric, al menos. Pero mi madre estaba en lo cierto ayer: Max no quiere a alguien como yo, alguien que piense por sí mismo, que desarrolle sus propios planes. Quiere a alguien como Eric, que lo ayudará a establecer los nuevos objetivos de Osadía, que se dejará manipular simplemente porque sigue bajo las órdenes de Jeanine Matthews, alguien con quien Max está estrechamente vinculado.
Ayer, mi madre me ofreció dos opciones: ser marioneta de Osadía o quedarme sin facción. Sin embargo, existe una tercera: ninguna de las dos. No unirme a ningún bando, pasar desapercibido y ser libre. Eso es lo que quiero de verdad: deshacerme una a una de todas las personas que desean moldearme y aprender a moldearme solo.
—A decir verdad, señor, no creo que este sea mi sitio —explico con calma—. La primera vez que me preguntó, le dije que me gustaría ser instructor, y creo que cada vez estoy más convencido de que eso es lo mío.
—Eric, ¿nos perdonas un momento, por favor? —pregunta Max.
Eric, que apenas logra reprimir su júbilo, asiente con la cabeza y se va. No lo veo marcharse, pero apostaría todos mis créditos osados a que va dando saltitos de alegría por el pasillo.
Max se levanta y se sienta a mi lado, en la silla que Eric acaba de dejar vacía.
—Espero que no lo digas porque te he acusado de paranoico. Estaba preocupado por ti. Temía que te estuviera afectando la presión, que te impidiera pensar con claridad. Todavía creo que eres un candidato con posibilidades para convertirte en líder. Encajas en el perfil, has sobresalido en todo lo que te hemos enseñado… y, además, sinceramente, eres más agradable que algunos de los candidatos más prometedores. Y eso es importante cuando trabajas estrechamente con alguien.
—Gracias, pero tiene razón: la presión me está afectando. Y, si fuera líder, la presión sería mucho peor.
—Bueno —responde Max, asintiendo con tristeza dos veces—. Si quieres ser instructor de iniciados, lo organizaré. Pero es un trabajo de temporada, ¿dónde te gustaría trabajar el resto del año?
—Estaba pensando en la sala de control. He descubierto que me gusta trabajar con ordenadores. Creo que no disfrutaría tanto patrullando.
—Vale, dalo por hecho. Gracias por ser sincero conmigo.
Me levanto, y lo único que siento es alivio. Él parece preocupado, compasivo. No sospecha de mis motivos ni de mi paranoia.
—Si alguna vez cambias de idea —dice—, no dudes en acudir a mí. Alguien como tú siempre nos vendrá bien.
—Gracias —respondo.
Y aunque sé que es el traidor a su facción más grande que haya conocido y seguramente responsable, al menos en parte, de la muerte de Amar, no puedo evitar sentirme agradecido por dejarme marchar sin problemas.
Eric me espera a la vuelta de la esquina. Cuando intento pasar junto a él, me agarra por el brazo.
—Cuidado, Eaton —murmura—. Si se te escapa algo sobre mi relación con los eruditos, prepárate para las consecuencias.
—Prepárate tú para las consecuencias si alguna vez vuelves a llamarme por ese nombre.
—Dentro de poco seré uno de tus líderes —responde Eric, sonriendo con suficiencia—. Créeme, voy a tenerte muy, muy vigilado, tanto a ti como a tu forma de aplicar mis nuevos métodos de entrenamiento.
—No le caes bien, ¿lo sabías? —le digo—. A Max, me refiero. Preferiría a cualquiera menos a ti. Te va a atar con rienda corta, así que buena suerte con la correa.
Me zafo de su mano y me dirijo a los ascensores.
—Tío, sí que has tenido un mal día —comenta Shauna.
—Sí.
Estamos los dos sentados junto al abismo, con los pies colgando del borde. Apoyo la cabeza en las barras de la baranda metálica que evita que nos despeñemos y noto las salpicaduras del agua en los tobillos cuando una de las olas grandes da contra una pared.
Le he contado mi salida de la formación para líderes y la amenaza de Eric, aunque no lo de mi madre. ¿Cómo le cuentas a alguien que tu madre ha regresado de entre los muertos?
En mi vida siempre ha habido alguien que intentaba controlarme. Marcus era el tirano de nuestra casa, así que no podía hacerse nada sin su consentimiento. Después, Max quiso reclutarme para ser su comparsa. Incluso mi madre tenía un plan para mí: que me uniera a ella cuando llegara a cierta edad para trabajar contra el sistema de facciones contra el que ella tiene una vendetta por la razón que sea. Y justo cuando creía haber escapado de todo control posible, Eric aparece para recordarme que, si se convierte en líder osado, me estará vigilando.
Me doy cuenta de que solo me quedan los pequeños momentos de rebelión, como cuando era abnegado y coleccionaba objetos que encontraba en la calle. El tatuaje que Tori me está dibujando en la espalda, el que me declara divergente, es uno de esos momentos. Tendré que seguir buscando esos momentos, esos breves instantes de libertad en un mundo que la niega.
—¿Dónde está Zeke?
—No lo sé —responde—. Últimamente prefiero no verlo demasiado.
La miro con el rabillo del ojo.
—Podrías decirle de una vez que te gusta, ¿sabes? De verdad que creo que no tiene ni idea.
—Eso es obvio —responde, resoplando—. Pero ¿y si esto es lo que quiere? ¿Ir revoloteando de chica en chica durante un tiempo? No quiero ser una de esas chicas en las que se posa.
—Dudo que lo fueras, la verdad, pero me parece justo.
Guardamos silencio unos segundos, los dos mirando las aguas revueltas de abajo.
—Serás un buen instructor —me dice—. Me enseñaste muy bien.
—Gracias.
—Ahí estáis —dice Zeke detrás de nosotros. Sujeta por el cuello una gran botella llena de un líquido marrón—. Vamos, he encontrado una cosa.
Shauna y yo nos miramos y nos encogemos de hombros antes de seguirlo hasta las puertas del otro lado del Pozo, las que atravesamos por primera vez después de saltar a la red. Sin embargo, en vez de conducirnos hacia la red, nos lleva a otras puertas (la cerradura está tapada con cinta adhesiva) y por un pasillo oscuro como boca de lobo y una escalera.
—Deberíamos estar al caer… ¡Ay!
—Perdona, no sabía que te ibas a parar —se disculpa Shauna.
—Esperad, ya casi lo tengo…
Abre una puerta por la que entra una luz tenue, así que vemos dónde estamos: al otro lado del abismo, varios metros por encima del agua. Por encima de nosotros, el Pozo parece extenderse sin fin, y la gente que se concentra cerca de la barandilla es pequeña y oscura, imposible distinguirla a esta distancia.
Me río: Zeke acaba de proporcionarnos otro pequeño momento de rebelión, probablemente sin pretenderlo.
—¿Cómo has encontrado este lugar? —pregunta Shauna, claramente asombrada, al saltar sobre una de las rocas más bajas.
Ahora que estoy aquí, veo un camino que nos conduciría arriba y por la pared, si quisiéramos ir andando al otro lado del abismo.
—Esa chica, Maria —explica Zeke—. Su madre trabaja en el mantenimiento del abismo. No sabía que tal cosa existiera, pero parece que sí.
—¿Sigues viéndola? —pregunta Shauna intentando que parezca que no le importa.
—Qué va. Cuanto más tiempo pasaba con ella, más ganas me entraban de ser solo amigos. No es buena señal, ¿verdad?
—No —coincide Shauna, que parece más contenta que antes.
Bajo con precaución a la roca en la que está Shauna. Zeke se sienta a su lado, abre la botella y la pasa.
—He oído que te has quedado fuera de la competición —comenta Zeke al pasármela—. Pensé que te apetecería un trago.
—Sí —respondo, y bebo.
—Considera este acto de borrachera pública un gran… —Hace un gesto obsceno hacia el techo de cristal que cubre el Pozo—. Ya sabes, para Max y Eric.
«Y Evelyn», pienso, mientras tomo otro trago.
—Trabajaré en la sala de control cuando no esté entrenando iniciados —le digo.
—Fantástico. Estará bien tener un amigo allí dentro. Ahora mismo no me habla nadie.
—Como me pasaba en mi antigua facción —respondo entre risas—. Imagínate una hora de comer entera en la que ni siquiera te miran.
—Ay —dice Zeke—. Bueno, entonces te alegrarás de estar aquí.
Le quito de nuevo la botella y bebo otro trago de alcohol ardiente antes de limpiarme la boca con el dorso de la mano.
—Sí, me alegro.
Si las facciones se están deteriorando, como asegura mi madre, este no es mal lugar para observarlas caer. Al menos aquí tengo amigos que me harán compañía mientras suceda.
Acaba de oscurecer y me he subido la capucha para que me oculte la cara mientras corro por el área abandonada de la ciudad, justo en la frontera que comparte con el sector abnegado. He tenido que ir hasta el colegio para orientarme, pero ahora recuerdo dónde estoy, por dónde corrí aquel día que irrumpí en un almacén abandonado en busca de una brasa moribunda.
Llego a la puerta por la que salí y llamo con el nudillo del dedo índice. Oigo voces detrás, y de una de las ventanas abiertas sale olor a comida y también parte del humo del fuego, que flota por el callejón. Pisadas; alguien se acerca a ver quién llama.
Esta vez, el hombre lleva una camisa roja de Cordialidad y unos pantalones negros de Osadía. Sigue con la toalla metida en el bolsillo trasero, igual que la última vez que hablé con él. Abre la puerta lo justo para mirarme, ni un centímetro más.
—Vaya, mira quién ha cambiado de facción —comenta, echando un vistazo a mi ropa osada—. ¿A qué debo el honor de tu visita? ¿Echabas de menos el placer de mi compañía?
—Sabías que mi madre estaba viva cuando nos encontramos —respondo—. Por eso me reconociste, porque has estado con ella. Por eso sabías lo de que la inercia la había llevado a Abnegación.
—Sí. Pensé que no era asunto mío decirte que seguía viva. ¿Estás aquí en busca de una disculpa o algo parecido?
—No, estoy aquí para entregar un mensaje. ¿Se lo darás?
—Sí, claro. La veré dentro de un par de días.
Me meto la mano en el bolsillo y saco un papel doblado. Se lo entrego.
—Adelante, léelo, me da igual —le digo—. Y gracias.
—De nada. ¿Quieres entrar? Empiezas a parecerte más a nosotros que a ellos, Eaton.
Niego con la cabeza.
Deshago el camino, de vuelta por el callejón, y, antes de doblar la esquina, lo veo abrir la nota y leerla.
Evelyn,
Algún día. Todavía no.
4
PD: Me alegro de que no estés muerta.